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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

martes, 31 de enero de 2023

Sombra de Luna, un Mar de Sombras - Capítulo 2


CAPÍTULO 2

 

 

 

Youko despertó con el sonido de las olas. Sintió el salpicar del mar en su rostro. Abrió los ojos, levantó la cabeza. Había caído en una arenosa playa no muy lejos de donde comenzaba el mar. Una gran ola rompió contra la costa. El agua se llevó la arena, lavándole los pies.

Extrañamente, el agua no estaba fría. Youko yacía allí en la arena dejando que las olas la bañaran. El rico aroma del océano la rodeaba, un aroma parecido al olor de la sangre. El mar estaba en sus venas. Es por eso que, cuando cerraba sus oídos, no oía más que el distante rugido del océano.

La siguiente oleada llegó hasta sus rodillas. La arena que se agitaba con la marea le hacía cosquillas en la piel.

Ese profundo aroma del mar.

Miró sus pies. El agua alrededor de su cuerpo estaba teñida de rojo. Observó las grises olas, y luego el gran cielo gris. Bajó la mirada nuevamente. Y confirmó que el agua estaba roja.

Buscó la fuente de esto.

—Ah —dijo.

Sus piernas. La corriente de color carmesí salía de su piel. Rápidamente se puso de pie. Sus manos y pies estaban teñidos de rojo. Hasta su seifuku[1]  azul marino se había convertido en un granate oscuro.

Sangre.

Gimió. Todo su cuerpo estaba empapado de sangre. Sus manos estaban negras y pegajosas por la espesa sangre, igual que su rostro y su cabello. Gritó, y chapoteó en medio de las olas. El agua salía de un gris lodoso, el carmesí se desvanecía. Cogió un poco de agua con las manos. Sangraba entre sus dedos. Por mucho que se restregaba las manos no podía hacer volver su color de piel natural. La oleada llegó hasta su cintura. Un charco de color se extendió alrededor de ella, escarlata bajo el cielo color carbón.

Youko llevó nuevamente las manos a la altura de su rostro. Frente a sus ojos, sus uñas se alargaron, crecieron hasta convertirse en afiladas garras casi tan largas como sus propios dedos.

—¿Qué…?

Volteó las manos. Había una gran cantidad de pequeñas rajas o fisuras a través de su piel. Un fragmento de piel se desprendió, flotó en al aire y cayó en el agua. Bajo la piel había un pelaje corto de color rojo.

—No, no me lo creo.

Rozó su brazo con la mano. Más piel se desprendió revelando un pelaje rojo. Cada vez que se movía caía más piel. Una ola se arremolinaba a su alrededor. Su uniforme hecho jirones como si un ácido lo hubiese carcomido. El agua lavaba el pelaje y el mar se volvía rojo.

Las garras en sus manos, el pelaje creciendo en cuerpo: se estaba convirtiendo en una de esas bestias.

—No, no, no —sollozó. La manga de su uniforme se rompió, revelando un brazo que se doblaba de manera extraña. Parecían las patas de un gato o un perro. La sangre, la sangre de esas criaturas me ha convertido en una de ellas. No era posible. Gritó:

—¡Dios, NO!

Con sus propios oídos no escuchó un solo sonido que pudiera reconocer, solo el rugido de las olas que se estrellaban y el inarticulado aullido de una bestia.

 


Youko abrió los ojos para ver un pálido cielo azul.

Le dolía todo el cuerpo. El dolor en sus brazos era insoportable. 

Levantó las manos y dejó salir un sonido de alivio. Normales. Tenía manos humanas normales. Nada de pelaje, nada de garras.

Se rompió la cabeza tratando de recordar qué había pasado y cómo había llegado hasta allí. Todo llegó a ella como un destello. Estaba a punto de incorporarse, pero sus músculos estaban tan tensos que apenas podía moverse. Se quedó ahí tomando una bocanada de aire tras otra. Poco a poco el dolor amainaba, algo de movimiento regresó a sus miembros.

Se sentó, dejando caer a su falda una capa de agujas de pino.

¿Agujas de pino?

 Ciertamente parecía pino. Miró alrededor y se dio cuenta de que estaba en medio de un bosque. Mirando hacia arriba, vio una rama que colgaba sobre su cabeza, revelando la madera nueva que resaltaba como el blanco en la oscuridad. Se dio cuenta de que había caído allí y que la rama se había partido mientras caía.

Su mano derecha seguía sujetando fuertemente la empuñadura de la espada. Así que después de todo no la había dejado caer. Examinó el resto de su cuerpo y no encontró ninguna herida seria, nada excepto unos pequeños rasguños y moretones. Nada extraordinario. Y lo mejor de todo es que no había rastros de la horrible transformación que sufrió en sus sueños. 

Dudosa, examinó su espalda, sus manos se encontraron con la vaina que había asegurado en el cinturón de su uniforme. Se la puso en el frente y envainó la espada.

Una ligera neblina blanca se amontonaba en el cielo matutino. Olía como huele el aire en el momento antes de amanecer. Escuchó el distante sonido de las olas. Se preguntó a sí misma en voz alta: 

—¿Así que fue por eso que tuve ese sueño?

Tenía sentido que el recuerdo de la violenta lucha con las bestias, su sangre empapándola y el sonido de las olas, se unieran en su sueño para provocarle esa horrible pesadilla.

Inspeccionó los alrededores y no pudo creer lo que veía: el bosque era como cualquier bosque de pino típico japonés. Los árboles eran pequeños y sus ramas retorcidas.

 Era justo antes del amanecer y estaba cerca del mar. Estaba viva, había sufrido algunas heridas leves. Eso es todo lo que sabía.

No le pareció que hubiera ningún enemigo cerca. Nada siniestro acechaba en el bosque. Tampoco había aliados. Cuando salieron del círculo lunar, la luna todavía se encontraba alta en el cielo nocturno. Ya casi amanecía. Por todo ese tiempo había naufragado. ¿Dónde estaba Keiki? Le había dicho que si se separaba debía quedarse donde estaba y no debía moverse, ni un centímetro. 

Deben estar buscándome, pensó.

Después de todo ese espectáculo para decirle que la protegería, y ahora que no estaba para ordenarle qué hacer o para decirle cosas sin sentido, empezaba a echar de menos su presencia. Yoko se recostó en un árbol y apretó la joya que colgaba de la vaina.

Poco a poco, los dolores que sentía por todo el cuerpo desaparecieron.

Qué raro…

Observó nuevamente la joya, pero no parecía ser más que una roca cualquiera. Tenía un brillo barato, como el del vidrio y era de un azul opaco. Si existiese un jade azul, esto lo sería.

Mientras seguía apretando la piedra, se sentó, cerró los ojos y se durmió.

 

 

Cuando abrió nuevamente los ojos, los árboles y la hierba a su alrededor estaban siendo iluminados por el difuso brillo de la mañana.

Llegan tarde… si es que van a venir.

¿Qué otra cosa podría estar haciendo además de buscarla? ¿Cómo eran capaces de dejarla tanto tiempo sola? Keiki, Kaiko y Hyouki…

Youko dudó un segundo y finalmente pronunció el nombre que había escuchado decir a Keiki.

—¿Jouyu?

Seguramente esa cosa seguía dentro de ella. Lo llamó nuevamente, pero no hubo respuesta. Se tocó los brazos, las piernas y la nuca, pero no lo sentía en ninguna parte. No había forma de saber si estaba allí o no, ya que sólo se mostraba era cuando usaba la espada.

—¿Estás ahí? ¿Qué le ha pasado a Keiki? —se preguntó nuevamente, pero no hubo respuesta.

La inquietud presionaba en su cabeza y hombros. ¿Qué pasa si querían encontrarla, pero no podían? Los gritos que escuchó antes de caer volvieron a ella vívidamente. Hyouki, ella lo había dejado solo con los enemigos. ¿Estará bien? ¿Habrá sobrevivido?

Una punzada de preocupación la hizo arrodillarse, sus articulaciones crujieron cuando se puso de pie para mirar alrededor. A su derecha estaba lo que parecía un claro.

Si solo camino hasta allí, no será tan peligroso.

Youko caminó hacia el claro, hasta que llegó al final del bosque. Tras el último árbol había un campo marrón con pequeños arbustos. Más allá del campo, después del borde de un acantilado, había un vasto mar negro, que era raro, pues incluso con la luz de la mañana, era negro.

Llevada por un impulso que no entendía, Youko caminó hasta el borde del acantilado. Cuando alcanzó el lugar donde la tierra terminaba, vio que su altura era considerable: al menos era tan alto como el techo de los grandes almacenes que había en su ciudad. La altura no le importaba, pero el mar que se extendía bajo sus pies era inexplicablemente raro. Era un azul tan oscuro que realmente parecía negro. Mientras pensaba en esto, miraba la costa donde el escarpado acantilado se encontraba con el agua, y se sorprendió al descubrir que podía ver cómo la roca continuaba hasta muy por debajo de la superficie del mar. ¡El agua no era negra! Al contrario, era increíblemente clara.

Ahora se daba cuenta de que no estaba mirando un mar tan oscuro que parecía negro, sino que estaba mirando a través de metros de agua increíblemente clara sobre algo enorme y oscuro en sus profundidades más lejanas. Tal vez el fondo estaba tan profundo que ni la luz podía llegar a él.

Y aun así, allí abajo en esas profundidades imposibles, creyó haber visto pequeñas luces brillando. Observó indecisa a los pequeños brillos. Parecían pequeños granos de arena dispersos, que brillaban desde adentro; en algunos lugares se agrupaban en colonias, brillando débilmente.

Como estrellas…

Youko se sintió mareada. Cerró los ojos por un momento, y clavó los dedos en dos mechones de hierba que crecían en ambos lados de donde estaba sentada. Entonces, miró nuevamente.

Era como si estuviera mirando el espacio interestelar. Las constelaciones y galaxias que había visto en incontables fotografías se extendían bajo sus pies.

No. No conozco este lugar.

Ese pensamiento llegó sin dificultades a su mente. Se dio cuenta de que ya sabía que las estrellas estaban ahí desde la primera vez que vio el extraño y oscuro mar, pero había estado evitando la idea, incapaz de aceptar la verdad. Ahora, el saberlo la abrumaba y se sentía perdida.

Este no era el mundo que Youko conocía. Nunca había visto un océano como este.

Todo, el bosque, el acantilado, las oscuras olas, pertenecía a otro mundo.

No puede ser verdad.

Youko cerró los ojos y gritó:

—¡Jouyu! ¡Por favor, respóndeme!

Pero todo lo que escuchó fue el rugido de las olas. La cosa, debía seguir ahí, no contestó.

—¡¿Te has ido?! ¡Que alguien me ayude!

¿Dónde se encontraba? ¿Qué clase de lugar era este? ¿Estaba a salvo, o en peligro? Había pasado un día entero desde que se había levantado para ir a la escuela. Su madre tenía que estar preocupada. Y si conocía bien a su padre, estaría furioso, pero, aun así, Youko habría dado cualquier cosa para verlo.

—Quiero irme a casa —susurró, y lágrimas empezaron a caer—. Quiero irme a casa.

