CAPÍTULO
2
Youko
despertó con el sonido de las olas. Sintió el salpicar del mar en su rostro.
Abrió los ojos, levantó la cabeza. Había caído en una arenosa playa no muy
lejos de donde comenzaba el mar. Una gran ola rompió contra la costa. El agua
se llevó la arena, lavándole los pies.
Extrañamente, el agua no estaba fría. Youko yacía allí
en la arena dejando que las olas la bañaran. El rico aroma del océano la
rodeaba, un aroma parecido al olor de la sangre. El mar estaba en sus venas. Es
por eso que, cuando cerraba sus oídos, no oía más que el distante rugido del
océano.
La siguiente oleada llegó hasta sus rodillas. La arena
que se agitaba con la marea le hacía cosquillas en la piel.
Ese profundo aroma del mar.
Miró sus pies. El agua alrededor de su cuerpo estaba
teñida de rojo. Observó las grises olas, y luego el gran cielo gris. Bajó la
mirada nuevamente. Y confirmó que el agua estaba roja.
Buscó la fuente de esto.
—Ah —dijo.
Sus piernas. La corriente de
color carmesí salía de su piel. Rápidamente se puso de pie. Sus manos y pies
estaban teñidos de rojo. Hasta su seifuku[1] azul marino se había convertido en un granate
oscuro.
Sangre.
Gimió. Todo su cuerpo estaba empapado de sangre. Sus
manos estaban negras y pegajosas por la espesa sangre, igual que su rostro y su
cabello. Gritó, y chapoteó en medio de las olas. El agua salía de un gris
lodoso, el carmesí se desvanecía. Cogió un poco de agua con las manos. Sangraba
entre sus dedos. Por mucho que se restregaba las manos no podía hacer volver su
color de piel natural. La oleada llegó hasta su cintura. Un charco de color se
extendió alrededor de ella, escarlata bajo el cielo color carbón.
Youko llevó nuevamente las manos a la altura de su
rostro. Frente a sus ojos, sus uñas se alargaron, crecieron hasta convertirse
en afiladas garras casi tan largas como sus propios dedos.
—¿Qué…?
Volteó las manos. Había una gran
cantidad de pequeñas rajas o fisuras a través de su piel. Un fragmento de piel
se desprendió, flotó en al aire y cayó en el agua. Bajo la piel había un pelaje
corto de color rojo.
—No, no me lo creo.
Rozó su brazo con la mano. Más piel se desprendió
revelando un pelaje rojo. Cada vez que se movía caía más piel. Una ola se
arremolinaba a su alrededor. Su uniforme hecho jirones como si un ácido lo
hubiese carcomido. El agua lavaba el pelaje y el mar se volvía rojo.
Las garras en sus manos, el pelaje creciendo en cuerpo:
se estaba convirtiendo en una de esas bestias.
—No, no, no —sollozó. La manga de su uniforme se
rompió, revelando un brazo que se doblaba de manera extraña. Parecían las patas
de un gato o un perro. La sangre, la sangre de esas criaturas me ha
convertido en una de ellas. No era posible. Gritó:
—¡Dios, NO!
Con sus propios oídos no escuchó un solo sonido que
pudiera reconocer, solo el rugido de las olas que se estrellaban y el
inarticulado aullido de una bestia.
Youko
abrió los ojos para ver un pálido cielo azul.
Le dolía todo el cuerpo. El dolor en sus brazos era
insoportable.
Levantó las manos y dejó salir un sonido de alivio.
Normales. Tenía manos humanas normales. Nada de pelaje, nada de garras.
Se rompió la cabeza tratando de recordar qué había
pasado y cómo había llegado hasta allí. Todo llegó a ella como un destello.
Estaba a punto de incorporarse, pero sus músculos estaban tan tensos que apenas
podía moverse. Se quedó ahí tomando una bocanada de aire tras otra. Poco a poco
el dolor amainaba, algo de movimiento regresó a sus miembros.
Se sentó, dejando caer a su falda una capa de agujas de
pino.
¿Agujas de pino?
Ciertamente
parecía pino. Miró alrededor y se dio cuenta de que estaba en medio de un
bosque. Mirando hacia arriba, vio una rama que colgaba sobre su cabeza,
revelando la madera nueva que resaltaba como el blanco en la oscuridad. Se dio
cuenta de que había caído allí y que la rama se había partido mientras caía.
Su mano derecha seguía sujetando fuertemente la
empuñadura de la espada. Así que después de todo no la había dejado caer.
Examinó el resto de su cuerpo y no encontró ninguna herida seria, nada excepto
unos pequeños rasguños y moretones. Nada extraordinario. Y lo mejor de todo es
que no había rastros de la horrible transformación que sufrió en sus
sueños.
Dudosa, examinó su espalda, sus manos se encontraron
con la vaina que había asegurado en el cinturón de su uniforme. Se la puso en
el frente y envainó la espada.
Una ligera neblina blanca se amontonaba en el cielo
matutino. Olía como huele el aire en el momento antes de amanecer. Escuchó el
distante sonido de las olas. Se preguntó a sí misma en voz alta:
—¿Así que fue por eso que tuve ese sueño?
Tenía sentido que el recuerdo de la violenta lucha con
las bestias, su sangre empapándola y el sonido de las olas, se unieran en su
sueño para provocarle esa horrible pesadilla.
Inspeccionó los alrededores y no pudo creer lo que veía:
el bosque era como cualquier bosque de pino típico japonés. Los árboles eran
pequeños y sus ramas retorcidas.
Era justo antes
del amanecer y estaba cerca del mar. Estaba viva, había sufrido algunas heridas
leves. Eso es todo lo que sabía.
No le pareció que hubiera ningún enemigo cerca. Nada
siniestro acechaba en el bosque. Tampoco había aliados. Cuando salieron del
círculo lunar, la luna todavía se encontraba alta en el cielo nocturno. Ya casi
amanecía. Por todo ese tiempo había naufragado. ¿Dónde estaba Keiki? Le había
dicho que si se separaba debía quedarse donde estaba y no debía moverse, ni un
centímetro.
Deben estar buscándome,
pensó.
Después de todo ese espectáculo para decirle que la
protegería, y ahora que no estaba para ordenarle qué hacer o para decirle cosas
sin sentido, empezaba a echar de menos su presencia. Yoko se recostó en un
árbol y apretó la joya que colgaba de la vaina.
Poco a poco, los dolores que sentía por todo el cuerpo
desaparecieron.
Qué raro…
Observó nuevamente la joya, pero no parecía ser más que
una roca cualquiera. Tenía un brillo barato, como el del vidrio y era de un
azul opaco. Si existiese un jade azul, esto lo sería.
Mientras seguía apretando la piedra, se sentó, cerró los ojos y se durmió.
Cuando
abrió nuevamente los ojos, los árboles y la hierba a su alrededor estaban
siendo iluminados por el difuso brillo de la mañana.
Llegan tarde… si es que van a venir.
¿Qué otra cosa podría estar haciendo además de
buscarla? ¿Cómo eran capaces de dejarla tanto tiempo sola? Keiki, Kaiko y
Hyouki…
Youko dudó un segundo y finalmente pronunció el nombre
que había escuchado decir a Keiki.
—¿Jouyu?
Seguramente esa cosa seguía dentro
de ella. Lo llamó nuevamente, pero no hubo respuesta. Se tocó los brazos, las
piernas y la nuca, pero no lo sentía en ninguna parte. No había forma de saber
si estaba allí o no, ya que sólo se mostraba era cuando usaba la espada.
—¿Estás ahí? ¿Qué le ha pasado a Keiki? —se preguntó
nuevamente, pero no hubo respuesta.
La inquietud presionaba en su cabeza y hombros. ¿Qué
pasa si querían encontrarla, pero no podían? Los gritos que escuchó antes de
caer volvieron a ella vívidamente. Hyouki, ella lo había dejado solo con los
enemigos. ¿Estará bien? ¿Habrá sobrevivido?
Una punzada de preocupación la hizo arrodillarse, sus
articulaciones crujieron cuando se puso de pie para mirar alrededor. A su
derecha estaba lo que parecía un claro.
Si solo camino hasta allí, no será tan peligroso.
Youko caminó hacia el claro, hasta que llegó al final
del bosque. Tras el último árbol había un campo marrón con pequeños arbustos.
Más allá del campo, después del borde de un acantilado, había un vasto mar
negro, que era raro, pues incluso con la luz de la mañana, era negro.
Llevada por un impulso que no entendía, Youko caminó
hasta el borde del acantilado. Cuando alcanzó el lugar donde la tierra
terminaba, vio que su altura era considerable: al menos era tan alto como el
techo de los grandes almacenes que había en su ciudad. La altura no le
importaba, pero el mar que se extendía bajo sus pies era inexplicablemente
raro. Era un azul tan oscuro que realmente parecía negro. Mientras pensaba en
esto, miraba la costa donde el escarpado acantilado se encontraba con el agua,
y se sorprendió al descubrir que podía ver cómo la roca continuaba hasta muy
por debajo de la superficie del mar. ¡El agua no era negra! Al contrario, era
increíblemente clara.
Ahora se daba cuenta de que no estaba mirando un mar
tan oscuro que parecía negro, sino que estaba mirando a través de metros de
agua increíblemente clara sobre algo enorme y oscuro en sus profundidades más
lejanas. Tal vez el fondo estaba tan profundo que ni la luz podía llegar a él.
Y aun así, allí abajo en esas profundidades imposibles,
creyó haber visto pequeñas luces brillando. Observó indecisa a los pequeños
brillos. Parecían pequeños granos de arena dispersos, que brillaban desde
adentro; en algunos lugares se agrupaban en colonias, brillando débilmente.
Como estrellas…
Youko se sintió mareada. Cerró los ojos por un momento,
y clavó los dedos en dos mechones de hierba que crecían en ambos lados de donde
estaba sentada. Entonces, miró nuevamente.
Era como si estuviera mirando el espacio interestelar.
Las constelaciones y galaxias que había visto en incontables fotografías se
extendían bajo sus pies.
No. No conozco este lugar.
Ese pensamiento llegó sin dificultades a su mente. Se
dio cuenta de que ya sabía que las estrellas estaban ahí desde la primera vez
que vio el extraño y oscuro mar, pero había estado evitando la idea, incapaz de
aceptar la verdad. Ahora, el saberlo la abrumaba y se sentía perdida.
Este no era el mundo que Youko conocía. Nunca había
visto un océano como este.
Todo, el bosque, el acantilado, las oscuras olas,
pertenecía a otro mundo.
No puede ser verdad.
Youko cerró los ojos y gritó:
—¡Jouyu! ¡Por favor, respóndeme!
Pero todo lo que escuchó fue el rugido de las olas. La
cosa, debía seguir ahí, no contestó.
—¡¿Te has ido?! ¡Que alguien me ayude!
¿Dónde se encontraba? ¿Qué clase de lugar era este?
¿Estaba a salvo, o en peligro? Había pasado un día entero desde que se había
levantado para ir a la escuela. Su madre tenía que estar preocupada. Y si
conocía bien a su padre, estaría furioso, pero, aun así, Youko habría dado cualquier
cosa para verlo.
—Quiero irme a casa —susurró, y lágrimas empezaron a
caer—. Quiero irme a casa.
Una vez empezó, no pudo detenerse. Abrazó sus rodillas
y hundió el rostro.
Entonces, rompió a llorar.
