Entrada destacada

El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

martes, 31 de enero de 2023

Sombra de Luna, un Mar de Sombras - Capítulo 3

CAPÍTULO 3

 

 

 

Por tres días, Youko durmió cuando el sol estaba en lo alto, despertaba cuando estaba atardeciendo y pasaba las noches peleando. Vagaba sin dirección, dormía en camas de hierba, comía las nueces o bayas que podía encontrar.

El esfuerzo de cada noche la dejaba tan exhausta que no tenía problema en dormir todo el día siguiente, a pesar del hambre cada vez más feroz que le roía el estómago como un enjambre de insectos. Mientras tuviera en su poder la joya azul pálido, no moriría de hambre, pero sus propiedades mágicas estaban muy lejos de poder llenarle el estómago.

En el cuarto día, tuvo un momento de claridad. Se dio cuenta de que estaba esperando encontrar algo sin parar un momento a preguntarse qué era lo que buscaba.

Tengo que encontrar a Keiki, decidió.

Eso quería decir que tenía que ir donde hubiera gente, una ciudad o una aldea. Pero a donde quiera que fuera, estaba segura de que la identificarían como una kaikyaku. Se la llevarían nuevamente, la arrastrarían de vuelta, pateando y gritando, al lugar donde toda esta pesadilla había empezado.

Youko observó su uniforme hecho jirones. Como mínimo, necesitaría ropa nueva. Una vestimenta local podría esconder el hecho de que era una kaikyaku; su extraño rostro nuevo y su color de pelo la hacían parecer ya una nativa, así que encontrar ropa era su prioridad. No llevaba dinero cuando la trajeron, y dudaba que usaran yenes, así que sus elecciones eran limitadas. Tendría que usar su espada o robar.

Aunque era reacia a aceptarlo, ya había llegado a esa conclusión hace días. Sólo que había tomado las últimas cuatro noches vagando por las montañas para reunir el coraje suficiente para imaginarse a sí misma haciéndolo. Después de todo, esto es un asunto de supervivencia. Y no es como si estuviera planeando matar a alguien y robarle la ropa al cadáver. Simplemente… lo pediría prestado.

Escondida en la sombra de un gran árbol, Youko estudiaba la aldea que había escogido. Era muy parecida a las otras que había visto a lo largo de su viaje: Casas destartaladas reunidas en un valle. El sol estaba en lo alto, y podía ver a las personas en los lejanos campos que marcaban el borde del valle; sin lugar a duda los aldeanos estaban haciendo sus tareas diarias.

Respiró profundo, se armó de valor y salió del bosque, recorriendo una línea hasta la casa más cercana. El patio no tenía paredes de ningún tipo, la única defensa del edificio era un pequeño jardín bien cuidado. El techo era de tejas negras, las paredes blancas y llenas de rajas, el estuco se caía por algunos. Un agujero en una pared hacía las veces de una pequeña ventana sin cristal. Pedazos de metal colgaban de ambos lados, estaba completamente abierta ante el sol de mediodía.

Youko se acercó a la casa, vigilando atentamente los alrededores. Se había acostumbrado tanto a los ataques cada noche, que había aprendido a esperar bestias y demonios como si fuera algo natural, pero pensar que fueran personas las que la encontraran la llevaba al punto en que estaba lista para saltar ante el más ligero sonido.

Mirando por la ventana, Youko vio una habitación sencilla que parecía ser el comedor y la cocina. Pudo ver un pequeño horno y una mesa, ambos sobre un piso de barro. No había nadie dentro, al menos que ella viera. La habitación estaba en silencio.

Caminó cerca de la pared exterior tan silenciosamente como pudo, hasta llegar a una puerta en la pared, justo en frente de un pozo en el patio. Cuidadosamente, puso su mano en el frío metal de la puerta. Sus dedos encontraron el picaporte y le dio un leve tirón. La puerta se abrió suavemente.

Conteniendo la respiración, se esforzó por ver dentro, no se atrevía a entrar hasta asegurarse de estar sola. Una vez estuvo satisfecha, exhaló y puso un pie del otro lado de la puerta.

La primera habitación le pareció bastante pequeña, y para su sorpresa el compacto piso de barro era duro bajo sus pies. Los muebles eran simples, hasta un poco primitivos; y, aun así, el lugar parecía como un hogar, con sus cuatro paredes, sus muebles y demás utensilios de la vida diaria. Era completamente diferente a la casa que había dejado en Japón, pero al mismo tiempo le parecía tan familiar que Youko quería llorar.

En los estantes de la habitación sólo había unas cuantas tazas y platos, así que Youko se acercó a la única puerta que pudo ver. La abrió lentamente y encontró lo que parecía ser un dormitorio. Dos camas, un poco mejores que el pedestal abultado sobre el que había dormido en la celda, estaban contra las paredes de la habitación. Había estantes, un escritorio, y una gran caja de madera del tamaño de una televisión de pantalla gigante. Parecía que esta era la única otra habitación en la casa.

Youko notó que la ventana estaba abierta -esa sería su puerta de salida si alguien decidiera llegar a casa-, así que entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.  Inspeccionó los estantes que estaban delante de ella, pero no vio nada que le sirviera de algo, así que abrió la tapa de la caja de madera.

La caja estaba llena de pedazos de tela, pero no vio nada que pareciera ropa. Youko miró la habitación nuevamente. No había armarios u otros contenedores que pudieran tener ropa. Decidió que la ropa debía estar en lo más profundo de la caja, y empezó a sacar las cosas de la parte superior, depositando el contenido en el suelo.

Cuando la había vaciado completamente, encontró varias cajas pequeñas con varios objetos personales, sábanas de todos los tamaños, un edredón grueso, y ropa de niña: demasiado pequeña para poder usarla.

¡Qué suerte la mía! ¡Encontré la única casa en la que no hay ropa!

Youko no había visto ropa colgando afuera, pero era obvio que aquí no había nada. Se estaba dirigiendo a la cama más cercana, cuando escuchó abrirse la puerta principal en la habitación contigua.

Youko se sobresaltó al escuchar el sonido. De repente, la ventana que había escogido como su ruta de escape, parecía estar demasiado lejos. Nunca la alcanzaría sin que la escuchara quien sea que estuviera en la otra habitación.

¡Por favor, no entres!

Youko escuchó ligeras pisadas moverse desde la otra habitación hasta la puerta del dormitorio. La puerta empezó a abrirse lentamente. Youko se quedó paralizada, de pie frente a la caja, las telas, sabanas y ropa de niño que estaban tiradas en el piso alrededor de ella. Instintivamente, alcanzó la empuñadura de la espada; pero se forzó a sí misma a alejar la mano lentamente.

Es cierto que había venido a robar, pero no a matar. Ciertamente podía amenazar a alguien con la espada, pero si la persona no se asustaba, tendría que hacer uso de ella; y Youko estaba determinada a no blandir su espada contra otro ser humano. Así que este era el destino. Había apostado, y perdió.

El dolor habría sido rápido…

La puerta se abrió y una mujer entró a la habitación. Se congeló al ver a Youko. Ante los ojos de Youko, parecía ser una mujer de mediana edad de constitución robusta, una granjera.

A Youko no le apetecía seguir huyendo. Se quedó de pie, en silencio, experimentando una repentina sensación de calma. Había sido descubierta. Dejaría que la llevaran ante el magistrado, y allí recibiría su merecido castigo. Todo había terminado. No tendría que estar hambrienta o exhausta más nunca.

La mujer bajó la mirada y observó la ropa regada alrededor de los pies de Youko, y entonces habló temerosa:

—Aquí no hay nada que valga la pena robarse.

Youko esperaba que la mujer gritara.

—¿Estás buscando algo para vestir? ¿Quieres ropa?

Perpleja, Youko seguía de pie, en silencio. La mujer debió tomar eso como una afirmación, porque entró a la habitación señalando la cama.

—La ropa está allí.

Pasó al lado de Youko y se puso de rodillas. Levantando el borde de la cama, abrió un cajón en el fondo de la cama.

—No uso ninguna de las cosas en esa caja. La que usó esa pequeña ropa hace tiempo que murió. —Con cuidado, empezó a sacar ropa más grande del cajón.

—¿Qué ropa quieres? Sólo tengo la mía, así que temo que no hay mucho.

La mujer examinó a Youko mientras ésta estaba de pie con los ojos desorbitados. Viendo que no respondía nada, la mujer empezó a esparcir la ropa sobre la cama.

—Si mi hija estuviera viva, quizá tuviéramos algo. Todo esto parece ser demasiado simple para ti.

—¿Por qué? —La voz de Youko rompió el silencio.

¿Por qué esta mujer no entra en pánico? ¿Por qué no intenta huir?

La mujer se detuvo, mirándola, pero Youko no pudo encontrar las palabras para continuar. La mujer sonrió levemente y continuó esparciendo la ropa.

—Vienes de Hairou, ¿no es así?

Youko asintió.

—Qué conmoción hubo allí, con lo del kaikyaku y todo eso —La mujer miró a Youko y le dio una sonrisa lúgubre—. Hay mucha gente tonta en esa ciudad, con muchas ideas raras. “Los kaikyaku destruyen todo”, “Los kaikyaku son malos presagios”, también le echarían la culpa del shoku a los kaikyaku si pudieran, pero ¿cómo puede una persona crear una tormenta? ¡Es ridículo!

La mujer se detuvo y miró a Youko de arriba a abajo.

—¡Estás cubierta de sangre!

—Demonios, en las montañas… —La voz de Youko se apagó.

—Te atacaron los demonios, ¿cierto? En estos días eso pasa cada vez más. Tienes suerte de haber sobrevivido —La mujer se levantó, y habló con un tono formal—. Bien. Necesitas sentarte. No voy a hacerte daño, y si te juzgo bien, no pretendes hacerme daño. De hecho, pareces famélica. No has estado comiendo, ¿no es así? ¡Estás pálida!

