PRÓLOGO
El rocío de la mañana persistía sin gran convicción aquel día en Tai,
la isla situada al noreste del continente. La nieve que cubría los campos y las
colinas no había comenzado a derretirse todavía. Los capullos de las plantas y
las flores dormían bajo un manto blanco.
Las tierras al lado del Mar de Nubes no era la
excepción. Cuando la nevada no era igual que en las tierras bajas, la mayoría
de los árboles y arbustos recubrían la arboleda en un profundo sueño.
Esta era Kouki[1], la capital de Tai. El barrio más
occidental de las tierras del Palacio de Hakkei[2].
Con la forma de un caballo, el palacio tenía la
bahía en el ala. El bosque cubría la extensión del ala extendiéndose fuera de
las colinas de Jinjuu[3] Manor en el noroeste, la morada del Saiho[4] de Tai, y
Koutoku[5] Manor, donde los marqueses conducían los trabajos del gobierno
provincial.
A través de los parques estaban todavía encerradas
en una invernal desolación las extrañas piedras decorativas y las estatuas
ministeriales que tenían una gran belleza. Las hojas perennes contribuían a los
profundos colores de la frígida tierra y las flores de cerezo acercándose a la
primera floración despedida por un débil perfume.
Bajo una pérgola estaba la sombra de un niño. Se
echó contra un blanco pilar de piedra. Su cabello negro platinado yacía sobre
su encorvada espalda.
Este niño era Taiki[6], el kirin del reino de
Tai. El kirin elegía al nuevo rey, sentándolo sobre el trono, y
convirtiéndose en el Saiho. Al mismo tiempo, él reinaba como el señor provincial
de la provincia de Zui[7], hogar de la capital de Kouki.
Él tenía solamente once años.
Hace seis meses él había llevado a cabo su más
importante misión seleccionando al rey. Este niño, la piedra angular del reino
de Tai, estaba ahora solo en los jardines.
El rey no se encontraba en Kouki. Dos semanas antes
se había embarcado en un viaje a la provincia de Bun[8]. Taiki no podía dejar de
sentirse desanimado y ansioso. Su señor, Gyousou[9], Rey de Tai, se había ido allá
para suprimir un levantamiento.
Taiki nunca pudo acostumbrarse a la guerra. No solo
estaba en la naturaleza de un kirin apartar sus ojos de la violencia,
sino que el joven Taiki nunca había presenciado un conflicto similar. El
conocimiento que tenía sobre la brutalidad en el campo de batalla era puramente
teórico. Sin embargo, era donde se dirigía su señor.
Para hacer las cosas peor, poco después de que
Gyousou saliera de viaje, un horrible rumor se expandió por el palacio: “La
rebelión en la provincia de Bun era un complot para atraer al rey de su cómodo
palacio para asesinarlo”.
La provincia de Bun estaba al norte de la provincia
de Zui. Una accidentada elevada cadena montañosa separaba ambas provincias.
Gyousou no tenía opción que cruzar a través del estrecho paso de las montañas.
Según los rumores, los rebeldes hibernaban en el estrecho camino hacia la
capital de la provincia de Bun y ahí lo esperaban.
De hecho, el día anterior Gyousou fue atacado en
una emboscada sorpresa. Desaventajado por el terreno desconocido, la batalla se
volvió fea, o así fue como los informantes de Taiki le dijeron. Angustiado y
aterrado, Taiki se sintió como si una tonelada de ladrillos golpeara sobre su
pecho.
Ten cuidado. Estate seguro.
Taiki no podía hacer otra cosa que no fuera rezar.
No había nadie a quien pudiese contarle las ansiedades que ennegrecían su
corazón. Cuidando de no asustar a Taiki, los adultos que lo rodeaban no le
decían nada al respecto. Los rumores de la insurrección eran meramente chismes,
insistían en que no había nada más en que preocuparse.
Entonces, habiendo arreglado un encuentro secreto y
escuchado las malas noticias para sí, Taiki no podía compartir los secretos con
ninguno de los adultos. Él podía, pero quería estar completamente seguro de que
se equivocaba y que todo era rumores e insinuaciones.
A menos que evadiera su encuentro oficial,
eligiendo un momento en que hubiera pocas personas a su alrededor, y escapara a
un lugar que no hubiera movimiento, incluso rezar por la seguridad de su rey
era imposible. El hecho de que no esperara ser tratado de otra forma que no sea
un chico era a la vez patético y desesperante.
Él había persuadido a los shirei y los había
enviado a la provincia de Bun. Al final deseaba saber si Gyousou estaba a salvo
o no. Si la batalla se volvía crítica quería enviar toda la ayuda posible.
Era la naturaleza de un kirin benévolo odiar
el derramamiento de sangre y la guerra. Rechazando las armas o protegerse ellos
mismos a la fuerza, en cambio comandan a sus youma y los usan como sus
armas. Pero Taiki solo tenía dos shirei a su disposición.