Youko lloró largo y tendido, hasta que sus ojos se
volvieron pesados y calientes. Finalmente, exhausta, levantó nuevamente la
cabeza. Como mínimo, tanto llorar la había ayudado a calmarse. Abrió lentamente
los ojos y observó el mar.
Realmente era como mirar un cielo lleno de estrellas.
Mirando con más cuidado, pudo ver que las galaxias en el agua giraban
lentamente.
Extraño… y hermoso.
Youko respiró lentamente. Había peores cosas que esta,
pensó. Así que se sentó ahí, observando, mientras pasaba una hora y un poco
más. Observando las estrellas en las profundidades.
Youko
se sentó mirando fijamente el mar hasta que el sol estuvo alto en el cielo.
¿Qué mundo es este? Todo sobre este lugar era raro, especialmente el viaje a
través del reflejo de la luna que la había traído hasta aquí. Le habían
enseñado, y era algo que honestamente creía, que el reflejo de la luna no era
algo que simplemente se atravesaba. Eso sería como atrapar el sol.
Y también estaba Keiki y las extrañas bestias que
comandaba. No había animales como esos en el mundo de Youko. Seguramente él y
todas esas criaturas, hasta las que venían tras ella, habían venido de este
mundo que no era el suyo. ¿Pero qué significaba todo eso?
¿Por qué Keiki me trajo aquí? ¿Qué estaba pensando?
Dijo que ella estaba en peligro, que él la protegería,
pero ¿dónde se encontraba ahora? Y la
cosa en forma de ave que los había atacado, ¿qué era y por qué deseaba destruir
a una chica ordinaria como ella? ¿Y por qué todo era como en su sueño
recurrente?
Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que no
entendía nada. Todo lo que le había pasado desde que conoció a Keiki permanecía
como un gran signo de interrogación. Sintió que la proporción de cosas
conocidas en su vida y misterios estaba patas arriba.
Youko sintió cómo nacía un apasionado resentimiento
hacia Keiki. Había aparecido sin advertencia o explicación, sólo para
arrastrarla a ese mundo temible y raro. Si no lo hubiera conocido, nunca habría
venido aquí, nunca habría tenido que matar a ningún ser vivo: monstruo o no.
Y, aun así, parecía que Keiki era
la única cosa a la que se podía aferrar en ese extraño lugar. ¿Así que dónde
estaba? ¿Algo había le había pasado? ¿Quería venir, pero algo se lo impedía? ¿O
era otra cosa?
Youko suspiró. Por muy difícil de creer que fuera,
parecía ser que los problemas solo habían empeorado.
¿Qué he hecho para merecer esto?
Nada. Al menos nada que ella pudiera recordar. Todo era
culpa de Keiki. Hasta la criatura que la había atacado probablemente lo había
hecho por Keiki. Esa voz que había escuchado en el salón de profesores, ¿no
decía que los habían seguido? Keiki había hablado sobre unos enemigos, pero
¿cómo podrían ser los enemigos de Youko? Youko no podía ver ninguna razón por
la que un monstruo la pudiera considerar una amenaza.
Recordó la afirmación de Keiki de
que Youko era su ama. Tal vez esa era la raíz de todo el problema. Si Youko era
el ama de Keiki, entonces por supuesto que los enemigos de Keiki irían tras
ella. Así que había sido forzada a usar la espada para defenderse de los
enemigos de él.
Pero ella no tenía ningún recuerdo de haberse
convertido en ama de nadie, eso sería algo que ciertamente no habría olvidado.
Tampoco podía imaginarse una razón por la que querría un sirviente o un
súbdito. Todo debe ser un malentendido de parte de Keiki. Keiki dijo que la
había estado buscando. No hay dudas de que ha estado buscando a su amo real y
simplemente había cometido un error muy serio. ¿A qué te refieres con que me
“protegerás”?
¿Dónde estás ahora? Youko dijo tranquilamente:
—Todo es tu culpa.
Las
sombras se alargaban, y finalmente Youko se levantó. Sentarse ahí quejándose,
no la estaba ayudando. Observó el acantilado en ambas direcciones, pero no
podía ver ni una grieta en su rostro de piedra. Dándose la vuelta, regresó una
vez más al bosque de pinos. Se dio cuenta de que, aunque no llevaba abrigo, no
tenía frío. El clima era evidentemente mucho más cálido que en su ciudad.
El bosque era pequeño, un poco más grande que una
arboleda. Mientras lo atravesaba, Youko notó ramas rotas en el suelo, como si
un tifón hubiera pasado y hubiera dejado un camino de destrucción a su paso.
Pasó apartando los escombros y llegó hasta un gran claro pantanoso.
Tras estudiar el lugar por un momento, se dio cuenta de
que no era un pantano, sino una serie de campos cultivados en los que la
tormenta había depositado una gran cantidad de lodo. Aquí y allá había caminos
estrechos que atravesaban el pantano. Largos retoños verdes de alguna cosecha
se podían ver a través de la tierra, pero Youko pudo ver que la mayoría habían
sido aplastados contra el lodoso suelo.
Los campos llenos de lodo se extendían hasta muy lejos,
más allá de un grupo de pequeñas casas: una aldea, aparentemente. Mucho más
allá, podía ver una escarpada cadena montañosa, difusa en la distancia.
Sus ojos rastrearon la aldea. En ninguna parte podía
ver algo parecido a un poste telefónico o a una estructura moderna. No había
líneas eléctricas, ni antenas en ningún techo. Los mismos techos estaban
cubiertos de tejas negras, y las paredes estaban hechas de algún tipo de lodo
amarillento. Pequeños árboles habían sido plantados en la cerca que rodeaba la
aldea como una muralla, pero pudo ver que la mayoría de ellos se habían caído.
Con todo eso, no era nada tan exótico como esperaba. De
hecho, los campos y el bosque se parecían mucho a aquellos en el campo cerca de
donde ella había crecido. Miró una vez más hacia la parte de las cosechas y vio
a varias personas de pie a cierta distancia del bosque. No podía identificar
sus rasgos, pero hasta donde podía ver, no había nada monstruoso en ellos. Por
la manera en que se agachaban y caminaban arrastrando los pies, parecían estar
trabajando en el campo.
Youko suspiró de alivio. La espeluznante vista del mar
lleno de estrellas la había llevado hasta sus límites, pero nada aquí parecía
ser inusual. Si ignoraba el hecho de que estas personas aparentemente no tenían
electricidad, podría haber estado mirando una aldea en cualquier lugar de
Japón.
Youko respiró profundo y decidió
llamar a los trabajadores. Normalmente, habría sido demasiado tímida para
hablar con completos desconocidos, pero este era difícilmente un día normal, y
Youko no pensaba ser capaz de sobrevivir sola en un lugar desconocido como
este.
Se preocupó por un momento sobre si entenderían su
idioma o no, pero esa preocupación desapareció rápidamente cuando consideró sus
alternativas: No quería quedarse sola en el bosque.
Para sofocar el miedo que sentía, Youko susurró los
detalles de su plan una y otra vez:
—Les explicaré lo que pasó y les preguntaré si han
visto a Keiki.
Eso era todo lo que podía hacer.
Después de buscar por un momento, encontró un camino
sobre el que podía andar y empezó a moverse en dirección a la gente del campo.
Mientras se les acercaba, se dio cuenta de que, aunque eran humanos,
ciertamente no eran japoneses.
Una de las mujeres tenía cabello castaño y había un
hombre con un feroz cabello rojo. Notó que todos se parecían mucho a Keiki.
Sus rostros y rasgos no lucían particularmente
occidentales, pero el cabello de extraños colores -que todos llevaban
extremadamente largo- los hacía parecer fuera de lugar en el campo. Las ropas
que usaban también eran peculiares: algo como kimonos, pero con un corte
diferente que los hacía parecer extranjeros. Aparte de eso, no había nada que
valiera la pena mencionar de estas personas. Estaban ocupados rompiendo los
restos de los caminos entre los campos con herramientas parecidas a palas.
Uno de los trabajadores levantó el rostro. Vio a Youko
y le dijo algo a los que le rodeaban. Entonces le gritó algo a ella, y aunque
estaba muy lejos para entender las palabras, no parecía ser un idioma
extranjero. Había unas ocho personas, y ahora paraban de trabajar mientras
observaban a Youko aproximarse. Cuando se había acercado una distancia
considerable, Youko se detuvo e hizo una reverencia. No tenía idea de qué más podía
hacer. Un hombre con cabello negro que debía tener unos treinta años se subió
ágilmente al camino por el que Youko venía.
—¿De dónde vienes? —dijo en japonés, para alivio de
Youko. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Tal vez no estaba metida en un problema
tan grande.
—Los acantilados… —empezó.
Los otros hombres y mujeres dejaron de trabajar y se
quedaron de pie observando a Youko y al hombre que se le había dirigido en
primer lugar.
—¿Los acantilados? ¿Tu lugar de origen?
Youko casi responde “Tokio”. Pero lo pensó mejor y
cerró la boca. Por un momento, estuvo tentada de decirles todo lo que había
pasado. Pero entonces se le ocurrió que, aunque lo hiciera, probablemente no le
creerían.
Mientras consideraba qué decir,
el hombre la cuestionó una vez más.
—Tus ropas son raras. Viniste del mar, ¿verdad?
Youko asintió. No era realmente la verdad, pero estaba
cerca.
Los ojos del hombre de cabello negro se abrieron como
platos.
—¡Ya veo, ya veo! Esto es una sorpresa —sonrió
irónicamente, y Youko se sintió más confundida que antes. La miró fijamente por
un momento, una mirada sospechosa, y entonces sus ojos se fijaron en su cadera
derecha.
—Eso que llevas ahí es un tesoro. ¿Cómo te lo
encontraste?
Youko se dio cuenta de que hablaba de la espada que seguía
en la vaina que colgaba de su cintura.
—Fue un regalo.
—¿De quién?
—Un hombre. Su nombre es Keiki.
El hombre se acercó a ella. Youko retrocedió un paso.
—Parece ser un poco pesada para ti. Dámela. Yo te la
sostengo.
A Youko no le gustaba la mirada en los ojos del
desconocido. Algo en su comportamiento le hacía pensar que no se ofrecía a
sostenerle la espada por amabilidad. Apretó la espada y la vaina en su pecho y
negó con la cabeza.
—No, así está bien. De hecho, me preguntaba si me
podías decir dónde me encuentro.
—Hairou. Y no creo que necesites un arma así para
preguntar dónde estás. Dámela.
Youko retrocedió otro paso.
—Me dijeron que no debía perderla.
—¡Dame la espada! —gritó el hombre. Youko se
estremeció, pero no tenía el valor de negarse por más tiempo, así que, de mala
gana, le entregó la espada. El hombre se la arrebató y le dio la vuelta en sus
manos, observando el trabajo.
—Está bien hecha. El hombre que te la dio debió haber
sido rico.
Mientras hablaban, los otros hombres y mujeres se
habían acercado al camino y se reunían alrededor de ellos. Ahora hablaban entre
ellos, observando a Youko con ojos llenos de desconfianza.
—¿Quién podrá ser? ¿Kaikyaku? —susurró uno.
—Parece ser que sí —dijo el hombre de cabello negro—.
¡Mirad esta espada!
Sonriendo, intentó desenvainar la espada, pero
aparentemente el agua la había oxidado, porque la espada no se movía ni un
centímetro. El hombre estaba decepcionado.
—Como pensé, una decoración. Era muy bonita para poder
ser usada. Pero no importa.
