CAPÍTULO
1
Todo
estaba oscuro. La chica se encogió en la oscuridad. Desde lo alto, resonó el
eco de una gota estrellándose contra un lago en calma. Una caverna, fue lo
primero que pensó, pero ella sabía que no era una cueva. La oscuridad era
demasiado asfixiante, demasiado grande, demasiado profunda.
Un crisol de luces se veía en la distancia. Las llamas
titilaban y giraban, formando un sinfín de formas. El fuego estaba cada vez más
alto, creando largas sombras en la densa penumbra, sombras de incontables
bestias que brincaban alrededor del fuego: monos, ratas, pájaros… todo tipo de
criaturas, y ninguna como las que salen en los libros, eran demasiado grandes,
con las pieles rojas, y negras, y azules.
Giraban en un torbellino, alzando
sus cabezas y agitando sus brazos al aire. Esto le hizo pensar en un Carnaval,
donde la gente se azotaba en un fervor extático. Pero, aunque ellos bailaban y
giraban, su atención se centraba en ella, pronto transportarían el sacrifico al
altar.
Cuatro millas más allá, lejos de sus locos intentos de
golpearla como un duro viento, el monstruo, a la cabeza de la multitud, abría
su boca en un aullido de júbilo.
Ella no oía nada.
Solo el sonido de una gota rompiendo la superficie en
calma de un estanque.
No podía apartar la mirada de las
confusas sombras. Cuando ellos lleguen, pensaba, sin ninguna duda, me
matarán. Desgarrándola miembro a miembro, royéndole los huesos. Pero ella
no podía moverse. No había manera alguna de defenderse. La sangre bombeaba en
sus venas, rugiendo en sus oídos como si del mar se tratase.
En el tiempo que había pasado, la estampida estaba
mucho más cerca.
Youko despertó sobresaltada. Pestañeó intentando borrar
aquella imagen de sus ojos, respiró hondo.
—Sólo un sueño… —dijo con un suspiro.
Oyendo su propia voz quiso confirmar que estaba
despierta. Ella no se relajaría hasta que no estuviese segura.
—Sólo un sueño —repitió. Un sueño. Un sueño que la
agobiaba desde varias semanas atrás.
Youko paseó la mirada por todos los rincones de su
habitación. Las gruesas cortinas no dejaban pasar la luz. El reloj que tenía en
la cabecera de la cama le decía que ya era hora de levantarse. Debería hacerlo,
pero su cuerpo parecía haberse convertido en plomo, sus brazos y piernas
parecían haber estado sumergidos en alquitrán.
Había empezado a tener ese sueño hacía un mes. Al
principio, no veía nada más que oscuridad, y no escuchaba otra cosa que el agua
cayendo. Ella estaba de pie, quieta, y el miedo se acrecentaba, estaba
desesperada por huir, correr a cualquier parte, pero parecía estar petrificada
y no se movía.
Hacía cinco noches, había despertado gritando,
perseguida por luces rojas y sombras danzantes, y la oscuridad asfixiante
seguía inexpugnable.
Durante la tercera noche, vio la
figura de las aterrorizantes criaturas que danzaban alrededor del fuego,
provenientes del mismo infierno.
Dos días. Hacía dos días que las bestias se habían
distinguido y separado de las sombras. Ella se había levantado, inestable, y
frotó sus brazos.
Estaban tan cerca.
En un mes, habían llegado hasta allí partiendo del
horizonte. Mañana, o quizá pasado, llegarían hasta ella.
¿Qué podría hacer?
Youko meneó la cabeza.
Sólo es un sueño.
Por más que el sueño se repitiese una y otra vez
durante un mes o más, éste no era más que un sueño. Pero intentar convencerse
de eso no la tranquilizaba. Su pulso seguía acelerado, la sangre latía en sus
oídos, su respiración le quemaba en la garganta. Youko apretó su peluche como
si su vida dependiese de ello.
Se bajó de la cama, se puso el uniforme de la escuela y
bajó las escaleras. No importaba como se sintiese, haría lo que acostumbraba a
hacer. Se lavó la cara y fue a la cocina.
—Buenos días —dijo.
Su madre estaba en el fregadero, haciendo el
desayuno.
—¿Estás bien? —dijo mirando por encima del hombro. Un
gesto de preocupación cruzó su rostro.
—Te estás poniendo roja otra vez.
Por unos segundos, Youko no tenía ni idea de lo que
estaba hablando. Luego se echó el pelo hacia atrás. Normalmente se lo trenzaba
antes de bajar a la cocina, se había estado peinando la noche anterior pero no
había terminado de hacerlo.
—¿Por qué no te lo tiñes?
Youko meneó la cabeza. El pelo golpeó sus mejillas.
Para empezar, su pelo era demasiado caoba para alguien japonés y el agua y el
sol lo desteñían. Ahora el pelo le llegaba a la mitad de la espalda y en las
puntas parecía rosa.
—Quizá si te lo cuidases un poco… —presionó su madre.
Youko no respondió. Inclinó la cabeza, sus trenzas se
tambalearon haciendo que todo se oscureciese por un momento.
—Me pregunto a quién habrás salido, con ese pelo…
—gruñó su madre con un pequeño suspiro. —¿Sabes que tu profesor particular me
preguntó lo mismo? Quería saber si eras adoptada. ¡Imagínatelo! También pensó
que era una buena idea que te tiñeses.
—Teñirse el pelo va contra las normas —protestó Youko[1].
Su madre estaba demasiada ocupada con el café.
—Luego cortártelo. Al menos esto no te costará tanto
trabajo —dijo con voz de madre—. La reputación de una chica es muy importante.
No deberías llamar la atención, o dar alguna razón para que se pregunten sobre
ti. No es algo que quieres que te ocurra supongo, es lo único que digo.
Youko estudiaba la mesa de la cocina.
—Sabes cómo te miran las personas por tu pelo y tu
color de ojos. Para en la peluquería cuando vuelvas de la escuela hoy y
córtatelo. Yo te daré el dinero.
Youko gruñó, exasperada.
—¿Me has oído?
—Sí.
Youko vio las nubes grises arremolinándose al otro lado
de la ventana. Era mediados de Febrero. El viento era frío, y fuerte, y cruel.
Youko
iba a un instituto normal. A parte de que fuese privado y para chicas[2],
no había nada excepcional que decir de él.
El que asistiera a aquel instituto fue decisión de su
padre. Le había ido bien en la secundaria y por eso esperaba llegar lejos. El
orientador escolar le había recomendado un instituto mejor. Pero su padre se
mantuvo firme. El instituto estaba cerca de casa y no tenía una reputación
vergonzosa ni controvertida. Se enorgullecía de ser estricto y tradicional y
eso era más que suficiente.
Al principio, su madre no se conformaba con la calidad
del instituto. Después de todo, ella había seguido los resultados de los
exámenes de práctica de Youko. Pero pronto su padre la convenció. Y una vez su
madre y su padre estaban de acuerdo en algo, no se podía hacer nada.
Pudo haber entrado a uno mejor, aunque estuviera un
poco más lejos. Entre otras cosas, tenían uniformes mucho más bonitos. Pero no
parecía adecuado armar un escándalo sólo por el estilo de un uniforme, así que
no protestó e hizo lo que le ordenaron.
Por esa razón, ahora, en su primer año en el instituto,
poseía muy poco de lo que podría llamarse “espíritu escolar”.
—¡Buenos días! —Un alegre trío de voces saludaron a
Youko mientras entraba al salón.
Las tres chicas la saludaron con la mano desde el otro
lado de la habitación.
Una de las chicas se acercó a ella.
—Oye, Youko, ¿hiciste los deberes de matemáticas, ¿no?