Todo lo que Youko podía hacer era mover la cabeza.

—Primero lo primero, te conseguiré algo de comer. Y necesitarás agua caliente para lavarte. Después de eso, nos preocuparemos por tu ropa.

La mujer se dirigió hacia la puerta, y entonces se dio la vuelta para observar a Youko, quien seguía de pie en el centro de la habitación.

—¿Cuál es tu nombre?

Youko abrió la boca, pero su voz no salió. Apenas si podía seguir de pie, su cabeza agachada, lágrimas cálidas bajando por sus mejillas. 

—Pobre chica —Escuchó que la mujer dijo suavemente, y sintió unas manos cálidas tocándole la espalda—. Has visto cosas terribles… cosas terribles.

Todo lo que Youko había estado sintiendo -el miedo, el agotamiento, la desesperación- salió a flote, haciéndole doler la garganta. Desplomándose en el piso, se enroscó como una niña pequeña y lloró.

 


—Usa esto por ahora —La mujer le pasó a Youko una ropa blanca desde el otro lado de un biombo—. No te preocupes, no espero que las lleves fuera de la casa. Es un pijama. ¿Dormirás aquí, no es así?

Youko asintió, abrumada por el alivio con un cierto matiz de vergüenza. Había venido a robarle a esa mujer, pero en vez de eso, cuando había empezado a llorar, la mujer -quien según lo esperado debía haber salido corriendo a buscar ayuda- la había consolado, le hizo pasta de arroz y le preparó un baño de agua caliente en una gran bañera.

Ahora el hambre de Youko había sido saciada y la sangre acumulada de noches de pelea, había sido lavada con agua fresca y cálida. Cuando introdujo los brazos en las mangas del pijama limpio, se sintió humana por primera vez en quién sabe cuánto tiempo.

—Muchas gracias —Youko salió del biombo e hizo una reverencia—. Lo siento. Yo…

Iba a robarte. Levantó la mirada, directo hacia los brillantes ojos azules de la mujer. La mujer rio.

—Está bien, sé cuándo alguien necesita algo caliente para comer. Toma, bebe esto —Le ofreció a Youko una taza de barro llena de té frío—. Y es hora de que te vayas a dormir. Te arreglaré la cama.

—Gracias.

La mujer hizo una pausa.

—Discúlpame, pero tuve que guardar tu espada. No es correcto dejar esas cosas por allí.

—Sí, lo siento.

—Sí que te gusta pedir disculpas —dijo la mujer sonriendo—. Y, nunca me dijiste tu nombre.

—Youko. Youko Nakajima.

—Los nombres de los kaikyaku son raros, ¿no crees? Mi nombre es Takki, o al menos así es como me llaman todos.

—¿Takki? ¿Cómo se escribe eso?

Con su dedo, la mujer escribió los caracteres de bueno y hermana mayor en el polvo sobre la mesa:

Youko sonrío.

—Así que, Youko, ¿a dónde te diriges? ¿A algún lugar en especial?

Youko negó con la cabeza.

—No… Takki, ¿conoces a alguien con el nombre de Keiki?

—¿Keiki? No… No conozco a nadie llamado así. ¿Estás buscándolo?

—Sí.

—¿De dónde es? ¿De Kou?

—Solo sé que es de este mundo…

Takki sonrió.

—Eso no dice mucho. Al menos necesitarás saber de qué reino es, y saber de qué parte del reino también ayudaría.

Youko miró al piso.

—No sé nada de esta tierra.

—Así parece —Takki bajó la taza—. Bien, hay doce reinos en el mundo conocido. Este es el que queda más al suroeste, se llama Kou.

Youko asintió. La anciana en Hairou le había dicho esto.

—¿Y el sol sale del este?

—Por supuesto. Ahora, nos encontramos en la parte oriental de Kou, un lugar llamado Aldea de los Cinco Ancianos. Si caminas diez días hacia el norte, llegarás a unas montañas altas. Crúzalas, y estarás en Kei.

Mientras hablaba, dibujaba el carácter en la mesa con el dedo:

—Hairou, que es de donde vienes, está en la costa, más al este de aquí. A unos cinco días de viaje por la carretera.

Hasta ahora, los pocos lugares a donde Youko había ido existían en medio de la neblina, las direcciones y distancias permanecían confusas. Ahora, al menos, una vaga imagen de este mundo al que había llegado empezaba a tomar forma en su mente.

—¿Este reino es muy grande, Kou?

Takki ladeó la cabeza. 

—Quién sabe. Supongo que, si pretendieras caminar de esquina a esquina, de oeste a este, te tomaría unos tres meses.

—¿Tanto tiempo? —Youko estaba sorprendida. Era difícil para ella medir la distancia basada en el tiempo de caminata, pero estaba muy segura de que caminar a través de la gran área de Tokio, tomaría unos cuantos días, si acaso.

—Creo que sí. Después de todo, este es un reino de verdad. El viaje sería similar, yendo de sur a norte. Después de cruzar las montañas o el mar, estarás en las tierras vecinas. Pero supongo que eso te tomaría cerca de cuatro meses.

—¿Y existen doce de estos reinos?

Takki asintió.

Youko cerró los ojos. Una parte de ella había imaginado este mundo como algún tipo de patio de recreo elaborado, algo cerrado, limitado. Un país en una caja. ¿Pero cuatro meses para ir a otro reino? No había esperanza de encontrar a una persona en un área tan vasta, sin más pistas que un nombre y un recuerdo de un largo cabello dorado. Puede que tuviera que buscar por todo el mundo, y eso llevaría años. Décadas.

—Y, ¿quién este Keiki? —preguntó Takki.

—Realmente no lo sé. Sólo sé que es de este lugar. Él… —Youko hizo una pausa, tratando de buscar las palabras apropiadas—. Él me trajo aquí.

—¿Te trajo?

Youko asintió.

—¿En serio? ¡Es la primera vez que escucho algo así! —Takki estaba visiblemente intrigada.

—¿Es algo raro?

—Bueno, nunca me gustó leer mucho, así que quizá sean solo cosas mías —Takki se rio con pesar—. Y no sé mucho sobre los kaikyaku. No vemos a muchos de ustedes a menudo.

—Ya veo…

—Pero quien quiera que sea, si te trajo aquí, no debe ser una persona común y corriente. No puede ir cualquiera a Aquel Lugar. No me sorprendería que fuera algún tipo de deidad, o hechicero, o quizá hasta un mitad-demonio.

Youko miró a Takki. Estaba sonriendo.

—La gente común como yo, no podemos ir a Aquel Lugar, y mucho menos traer a alguien. Sí, diría que tu amigo es alguien especial. Un brujo, ¿quizás?

—No es mi amigo… —empezó a decir Youko, y entonces sacudió la cabeza—. Sé que hay demonios… ¿pero también hay dioses y hechiceros?

—Por supuesto. Pero viven en el mundo del Cielo, muy lejos de nosotros. Los dioses y los hechiceros, todos viven allá arriba. Raras veces bajan aquí.

—¿Allá arriba?

—Sobre el cielo. Pero por supuesto, algunos han bajado. El Gobernador es uno de ellos.

Takki respondió a la expresión de confusión de Youko, con una sonrisa.

—Verás, cada provincia tiene sus señores. Esta es la provincia de Jhun, y nuestro señor es el gobernador de Jhun. Es el Rey quien le da esa posición, gobierna a Jhun en el nombre del rey. Un gobernador nunca es una persona ordinaria. No envejece y no muere. Tiene el poder de hablar con los dioses. No es de este mundo… algo que tienes en común, ¿eh?

—Así que Keiki… ¿también es de otro mundo?

—Yo diría que sí —Takki rio nuevamente—. Quizá es un cortesano. Casi todas las personas importantes son hechiceros. Allá en el palacio del rey (que también está sobre el cielo) hasta los sirvientes y mensajeros son hechiceros. ¡Deben serlo sólo para ir a trabajar!

Takki sonrió.

—La familia del rey es una familia de dioses. Son quienes designan a los hechiceros y demás. Se dice que algunas personas ascienden al Cielo con sus propios poderes, pero esos son personas apartadas, como ermitaños, alpinistas; gente que se ha alejado del mundo mortal sin más. En resumen, todos los dirigentes son de un mundo diferente al nuestro, y la gente como nosotros nunca los llega a conocer… lo que te hace especial.

Youko bajaba la cabeza ante cada palabra de Takki, guardándolas en su memoria para su uso futuro. Cada pedazo de información se guardaba con un significado especial.

—También se dice que en el mar hay un Dios Dragón que controla las olas. Puede ser verdad o puede no ser más que un cuento de hadas. Aun si existiera un Reino Dragón, creo que la gente allí tampoco sería normal, teniendo en cuenta que tendrían que vivir bajo el agua.

—¿Y qué pasa con los mitad-demonio? —preguntó Youko—. ¿Qué son esos?

—Ah —dijo Takki, asintiendo—. Son los más peligrosos de todos. Los demonios que pueden tomar forma humana son a quienes llamamos mitad-demonios. Se parecen mucho a ti y a mí. Algunos se parecen tanto a una persona normal que no puedes diferenciarlos.

Takki vertió más té frío para Youko, desde una jarra hecha de barro.

—Se dice que, en alguna parte, hay un reino lleno de demonios. Pero no sé si eso es cierto. Si existe, ese es otro mundo completamente diferente… ¡y menos mal!