Riendo, el hombre aseguró la espada en su cinturón.
Entonces, dando un repentino paso hacia adelante, alcanzó y agarró los brazos
de Youko. Indiferente a sus gritos, le retorció las muñecas en la espalda y la
sostuvo.
—¡Oye! Para. ¡Me haces daño!
—Lo siento, pero sólo cumplo con mi deber. Todos los kaikyaku
deben ser llevados ante el magistrado. Es la ley —dijo, mientras sonreía—.
Ahora empieza a caminar, por allí. No te preocupes, no queremos hacerte daño.
El hombre empujó a Youko, llamando a los demás:
—Que alguien me eche una mano con esto. Nos la
llevaremos ahora.
Los brazos de Youko le dolían en el lugar donde se los
sostenían. ¿Qué le daba la autoridad de maltratarla? No tenía idea de quién era
ese magistrado, pero no tenía ningún interés en “ser llevada ante él”.
Sólo quiero estar sola, ¡quiero escapar! Una vez ese
pensamiento se formó en su mente, sintió cómo una sensación fría alcanzó sus
brazos y piernas. En un destello, sus brazos se retorcieron, soltándose
fácilmente de las manos del hombre. Por su propia cuenta, su mano le arrebató
la espada y la vaina del cinturón al hombre. Dio un salto hacia atrás.
—¡Oye!
El hombre arremetió, y alguien gritó:
—¡Cuidado con la espada!
—¿Eh? Si sólo es un ornamento. Vamos, chica, te vas
conmigo. No más trucos.
Youko negó con la cabeza.
—No.
—¿Debo forzarte? Deja de actuar como tonta y ven.
—No lo haré.
El hombre se acercó. La mano de Youko bajó y sacó la
espada de la vaina con un movimiento fluido.
—¡¿Qué?!
—Por favor, no te acerques más —Youko retrocedía.
Mientras se miraban el uno al otro, más personas salieron de las casas en la
aldea. El grupo original de trabajadores del campo se mantenía de pie,
congelado, mirándola como si fuera una víbora venenosa. Se dio la vuelta y
empezó a correr. Inmediatamente, escuchó el sonido de pasos que iban tras ella.
—¡Alejaos!
Miró sobre su hombro para ver si el hombre de cabello
negro la perseguía. Un instante después su cuerpo se detuvo en seco, se colocó
en una posición de pelea y levantó la espada. Prácticamente podía escuchar el
sonido de la sangre pasando por su rostro.
—¡No, detente! —gritó al aire.
La espada se balanceaba violentamente hacia el
desconocido, quien corría hacia ella. —¡Detente, Jouyu, no!
No podía permitir que esto pasara. La punta de la
espada cortó un arco limpio a través del aire.
—¡No cometeré un homicidio! —gritó y cerró los ojos
fuertemente. La espada se detuvo abruptamente.
Un momento después, la derribaron de un golpe. Alguien
se subió sobre ella y le arrebató la espada de las manos. Empezó a llorar, más
del alivio que del dolor.
—¡Niña endemoniada!
En los momentos que siguieron, la golpearon
violentamente, pero no sintió dolor. Eventualmente, la forzaron a arrodillarse
y dos manos fuertes le retorcieron los brazos detrás de la espalda, una vez
más.
Youko no tenía voluntad para resistirse. Su mente
estaba llena de la atemorizante posibilidad de que Jouyu pudiera revelarse
nuevamente y la llevara a hacer algo que no podría perdonarse a sí misma.
No aquí,
pensó. No contra estas personas.
—Traed a la chica y a esa espada demoníaca a la aldea.
Los llevaremos ante el magistrado.
Youko cerró fuertemente los ojos, no tenía idea de
quién hablaba. Y se dio cuenta de que tampoco le importaba.
Dos hombres empujaban a Youko, haciéndola andar a través
del estrecho camino que serpenteaba por los campos. De esa forma, salieron de
la aldea sin descansar. Entonces, después de cerca de quince minutos de viajar
de forma tan incómoda, llegaron a una pequeña ciudad rodeada de una alta
muralla. Era sólo un grupo de edificios, como los que estaban en la comunidad
más pequeña junto a los campos, pero la pared que la rodeaba debía tener cinco
metros de alto.
Se acercaron a un lado que estaba protegido por un gran
portal cuyas robustas puertas estaban abiertas hacia adentro[2]. Más
allá, ella podía ver una pared roja con algún tipo de dibujos pintados
directamente sobre la superficie, como una pintura al fresco. Frente a la pared
se encontraba una silla de madera vacía.
Al ser empujada desde atrás, Youko entró tambaleándose
a la ciudad. Sus captores la llevaron alrededor de la pared roja, y del otro
lado vio un camino que iba derecho hasta el centro de la pequeña comunidad.
La ciudad parecía extrañamente familiar y, aun así, al
mismo tiempo sabía que nunca había visto este lugar antes. Quizá la
familiaridad venía del hecho de que los edificios parecían ligeramente
occidentales. Las paredes eran de estuco blanco coronadas con techos de tejas
negras, y los árboles habían sido cuidadosamente podados: las ramas habían sido
apuntaladas aquí y allá con postes de madera. Pero el lugar era muy peculiar
por su completa falta de vida humana.
El camino blanco que salía del portal se dividía a
mitad de camino en dos más pequeños. Yoko miró en ambas direcciones, pero no
puedo ver indicios de personas en ninguna parte.
Notó que todos los edificios eran
de un piso y que estaban separados del camino central por largas paredes
blancas. Estas paredes divisorias eran tan altas como los aleros de los
edificios; ambos se separaban a intervalos regulares para permitir el acceso
hacia las casas, y a través de las aberturas ella podía ver pequeños jardines y
puertas.
Todas las casas tenían casi el mismo tamaño, y aunque
cada una era ligeramente diferente, todas eran extremadamente similares.
También parecían terriblemente desiertas.
Algunas casas tenían las ventanas abiertas con las
persianas sostenidas por lo que parecían ser postes de bambú. Sin embargo, de
alguna manera este signo de domesticidad hacía ver al lugar aún más desolado.
No había ni un perro ladrando en las calles, o cualquier sonido que se podría
esperar de una ciudad de este tamaño.
El camino principal terminaba a
unos cien metros del portal, en un gran patio frente a una casa blanca. Las
paredes y columnas estaban pintadas con colores brillantes y alegres, lo que le
pareció artificial a Youko. Sintió como si estuviera observando una obra de
teatro, no la vida real. Todo era tan brillante y real que parecía falso. Las
calles aledañas seguían unos treinta metros desde la intersección principal antes
de encontrarse con lo que Youko pensaba que era la pared exterior de la ciudad
y perderse de vista. No había nadie en las calles.
Mirando alrededor, Youko notó que ninguna casa era
particularmente más grande que las otras. De hecho, donde se encontraba -cerca
de la intersección-, podía ver el borde de todos los techos de tejas negras y
ver afuera de la pared en la parte lejana de la ciudad. Si pasaba la mirada por
todo el paisaje, podía ver por completo la pared exterior: un largo y estrecho
rectángulo.
Ahora que estaban dentro, la extraña comunidad se veía
pequeña y las calles eran tan estrechas que se sentía claustrofóbica. La
anchura total de la ciudad era un poco más que la mitad de su escuela. Para un
lugar tan pequeño, la pared exterior parecía ser innecesariamente alta. Todo
esto combinado, le dio a Youko la sensación de que estaba caminando a través de
una maqueta de plástico de una ciudad fantasma en el fondo de un acuario
gigante.
Youko fue llevada adentro del
edificio que quedaba en el patio donde la calle principal terminaba. Su
construcción le hizo recordar un lugar que una vez visitó en Chinatown, en
Yokohama. Los pilares estaban pintados de un rojo brillante y las decoraciones
eran chillonas. Todo era tan falso como todo lo demás que había visto en la
ciudad.
Dentro, un corredor largo y estrecho llevaba hasta el
centro del edificio oscuro y sin vida. Los captores de Youko hicieron una pausa
momentánea en la entrada, para discutir algo en voz baja, y después la guiaron
por el corredor hasta llegar a una pequeña habitación. La metieron y cerraron
la puerta tras ella. La naturaleza de la habitación era aparente: era una
celda.
Había baldosas de arcilla alineadas en el piso, muchas
de ellas rajadas o rotas en las esquinas. Las paredes estaban hechas de tierra
dura llena de rajas. Cerca de la parte superior de la pared exterior, había una
pequeña ventana con una reja de hierro. La única puerta también tenía una
pequeña ventana, también enrejada; a través de ella Youko podía ver a un hombre
en el pasillo.
Dentro de la celda había una silla de madera, una mesa
de madera y una plataforma abultada lo suficientemente larga para que Youko se
acostara. Aparte de eso, la habitación estaba vacía. Una sábana gruesa había
sido colocada sobre la plataforma abultada, por lo que asumió que sería una
cama.
Youko estaba llena de preguntas.
¿Dónde estaba? ¿Qué tipo de lugar era este? ¿Qué le iba a pasar? Vio al hombre
que estaba fuera, pero no parecía particularmente amigable o dispuesto a
hablar. Finalmente, se sentó en la cama. No había más nada que pudiera hacer.
Una considerable cantidad de
tiempo pasó antes de que Youko se diera cuenta de que más personas habían
entrado al edificio. Escuchó pasos acercándose a la puerta de la celda, y el
guardia cambió. Los nuevos guardias usaban armaduras de cuero azul que hicieron
pensar a Youko que eran la policía o algún tipo de guardias de la ciudad.
Contuvo la respiración y esperó lo peor, pero los hombres armados sólo la
miraron en silencio.
Después de un tiempo, una vez su ansiedad inicial había
pasado, Youko decidió que estaba feliz de que alguien estuviera afuera de su
celda. Su situación estaba lejos de ser ideal, pero sentía que había estado
sola por incontables horas, su inseguridad le había empezado a afectar. Pensó
en hablarles a los soldados, pero no podía encontrar la fuerza necesaria para
levantar la voz.
Parecía que una eternidad había pasado mientras Youko
estaba sentada en la oscura habitación. El tiempo se arrastraba tan lentamente
que quería gritar.
No fue hasta después de que el sol se pusiera y la
habitación estuviera completamente oscura que tres mujeres bajaron por el
corredor y le quitaron el seguro a la puerta. La primera en entrar fue una
anciana canosa con una pequeña linterna en una mano. Su ropa parecía una
antigua vestimenta china que Youko había visto alguna vez en una película.
Fue un alivio para Youko el ver a alguien nuevo, especialmente
alguien que no fuera un hombre de rostro tétrico. Esperó pacientemente
preguntándose qué pasaría ahora.
—Dejadnos —dijo la anciana a las otras dos mujeres que
la acompañaban. Cada una llevaba un montón de paquetes, los cuales dejaron
cuidadosamente en el piso de la celda. Entonces hicieron una reverencia y
partieron. La anciana observó mientras se marchaban y luego puso la mesa de
madera junto a la cama. Colocó la linterna sobre la mesa y un cuenco lleno de
agua al lado.
—Tu cara —dijo, moviéndose hacia el cuenco—.
Lávate.
Youko sólo asintió. Moviéndose lentamente, se restregó
el agua contra su rostro, sus manos y sus piernas. Sus manos estaban negras por
los restos de sangre y mugre, pero después de lavárselas un poco, volvían a
estar blancas.