¿Me los dejas?
Youko se abrió paso hasta su pupitre, cerca de la
ventana. Sacó los deberes de su bolso. Varias chicas se arremolinaron alrededor
de ella y comenzaron a copiar sus respuestas.
—Eres una estudiante tan buena, Youko. Con razón eres
la delegada de la clase.
Youko movió la cabeza tímidamente.
—¡Realmente no! ¡Odio los deberes! Entran por una oreja
y salen por la otra.
—Sí, a mí también me pasa lo mismo. En el momento en
que empiezo a pensar en eso, no entiendo nada. Es como ver cómo se seca la
pintura. Me quedo frita. Quisiera ser tan inteligente como tú.
—Seguro que ni tuviste que abrir el libro.
—No, no es verdad.
—¿Te gusta estudiar, o no?
—No seas tonta —Youko aparentó enfadarse por el
comentario—. Es mi madre, siempre está detrás de mí.
No era verdad. Su madre no era para nada estricta con
ella. Pero era mejor seguirles la corriente.
—Revisa mis deberes cada noche —Youko mintió—. No lo
soporto.
La verdad era justo lo contrario. De hecho, el que
Youko estudiara tanto molestaba a su madre. No es que no le importara que su
hija no sacara buenas notas, simplemente no era prioritario.
“Si tienes tiempo de estudiar todo el día, entonces
también tienes tiempo de hacer las tareas de la casa”. Esta era su frase favorita en ese entonces.
Y tampoco era que a Youko le importara estudiar. La verdad
del asunto era, simplemente, que la desaprobación de sus maestros la
aterrorizaba.
—¡Qué mal! Revisar tus deberes todas las noches.
—Sí. Mis padres también son así. Esperan verme
estudiando cada minuto del día. ¡Ninguna persona normal puede estudiar tanto!
—Es verdad.
Youko asintió, sólo de alivio porque ya no era el tema
de conversación.
Detrás de ella alguien susurró:
—Mira, es Sugimoto.
La mirada de todos en la habitación se posó sobre una
chica que acababa de entrar, y en el mismo momento dejaron de mirarla. Una onda
de fría indiferencia colmó el ambiente. En los últimos seis meses, ignorar a
Sugimoto se había convertido en el deporte de la gente popular de la clase.
Sugimoto los miró a todos de reojo, un cervatillo
asustado bajo las luces de un coche entonces arrastró los pies hasta donde se
encontraba Youko. Se sentó en el pupitre a su derecha.
—Buenos Días, Youko —dijo.
Habló muy educadamente. Youko
empezó a contestar, por acto reflejo, y entonces se calló su respuesta. Una
vez, no hace mucho tiempo, sin darse cuenta, le había devuelto el saludo a
Sugimoto. Después de aquello, sus compañeros de clase la trataron con desdén.
Así que no dijo nada, hizo como si Sugimoto no estuviera
ahí. Las otras chicas empezaron a reír. Sugimoto bajó la cabeza, pero no apartó
la mirada. Youko sintió cómo la miraba. Para esconder su incomodidad aparentó
que se unía a una conversación.
Puede que se sintiera mal por Sugimoto, pero si iba en
contra de los demás, la próxima vez ella sería la ignorada.
—Um… ¿Youko?
Youko pretendió no escucharla. Sabía que lo que estaba
haciendo era cruel pero no sabía qué podía hacer.
Sugimoto insistía.
—Youko —dijo.
La conversación se detuvo. Como si fueran uno solo, el
círculo de gente que estaba alrededor del escritorio de Youko centró su
atención en la chica. Youko no pudo evitar hacer lo mismo y se encontró con la
mirada de Sugimoto.
—¿Hi… hiciste los deberes de matemáticas?
La timidez de la voz de la chica causó otro ataque de
risa en el círculo de gente.
Youko luchó por encontrar la respuesta apropiada.
—Yo…sí, más o menos.
—¿Me dejas verlos, por favor?
La profesora de matemáticas siempre escogía a un
estudiante para que explicara los deberes del día anterior. Youko pensó que hoy
era el turno de Sugimoto. Miró al círculo de gente. Nadie dijo nada. Le
respondieron con la misma mirada que reservaban para Sugimoto. Youko entendió
inmediatamente que sólo estaban esperando ver de qué manera iba a rechazar la
súplica de Sugimoto.
Youko se esforzó para tragar saliva.
—Yo… todavía necesito revisar algunos errores.
Aquel rechazo indirecto no impresionó a sus
compañeros.
—Oh, Youko —dijo uno de ellos, con una voz que rezumaba
desaprobación y reproche—. Eres muy blanda.
Youko se encogió sobre sí misma.
El resto se metió en la conversación.
—Tienes que ser más directa, Youko.
—Tiene razón. Una persona en tu posición no puede dejar
lugar para la duda.
—De otra forma terminarás rodeada de idiotas que no
pueden tomar un no por respuesta.
Youko no sabía qué hacer. Le
faltaba el coraje para traicionar abiertamente sus expectativas. Al mismo
tiempo, le faltaba la indiferencia disciplinada requerida para lanzarle a la
chica el tipo de palabras que ellas querían escuchar. Finalmente respondió con
una risa nerviosa:
—Estoy segura…
—¡Es verdad! Eres demasiado amable todo el tiempo. Es
por eso que a nadie le gusta que siempre esté detrás de ti.
—Pero soy la delegada de la clase.
—Por eso es que debes ser más estricta. Después de
todo, tienes verdaderas responsabilidades. No te puedes distraer cada vez que
una molestia como esa se te acerque.
—Supongo que sí.
—Así es —Una delgada y cruel sonrisa se dibujó en los
labios de la chica—. Además, si le das tus notas a Sugimoto, las… ensuciará.
—Sí, no querrás que eso pase.
El círculo de gente se disolvió y se convirtió en otro
de júbilo despiadado. Youko se unió a las risas. Pero no antes de darse cuenta
por el rabillo del ojo de la cabeza baja de la chica, las lágrimas rodando por
sus mejillas.
También es su culpa,
se dijo a ella misma. A la gente como ella no la molestan sin ninguna razón.
Siempre hay una razón. Ellos mismos se lo buscan.
Con el infinito atardecer no había ni cielo ni tierra.
Solamente el sordo sonido de la caída del agua. Mirase donde mirase nada más
veía aquel débil resplandor carmesí, las sombras retorcidas y las extrañas
bestias galopando a su alrededor.
Ya estaban a menos de dos yardas. Su nimio tamaño le
impedía medir bien la distancia. Había un mono entre los monstruos, con la boca
entreabierta pero no se oía nada, parecía reírse escandalosamente,
resplandeciendo ligeramente entre la luz roja… Este estaba tan cerca que, con
cada salto, con cada movimiento, podía ver dibujarse en su piel sus músculos y
tendones.
Ella estaba inmóvil, ensimismada y atrapada. Por más
que intentase apartar la mirada solo podía ver la bailarina y macabra banda. El
olor a muerte inundaba el ambiente y la oprimía, asfixiándola.
Tengo que despertar.
Tenía que despertarse antes de que la alcanzasen.
Aunque se lo repetía una y otra vez no era capaz de hacerlo. Si la soledad era
lo que hacía falta, ella ya lo habría hecho.
Mientras ella estuviese allí sin ayuda, la distancia
entre ella y los monstruos se reducía a la mitad.
Tengo que despertarme.
Una frenética desesperación la poseyó. El pánico
recorrió todo su cuerpo, deslizándose sobre su piel. Tragó saliva fuertemente.
Su corazón palpitaba, el bombeo de la sangre tronaba en sus oídos.