Una vez empezó, no pudo detenerse. Abrazó sus rodillas y hundió el rostro.

Entonces, rompió a llorar.

Youko lloró largo y tendido, hasta que sus ojos se volvieron pesados y calientes. Finalmente, exhausta, levantó nuevamente la cabeza. Como mínimo, tanto llorar la había ayudado a calmarse. Abrió lentamente los ojos y observó el mar.

Realmente era como mirar un cielo lleno de estrellas. Mirando con más cuidado, pudo ver que las galaxias en el agua giraban lentamente.

Extraño… y hermoso.

Youko respiró lentamente. Había peores cosas que esta, pensó. Así que se sentó ahí, observando, mientras pasaba una hora y un poco más. Observando las estrellas en las profundidades.

 


Youko se sentó mirando fijamente el mar hasta que el sol estuvo alto en el cielo. ¿Qué mundo es este? Todo sobre este lugar era raro, especialmente el viaje a través del reflejo de la luna que la había traído hasta aquí. Le habían enseñado, y era algo que honestamente creía, que el reflejo de la luna no era algo que simplemente se atravesaba. Eso sería como atrapar el sol.

Y también estaba Keiki y las extrañas bestias que comandaba. No había animales como esos en el mundo de Youko. Seguramente él y todas esas criaturas, hasta las que venían tras ella, habían venido de este mundo que no era el suyo. ¿Pero qué significaba todo eso?

¿Por qué Keiki me trajo aquí? ¿Qué estaba pensando?

Dijo que ella estaba en peligro, que él la protegería, pero ¿dónde se encontraba ahora?  Y la cosa en forma de ave que los había atacado, ¿qué era y por qué deseaba destruir a una chica ordinaria como ella? ¿Y por qué todo era como en su sueño recurrente?

Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que no entendía nada. Todo lo que le había pasado desde que conoció a Keiki permanecía como un gran signo de interrogación. Sintió que la proporción de cosas conocidas en su vida y misterios estaba patas arriba. 

Youko sintió cómo nacía un apasionado resentimiento hacia Keiki. Había aparecido sin advertencia o explicación, sólo para arrastrarla a ese mundo temible y raro. Si no lo hubiera conocido, nunca habría venido aquí, nunca habría tenido que matar a ningún ser vivo: monstruo o no.

Y, aun así, parecía que Keiki era la única cosa a la que se podía aferrar en ese extraño lugar. ¿Así que dónde estaba? ¿Algo había le había pasado? ¿Quería venir, pero algo se lo impedía? ¿O era otra cosa?

Youko suspiró. Por muy difícil de creer que fuera, parecía ser que los problemas solo habían empeorado.

¿Qué he hecho para merecer esto?

Nada. Al menos nada que ella pudiera recordar. Todo era culpa de Keiki. Hasta la criatura que la había atacado probablemente lo había hecho por Keiki. Esa voz que había escuchado en el salón de profesores, ¿no decía que los habían seguido? Keiki había hablado sobre unos enemigos, pero ¿cómo podrían ser los enemigos de Youko? Youko no podía ver ninguna razón por la que un monstruo la pudiera considerar una amenaza.

Recordó la afirmación de Keiki de que Youko era su ama. Tal vez esa era la raíz de todo el problema. Si Youko era el ama de Keiki, entonces por supuesto que los enemigos de Keiki irían tras ella. Así que había sido forzada a usar la espada para defenderse de los enemigos de él.

Pero ella no tenía ningún recuerdo de haberse convertido en ama de nadie, eso sería algo que ciertamente no habría olvidado. Tampoco podía imaginarse una razón por la que querría un sirviente o un súbdito. Todo debe ser un malentendido de parte de Keiki. Keiki dijo que la había estado buscando. No hay dudas de que ha estado buscando a su amo real y simplemente había cometido un error muy serio. ¿A qué te refieres con que me “protegerás”?

¿Dónde estás ahora? Youko dijo tranquilamente:

—Todo es tu culpa.

 

 

Las sombras se alargaban, y finalmente Youko se levantó. Sentarse ahí quejándose, no la estaba ayudando. Observó el acantilado en ambas direcciones, pero no podía ver ni una grieta en su rostro de piedra. Dándose la vuelta, regresó una vez más al bosque de pinos. Se dio cuenta de que, aunque no llevaba abrigo, no tenía frío. El clima era evidentemente mucho más cálido que en su ciudad.

El bosque era pequeño, un poco más grande que una arboleda. Mientras lo atravesaba, Youko notó ramas rotas en el suelo, como si un tifón hubiera pasado y hubiera dejado un camino de destrucción a su paso. Pasó apartando los escombros y llegó hasta un gran claro pantanoso.

Tras estudiar el lugar por un momento, se dio cuenta de que no era un pantano, sino una serie de campos cultivados en los que la tormenta había depositado una gran cantidad de lodo. Aquí y allá había caminos estrechos que atravesaban el pantano. Largos retoños verdes de alguna cosecha se podían ver a través de la tierra, pero Youko pudo ver que la mayoría habían sido aplastados contra el lodoso suelo. 

Los campos llenos de lodo se extendían hasta muy lejos, más allá de un grupo de pequeñas casas: una aldea, aparentemente. Mucho más allá, podía ver una escarpada cadena montañosa, difusa en la distancia.

Sus ojos rastrearon la aldea. En ninguna parte podía ver algo parecido a un poste telefónico o a una estructura moderna. No había líneas eléctricas, ni antenas en ningún techo. Los mismos techos estaban cubiertos de tejas negras, y las paredes estaban hechas de algún tipo de lodo amarillento. Pequeños árboles habían sido plantados en la cerca que rodeaba la aldea como una muralla, pero pudo ver que la mayoría de ellos se habían caído.

Con todo eso, no era nada tan exótico como esperaba. De hecho, los campos y el bosque se parecían mucho a aquellos en el campo cerca de donde ella había crecido. Miró una vez más hacia la parte de las cosechas y vio a varias personas de pie a cierta distancia del bosque. No podía identificar sus rasgos, pero hasta donde podía ver, no había nada monstruoso en ellos. Por la manera en que se agachaban y caminaban arrastrando los pies, parecían estar trabajando en el campo.

Youko suspiró de alivio. La espeluznante vista del mar lleno de estrellas la había llevado hasta sus límites, pero nada aquí parecía ser inusual. Si ignoraba el hecho de que estas personas aparentemente no tenían electricidad, podría haber estado mirando una aldea en cualquier lugar de Japón.

Youko respiró profundo y decidió llamar a los trabajadores. Normalmente, habría sido demasiado tímida para hablar con completos desconocidos, pero este era difícilmente un día normal, y Youko no pensaba ser capaz de sobrevivir sola en un lugar desconocido como este.

Se preocupó por un momento sobre si entenderían su idioma o no, pero esa preocupación desapareció rápidamente cuando consideró sus alternativas: No quería quedarse sola en el bosque.

Para sofocar el miedo que sentía, Youko susurró los detalles de su plan una y otra vez: 

—Les explicaré lo que pasó y les preguntaré si han visto a Keiki.

Eso era todo lo que podía hacer.

Después de buscar por un momento, encontró un camino sobre el que podía andar y empezó a moverse en dirección a la gente del campo. Mientras se les acercaba, se dio cuenta de que, aunque eran humanos, ciertamente no eran japoneses.

Una de las mujeres tenía cabello castaño y había un hombre con un feroz cabello rojo. Notó que todos se parecían mucho a Keiki.

Sus rostros y rasgos no lucían particularmente occidentales, pero el cabello de extraños colores -que todos llevaban extremadamente largo- los hacía parecer fuera de lugar en el campo. Las ropas que usaban también eran peculiares: algo como kimonos, pero con un corte diferente que los hacía parecer extranjeros. Aparte de eso, no había nada que valiera la pena mencionar de estas personas. Estaban ocupados rompiendo los restos de los caminos entre los campos con herramientas parecidas a palas.

Uno de los trabajadores levantó el rostro. Vio a Youko y le dijo algo a los que le rodeaban. Entonces le gritó algo a ella, y aunque estaba muy lejos para entender las palabras, no parecía ser un idioma extranjero. Había unas ocho personas, y ahora paraban de trabajar mientras observaban a Youko aproximarse. Cuando se había acercado una distancia considerable, Youko se detuvo e hizo una reverencia. No tenía idea de qué más podía hacer. Un hombre con cabello negro que debía tener unos treinta años se subió ágilmente al camino por el que Youko venía.

—¿De dónde vienes? —dijo en japonés, para alivio de Youko. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Tal vez no estaba metida en un problema tan grande.

—Los acantilados… —empezó. 

Los otros hombres y mujeres dejaron de trabajar y se quedaron de pie observando a Youko y al hombre que se le había dirigido en primer lugar.

—¿Los acantilados? ¿Tu lugar de origen?

Youko casi responde “Tokio”. Pero lo pensó mejor y cerró la boca. Por un momento, estuvo tentada de decirles todo lo que había pasado. Pero entonces se le ocurrió que, aunque lo hiciera, probablemente no le creerían.

Mientras consideraba qué decir, el hombre la cuestionó una vez más.

—Tus ropas son raras. Viniste del mar, ¿verdad?

Youko asintió. No era realmente la verdad, pero estaba cerca.

Los ojos del hombre de cabello negro se abrieron como platos.

—¡Ya veo, ya veo! Esto es una sorpresa —sonrió irónicamente, y Youko se sintió más confundida que antes. La miró fijamente por un momento, una mirada sospechosa, y entonces sus ojos se fijaron en su cadera derecha.

—Eso que llevas ahí es un tesoro. ¿Cómo te lo encontraste?

Youko se dio cuenta de que hablaba de la espada que seguía en la vaina que colgaba de su cintura.

—Fue un regalo.

—¿De quién?

—Un hombre. Su nombre es Keiki.

El hombre se acercó a ella. Youko retrocedió un paso.

—Parece ser un poco pesada para ti. Dámela. Yo te la sostengo.

A Youko no le gustaba la mirada en los ojos del desconocido. Algo en su comportamiento le hacía pensar que no se ofrecía a sostenerle la espada por amabilidad. Apretó la espada y la vaina en su pecho y negó con la cabeza.

—No, así está bien. De hecho, me preguntaba si me podías decir dónde me encuentro.

—Hairou. Y no creo que necesites un arma así para preguntar dónde estás. Dámela.

Youko retrocedió otro paso.

—Me dijeron que no debía perderla.

—¡Dame la espada! —gritó el hombre. Youko se estremeció, pero no tenía el valor de negarse por más tiempo, así que, de mala gana, le entregó la espada. El hombre se la arrebató y le dio la vuelta en sus manos, observando el trabajo.

—Está bien hecha. El hombre que te la dio debió haber sido rico.

Mientras hablaban, los otros hombres y mujeres se habían acercado al camino y se reunían alrededor de ellos. Ahora hablaban entre ellos, observando a Youko con ojos llenos de desconfianza.

—¿Quién podrá ser? ¿Kaikyaku? —susurró uno.

—Parece ser que sí —dijo el hombre de cabello negro—. ¡Mirad esta espada!

Sonriendo, intentó desenvainar la espada, pero aparentemente el agua la había oxidado, porque la espada no se movía ni un centímetro. El hombre estaba decepcionado.