Sólo ahora Youko notaba cuan tensa estaba. Es por el
Jouyu, pensó. Los brazos y piernas de Youko se habían movido mucho más
rápido y habían hecho más de lo que estaban acostumbrados a hacer, por esa
razón, sus músculos y articulaciones estaban pagando el precio.
Se lavó tan delicadamente como pudo, el agua fría
lastimaba sus heridas y moratones. Entonces decidió peinarse, deshizo su trenza
y se dio cuenta de algo extraordinario.
¡¿Qué es esto?!,
Youko miraba fijamente su pelo, horrorizada.
Era rojo. Ahora el pelo color marrón rojizo del que
estaba tan avergonzada, era de un rojo brillante, como si se hubiera manchado
con la sangre de las criaturas contra las que peleó. Las puntas eran de un
feroz escarlata. Y eso no era todo: Cuando deshizo su trenza, su pelo cayó
sobre sus hombros en forma de ondas.
El color era uno que nunca había visto en su vida.
Había conocido pelirrojos antes, pero esto no era ni remotamente parecido. Este
color no podía existir en la naturaleza. Era demasiado raro.
Youko tembló. Se parecía demasiado al color del pelaje
con el que había soñado esa mañana.
—¿Pasa algo? —preguntó la anciana.
Youko balbuceó todo lo que pensaba, y la anciana
escuchó cuidadosamente cada palabra.
—¿Raro? No veo nada raro. Es poco común, sí, pero es un
matiz hermoso.
Youko sacudió la cabeza y metió las manos en el
bolsillo de su uniforme. Sacó un espejo de mano. En él podía ver el pelo rojo
puro, y allí, debajo de los mechones ondulados, vio a una completa extraña.
Por un momento, Youko no entendía
qué significaba. Levantó una mano y dudosa, se tocó el rostro. La extraña en el
espejo hizo lo mismo, y sólo entonces fue que entendió que estaba mirando su
propio reflejo.
Esta no es mi cara.
Aun si ignoraba la diferencia del
cabello rojo, este no era su rostro. Si era más atractiva o fea, no era el
punto. Simplemente estaba mal. Miró fijamente, y unos ojos color verde oscuro
la miraban de vuelta.
—Esta no soy
yo —dijo Youko, un poco más alto de lo que pretendía.
La anciana frunció el ceño.
—¿Qué has dicho?
—¡Que esta no soy yo!
La
anciana tomó el espejo de las temblorosas manos de Youko. Lo levantó
casualmente, echó un vistazo en sus profundidades y luego se lo regresó a
Youko.
—No parecer haber nada malo con el espejo.
—Pero esta no es mi cara —repitió
Youko, y sintió otro impacto al darse cuenta de que hasta su voz no parecía la
misma que recordaba.
¿Qué estaba pasando? ¿Se había convertido completamente
en otra persona?
No soy un monstruo, pero aun así…
—Entonces, quizá eres tú quien tiene algo malo —dijo la
anciana con una pequeña sonrisa.
Youko la miró mal y observó nuevamente el espejo. Era
una sensación extraña. Allí, donde ella debería estar, había otra persona.
—¿Por qué?
—Si tuviera las respuestas te las daría con gusto, pero
tristemente, no las tengo. — La anciana seguía sonriendo. Tomó las manos de
Youko y con un pedazo de tela empapado en algún líquido aromático, empezó a
embadurnar las heridas en su brazo.
Observando más de cerca el rostro en el espejo, Youko
creyó ver un pequeño indicio de la Youko que conocía, aunque fue tan débil que
pudo haber sido su imaginación.
Bajó el espejo y tomó la decisión de no mirar
nuevamente. Nunca le había tenido un cariño particular a su rostro, pero sentía
que no tenía el coraje para que su mirada se encontrara con la de esa chica
desconocida. Aún no. Se dijo a sí misma que no importaba cómo fuese su rostro,
y decidió que podía seguir viviendo con el pelo rojo brillante si fingía que
había sido teñido.
—Bueno, supongo que este tipo de cosas pasan —dijo
inútilmente la anciana—. Te acostumbrarás, con el tiempo.
Quitó el cuenco de la mesa y puso un gran tazón en su
lugar. El tazón estaba lleno de sopa con algo como mochi[3] de
arroz flotando en ella.
—Come. Si esto no te llena, hay más.
Youko negó con la cabeza. No podía imaginarse comiendo.
—¿No tienes hambre?
—No quiero.
—Intenta comer, y puede que descubras que tienes más
hambre de lo que crees.
Youko sacudió la cabeza y no dijo nada. La anciana dejó
salir un suave suspiro y con un largo chorro, vertió té desde una jarra alta.
Entonces, acercó su silla a la chica.
—Así que, ¿has venido de Aquel Lugar?
Youko levantó la mirada.
—¿”Aquel Lugar”?
—Más allá del mar. Cruzando el Kyokai.
—¿El Kyokai?
—El mar bajo el acantilado. El océano oscuro y vacío.
Así que se llama Kyokai,
pensó Youko, guardando el sonido de la palabra en su cabeza para futura
referencia.
La anciana sacó una hoja de papel y la extendió sobre
la mesa. Y entonces puso una caja con algo de tinta en ella. Tomó un pincel y
lo extendió hacia Youko.
—¿Cuál es tu nombre?
Aunque sorprendida, Youko tomó el pincel y escribió su nombre:
—Youko Nakajima, ese es un nombre japonés.
¿Japonés? ¿Conoce Japón?
—Estoy en… ¿China? —preguntó Yoko. La anciana negó con
la cabeza.
—Estás en Kou. Oficialmente, el Reino de Kou, supongo.
Mientras hablaba, la mujer tomó pincel y empezó a escribir con el carácter de Kou en la parte superior:
—Bien, ahora —continuó la anciana—, estamos en la
ciudad de Hairou:
» En la prefectura de Shin:
» Que es el territorio de Rokoh, que se encuentra en la
Región Fuyo, en la provincia de Jhun. Soy una de las ancianas de Hairou
—terminó, garabateando una larga serie de caracteres antes de soltar el pincel.
La mente de Youko se tambaleaba al ver el tamaño de la
columna de nombres y subdivisiones. Sin embargo, aunque la línea de caracteres
que la mujer había dibujado tenía figuras raras aquí y allá, Youko reconoció
instantáneamente que eran caracteres chinos.
—¿Usan caracteres chi- um, caracteres aquí?
—Usamos las letras como mejor vemos. ¿Cuántos años
tienes?
—Dieciséis, así que, ¿hay caracteres para esa palabra…
Kyokai?
—Eso está escrito con los caracteres de vacío y mar —dijo la mujer, dibujando los caracteres en el papel:
El Mar del Vacío…
Ahora que lo pensaba, era un nombre muy apropiado para la expansión negra de
agua.
—¿A qué te dedicas?
—Soy una estudiante —respondió Youko, y la anciana
sonrió.
—Bueno, parece que puedes hablar y puedes leer nuestra
escritura. ¿Has traído algo aparte de esa extraña espada?
La chica metió la mano en los bolsillos y examinó sus
pertenencias: un pañuelo, una horquilla ligeramente doblada, el espejo de mano,
una pequeña libreta, una pulsera rota… y eso era todo.
Youko extendió sus exiguas pertenencias sobre la mesa.
La anciana las observó, sacudiendo la cabeza, y entonces con un suspiro tomó
los objetos y los metió en su kimono.
—¿Qué me va a pasar?
—Bueno, eso lo decidirá gente más importante que yo.
—¿He hecho algo malo? —Youko sentía que era tratada
como una criminal.
La anciana negó con la cabeza.
—No, no has hecho nada malo. Sólo que estamos obligados
a llevar a los kaikyaku ante el magistrado. Por favor, compréndenos.
—¿Kaikyaku?
—Visitantes del mar. Está escrito con los caracteres de
mar e invitado.
La anciana hizo una pausa para añadir los caracteres a la ya repleta hoja de papel:
—Así llamamos a los que vienen del Mar del Vacío. Se
dice que lejos al este hay una tierra llamada Japón. Nadie la ha visto jamás,
pero los kaikyaku vienen, así que debe estar allí —Miraba intensamente a
Youko—. Las personas que vienen de este tal Japón ocasionalmente se ven
atrapadas en un shoku y llegan aquí, como tú. Esos son los kaikyaku.
—¿Un shoku?
—Sí. Se escribe con el carácter de comer:
» Pero añades el carácter de insecto a un lado, así que… —Dibujó el nuevo carácter en el papel:
» Es como una tormenta, pero es diferente a una
tormenta. Comienza repentinamente y termina repentinamente. Y entonces aparecen
los kaikyaku —La anciana dejó ver una sonrisa de preocupación—. Casi
todos son cadáveres. Pero muertos o vivos debemos llevarlos. Nuestros líderes
decidieron lo que debía hacerse.
—¿Y qué es eso?
—Para decirte la verdad, no lo sé. Mi abuela era una
niña pequeña cuando llegó el último kaikyaku vivo. Dicen que uno murió antes de
llegar a la oficina del magistrado. Tú llegaste a la orilla sin ahogarte.
Tuviste suerte.
—Um… —empezó Youko—. ¿Qué es este lugar?
—La provincia de Jhun, como te he dicho. —La mujer
señaló el nombre de la tierra que había escrito momentos antes.
—¡No me refiero a eso! —exclamó Youko, su voz subía de
tono con exasperación—. ¡Mire, nunca había escuchado de ningún Mar del Vacío! O
de ningún reino llamado Kou. No conozco este mundo. ¡¿Dónde estoy?!
La anciana suspiró, pero no respondió.
—Quiero saber cómo ir a casa.
—No puedes.
Youko apretó los puños, no quería creer lo que
escuchaba.
—¿Qué?
—Nadie puede cruzar el Mar del Vacío. La gente puede
venir, pero no irse. Nadie que lo ha intentado lo ha logrado.
Le tomó un rato asumir las palabras.
—¿No puedo ir a casa? Eso es ridículo.
—Lo siento, pero es verdad.
—Pero, yo… —Una lágrima solitaria bajó por la mejilla
de Youko—. Tengo padres. D-debo ir a la escuela. Estuve fuera toda la noche y
no le dije a nadie que iba a venir. Estoy segura de que todos están
preocupados.
La anciana apartó la mirada, entonces se levantó y
empezó a arreglar las cosas en la mesa.
—Tendrás que acostumbrarte.
—¡Pero yo no quería venir!
—Creo que ningún kaikyaku
lo desea. Ciertamente los muertos no.
Youko no estaba escuchando.
—Dejé todo. No traje nada conmigo. ¡¿Y no puedo ir a
casa?! Yo… —Y siguió balbuceando hasta que se quedó sin palabras y entonces
empezó a sollozar fuertemente. La otra mujer vino a buscar las cosas que habían
traído, y cuando la puerta se cerró, Youko pudo escuchar el sonido de la llave
poniendo el seguro a la puerta. De nuevo estaba sola en la celda. Hasta se
llevaron la lámpara, pensó. La habían dejado en completa oscuridad. Quiero
irme a casa. Demasiado débil y adolorida para levantarse, Youko se enroscó
en la cama. Por un tiempo siguió llorando en voz alta, entonces, exhausta de
tanto llorar, se quedó dormida.
Su sueño fue profundo y no soñó nada.
—Levántate.
Youko despertó con un dolor en su hombro. Alguien la
maltrataba mientras dormía.