¿Qué pasará si no puedo escapar?
En ese momento sintió una presencia sobre su cabeza, un
golpe ansioso de sangre se cernía sobre ella. Por primera vez en el sueño,
descubrió que podía moverse. Vio unas alas pardas, algo del mismo color. Un
escamoso pie terminado en una afilada y potente garra. No tenía tiempo para
considerar una escapatoria. El bramido del mar recorrió su cuerpo.
Gritó:
—¡Youko!
Ella huyó. No pensó cómo escapar. Su cuerpo solamente
cumplió su deseo. Corrió y corrió. Al poco rato, miró a su alrededor.
Y la mirada asustada de su profesora, las inquisitivas
miradas de sus compañeros.
Estaba a unos cuantos pasos de su pupitre. En clase de
inglés. Exhaló un profundo suspiro de alivio, luego se sonrojo, avergonzada.
Un latido, y las risas resonaron en la sala como un
vendaval.
Se había quedado dormida. El sueño había hecho que
tuviese insomnio. A menudo había dado cabezadas en las clases. Pero las
pesadillas nunca la habían visitado en el día a día.
Su profesora se acercó rápidamente a ella. Youko se
mordió el labio, preocupada. Normalmente no tenía problema con los profesores,
pero por alguna razón, ésta era diferente. No importaba lo modesta y sirviente
que Youko intentara ser, su profesora de inglés parecía tener algo personal
contra ella.
La profesora golpeó en el pupitre con la esquina de su
libro.
—Acepto el hecho de que alguien pestañee unas cuantas
veces en mi clase, pero esto… esto es la primera vez que me pasa, señorita
Nakajima. ¿Te traerás una almohada la próxima vez? Lamentaría mucho que
nuestros incómodos pupitres hicieran que te doliese algo.
Youko bajó la cabeza y volvió a su pupitre.
—¿Tengo que pensar que crees que las clases son para
esto? No sé si me equivoco, pero creo que los estudiantes deberían dormir en
casa. Y, si encuentras las clases tan aburridas, no hay necesidad de que lo
muestres, ¿de acuerdo?
—Lo siento.
—O quizá estuviste anoche demasiado ocupada para dormir
bien, ¿es eso?
Otra oleada de risas sacudió la clase, algunas de las
que se rieron eran sus amigas.
No oyó siquiera una sonrisa contenida de Sugimoto.
La profesora cogió la trenza de Youko.
—Tu pelo… ¿es normalmente de este color?
—Sí.
—¿De verdad? Una amiga mía también tiene el pelo rojo.
Más que tú, incluso. Me recuerdas a ella —Se sonrió—. En su último año de instituto,
terminó en un tribunal juvenil y se lo tuvo que cortar completamente. ¿Sabes en
qué se convirtió? Ains, hace tanto tiempo…
La clase reprimió otra carcajada.
—Bueno, ¿ya estás preparada para prestar atención,
señorita Nakajima?
—Si, señora
—De cualquier manera, mejor que te quedes de pie el
resto de la clase, para ayudar a que te quedes despierta. —Sorbió por la nariz,
se había divertido con la conversación, volvió tranquila a su posición en la
clase.
Youko se quedó al lado de su pupitre el resto de la
hora. Las risas de mofa no cesaron en todo el tiempo.
Le tomaron nota del incidente en la clase de inglés.
Esa tarde, fue llamada al despacho para un interrogatorio intensivo sobre su
vida personal.
El subdirector era un hombre de mediana edad completamente
surcado de arrugas.
Dijo:
—De hecho, algunos profesores creen que tienes, ejem,
actividades extraescolares.
¿Piensas que esto podría ser lo que está repercutiendo
en tu comportamiento?
—No. —Era demasiado largo explicar todo sobre sus sueños.
—Entonces estuviste levantada hasta tarde —dijo—.
¿Viendo la televisión?
—No, yo… —Youko buscó una buena excusa—. Yo… mis notas
medias, no son demasiado buenas.
El subdirector mordió el anzuelo.
—Ah, sí, entiendo. Es cierto, tus notas han bajado un
poco recientemente.
—Sí.
—Tienes que entender que estudiar hasta media noche es
contraproducente si no puedes prestar atención en clase.
—Lo siento.
—No, no, no, no quiero que te disculpes.
Desafortunadamente, señorita Nakajima, las personas sacan conclusiones
equivocadas sobre las cosas más inocentes. Ven el color de tu pelo, y, bueno,
ya sabes…
—Estaba pensando en ir a cortármelo hoy.
—¿Eh? —Afirmó, dando su consentimiento—. Es duro, lo
sé. Pero no tan desagradable como parece, solo actuamos conforme a tus
intereses.
—Sí.
Él meneó la cabeza.
—Bien, eso es todo. Puedes irte.
Youko respondió con una ligera inclinación.
—Con permiso —dijo.
Tras ella, un hombre le gritó.
—Te
encontré.
Su presencia venía acompañada de un tenue olor a
océano. El subdirector se les quedó mirando sorprendido. Cuando Youko miró
sobre su hombro, el hombre confirmó:
—Sí, eres tú.
Ella supuso que tendría alrededor de veinticinco años.
Todo lo demás en él era simplemente impresionante. Usaba una larga tela, como
una capa, sobre sus hombros. Su cabello era de un increíble dorado brillante,
que enmarcaba una cara que parecía de mármol, y que llegaba hasta sus rodillas.
Nunca lo había visto.
—¿Y tú quién eres? —preguntó el subdirector.
El desconocido lo ignoró y en vez de contestarle hizo
algo aún más increíble. Se arrodilló a los pies de Youko y bajó la cabeza.
—Aquél que se había estado buscando ha sido encontrado.
—¿Conoces a esta persona?
Youko movió la cabeza.
—No lo conozco, no lo conozco.
Mientras estaban de pie confundidos, el hombre se
levantó de un salto.
—Debemos irnos.
—¿Irnos?
—Señorita Nakajima, ¿qué es todo esto?
—¡No lo sé!
A su alrededor, un grupo de profesores y el personal de
oficina intercambiaron miradas curiosas. Youko miró suplicante e indefensa al
subdirector, quien se incorporó en toda su altura.
—Joven, está invadiendo el territorio de la escuela.
¡Debo pedirle que se vaya en este momento!
La cara del desconocido reflejaba sólo indiferencia.
Dijo fríamente, sin agresividad en su voz:
—Esto no te incumbe —Inspeccionó la habitación sin
cambiar su expresión—. No interfieras, ninguno de ustedes.
El tono imperial de su voz tuvo un efecto inmediato,
dejándolos sin palabras.
Entonces posó su mirada en la igualmente asombrada
Youko.
—Te explicaré más tarde. Debemos irnos ahora.
—¿Qué vamos…?
Una voz cercana interrumpió la pregunta.
—Taiho.
Levantó la cabeza como si alguien lo hubiera llamado
por su nombre.
—¿Qué pasa? —hablándole al aire. La preocupación
oscureció su cara.
De alguna parte y de ninguna parte la voz resonó una
vez más.
—El enemigo está a las puertas.
Una temible expresión reemplazó su impasible rostro.
Asintiendo en un gesto de comprensión, tomó a Youko de la muñeca.
—Discúlpame —dijo—, pero este lugar es peligroso.
—¿Peligroso?
—No hay tiempo para explicar. Llegarán en cualquier
momento.
Youko se alejó de él, llena de un terror que no podía articular.
—¿Quiénes llegarán? —gritó.
Estaba a punto de preguntar nuevamente cuando la voz
sin cuerpo dijo:
—Están aquí.
La ventana más cercana a Youko explotó.