—Como pensé, una decoración. Era muy bonita para poder ser usada. Pero no importa.

Riendo, el hombre aseguró la espada en su cinturón. Entonces, dando un repentino paso hacia adelante, alcanzó y agarró los brazos de Youko. Indiferente a sus gritos, le retorció las muñecas en la espalda y la sostuvo.

—¡Oye! Para. ¡Me haces daño!

—Lo siento, pero sólo cumplo con mi deber. Todos los kaikyaku deben ser llevados ante el magistrado. Es la ley —dijo, mientras sonreía—. Ahora empieza a caminar, por allí. No te preocupes, no queremos hacerte daño.

El hombre empujó a Youko, llamando a los demás:

—Que alguien me eche una mano con esto. Nos la llevaremos ahora.

Los brazos de Youko le dolían en el lugar donde se los sostenían. ¿Qué le daba la autoridad de maltratarla? No tenía idea de quién era ese magistrado, pero no tenía ningún interés en “ser llevada ante él”.

Sólo quiero estar sola, ¡quiero escapar!  Una vez ese pensamiento se formó en su mente, sintió cómo una sensación fría alcanzó sus brazos y piernas. En un destello, sus brazos se retorcieron, soltándose fácilmente de las manos del hombre. Por su propia cuenta, su mano le arrebató la espada y la vaina del cinturón al hombre. Dio un salto hacia atrás.

—¡Oye!

El hombre arremetió, y alguien gritó:

—¡Cuidado con la espada!

—¿Eh? Si sólo es un ornamento. Vamos, chica, te vas conmigo. No más trucos.

Youko negó con la cabeza.

—No.

—¿Debo forzarte? Deja de actuar como tonta y ven.

—No lo haré.

El hombre se acercó. La mano de Youko bajó y sacó la espada de la vaina con un movimiento fluido.

—¡¿Qué?!

—Por favor, no te acerques más —Youko retrocedía. Mientras se miraban el uno al otro, más personas salieron de las casas en la aldea. El grupo original de trabajadores del campo se mantenía de pie, congelado, mirándola como si fuera una víbora venenosa. Se dio la vuelta y empezó a correr. Inmediatamente, escuchó el sonido de pasos que iban tras ella.

—¡Alejaos!

Miró sobre su hombro para ver si el hombre de cabello negro la perseguía. Un instante después su cuerpo se detuvo en seco, se colocó en una posición de pelea y levantó la espada. Prácticamente podía escuchar el sonido de la sangre pasando por su rostro.

—¡No, detente! —gritó al aire.

La espada se balanceaba violentamente hacia el desconocido, quien corría hacia ella. —¡Detente, Jouyu, no! 

No podía permitir que esto pasara. La punta de la espada cortó un arco limpio a través del aire.

—¡No cometeré un homicidio! —gritó y cerró los ojos fuertemente. La espada se detuvo abruptamente.

Un momento después, la derribaron de un golpe. Alguien se subió sobre ella y le arrebató la espada de las manos. Empezó a llorar, más del alivio que del dolor.

—¡Niña endemoniada!

En los momentos que siguieron, la golpearon violentamente, pero no sintió dolor. Eventualmente, la forzaron a arrodillarse y dos manos fuertes le retorcieron los brazos detrás de la espalda, una vez más.

Youko no tenía voluntad para resistirse. Su mente estaba llena de la atemorizante posibilidad de que Jouyu pudiera revelarse nuevamente y la llevara a hacer algo que no podría perdonarse a sí misma.

No aquí, pensó. No contra estas personas.

—Traed a la chica y a esa espada demoníaca a la aldea. Los llevaremos ante el magistrado.

Youko cerró fuertemente los ojos, no tenía idea de quién hablaba. Y se dio cuenta de que tampoco le importaba.

  

 

Dos hombres empujaban a Youko, haciéndola andar a través del estrecho camino que serpenteaba por los campos. De esa forma, salieron de la aldea sin descansar. Entonces, después de cerca de quince minutos de viajar de forma tan incómoda, llegaron a una pequeña ciudad rodeada de una alta muralla. Era sólo un grupo de edificios, como los que estaban en la comunidad más pequeña junto a los campos, pero la pared que la rodeaba debía tener cinco metros de alto.

Se acercaron a un lado que estaba protegido por un gran portal cuyas robustas puertas estaban abiertas hacia adentro[2]. Más allá, ella podía ver una pared roja con algún tipo de dibujos pintados directamente sobre la superficie, como una pintura al fresco. Frente a la pared se encontraba una silla de madera vacía.

Al ser empujada desde atrás, Youko entró tambaleándose a la ciudad. Sus captores la llevaron alrededor de la pared roja, y del otro lado vio un camino que iba derecho hasta el centro de la pequeña comunidad.

La ciudad parecía extrañamente familiar y, aun así, al mismo tiempo sabía que nunca había visto este lugar antes. Quizá la familiaridad venía del hecho de que los edificios parecían ligeramente occidentales. Las paredes eran de estuco blanco coronadas con techos de tejas negras, y los árboles habían sido cuidadosamente podados: las ramas habían sido apuntaladas aquí y allá con postes de madera. Pero el lugar era muy peculiar por su completa falta de vida humana.

El camino blanco que salía del portal se dividía a mitad de camino en dos más pequeños. Yoko miró en ambas direcciones, pero no puedo ver indicios de personas en ninguna parte.

Notó que todos los edificios eran de un piso y que estaban separados del camino central por largas paredes blancas. Estas paredes divisorias eran tan altas como los aleros de los edificios; ambos se separaban a intervalos regulares para permitir el acceso hacia las casas, y a través de las aberturas ella podía ver pequeños jardines y puertas.

Todas las casas tenían casi el mismo tamaño, y aunque cada una era ligeramente diferente, todas eran extremadamente similares. También parecían terriblemente desiertas.

Algunas casas tenían las ventanas abiertas con las persianas sostenidas por lo que parecían ser postes de bambú. Sin embargo, de alguna manera este signo de domesticidad hacía ver al lugar aún más desolado. No había ni un perro ladrando en las calles, o cualquier sonido que se podría esperar de una ciudad de este tamaño.

El camino principal terminaba a unos cien metros del portal, en un gran patio frente a una casa blanca. Las paredes y columnas estaban pintadas con colores brillantes y alegres, lo que le pareció artificial a Youko. Sintió como si estuviera observando una obra de teatro, no la vida real. Todo era tan brillante y real que parecía falso. Las calles aledañas seguían unos treinta metros desde la intersección principal antes de encontrarse con lo que Youko pensaba que era la pared exterior de la ciudad y perderse de vista. No había nadie en las calles.

Mirando alrededor, Youko notó que ninguna casa era particularmente más grande que las otras. De hecho, donde se encontraba -cerca de la intersección-, podía ver el borde de todos los techos de tejas negras y ver afuera de la pared en la parte lejana de la ciudad. Si pasaba la mirada por todo el paisaje, podía ver por completo la pared exterior: un largo y estrecho rectángulo.

Ahora que estaban dentro, la extraña comunidad se veía pequeña y las calles eran tan estrechas que se sentía claustrofóbica. La anchura total de la ciudad era un poco más que la mitad de su escuela. Para un lugar tan pequeño, la pared exterior parecía ser innecesariamente alta. Todo esto combinado, le dio a Youko la sensación de que estaba caminando a través de una maqueta de plástico de una ciudad fantasma en el fondo de un acuario gigante.

Youko fue llevada adentro del edificio que quedaba en el patio donde la calle principal terminaba. Su construcción le hizo recordar un lugar que una vez visitó en Chinatown, en Yokohama. Los pilares estaban pintados de un rojo brillante y las decoraciones eran chillonas. Todo era tan falso como todo lo demás que había visto en la ciudad.

Dentro, un corredor largo y estrecho llevaba hasta el centro del edificio oscuro y sin vida. Los captores de Youko hicieron una pausa momentánea en la entrada, para discutir algo en voz baja, y después la guiaron por el corredor hasta llegar a una pequeña habitación. La metieron y cerraron la puerta tras ella. La naturaleza de la habitación era aparente: era una celda.

Había baldosas de arcilla alineadas en el piso, muchas de ellas rajadas o rotas en las esquinas. Las paredes estaban hechas de tierra dura llena de rajas. Cerca de la parte superior de la pared exterior, había una pequeña ventana con una reja de hierro. La única puerta también tenía una pequeña ventana, también enrejada; a través de ella Youko podía ver a un hombre en el pasillo.

Dentro de la celda había una silla de madera, una mesa de madera y una plataforma abultada lo suficientemente larga para que Youko se acostara. Aparte de eso, la habitación estaba vacía. Una sábana gruesa había sido colocada sobre la plataforma abultada, por lo que asumió que sería una cama.

Youko estaba llena de preguntas. ¿Dónde estaba? ¿Qué tipo de lugar era este? ¿Qué le iba a pasar? Vio al hombre que estaba fuera, pero no parecía particularmente amigable o dispuesto a hablar. Finalmente, se sentó en la cama. No había más nada que pudiera hacer.

Una considerable cantidad de tiempo pasó antes de que Youko se diera cuenta de que más personas habían entrado al edificio. Escuchó pasos acercándose a la puerta de la celda, y el guardia cambió. Los nuevos guardias usaban armaduras de cuero azul que hicieron pensar a Youko que eran la policía o algún tipo de guardias de la ciudad. Contuvo la respiración y esperó lo peor, pero los hombres armados sólo la miraron en silencio.

Después de un tiempo, una vez su ansiedad inicial había pasado, Youko decidió que estaba feliz de que alguien estuviera afuera de su celda. Su situación estaba lejos de ser ideal, pero sentía que había estado sola por incontables horas, su inseguridad le había empezado a afectar. Pensó en hablarles a los soldados, pero no podía encontrar la fuerza necesaria para levantar la voz.

Parecía que una eternidad había pasado mientras Youko estaba sentada en la oscura habitación. El tiempo se arrastraba tan lentamente que quería gritar.

No fue hasta después de que el sol se pusiera y la habitación estuviera completamente oscura que tres mujeres bajaron por el corredor y le quitaron el seguro a la puerta. La primera en entrar fue una anciana canosa con una pequeña linterna en una mano. Su ropa parecía una antigua vestimenta china que Youko había visto alguna vez en una película.

Fue un alivio para Youko el ver a alguien nuevo, especialmente alguien que no fuera un hombre de rostro tétrico. Esperó pacientemente preguntándose qué pasaría ahora.

—Dejadnos —dijo la anciana a las otras dos mujeres que la acompañaban. Cada una llevaba un montón de paquetes, los cuales dejaron cuidadosamente en el piso de la celda. Entonces hicieron una reverencia y partieron. La anciana observó mientras se marchaban y luego puso la mesa de madera junto a la cama. Colocó la linterna sobre la mesa y un cuenco lleno de agua al lado.

—Tu cara —dijo, moviéndose hacia el cuenco—. Lávate. 

Youko sólo asintió. Moviéndose lentamente, se restregó el agua contra su rostro, sus manos y sus piernas. Sus manos estaban negras por los restos de sangre y mugre, pero después de lavárselas un poco, volvían a estar blancas.