Youko suspiró desconcertada. En sólo unos minutos, su conocimiento de este mundo se había multiplicado por diez, y con él, su confusión. Si Keiki no era una persona, ¿entonces qué era? Le había parecida tan raro y extravagante cuando lo vio por primera vez en la escuela, pero también le había parecido lo mismo las supuestas personas «normales» aquí en Kou. ¿Era Keiki un mitad-demonio? Y Hankyo y Kaiko… ¿eran demonios también?

Youko frunció el ceño. 

—¿Has escuchado de demonios llamados Hyoki o Kaiko? ¿O Jouyu?

Takki la miró extrañada.

—No, no los conozco. ¿Por qué preguntas?

—¿Y hinman?

Takki la miró aún más recelosa

—Sí, un hinman es un demonio de tipo cohesivo de la guerra y la batalla. No tienen cuerpos y sus ojos son rojos. ¿Cómo sabes sobre ellos? —preguntó Takki, mientras escribía los caracteres para hinman en la mesa:

Youko se estremeció levemente. ¡Así que Jouyu es un demonio! Youko no sabía que significaba “cohesivo”, pero parecía ir bien con la cosa esponjosa parecida a la gelatina que había visto salir de la tierra, y cuyo frío roce todavía recordaba en la nuca.

Youko sacudió la cabeza. No le podía decir nada de su experiencia con Jouyu, Takki no lo comprendería. De hecho, Youko no sabía si ella misma había comprendido. Trató de recordar más palabras que hubiera escuchado en los últimos días.

—¿Kouchou…?

—Ah, un kouchou.

Youko observó mientras Takki dibujaba dos antiguos caracteres, de los que estaba segura que significaban monstruo y ave, en la mesa. 

—Es un ave con cuernos. Son violentos, se dice que comen gente. ¿Qué pasa con ellos?

—Uno me atacó.

—¡Tonterías! ¿Dónde?

—Fue… en Aquel Lugar. Un kouchou me atacó y tuve que huir hasta aquí. Vino tras de mí, o quizá tras de Keiki. Él me dijo que la única forma de protegerme era si venía a este lugar. A tu mundo.

—Vaya, vaya, vaya —murmuró Takki.

Youko dejó salir un suspiro y miró a la mujer.

—Estos kouchou, ¿son comunes? Quizá si supiera dónde viven, podría deducir de dónde es Keiki, y por qué lo perseguían.

Takki negó con la cabeza.

—No los llamaría comunes, no… Si un demonio aparece aquí, la noticia vuela por toda la ciudad. Los demonios no suelen aparecer cerca de los lugares donde viven los hombres.

—¿Es eso cierto?

Takki asintió.

—Aunque, la verdad sea dicha, cada vez hay más de ellos. Estas son épocas peligrosas. Cuando el sol se oculta, nos quedamos dentro. Si algo tan peligroso como un kouchou apareciera, se armaría un gran revuelo. Aun así, algo en tu historia me da curiosidad —Takki frunció el ceño—. Los demonios son como bestias salvajes. Pueden perseguir a una persona para comerla o algo así, pero no perseguirían a una persona en particular. E ir todo el camino hasta Aquel Lugar…  Es la primera vez que escucho algo así —Takki le tocó la cabeza—. Youko, querida, ¿en qué tipo de problema te has metido?

—Ojalá lo supiera.

Al ver la expresión de preocupación de Takki, Youko empezó a preocuparse también, particularmente cuando consideró lo que la mujer había dicho. Youko había asumido que los demonios atacando en el bosque eran una cosa común por aquí.

Evidentemente no era así, y los demonios la perseguían a ella en particular.

¿Qué me está pasando?

—Bueno —dijo Takki alegremente—, sentarse aquí a hablar de demonios no nos hará ningún bien. Youko, ¿sabes a dónde debes ir?

Youko miró dudosa los ojos de la mujer y negó con la cabeza.

—Sólo sé que debo buscar a Keiki. No puedo pensar en más nada.

Pueden ser demonios o mitad-demonios o peor, pero ella estaba segura de que Keiki y las bestias que iban con él no la lastimarían.

—Tomará su tiempo. No creo que sea fácil.

Youko asintió.

—Y mientras tanto, debes vivir. Podrías quedarte aquí, pero si los demás te encuentran, te enviarán al magistrado. Puedo decir que eres un familiar, pero no creo que esa mentira dure mucho.

—No quiero causarte más problemas.

Takki negó con la cabeza y sonrió.

—A tres días de caminata hacia el suroeste hay una ciudad llamada Kasai. Mi madre vive allí. Ella administra un hotel. Y si eres una buena ayuda, no tendrá razones para enviarte ante el magistrado, aunque no supiera quién eres. Quieres trabajar, ¿no es así?

—Sí —Youko respondió sin dudar. Encontrar a Keiki no será fácil, pero había empezado a darse cuenta de que, si quería alguna esperanza de tener éxito en su misión, necesitaba tener un lugar dónde quedarse.

Cuanto más rápido terminaran las eternas noches de evitar demonios y quedarse dormida hambrienta sobre el duro suelo, mejor.

Takki rio y asintió.

—Bien por ti. Y no te preocupes, el trabajo no será tan duro. Todos los otros chicos son buenos trabajadores y buenas personas. Y, además, estoy segura de que te llevarás con ellos estupendamente. Podemos viajar mañana.

—¡Bien!

Takki sonrió felizmente.

—Ahora descansa un poco. Duerme bien. Si te despiertas mañana y decides que no irás, siempre puedes quedarte aquí un rato más.

Youko sonrió e hizo una reverencia con la cabeza, así pudo agradecer y al mismo tiempo esconder las lágrimas de gratitud que llenaban sus ojos.

  


Youko se sentía tan aliviada de dormir en una cama real que se quedó dormida inmediatamente… solo para despertarse en la mitad de la noche.

Observó la cama al otro lado de la habitación y vio a la amable mujer que la había acogido durmiendo profunda y despreocupadamente. Youko se sentó y llevó las rodillas hasta su pecho, sintiendo el tirón del pijama tocar su piel.

Con las ventanas completamente cerradas, la habitación estaba en silencio y casi totalmente oscura. El pesado techo y las gruesas paredes impedían que entraran hasta los sonidos nocturnos usuales que se había acostumbrado a escuchar.

Youko sacó los pies de la cama y caminó lentamente a través de la habitación, dirigiéndose al comedor-cocina. Encontró su espada en un estante alto, la tomó y la sostuvo en sus brazos, suspirando de alivio. En los últimos días, la oscuridad significaba peligro, y se sentía incómoda si no sujetaba la empuñadura de la espada todo el tiempo. Se sentó en una silla e inspeccionó la tela con la que Takki había envuelto la espada como protección.

Youko casi se atrevió a soñar que no tendría que usar más nunca la espada. Sólo era una caminata de tres días a la ciudad de Kasai, donde estaba el hotel de la madre de Takki, y allí tendría un trabajo; tendría un lugar en este mundo. ¿Qué tipo de persona sería la madre de Takki? ¿Cómo serían los demás trabajadores? Nunca había trabajado antes, pero sentía más entusiasmo que ansiedad ante la posibilidad.

Dormiría bajo un techo, se despertaría en la mañana, trabajaría todo el día y se iría a dormir en la noche. Puede que Youko no fuera capaz de regresar a su casa o de encontrar a Keiki, pero quizá eso no importaría por un tiempo. Podría estar tan ocupada con su trabajo que ni siquiera tendría tiempo de pensar en esas cosas.

Por primera vez, Youko sintió que había empezado a encontrar el equilibrio en este lugar desconocido. Con la sensación de alivio llegó también una repentina ola de agotamiento, y cerró los ojos.

Fue entonces cuando escuchó el sonido: un alto y lejano sonido de agua goteando.

Youko abrió los ojos y miró la espada. Una débil luz salía de debajo de la tela que la rodeaba. Youko desenvolvió lentamente la espada y la encontró brillando como lo había hecho hace varias noches. E igual que antes, vio unas formas vagas reflejadas en el frío metal de la espada.

La escena empezó a aclararse gradualmente, las formas mostraban profundidad, sus figuras empezaban a verse nítidas. Youko vio nuevamente su habitación tan claramente como si estuviera viendo una pantalla de cine. Parecía tan real que pensó que podría tocarla si estiraba la mano, pero sabía que esto no podía ser: el sonido de agua goteando en una cueva era la prueba de que este no era más que una visión como las demás.

Una vez más, Youko vio la imagen de su madre en la espada. Caminaba por la habitación de Youko, paseándose de un lado a otro, abriendo cajones, jugueteando con las cosas en el armario. Parecía como si estuviera buscando algo. Cuando había abierto el cajón por décima vez, Youko vio la puerta de la habitación abrirse. Su padre apareció en el umbral.

—¿No es hora del baño? —Youko podía escuchar claramente la voz de su padre.

Su madre elevó la mirada, y luego la regresó en dirección al tocador.

—Adelante. El agua está en la bañera.

—¿Has visto mi pijama?

—¿No puedes encontrarlo por ti mismo?

La voz de la madre de Youko tenía un tono mordaz. Su padre frunció el ceño, parecía aún más perturbado que ella.

—¿Qué bien te va a hacer el pasarse todo el día vagando en su habitación?

—No estoy vagando. Estoy pensando en algo. Encuentra tu pijama tú solo.

Cuando respondió, la voz de su padre era baja. 

—Youko se ha ido, ¿bien? Pasarte el día aquí no la va a traer de vuelta.

¿Me fui?, pensó Youko.

—No se ha ido, ella…

—Escapó de casa. Ya escuchaste que un hombre fue a su escuela. Y sobre sus amigos que rompieron los cristales. Obviamente Youko estaba relacionándose con este tipo de personas a nuestras espaldas.

—Ella no haría eso. No mi Youko.

—Simplemente no pudiste verlo. ¿Sabes? Apuesto a que se teñía el pelo.

—Estás equivocado.