Cerró los ojos, escuchó un chillido, los fragmentos de
vidrio llovían a su alrededor.
—¡¿Qué fue eso?!
Youko abrió los ojos al escuchar la voz del
subdirector. Todos en la oficina se juntaron alrededor de las ventanas. Entró
una brisa fría proveniente del ancho río que estaba detrás de la escuela. Con
la brisa, también iba el olor de la matanza y del mar.
Vidrio roto alrededor de sus pies. A pesar de ser la
más cercana a la ventana, no tenía ni un rasguño.
—¿Cómo…?
Antes de poder entender la situación, el desconocido le
habló.
—Es tal como te advertí. Algo malvado se aproxima —La
tomó de su brazo—. Sígueme.
El pánico la invadió. Youko opuso
resistencia, pero el desconocido simplemente la arrastró. Cuando se tropezó y
perdió el equilibro, pasó su brazo alrededor de los hombros de ella. El
subdirector se atravesó en su camino.
—¿Eres el responsable de esto?
El timbre de la voz del desconocido, se tornó frío y
amenazante.
—Eres irrelevante. Apártate.
—No antes de que expliques lo que pasa, amigo. ¿Qué
estás haciendo con la señorita Nakajima? ¿Esto es algo relacionado con
pandillas? —Vio a Youko con una mirada acusadora—. ¿En qué problema te has
metido?
—¡No sé de qué habla!
—¿Y él? —dijo, señalando al hombre.
Youko vio en los ojos del subdirector cómo sacaba una
conclusión aún peor: estaban en esto juntos.
—¡No lo conozco! ¡Lo juro!
Intentó soltarse, liberando su brazo. Al mismo tiempo,
desde arriba y detrás de ellos, la voz habló una vez más, esta vez más
inquieta.
—¡Taiho!
Las personas en la oficina se miraron los unos a los
otros, como tratando de identificar el origen de la voz.
El desconocido frunció el ceño, obviamente
frustrado.
—¡¿Tienes que ser tan obstinada?! —Antes de que Youko
pudiera reaccionar o responder, se arrodilló y tocó los pies de Youko,
rogando—. Su Excelencia, le prometo mi lealtad eterna —habló rápidamente, sus
ojos no se alejaban de los de ella—. Te pido que aceptes.
—¿Acepte q-qué?
—¿No aprecias tu vida? ¡Acepta!
Demasiado sorprendida para considerar coherentemente lo
que él pedía, y abrumada por la intensidad de sus palabras, Youko terminó
asintiendo.
—Acepto —dijo.
Lo que hizo luego dejó a Youko completamente muda.
En coro, un grupo de voces se levantaron,
objetando.
—¿Qué les pasa a los dos? ¿Están locos?
Petrificada, Youko observó cómo este hombre, al que
nunca había visto en su vida, se postraba ante ella, llegando a tocar sus pies
con la frente.
—¿Qué estás…? —Empezó a decir, pero la interrumpieron.
Sus sentidos flaquearon. Sintió algo que pasaba a
través de ella. Su visión se oscureció momentáneamente. Un estruendo como
el de un terremoto sacudió la habitación. El patio que se encontraba afuera de
las ventanas cayó en una turbia oscuridad.
—¡Nakajima! —gritó el subdirector, con una cara
enfurecida—. ¿Qué demonios está pasando?
Un
torrente de agua chocó contra el edificio, reventó las ventanas que quedaban y
lanzó una ola llena de fragmentos de hielo a través de la habitación. Youko se
tapó la cara con las manos. Una ráfaga de pequeños dardos aguijoneó su cabeza,
sus brazos y su cuerpo.
Sus oídos se cerraron ante toda esa violencia. No
escuchaba nada.
La sensación de ser atrapada en una tormenta de arena
se desvaneció. Abrió los ojos. El cristal relucía sobre todas las superficies.
Aquellos que se habían reunido alrededor de las ventanas, ahora estaban en
shock, en cuclillas. El subdirector estaba en el suelo a los pies de Youko.
—¿Está bien? —se sintió obligada a preguntar, hasta que
vio que el cuerpo del subdirector estaba incrustado con fragmentos brillantes.
No se encontraba bien. Los otros estaban luchando por ponerse en pie, gimiendo.
Youko estaba de pie al lado del subdirector, y aun así, no tenía ni una herida
ni corte.
El subdirector tomó el tobillo de Youko.
—¿Por qué? —gimió.
—¡Yo no hice nada!
El desconocido apartó la mano ensangrentada del
subdirector de su pierna. Él estaba ileso, como ella. Y dijo:
—Debemos irnos.
Youko ladeó la cabeza. Si se iba con él ahora mismo,
todos deducirían que estaban en esto juntos, desde el principio. Pero el miedo
de quedarse pudo más. Dejó que él la arrastrara. “El enemigo está a las
puertas”. Eso no significaba nada para ella. El miedo de permanecer ahí,
entre los heridos y ensangrentados, la asustaba mucho más.
Salieron de la oficina e inmediatamente se encontraron
cara a cara con otro profesor. Éste gritó:
—¿Qué está pasando? —Sus ojos miraban sospechosamente
al desconocido.
Antes de que Youko pudiera responder, el desconocido
señaló hacia la oficina.
—Allí hay personas heridas. Necesitan atención médica.
—Y continuó caminando, arrastrando a Youko.
El profesor les gritó algo que ella no entendió.
Youko dijo:
—¿A dónde vamos?
Sólo quería correr a su casa lo más rápido posible. En
lugar de bajar las escaleras, el desconocido subió.
—Por aquí se va al techo —jadeó Youko.
—Otras personas estarán usando las escaleras de abajo.
—Pero…
—A donde nos dirigimos, el infierno viene después. Es
mejor que no involucremos a nadie más.
¿Entonces, por qué me involucraste a mí?, quería gritarle Youko. ¿Qué enemigo? ¿De qué
hablas?, pero no tenía el coraje de levantarle la voz.
Abrió de golpe la puerta que estaba al final de las
escaleras y medio arrastró a Youko a la azotea. Tras ellos venía el sonido de
metal contra otro metal oxidado. Una sombra pasó por la puerta. Youko abrió los
ojos, viendo unas gigantescas alas, una boca abierta bajó un pico doblado y
lleno de veneno.
Un aullido parecido al de un gato
se escapó de la gigantesca boca. Cada una de las enormes alas del ave tenía en
la punta cinco garras.
Conozco a esta criatura.
Estaba de pie, petrificada como si
estuviera atada de pies y manos. Con cada horrible chillido de la criatura,
podía percibir la sed de sangre.
En mis sueños.
Un oscuro atardecer manchaba el cielo nublado. A través
de los gruesos pliegues de nubes arremolinadas, se podía ver el turbio fulgor
rojo del sol poniente.
La gran ave parecida a un águila tenía un cuerno en el
centro de su frente. Movía su cabeza y aleteaba, zarandeándolos en una ráfaga
de olor nauseabundo. Como en sus paralizantes pesadillas, Youko sólo podía
mirar. El ave elevó el vuelo desde su percha, flotó hacia arriba, batió las
alas una vez más, alistó sus alas y cayó en picada en dirección a Youko. Sus
terroríficas extremidades se dirigían a ella, las garras afiladas como una
navaja que salían de sus ásperos pies.
No tenía tiempo de prepararse. Sus ojos estaban
abiertos de par en par. Pero aun así no veía nada. Incluso cuando sintió un
golpe en sus hombros, le parecía imposible que las garras de la criatura
estuvieran rasgando su carne.
—¡Hyouki! —El nombre hizo eco a través del aire. Una
fuente color rojo brillante brotó ante sus ojos.
Mi sangre.