Sólo ahora Youko notaba cuan tensa estaba. Es por el Jouyu, pensó. Los brazos y piernas de Youko se habían movido mucho más rápido y habían hecho más de lo que estaban acostumbrados a hacer, por esa razón, sus músculos y articulaciones estaban pagando el precio.

Se lavó tan delicadamente como pudo, el agua fría lastimaba sus heridas y moratones. Entonces decidió peinarse, deshizo su trenza y se dio cuenta de algo extraordinario.

¡¿Qué es esto?!, Youko miraba fijamente su pelo, horrorizada.

Era rojo. Ahora el pelo color marrón rojizo del que estaba tan avergonzada, era de un rojo brillante, como si se hubiera manchado con la sangre de las criaturas contra las que peleó. Las puntas eran de un feroz escarlata. Y eso no era todo: Cuando deshizo su trenza, su pelo cayó sobre sus hombros en forma de ondas.

El color era uno que nunca había visto en su vida. Había conocido pelirrojos antes, pero esto no era ni remotamente parecido. Este color no podía existir en la naturaleza. Era demasiado raro.

Youko tembló. Se parecía demasiado al color del pelaje con el que había soñado esa mañana.

—¿Pasa algo? —preguntó la anciana.

Youko balbuceó todo lo que pensaba, y la anciana escuchó cuidadosamente cada palabra.

—¿Raro? No veo nada raro. Es poco común, sí, pero es un matiz hermoso.

Youko sacudió la cabeza y metió las manos en el bolsillo de su uniforme. Sacó un espejo de mano. En él podía ver el pelo rojo puro, y allí, debajo de los mechones ondulados, vio a una completa extraña.

Por un momento, Youko no entendía qué significaba. Levantó una mano y dudosa, se tocó el rostro. La extraña en el espejo hizo lo mismo, y sólo entonces fue que entendió que estaba mirando su propio reflejo.

Esta no es mi cara.

Aun si ignoraba la diferencia del cabello rojo, este no era su rostro. Si era más atractiva o fea, no era el punto. Simplemente estaba mal. Miró fijamente, y unos ojos color verde oscuro la miraban de vuelta.

—Esta no soy yo —dijo Youko, un poco más alto de lo que pretendía.

La anciana frunció el ceño.

—¿Qué has dicho?

—¡Que esta no soy yo!

  


La anciana tomó el espejo de las temblorosas manos de Youko. Lo levantó casualmente, echó un vistazo en sus profundidades y luego se lo regresó a Youko.

—No parecer haber nada malo con el espejo.

—Pero esta no es mi cara —repitió Youko, y sintió otro impacto al darse cuenta de que hasta su voz no parecía la misma que recordaba.

¿Qué estaba pasando? ¿Se había convertido completamente en otra persona?

No soy un monstruo, pero aun así…

—Entonces, quizá eres tú quien tiene algo malo —dijo la anciana con una pequeña sonrisa.

Youko la miró mal y observó nuevamente el espejo. Era una sensación extraña. Allí, donde ella debería estar, había otra persona.

—¿Por qué?

—Si tuviera las respuestas te las daría con gusto, pero tristemente, no las tengo. — La anciana seguía sonriendo. Tomó las manos de Youko y con un pedazo de tela empapado en algún líquido aromático, empezó a embadurnar las heridas en su brazo.

Observando más de cerca el rostro en el espejo, Youko creyó ver un pequeño indicio de la Youko que conocía, aunque fue tan débil que pudo haber sido su imaginación.

Bajó el espejo y tomó la decisión de no mirar nuevamente. Nunca le había tenido un cariño particular a su rostro, pero sentía que no tenía el coraje para que su mirada se encontrara con la de esa chica desconocida. Aún no. Se dijo a sí misma que no importaba cómo fuese su rostro, y decidió que podía seguir viviendo con el pelo rojo brillante si fingía que había sido teñido.

—Bueno, supongo que este tipo de cosas pasan —dijo inútilmente la anciana—. Te acostumbrarás, con el tiempo.

Quitó el cuenco de la mesa y puso un gran tazón en su lugar. El tazón estaba lleno de sopa con algo como mochi[3] de arroz flotando en ella.

—Come. Si esto no te llena, hay más.

Youko negó con la cabeza. No podía imaginarse comiendo.

—¿No tienes hambre?

—No quiero.

—Intenta comer, y puede que descubras que tienes más hambre de lo que crees.

Youko sacudió la cabeza y no dijo nada. La anciana dejó salir un suave suspiro y con un largo chorro, vertió té desde una jarra alta. Entonces, acercó su silla a la chica.

—Así que, ¿has venido de Aquel Lugar?

Youko levantó la mirada.

¿”Aquel Lugar”?

—Más allá del mar. Cruzando el Kyokai.

—¿El Kyokai?

—El mar bajo el acantilado. El océano oscuro y vacío.

Así que se llama Kyokai, pensó Youko, guardando el sonido de la palabra en su cabeza para futura referencia.

La anciana sacó una hoja de papel y la extendió sobre la mesa. Y entonces puso una caja con algo de tinta en ella. Tomó un pincel y lo extendió hacia Youko.

—¿Cuál es tu nombre?

Aunque sorprendida, Youko tomó el pincel y escribió su nombre:

—Youko Nakajima, ese es un nombre japonés.

¿Japonés? ¿Conoce Japón?

—Estoy en… ¿China? —preguntó Yoko. La anciana negó con la cabeza.

—Estás en Kou. Oficialmente, el Reino de Kou, supongo.

Mientras hablaba, la mujer tomó pincel y empezó a escribir con el carácter de Kou en la parte superior:

—Bien, ahora —continuó la anciana—, estamos en la ciudad de Hairou:

 

» En la prefectura de Shin:

» Que es el territorio de Rokoh, que se encuentra en la Región Fuyo, en la provincia de Jhun. Soy una de las ancianas de Hairou —terminó, garabateando una larga serie de caracteres antes de soltar el pincel.

La mente de Youko se tambaleaba al ver el tamaño de la columna de nombres y subdivisiones. Sin embargo, aunque la línea de caracteres que la mujer había dibujado tenía figuras raras aquí y allá, Youko reconoció instantáneamente que eran caracteres chinos.

—¿Usan caracteres chi- um, caracteres aquí?

—Usamos las letras como mejor vemos. ¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, así que, ¿hay caracteres para esa palabra… Kyokai?

—Eso está escrito con los caracteres de vacío y mar —dijo la mujer, dibujando los caracteres en el papel:

El Mar del Vacío… Ahora que lo pensaba, era un nombre muy apropiado para la expansión negra de agua.

—¿A qué te dedicas? 

—Soy una estudiante —respondió Youko, y la anciana sonrió.

—Bueno, parece que puedes hablar y puedes leer nuestra escritura. ¿Has traído algo aparte de esa extraña espada?

La chica metió la mano en los bolsillos y examinó sus pertenencias: un pañuelo, una horquilla ligeramente doblada, el espejo de mano, una pequeña libreta, una pulsera rota… y eso era todo.

Youko extendió sus exiguas pertenencias sobre la mesa. La anciana las observó, sacudiendo la cabeza, y entonces con un suspiro tomó los objetos y los metió en su kimono.

—¿Qué me va a pasar?

—Bueno, eso lo decidirá gente más importante que yo.

—¿He hecho algo malo? —Youko sentía que era tratada como una criminal.

La anciana negó con la cabeza.

—No, no has hecho nada malo. Sólo que estamos obligados a llevar a los kaikyaku ante el magistrado. Por favor, compréndenos.

—¿Kaikyaku?

—Visitantes del mar. Está escrito con los caracteres de mar e invitado.

La anciana hizo una pausa para añadir los caracteres a la ya repleta hoja de papel:

—Así llamamos a los que vienen del Mar del Vacío. Se dice que lejos al este hay una tierra llamada Japón. Nadie la ha visto jamás, pero los kaikyaku vienen, así que debe estar allí —Miraba intensamente a Youko—. Las personas que vienen de este tal Japón ocasionalmente se ven atrapadas en un shoku y llegan aquí, como tú. Esos son los kaikyaku.

—¿Un shoku?

—Sí. Se escribe con el carácter de comer:

» Pero añades el carácter de insecto a un lado, así que… —Dibujó el nuevo carácter en el papel:

» Es como una tormenta, pero es diferente a una tormenta. Comienza repentinamente y termina repentinamente. Y entonces aparecen los kaikyaku —La anciana dejó ver una sonrisa de preocupación—. Casi todos son cadáveres. Pero muertos o vivos debemos llevarlos. Nuestros líderes decidieron lo que debía hacerse.

—¿Y qué es eso?

—Para decirte la verdad, no lo sé. Mi abuela era una niña pequeña cuando llegó el último kaikyaku vivo. Dicen que uno murió antes de llegar a la oficina del magistrado. Tú llegaste a la orilla sin ahogarte. Tuviste suerte.

—Um… —empezó Youko—. ¿Qué es este lugar?

—La provincia de Jhun, como te he dicho. —La mujer señaló el nombre de la tierra que había escrito momentos antes.

—¡No me refiero a eso! —exclamó Youko, su voz subía de tono con exasperación—. ¡Mire, nunca había escuchado de ningún Mar del Vacío! O de ningún reino llamado Kou. No conozco este mundo. ¡¿Dónde estoy?!

La anciana suspiró, pero no respondió.

—Quiero saber cómo ir a casa.

—No puedes.

Youko apretó los puños, no quería creer lo que escuchaba.

—¿Qué?

—Nadie puede cruzar el Mar del Vacío. La gente puede venir, pero no irse. Nadie que lo ha intentado lo ha logrado.

Le tomó un rato asumir las palabras.

—¿No puedo ir a casa? Eso es ridículo.

—Lo siento, pero es verdad.

—Pero, yo… —Una lágrima solitaria bajó por la mejilla de Youko—. Tengo padres. D-debo ir a la escuela. Estuve fuera toda la noche y no le dije a nadie que iba a venir. Estoy segura de que todos están preocupados.

La anciana apartó la mirada, entonces se levantó y empezó a arreglar las cosas en la mesa.

—Tendrás que acostumbrarte.

—¡Pero yo no quería venir!

—Creo que ningún kaikyaku lo desea. Ciertamente los muertos no.

Youko no estaba escuchando.

—Dejé todo. No traje nada conmigo. ¡¿Y no puedo ir a casa?! Yo… —Y siguió balbuceando hasta que se quedó sin palabras y entonces empezó a sollozar fuertemente. La otra mujer vino a buscar las cosas que habían traído, y cuando la puerta se cerró, Youko pudo escuchar el sonido de la llave poniendo el seguro a la puerta. De nuevo estaba sola en la celda. Hasta se llevaron la lámpara, pensó. La habían dejado en completa oscuridad. Quiero irme a casa. Demasiado débil y adolorida para levantarse, Youko se enroscó en la cama. Por un tiempo siguió llorando en voz alta, entonces, exhausta de tanto llorar, se quedó dormida.

Su sueño fue profundo y no soñó nada.

 

 

—Levántate.

Youko despertó con un dolor en su hombro. Alguien la maltrataba mientras dormía.