—Historias de chicos relacionándose con personas equivocadas y huyendo de casa son muy comunes. Pronto se cansará y regresará a casa. No te preocupes.

—Es que esto no es algo que Youko haría. No la crie para ser así. —Su madre insistía agresivamente, mirando hostilmente a su marido. Y él le devolvía la mirada.

—Eso es lo que todos los padres dicen. Mira, parece que el hombre que fue por ella a la escuela también tenía el pelo teñido. Quizá es algo de pandillas. En cualquier caso, frecuentaba a la gente equivocada. Ese es el tipo de persona que era.

—¿Cómo puedes decir eso? —gritó su madre, años de frustración finalmente encontraron una voz—. ¿Y tú que puedes saber? Todo lo que has hecho es trabajar y trabajar más. ¡Yo crie a Youko! Es mi hija y la conozco.

—¡Cálmate! Yo también la conozco. Después de todo, soy su padre.

—¿Padre? ¿Tú?

—Ritsuko…

Youko no podía recordar la última vez que escuchó a su padre llamar a su madre por su primer nombre. Siempre le decía “Mamá”.

—¿Acaso ir a trabajar y ganar dinero te hace su padre? No perdiste ni un día de trabajo cuando desapareció. ¡No has hecho nada! ¡¿Eso te hace un padre? ¿“Ese es el tipo de persona que era”? No sabes ni la mitad de quién era ella. ¡De quien es!

Su padre parecía más sobresaltado que enfadado. Movió la mano en señal de paz.

—Por favor, cálmate…

—Oh, estoy calmada. Nunca he estado tan calmada antes en mi vida. Nuestra hija está en peligro. Tengo que manejar esto. ¿Quién la va a recuperar si no soy yo? 

—Todos tenemos nuestros papeles. Si estás tan calmada como dices, ya sabrás qué hacer. Las cosas funcionarán.

—¿Lo que debo hacer? ¿Qué? ¿Encontrar tu pijama? ¿Eso es más importante que preocuparte por tu propia hija? ¿Alguna vez has pensado en otra persona que no seas tú?

El rostro del padre de Youko se oscurecía con ira. Su madre lo apuñaló con una mirada fría.

—Era una buena chica. Nunca respondió mal, nunca cuestionó, nunca se rebeló. Era amable y predecible. Nunca nos dio razones para preocuparnos hasta ahora. Y… me contaría cualquier cosa, cualquier cosa. No era el tipo de chica que huiría de su casa. Era feliz… —Sus palabras se ahogaron en un sollozo.

Su padre seguía de pie en la puerta, apartando la mirada en silencio. Cuando finalmente habló, su voz era baja y sin una pizca de calidez.

—Youko dejó su mochila en la escuela, ¿sabes? Y su abrigo. ¿Y crees que huyó de casa? Algo debió haberle pasado. Esa es la única explicación.

—Y si es así, ¿qué pasa? —La madre de Youko levantó la mirada—. ¿Qué estás sugiriendo?

El hombre respondió con dificultad después de una pausa.

—Dices que quieres hacer algo… pero si se vio envuelta en algún tipo de incidente, ¿qué podrías hacer que no hubiéramos hecho ya? Ya hemos ido a la policía. ¿Cómo es que sentarnos aquí, confundidos en la oscuridad, podría traer de vuelta a Youko?

—¿Cómo puedes rendirte así?

—No es rendirse, ¡es la realidad! ¿Deberíamos salir y pegar su fotografía en postes telefónicos? ¿Eso la traerá de vuelta? No quiero ser cruel, pero…

—Lo eres.

—Si no huyó de casa, si se vio envuelta en algo, entonces, probablemente Youko esté muerta.

—¡No!

—Vamos, ya has visto las noticias. Sabes tan bien como yo lo que les pasa a las chicas que se pierden de esta manera. ¡Sólo estoy diciendo que Youko pudo haber huido para hacerte sentir mejor, no porque en realidad lo piense!

Youko vio a su madre desplomarse sollozando. Su padre permanecía de pie, mirándola, y entonces salió de la habitación.

Mamá… Papá…

Era doloroso mirar. La escena se volvió borrosa, y Youko cerró los ojos al mismo tiempo que sentía un hilillo de lágrimas calientes bajando por sus mejillas. Cuando volvió a abrir los ojos, la imagen había desaparecido.

El frío metal de la espada estaba oscuro entre sus manos. La espada se sintió pesada de repente y Youko la dejó en el suelo. Entonces bajó la cabeza, dejando que las lágrimas cayeran libremente por su rostro.

 

 

¡No estoy muerta!

Youko sabía que seguía viva, aunque no era más capaz de demostrarle eso a su madre que si en realidad estuviera muerta, y de alguna forma, la muerte habría sido preferible a su situación actual.

No hui de casa.

Youko quería ir a casa más que nada en el mundo. Quería ver a sus padres y asegurarles que jamás huiría.

Es la primera vez que los veo discutir… 

Youko apoyó su frente en la mesa y cerró los ojos. Las lágrimas seguían saliendo, aunque parte de ella sabía que la visión podía no haber sido real.

Se incorporó, se limpió las lágrimas, y envolvió nuevamente la espada en la tela. Todo lo que sabía era que la espada le estaba mostrando fantasmas, nada más. Pero, aun así, sentía en sus huesos la verdad de lo que había visto.

Sentía el corazón pesado en su pecho, Youko abrió la puerta trasera de la casa y salió.

El cielo estaba lleno de estrellas, pero, aun así, ni una sola constelación le parecía familiar. Aunque por supuesto, nunca había tenido ningún interés en aprenderse las constelaciones. ¿Quizá no me aprendí exactamente estas?

Se sentó en el borde del pozo y levantó sus pies descalzos, estaba sentada con las rodillas presionadas contra su pecho. La sensación de la piedra fría y la fresca brisa nocturna la calmó un poco. La humedad en su rostro empezaba a secarse cuando escuchó una voz tras ella, una voz desagradable y con un tono musical que se sentía como espinas agujereando sus oídos.

—Oh, no puedes irte a caaaaaaaaaaaaasa.

Youko se dio la vuelta lentamente para ver una familiar cara sonriente saliendo de la pared de piedra sólida al lado del pozo. La cabeza del mono azul parecía casi como si la hubieran cortado y descansara sobre la piedra: un busto sonriente sin cuerpo.

—¿Todavía no te rindes, mmm? Ya sabes que no puedes ir a casa. Pero aun así quieres ir, ¿no es así? ¿Quieres ver a tu madre? Llora todo lo que quieras, jamás regresarás.

Youko estiró la mano y lo único que tocó fue aire, había olvidado la espada dentro de la casa.

—Haz lo que te dije antes, ¿mmm? Córtate la cabeza y termina esto ya. Oh, sería tan fáciiiiiil. No habría esperanza, no habría pena, ¡todo desaparecería, desaparecería!

—Tienes razón —dijo Youko—. Pero no me voy a rendir. Volveré a casa. No me importa cuánto tarde.

El simio carcajeaba.

—¡Como desees, como desees! ¡Oh, pero tengo algo más que decirte, pececilla!

—No lo escucharé —respondió, poniéndose de pie.

—¡Oh, pero deberías! Es información sobre ella, la mujer dentro de la casa.

—¿Takki?

Youko levantó la mirada y encontró a la cosa simiesca mostrándole los colmillos.

—No deberías confiar en ella.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Oh, crees que es un ángel, un ser amable bajado del Cielo, pero no es ni la mitad de buena persona que crees que es, ¡ni un cuarto! Qué suertuda, qué suertuda, no hubo veneno en la comida de hoy, ¿mmm?

—Sabía que no debía escucharte.

—Te despellejará y te disecará para colgarte en la pared, o te venderá a algunos esclavistas, le da igual. ¡Y le agradecerías por eso, lo harías! Chiquilla tonta, tonta.

—No sabes de qué hablas.

—¡Hablo con la amabilidad de mi corazón! No puedes verlo, ¿no es así? No tienes amigos aquí. A nadie le importa si mueres. De hecho, la mayoría preferiría que murieras.

Youko miró mal al mono, causando que saliera otra ronda de carcajadas de su gran boca.

—¡Sí, el dolor habría sido rápido! Podías haber terminado todo en el bosque, ¿mmm? Estoy seguro de que a los cachorritos les habría gustado ayudarte —la criatura reía aún más fuerte, y entonces mostró una sonrisa amenazante—. Toma mi consejo: ¡déjala sentir tu espada!

—¿Qué…?

—Corta a la mujer, toma el dinero que tiene y huye, chiquilla. ¡Huye! Si sigues aferrándote a la fantasía de que podrás superar esto, es mejor que te des prisa mientras tienes la oportunidad.

—¡Suficiente!

Riendo como loco, el mono desapareció abruptamente en la oscuridad una vez más. Igual que la otra noche cuando lo conoció por primera vez, la única cosa que quedaba era su risa chillona resonando en sus oídos. Después, eso también desapareció en la distancia.

Youko miró en la dirección en que se había ido. ¿Qué razón puede tener para decir esas cosas? No las creo, ni una palabra.

Sea lo que sea esa criatura, dice sólo mentiras.

A la mañana siguiente, Youko se despertó cuando alguien la tocaba amablemente. 

Abrió los ojos y vio que estaba en la habitación de la casa, una gran mujer la miraba preocupada.

—¿Takki?

—¡Estás despierta! Pareces agotada, querida. Ten, levántate, come algo.

—L-lo siento. Dormí demasiado. —Youko se sentó inmediatamente. Por la expresión de Takki, se dio cuenta de que debía haber dormido por mucho tiempo.

—No tienes nada de qué disculparte. ¿Y bien? ¿Todavía quieres viajar? ¿O irás mañana?