Sus parpados estaban pesados de tanto llorar, y cuando
finalmente los abrió, la luz le hirió los ojos. Estaba débil por la fatiga, aunque
todavía no sentía ni un poco de hambre.
Un hombre había entrado a la celda a despertarla. Ató
-no demasiado fuerte- las manos de Youko con una áspera cuerda. Entonces la
empujó hasta el corredor y la hizo caminar delante de él todo el camino hasta
el patio, donde un vehículo los esperaba.
Era un carro tirado por dos caballos. La llevaron a la
parte trasera de éste y la obligaron a entrar. Sólo cuando la sentaron
finalmente levantó la mirada y notó a todas las personas que estaban de pie por
todo el patio observándola. ¿Todas estas personas se habían escondido el día
anterior?
Inspeccionó a la multitud: Sus
rasgos eran mayormente asiáticos, pero el color de sus cabellos no era normal.
En vez de negro había cafés, rojos y amarillos, todos eran de un color tan
chillón que parecía artificial. Con tantas personas en un solo lugar, el efecto
era raro. Cada rostro, sin excepción, llevaba una expresión mezclada de
curiosidad y odio. Se sentía como un criminal que era llevado a la horca.
Abriendo sus ojos en la oscuridad matutina de su celda,
se había intentado convencer de que todas sus desgracias de los dos días
pasados no habían sido más que un largo y horrible sueño: uno que todavía
continuaba. Pero la realidad de las violentas manos que la habían cogido y la
habían empujado en frente de esta multitud hostil, destrozaron rápidamente esa
ilusión. Ni siquiera le habían dado tiempo de vestirse apropiadamente o de
lavar su cara. Su uniforme todavía olía a mar.
Un hombre subió al carro y se sentó junto a Youko. El
conductor les dio latigazos a los caballos. Aturdida, Youko vio a la ciudad
alejarse de ella. Todo en lo que podía pensar era en darse un baño. Quería
hundirse en agua caliente y profunda y limpiar cada centímetro de su cuerpo con
un jabón de dulce aroma. Entonces, podría ponerse ropa interior limpia y su
pijama e irse a dormir en su propia cama.
Cuando despertara, comería un desayuno que su madre le
haría e iría a la escuela. Saludaría a sus amigos y hablarían sobre nada en
particular. Ahora que lo pensaba, todavía le faltaba hacer la mitad de sus
deberes de química… y todavía no había devuelto varios libros a la biblioteca.
La noche anterior era el episodio final de una miniserie que había estado
viendo. Esperaba que su madre lo hubiera grabado.
“Tendrás que acostumbrarte”, había dicho la anciana.
No podía creerlo. Keiki no había dicho nada sobre no
poder regresar a casa. No podía quedarse aquí así, ¡no para siempre! Siendo
arrastrada a quién sabe dónde sin tiempo para cambiarse o lavarse la cara,
amarrada como un criminal y hacerla subir a un sucio carro. Ciertamente Youko
no era una santa, pero estaba segura de que no había hecho nada para merecer
este abuso.
Observando las puertas pasar sobre su cabeza, Youko se
rozó la mejilla contra el hombro para limpiar las lágrimas que no podía
alcanzar con sus manos atadas. El hombre junto a ella llevaba una bolsa en el
regazo y observaba fija e indiferentemente al paisaje que pasaba.
—Disculpe, ¿a dónde me llevan? —preguntó Youko
indecisa.
El hombre la observó con recelo.
—¿Puedes hablar?
—Por supuesto. ¿A dónde me llevas?
—A la oficina del magistrado. Ya lo verás.
—¿Y entonces qué me pasará? ¿Estaré en un juicio?
—Youko no podía quitarse la idea de que la estaban tratando como a algún tipo
de criminal.
—Permanecerás allí hasta que sea claro si eres un buen kaikyaku
o un mal kaikyaku —dijo el hombre, como si eso fuera lo más obvio del
mundo.
Youko sacudió la cabeza.
—¿Buen kaikyaku? ¿Mal kaikyaku?
—Sí, si eres uno bueno, entonces quienes te deben
cuidar vendrán por ti e irás a vivir a un lugar apropiado. Si eres uno malo,
serás exiliada o te ejecutarán.
Youko se estremeció. Una sensación fría recorría su
columna.
—¿Me ejecutarán?
—Los kaikyaku malos arruinan todo. Si eres un
mal presagio, tu cabeza será el precio.
—¿Un mal presagio?
El hombre
puso los ojos en blanco ante sus persistentes preguntas.
—¡Sí! A veces los kaikyaku traen guerras o
pestilencia. Cuando ese es el caso, los deben matar rápidamente o el reino
morirá.
—¿Y cómo saben si es bueno o malo?
En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa perversa.
—Una vez hayas estado aquí por un tiempo, lo sabremos.
Si cosas malas empiezan a pasar, será evidente que tu llegada es un mal
presagio. Aunque —El hombre miró temeroso a Youko—, temo decirte que es casi
seguro que eres uno de los malos.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices?
—El shoku que te trajo… ¿cuántos campos crees
que convirtió en lodo? La cosecha de Hairou está hecha ruinas.
Youko cerró los ojos. Ahora tenía sentido. Es por eso
que la trataban como un paria. Para estos aldeanos, ella llevaba la marca del
desastre y la promesa de más por venir.
Repentinamente, Youko estaba muy asustada. No quería
morir y pensó que ser ejecutada era peor que una muerte ordinaria. Si moría
aquí, en una tierra desconocida, ¿quién lloraría por ella? Dudaba que alguien
se molestaría en enviar su cadáver de vuelta a casa.
¿Cómo ha podido pasarme esto?
Youko no podía creer el giro que su vida había tomado. ¿Acaso
es el destino? Apenas el otro día -cuan vívidamente lo recordaba ahora-
había salido de su casa exactamente igual que siempre. En la escuela, el día
había empezado como cualquier otro. Debió haber terminado como cualquier otro.
¿Dónde había perdido el rumbo?
Empezó a recordar todas las opciones que había tenido
desde que empezó su extraña aventura. Quizá no debió haber hablado con los
granjeros. Quizá debió haberse quedado en el mar, sentada en ese acantilado.
Debió haber esperado a aquellos que la trajeron aquí. O quizá, el error estaba
en haber venido en primer lugar.
Aunque en realidad nunca le habían dado la opción ¿No
había dicho Keiki que la llevaría con él sin importar qué? Y con esos monstruos
tras ella, Youko había sido forzada a hacer algo.
Era como si hubiera caído en algún tipo de trampa.
Cuando se despertó en aquella aparentemente ordinaria mañana, ya había caído en
ella, y cada minuto que pasaba cerraba cada vez más los dientes de la trampa.
Para el momento en que se había dado cuenta de que algo andaba mal, ya era muy
tarde.
Debo escapar.
Era todo lo que Youko podía hacer para evitar entrar en
pánico. Si iba a salir de este desastre, probablemente sólo tendría una
oportunidad, y no podía permitirse perderla. No tenía idea de qué tipo de
castigo enfrentaría si esas personas desconocidas y sombrías la atrapaban
intentando escaparse. Esperaría por el momento preciso, así debía ser.
Youko empezó a estudiar sus alrededores, su cabeza se
movía hacia atrás y hacia adelante a un ritmo acelerado. Sentía que estaba
usando su cerebro más de lo que lo había hecho en toda su vida.
—¿Cuánto tiempo falta hasta que lleguemos al
magistrado? —preguntó después de un momento.
—Yo diría que medio día en carro.
Youko miró hacia arriba. El cielo tenía esa clase de
azul claro que aparece después de que un tifón pasa, y el sol ya estaba en lo
alto. Tenía que encontrar una manera de escapar antes del atardecer. No sabía
qué tipo de lugar sería la oficina del magistrado, pero estaba segura de que
una vez que llegara allí, sus oportunidades para escapar serían menores que las
que tenía en este carro.
—¿Qué les pasará a mis pertenencias?
El hombre miró receloso a Youko.
—Todas las pertenencias de los kaikyaku las
llevan al magistrado.
—¿La espada también?
El hombre la miró aún más receloso.
—¿Y por qué lo preguntas?
Con cuidado, Youko…
—Es muy importante para mí —Apretó las manos detrás de
su espalda—. El hombre que me capturó la primera vez parecía quererla. Tenía
miedo de que la hubiera robado.
El hombre resopló.
—Tonterías. La entregaremos como nos ordenaron.
—¿Oh? Sólo es un ornamento, no es nada de valor.
El hombre miró su cara y luego a la bolsa de tela en su
rodilla. Youko pudo ver un destello de luz dentro de la bolsa, entonces el
hombro metió la mano lentamente y sacó la espada enjoyada.
—¿Dices que es un ornamento?
—Sí.
Una ola de alivio se estrelló contra Youko al ver la
espada tan cerca, aunque no tenía forma de tomarla con sus manos atadas. El
guardia agarró la espada por la empuñadura.
Por favor, que no pueda desenvainarla.
El hombre en el campo no había sido capaz de sacarla de
la vaina. Keiki le había dicho que sólo ella podía usarla, por lo que entendió
que sólo ella podría desenvainar la espada. Pero ahora que su vida dependía de
ello, no estaba tan segura.
El brazo del
guardia se tensó. La espada no se movió un centímetro.
—Uh —el hombre gruñó disgustado—. Pensé que era real.
—Dámela —demandó Youko.
—Debo llevarla al magistrado —respondió el hombre con
una sonrisa irónica—. Y si de todas maneras vas a perder la cabeza, no la
necesitarás. De ahora en adelante, tendrás que aprender a vivir sin ella.
Youko se mordió el labio. Si tan
sólo no estuviera amarrada podría haber tomado el arma. Pensó por un momento
que Jouyu quizá ayudaría, pero cuando intentó forzar las cuerdas, las notó
fuertes y apretadas. Aunque la cosa dentro de ella tenía una habilidad
increíble, al final su fuerza seguía siendo la de una chica adolescente.
Subrepticiamente, empezó a buscar algún medio de cortar
las ataduras de sus muñecas. Entonces, repentinamente, notó un brillo dorado
entre el paisaje.
El carro había empezado su ascenso por un camino
montañoso. Allí, en la mitad del oscuro bosque de árboles tamaño uniforme,
Youko vio un tono familiar de dorado y abrió los ojos. En ese mismo momento,
sintió el frío de Jouyu surgir de debajo de su piel.
Alguien estaba en el bosque a cierta distancia del
camino: un hombre con un rostro blanco y un largo cabello dorado; llevaba una
bata de mangas largas parecida a un kimono.
Keiki.
Al mismo tiempo que la palabra se formó en su mente,
escuchó otra voz dentro de ella que no era la suya.
Taiho.
—¡Detente!
—Youko se apoyó contra el borde del carro y gritó— ¡Keiki! ¡Estoy aquí!
Con una mano aferrada al carro, el guardia la agarró
por el hombro y la empujó bruscamente contra su asiento.
—¡Siéntate!
Youko se dio la vuelta para darle la cara.
—¡Para el carro! Vi a alguien que conozco.
—Aquí no conoces a nadie, chiquilla —dijo el hombre
gruñendo.
—¡Sí conozco a alguien! Lo vi. ¡Era Keiki! ¡Por favor,
detente!
El caballo bajó la velocidad, pero cuando Youko se dio
la vuelta para mirar, el brillo dorado ya estaba muy lejos. Pero, aun así,
podía ver que él seguía allí y junto a él estaba alguien más: una figura usando
una capucha negra como algún dios de la muerte. En su dirección iban varias
bestias.