Sus parpados estaban pesados de tanto llorar, y cuando finalmente los abrió, la luz le hirió los ojos. Estaba débil por la fatiga, aunque todavía no sentía ni un poco de hambre.

Un hombre había entrado a la celda a despertarla. Ató -no demasiado fuerte- las manos de Youko con una áspera cuerda. Entonces la empujó hasta el corredor y la hizo caminar delante de él todo el camino hasta el patio, donde un vehículo los esperaba. 

Era un carro tirado por dos caballos. La llevaron a la parte trasera de éste y la obligaron a entrar. Sólo cuando la sentaron finalmente levantó la mirada y notó a todas las personas que estaban de pie por todo el patio observándola. ¿Todas estas personas se habían escondido el día anterior?

Inspeccionó a la multitud: Sus rasgos eran mayormente asiáticos, pero el color de sus cabellos no era normal. En vez de negro había cafés, rojos y amarillos, todos eran de un color tan chillón que parecía artificial. Con tantas personas en un solo lugar, el efecto era raro. Cada rostro, sin excepción, llevaba una expresión mezclada de curiosidad y odio. Se sentía como un criminal que era llevado a la horca.

Abriendo sus ojos en la oscuridad matutina de su celda, se había intentado convencer de que todas sus desgracias de los dos días pasados no habían sido más que un largo y horrible sueño: uno que todavía continuaba. Pero la realidad de las violentas manos que la habían cogido y la habían empujado en frente de esta multitud hostil, destrozaron rápidamente esa ilusión. Ni siquiera le habían dado tiempo de vestirse apropiadamente o de lavar su cara. Su uniforme todavía olía a mar.

Un hombre subió al carro y se sentó junto a Youko. El conductor les dio latigazos a los caballos. Aturdida, Youko vio a la ciudad alejarse de ella. Todo en lo que podía pensar era en darse un baño. Quería hundirse en agua caliente y profunda y limpiar cada centímetro de su cuerpo con un jabón de dulce aroma. Entonces, podría ponerse ropa interior limpia y su pijama e irse a dormir en su propia cama.

Cuando despertara, comería un desayuno que su madre le haría e iría a la escuela. Saludaría a sus amigos y hablarían sobre nada en particular. Ahora que lo pensaba, todavía le faltaba hacer la mitad de sus deberes de química… y todavía no había devuelto varios libros a la biblioteca. La noche anterior era el episodio final de una miniserie que había estado viendo. Esperaba que su madre lo hubiera grabado.

“Tendrás que acostumbrarte”, había dicho la anciana.

No podía creerlo. Keiki no había dicho nada sobre no poder regresar a casa. No podía quedarse aquí así, ¡no para siempre! Siendo arrastrada a quién sabe dónde sin tiempo para cambiarse o lavarse la cara, amarrada como un criminal y hacerla subir a un sucio carro. Ciertamente Youko no era una santa, pero estaba segura de que no había hecho nada para merecer este abuso.

Observando las puertas pasar sobre su cabeza, Youko se rozó la mejilla contra el hombro para limpiar las lágrimas que no podía alcanzar con sus manos atadas. El hombre junto a ella llevaba una bolsa en el regazo y observaba fija e indiferentemente al paisaje que pasaba.

—Disculpe, ¿a dónde me llevan? —preguntó Youko indecisa.

El hombre la observó con recelo.

—¿Puedes hablar?

—Por supuesto. ¿A dónde me llevas?

—A la oficina del magistrado. Ya lo verás.

—¿Y entonces qué me pasará? ¿Estaré en un juicio? —Youko no podía quitarse la idea de que la estaban tratando como a algún tipo de criminal.

—Permanecerás allí hasta que sea claro si eres un buen kaikyaku o un mal kaikyaku —dijo el hombre, como si eso fuera lo más obvio del mundo.

Youko sacudió la cabeza.

—¿Buen kaikyaku? ¿Mal kaikyaku?

—Sí, si eres uno bueno, entonces quienes te deben cuidar vendrán por ti e irás a vivir a un lugar apropiado. Si eres uno malo, serás exiliada o te ejecutarán.

Youko se estremeció. Una sensación fría recorría su columna.

—¿Me ejecutarán?

—Los kaikyaku malos arruinan todo. Si eres un mal presagio, tu cabeza será el precio. 

—¿Un mal presagio?

El hombre puso los ojos en blanco ante sus persistentes preguntas.

—¡Sí! A veces los kaikyaku traen guerras o pestilencia. Cuando ese es el caso, los deben matar rápidamente o el reino morirá.

—¿Y cómo saben si es bueno o malo?

En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa perversa.

—Una vez hayas estado aquí por un tiempo, lo sabremos. Si cosas malas empiezan a pasar, será evidente que tu llegada es un mal presagio. Aunque —El hombre miró temeroso a Youko—, temo decirte que es casi seguro que eres uno de los malos.

—¿Qué? ¿Por qué lo dices?

—El shoku que te trajo… ¿cuántos campos crees que convirtió en lodo? La cosecha de Hairou está hecha ruinas.

Youko cerró los ojos. Ahora tenía sentido. Es por eso que la trataban como un paria. Para estos aldeanos, ella llevaba la marca del desastre y la promesa de más por venir.

Repentinamente, Youko estaba muy asustada. No quería morir y pensó que ser ejecutada era peor que una muerte ordinaria. Si moría aquí, en una tierra desconocida, ¿quién lloraría por ella? Dudaba que alguien se molestaría en enviar su cadáver de vuelta a casa.

¿Cómo ha podido pasarme esto?

Youko no podía creer el giro que su vida había tomado. ¿Acaso es el destino? Apenas el otro día -cuan vívidamente lo recordaba ahora- había salido de su casa exactamente igual que siempre. En la escuela, el día había empezado como cualquier otro. Debió haber terminado como cualquier otro. ¿Dónde había perdido el rumbo?

Empezó a recordar todas las opciones que había tenido desde que empezó su extraña aventura. Quizá no debió haber hablado con los granjeros. Quizá debió haberse quedado en el mar, sentada en ese acantilado. Debió haber esperado a aquellos que la trajeron aquí. O quizá, el error estaba en haber venido en primer lugar.

Aunque en realidad nunca le habían dado la opción ¿No había dicho Keiki que la llevaría con él sin importar qué? Y con esos monstruos tras ella, Youko había sido forzada a hacer algo.

Era como si hubiera caído en algún tipo de trampa. Cuando se despertó en aquella aparentemente ordinaria mañana, ya había caído en ella, y cada minuto que pasaba cerraba cada vez más los dientes de la trampa. Para el momento en que se había dado cuenta de que algo andaba mal, ya era muy tarde.

Debo escapar.

Era todo lo que Youko podía hacer para evitar entrar en pánico. Si iba a salir de este desastre, probablemente sólo tendría una oportunidad, y no podía permitirse perderla. No tenía idea de qué tipo de castigo enfrentaría si esas personas desconocidas y sombrías la atrapaban intentando escaparse. Esperaría por el momento preciso, así debía ser.

Youko empezó a estudiar sus alrededores, su cabeza se movía hacia atrás y hacia adelante a un ritmo acelerado. Sentía que estaba usando su cerebro más de lo que lo había hecho en toda su vida.

—¿Cuánto tiempo falta hasta que lleguemos al magistrado? —preguntó después de un momento.

—Yo diría que medio día en carro.

Youko miró hacia arriba. El cielo tenía esa clase de azul claro que aparece después de que un tifón pasa, y el sol ya estaba en lo alto. Tenía que encontrar una manera de escapar antes del atardecer. No sabía qué tipo de lugar sería la oficina del magistrado, pero estaba segura de que una vez que llegara allí, sus oportunidades para escapar serían menores que las que tenía en este carro.

—¿Qué les pasará a mis pertenencias?

El hombre miró receloso a Youko.

—Todas las pertenencias de los kaikyaku las llevan al magistrado.

—¿La espada también?

El hombre la miró aún más receloso.

—¿Y por qué lo preguntas?

Con cuidado, Youko…

—Es muy importante para mí —Apretó las manos detrás de su espalda—. El hombre que me capturó la primera vez parecía quererla. Tenía miedo de que la hubiera robado.

El hombre resopló.

—Tonterías. La entregaremos como nos ordenaron.

—¿Oh? Sólo es un ornamento, no es nada de valor.

El hombre miró su cara y luego a la bolsa de tela en su rodilla. Youko pudo ver un destello de luz dentro de la bolsa, entonces el hombro metió la mano lentamente y sacó la espada enjoyada.

—¿Dices que es un ornamento?

—Sí.

Una ola de alivio se estrelló contra Youko al ver la espada tan cerca, aunque no tenía forma de tomarla con sus manos atadas. El guardia agarró la espada por la empuñadura.

Por favor, que no pueda desenvainarla.

El hombre en el campo no había sido capaz de sacarla de la vaina. Keiki le había dicho que sólo ella podía usarla, por lo que entendió que sólo ella podría desenvainar la espada. Pero ahora que su vida dependía de ello, no estaba tan segura.

El brazo del guardia se tensó. La espada no se movió un centímetro.

—Uh —el hombre gruñó disgustado—. Pensé que era real.

—Dámela —demandó Youko.

—Debo llevarla al magistrado —respondió el hombre con una sonrisa irónica—. Y si de todas maneras vas a perder la cabeza, no la necesitarás. De ahora en adelante, tendrás que aprender a vivir sin ella.

Youko se mordió el labio. Si tan sólo no estuviera amarrada podría haber tomado el arma. Pensó por un momento que Jouyu quizá ayudaría, pero cuando intentó forzar las cuerdas, las notó fuertes y apretadas. Aunque la cosa dentro de ella tenía una habilidad increíble, al final su fuerza seguía siendo la de una chica adolescente.

Subrepticiamente, empezó a buscar algún medio de cortar las ataduras de sus muñecas. Entonces, repentinamente, notó un brillo dorado entre el paisaje.

El carro había empezado su ascenso por un camino montañoso. Allí, en la mitad del oscuro bosque de árboles tamaño uniforme, Youko vio un tono familiar de dorado y abrió los ojos. En ese mismo momento, sintió el frío de Jouyu surgir de debajo de su piel.

Alguien estaba en el bosque a cierta distancia del camino: un hombre con un rostro blanco y un largo cabello dorado; llevaba una bata de mangas largas parecida a un kimono.

Keiki.

Al mismo tiempo que la palabra se formó en su mente, escuchó otra voz dentro de ella que no era la suya.

Taiho.

  


—¡Detente! —Youko se apoyó contra el borde del carro y gritó— ¡Keiki! ¡Estoy aquí!

Con una mano aferrada al carro, el guardia la agarró por el hombro y la empujó bruscamente contra su asiento.

—¡Siéntate!

Youko se dio la vuelta para darle la cara.

—¡Para el carro! Vi a alguien que conozco.

—Aquí no conoces a nadie, chiquilla —dijo el hombre gruñendo.

—¡Sí conozco a alguien! Lo vi. ¡Era Keiki! ¡Por favor, detente!

El caballo bajó la velocidad, pero cuando Youko se dio la vuelta para mirar, el brillo dorado ya estaba muy lejos. Pero, aun así, podía ver que él seguía allí y junto a él estaba alguien más: una figura usando una capucha negra como algún dios de la muerte. En su dirección iban varias bestias.