—Estoy bien. Puedo ir hoy —dijo Youko, sacando las piernas de la sabana. Takki rio y señaló el escritorio junto a la cama.

—Allí hay algo que puedes usar. Sabes cómo ponértelo, ¿no?

—Creo que sí…

—Llámame si necesitas ayuda.

Takki desapareció en la habitación contigua. Youko bajó de la cama y tomó la ropa que Takki había arreglado para ella.

Había una falda que llegaba hasta los tobillos atada con un lazo simple, una blusa que era más como un kimono corto, y un abrigo del mismo largo. Se puso la ropa, y se sintió un poco incómoda. Estaba insegura, pues no sabía si se la había puesto correctamente. Así fue a la habitación siguiente y encontró el desayuno esperándola en la mesa.

—¡Oh! ¡Qué bien te ves! —declaró Takki, sonriendo mientras colocaba un gran tazón de sopa sobre la mesa—. Espero que no sean demasiado simples. Si tuviera algo de ropa de cuando era joven…

—¡No, no es así! Muchas gracias.

—Esa ropa era un poco brillante para mí. Ya estaba pensando en regalarla. Bien, ahora comamos. ¡Llena ese estómago! Nos espera una larga caminata.

—Sí, gracias.

Youko asintió agradecida y se sentó a la mesa. Mientras cogía los palillos, las palabras que el mono había dicho la noche anterior pasaron por su mente, pero apartó rápidamente la preocupación.

Takki es una buena persona.

Youko sólo tenía que pensar en todo lo que arriesgaba Takki por protegerla.

Es una buena persona. Estaría mal dudar de ella.

 


Salieron de la casa de Takki un poco después del mediodía. Para alivio de Youko, el viaje hasta Kasai había transcurrido sin incidentes, y para su sorpresa, lo había disfrutado. Al principio, se estremecía cada vez que veían gente en el camino, pero había tomado el consejo de Takki y se había teñido el pelo de negro, y una vez se acostumbró al hecho de que nadie veía nada sospechoso en ella, empezó a esperar con ansias su ocasional encuentro con los otros viajeros.

Admirando el paisaje, la manera en que las casas estaban juntas, la manera en que las colinas habían sido convertidas en bancales… casi podía imaginarse estar en la Antigua China. Sin embargo, la ilusión se dañaba en el momento en que veía a las personas. Sus caras parecían occidentales y sus pelos, ojos y piel venían en tal variedad de color que a veces sentía que estaba en algún extraño parque de atracciones.

Vio pieles de blanco puro y negro azabache, ojos tan oscuros como carbón y otros de un azul extremadamente claro. Lo más dramático de todo era el efecto caleidoscopio creado por los innumerables colores de pelo. Vio pelirrojos con rayas púrpuras y gente mayor con largos mechones de un azul blancuzco. Ocasionalmente, veía gente cuyo cabello tenía rayas de diferentes matices, como si se hubieran teñido sólo en algunas partes.

Le costó un tiempo acostumbrarse a la infinita variedad de apariencias, pero una vez lo hizo, se dio cuenta que hasta le gustaba. Aunque se mantenía alerta, no vio a nadie con un cabello dorado como el de Keiki.

La ropa que la gente llevaba, como el paisaje, le recordaban imágenes que había visto de la Antigua China. Los hombres usaban pequeños abrigos con pantalones cortos, mientras las mujeres usaban en su mayoría faldas largas. Ocasionalmente, veía grupos de viajeros usando atuendos particularmente extravagantes, que, aunque le parecían vagamente occidentales, no podía ubicar en ningún país o período. Según Takki le había dicho, esos eran los juglares errantes.

Youko estaba feliz de tan sólo estar caminando. Takki conocía el camino y arregló todo, desde la comida hasta el alojamiento. Por supuesto, Youko no llevaba dinero, así que Takki había pagado todo.

—No puedo agradecerte lo suficiente —dijo Youko mientras caminaban.

Takki soltó una carcajada.

—Siempre estoy ayudando gente. No te preocupes.

—¿Cómo puedo pagártelo?

—¿Pagarme? Si no fuera por ti, no tendría excusa para visitar a Mamá. Eso es pago suficiente.

Youko sonrió.

—Takki, ¿te mudaste a los Cinco Ancianos para casarte?

—No, no. Fui asignada.

—¿Asignada?

Takki asintió.

—Cuando cumples veinte años, los oficiales te dan un terreno. Mi terreno estaba en los Cinco Ancianos.

—¿Así que todos reciben un terreno cuando cumplen veinte?

—Todos sin excepción. Mi esposo era el anciano de la casa de al lado. Nos separamos cuando la niña murió.

Youko observó el rostro sonriente de Takki. Recordó haber visto ropa de niña la noche anterior.

—Lo siento.

—No hay nada que sentir. Supongo que no tenía lo que se necesitaba. Me dan una niña y la dejo morir.

Youko se detuvo, insegura de cómo responder.

—Los niños son enviados por el Cielo. El que los cielos la hayan reclamado sólo quiere decir que no era apta para el trabajo. Supongo que no estaba lista. Pobre niña.

Youko se rascó la cabeza y sonrió un poco. Takki la miró melancólicamente.

—Tu madre debe estar preocupada por ti. Espero que puedas regresar pronto.

Youko asintió.

—Sí. Pero me pregunto si de verdad podré regresar. La anciana en Hairou dijo que no podía. 

—Si llegaste aquí creo que es posible que puedas volver, ¿no crees?

Youko parpadeó. Takki lo hacía sonar todo tan fácil.

—Sí —dijo, sonriendo nuevamente—. Estoy segura de que tienes razón.

—Por supuesto que tengo razón. Ah, por aquí. —Takki señaló a la izquierda. Habían llegado a una bifurcación. Aquí, al igual que en cualquier otra intersección que habían encontrado, había pequeñas tablas de piedras que tenían grabadas los nombres de las aldeas cercanas y las distancias. Youko notó que la unidad de distancia aquí era el li. La tabla decía: “Sei – cinco li”:

Recordaba vagamente de sus libros de historia que el li era usado en la Antigua China, y se supone que correspondía a unos tres kilómetros, pero el li aquí parecía equivaler menos. Así que cinco li no era tan lejos.

La tierra por allí no parecía ser particularmente abundante, pero era pacífica y bella. El terreno que las rodeaba era accidentado, subía en montañas cada vez más altas. A través del aire claro, podía ver hasta una lejana cadena montañosa con picos que parecían lo suficientemente sublimes como para atravesar las nubes, si hubiera estado nublado. El aire sobre las montañas era puro y claro, aunque por alguna razón, Youko tenía la impresión de que el cielo estaba bajo; parecía posible escalar hasta la cima de esas montañas y tocarlo.

Parecía que la primavera llegaba más temprano a este mundo que a Tokio. Las flores retoñaban en los caminos entre los campos. Algunas parecían familiares, mientras que había otras flores que Youko jamás había visto antes.

Aquí y allá podían ver pequeñas comunidades de pequeñas casas. Takki le informó que eran aldeas de granjeros. De vez en cuando pasaba por una comunidad más grande rodeada de una gran muralla. Estas eran ciudades, donde la gente del área se iba a vivir para pasar el invierno.

—¿Así que las personas viven en un lugar diferente durante el invierno?

—Sí, no hay razón para estar en los campos en invierno. Es verdad que algunas personas fuera de lo común se quedan en las aldeas durante el invierno, pero es mucho más agradable ir a las ciudades, así estás con todos los demás. Y, además, las ciudades son más seguras.

—Siempre tienen esas grandes murallas, ¿no? ¿Es por los demonios?

—No, no, los demonios no atacarían una ciudad. Las murallas son más para las guerras y para mantener alejados a los animales salvajes.

—¿Animales salvajes?

—Sí, lobos, osos y demás. No hay muchos de esos por aquí, se ven más tigres y leopardos. Hay poco que comer en las montañas durante el invierno, así que bajan a las aldeas a buscar comida.

—¿Y cómo consigues casa en una ciudad durante el invierno? ¿La alquilas?

—Sí y no. A todos nos dan una casa en la ciudad cuando cumplimos veinte, pero la mayoría se la vende a los comerciantes para que la usen mientras ellos están en las aldeas. Cuando llega el invierno, alquilan un lugar más pequeño en la ciudad y vuelven.

Youko asintió. Cada ciudad por la que habían pasado estaba protegida por una gran muralla, cada una con una sola entrada resguardada por una fuerte reja. Los guardias en el portal vigilaban las entradas y salidas de los viajeros. Takki había dicho que los guardias en el portal siempre estaban allí, pero Youko notó que parecían estar deteniendo chicas pelirrojas. Han debido llegar noticias de Hairou sobre el kaikyaku fugitivo.

Dentro de las murallas, las casas estaban muy juntas. Siempre había una larga calle central con tiendas a los lados. También parecía haber mucha gente sin techo en las ciudades. Youko había visto unos cuantos viviendo bajo tiendas levantadas inmediatamente después de entrar.

—¿No se supone que todos reciben terrenos? ¿Por qué tienen que vivir en tiendas? —preguntó Youko, señalando las moradas temporales.

Takki frunció el ceño.

—Esos son refugiados del Reino de Kei. Pobre gente.

—¿Refugiados?

—Sí. Verás, Kei está en problemas en estos días. Los refugiados vienen aquí para escapar de la guerra y los demonios. Ahora que se está haciendo más cálido, vendrán más aún.

—¿Así que también hay guerras?