—¡Keiki! —gritó Youko, apoyándose una vez más contra el
borde.
El guardia la tiró hacia atrás aún más bruscamente que
antes. Youko perdió el equilibrio y cayó de lado sobre su asiento, y cuando
levantó nuevamente la cabeza para mirar detrás, la figura de cabello dorado se
había ido. Todavía podía ver el lugar donde había estado de pie, pero ya no
había nadie.
—¡¿Keiki?!
—¡Cállate, chiquilla! —El hombre arrastró violentamente
a Youko de vuelta a su asiento—. ¡Ahí no hay nadie! No intentes engañarme. No
soy ningún tonto.
—¡Él estaba allí!
—¡Suficiente!
Youko se encogió ante el tono de voz del hombre. Miró
hacia atrás, viendo el camino, deseando con todo su corazón que lo que había
visto no fuera sólo su vista engañándola, pero no vio nada. No había nadie
allí.
¿Por qué?
Esa voz que escuchó cuando pensó haber visto a Keiki
debió haber sido Jouyu. Y eso significa que ese sí era Keiki. Keiki y sus
bestias. Había sobrevivido.
¿Entonces por qué no me rescata?
Youko buscaba desesperadamente por todas partes
esperando ver otro indicio de la reveladora luz dorada, cuando escuchó una voz
diferente salir del bosque en la dirección en la que casualmente miraba. Esta
vez, el guardia a su lado también miró.
Era el llanto de un bebé. El hijo de alguien estaba en
el bosque llorando con todas sus fuerzas.
El guardia señaló hacia el bosque.
—¿Qué es ese sonido? —gritó al conductor del carro,
quien no había dicho una palabra desde que salieron desde la ciudad. El
conductor miró de reojo a sus dos pasajeros y tensó las riendas. Los caballos
se detuvieron.
—¡Es un niño! —exclamó el guardia, levantándose.
—No le prestes atención —dijo bruscamente el
conductor—. Si escuchas a un bebé llorar en el bosque, es mejor que mantengas
la distancia.
—Sí, p-pero… —el guardia tartamudeaba confundido.
El bebé lloraba con vigor renovado. Era un llanto
insistente y apremiante, como si el infante intentará persuadir a aquellos que
lo escuchan para que no lo dejaran. El guardia se asomó apoyándose en el carro
para buscar la fuente de la voz, y el conductor lo reprendió fuertemente.
—¡Te he dicho que lo ignores! He escuchado historias de
demonios come hombres en los bosques que lloran como bebés.
La espalda de Youko se tensó ante la palabra demonio.
Insatisfecho por la explicación, el guardia miró al
conductor y miró de vuelta al bosque. Con una expresión seria en su cara, el
conductor hizo mover a los caballos a latigazos. El carro se tambaleaba
salvajemente mientras subía el empinado camino del bosque, virando
precipitadamente a través de las sombras de los árboles de cada lado.
Por un momento, Youko pensó que el llanto era parte de
algún tipo de truco que Keiki estaba usando para salvarla, habría gritado de
alegría si Jouyu no se retorciera con tanta fuerza dentro de ella. Todo su
cuerpo estaba tensionado, listo para la acción.
Youko escuchó nuevamente al bebé, esta vez más cerca.
¡Se está acercando!
Entonces, en respuesta al llanto, escuchó otro chillido
de una dirección diferente y luego otro hasta el punto en que rodeaban por
todas partes al veloz carro.
—¡Aah! —gritó el guardia aterrorizado, su cuerpo se
tensionó mientras sus ojos se movían rápidamente, observando el bosque de un
lado a otro. Aunque el carro iba a toda velocidad, las voces se acercaban cada
vez más. Estos no eran niños. No podían serlo. El cuerpo de Youko se retorcía.
Su pulso se aceleraba. Algo crecía dentro de ella, no era Jouyu sino una oleada
de energía que llenaba sus oídos con un sonido parecido al de una marea
creciente.
—¡Quítame las cuerdas!
El guardia miró sorprendido a Youko y sacudió la
cabeza.
—¿Tienes una forma de protegernos si nos atacan?
El guardia negó nuevamente con la cabeza,
desconcertado.
—¡Entonces quítame las cuerdas! ¡Dame la espada!
Youko podía escuchar que los aullidos se acercaban cada
vez más de cada lado. El círculo se estaba cerrando. Los caballos corrían y el
carro se tambaleaba tan pronunciadamente que Youko temía que fueran lanzados al
bosque.
—¡Rápido! —gritó ella. Un instante después vio al
hombre a su lado caer de lado como si algo lo hubiera golpeado, y sintió que un
gran impacto la levantaba en el aire.
Youko dio vueltas por las sombras, por lo que pareció
una eternidad; entonces, impactó contra el suelo con una terrible fuerza.
Mientras su cabeza se aclaraba gradualmente, se dio cuenta de que el carro se
había dado la vuelta.
El guardia yacía no muy lejos de ella y se levantaba
sacudiendo su cabeza como si estuviera confundido. Sus manos seguían agarrando
fuertemente la bolsa de tela. El espeluznante aullido parecido al llanto de un
bebé se podía escuchar en el bosque directamente junto a ellos.
—¡Por favor, desátame! —rogó Youko. Escuchó a uno de
los caballos chillar del dolor, y al mirar hacia el animal pudo ver que una
cosa parecida a un gran perro había saltado a la espalda del caballo. La
criatura estaba cubierta de un pelaje negro y cuando abrió las mandíbulas, su
cara pareció dividirse en dos. El hocico de la criatura era blanco, pero
mientras Youko miraba, se teñía de rojo por la sangre. El guardia todavía de
pie y paralizado, gritó aterrorizado.
—¡No hay tiempo! ¡Quítame las cuerdas y dame la espada!
El hombre parecía incapaz de escuchar la voz de Youko.
Su rostro se retorcía por el pánico; se dio la vuelta y empezó a descender
rápidamente por el camino, todavía llevaba la bolsa en su mano.
Inmediatamente, varias bestias negras salieron del
bosque tras él. En cuestión de segundos, habían saltado sobre él y lo habían
atrapado entre sus mandíbulas. Y cuando sus patas tocaron el suelo, Youko pudo
ver al hombre de pie en la mitad, estaba agachado.
No,
pensó, no está agachado. Está “recortado”.
Había un espacio vacío donde su cabeza debía haber
estado y también faltaba uno de sus brazos. Su cuerpo resistió ahí un momento y
luego cayó, dejando salir fuentes de sangre que pintaban la tierra de rojo.
Youko escuchó al otro caballo chillar tras ella.
Insegura de qué hacer, la chica se cubrió contra el
carro. Algo le tocó el hombro, y se dio la vuelta para ver que era el conductor
del carro. El hombre se acercó a la espalda de Youko y tomó sus manos. Youko
podía ver que llevaba un cuchillo largo.
—Corre, muchacha —dijo el hombre—. Están distraídos,
puedes escabullirte.
El hombre se levantó y Youko sintió que las ataduras
alrededor de sus manos se aflojaban.
El conductor ayudó a Youko a levantarse y la empujó por
donde el primer hombre había ido, de vuelta por el camino por el que habían
llegado. Pudo ver más arriba en la colina a un grupo de monstruosos perros
agrupados como moscas sobre uno de los caballos muertos. Más abajo había otro
grupo sobre el cadáver del guardia, podía ver la cabeza del hombre en el
suelo.
Aun cuando Youko palidecía ante la escena, su cuerpo se
estaba preparando para la batalla. Se agachó y cogió algunas piedras.
¿Qué puedo hacer con esto?
En segundos, consiguió recolectar muchas piedras
pequeñas. Desagradables crujidos emergían de la masa de figuras peludas,
llegando a sus oídos al mismo tiempo que los movimientos de las piernas del
cadáver. Youko empezó a contar con los ojos a las criaturas: uno, dos… cinco,
seis perros en total.
Caminando rápidamente, Youko se acercó a la manada. Una
parte de ella se dio cuenta de que los aullidos parecidos a los de un bebé
habían cesado y habían sido reemplazados por sonidos de huesos siendo partidos
y carne desgarrándose.
Mientras se acercaba, una de las criaturas levantó su
cabeza y la vio; su nariz blanca goteaba sangre. Y entonces, como si hubiera
algún tipo de señal implícita, los otros perros levantaron las cabezas al mismo
tiempo.
¿Qué hago ahora?
Youko sintió que empezó a correr. El primer perro que
saltó hacia ella terminó con una roca en la nariz, no fue suficiente para
detenerlo, pero al menos detuvo el ataque de la bestia por un momento. Con un
gruñido enojado, la bestia se alejó.
No puedo ganar esta pelea.
La manada se dispersó, revelando una pequeña pila de
restos apenas reconocibles como el de un humano.
Moriré aquí.
Un mordisco de cualquiera de esas asquerosas mandíbulas
podría convertirla en un trozo tembloroso de carne en cuestión de segundos, una
espantosa cena que sería devorada. Los monstruos se la comerían justo como
habían hecho con el guardia. Sin embargo, aun cuando su corazón se hundía en la
desesperación, Youko seguía corriendo, alejando a los perros con piedras de
perfecta puntería. Esta vez no detendría a Jouyu. Se relajó, para no
estorbarle, y espero que esto terminara pronto. Y sin dolor.
En un punto, Youko sintió un
impacto agudo, seguido de una sensación caliente en su espalda. Al darse la
vuelta para buscar desesperadamente alguna ayuda, vio al conductor del carro
huyendo en la dirección contraria, moviendo su espada contra los arbustos
mientras se internaba en el bosque al borde del camino. Ya estaba casi dentro
de la maleza cuando algo lo agarró y tiró de él, llevándolo a donde no se le
podía ver, detrás de un árbol.
Youko se preguntó por qué el hombre había ido por ese
camino, y entonces se dio cuenta de que la había usado como carnada. El hombre
había pensado en huir hacia el bosque mientras los perros estaban ocupados
matándola, pero su plan había fallado. Youko tragó saliva. Ella sería la
siguiente.
Se le acabaron las piedras a tres pasos del destrozado
guardia. Un hocico puntiagudo arremetía hacia ella desde la derecha. Lo atrapó
con sus manos desnudas y lo alejó. Al mismo tiempo, sintió que algo la agarraba
del cuello, y se inclinó hacia adelante para evitarlo. Segundos más tarde, algo
pesado la golpeó justo debajo del omóplato y cayó de cabeza sobre los restos
del cadáver.
No podía gritar. La parte de ella que debía sentir
repugnancia estaba adormecida. En lugar de eso, saltaba y daba vueltas. No
pensó que mirar con hostilidad a los perros serviría de algo, pero para su
sorpresa cesaban su ataque y agachaban la cabeza recelosa. Rápidamente se dio
cuenta de que sólo estaban esperando una oportunidad. No esperarán por mucho
tiempo. Aun así, aunque fuera sólo eso, las rocas les habían mostrado que
ella no estaba indefensa.
Youko se puso de cuclillas y metió la mano derecha bajo
el cuerpo mutilado que estaba a su lado. La muerte del hombre pasó ante sus
ojos. ¿Qué estaba haciendo? No tenía tiempo para esto. La manada atacaría y la
batalla se acabaría en un instante.
Sus dedos tocaron algo duro.
¡La espada!
