Sintiéndose ella misma caer en
el sueño, Risai centró sus esfuerzos en sus párpados, reunió su energía y abrió
los ojos. Se encontró al lado de la cara de un hombre. Él sacó su oreja de
cerca de su boca.
—Estabas
murmurando algo… —se echó para atrás y sonrió—. Ah, se despertó.
Ella pensó
haber reconocido al hombre, pero no podía decir de dónde. Sobre su hombro, una
chica se abalanzó y la miró. De nuevo, Risai sentía que la conocía de algún
lugar.
¿Qué
está haciendo esta gente en el Palacio Hakkei?
Trataba de
recordar, pero sus pensamientos solo encontraban vértigo y su cuerpo se quedaba
corto en la respiración. Estaba siendo consumida por una fiebre atroz. Le dolía
absolutamente todo.
—¿Te
encuentras bien? —preguntó la chica con gran preocupación—. ¿Me entiendes?
La realidad
de su situación finalmente la golpeó. No se encontraba en Tai. Esto era Kei.
Ella se había ido a Kei.
El hombre
dijo:
—Soy
Koshou, ¿me recuerdas?
Risai
asintió. Gradualmente sus ojos se abrieron y todo se volvió claro. Ella estaba
en una habitación con un alto y ancho cielo raso. Al lado de la cama había una
mesita de luz de laca. El hombre se sentó en el borde de la mesita y examinó su
rostro.
—Señor
Koshou.
—Se. Soy
yo. Eres una luchadora, ¿sabes? —Él le dio un guiño tranquilizador, obviamente
encantados por la mejoría de su situación. La chica de pie detrás de Koshou
secó sus ojos con su manga.
Risai
estaba viva. El hecho la sorprendió a ella también.
Débilmente
levantó sus brazos sobre su cabeza. Su brazo izquierdo cumplió y apareció
frente a ella. Su brazo derecho no. Su mirada trazó un arco a través de su
cuerpo al lugar donde la manga derecha de su camisón yacía vacía en el edredón.
Por alguna
razón, una expresión de disculpa ascendió al rostro de Koshou.
—Llegada la
hora de la verdad, no pudimos salvar tu brazo derecho. No podría decirte si quedaba
algo de vida en él. Sé que es doloroso, pero no desesperes.
Risai
asintió. Había perdido su brazo derecho. Sufrió severos ataques de los youma
y lo ató con un torniquete para frenar la pérdida de sangre. Se había formado
gangrena. Por supuesto no podía esperarse que sobreviviese. Para el momento en
el que llegó a Gyouten sentía que se iba a caer. Se preguntaba si saldría solo
o tendrían que amputarlo.
Y, sin
embargo, ella no se había desmoronado por la pérdida. Perder su mejor brazo era
el fin de su carrera como soldado. Pero ¿qué general, incapaz de salvar a su
señor, merece ser llamado general? Ella podía vivir sin él.
Koshou tomó
la cabeza de Risai en sus manos y la levantó. La muchacha le puso un vaso
caliente en la boca. El líquido que goteaba en su boca era dulce y más
delicioso que cualquier cosa que hubiera probado antes. Pero entonces como su
lengua se acostumbró, se dio cuenta que tan solo era agua.
La chica
retiró el vaso. El hombre sonrió.
—Sí, vas a
estar bien.
—Yo…
—Ya sé por
qué has hecho algo tan loco e imprudente. Dijiste todo lo que debías antes de
colapsar. Youko ha venido muchas veces para verte.
—La Reina
de Kei…
—Avisaré a
los médicos y luego iré a buscarla. —Risai asintió. Liberó su mano y se paró—.
Suzu, hazte cargo de ella. Tan pronto como llame a los doctores tendré una
charla con Youko.
—Sí.
Apresúrate.
Risai
siguió a Koshou con la mirada hasta la puerta y luego la enfocó en el techo.
—¿Cuánto
tiempo he estado aquí sin hacer nada?
—Oh, por
favor. No digas eso. Necesitabas un muy buen descanso. Han sido tres días desde
que abriste los ojos. Desde que colapsaste fueron diez días aproximadamente.