—Por supuesto. Y no sólo en Kei. El Reino de Tai al norte, está casi en la misma situación. Algunos dicen que Tai está mucho peor —mientras hablaba, Takki movía la mano en el aire, haciendo trazos complicados para el caracter Tai:

Todo lo que Youko podía hacer era asentir. Aparentemente, Japón era mucho más pacífica y segura comparada con este mundo. Youko había visto a Takki revisar su equipaje varias veces, y siempre mantenía cerca sus pertenencias. Tres veces durante el viaje, hombres sospechosos las habían llamado mientras caminaban por la campiña y una vez las habían llegado a rodear en el camino. Cada vez, Takki había disuadido a sus atacantes con un aluvión de coloridos insultos y amenazas.

Nadie viajaba de noche. La noche añadía la amenaza de demonios a la de los bandidos, y las puertas de las ciudades cerraban al atardecer. Las dos viajeras tenían cuidado de llegar antes del atardecer a la ciudad que fuera su destino del día.

—Dijiste que tardaría unos cuatro meses viajar de un reino a otro, ¿no es así?

—Así es.

—¿No hay otra forma de viajar además de caminar?

—Algunos usan caballos o carros, pero sólo los ricos. Te aseguro que nunca podré viajar en uno de esos.

Kou también era mucho más pobre que el mundo que Youko conocía. No había coches, por supuesto, y tampoco gas o electricidad. No había visto cañerías de ningún tipo. Al principio había pensado que era porque la civilización iba más atrasada que la suya, pero por lo que había dicho Takki, ese no parecía ser el caso. Simplemente les faltaban recursos como aceite o carbón que habían hecho posible la industrialización en el mundo de Youko.                        

—Así que —preguntó Youko—, ¿cómo sabes tanto sobre otras tierras? ¿Alguna vez has estado en Kei o en Tai, Takki?

Takki rio fuertemente.

—Nunca he salido de Kou. Los granjeros no hacemos muchos viajes largos. Tenemos que atender nuestros campos. Pero nos enteramos de las noticias gracias a los juglares.

—¿Juglares? ¿Te refieres a los que vimos en el camino?

—Sí, esos. Algunos han viajado por todo el mundo. Venden unos libros pequeños, y si los lees te puedes enterar de qué pasa en otros lugares. Los libros están llenos de historias de todo tipo de tierras y noticias de otras prefecturas.

Es como los noticieros que mostraban en los cines antes de que la televisión se hiciera popular, pensó Youko, aunque esa tecnología era mucho más avanzada que esta.

Al final de cada conversación, Youko se sentía más confundida que antes, convencida de que jamás entendería este mundo; pero era una gran diferencia el tener a alguien que respondiera a sus preguntas. Se dio cuenta de que su falta de conocimiento sobre los hechos más básicos de la vida, la habían vuelto más insegura de lo necesario. Sentía que había estado caminando en la oscuridad. Ahora, con una amable compañera a su lado, las cosas eran diferentes. Estaba empezando a divertirse.

En tres días, sus viajes con Takki transformaron el mundo alrededor de ella, de uno lleno de privaciones y peligro a uno de asombro y misterio. Aunque las palabras del mono azul perduraban en su mente, y las visiones nocturnas que veía en su espada le hacían echar de menos su hogar; con cada nuevo amanecer se sentía vigorizada y con un deseo de ver más de este nuevo mundo. Cada aldea a la que llegaban tenía algo nuevo y maravilloso que ver, y Takki siempre estaba con ella, alegre y generosa. Gracias a la joya de la vaina, los largos días de caminata no cansaron a Youko ni la mitad de lo que lo hubieran hecho en su hogar, y podía estar segura de que comería bien cada noche y de que dormiría bajo un techo sólido.

Youko no sabía qué dioses eran responsables de la suerte en este mundo, pero quienes fueran, se lo agradecía.

 


Para Youko, los tres días de viaje terminaron demasiado rápido, la dejaron queriendo más. Sin embargo, respecto a destinos de viaje, decidió que a pesar de su apariencia intimidante, no había nada mejor que Kasai. Desde lejos, la ciudad parecía ser un gigantesco edificio, frío y cuadrado, ganándole a cualquier otra comunidad que hubieran visto hasta ahora: era la única que realmente parecía una ciudad.

—¡Wa, es gigantesco! —exclamó Youko mientras pasaban por el portal. Se detuvo súbitamente y miró fascinada a su alrededor.

Takki sonrió.

—La única ciudad más grande que Kasai por aquí, es Takkyu, donde están las oficinas territoriales.

Youko había aprendido que un territorio era algo más grande que una prefectura; de la que había asumido que tendría casi el mismo tamaño de una prefectura japonesa, pero realmente no tenía idea de cuán grande eran estas divisiones comparadas con el reino. Todo era muy confuso. Le había preguntado a Takki, pero su mentora tampoco parecía saberlo. Con respecto a las oficinas, aparentemente había una en cada aldea que se encargaba de manejar las cosas diarias, y los asuntos más serios iban a la oficina del magistrado provincial; eso era suficiente para lidiar con las preocupaciones de la gente.

El camino principal en Kasai estaba bordeado por tiendas de todo tipo. En contraste con aquellas que habían visto en otras ciudades, estas estaban bien decoradas y eran grandes. Youko vio cristal en las ventanas de los edificios por primera vez desde que había llegado y la decoración de colores chillones la hacía sentir que había entrado en algún sitio raro de Chinatown. La luz matutina había empezado a oscurecerse, y había pocas personas en el camino, pero Youko podía imaginar que la calle principal se llenaba de gente cuando los viajeros llegaban cada mañana.

La idea de empezar una nueva vida aquí, en una ciudad, aliviaba un poco a Youko. No era exigente -en este momento habría sido feliz con una casucha en alguna aldea sucia-, pero una vibrante ciudad con gente nueva y aventuras era mucho más atrayente.

Takki la guiaba por la calle principal, y finalmente giró en una calle alterna que serpenteaba entre un grupo de pequeñas tiendas. Los edificios en este camino eran un poco más viejos que los de la calle principal, pero no eran menos animados. Además, había más gente aquí que en la calle principal. Takki siguió caminando hasta que llegó al edificio más grande, tenía las puertas abiertas flanqueadas por pilares de un verde brillante.

Youko siguió a la mujer a través de la gran entrada, ingresando a un gran comedor bullicioso. Se quedó ahí de pie, embobada por las espléndidas decoraciones, mientras Takki hablaba con confianza con un hombre que había salido a darles la bienvenida.

—Llama a Mamá. Dile que Takki está aquí, ella sabrá a qué me refiero.

El hombre sonrió y desapareció por una de las puertas en la parte trasera de la habitación. Takki lo observó partir y luego dirigió a Youko hasta una de las mesas cercanas.

—Siéntate aquí, pidamos algo de comer. ¡La comida aquí es increíble!

—¿Estás segura de que está bien?

El restaurante era más grande que cualquiera de los hoteles donde se había quedado durante el viaje.

—¡Claro! ¡Mamá invita! Puedes comer lo que quieras.

Youko dudó, se preguntaba qué tipo de platos ofrecerían en un lugar así. Takki rio al darse cuenta de la indecisión en la que estaba, así que llamó a uno de los camareros y pidió dos o tres platos.

El hombre hizo una reverencia y desapareció en la cocina. Un momento después, Youko vio a una mujer, que sólo podía describirse como “anciana”, aparecer desde una pequeña puerta en el fondo de la gran habitación.

—¡Mamá! —gritó Takki, sonriendo al mismo tiempo que se ponía de pie.

La anciana le respondió con una sonrisa. Youko sonrió también. La anciana parecía aún más amable que Takki. Si ella estaba a cargo del lugar, el trabajo no podía ser tan duro.

—Youko, espera aquí. Iré a hablar con Mamá.

—Está bien —dijo Youko asintiendo. Takki sonrió y se dirigió rápidamente hacia su madre. Riendo, se dieron palmadas en la espalda y desaparecieron en la pequeña puerta. Sonriendo, Youko las vio irse; y entonces, acercando la bolsa de Takki a su silla, observó el salón en donde se encontraba.

Por lo que podía ver, no había otras mujeres trabajando aquí. Todos los camareros que se movían entre las mesas eran hombres, igual que casi todos los clientes que empezaban a entrar. Youko notó que unos cuantos la miraban raro, y aunque los intentó ignorar, le fue imposible relajarse.

Después de un rato, un grupo de cuatro hombres entraron y se sentaron en una mesa cercana a ella. Youko miró hacia ellos casualmente y se dio cuenta de que uno de ellos la miraba lascivamente. El resto susurraba y se reían entre ellos, y aunque no podía escuchar qué decían, no podía quitarse la incómoda sensación de que hablaban de ella.

Youko miró hacia la parte trasera de la habitación, pero no veía a Takki por ninguna parte. Se sentó derecha todo el tiempo que pudo, pero cuando uno de los cuatro hombres se levantó y empezó a caminar hacia ella, no pudo soportarlo más y se puso de pie.

Ignorando al hombre que la llamaba, Youko habló con uno de los camareros.

—Um, ¿sabes a dónde fue Takki?

El camarero solamente señaló hacia la parte trasera de la habitación. Tomando esto como señal de que podía ir, Youko tomó la bolsa de Takki y empezó a caminar en dirección a la pequeña puerta. Nadie la detuvo.

Al pasar el umbral, se encontró en un estrecho corredor que llevaba todavía más atrás hacia lo que parecía ser los dormitorios del personal. Se sentía mal por tener que escabullirse de esa manera, pero ahora que estaba aquí no se iba a retirar sin encontrar antes a Takki, así que siguió caminando hasta que llegó a una puerta de madera elegantemente decorada. Abrió la puerta y escuchó la voz de Takki desde detrás de un biombo que ocultaba la mayor parte del cuarto.

—No hay nada de qué preocuparse.

—¡Sabes tan bien como yo el problema que trae! ¡Es una kaikyaku, y, además, la buscan!

