Varios hombres entraron
cargando al dormitorio. Youko frunció el ceño. Guiándolos estaba el Naisai, el
viceministro del interior, el oficial en el Ministerio del Cielo
específicamente responsable del Palacio Interior. Detrás de él había bastantes
guardias que reconoció de la Puerta Prohibida.
—¿Qué
sucede? —Apenas tenía que preguntar. Su intención era evidente. Llevaban
espadas—. ¿Cuál es el verdadero significado de esto? —dijo, gritando a los
intrusos.
Los hombres
levantaron sus espadas.
—Usted está
trayendo vergüenza a Kei —dijo el Naisai—. Por supuesto, su incompetencia no se
iguala con la anterior Emperatriz Yo, pero ha tomado al reino y a los ministros
por la ligera. Ha elevado plebeyos de linaje desconocido y sin conexiones, ha
pisoteado nuestras costumbres, y desdeñado la dignidad del reino y el honor de
los ministros.
—¡Eso es
cierto! —gritó uno de los guardias de líneas inferiores, nerviosamente
agarrando su espada, agachado en una postura cautelosa—. ¡Tratando a hanjuu
como si fuera igual que la gente normal, permitiéndoles la entrada a la corte,
incluso haciendo a uno general de la Guardia del Palacio!
Youko
sintió un arrebato de ira corriendo por su cabeza.
—Hanjuu
y los demás, ¿eh? —Su mano llegó a su propia espada, y entonces recordó que no
había llevado la Espada del Mono de Agua con ella.
—Arrastrando
la reputación de los ministros a través del barro, instalando a hanjuu y
rebeldes en el corazón del palacio, contaminando sus raíces sagradas. Haciendo
burla a los oficiales de la corte de agosto, elevando a hanjuu y
bandoleros por encima de ellos, haciendo que les sirvan. Al fin y al cabo,
usted no puede ponerse de pie en su presencia y debe arrastrar a todos con
usted. Con hanjuu y los bandidos como sus compañeros, podría desviar su
atención de su propia debilidad e insuficiencias. Juntando a reyes y Taiho de
otros reinos y quedando atrapada en su compañía, y supongo que ha fantaseado en
ser uno de ellos. Su propio respeto debería ser algo. Al menos el Cielo no
tolerará su comportamiento por siempre.
Youko se
quedó sin palabras. Simplemente lo miró.
El Naisai
habló en su lugar.
—Es
suficiente —dirigiéndose a Youko, dijo—: Me disculpo por su incivilidad. Pero
entienda que no es el único que sostiene esas opiniones. Aunque yo no iría tan
lejos como él, ciertamente no puedo tolerar que se traigan reyes y Saiho al
Palacio Imperial estando en tan malas bases. Dando asilo a una general de Tai y
asistiendo al Saiho de Tai… usted parece haber olvidado que es la Emperatriz de
Kei. ¿Qué propósito podría tener para entretener a tantos dignatarios
extranjeros? ¿Tiene la intención de dejar a Kei en manos extranjeras?
—Usted está
muy equivocado.
—Entonces,
¿por qué se pavonean en el Palacio Interior como si fuera su propio palacio?
¿Por quiénes toma a los súbditos de Kei?
—Tan solo
otra emperatriz mujer, después de todo —escupió el guardia de líneas
inferiores—. Aparte de destruir al reino por un despecho personal. Si las cosas
no regresan pronto a como deberían, tendremos a otra Emperatriz Yo en nuestras
manos.
Para ese
momento, Youko estaba temblando de ira, sintiendo esa amenaza desbordar de
ella. Una profunda sensación de abatimiento manando dentro de ella. Su
intención no era dejar al pueblo o al reino por sentado. Pero argumentando que ella
solo tenía las mejores intenciones en mente probablemente ni tendría ningún
efecto ahí. Ella podría fácilmente echar humo en sus caras de ignorancia. El
problema era que, mirando desde el exterior, los hechos habrían sido difíciles
de discernir. Incluso Youko no podría haber anticipado que alguno de sus
ministros habría estado cargando ese grado de resentimiento.
¿Así que
esto es a lo que llegó? Fue todo lo que sintió.
Todo lo que
alguien podría haber hecho a base de sus palabras y hazañas era adivinar lo que
estaba pasando. Y llegando a cierta apreciación de los hechos, y actuar en
consecuencia. Ella no podía ver cómo podía disuadir a alguien que había llegado
a esa conclusión con tal certeza.
—Así que,
en resume, ¿vinieron a asesinarme? —Cuando Youko hizo esa pregunta, el Naisai
vaciló un poco—. Si es esto de lo que se trata, entonces, pónganle fin,
supongo. Yo me resistiría si tuviera medios para hacerlo, pero viendo que dejé
mi espada en las habitaciones. Creo que eso me deja a su merced.