—Tanto
tiempo…
Ella había
tenido la intención de cerrar los ojos por un momento en vez de por días. Todo
ese tiempo se había perdido. Los días perdidos presionaban dolorosamente en su
pecho. Risai levantó su mano a la garganta. Sintió algo suave y redondo en sus
dedos. Lo tomó y enfocó su mirada en él. Una joya redonda atada a su cuello.
—Nadie
excepto la reina tiene permiso de usarlo. Pero Youko… —Una sabia sonrisa
iluminó su rostro—. Pero la Emperatriz torció algunos brazos al Ministerio de
Invierno y los forzó a que hicieran una excepción en tu caso.
—¿Por mí?
—Los
ropajes imperiales de Kei, normalmente se almacenan en el depósito imperial.
Los dioses realmente te han sonreído. Si te hubieras caído en cualquier otro
lugar u otro reino no hubieran sido capaces de salvar tu vida.
—Oh —Risai
no sabía si debía alegrarse o no con tales noticias.
Kaei.
Cuando
cerraba sus ojos no podía oír otra cosa que no fuera el viento. La gema redonda
en sus dedos estaba fría. Un frío que traía a su mente el rostro de su amiga.
Kaei. Lo
hice.
El cálido
rostro de la funcionaria apenas diez años mayor que ella. Tan amable como su
mente estaba entusiasmada, y tan discreto que casi parecía timidez. La última
vez que Risai la había visto fue en la provincia de Sui[1], al sur de Tai. Ahí
tomarían caminos separados, y Risai había puesto sus ojos en Kei.
“¡Nada
de eso, Risai!”. Ella quería gritar, su cuerpo temblaba en el viento. Su
voz era suave, pero llena de fortaleza. En su rostro y su tono de voz, los
resultados de su rechazo se veían. Risai fue superada por su pena. Al menos
quería que Kaei la entendiera.
“¿Cómo
pudiste hacer algo tan despreciable?”.
Risai y Kaei huían de sus
perseguidores a una colina en la provincia de Sui. Habían ido allá con la
intención de encontrarse al Señor Imperial. La montaña Ryou’un de Shisen[2] sobresalía. Era primavera solo de nombre. El fuerte viento las azotaba.
Mirando
atrás por donde venían, podían ver una pequeña aldea al pie de la colina. Los
campos que rodeaban la colina parecían barbecho. Varios túmulos funerarios se
habían construido allí y abandonados sin más que con una oración para los
difuntos.
Kaei y
Risai caminaron a través de la aldea antes de escalar la colina. Los originales
terratenientes habían abandonado ese lugar mucho tiempo atrás. En cambio, un pequeño
número de viajantes estaban en busca de calor y refugio en las destartaladas
casas. Ellos habían dejado sus hogares atrás, escapando a algún lugar cercano a
otro reino.
Risai y
Kaei habían suplicado por unas pocas tazas de papilla y escuchado las historias
y rumores que los refugiados tenían para contar. Decían que una taika
estaba sentada en el trono de Kei.
—Uno de los
hijos de mis parientes estaba en la ciudad portuaria. Se dice en las calles que
ella es una emperatriz joven. Quizá, incluso de la misma edad que el Taiho. —La
mujer hablaba indiferentemente. Estaba gravemente herida. La provincia de Sui
estaba infestada por varios youma.
Se decía
que los vientos de opresión y subyugación se ampliaban sobre Tai dejando la
provincia de Sui sola. Ellos habían abandonado sus hogares y huyeron juntos
allí, pero dos semanas después algunos pocos habían sobrevivido. La mujer
sostenía a un niño amortajado en sus brazos. Risai no había visto al niño
envuelto ni una vez desde que llegó con Kaei.
—La gente
dice que si el Taiho estuviera vivo esa sería la edad que tendría.
Risai
expresó su agradecimiento por la papilla y dejó la casucha, un nuevo hilo de
esperanza a su alcance. Su montura estaba atada al frente.
—Una reina
joven. Una taika… —murmuró tomando las riendas de la montura.
Kaei se
giró y la miró confundida.
—¿A qué te
refieres?