Les ordenó a Sanshi[10] y a Gouran[11] ir.
Con eso, el habría hecho todo lo posible para
ayudar a Gyousou. Si solo tuviera más shirei. Si solo fuera un adulto y
pudiera trabajar en conjunto con otros adultos, y juntos elaborar un plan para
salvar a Gyousou.
La cruda realidad regresaba a su mente una y otra
vez, Taiki se quedó con la única opción de rezar fervorosamente en una esquina
de los jardines. Su débil personalidad lo estaba mortificando.
Ten cuidado. Estate seguro.
Había rezado más veces de lo que acostumbraba
cuando escuchó el débil sonido de las pisadas detrás de él. Se dio vuelta y lo
vio parado allí. Taiki estaba aliviado de ver que no era ni el director real ni
su guardaespaldas. Además, él era quien debería informar a Taiki sobre la grave
situación en la que estaba Gyousou.
Entonces no tenía que pretender que no había nada
de qué preocuparse.
—El señor Gyousou está bien, ¿no? —preguntó Taiki,
corriendo hacia él—. ¿Has oído algo más sobre él?
El hombre negó con la cabeza.
—Mandé a los shirei. Lo lamento.
Prometiendo francamente de hacerle llegar toda la
información que tuviese, el hombre le imploró a Taiki que no se precipitara en
enviar a los shirei a Gyousou. Pero cuando el hombre aparentemente
llegaba al final del acuerdo, Taiki no hizo como se le había pedido.
—Yo no podía simplemente quedarme parado sin hacer
nada mientras esperaba su palabra.
El hombre asintió con la cabeza y sacó a relucir la
espada que llevaba en su cintura en un simple movimiento. Taiki detuvo sus
palabras. No porque estuviera particularmente asustado. Él seguía confiando en
aquel hombre. La acción del hombre simplemente lo dejó perplejo.
—¿Qué sucede? —preguntó Taiki, de repente lo
invadió la preocupación, notando por primera vez que el hombre estaba soltando
las amarras de una aterrorizante aura que había sido ocultada hasta ese
momento.
—Gyousou está muerto —dijo el hombre.
Aprovechando de un terror inconsciente y comenzando
la retirada, los pies de Taiki se paralizaron en su lugar.
—Estás mintiendo —dijo, mirando al hombre.
El hombre blandió la espada. Los ojos de Taiki se
abrieron completamente. No se podía mover. No podía gritar. Se quedó quieto
como petrificado.
—Que mal que solo tienes dos shirei. —La
espada brilló como un arco de hielo blanco descendiente—. Te equivocaste al
elegir a Gyousou.
Incluso Taiki hubiera encontrado imposible de decir
si la filosa espada golpearía primero -usándola a una mano- o si tendría tiempo
para salir corriendo.
En cualquier caso, la espada del asesino cortó
profundamente el cuerno de Taiki -que poseía como kirin, no como
persona-. Taiki aulló, una reacción puramente visceral. No solo por el dolor,
sino por el sentimiento de traición y por la atroz pérdida de su irremplazable
señor.
El grito de una bestia es la agonía en el extremo
de su vida. Un grito que no tiene igual. Manejado por sus instintos para salir
del lugar, Taiki desapareció abruptamente.
—¿Taiki?
El violento shock despertó en Sanshi un grito
desgarrador. Las blancas y frías montañas llegaron a escucharla. La provincia
de Bun se colocó ante ella. Emergió en la cima de una pequeña cumbre con el
objetivo de encontrarlo.
Algo había pasado.
—Taiki.
¿Qué es este dolor? El aterrorizante dolor y un
entumecimiento recorrieron su cuerpo. Sanshi gimió. No regresó en sí tan
rápido, pero disolvió su cuerpo y físicamente proyectó su esencia dentro de la
tierra. Su cuerpo se deslizó dentro de la tierra.
Ella conocía las vetas y los cursos[12] que unían los
mantos de la tierra. Llevada delante sin forma, ella misma recorrió los arroyos
que una vez estuvieron allí y que no están más. Aunque no era suficiente para
expresar lo que sentía. Viajó como si atravesara un profundo y oscuro océano,
en el medio de la nada que no fuera la inconciencia del caos, con nada más que el
peso del olvido a su alrededor.
Sanshi se sumergió en su mente con todas sus
fuerzas. Lejana en la distancia ella encendió el brillo, un vivo toque de luz
dorado a su vista.
Presentándose a través de las vetas de la tierra,
ella subió al nivel del mar. Por la abertura de la guarida de un dragón[13], una
corriente de aire ascendente la elevó. Tan gran era su velocidad que el mundo
sobre la tierra envuelto en la niebla rápidamente iba perdiendo su forma.