Youko se detuvo. Hablaban de ella, y la desgana en la segunda voz, que evidentemente pertenecía a la madre de Takki, era aparente. La insegura Youko que con tanto esfuerzo había intentado dejar atrás, renació repentinamente dentro de ella. Era como temía: no la contratarían por ser una kaikyaku.

Por un momento pensó en entrar a la habitación, agachar la cabeza y rogar que la dejaran quedarse, pero entonces decidió que eso sería demasiado directo. Después de todo, parecía que Takki estaba intercediendo por ella. Debía dejarla hablar. Aun así, no era capaz de regresar al restaurante, así que se quedó allí de pie y siguió escuchando.

—¿Y qué pasa si es una kaikyaku? No es su culpa haber terminado aquí. Y sé que no crees en las supersticiones sobre malos presagios y demás.

—Claro que no… pero si los oficiales se enteran…

—¡No se enterarán si nadie les dice nada! Y te aseguro que ella no lo hará. ¡Piénsalo! ¡Es un regalo! Tiene la apariencia necesaria y está en una edad perfecta.

—Pero aun así…

—Y también tiene buenos modales. Enséñale un poco sobre cómo tratar a los clientes y la tendrás trabajando en menos de lo que canta un gallo. Estoy pidiendo un precio justo, ¿no es así? ¿Por qué la duda?

Youko ladeó la cabeza. Algo en la voz de Takki parecía diferente, más insensible. Y podía escuchar algo más: el débil sonido de la marea creciente en sus oídos.

—¡Es una kaikyaku, Takki!

—Exactamente, ¡y eso es lo genial! No tiene amigos, no hay relaciones que se interpongan. Nada de padre ni hermanos que vengan a hacer escándalo, exigiéndola de vuelta. Es como si jamás hubiera existido. ¡Creo que puedes ver el valor que tiene eso!

—¿Realmente crees que quiere trabajar aquí?

—Eso me dijo. Le dije que era un hotel. Cree que ayudará con las tareas, arreglando las habitaciones. Para decirte la verdad, es un poco tonta.

Youko seguía de pie, dejando que las palabras entraran. Había algo raro. Sabía que Takki hablaba de ella, pero la calidez que siempre había sentido cuando hablaba con ella había desaparecido. ¿Qué estaba pasando? Era casi como si no fuera Takki la que estuviera hablando.

—Aun así…

—Por favor, los pilares verdes obviamente señalan esto como un burdel. Ya debería saberlo, ¿no? Compréndelo ya y págame, rápido.

Youko tenía los ojos desorbitados. Se aferró fuertemente a la bolsa en sus manos, sintiendo una corriente fría pasar desde su cuero cabelludo hasta la punta de sus pies.

¿Qué es lo que el mono había dicho? ¿Por qué no lo escuché?

Su pulso se aceleró, un poco por la sorpresa y un poco por su enfado. Contuvo la respiración hasta que le ardió la garganta, y el sonido de la marea creciente en sus oídos era tan fuerte como un terremoto.

Así que así están las cosas, ¿eh? 

La mano de Youko apretó la espada que estaba envuelta en tela a su lado, cerró los ojos y respiró profundo. Un momento después, con una gran sensación de desapego, se dio la vuelta silenciosamente. Caminando rápidamente hacia el corredor estrecho, salió nuevamente al área del comedor, pasó por el restaurante como si nada importara y salió rápidamente del lugar.

Dando la vuelta para observar el edificio, vio que los pilares, aleros e incluso los marcos de las ventanas estaban pintados de verde. Es por eso por lo que este lugar era diferente a los otros hoteles donde había estado. ¿Por qué no lo notó antes? Youko se dirigió hacia la calle. Todavía llevaba la bolsa de Takki en sus brazos, pero cualquier idea de devolverla se había salido de su mente.

Como si estuvieran sincronizadas, una ventana en el balcón del segundo piso se abrió al mismo tiempo que Youko ponía un pie en la calle, y una mujer elegante se asomaba, observando a los que pasaban. Su kimono brillante estaba demasiado abierto en la parte del cuello, revelando completamente su pecho.

Youko se estremeció, probando la bilis que podía sentir en la garganta. La mujer se dio cuenta de que la miraba y con una sonrisa burlona cerró lentamente la ventana.

 


—Oye, gatita…

Agitada, Youko apartó la mirada de la ventana del segundo piso. Un hombre, al que reconoció como uno de los que la habían estado mirando en el burdel, estaba debajo del alero, a unos metros de ella.

—Dime… ¿trabajas aquí?

—No. Definitivamente no —respondió rápidamente Youko, dándose la vuelta para irse. El hombre la cogió por el brazo y se puso delante de ella, impidiéndole el paso.

—¿No? ¿Así que sólo viniste a comer?

—Estaba con alguien… alguien que tiene un amigo aquí.

—Y dónde está esa persona, ¿eh? No, creo que no viniste a comer. Creo que viniste a ser vendida. —La mano del hombre se movió hacia su barbilla, y Youko la apartó rápidamente.

—No me toques.

—Conque una gata rebelde, ¿eh? —rio el hombre, acercándola más—. ¿Quieres beber algo? ¿Quizá un tazón de leche?

—No, no quiero. Déjame en paz.

—Te vendieron, ¿no es así? Y ahora estás huyendo. ¡Déjame ayudarte a escapar! Sólo ven…

Youko utilizó toda su fuerza y se libró del hombre.

—No me vendieron. No trabajo aquí. Déjame sola.

Empezó a alejarse, pero el hombre la cogió del hombro. Se sacudió y se logró soltar, y entonces, antes de que pudiera acercarse a ella nuevamente, Youko sacó la espada envuelta, mientras escuchaba un sonido familiar inundar sus oídos.

Hay un océano dentro de mí. Un remolino violento que fluye en dirección contraria.

Youko quería más que nada que el océano dentro de ella saliera de sus poros y se llevara al hombre, al burdel y al resto de esta ciudad asquerosa.

—¡Te dije que no me tocaras! —Sacudió la espada hábilmente, apartando la tela, que cayó ondeando al suelo. El hombre palideció y retrocedió.

—Oye…

—Si valoras tu piel, me dejarás ir.

El hombre miró la espada y luego a Youko, y nuevamente a la espada. Su boca formaba una sonrisa tensa.

—¿Estás segura de que sabes usarla, gatita?

Youko no dijo nada. Con un movimiento fluido levantó la espada y la llevó a solo centímetros de la garganta del hombre.

Sí, soy una gata y esta es mi garra. Y es muy, muy afilada.

—Vuelve dentro. Tus amigos te esperan.

Youko escuchó que alguien llamó al hombre desde el restaurante a sus espaldas, pero no quería darse la vuelta a mirarlo. Estaba reacia a sacar la espada por miedo a causar una conmoción en medio de la calle, pero ya era muy tarde para preocuparse por eso.

Después de mirar varias veces entre Youko y la punta de la espada, el hombre se retiró lentamente. Entonces, cuando estaba fuera de alcance, dio una vuelta y entró corriendo por una de las puertas del burdel.

Youko empezaba ya a correr cuando escuchó la voz de una mujer.

—¡Allí está! ¡Atrápenla!

Youko miró sobre su hombro y vio a Takki gritando desde la entrada de los pilares. Sintió una fría amargura, una que le recordaba el estanque color escarlata que había visto en las olas del mar en su sueño.

—¡Es una fugitiva! ¡Atrapenla!

Una ola de ira nauseabunda se levantó en el pecho de Youko. No sabía si estaba furiosa con la aparentemente amable Takki que la había engañado tan cruelmente, o si era con ella misma por haberse dejado engañar tan fácilmente.

Las personas empezaban a salir a la calle desde el burdel y los edificios contiguos para ver qué estaba pasando. Youko levantó la espada y le dio la vuelta a la empuñadura en su mano, para así poder golpear más fácilmente con la parte sin filo de la espada. Si eso le permitiría o no sobrevivir al combate que se avecinaba sin matar a nadie, dependía completamente de Jouyu. Youko sentía la furia feroz en su corazón y sabía que no dudaría en matar a alguien si eso significaba evitar ser capturada.

No tengo amigos en este lugar.

Pensó que tenía una amiga. Estaba tan agradecida con Takki, agradecida por la buena fortuna que la había llevado hasta la casa de la mujer. Le había dado las gracias desde el fondo de su corazón, y ahora eso le daba nauseas.

Un grupo de hombres corrió hacia ella, y sintió la familiar sensación pegajosa deslizarse por sus miembros. Con un movimiento fluido y grácil, levantó la espada y corrió apuntando hacia aquellos que bloqueaban su camino.

—¡Derribadla! ¡No puedo permitirme perderla!

Youko miró hacia atrás al escuchar la voz histérica de Takki. Los ojos de la estafadora y la traicionada se encontraron. La boca de Takki se selló. Con una expresión de temor en su rostro, retrocedió dos pasos hasta la sombra de la puerta del burdel.

Youko la observó un momento con una mirada fría, y entonces se preparó para recibir a la avalancha de hombres. Esquivó a uno, a dos, y derribó al tercero con la parte sin filo de su espada.

Inmediatamente, toda la multitud se reunió, formando una pared humana a su alrededor. Youko se mordió la lengua al ver la multitud que crecía. No podía imaginar una forma de salir de esto que no requiriera derramar sangre.

—¡Vamos! ¡Hay recompensa para el que la atrape! —gritó Takki en un momento.

Y justo entonces, un grito salió de la parte trasera de la multitud. Las cabezas se giraron, y hubo una gran conmoción. Youko podía escuchar gritos.

—¿Qué está pasando?

—¡Una fugitiva!

—¡No, hay algo allí!

La pared humana que rodeaba a Youko cambió. Más allá de los espectadores más cercanos, Youko podía ver una marea de gente empujándose por el camino, acercándose.