Pero de alguna manera no sentía nada de dolor. Cerró
los ojos. No quiero saber nada, se dijo a sí misma. Incompresiblemente,
parecía que la muerte debería ser más aterrador que esto.
—¡Aguanta!
Alguien la tomó de los hombros y la agitó. Volvió en
sí, abrió los ojos para ver al desconocido mirándola. La pared de cemento se
sentía firme contra su espalda, su hombro izquierdo contra la valla que cerraba
el perímetro del techo.
—¡Este no es momento para desmayarse!
Youko se incorporó alarmada. La colisión la había
lanzado hasta el otro lado de la azotea. Un grito atormentado de dolor se
escuchó. Extendida ante la puerta, la enorme ave aleteó, produciendo ráfagas de
viento. Sus garras estaban clavadas profundamente en el cemento mientras movía
la cabeza de atrás para adelante. No se podía liberar. Una bestia tenía las
mandíbulas cerradas en el cuello del ave, una bestia parecida a una pantera con
un pelaje color escarlata.
—Qué… ¿Qué es eso?
—Te advertí de los peligros que nos acecharían.
La alejó de la valla. Youko se encontró a sí misma
mirando fijamente a la bestia y al ave, entrelazados en un combate mortal, y
entonces miraba de vuelta al desconocido.
El desconocido dijo:
—Kaiko.
La forma de una mujer salió de la sólida superficie
sobre la que se encontraban, como alguien que se está bañando sale de una
piscina. Sólo se veía la parte superior de su cuerpo, un cuerpo forrado de
suaves plumas, brazos como delicadas alas. Sostenía una espada que se
encontraba dentro de una magnífica vaina. La empuñadura de la espada estaba
incrustada de oro, perlas y piedras preciosas.
A Youko le dio la impresión de que era más que un
ornamento frívolo. El desconocido tomó la espada y se la presentó a Youko.
—¿Qué…?
—Es tuya. Tú y sólo tú debes usarla.
—¿Yo? —Sus ojos iban de la espada a la cara del
desconocido—. ¿Por qué yo?
El desconocido presionó el arma contra las manos de
Youko, su expresión se mantenía fría.
—No tengo interés en usar la espada…
—¡Pero dijiste que me ayudarías!
—… ni talento para hacerlo.
Era más pesada de lo que parecía. ¿Cómo demonios se
supone que iba a defenderse con eso?
—¿Qué te hace pensar que yo sí? —replicó.
—¿Morirás como una oveja que se dirige al matadero?
—¡No!
—Entonces usa la espada.
Youko estaba perdida en un caos de pensamientos. No
quería morir, aquí no, así no. Pero tampoco tenía ningún interés en salir al
campo de batalla moviendo la espada sobre su cabeza. No poseía ni la fuerza ni
la habilidad para hacer algo con el arma. Las voces en su cabeza le decían que
blandiera la espada, que no lo hiciera, que sí lo hiciera, que…
Eligió la tercera opción. La tiró.
El desconocido le gritó, tanto enfadado como sorprendido:
—¡Loca!
Youko había apuntado a la cabeza del ave. La espada
cayó antes de llegar a su destino, rozando la punta de un ala y cayendo a los
pies del ave.
—¡Maldición! —Haciendo una serie de sonidos con su
lengua, el hombre gritó—. ¡Hyouki!
La pantera se desenredó de entre las garras del ave. Se
agachó, cogió la espada en su boca y trotó de vuelta hasta Youko. Se veía
claramente molesto por tener que abandonar su presa.
El desconocido tomó la espada. Le dijo a la criatura:
—Espera aquí hasta nuevas órdenes.
—Como desees —respondió inmediatamente la criatura.
—Paciencia —le dijo el desconocido.
Se dio la vuelta hacia la mujer emplumada.
—Kaiko.
La mujer hizo una reverencia.
En ese momento, el ave volaba libremente, dejando caer
grava y cemento sobre ellos. Giró en el aire. La bestia en forma de pantera
trepó tras el ave. La mujer salió del suelo, revelando unas piernas humanas
cubiertas de pluma y una larga cola, y también atacó al ave.
El desconocido dijo:
—Hankyo. Juusaku.
Igual que la mujer, las cabezas de dos bestias feroces
aparecieron en la azotea. Una parecía un gran perro, la otra un babuino.
—Juusaku, Hankyo. La dejo bajo vuestra protección.
—Como ordenes. —Hicieron una reverencia.
El desconocido asintió, le dio la espalda a Youko,
caminó hacia la valla y desapareció.
—¡Espera! —Youko lo llamó.
Sin preguntarle su opinión, el babuino la cogió y la
envolvió fuertemente en sus brazos. Ignorando sus protestas, la levantó, saltó
sobre la valla y dio un salto en el aire.
El
babuino saltó de azotea en azotea, de azotea a poste telefónico, esquivando
obstáculos, yendo de lugar en lugar con grandes zancadas, casi como si fuera
llevado por el viento. Esa agitada e incómoda forma de transportarse
eventualmente los llevó hasta las afueras de la ciudad, a la orilla del mar.
El babuino liberó a Youko sobre el rompeolas en
dirección al puerto. En el tiempo que tardó en coger aliento, el babuino
desapareció. Inspeccionando el rompeolas de arriba abajo para ver a dónde se
había ido, vio al desconocido abriéndose paso a través del gran grupo de
tetrápodos de cemento. Llevaba la espada enjoyada.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
Youko asintió. Se sentía mareada. Esto era culpa del
babuino, el resultado de la cruel locura que había alrededor de ella. Sus
rodillas cedieron. Cayó sentada y empezó a sollozar.
El desconocido apareció ante ella.
—Este no es lugar para llorar.
¿Qué está pasando?,
quería preguntarle. Pero podía ver que no estaba de humor para dar
explicaciones. Dejó de mirarlo y se sujetó las rodillas con las manos
temblorosas.
—Tengo miedo.
Su reacción fue fría y abrupta.
—Guárdate esas emociones para después. Nos están
persiguiendo mientras hablamos. No vamos a tener tiempo ni siquiera para coger
aliento.
—¿Nos están persiguiendo?
El desconocido asintió.
—No lo mataste cuando debías. Ahora no hay nada que
nosotros podamos hacer.
Hyouki y los otros lo entretendrán, pero me temo que
eso no será suficiente.
—¿Te refieres al pájaro? ¿Qué era eso?
—Te refieres al kochou.
—¿Qué es un kochou?
El desconocido respondió con una expresión de odio:
—Es uno de ellos.
El vacío de la explicación hizo que Youko se encogiera
por dentro.
—¿Y quién eres tú? ¿Por qué me estás ayudando?
—Mi nombre es Keiki.
No dijo más nada. Youko suspiró para ella misma. Había
escuchado claramente cómo los demás le llamaban Taiho pero no estaba de
humor para preguntar más sobre ese asunto. Sólo quería huir, ir a casa. Su
mochila y su chaqueta estaban en la escuela. No quería regresar ahí, al menos
no sola. Y no es que quisiera ir a casa en este estado. Se tumbó sobre el
rompeolas, perdida en sus pensamientos.
—¿Estás lista? —preguntó Keiki.
—¿Lista para qué? —Lista para irnos.
—¿Irnos? ¿A dónde?
—Allí.
De nuevo, a cualquier sitio, a ninguna parte. A Youko
no le podía importar menos. Keiki la tomó del brazo nuevamente, por enésima
vez. ¿Por qué no explicaba sus intenciones? ¿Por qué seguía arrastrándola a
todas partes?
Youko dijo:
—Oye, espera un segundo.
—Ya has tenido suficiente tiempo. No hay más para
desperdiciar.