—¿Qué
piensas? ¿Crees que la Reina de Kei siga sintiendo afecto por su tierra natal?
—¿Risai?
—Ella
podría extrañar Wa, me refiero. Ella podría por alguna razón tener una conexión
de su vida allí. ¿No te parece? —Había una pizca de entusiasmo en su voz.
Por la
mirada en la cara de Kaei, claramente no sabía cómo responder.
—El Taiho
también es un taika. Ambos son cercanos en edad. Si la Reina de Kei
supiera sobre el Taiho, ¿no querría conocerlo y ayudarlo? Sin mencionar que Kei
fue apoyado por En.
Kaei la
miró boquiabierta.
—¿No
pensarás en ir a Kei y rogar por su ayuda?
—¿Por qué
no?
—Risai, la
reina no puede violar los límites de otro reino. Y hacerlo bajo armas
provocaría graves consecuencias inmediatas. El envío de tropas a otro reino es
imposible.
—¡Pero lo
oíste tú misma! El Rey de En brindó apoyo a Kei. La Reina de Kei fue escoltada
a su saqueado reino por las fuerzas de En.
—Esas
fueron circunstancias inusuales. La Reina de Kei buscó asilo en En. Estoy muy
segura de que no fue el Rey de En quien cruzó la frontera para buscarla. En
fin, la Reina de Kei pidió la Armada Imperial de En y la regresaron a su reino.
Sin embargo, acá en Tai, su Alteza no está en ningún lugar.
—Pero…
—¿Estás
familiarizada con el incidente de Jun Tei en el reino de Sai?
—¿El
incidente de Jun Tei?
—Tiempo
atrás, Jun Tei, Rey de Sai, apesadumbrado por el caos en el Reino de Han y con
el deseo de salvar Han, envió su Ejército Imperial. Como resultado, se encontró
con una muerte prematura. Incluso para salvar a la gente de un reino, el Cielo
no permitirá a la armada de un reino cruzar la frontera de otro. ¿Piensas que
algún monarca quisiera seguir el camino de Jun Tei?
Risai negó
con la cabeza. De repente se sobresaltó.
—Eso es. La
Reina de Kei es una taika. Quizá no esté familiarizada con el incidente
de Jun Tei.
—¡No puedes
hablar en serio de algo tan miserable y cobarde! —Kaei estaba pálida, agotada y
con la cara retorcida del shock y de repugnancia—. ¿Estás sugiriendo que Kei
debería sacrificarse para salvar a Tai? Porque así suena.
—Eso es el…
—No, Risai.
¡Nada de eso!
—Pero ¿qué
hay de nuestro reino? —exclamó Risai. Teniendo las riendas en su mano se puso
en movimiento—. Mira esta aldea. Viste a las personas que viven aquí. Esto es
en lo que Tai se ha convertido. Nadie sabe dónde está su Alteza. Nadie sabe
dónde está el Taiho. ¡No queda nadie que pueda salvar nuestro reino!
Ella había
buscado. Incluso siendo buscada como traidora lo había estado buscando. Pero no
pudo encontrar evidencia de dónde podía estar Taiki o Gyousou. Ninguna pista.
—La
primavera se acerca, pero ¿dónde hay un campo en el arado? Si la lluvia no
produce una cosecha, la gente seguramente morirá de hambre. Si el grano no es
rápidamente almacenado el invierno volverá. Y con cada invierno, tres aldeas
más se volverán dos, y dos serán una. Después de que pase este invierno
¿cuántos más de los aldeanos quedarán? ¿Cuántos inviernos más crees que Tai
pueda sobrevivir?
—¡Pero el
fin no justifica que Kei peque contra el Cielo!
—Alguien
tiene que venir a ayudar a Tai.
Kaei apartó
sus ojos y movió su cabeza en un no.
—Me voy a
Gyouten —dijo Risai.
Kaei se
giró a verla, dolor y pena en sus ojos—. Por favor. ¡Nada de eso!
—Huyendo al
territorio del señor de la provincia de Sui asegura un poco más nuestra
posición. E incluso nuestra propia seguridad es difícil de asegurar. La
provincia de Sui probablemente enferme como el resto del reino. Es probable.