—¡Keiki! —gritó Youko, apoyándose una vez más contra el borde. 

El guardia la tiró hacia atrás aún más bruscamente que antes. Youko perdió el equilibrio y cayó de lado sobre su asiento, y cuando levantó nuevamente la cabeza para mirar detrás, la figura de cabello dorado se había ido. Todavía podía ver el lugar donde había estado de pie, pero ya no había nadie.

—¡¿Keiki?!

—¡Cállate, chiquilla! —El hombre arrastró violentamente a Youko de vuelta a su asiento—. ¡Ahí no hay nadie! No intentes engañarme. No soy ningún tonto.

—¡Él estaba allí!

—¡Suficiente!

Youko se encogió ante el tono de voz del hombre. Miró hacia atrás, viendo el camino, deseando con todo su corazón que lo que había visto no fuera sólo su vista engañándola, pero no vio nada. No había nadie allí.

¿Por qué?

Esa voz que escuchó cuando pensó haber visto a Keiki debió haber sido Jouyu. Y eso significa que ese sí era Keiki. Keiki y sus bestias. Había sobrevivido.

¿Entonces por qué no me rescata?

Youko buscaba desesperadamente por todas partes esperando ver otro indicio de la reveladora luz dorada, cuando escuchó una voz diferente salir del bosque en la dirección en la que casualmente miraba. Esta vez, el guardia a su lado también miró.

Era el llanto de un bebé. El hijo de alguien estaba en el bosque llorando con todas sus fuerzas.

El guardia señaló hacia el bosque.

—¿Qué es ese sonido? —gritó al conductor del carro, quien no había dicho una palabra desde que salieron desde la ciudad. El conductor miró de reojo a sus dos pasajeros y tensó las riendas. Los caballos se detuvieron.

—¡Es un niño! —exclamó el guardia, levantándose.

—No le prestes atención —dijo bruscamente el conductor—. Si escuchas a un bebé llorar en el bosque, es mejor que mantengas la distancia.

—Sí, p-pero… —el guardia tartamudeaba confundido.

El bebé lloraba con vigor renovado. Era un llanto insistente y apremiante, como si el infante intentará persuadir a aquellos que lo escuchan para que no lo dejaran. El guardia se asomó apoyándose en el carro para buscar la fuente de la voz, y el conductor lo reprendió fuertemente.

—¡Te he dicho que lo ignores! He escuchado historias de demonios come hombres en los bosques que lloran como bebés.

La espalda de Youko se tensó ante la palabra demonio.

Insatisfecho por la explicación, el guardia miró al conductor y miró de vuelta al bosque. Con una expresión seria en su cara, el conductor hizo mover a los caballos a latigazos. El carro se tambaleaba salvajemente mientras subía el empinado camino del bosque, virando precipitadamente a través de las sombras de los árboles de cada lado.

Por un momento, Youko pensó que el llanto era parte de algún tipo de truco que Keiki estaba usando para salvarla, habría gritado de alegría si Jouyu no se retorciera con tanta fuerza dentro de ella. Todo su cuerpo estaba tensionado, listo para la acción.

Youko escuchó nuevamente al bebé, esta vez más cerca.

¡Se está acercando!

Entonces, en respuesta al llanto, escuchó otro chillido de una dirección diferente y luego otro hasta el punto en que rodeaban por todas partes al veloz carro.

—¡Aah! —gritó el guardia aterrorizado, su cuerpo se tensionó mientras sus ojos se movían rápidamente, observando el bosque de un lado a otro. Aunque el carro iba a toda velocidad, las voces se acercaban cada vez más. Estos no eran niños. No podían serlo. El cuerpo de Youko se retorcía. Su pulso se aceleraba. Algo crecía dentro de ella, no era Jouyu sino una oleada de energía que llenaba sus oídos con un sonido parecido al de una marea creciente.

—¡Quítame las cuerdas!

El guardia miró sorprendido a Youko y sacudió la cabeza.

—¿Tienes una forma de protegernos si nos atacan?

El guardia negó nuevamente con la cabeza, desconcertado.

—¡Entonces quítame las cuerdas! ¡Dame la espada!

Youko podía escuchar que los aullidos se acercaban cada vez más de cada lado. El círculo se estaba cerrando. Los caballos corrían y el carro se tambaleaba tan pronunciadamente que Youko temía que fueran lanzados al bosque.

—¡Rápido! —gritó ella. Un instante después vio al hombre a su lado caer de lado como si algo lo hubiera golpeado, y sintió que un gran impacto la levantaba en el aire.

Youko dio vueltas por las sombras, por lo que pareció una eternidad; entonces, impactó contra el suelo con una terrible fuerza. Mientras su cabeza se aclaraba gradualmente, se dio cuenta de que el carro se había dado la vuelta. 

El guardia yacía no muy lejos de ella y se levantaba sacudiendo su cabeza como si estuviera confundido. Sus manos seguían agarrando fuertemente la bolsa de tela. El espeluznante aullido parecido al llanto de un bebé se podía escuchar en el bosque directamente junto a ellos.

—¡Por favor, desátame! —rogó Youko. Escuchó a uno de los caballos chillar del dolor, y al mirar hacia el animal pudo ver que una cosa parecida a un gran perro había saltado a la espalda del caballo. La criatura estaba cubierta de un pelaje negro y cuando abrió las mandíbulas, su cara pareció dividirse en dos. El hocico de la criatura era blanco, pero mientras Youko miraba, se teñía de rojo por la sangre. El guardia todavía de pie y paralizado, gritó aterrorizado.

—¡No hay tiempo! ¡Quítame las cuerdas y dame la espada!

El hombre parecía incapaz de escuchar la voz de Youko. Su rostro se retorcía por el pánico; se dio la vuelta y empezó a descender rápidamente por el camino, todavía llevaba la bolsa en su mano.

Inmediatamente, varias bestias negras salieron del bosque tras él. En cuestión de segundos, habían saltado sobre él y lo habían atrapado entre sus mandíbulas. Y cuando sus patas tocaron el suelo, Youko pudo ver al hombre de pie en la mitad, estaba agachado.

No, pensó, no está agachado. Está “recortado”.

Había un espacio vacío donde su cabeza debía haber estado y también faltaba uno de sus brazos. Su cuerpo resistió ahí un momento y luego cayó, dejando salir fuentes de sangre que pintaban la tierra de rojo. Youko escuchó al otro caballo chillar tras ella.

Insegura de qué hacer, la chica se cubrió contra el carro. Algo le tocó el hombro, y se dio la vuelta para ver que era el conductor del carro. El hombre se acercó a la espalda de Youko y tomó sus manos. Youko podía ver que llevaba un cuchillo largo.

—Corre, muchacha —dijo el hombre—. Están distraídos, puedes escabullirte.

El hombre se levantó y Youko sintió que las ataduras alrededor de sus manos se aflojaban.

El conductor ayudó a Youko a levantarse y la empujó por donde el primer hombre había ido, de vuelta por el camino por el que habían llegado. Pudo ver más arriba en la colina a un grupo de monstruosos perros agrupados como moscas sobre uno de los caballos muertos. Más abajo había otro grupo sobre el cadáver del guardia, podía ver la cabeza del hombre en el suelo. 

Aun cuando Youko palidecía ante la escena, su cuerpo se estaba preparando para la batalla. Se agachó y cogió algunas piedras.

¿Qué puedo hacer con esto?

En segundos, consiguió recolectar muchas piedras pequeñas. Desagradables crujidos emergían de la masa de figuras peludas, llegando a sus oídos al mismo tiempo que los movimientos de las piernas del cadáver. Youko empezó a contar con los ojos a las criaturas: uno, dos… cinco, seis perros en total.

Caminando rápidamente, Youko se acercó a la manada. Una parte de ella se dio cuenta de que los aullidos parecidos a los de un bebé habían cesado y habían sido reemplazados por sonidos de huesos siendo partidos y carne desgarrándose.

Mientras se acercaba, una de las criaturas levantó su cabeza y la vio; su nariz blanca goteaba sangre. Y entonces, como si hubiera algún tipo de señal implícita, los otros perros levantaron las cabezas al mismo tiempo.

¿Qué hago ahora?

Youko sintió que empezó a correr. El primer perro que saltó hacia ella terminó con una roca en la nariz, no fue suficiente para detenerlo, pero al menos detuvo el ataque de la bestia por un momento. Con un gruñido enojado, la bestia se alejó.

No puedo ganar esta pelea.

La manada se dispersó, revelando una pequeña pila de restos apenas reconocibles como el de un humano.

Moriré aquí.

Un mordisco de cualquiera de esas asquerosas mandíbulas podría convertirla en un trozo tembloroso de carne en cuestión de segundos, una espantosa cena que sería devorada. Los monstruos se la comerían justo como habían hecho con el guardia. Sin embargo, aun cuando su corazón se hundía en la desesperación, Youko seguía corriendo, alejando a los perros con piedras de perfecta puntería. Esta vez no detendría a Jouyu. Se relajó, para no estorbarle, y espero que esto terminara pronto. Y sin dolor.



En un punto, Youko sintió un impacto agudo, seguido de una sensación caliente en su espalda. Al darse la vuelta para buscar desesperadamente alguna ayuda, vio al conductor del carro huyendo en la dirección contraria, moviendo su espada contra los arbustos mientras se internaba en el bosque al borde del camino. Ya estaba casi dentro de la maleza cuando algo lo agarró y tiró de él, llevándolo a donde no se le podía ver, detrás de un árbol.

Youko se preguntó por qué el hombre había ido por ese camino, y entonces se dio cuenta de que la había usado como carnada. El hombre había pensado en huir hacia el bosque mientras los perros estaban ocupados matándola, pero su plan había fallado. Youko tragó saliva. Ella sería la siguiente.

Se le acabaron las piedras a tres pasos del destrozado guardia. Un hocico puntiagudo arremetía hacia ella desde la derecha. Lo atrapó con sus manos desnudas y lo alejó. Al mismo tiempo, sintió que algo la agarraba del cuello, y se inclinó hacia adelante para evitarlo. Segundos más tarde, algo pesado la golpeó justo debajo del omóplato y cayó de cabeza sobre los restos del cadáver.

No podía gritar. La parte de ella que debía sentir repugnancia estaba adormecida. En lugar de eso, saltaba y daba vueltas. No pensó que mirar con hostilidad a los perros serviría de algo, pero para su sorpresa cesaban su ataque y agachaban la cabeza recelosa. Rápidamente se dio cuenta de que sólo estaban esperando una oportunidad. No esperarán por mucho tiempo. Aun así, aunque fuera sólo eso, las rocas les habían mostrado que ella no estaba indefensa.

Youko se puso de cuclillas y metió la mano derecha bajo el cuerpo mutilado que estaba a su lado. La muerte del hombre pasó ante sus ojos. ¿Qué estaba haciendo? No tenía tiempo para esto. La manada atacaría y la batalla se acabaría en un instante.

Sus dedos tocaron algo duro.

¡La espada!