—¿Dónde es “allí”? ¿Cuánto tardaremos?
—Si nos vamos de una vez, un día.
—¡No puede ser!
—¿Qué quieres decir con eso?
Su tono de voz la intimidó. Había estado considerando
la idea de irse con él por pura curiosidad. Pero no lo conocía en lo más
mínimo. Y un día entero. ¡Era impensable! ¿Qué dirían sus padres cuando
llegaran a la casa y la encontraran vacía? Nunca le habían permitido viajar a
un lugar tan lejano ella sola.
—No puedo. Simplemente no puedo.
Nada de esto tenía sentido. ¿Por qué la seguía
amenazando, pidiéndola cosas imposibles? Quería llorar. Sabía que él la regañaría
si lo hacía, así que abrazó sus rodillas, cerró la boca e intentó retener
desesperadamente las lágrimas.
Una voz familiar hizo eco alrededor de ellos.
—Taiho.
Rápidamente Keiki empezó a examinar el cielo.
—¿El kochou?
—Sí.
Un escalofrío bajo por la columna de Youko. El ave
monstruosa estaba acercándose. Keiki le dijo:
—Necesito tu ayuda.
Keiki la obligó a incorporarse, y le puso la espada en
las manos.
—Si amas tu vida, entonces usa esto.
—Ya te lo dije, ¡no sé cómo hacerlo!
—Nadie más puede.
—¡Eso no cambia nada!
—Te otorgaré un Hinman —dijo—: Jouyuu.
A esa orden, la cabeza de un hombre salió de la
superficie rocosa, un pálido semblante con ojos hundidos y delineados de rojo.
Subió y se hizo claro que no tenía cuerpo debajo del cuello, a excepción de
unos apéndices gelatinosos parecidos a los de una medusa que colgaban.
Youko jadeó.
—¿Qué es eso?
La cosa salió completamente del suelo, se dio la vuelta
y se lanzó sobre ella. Youko intentó correr. Keiki la atrapó y la sostuvo. La
criatura se aferró a su cuello, frío y suave, y luego se sumergió por su
espalda. Youko gritó:
—¡Quítamelo!
Se sacudió inútilmente con sus manos.
—¡Para, para!
Keiki la mantuvo sujeta.
—Estás siendo irrazonable. Cálmate.
Quiso vomitar. Jirones como frías hebras serpenteaban
por su cuerpo, desde su columna hasta debajo de la carne de sus brazos. Lo
sentía presionando fuertemente en su nuca. Gritó aterrorizada. Se retorció para
alejarse de él y se liberó, tambaleó y cayó de rodillas, se intentó desgarrar
el cuello y los hombros en un ataque de pánico, sin tener éxito.
—¿Qué es esto? ¿Qué has hecho?
—Jouyuu te ha tomado como huésped.
—¿Huésped? —Youko pasó las manos por su cuerpo. La
sensación repugnante se había ido.
—Jouyuu es un hábil espadachín. Este conocimiento
estará a tu disposición. El kochou llegará pronto. Debes matarlo, y no
sólo a él, si piensas escapar.
—¿No sólo a él?
Así que había más persiguiéndola, igual que en el
amanecer rojo de sus sueños.
—No… puedo. Ese Jouyuu o Hinman o lo que sea, ¿dónde
está?
Keiki no respondió. Miró fijamente el cielo.
—Ya vienen.
En
el momento en que se dispuso a verlo por sí misma, tras ella, escuchó un
extraño grito. La espada estaba en su mano. Al principio no fue consciente de
esto. Se dio la vuelta en dirección al grito y vio el gran tamaño del ave
mientras volaba en círculos y caía hacia ellos.
Gritó de miedo, dándose cuenta casi inmediatamente de
que no había hacia dónde huir. El ave descendía más rápido de lo que ella podía
correr. La espada era inútil. No tenía idea de qué hacer con ella. ¿Enfrentarse
a la bestia con ella? Eso era absurdo. No había manera de protegerse.
Los grandes apéndices en forma de garra del ave eran
todo lo que podía ver. Quería cerrar los ojos, pero no podía.
Un destello de luz blanca pasó rápidamente frente a
ella, seguida por un sonido violento, duro, parecido al de dos rocas chocando
una contra la otra. Una gran garra, resplandeciendo como el filo de un hacha,
se detuvo justo frente a su cara. Youko notó el movimiento que hizo con la
espada, la cual estaba medio desenvainada y a la que sostenía frente a ella con
ambas manos.
No hubo tiempo de preguntarse cómo lo había hecho.
Su mano, por sí sola, desenvainó el resto de la espada.
En el mismo movimiento, dirigió la espada hacia los pies del ave. Un torrente
caliente y brillante de sangre roja la bañó.
Bloqueada por la sorpresa, sólo podía pensar, no soy
yo quien está haciendo esto. Sus manos y pies reaccionaron por cuenta
propia, cortando los miembros del kochou mientras revoloteaba sobre
ellos confundido.
Más sangre cayó, empapándola. El cálido líquido corrió
por su rostro y su cuello y empapó el cuello de la camisa. Se estremeció del
asco. Ella, o más bien, sus piernas, se alejaban, esquivando la erupción de
sangre.
El monstruo se elevó, se estabilizó y se lanzó en
picado hacia ella. Youko cortó sus alas. Con cada movimiento podía sentir las
frías hebras ondulando a través de ella.
Es esa cosa, el Jouyuu.
Sus alas se rasgaron, el ave chilló y se estrelló
contra el suelo. Un segundo le bastó a Youko para comprender la escena. El
Jouyuu era quien estaba haciendo esto, ella lo sabía, estaba moviendo sus
brazos y piernas como si fuera una marioneta.
La gigantesca ave se retorcía en agonía, golpeaba con
sus alas en el suelo y se arrastró con las garras hacia ella. Sin dudar ni un
momento, Youko atacó. Esquivando el ataque del ave, cortó su cuerpo. Pronto se
cubrió de una espesa sangre. Todo lo que alcanzó a notar fueron las repugnantes
repercusiones en sus manos mientras cada golpe atravesaba carne y hueso.
Hizo un sonido de disgusto, pero no fue capaz de
detenerse. Ignoró la sangre que fluía y clavó la espada en el ala del ave,
luego tiró de la espada, cercenando una buena parte del ala. Se dio la vuelta y
quedó cara a cara con la cabeza del animal, que echaba espuma por la boca y
chillaba.
—¡Por favor, detente!
La gran ave aleteó su ala herida, pero fue incapaz de
levantar su cuerpo del suelo. Youko zarandeó el ala y apuñaló al ave en el
torso. Cerró los ojos para evitar ver lo que hacía, pero sintió la suave
resistencia en sus brazos al momento en que la espada cortaba grasa y tejidos.
Sacó la espada, dio la vuelta y apuntó al cuello del ave.
La columna del animal detuvo el movimiento de la
espada. Sacó la espada del cuerpo del ave, salpicándose de carne y fluidos;
volvió a golpear y cercenó la cabeza con un corte limpio.
Sólo tras limpiar la espada con las todavía temblorosas
plumas del ave, recuperó el control de su cuerpo.
Gimió angustiada y tiró la espada tan lejos como pudo.
Youko
se puso de rodillas en el borde del rompeolas y vomitó. Sollozando, se deslizó
entre los brazos de cemento de los tetrápodos y se metió al mar. Eran mediados
de febrero. El agua estaba tan fría como para partirla en dos. Pero su único
deseo era lavarse la sucia sangre de su rostro.
Para cuando había vuelto en sí, estaba temblando tanto
que lo único que pudo hacer fue arrastrarse desde el dique hasta el rompeolas.
