CAPÍTULO
11
Taiki se sostuvo
de la mano de Seirai y caminaron más lejos por el complejo. Atravesaron dos
patios y entraron a un templo, pero lo encontraron vacío. El templo no podía
estar simplemente deshabitado. Parecía estar cuidadosamente mantenido, con
flores e incienso fresco recientemente colocados en los estantes memoriales.
Sin razón particular en mente, Taiki fijó su atención en una dirección
hacia el oeste y después se dirigió hacia el palacio norte. Cruzaron un pasillo
y entraron en otro patio, miraron a su alrededor, yendo hacia el jardín en el
palacio norte se detuvieron.
Taiki se quedó mirando la vista rural ante él. Miró a Seirai.
—¡Es una granja!
—Al parecer, lo es.
—No hay granjas en el Palacio Hakkei. ¿O solo se encuentra en el
Koukyuu?
—Normalmente, no, no creo.
—Dijeron que hubo una especie de guerra civil. Me pregunto si las
cosas fueron tan mal que decidieron sembrar dentro del Palacio.
—Es difícil de decir.
Con Taiki aferrándose a la mano de Seirai, hicieron su camino por un
sendero de tierra entre los magníficos jardines, vegetales de frondosas hojas
verdes prácticamente formaban una alfombra bajo sus pies. Rodearon la esquina
de un galpón. Aquel paisaje rural se extendía por delante de ellos. Siguiendo
los caminos limpios y ordenados, se encontraron con un cercado de pequeños
árboles dispuestos en hileras, muy parecidos a un huerto.
—Seirai —dijo Taiki, apuntando.
Por fin habían aparecido signos de vida humana. Un solo agricultor con
un par de tijeras de podar estaba trabajando debajo de un árbol con algún tipo
de fruta roja.
—Hey —llamó Taiki. Soltando la mano de Seirai y corriendo hacia el
bosquecillo de árboles brillantes—. Disculpe…
Un granjero vestido con ropa de trabajo de los campesinos se dio la
vuelta. Sus ojos enfocados en Taiki y Seirai detrás de él. Sonrió y limpió su
frente con la manga. Agregó la rama a una pequeña pila que yacía a sus pies y
levantó su rostro juvenil.
—Lo siento por entrar sin aviso. No había nadie en la puerta y no
pudimos encontrar a nadie.
Esto parecía tomar al joven un poco por sorpresa.
—¿No había nadie allí? Todos deben estar tomando una siesta.
—Odiamos interrumpir su trabajo, pero ¿cree que haya alguien que nos
podría guiar? Yo… um… vengo de Tai. Mi nombre es Taiki.
—Ah —dijo el hombre, una sonrisa en su cara—. Ya veo. Así que tú eres
Tai Taiho. Oí que eras un pequeño amiguito. Parece que los informes dieron
justo en el blanco.
—¿Y usted es?
—Mi nombre es Ou[1]. Ou
Seitaku[2].
—Este es un gran jardín.
El joven sonrió.
—¿En verdad lo crees?
—¿Cómo se llama esa fruta roja?
—Kashou[3] rojo. Mira, toma uno… —Seitaku casualmente alcanzó y arrancó una fruta roja
brillante de una rama. La sumergió en una cubeta de agua y la limpió con un
pañuelo—. Aquí tienes, Tai Taiho. Hay semillas en su interior, así que ten
cuidado.
—Seguro —Taiki lo miró—. ¿Está seguro de que esto es correcto? ¿No le
pertenece todo esto al rey?
—Yo las cultivé, así que no veo el problema.
—¿Pero el rey no se enojará contigo?
Una expresión un poco perpleja vino a la cara de Seitaku.
—Bueno, yo soy el rey, por lo que no creo que sea probable —puso la
fruta roja en la palma de Taiki.
Taiki lo miró boquiabierto.
—¿Usted es el Rey de Ren?
—Ese soy yo.
No estaba seguro de cómo proceder con esta información. Taiki miró por
encima de su hombro a Seirai. Seirai estaba plantado en su sitio, con los ojos
abiertos. Confundido, Taiki dirigió su atención hacia el sonriente Seitaku. Él
había estudiado el protocolo adecuado para aceptar una audiencia con el rey en
el Seiden. Nada de lo que había aprendido cubría situaciones como esta.
Como si no notara el desconcierto de Taiki, Seitaku recogió otro fruto
del árbol y dijo, señalando a Seirai con una mirada.
—¿Crees que este caballero quisiera una?
—Sí. Es decir, no —Seirai se tropezó.
—Ah, no es cortés de mi parte mantenerlos de pie ahí. Hay un gazebo no
lejos de aquí. Vamos allí.
Taiki asintió con la cabeza, porque no
podía pensar en cualquier otra forma de responder.