Y entonces sintió la empuñadura en su mano, como si la
espada hubiera sentido que se acercaba y hubiera saltado a su alcance. Se
sentía como si estuviera a punto de ahogarse y se aferrara al salvavidas,
intentó sacar la espada y la vaina de debajo del cadáver, pero por alguna razón
la vaina se quedó atrapada a mitad de camino y no cedía. Le habían dicho que no
debía separar la espada de su vaina, pero este era a duras penas el momento
indicado para preocuparse por el consejo de desconocidos que ahora estaban
ausentes.
Después de dudar un momento, Youko tiró de la espada.
Entonces, buscó la cuerda que unía la joya a la vaina, la cortó con la punta de
la espada y apretó la joya en su mano. Sus ojos miraron hacia arriba en el
momento exacto para ver al primer perro saltar.
Antes de estar segura de qué veía, su mano derecha se
movió y la espada pasó ante sus ojos. La boca de Youko se abrió para dejar
salir un gritó inarticulado.
Moviendo la espada a ambos lados, cortó a dos de las
bestias y entonces huyó a través de la apertura que había creado. Youko corrió
por su vida, deteniéndose sólo para matar a los perros que la perseguían de
cerca.
Youko se recostó sobre un gran tronco y se deslizó hasta que quedó sentada. Había seguido corriendo colina abajo hacia el bosque de la montaña hasta que sus pies se detuvieron aquí.
Cuando levantó su brazo para limpiarse el sudor que
caía sobre sus ojos, se dio cuenta de que la manga de su uniforme estaba
pesada. Estaba empapada en sangre.
Haciendo muecas, se quitó la camisa, dejando sólo su
delgada camiseta entre su piel y el frío aire del bosque. Con un retazo limpio
de la vestimenta empapada de sangre, limpió la espada. Entonces, sostuvo el
lado afilado ante sus ojos.
Youko recordó que en clase de historia había aprendido
que había un límite referente a cuánta gente podías cortar con la misma espada.
Aparentemente, las astillas de los huesos y el aceite de la sangre podrían,
después de un tiempo, inutilizar la espada. Pensó que su espada debería estar
muy dañada ya, pero luego de una pasada de la tela, no vio ni una sola mancha.
—Qué raro…
Era un arma extraña, y no solamente porque Youko era la
única que podía desenvainarla: una habilidad que carecía de sentido ahora que
no tenía la vaina. Cuando la sostuvo por primera vez, pensó que la espada era
muy pesada, pero para su sorpresa, ahora que no tenía la vaina, la larga espada
de metal era extremadamente ligera.
Youko envolvió la brillante espada en la ropa que se
había quitado. Metiendo el bulto bajo su brazo, respiro profundamente hasta que
sus cansados pulmones se recuperaron por completo.
Asumiendo que los perros no la habían sacado del
cadáver, la vaina seguía tirada en alguna parte.
¿Debo ir a buscarla?
Le habían dicho que jamás las separara, ¿pero eso
quería decir que la vaina era importante por alguna razón o sólo lo era la joya
que colgaba de ella?
Youko había dejado de sudar y sentía aún más el frío
del bosque, pero se negó a ponerse la camisa manchada. Ahora que estaba algo
calmada se había dado cuenta de que le dolía todo el cuerpo y de que estaba
cubierta de arañazos.
Había manchas rojas en su camiseta en los lugares donde
los colmillos habían atravesado la tela, y su falda estaba rasgada en varias
partes, revelando una gran cantidad de cortadas en sus piernas. Algunas todavía
sangraban, pero comparado con lo que le había pasado al guardia que huía,
sintió que sus heridas no eran gran cosa.
Qué extraño.
No podía imaginar cómo pudo escapar con tan pocas heridas. Recordó el momento
en que se encontraba en la sala de profesores, cuando los vidrios se rompieron
e hirieron a muchas personas, pero ella salió ilesa. Y también estuvo ese otro
momento cuando se cayó de la espalda de la bestia que la trajo a este mundo,
había salido con apenas algunos rasguños, aunque con toda seguridad había caído
desde una gran distancia.
Todo era muy peculiar, aunque quizá no tan inexplicable
como el hecho de que cuando miraba al espejo, veía a una total extraña.
Youko suspiró. Sentía cómo la tensión nerviosa de su
huida desaparecía lentamente de su cuerpo. Al tiempo que se relajaba
gradualmente, se dio cuenta de que su mano izquierda todavía seguía apretada en
forma de puño. Abrió los tensos dedos y la joya azul rodó hasta el suelo del
bosque. Recuperándola rápidamente, sintió que el dolor de su cuerpo se
desvanecía. Youko sostuvo la joya por un tiempo, hasta que se dio cuenta de que
todas las heridas habían dejado de sangrar.
—Qué raro… —Decidió que el poder de la joya era
probablemente la razón por la que le habían dicho que no perdiera la vaina.
El dolor y la fatiga que habían estado consumiéndola
habían desaparecido. No importaba lo que pasara, no perdería esta joya. Era una
gran aliada; de hecho, en este momento era su única aliada.
Desató el pañuelo de su uniforme y usó la espada para
cortarlo en tiras. Enrollando fuertemente una de las tiras, la pasó a través
del orificio en la joya donde la cuerda original había estado, y ajustó el
largo hasta que tuvo el tamaño perfecto para colgarlo en su cuello.
Se lo puso y miró alrededor. Seguía en la colina, y el
bosque a su alrededor era denso. El sol empezaba a meterse por el horizonte.
Sus rayos apuñalaban la neblina que flotaba bajo las ramas. Youko estaba segura
de que el carro se dirigía colina arriba cuando ella y sus captores fueron
atacados, pero aparte de eso no sabía en qué dirección quedaba qué cosa.
No es que importe demasiado. No tengo a dónde ir.
—¿Jouyu? —preguntó indecisa, concentrando sus
pensamientos en su nuca, pero no hubo respuesta—. Por favor, di algo.
No hubo respuesta.
—¿Qué debo hacer? ¿A dónde debo ir?
No escuchó nada. Debía seguir dentro de ella, pero,
aunque se esforzaba todo lo que podía, no podía sentirlo en ninguna parte. El
débil sonido de las hojas alrededor de sus pies hacía parecer al bosque
extremadamente silencioso.
—Estoy tan perdida que no diferencio la derecha de la
izquierda —murmuró Youko en voz alta—. Si voy a un lugar donde haya personas,
me intentarán capturar de nuevo. Si me atrapan, me matarán. Probablemente. Pero
no puedo pasarme la vida huyendo, evitando a la gente para siempre. Oh, si
solamente hubiera una puerta en alguna parte y con solo abrirla pudiera ir a
casa, pero no creo que sea tan simple, ¿no?
Sabía que tenía que hacer algo, y ese algo no era
seguir hablando sola, eso se daba por seguro. Y seguir sentada allí tampoco
estaba ayudando, ¿pero a dónde más podía ir?
El crepúsculo llegaba rápidamente al bosque. No tenía
forma de hacer una fogata o un lugar donde poder dormir. No tenía nada que
comer ni nada que beber. No podía ir a una ciudad o una aldea -era demasiado
peligroso-, pero la idea de quedarse aquí afuera, vagando sola en la oscuridad,
la aterrorizaba.
—Dime, ¿qué debo hacer? ¡Al menos dime eso! —No hubo
respuesta, como era de esperar—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué paso con Keiki y los
demás? Aquel era él, ¿no es así?
¿Por qué se escondió? ¿Por qué no me ayudó? ¡¿Por qué?! Pero todo lo que
escuchó fue a las hojas moviéndose
—¡Por favor, te lo ruego, di algo! —Una lágrima caía
por su mejilla—. Quiero irme a casa.
No podía decir que le encantara su hogar; pero
el que se le llevaran, el que le dijeran que nunca podría volver… eso era demasiado.
Youko sintió que una oleada de nostalgia pasar sobre ella. Sintió que sería
capaz de hacer cualquier cosa por irse a casa, y, una vez llegara, jamás se
iría nuevamente.
—Quiero… Quiero irme a casa —lloriqueó y luego empezó a
sollozar como una niña. Una parte de ella sabía que sentir lástima por sí misma
era una tontería. Después de todo, había escapado al peligro del día, no
iba a ser ejecutada ni a ser comida por monstruos infernales. Estaba sentada,
viva, abrazando sus rodillas y llorando.
Se preguntaba
si la libertad realmente era una cosa tan maravillosa.
Habría sido tan rápido…
Un pensamiento a medio formar apareció repentinamente
en su mente y se obligó a olvidarlo. Era algo demasiado aterrorizante para
siquiera pensarlo. Se abrazó a sí misma aún más fuerte, formando una pelota con
su propio cuerpo.
Fue entonces que escuchó la voz.
Era una voz rara y de tono alto, como la de un anciano;
y decía los pensamientos que Youko acababa de forzarse a olvidar.
—El dolor habría sido rápido, y todo habría acabado ya,
¿mmm?
Agitada, Youko miró alrededor, su mano derecha sostenía
fuertemente la empuñadura de la espada. El bosque a su alrededor se había
convertido en una sólida sabana de noche. Aun cuando esforzaba la vista, apenas
podía distinguir a los troncos más cercanos o la pared de maleza entre ellos.
Entonces vio una luz pálida a no más de dos metros de
donde ella se encontraba.
Algo la observaba desde los
arbustos, algo con un ligero brillo azul.
Youko vio lo que era y emitió un sonido de sorpresa.
Era un mono con un pelaje que brillaba como un gran
incendio azul. Asomó la cabeza entre dos arbustos y le mostró sus colmillos en
una sonrisa burlona.
La criatura se rio con un sonido agudo y estridente que
rechinó en sus oídos. Y entonces, para su sorpresa, habló:
—Si dejas que te coman, todo habrá terminado, ¿mmm?
Youko sacó la espada de sus ropas.
—¿Qué… qué eres?
El mono carcajeó aún más fuerte:
—¿Que qué soy, preguntas? Yo soy yo, ¿lo ves? ¡Chica tonta, ¿por qué
huiste así?! Has debido dejar que te engulleran, sí. Entonces te habrías
librado de este problema, ¿mmm?
Youko preparó su espada:
—Te he preguntado quién eres.
—Y yo he respondido que yo soy yo. Tu amigo ¿mmm? Sí, y
como tu amigo, pensé que debería decirte algo que te sería de ayuda.
—¿Y qué es eso?
Youko veía pocas razones por las que confiar en el
mono. Pero, aun así, no sintió ninguna tensión dentro de ella, ninguno de los
pegajosos hilos deslizándose que señalaban que Jouyu se preparaba para la
batalla. Quizá esta cosa parecida a un simio no era un enemigo, aunque no se
veía seguro confiar en él.
—No puedes ir a casa, ¿sabes?
Youko lo miró molesta.
—¿Cómo sabes eso? ¡No sabes quién soy!
—¡Sé que no puedes ir a casa! Es imposible. No hay
forma de que puedas, ni una. ¿Quieres saber otra cosa?
—En realidad no —respondió Youko, frunciendo el ceño.
—Oh, pero igual te lo diré. Te
engañaron, ¿mmm? —carcajeó el simio.
—¿Engañada? —Youko sintió que le tiraban un balde de
agua fría.
—Pequeña niña tonta. ¡Sí, engañada! ¡Traicionada!
¡Caíste en la trampa!
Youko tragó.
Una trampa.
Keiki… ¿acaso la había engañado? ¿Había sido él?
Su manó temblaba mientras apretaba la espada, pero no
podía encontrar las palabras para negar lo que el mono decía.