De vuelta en la tierra, rompió a llorar. Lloró con miedo y repulsión, lloró
hasta que su voz se quedó ronca, hasta que ya no tenía lágrimas que salieran.
—¿Estás bien? —preguntó Keiki.
—¿Que si estoy qué?
No había color en la expresión del hombre. Dijo:
—Ese no es el único. Hay más en camino.
—¿Y? —Su cuerpo estaba entumecido. La amenaza no
produjo nada en ella.
Mirando la cara del hombre, sintió que ya no le temía.
—Son fuertes, son implacables. Si te voy a proteger,
debes venir conmigo.
—Olvídalo.
—Estás actuando como una tonta.
—Quiero ir a casa.
—Tu casa tampoco es segura.
—No me importa. Tengo frío. Me voy a mi casa. Esos
monstruos son todos tuyos. Te los regalo —Youko lo miró enfurecida—. ¡Y saca
ese Jouyuu de mí!
—Todavía lo necesitas.
—Yo no lo necesito. Me voy a casa.
—¡Mujer estúpida! —explotó con
una ira que hizo a los ojos de Youko abrirse sorprendidos—. ¿Acaso le das la
bienvenida a la muerte? No lo entiendo. ¡Si no quieres morir, entonces debes
venir conmigo!
—¡Cierra la boca! —Youko le gritó— ¡Cierra la maldita
boca! —Nunca en toda su vida le había dicho algo así a otra persona. Una
sensación extraña de regocijo se apoderó de su pecho—. Haré lo que a mí
me dé la gana y no quiero ser parte de nada de esto. Me voy a casa.
—No escuchas lo que te estoy diciendo.
—Me voy a casa —apartó con un pie la espada que le
habían ofrecido— No acepto órdenes tuyas.
—¡No comprendes el peligro!
Youko respondió con una delgada sonrisa:
—Bueno, si yo no tengo problema con eso, ¿qué tiene que
ver contigo?
Él contestó con un leve sonido de disgusto:
—Tiene que ver todo conmigo.
Él asintió mientras ella pasaba. Antes de poder
reaccionar, dos brazos blancos la habían alcanzado y la tenían inmovilizada.
—¿Qué estás haciendo?
Se retorció para mirar sobre su hombro. Era la mujer
alada que le había traído la espada. Sujetó los brazos de Youko y la forzó a
sostener la espada.
—¡Suéltame!
Keiki dijo:
—Eres mi ama.
—¿Soy tu qué?
—Eres mi ama. Bajo cualquier otra
circunstancia, obedecería ciegamente cualquier otra orden que me dieras. Debes
perdonarme. Una vez tu seguridad esté asegurada, proveeré cualquier explicación
que desees. Si deseas regresar a casa, eso también procuraré cumplirlo.
—¿Cuándo demonios me convertí en tu ama?
—No hay tiempo para esas cosas —respondió con una
mirada fría—. Con mucho gusto vería a alguien como tú abdicar, pero esa no es
mi decisión. No puedo abandonarte. Lo mejor que puedo hacer es evitar que más
inocentes se vean envueltos. Si fuerza es lo que se requiere, entonces
utilizaré la fuerza. Kaiko, llévatela.
—¡Déjame ir!
—Hankyo —dijo con un gesto. La bestia de pelaje cobrizo
emergió de las sombras—. Necesitamos escapar de aquí. Este lugar está lleno de
olor a sangre.
Después de esto, apareció la enorme pantera llamada
Hyouki. Todavía sujetando los brazos de Youko, la mujer subió al lomo de la
bestia pantera y montó a Youko de espaldas en frente de ella. Keiki montó a
Hankyo.
Youko suplicó:
—Por favor, no estoy bromeando. ¡Llévame a mi casa!
¡Sácame esta cosa de mi cuerpo!
—No te molesta ¿verdad? Ahora que te ha poseído
completamente, no deberías volver a sentir su presencia.
—¡No me importa si puedo sentirlo o no! ¡Quítamelo!
Keiki se dirigió al Jouyuu:
—No te muestres. Haz como si no estuvieras.
No hubo respuesta.
Keiki asintió. Youko apenas tuvo tiempo de agarrar el
brazo de la mujer para estabilizarse antes de que la bestia se levantara sobre
sus patas y saltara.
—¡Detente! —gritó.
La bestia pantera no le hizo caso. Trepaba sin esfuerzo
en dirección al cielo, moviendo sus patas como un perro nadando a través del
aire mientras aumentaba lentamente la velocidad. Si no fuera por el suelo que
se alejaba de ellos ahí abajo, Youko podría haber creído que de hecho no se
estaban moviendo.
Como en un sueño, la bestia galopaba cada vez más lejos
de la tierra, mostrando un último vistazo de la ciudad que se encontraba
debajo, envuelta en el crepúsculo que caía.
El cielo estaba sofocado por una brillante y fría luz. A
través de la superficie de la tierra, una constelación marcaba el contorno de
la ciudad.
La bestia pantera voló sobre la bahía como si nadara a
través del aire. La velocidad de la salida la había dejado sin aliento, pero,
aun así, extrañamente no sentía el fuerte y esperado viento, y por eso no tenía
idea de la velocidad. Sabía cuán rápido debían estar yendo por el ritmo al que
desaparecía el paisaje de la ciudad.
No importaba cuanto suplicara, nadie le respondía.
Y sin manera de juzgar la velocidad de su progreso, su
miedo en cuanto a este asunto amainó, y en su lugar se dirigió a la naturaleza
incierta de su destino.
La bestia pantera se dio la vuelta en dirección al mar
abierto. Ya no podía ver a Keiki montado sobre su criatura voladora. Éste había
prometido que sería un largo viaje.
Aunado a su cansancio, una profunda sensación de
indiferencia se apoderó de ella. Se rindió, sus protestas cesaron. Y ahora que
lo pensaba, mientras cambiaba sus extremidades de posición, no estaba incomoda.
Los brazos de la mujer se sentían cálidos alrededor de su cintura.
Youko dudó, y entonces preguntó:
—¿Siguen tras nosotros? —Miró hacia atrás para ver a la
mujer.
La mujer dijo:
—Son una legión. —Aun así, lo dijo con una voz amable y
de alguna manera, tranquilizadora.
—¿Quién eres tú?
—Somos los sirvientes del Taiho. Ahora mira hacia
adelante. No estará contento si te dejo caer.
Youko se enderezó de mala gana. Todo lo que podía ver
era el cielo y el mar oscuro, la débil luz de las estrellas, la débil luz
blanca de las olas. Una alta luna de invierno.
Nada más.
—Cuida bien de la espada. No la
sueltes bajo ninguna circunstancia.
El recordatorio tocó una cuerda de miedo en Youko. Eso
solo podía significar que había más espantosas batallas por delante.
—¿El enemigo?
—Nos persigue. Pero Hyouiki es rápido. No te preocupes.
—Entonces…
—Y ten cuidado de no perder la espada ni la vaina.
—¿Ni la vaina?
—Espada y vaina son un dúo, y deben mantenerse juntos.
La joya unida a la vaina está ahí para tu protección.
Youko bajó la mirada para observar la espada en sus
brazos. Una esfera azul verdosa del tamaño de una pelota de ping-pong estaba
unida a una cuerda ornamental alrededor de la vaina.
—¿Esta?
—Sí. Sostenla y compruébalo tú misma. Debe hacer
suficiente frío para notarlo.
Youko tomó la esfera. La sensación gradualmente se
filtró a sus manos.
—Está caliente.
—Será útil para ti cuando estés herida, enferma o
cansada. La espada y la vaina son tesoros invaluables. No los pierdas.