Y entonces sintió la empuñadura en su mano, como si la espada hubiera sentido que se acercaba y hubiera saltado a su alcance. Se sentía como si estuviera a punto de ahogarse y se aferrara al salvavidas, intentó sacar la espada y la vaina de debajo del cadáver, pero por alguna razón la vaina se quedó atrapada a mitad de camino y no cedía. Le habían dicho que no debía separar la espada de su vaina, pero este era a duras penas el momento indicado para preocuparse por el consejo de desconocidos que ahora estaban ausentes.

Después de dudar un momento, Youko tiró de la espada. Entonces, buscó la cuerda que unía la joya a la vaina, la cortó con la punta de la espada y apretó la joya en su mano. Sus ojos miraron hacia arriba en el momento exacto para ver al primer perro saltar.

Antes de estar segura de qué veía, su mano derecha se movió y la espada pasó ante sus ojos. La boca de Youko se abrió para dejar salir un gritó inarticulado.

Moviendo la espada a ambos lados, cortó a dos de las bestias y entonces huyó a través de la apertura que había creado. Youko corrió por su vida, deteniéndose sólo para matar a los perros que la perseguían de cerca. 

 


 Youko se recostó sobre un gran tronco y se deslizó hasta que quedó sentada. Había seguido corriendo colina abajo hacia el bosque de la montaña hasta que sus pies se detuvieron aquí.

Cuando levantó su brazo para limpiarse el sudor que caía sobre sus ojos, se dio cuenta de que la manga de su uniforme estaba pesada. Estaba empapada en sangre.

Haciendo muecas, se quitó la camisa, dejando sólo su delgada camiseta entre su piel y el frío aire del bosque. Con un retazo limpio de la vestimenta empapada de sangre, limpió la espada. Entonces, sostuvo el lado afilado ante sus ojos.

Youko recordó que en clase de historia había aprendido que había un límite referente a cuánta gente podías cortar con la misma espada. Aparentemente, las astillas de los huesos y el aceite de la sangre podrían, después de un tiempo, inutilizar la espada. Pensó que su espada debería estar muy dañada ya, pero luego de una pasada de la tela, no vio ni una sola mancha.

—Qué raro…

Era un arma extraña, y no solamente porque Youko era la única que podía desenvainarla: una habilidad que carecía de sentido ahora que no tenía la vaina. Cuando la sostuvo por primera vez, pensó que la espada era muy pesada, pero para su sorpresa, ahora que no tenía la vaina, la larga espada de metal era extremadamente ligera.

Youko envolvió la brillante espada en la ropa que se había quitado. Metiendo el bulto bajo su brazo, respiro profundamente hasta que sus cansados pulmones se recuperaron por completo. 

Asumiendo que los perros no la habían sacado del cadáver, la vaina seguía tirada en alguna parte.

¿Debo ir a buscarla?

Le habían dicho que jamás las separara, ¿pero eso quería decir que la vaina era importante por alguna razón o sólo lo era la joya que colgaba de ella?

Youko había dejado de sudar y sentía aún más el frío del bosque, pero se negó a ponerse la camisa manchada. Ahora que estaba algo calmada se había dado cuenta de que le dolía todo el cuerpo y de que estaba cubierta de arañazos.

Había manchas rojas en su camiseta en los lugares donde los colmillos habían atravesado la tela, y su falda estaba rasgada en varias partes, revelando una gran cantidad de cortadas en sus piernas. Algunas todavía sangraban, pero comparado con lo que le había pasado al guardia que huía, sintió que sus heridas no eran gran cosa.

Qué extraño. No podía imaginar cómo pudo escapar con tan pocas heridas. Recordó el momento en que se encontraba en la sala de profesores, cuando los vidrios se rompieron e hirieron a muchas personas, pero ella salió ilesa. Y también estuvo ese otro momento cuando se cayó de la espalda de la bestia que la trajo a este mundo, había salido con apenas algunos rasguños, aunque con toda seguridad había caído desde una gran distancia.

Todo era muy peculiar, aunque quizá no tan inexplicable como el hecho de que cuando miraba al espejo, veía a una total extraña.

Youko suspiró. Sentía cómo la tensión nerviosa de su huida desaparecía lentamente de su cuerpo. Al tiempo que se relajaba gradualmente, se dio cuenta de que su mano izquierda todavía seguía apretada en forma de puño. Abrió los tensos dedos y la joya azul rodó hasta el suelo del bosque. Recuperándola rápidamente, sintió que el dolor de su cuerpo se desvanecía. Youko sostuvo la joya por un tiempo, hasta que se dio cuenta de que todas las heridas habían dejado de sangrar.

—Qué raro… —Decidió que el poder de la joya era probablemente la razón por la que le habían dicho que no perdiera la vaina.

El dolor y la fatiga que habían estado consumiéndola habían desaparecido. No importaba lo que pasara, no perdería esta joya. Era una gran aliada; de hecho, en este momento era su única aliada.

Desató el pañuelo de su uniforme y usó la espada para cortarlo en tiras. Enrollando fuertemente una de las tiras, la pasó a través del orificio en la joya donde la cuerda original había estado, y ajustó el largo hasta que tuvo el tamaño perfecto para colgarlo en su cuello.

Se lo puso y miró alrededor. Seguía en la colina, y el bosque a su alrededor era denso. El sol empezaba a meterse por el horizonte. Sus rayos apuñalaban la neblina que flotaba bajo las ramas. Youko estaba segura de que el carro se dirigía colina arriba cuando ella y sus captores fueron atacados, pero aparte de eso no sabía en qué dirección quedaba qué cosa.

No es que importe demasiado. No tengo a dónde ir.

—¿Jouyu? —preguntó indecisa, concentrando sus pensamientos en su nuca, pero no hubo respuesta—. Por favor, di algo.

No hubo respuesta.

—¿Qué debo hacer? ¿A dónde debo ir?

No escuchó nada. Debía seguir dentro de ella, pero, aunque se esforzaba todo lo que podía, no podía sentirlo en ninguna parte. El débil sonido de las hojas alrededor de sus pies hacía parecer al bosque extremadamente silencioso.

—Estoy tan perdida que no diferencio la derecha de la izquierda —murmuró Youko en voz alta—. Si voy a un lugar donde haya personas, me intentarán capturar de nuevo. Si me atrapan, me matarán. Probablemente. Pero no puedo pasarme la vida huyendo, evitando a la gente para siempre. Oh, si solamente hubiera una puerta en alguna parte y con solo abrirla pudiera ir a casa, pero no creo que sea tan simple, ¿no?

Sabía que tenía que hacer algo, y ese algo no era seguir hablando sola, eso se daba por seguro. Y seguir sentada allí tampoco estaba ayudando, ¿pero a dónde más podía ir?

El crepúsculo llegaba rápidamente al bosque. No tenía forma de hacer una fogata o un lugar donde poder dormir. No tenía nada que comer ni nada que beber. No podía ir a una ciudad o una aldea -era demasiado peligroso-, pero la idea de quedarse aquí afuera, vagando sola en la oscuridad, la aterrorizaba.

—Dime, ¿qué debo hacer? ¡Al menos dime eso! —No hubo respuesta, como era de esperar—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué paso con Keiki y los demás? Aquel era él, ¿no es así?

¿Por qué se escondió? ¿Por qué no me ayudó? ¡¿Por qué?!  Pero todo lo que escuchó fue a las hojas moviéndose

—¡Por favor, te lo ruego, di algo! —Una lágrima caía por su mejilla—. Quiero irme a casa.

No podía decir que le encantara su hogar; pero el que se le llevaran, el que le dijeran que nunca podría volver… eso era demasiado. Youko sintió que una oleada de nostalgia pasar sobre ella. Sintió que sería capaz de hacer cualquier cosa por irse a casa, y, una vez llegara, jamás se iría nuevamente.

—Quiero… Quiero irme a casa —lloriqueó y luego empezó a sollozar como una niña. Una parte de ella sabía que sentir lástima por sí misma era una tontería. Después de todo, había escapado al peligro del día, no iba a ser ejecutada ni a ser comida por monstruos infernales. Estaba sentada, viva, abrazando sus rodillas y llorando.

Se preguntaba si la libertad realmente era una cosa tan maravillosa.

Habría sido tan rápido…

Un pensamiento a medio formar apareció repentinamente en su mente y se obligó a olvidarlo. Era algo demasiado aterrorizante para siquiera pensarlo. Se abrazó a sí misma aún más fuerte, formando una pelota con su propio cuerpo.

Fue entonces que escuchó la voz.

Era una voz rara y de tono alto, como la de un anciano; y decía los pensamientos que Youko acababa de forzarse a olvidar.

—El dolor habría sido rápido, y todo habría acabado ya, ¿mmm?

Agitada, Youko miró alrededor, su mano derecha sostenía fuertemente la empuñadura de la espada. El bosque a su alrededor se había convertido en una sólida sabana de noche. Aun cuando esforzaba la vista, apenas podía distinguir a los troncos más cercanos o la pared de maleza entre ellos.

Entonces vio una luz pálida a no más de dos metros de donde ella se encontraba.

Algo la observaba desde los arbustos, algo con un ligero brillo azul.

Youko vio lo que era y emitió un sonido de sorpresa.

Era un mono con un pelaje que brillaba como un gran incendio azul. Asomó la cabeza entre dos arbustos y le mostró sus colmillos en una sonrisa burlona.

La criatura se rio con un sonido agudo y estridente que rechinó en sus oídos. Y entonces, para su sorpresa, habló:

—Si dejas que te coman, todo habrá terminado, ¿mmm?

Youko sacó la espada de sus ropas.

—¿Qué… qué eres?

El mono carcajeó aún más fuerte:

—¿Que qué soy, preguntas?  Yo soy yo, ¿lo ves? ¡Chica tonta, ¿por qué huiste así?! Has debido dejar que te engulleran, sí. Entonces te habrías librado de este problema, ¿mmm?

Youko preparó su espada:

—Te he preguntado quién eres.

—Y yo he respondido que yo soy yo. Tu amigo ¿mmm? Sí, y como tu amigo, pensé que debería decirte algo que te sería de ayuda.

—¿Y qué es eso?

Youko veía pocas razones por las que confiar en el mono. Pero, aun así, no sintió ninguna tensión dentro de ella, ninguno de los pegajosos hilos deslizándose que señalaban que Jouyu se preparaba para la batalla. Quizá esta cosa parecida a un simio no era un enemigo, aunque no se veía seguro confiar en él.

—No puedes ir a casa, ¿sabes?

Youko lo miró molesta.

—¿Cómo sabes eso? ¡No sabes quién soy!

—¡Sé que no puedes ir a casa! Es imposible. No hay forma de que puedas, ni una. ¿Quieres saber otra cosa?

—En realidad no —respondió Youko, frunciendo el ceño.

—Oh, pero igual te lo diré. Te engañaron, ¿mmm? —carcajeó el simio.

—¿Engañada? —Youko sintió que le tiraban un balde de agua fría.

—Pequeña niña tonta. ¡Sí, engañada! ¡Traicionada! ¡Caíste en la trampa!

Youko tragó.

Una trampa. Keiki… ¿acaso la había engañado? ¿Había sido él?