—¿Lo ves? Tú misma lo sospechabas. Te trajeron hasta
aquí. Directo a una trampa. Y nunca volverás. —La voz de la criatura apuñalaba
sus oídos.
—¡Cállate! ¡No te creo! —Youko blandía la espada
ciegamente. Con un sonido agudo y seco, cortó las hojas superiores del arbusto
en frente de ella. Sin Jouyu para ayudarla, ni siquiera se había acercado a la
criatura.
—Cubre tus ojos y tapate los
oídos si así lo quieres, pero eso no cambiará la verdad, ¿mmm? Es precisamente
porque mueves la espada con tanto entusiasmo por lo que estás en este problema,
chiquilla. Bájala y quizá mueras. Ahórrate todas las dificultades que vendrán.
—¡Cállate!
—Una espada tan buena, ¡deberías usarla como se debe!
¿Qué te parece cortarte el cuello, mmm? —El mono echó la cabeza para atrás y se
rio en dirección al cielo.
—¡Cállate, monstruo! —Youko se inclinó hacia adelante
una vez más, pero el simio había desaparecido. Vio su cabeza emerger desde
detrás de otro arbusto a unos pasos de allí. Llevaba una gran sonrisa.
—¿Estás segura de que quieres eso? Puede que cortarme
no sea tan buena idea, ¿mmm? Si yo me fuera, no tendrías con quien hablar.
Youko hizo un gesto de sorpresa.
—¿Acaso he hecho algo malo?
—preguntó el resplandeciente simio azul—. ¡Si todo lo que he hecho es tener la
amabilidad de charlar contigo!
Youko rechinó los dientes y cerró los ojos.
—Pobrecilla, ser arrastrada hasta tan lejos de casa.
—¿Y qué debo hacer?
—No hay mucho que puedas hacer.
—No quiero morir.
—¡Entonces vive! Ciertamente, yo no me quejaré.
—¿A dónde debo ir?
—Oh, no hay muchos lugares a los que puedas ir, ¿mmm?
Imagino que todos los lugares serán iguales. A donde vayas, serás perseguida
por las personas… o los demonios… o peor.
Youko cubrió su rostro con ambas manos. Estaba
llorando.
—Llora mientras puedas, chica. Tus lágrimas se secarán
pronto y tendrás que encontrar algo mejor que hacer, ¿mmm? —dijo el mono
sarcásticamente. Youko escuchaba los sonidos de las carcajadas alejarse y
levantó la cabeza.
—¡No, espera!
No quería admitirlo, pero la criatura estaba en lo
cierto: no quería quedarse sola. Hasta una cosa simiesca, rara, grosera e
insufriblemente maleducada era mejor que nada.
Buscó el brillo azul entre el bosque, pero no estaba en
ninguna parte. Todo lo que podía escuchar era la risa chillona de la criatura
alejándose más y más en la oscuridad. Se desvaneció lentamente hasta
desaparecer por completo, y Youko estaba sola nuevamente.
“El
dolor habría sido rápido, y todo habría acabado ya…”
Estas palabras se clavaban en el corazón de Youko como
un cuchillo. Por mucho que lo intentara, no podía olvidarse de ellas.
Sus pensamientos
vagaban y pronto se encontró fascinada por el brillo de la espada que
descansaba sobre sus rodillas. La cuchilla estaba fría y dura contra su piel.
El dolor…
Sacudió la cabeza, tratando de pensar en algo,
cualquier cosa, pero sus pensamientos estaban atrapados en un círculo; siempre
regresaban a lo que el simio había dicho. Youko se sentó y miró fijamente a la
espada. Parecía más brillante ahora. Sí, ciertamente lo era, esto era más que
su visión intentando ajustarse a la oscuridad. La espada brillaba. Los ojos de
Youko se abrieron como platos.
Primero el perfil, y luego toda la espada se volvió tan
clara como el vidrio. Levantó la espada, una chispa bajaba por la cuchilla.
Cuando la acercó, sus ojos pudieron distinguir una figura. ¡Podía ver a alguien
moviéndose en la espada!
Y entonces escuchó un sonido: el lejano sonido de agua
goteando sobre la superficie de un estanque. Gradualmente, como si las ondas en
el reflejo acuático desaparecieran, pudo distinguir la imagen en la espada.
Era una persona, una mujer, caminando en una
habitación.
El reconocimiento instantáneo
llenó los ojos de Youko de lágrimas.
Mamá…
Era su madre, y estaba en la habitación de Youko.
Ahí estaba el papel tapiz con las rayas color blanco
marfil. Ahí estaban las cortinas de pétalos de flores de Youko, sus sábanas,
sus peluches en el estante, el libro que había estado leyendo seguía sobre el
escritorio. Hasta podía leer el título: El largo invierno.
Su madre caminaba por la
habitación cogiendo varias cosas. Tomó el libro, hojeó algunas páginas, luego
se sentó en la cama y suspiró.
Mamá…
Su madre parecía delgada y cansada. Su rostro estaba
pálido.
Debe estar muerta de la preocupación. Ya habían pasado dos días desde que Youko partió.
Youko nunca había llegado tarde a cenar, mucho menos desaparecer sin decir
nada.
Su madre miró el estante junto a la cama, cogió algunos
peluches y empezó a llorar, sus hombros se movían con los sollozos ahogados.
—¡Mamá! —gritó Youko. Ver a su madre llorar así era
demasiado para ella.
En el instante en que Youko gritó, la escena
desapareció. Sus ojos se reajustaron y todo lo que pudo ver ante ella era la espada
brillando débilmente, pronto también eso se desvaneció y estaba rodeada de
completa oscuridad una vez más. El sonido de agua goteando había cesado.
¿Qué había pasado? ¿Era real lo que había visto?
Youko sostuvo la espada ante sus ojos, deseando que pasara
algo; pero nada apareció en el oscuro metal, y el familiar sonido de goteo no
regresó.
Youko sacudió la cabeza, intentaba contener las
lágrimas. Su pesadilla se había vuelto realidad, ¿ahora su hogar y su madre no
eran más que un sueño? Ver a su madre la hizo querer ir a casa aún más que
antes.
Si creía lo que el simio había
dicho, lo que la mujer había dicho -que estaba atrapada aquí para siempre-
entonces no había esperanza.
Esto no es una trampa,
se dijo a sí misma. Estaba segura de que Keiki tenía una buena razón para no
salvarla cuando pasó a su lado en el carro. No la había abandonado. Debía haber
alguna razón…
Pensándolo bien, recordó que no
había visto el rostro de la persona en el bosque. Pudo haber imaginado que era
Keiki. ¡Por supuesto, eso era! Aunque se parecía a Keiki, obviamente no
era él. Aquí había todo tipo de gente, con todo tipo de colores de pelo. Sólo
había visto ese cabello dorado y había supuesto que era él, pero no había visto
su cara.
Ahora que lo pensaba, estaba segura de que la persona
que había visto era más baja que Keiki.
No era él.
No era Keiki. Él nunca abandonaría a Youko. Y si no
podía venir por ella por alguna razón, entonces ella tendría que ir a buscarlo.
Entonces podría ir a casa.
Agarró firmemente la empuñadura de la espada y sintió
un cosquilleó en su espalda.
—¿Jouyu? —susurró.
Su cuerpo se movió por sí solo y tomó una posición de
pelea.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó con poca esperanza de
escuchar una respuesta. Más adelante escuchaba el sonido de la maleza siendo
apartada violentamente, y un aullido amenazador parecido al de un perro grande.
¿Serán los perros-demonios?, se preguntó.
Con Jouyu o sin él, no sería capaz de pelear en la
oscuridad. Necesitaba ir a un lugar con más luz, a cualquier lugar menos aquí.
Dio un paso, indecisa, y sintió como Jouyu se movía en su pierna, empujándola
hacia adelante. Agradecida por la ayuda, Youko empezó a correr. Detrás de ella,
escuchó el sonido de algo arremetiendo a través de la maleza.
Youko corrió desesperadamente a través del bosque
nocturno. Sea lo que sea lo que iba tras ella, parecía ser algo rápido y
terriblemente ágil. De hecho, estaba segura de que ya la habría alcanzado si no
hubieran estado en el bosque donde el follaje dificultaba el movimiento. Podía
escuchar a su perseguidor girar a la derecha y a la izquierda, esquivando
árboles y arbustos; en un momento, le pareció escuchar que se estrellaba contra
un gran árbol.
Entonces, en la distancia, Youko vio la tenue luz de un
claro. Corrió hacia él a toda velocidad y salió del bosque.
Se encontró a sí misma en el valle inclinado entre dos
picos. La línea de los árboles formaba una marcada frontera, y la pendiente
había sido convertida en un bancal. Después del borde del bancal, podía ver la
pendiente continuar debajo de ella, iluminada por la blanca luz de la luna.
Youko frunció el ceño, habría preferido una planicie para correr. Así que se
dio la vuelta y se preparó para confrontar a su perseguidor, mientras éste
salía del bosque con un ruido estruendoso.
La criatura gigante no era un perro-demonio, de hecho,
era más como una vaca horrible cubierta de un pelaje largo que se levantaba en
crestas erizadas cada vez que bramaba. Cuando la bestia vio a Youko, aulló como
un perro, ansioso por matar.
Youko se sintió extremadamente calmada. Su pulso seguía
acelerado y su aliento seguía atrapado en su garganta, pero su miedo por la
extraña criatura amainaba rápidamente. Se concentró en lo que Jouyu estaba
haciendo, mientras la sensación de una marea creciente inundaba su cuerpo. Una
parte de su mente hizo la indiferente observación de que pasara lo que pasara,
no quería terminar cubierta de sangre esta vez.
La luna estaba alta en el cielo, y la fría luz blanca
hacía que el metal de su espada brillara como la nieve. Y entonces, la espada
blanca se tiñó de negro, con tres golpes la gigantesca bestia había sido
derribada. Mientras se acercaba a su desparramada figura para darle el golpe
final, Youko vio muchos pares de ojos rojos brillantes reuniéndose en la
oscuridad del bosque a su lado.
Sería una larga noche.
Sin atreverse a dormir, escogiendo los caminos más
iluminados, Youko se movió a través del bosque peleando con los demonios que se
acercaban a ella a multitudes.
Quizá había algo de verdad en la idea de que los
monstruos salen de noche, pensó Youko, porque la atacaron muchas veces antes
del amanecer. Aunque tuvo tiempo de descansar entre matanza y matanza, y aunque
tenía el poder sanador de la joya para recobrar su fuerza; estaba empezado a
sentir una profunda fatiga que hacía pesados sus brazos y piernas. No había
pasado mucho tiempo cuando ya caminaba apoyada en la empuñadura, clavando la
espada en el suelo, usándola de bastón.
Los ataques se hicieron menos frecuentes a medida que el cielo se iluminaba, y se detuvieron completamente cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cimas de las montañas. Youko había encontrado un camino que parecía hecho por el hombre, pero ahora que había luz, no quería encontrarse con nadie. Así que resistió la tentación de tirarse en el suelo y dormir en el lodo junto al camino. Obligando a sus piernas y brazos sin fuerza a llevarla un poco más lejos, se arrastró lejos del camino hacia donde el bosque era más denso. Luego de una corta distancia, encontró un terreno de hierba suave en una hondonada, donde cayó e inmediatamente se durmió, abrazando la espada cerca de su cuerpo.


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