Youko asintió. Estaba pensando en su próxima pregunta
cuando la velocidad disminuyó repentinamente.
La blanca luna brillaba como un círculo sobre el agua
oscura. La intensidad del reflejo meciéndose a través de las olas, crecía a
medida que descendían, era casi como si la misma luz de luna condujera a las
blancas crestas a su destino espumoso. Un poco más cerca y Youko podría ver la
superficie del mar agitándose y levantándose.
Youko se dio cuenta que la bestia pantera estaba a
punto de zambullirse directamente en el anillo de luz en el centro del remolino
brillante.
—¡No sé nadar!
—No te preocupes —dijo la mujer, apretando los brazos
alrededor de la cintura de Youko.
—Pero…
No tuvo tiempo de objetar.
Se hundieron en el remolino. Youko cerró los ojos, se
preparó para la fuerte colisión. Pero en vez de eso sintió… casi nada. Ni el
salpicar de las olas, ni la fría sensación del mar. Nada más que una inmersión
en la plateada luz, luz que se filtraba por las esquinas de sus ojos.
Algo como una delgada tela tocó su cara. Abrió los
ojos. Estaban situados, al parecer, en un túnel de luz. No había oscuridad, no
había viento, sólo un brillo que los envolvía de pies a cabeza, un halo de luz
de luna bajo las negras olas.
—¿Qué es esto? —se preguntó Youko en voz alta.
Había un anillo de luz bajo los pies de la bestia, e
igualmente había una sobre su cabeza. Si la luz venía desde la cabeza a los
pies o era al revés, era algo que ella no podía diferenciar. En todo caso, lo
cruzarían pronto.
Casi inmediatamente después de haber entrado en el
círculo de luz, sintió una vez más el delicado velo rozar su cara. Con un salto
salieron disparados sobre el agua. El sonido del mar regresó. Levantando la
mirada, pudo vislumbrar nuevamente la gran y oscura extensión del mar. Salieron
del círculo de la luna. Cuán lejos estaban de la superficie era algo que ella
no podía distinguir. Todo lo que podía ver eran las puntas de las olas bañadas
en luz de luna.
La superficie se agitaba en una radiante espuma, como
si fuera llevada por un feroz viento. Las olas se levantaban alrededor de ellos
formando anillos concéntricos que rompían en crestas blancas. Sobre la bestia
pantera, Youko no podía sentir nada del huracán, sólo sentía un delicado viento
lateral. Las nubes se arremolinaban arriba. La bestia se esforzó aún más y
escaló en dirección al cielo. Pronto estaban demasiado alto como para siquiera
ver la luz de luna meciéndose a través del mar sacudido por la tempestad.
—¡Hyouki! —gritó la mujer.
La inquietud de su voz hizo que Youko se diera la
vuelta para mirarla. Siguiendo la mirada de la mujer, pudo ver una multitud de
sombras negras saliendo del brillante círculo de la luna.
La única luz provenía de la luna y de su reflejo en el
mar. Se dieron prisa en entrar a la envolvente oscuridad de las nubes que se
arremolinaban.
Completamente oscuro.
No había cielo ni tierra. En ese momento, sólo el
oscuro brillo color ámbar de la luna seguía presente, una débil luz que bailaba
y cambiaba de lugar como las llamas de un rabioso incendio. Vio las incontables
sombras y sabía que venían tras ella. Las criaturas salían rápidamente de la
luna color rojo sangre, los simios y ratas y aves, las bestias de pelaje rojo,
las bestias de pelaje negro y las bestias de pelaje azul.
Youko observó sorprendida la escena ante sus ojos. Ya
la había visto antes. Lo sabía.
—¡Más rápido! —gritó—. ¡Nos alcanzarán!
La mujer la sacudió.
—Cálmate. Eso es lo que estamos haciendo.
—¡Dios, no!
La mujer presionó el cuerpo de Youko sobre el lomo de
la bestia pantera.
—Espera —dijo.
—¿Qué estás…?
—Debo intentar impedir su progreso. Agárrate fuerte, no
dejes caer la espada.
Se aseguró de que Youko había entendido sus
instrucciones, quitó el brazo que estaba alrededor de la cintura de Youko y
saltó hacia atrás, levantando el vuelo y alejándose de ellos. Por un momento,
Youko pudo ver las rayas doradas que corrían por su espalda antes de ser tragada
por la oscuridad.
Youko
no podía ver más que una envolvente penumbra. Eran golpeados por ráfagas de
viento. Se cubrió sobre la espalda de la bestia.
—¿H-Hyouki-san? —dijo.
—¿Qué pasa?
—¿Podremos escapar?
—Es difícil saberlo —respondió inescrutablemente. Luego
gritó:
—¡Cuidado! ¡Sobre ti!
Youko miró hacia arriba y alcanzó a ver un destello
rojo.
—Un gouyu. —Hyouki se dio la vuelta sin avisar.
Algo se golpeó contra su costado y cayó.
—¿Qué era eso?
Hyouki continuó, esquivando de lado y lado.
Repentinamente se detuvo.
—Saca tu espada. Es una emboscada. Nos han arrinconado.
—¿Qué quieres decir? ¿Una emboscada?
Esforzándose por ver hacia adelante, en la oscuridad,
pudo ver cómo aparecía otra luz escarlata, vio como el grupo salía saltando de la
oscuridad tras ellos.
—Oh, Dios.
El pensamiento de sacar nuevamente la espada la llenó
de una sensación de aversión. Al mismo tiempo, las frías hebras tocaron el
interior de sus piernas. Con una fuerza que hizo crujir sus articulaciones, sus
rodillas se sujetaron fuertemente a los costados de la bestia. El gusano gélido
se arrastraba por su columna. Su cuerpo se separó contra su voluntad de la
espalda de Hyouki. Sus manos se soltaron, sus brazos se prepararon para la
batalla. Desenvainó la espada y metió la vaina en el cinturón de su falda.
—¡Detente!
Extendió la espada con su mano derecha, y con la
izquierda sujetó la melena de la bestia.
—¡Por favor!
Se acercaron el uno al otro, se estrellaban el uno
contra el otro como dos tormentas colisionando. Hyouki penetraba en el grupo de
enemigos y la espada de Youko cortaba en la avalancha de sangre. No podía hacer
más que gritar y cerrar los ojos. No era sólo la matanza de seres vivos. Ni
siquiera pudo soportar ver la autopsia de una rana en la clase de biología. Su
existencia no debería demandar tanta matanza.
La espada detuvo su movimiento. Hyouki gritó:
—¡Abre tus ojos! ¡Jouyuu no te podrá defender si nos
los abres!
—¡No!
La bestia se encabritó, echó hacia atrás la cabeza, se
dobló hacia atrás. Youko mantenía los ojos fuertemente cerrados. No iba a ser
la causa de más muertes. Si cerrando sus ojos hacia que la espada dejara de
moverse, entonces eso es lo que haría.
Hyouiki viró abruptamente hacia la izquierda. Se
golpearon fuertemente, una colisión parecida a estrellarse contra una pared.
Escuchó el aullido de un perro herido.
Abrió los ojos y lo único que veía era el color negro.
Antes de poder ver lo que había pasado, Hyouki se desplomó.
Sus piernas perdieron el soporte. Caía a través del
aire.
Ante sus asustados ojos, embistió a una bestia como un
jabalí salvaje. En su brazo derecho sintió el impacto de metal cercenando
músculo y hueso, escuchó el rugido del monstruo herido, y sus propios gritos.
Y
después nada. No veía nada, no escuchaba nada, no sentía nada, no pensaba nada.
Sólo ella cayendo y cayendo a través de la infinita oscuridad.




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