Su manó temblaba mientras apretaba la espada, pero no podía encontrar las palabras para negar lo que el mono decía.

—¿Lo ves? Tú misma lo sospechabas. Te trajeron hasta aquí. Directo a una trampa. Y nunca volverás. —La voz de la criatura apuñalaba sus oídos.

—¡Cállate! ¡No te creo! —Youko blandía la espada ciegamente. Con un sonido agudo y seco, cortó las hojas superiores del arbusto en frente de ella. Sin Jouyu para ayudarla, ni siquiera se había acercado a la criatura.

—Cubre tus ojos y tapate los oídos si así lo quieres, pero eso no cambiará la verdad, ¿mmm? Es precisamente porque mueves la espada con tanto entusiasmo por lo que estás en este problema, chiquilla. Bájala y quizá mueras. Ahórrate todas las dificultades que vendrán.

—¡Cállate!

—Una espada tan buena, ¡deberías usarla como se debe! ¿Qué te parece cortarte el cuello, mmm? —El mono echó la cabeza para atrás y se rio en dirección al cielo.

—¡Cállate, monstruo! —Youko se inclinó hacia adelante una vez más, pero el simio había desaparecido. Vio su cabeza emerger desde detrás de otro arbusto a unos pasos de allí. Llevaba una gran sonrisa.

—¿Estás segura de que quieres eso? Puede que cortarme no sea tan buena idea, ¿mmm? Si yo me fuera, no tendrías con quien hablar.

Youko hizo un gesto de sorpresa.

—¿Acaso he hecho algo malo? —preguntó el resplandeciente simio azul—. ¡Si todo lo que he hecho es tener la amabilidad de charlar contigo!

Youko rechinó los dientes y cerró los ojos.

—Pobrecilla, ser arrastrada hasta tan lejos de casa.

—¿Y qué debo hacer?

—No hay mucho que puedas hacer.

—No quiero morir.

—¡Entonces vive! Ciertamente, yo no me quejaré.

—¿A dónde debo ir?

—Oh, no hay muchos lugares a los que puedas ir, ¿mmm? Imagino que todos los lugares serán iguales. A donde vayas, serás perseguida por las personas… o los demonios… o peor.

Youko cubrió su rostro con ambas manos. Estaba llorando.

—Llora mientras puedas, chica. Tus lágrimas se secarán pronto y tendrás que encontrar algo mejor que hacer, ¿mmm? —dijo el mono sarcásticamente. Youko escuchaba los sonidos de las carcajadas alejarse y levantó la cabeza.

—¡No, espera!

No quería admitirlo, pero la criatura estaba en lo cierto: no quería quedarse sola. Hasta una cosa simiesca, rara, grosera e insufriblemente maleducada era mejor que nada.

Buscó el brillo azul entre el bosque, pero no estaba en ninguna parte. Todo lo que podía escuchar era la risa chillona de la criatura alejándose más y más en la oscuridad. Se desvaneció lentamente hasta desaparecer por completo, y Youko estaba sola nuevamente.

  


“El dolor habría sido rápido, y todo habría acabado ya…”

Estas palabras se clavaban en el corazón de Youko como un cuchillo. Por mucho que lo intentara, no podía olvidarse de ellas.

 Sus pensamientos vagaban y pronto se encontró fascinada por el brillo de la espada que descansaba sobre sus rodillas. La cuchilla estaba fría y dura contra su piel.

El dolor…

Sacudió la cabeza, tratando de pensar en algo, cualquier cosa, pero sus pensamientos estaban atrapados en un círculo; siempre regresaban a lo que el simio había dicho. Youko se sentó y miró fijamente a la espada. Parecía más brillante ahora. Sí, ciertamente lo era, esto era más que su visión intentando ajustarse a la oscuridad. La espada brillaba. Los ojos de Youko se abrieron como platos.

Primero el perfil, y luego toda la espada se volvió tan clara como el vidrio. Levantó la espada, una chispa bajaba por la cuchilla. Cuando la acercó, sus ojos pudieron distinguir una figura. ¡Podía ver a alguien moviéndose en la espada!

Y entonces escuchó un sonido: el lejano sonido de agua goteando sobre la superficie de un estanque. Gradualmente, como si las ondas en el reflejo acuático desaparecieran, pudo distinguir la imagen en la espada.

Era una persona, una mujer, caminando en una habitación.

El reconocimiento instantáneo llenó los ojos de Youko de lágrimas.

Mamá…

Era su madre, y estaba en la habitación de Youko.

Ahí estaba el papel tapiz con las rayas color blanco marfil. Ahí estaban las cortinas de pétalos de flores de Youko, sus sábanas, sus peluches en el estante, el libro que había estado leyendo seguía sobre el escritorio. Hasta podía leer el título: El largo invierno.

Su madre caminaba por la habitación cogiendo varias cosas. Tomó el libro, hojeó algunas páginas, luego se sentó en la cama y suspiró.

Mamá…

Su madre parecía delgada y cansada. Su rostro estaba pálido.

Debe estar muerta de la preocupación. Ya habían pasado dos días desde que Youko partió. Youko nunca había llegado tarde a cenar, mucho menos desaparecer sin decir nada.

Su madre miró el estante junto a la cama, cogió algunos peluches y empezó a llorar, sus hombros se movían con los sollozos ahogados.

—¡Mamá! —gritó Youko. Ver a su madre llorar así era demasiado para ella.

En el instante en que Youko gritó, la escena desapareció. Sus ojos se reajustaron y todo lo que pudo ver ante ella era la espada brillando débilmente, pronto también eso se desvaneció y estaba rodeada de completa oscuridad una vez más. El sonido de agua goteando había cesado.

¿Qué había pasado? ¿Era real lo que había visto?

Youko sostuvo la espada ante sus ojos, deseando que pasara algo; pero nada apareció en el oscuro metal, y el familiar sonido de goteo no regresó.

Youko sacudió la cabeza, intentaba contener las lágrimas. Su pesadilla se había vuelto realidad, ¿ahora su hogar y su madre no eran más que un sueño? Ver a su madre la hizo querer ir a casa aún más que antes.

Si creía lo que el simio había dicho, lo que la mujer había dicho -que estaba atrapada aquí para siempre- entonces no había esperanza.

Esto no es una trampa, se dijo a sí misma. Estaba segura de que Keiki tenía una buena razón para no salvarla cuando pasó a su lado en el carro. No la había abandonado. Debía haber alguna razón…

Pensándolo bien, recordó que no había visto el rostro de la persona en el bosque. Pudo haber imaginado que era Keiki. ¡Por supuesto, eso era! Aunque se parecía a Keiki, obviamente no era él. Aquí había todo tipo de gente, con todo tipo de colores de pelo. Sólo había visto ese cabello dorado y había supuesto que era él, pero no había visto su cara.

Ahora que lo pensaba, estaba segura de que la persona que había visto era más baja que Keiki.

No era él.

No era Keiki. Él nunca abandonaría a Youko. Y si no podía venir por ella por alguna razón, entonces ella tendría que ir a buscarlo. Entonces podría ir a casa.

Agarró firmemente la empuñadura de la espada y sintió un cosquilleó en su espalda.

—¿Jouyu? —susurró.

Su cuerpo se movió por sí solo y tomó una posición de pelea.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó con poca esperanza de escuchar una respuesta. Más adelante escuchaba el sonido de la maleza siendo apartada violentamente, y un aullido amenazador parecido al de un perro grande.

¿Serán los perros-demonios?, se preguntó.

Con Jouyu o sin él, no sería capaz de pelear en la oscuridad. Necesitaba ir a un lugar con más luz, a cualquier lugar menos aquí. Dio un paso, indecisa, y sintió como Jouyu se movía en su pierna, empujándola hacia adelante. Agradecida por la ayuda, Youko empezó a correr. Detrás de ella, escuchó el sonido de algo arremetiendo a través de la maleza.

Youko corrió desesperadamente a través del bosque nocturno. Sea lo que sea lo que iba tras ella, parecía ser algo rápido y terriblemente ágil. De hecho, estaba segura de que ya la habría alcanzado si no hubieran estado en el bosque donde el follaje dificultaba el movimiento. Podía escuchar a su perseguidor girar a la derecha y a la izquierda, esquivando árboles y arbustos; en un momento, le pareció escuchar que se estrellaba contra un gran árbol.

Entonces, en la distancia, Youko vio la tenue luz de un claro. Corrió hacia él a toda velocidad y salió del bosque. 

Se encontró a sí misma en el valle inclinado entre dos picos. La línea de los árboles formaba una marcada frontera, y la pendiente había sido convertida en un bancal. Después del borde del bancal, podía ver la pendiente continuar debajo de ella, iluminada por la blanca luz de la luna. Youko frunció el ceño, habría preferido una planicie para correr. Así que se dio la vuelta y se preparó para confrontar a su perseguidor, mientras éste salía del bosque con un ruido estruendoso.

La criatura gigante no era un perro-demonio, de hecho, era más como una vaca horrible cubierta de un pelaje largo que se levantaba en crestas erizadas cada vez que bramaba. Cuando la bestia vio a Youko, aulló como un perro, ansioso por matar.

Youko se sintió extremadamente calmada. Su pulso seguía acelerado y su aliento seguía atrapado en su garganta, pero su miedo por la extraña criatura amainaba rápidamente. Se concentró en lo que Jouyu estaba haciendo, mientras la sensación de una marea creciente inundaba su cuerpo. Una parte de su mente hizo la indiferente observación de que pasara lo que pasara, no quería terminar cubierta de sangre esta vez.

La luna estaba alta en el cielo, y la fría luz blanca hacía que el metal de su espada brillara como la nieve. Y entonces, la espada blanca se tiñó de negro, con tres golpes la gigantesca bestia había sido derribada. Mientras se acercaba a su desparramada figura para darle el golpe final, Youko vio muchos pares de ojos rojos brillantes reuniéndose en la oscuridad del bosque a su lado.

Sería una larga noche.

Sin atreverse a dormir, escogiendo los caminos más iluminados, Youko se movió a través del bosque peleando con los demonios que se acercaban a ella a multitudes.

Quizá había algo de verdad en la idea de que los monstruos salen de noche, pensó Youko, porque la atacaron muchas veces antes del amanecer. Aunque tuvo tiempo de descansar entre matanza y matanza, y aunque tenía el poder sanador de la joya para recobrar su fuerza; estaba empezado a sentir una profunda fatiga que hacía pesados sus brazos y piernas. No había pasado mucho tiempo cuando ya caminaba apoyada en la empuñadura, clavando la espada en el suelo, usándola de bastón.

Los ataques se hicieron menos frecuentes a medida que el cielo se iluminaba, y se detuvieron completamente cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cimas de las montañas. Youko había encontrado un camino que parecía hecho por el hombre, pero ahora que había luz, no quería encontrarse con nadie. Así que resistió la tentación de tirarse en el suelo y dormir en el lodo junto al camino. Obligando a sus piernas y brazos sin fuerza a llevarla un poco más lejos, se arrastró lejos del camino hacia donde el bosque era más denso. Luego de una corta distancia, encontró un terreno de hierba suave en una hondonada, donde cayó e inmediatamente se durmió, abrazando la espada cerca de su cuerpo. 

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