Entonces todo de lo que seremos capaces será escapar de nuevo.
—Risai.
—No existe
otro camino que nos quede.
—Entonces
debemos separarnos.
Kaei apretó
sus temblorosas manos contra su pecho. Incluso los ojos de su rostro -al borde
de las lágrimas- estaban inmóviles. Risai negó.
—Debo
hacerlo. No tengo elección.
Risai
conoció a Kaei en el Palacio Imperial. Allí forjaron una rápida amistad y
juntas fueron echadas de la Capital. Años pasaron. Este invierno, por fin, se
habían reunido en Ran, la provincia donde vivía Kaei. Ellas, de alguna forma,
habían sobrevivido un invierno antes de que sus perseguidores de nuevo dieran
con ellas. Juntas lograron llegar a la colindante provincia meridional de Sui.
Kaei miró
por un tiempo severamente a Risai. Luego presionó la manga de su manto a su
cara y gimió suavemente.
—La
provincia de Sui está infectada con muchos youma. Como te diriges al
sur, estos serán más grandes y feroces, en especial cerca de la costa.
—Entiendo.
Kaei cubrió
su rostro con sus mangas y bajó la cabeza. Cuando levantó la cabeza, había una
expresión decidida en su rostro. Esta era la cara del logro personal de alguien
que ha subido desde Ministro en Jefe de la provincia de Ran[3] hasta el tope del
Ministerio de Verano en el Rikkan. Se inclinó una vez y le dio la espalda.
Realmente
estoy haciendo algo despreciable, pensó Risai.
Todo sería
mejor si la Reina de Kei no estuviese familiarizada con el incidente de Jun
Tei; y si todavía sentía afecto por su tierra natal; y si pudiera ser incitada
por sus emociones para salvar Tai. Si eso ocurre Kei será destruido. Tan pronto
como la Armada Imperial cruce la frontea, la Reina de Kei estaría tomando el
mismo camino a la destrucción de Jun Tei. Aun así, la Armada Imperial se
quedaría. Una sola división bajo su mando es lo que necesita.
Se había
decidido a hacer algo terrible.
Como
decidida hasta el final, Kaei siguió dándole la espalda mientras descendía de
la colina hacia Shinsen. No miró atrás ni disminuyó el paso. Risai la vio irse.
Agarró las riendas de su montura, con un duro corazón retiró su mirada de la
partida de Kaei y de su pegaso.
—Yo solo he
perdido mi mente en la lucha de salvar Tai —dijo acariciando el brillante
pelaje en el cuello de la montura—. Te acuerdas de él, ¿no? Presionando su
frente contra tu hocico.
Dentro de
su cabeza, el alto y alegre sonido de su voz surgió de la oscuridad de sus
pensamientos. Risai. Él corriendo hacia ella lo más rápido que podía,
como si estuviera a punto de sumergirse precipitadamente en la tierra. No había
duda de que él preguntaría si estaba bien acariciar a Hien[4].
—¿Recuerdas
esas pequeñas manos? Se que querías al Taiho muchísimo.
Hien
arrulló suavemente en respuesta.
—¿Seremos
los últimos tontos en dejar Tai juntos, entonces? ¿Deberíamos tomar nuestro
camino?
Hien le
devolvió la mirada a Risai con esos profundos ojos negros. Sin una palabra se
arrodilló y le permitió subir a su espalda. Risai presionó su cara contra su
cuello y saltó a la silla. Tomando las riendas dirigió su mirada a Shisen. Ahí
una triste y solitaria figura estaba parada, mirándola.
Kaei.
¿Destruirás
Kei para salvar Tai?
Los ojos distraídos
permanecieron en el techo de la habitación. Allí, el rostro en los ojos de su
mente miraba abajo, nublado con odio y desprecio.
Pero es
la razón por la que vine.
Había
llegado allí con su vida colgando de un hilo. Había sobrevivido solo porque la
Reina de Kei la había salvado.
Risai no
podía más que cerrar los ojos. Esto debe ser sin duda lo que estoy destinada
a hacer.

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