Estaban gritando y corriendo por sus vidas.

—¡Demonio!

La mano de Youko se estremeció.

—¿Un demonio?

¡Bafuku!

—¡Corre!

Y en ese momento, la pared humana se tambaleó y se deshizo. Youko se unió a la oleada de gente que huía. Directamente detrás de ella se escuchó un chillido salido de otro mundo: una temible bestia arremetía contra la multitud, abatiendo a las aterrorizadas personas mientras pasaba.

Tenía la forma de un tigre gigante, pero este no era un animal salvaje ordinario. Su cara extraña, parecida a una horrorosa caricatura de una cara humana, ya estaba manchada con rayas escarlatas; pero, aun así, Youko pudo adivinar de alguna manera que su hambre

antinatural estaba dirigida particularmente hacia ella. Esquivando a las personas que salían corriendo desde las tiendas, corrió lo más rápido que pudo.

Pero no fue suficiente. La criatura cerró la distancia entre ellos en segundos. Dándose cuenta de que no tenía oportunidad de escapar, Youko se dio la vuelta y se quedó firme sobre el suelo.

Inquieta por la sed de sangre reflejada en los ojos casi humanos del demonio, Youko apretó la empuñadura y levantó la espada. La bestia arremetió contra ella con la velocidad de un huracán. Youko lo evadió en el último momento, dibujando un arco con la espada en dirección a la criatura. Se escuchó salir una fuente de sangre, pero Youko no vio nada, había aprendido gracias a sus batallas con los demonios, que podía evitar ver la peor parte de la matanza si cerraba los ojos en el mismo instante en que su espada se encontraba con la carne.

Youko cortó la gran pata rayada de la bestia, y en vez de arremeter terminó tambaleándose, cayendo de frente sobre su cara. Evadiendo la gran masa que caía, Youko cortó nuevamente a la criatura y la pateó cuando intentó levantarse. Entonces giró y salió corriendo por la calle ahora desierta.

En segundos había llegado a la calle principal, donde se encontró con una pared de gente pululando, confundidos por lo que informaban los que huían de la calle alterna.

—¡Fuera de mi camino! 

La multitud se dispersó al escucharla gritar y al ver aparecer a la terrible bestia que amenazaba tras ella.

¡¿Qué?!

Algo le llamó la atención a Youko: una franja de dorado al final de la multitud. Era un hombre. Estaba demasiado lejos para poder distinguir claramente sus rasgos, y ella no tenía tiempo de quedarse mirando atontada, pero por todo lo que había visto en el camino, Youko sabía que el cabello dorado era algo raro en este mundo. ¡Tenía que ser él!

—¡Keiki!

Youko corrió impulsivamente hacia la figura, pero el pelo dorado fue tragado en la confusión de personas intentando escapar del demonio.

—¡¿Keiki?!

Una sombra se situó sobre Youko. Al subir la mirada, vio al gigantesco tigre saltando en medio del aire sobre ella.

Las cuatro patas gruesas del demonio bajaron en la mitad de la marea de gente delante de ella, mandando a varias personas a volar hacia el adoquín. Youko se detuvo. ¿Pudo haber sido Keiki?

No había tiempo de pensar. Cortando con su espada para distraer al monstruo, encontró la oportunidad de escabullirse entre un grupo de gente que huía. Perdida entre la confusión, Youko huyó de la ciudad de Kasai.

 


—¿Ves? Tenía razón —rio el mono azul sobre su nueva percha, una señal de piedra en la encrucijada donde Youko estaba de pie intentando escoger su camino. Era la mitad de la noche.

Habiendo dejado a Kasai tras ella, Youko vagaba una vez más, siguiendo la carretera. Nuevamente viajaba sola, pero todavía tenía la bolsa de Takki con un cambio de ropa y la cartera de la mujer. Había suficientes monedas para quedarse en hoteles por un tiempo, mientras que ahorrara y se quedara en los lugares más baratos que pudiera encontrar. No sentía el más mínimo remordimiento al usar el dinero.

—Te lo advertí, ¿no es así? ¡Niña tonta!

Youko lo ignoró. Empezó a caminar por el camino más grande, la criatura débilmente luminiscente se mantenía a su lado, pero ella nunca miró directamente a la cosa carcajeante. Se sentía lo suficientemente tonta por haber sido engañada. No necesitaba al mono para recordárselo.

Además, tenía otra cosa en mente que le preocupada más que su molesto compañero simiesco: el hombre de pelo dorado que había visto en Kasai y el demonio que la había perseguido por la calle.

Se supone que los demonios no entran en las ciudades, ¿no?

Eso es lo que Takki había dicho. Al menos, había dicho que era algo muy raro.

Se supone que los demonios no salen durante el día, ¿no?

Por su agitado viaje por las montañas, Youko sabía demasiado bien que los demonios rara vez salían durante el día, aun en la tarde. Podía contar con una mano a los que había visto en el día: la cosa tigresca en Kasai, los perros-demonio que atacaron el carro que la llevaba ante el magistrado y el kochou que apareció en la escuela.

Y cada vez, Keiki estaba ahí observando.

La chillona voz del mono rechinaba en sus oídos:

—¡Engañada! ¡Traicionada! ¡Embaucada! ¡Jeje!

Youko no pudo ignorarlo por más tiempo.

—¡No fue así!

—¡Oh, claro que sí! Piensa en eso, chiquilla. Prueba la verdad de esto con tu lengua. Te sabe raro, ¿no, mmm?

Youko se mordió el labio. Tenía que confiar en Keiki. Sin él, no había esperanza a la que aferrarse en esta tierra desconocida. Sin embargo, con cada momento que pasaba Youko sentía que su convicción perdía fuerza.

—Te engañaron. Caíste en una trampa. ¡Realmente te engañó, te engañó!

—¡No, estás equivocado!

—Claro que no lo quieres admitir. Espero estar equivocado, por tu bien… si no es así, estás en un gran problema, chiquilla —reía fuertemente el mono.

—Keiki me protegió del kouchou. Keiki es mi amigo. —Aunque había sido ella quien las pronunció, las palabras sonaban huecas.

—¿Oh? ¿Lo es, lo es? No te ha ayudado mucho últimamente, ¿no es así? Ahora que lo pienso, sólo te ayudó esa vez, ¿no?

Youko miró mal al mono. ¿Cómo sabía lo que le había pasado en casa?

—¿A qué te refieres con “esa vez”?

—En Aquel Lugar, cuando el kouchou te atacó.

—¿Y cómo es que sabes eso?

El mono rio.

—Oh, sé todo sobre ti, chiquilla tonta. Y sé que empiezas a dudar. Dudas de Keiki, ¿mmm? Y sé que intentas negarlo, aun a ti misma. No quieres creerme. A nadie le gusta ver cómo han caído en una trampa.

Youko apartó la vista y bajó la mirada para observar el camino oscuro.

—No es así.

—¿Entonces por qué no viene a salvarte, mmm?

—Debe tener alguna razón.

—¿Y qué razón puede ser esa? Pensé que estaba aquí para protegerte. Piénsalo, chiquilla. Es una trampa, ¿no crees? ¡Puedes verlo!

—En la escuela sí estaba, pero las otras dos veces nunca vi su rostro. Pudo no haber sido Keiki.

—¿Conoces a alguien más de pelo dorado?

No te escucho.

—Jouyu también supo que era Keiki, ¿no?

¿Cómo sabe sobre Jouyu?

Los agitados ojos de Youko se encontraron con los del mono, éstos brillaban burlonamente.

—Lo sé todo. ¡Ya te lo dije!

Taiho…

La palabra hacía eco en la mente de Youko. Sacudió la cabeza. ¿Cómo alguien podría hacerla sentir tan esperanzada y desesperada al mismo tiempo?

—¡No, estás equivocado! —insistió—. Debes estarlo. Esto es algún tipo de malentendido. Keiki no es mi enemigo.

—No estaría tan seguro de ello si fuera tú. ¿Estás segura? Oh, por tu bien, espero que no sea así.

—¡Cállate!

El mono levantó la cabeza en dirección al cielo y rio alegremente. Entonces susurró:

—Eh, se me acaba de ocurrir algo.

—No quiero escucharlo.

—¿Y qué pasaría si Keiki te estuviera enviando estos demonios?

Youko se detuvo en seco y le lanzó una mirada fulminante al mono. Estaba a unos metros de ella y su boca se retorció formando una sonrisa.

—No puede ser

El mono carcajeaba.

—¡No!

—¡Oh, claro que puede ser!

—¿Qué razón podría haber para hacer una cosa así?

—Se me ocurren unas cuantas. —El mono sonrió retorcidamente.

—¡Pues no! ¿Por qué haría algo así? ¡Él fue quien me salvó del kouchou! Me dio la espada y a Jouyu… Keiki es la única razón por la que estoy viva.

El mono sonrió.

—Si me quisiera muerta, habría podido dejar que estos monstruos me mataran. ¿Por qué me habría dado a Jouyu? Sería mucho más fácil terminar el trabajo si no tuviera esa cosa salvándome el cuello.

—Pero no quiere matarte. ¡Usa tu imaginación! Quizá los envió para poder salvarte y hacerse pasar como tu amigo.

Youko se mordió el labio.

—¿Y por qué querría eso?

—Quién sabe, ¿mmm? Seguro lo sabremos tarde o temprano. Este no es el fin de los demonios.

Youko lanzó otra mirada fulminante al rostro sonriente del mono y aceleró el paso.

—Sí, creo que lo sabes —dijo tras ella la familiar voz—. Nunca irás a casa. Morirás aquí.

No…

—¡No te esfuerces tanto! El dolor sería rápido.

—¡Deja de decir eso!

Pero Youko estaba sola. La noche negra se tragó el sonido de su voz, todo estaba en silencio.