CAPÍTULO
4
Una oleada de
comunicados se envió entre las cancillerías de Tai y Ren. Se establecieron
horarios y seleccionaron a los miembros de la misión.
Taiki fue designado jefe de la misión. Su séquito incluía a su
guardaespaldas Tansui[1] y a
su tutor Seirai. Los embajadores adjuntos fueron Sougen de la Guardia
Provincial de la Izquierda de Zui y Asen, de la Guardia del Palacio de la
Derecha. Y para asistir a esos cuatro iban un puñado de ministros menores,
siendo un total solamente de nueve -además de Taiki, Seira y Tansui-.
No eran escoltados por ningún heraldo imperial, y viajaban vestidos de
civil. Aunque iban a cumplir una misión diplomática, Taiki viajaba como un
emisario personal del Rey de Tai a petición del Rey de Ren.
El Reino de Ren era una isla en el Kyokai, separada del continente
principal hacia el sur y oeste. Era un reflejo de Tai, era el reino más
alejado. De hecho, Tai y Ren no tenían ninguna relación diplomática formal.
Hasta ese momento, no habían intercambiado embajadores ni una sola vez, la
necesidad nunca se había presentado.
El único cambio desde entonces y ahora era que Renrin personalmente
había ayudado a Taiki. Ella había sido quien había traído a Taiki a este mundo
después de que fuera arrastrado al extraño reino de Wa -su país de origen-.
—¿Qué clase de persona es Ren Taiho? —le preguntó Taiki a Seirai poco
después que salieron de Kouki.
Usaban kijuu camino a Ren, pero Taiki todavía no podía volar
uno por su cuenta. En cambio, viajaba cómodamente en un palanquín atado a las
espaldas de dos bueyes kijuu.
Seirai levantó una ceja y dijo en una voz casi asustada:
—Pensé que sería algo que sabría el Taiho.
—No la he conocido bien. Bueno, me encontré con ella, pero ella solo me
trajo aquí. Yo estaba realmente asustado en ese momento y solo recuerdo su
rostro. —Confesó con un toque de vergüenza—. Para ser sincero, pasé la mayor
parte del tiempo llorando. No entendía lo que pasaba. Y cuando no estaba
llorando, estaba durmiendo. Cuando desperté, Ren Taiho ya había regresado a Ren.
—Conque así fue como sucedió. Yo tampoco la conozco. Realmente no hay
alguien en Tai que esté familiarizado con Ren Taiho o el Rey de Ren.
—Hay solamente doce de nosotros, así que sería bueno si pudiéramos
llegar a conocernos.
Seirai sonrió ampliamente.
—Eso es cierto. Aunque debería quedar claro por qué la parte de
“conocerse” no es tan simple.
Taiki respondió con una mirada en blanco. Después de pensarlo, no
podía discrepar. Ren estaba demasiado lejos de Tai para visitar de forma
regular.
Incluso usando los kijuu voladores, dejar el territorio de Tai
les había tomado un día y una noche. Otro día y noche para cruzar el Kyokai.
Luego ajustar el rumbo hacia una ciudad portuaria en Ryuu, bordear la costa
hacia Kyou. En Han, dar la vuelta al sur y entonces otra vez cruzar el océano.
Después de dos semanas de vuelo, la costa de Ren finalmente estaba a la vista.
—Sí, lo entiendo ahora —dijo Taiki, mientras aterrizaban en Juurei[2], la
ciudad capital de Ren—. Sería difícil conocer a alguien cuando vive tan lejos.
El ir y venir no deja mucho tiempo para nada.
—Exactamente —Seirai sonreía—. Fue un viaje duro. ¿Cómo estás?
Se asentaron en un campo abierto a las afueras de Juurei. La ciudad
ante ellos había sido adornada con las decoraciones de celebración del Año
Nuevo.
—Solo pasamos medio día en el aire hoy.
—Ah, sí —Seirai suspiró con aire de decepción—. Tienes mucha más
tenacidad que yo. Un hombre viejo como yo es peso muerto.
Taiki se acercó a Seirai.
—¿Piensas que solo eres peso muerto?
—Lamentablemente, así es. Mi especialidad es agarrar a jóvenes
rufianes por el cuello y darles una buena reprimenda. —Hizo una mueca
juguetona—. Si no te diera ocasionalmente una zurra por hacer alguna broma
ocasional, mi vida estaría completamente desprovista de diversión.
Taiki bromeó.
—Tendré que esforzarme.
—Si no te importa —Seirai se echó a reír.
Dos ministros menores -que habían llegado a Juurei antes que ellos-,
surgieron desde la Puerta del Caballo adyacente a la enorme puerta principal.
Entre los cuatro ministros menores, dos se adelantaron a organizar el
alojamiento de la noche.
—¡Ah! La fiesta
de recepción ha llegado. El alojamiento de esta noche debe estar por encima de
lo habitual.

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