La luz dorada se volvió más intensa. Brillando,
resplandeciendo y creciendo aún más, iluminando su visión y llenándola de luz.
Un color dorado como el atardecer. En el momento en
el que se cayó en una oscuridad dorada, Sanshi fue repentinamente golpeada y
echada allí.
La sombra de Taiki.
La conciencia de Taiki, era torcida por una fuerza
aterradora, desgarrando el libre sistema circulatorio del mundo.
Su carne avanzaba con el miedo. Desde cerca parecía
la fruta dorada arrancada de la rama plateada justo frente a sus ojos hace
tanto tiempo. Lo he perdido de nuevo. Sentimientos de desesperación más
intensos que cualquiera de las ansiedades que golpeaban sus sentidos.
Ella salió de su flujo. El palacio Hakkei estaba
detrás de ella. La distorsión de la atmósfera era tan grande que las baldosas a
lo largo de los tejados se doblaban y torcían. A través de los tejados del
palacio, el cielo estaba tan oscuro como una tumba.
El otro mundo.
Un shoku[14]. Un pequeño shoku únicamente
atraído por el llanto de un kirin.
Ella vio una sombra a la distancia, como si hubiera
sido arrojado al centro de las ondulaciones. La sombra de la bestia negra. Su
cresta lanzó un pequeño destello de luz.
—Taiki.
El tembloroso lugar. Los jardines brillaban en el
aire turbio. La retorcida y torturada pérgola. Y al lado de la inclinada
estructura, una doblada y retorcida silueta.
¿Quién?
La mirada de Sanshi se dirigió al horizonte. El
portón se estaba cerrando. Sin siquiera pensarlo se lanzó, se desvaneció y
comenzó una persecución.
Su brazo. Ella alcanzó el brazo en el ojo de su
mente. Sus dedos tocaron el aire. Solo unas pulgadas más.
El flujo la demoró dejándola atrás. El color del
flujo -que se sentía a su alrededor- cambió. Se ha unido con aquel mundo.
Ella alcanzó a salir con su alma y corazón,
arañando la sombra azafrán. Sus dedos encontraron una adquisición -o eso
creía-.
Los techos temblorosos, las brillantes vías, los
bosques retorcidos. Golpeados por el aumento de las olas, en un solo respiro
volvieron a su forma original. Al mismo tiempo, Sanshi logró entrar en la
penumbra, la penumbra dorada.
—¡Taiki!
Por un momento observó un espectáculo increíble
frente a sus ojos.
Un pequeño pueblo, viejas construcciones, colocadas
en hilera entre pequeños cultivos. Un angosto y serpenteante camino de asfalto
atravesaba el pueblo. Bañado por la fresca luz del sol de abril, suaves brisas
de aire cálido se elevaban desde el asfalto.
Una fuerte fuerza arrendaba las suaves brisas del
aire, las brisas aumentaban y se expandían haciéndose más espesas, como si el
asfalto estallara en fuego. Las brisas se elevaban a la altura de un gran
hombre.
Una sombra flotaba allí. Las brisas lentamente
mostraron la figura de una persona. Esa persona dio un paso y cayó al suelo. La
tambaleante silueta de un niño. Dos o tres más inciertamente, tambaleantes
pasos y su progreso se detuvo.
El niño se quedó parado en el asfalto. Las olas de
calor en su espalda se evaporaban en el aire.
Y todo lo que fue dejado era un tranquilo paisaje
primaveral. Un brillante, brumoso y borroso cielo azul con nubes de seda. De
algún lugar sobre el que estaba se escuchaba una canción de aves.
Una cálida y suave brisa susurraba las flores en
los campos, doblando los tallos del fondo del pastor por las pisadas entre los
campos de arroz, tocando la superficie del camino. Alcanzando los hombros del
niño alborotando sus largos cabellos.
El niño estaba quieto por un aturdimiento. Se paró
algo adormecido, sin ver ni sentir nada. Comenzó directo con ojos
imperturbables. Como si empujado por una suave brisa en su espalda moviera sus
pies. Dio un paso, y luego otro. Comenzó a caminar como un autómata, sus pasos
crecían cada vez más.
Después de unos pocos pasos parpadeó y de un
momento a otro pareció estar fuera de sí. Sus pies se detuvieron. Miró a sus
alrededores y parpadeó varias veces más en señal de asombro.
Los campos mal arreglados y los arrozales
salpicados por viejos edificios. Y entre ellos algunos edificios nuevos
también. Era un pequeño pueblo a las afueras del país.
Inclinó su cabeza a un lado, la expresión en su
rostro todavía era la de alguien medio dormido. Frente a él, donde el camino se
encontraba con el sendero, vio una cortina de gente vestida de negro en un
funeral.
Él había cruzado sobre el mar de Kyokai, el Mar de
la Nada.

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