—¡Deje de
actuar como un inteligente burro!
Youko no
podía dejar de mantener una rara sonrisa en los labios.
—No me
importa mucho cómo acaben las cosas, pero me gustaría evitar cualquier daño
adicional a los precedentes Tai Taiho y a la general Ryuu. Si encuentra su
presencia como una ofensa para Kei, entonces repatriándolos sería suficiente.
Tai necesita a su pueblo tanto como Kei. Usted puede atreverse a disminuir el
sufrimiento en nuestro propio reino, pero no tiene derecho de imponer su
voluntad en los subordinados de otros reinos. Así que le pediré que no agregue
más sufrimiento al pueblo de Tai.
El Naisai
miró fríamente a Youko y a Taiki.
—En medio
del caos en Tai, abandonaron su reino y buscaron refugio en Kei. No puedo ver
como una gran pérdida perder a un Taiho y un general así.
—¿No es esa
la sentencia que decide solo el pueblo de Tai? Si se sienten como usted,
entonces estoy segura de que emitirán esa sentencia con sus propias manos.
Entonces, ¿tengo su palabra de que no pondrán una mano sobre ellos de ese modo?
—No puedo
hacer ese tipo de promesas, pero haré el esfuerzo.
—Por lo
menos salgamos de aquí. No derramemos ni una gota de sangre en presencia del kirin.
—Espera…
—dijo la voz detrás de ella.
Youko
sacudió y se liberó de la mano que agarraba su brazo.
—Si no son
parte de tus planes, entonces podemos continuar en donde lo dejamos.
Uno de los
guardias de líneas inferiores bateó la mano para alcanzarla. Youko fue
escoltada en compañía del Naisai. Puesta contra la pared por media docena de
otros hombres, Risai dirigió su pálida cara hacia ella mientras salía de la
habitación.
Si ella
pudiera, Youko deseaba profundamente que Taiki y Risai entendieran que nada de
eso era su culpa, que nada de eso debería pesar en sus mentes.
Ese
pensamiento apenas había cruzado por su mente cuando fue tirada a un lado. Su
mente no había reaccionado ante la sorpresa cuando un grito estalló detrás de
ella. Se levantó del suelo y giró haciendo un trompo. Con un ruido sordo de
plomo, un brazo sosteniendo una espada cayó a sus pies.
Alguien
gritó. Un hombre avanzaba hacia Risai, giró y apuntó su espada a Youko. Antes
de que la punta hiciera contacto, una pata de bestia rasgó el pecho del hombre.
Las filosas y sangrientas garras se retiraron y el hombre cayó.
No había
nadie detrás del hombre excepto Taiki, parado, congelado en el lugar
aparentemente bastante lejos.
—¡Por lo
menos da batalla!
Youko miró
sobre su hombro para ver a Keiki con la cara blanca corriendo hacia ella. Un número
de cuerpos yacía en el suelo de la habitación. Otros estaban corriendo y
gritando a pesar de la sangre, tratando de escapar.
—Verdaderamente,
apareciste en el momento adecuado —dijo Youko, con una sonrisa sombría.
—En Taiho
dejó a algunos de sus shirei. ¿Por qué no hizo más para resistir?
—Hey, no
estaba armada.
—¡Incluso
sin una espada pudo haber hecho algo! Por favor, deje de decir que puede
hacerlo sin Jouyuu.
—De
acuerdo. De cualquier forma, gracias por venir a rescatarme.
Keiki le
dirigió una mirada como la que un padre le da a un niño rebelde.
—Siempre
que un shirei la acompañe el tiempo suficiente, terminarán
inevitablemente cubiertos de sangre.
Youko
sonrió.
—Lo siento.
—Se dirigió a Risai y Taiki—. Mis disculpas. Les he causado una gran cantidad
de molestias.
—No, nada
de eso. ¿Se encuentra bien? —Risai se apresuró a su lado.
—Parece que
he resultado ilesa. Más importante, tenemos que llevar a Risai y a Taiki a
otras habitaciones. Keiki, tú también deberías salir. No es bueno para tu salud.
Youko se
puso de pie. Miró hacia abajo a uno de los hombres tirados en el suelo. El Naisai fue uno de los primeros en irse. Sus dos secuaces tampoco respiraban.
Otros tres habían sufrido profundas heridas, pero seguían vivos.
No estaba
tan despreocupada por ir por su muerte. Pero seguramente era cierto que estaba
cansada para preocuparse en ese momento. No podía molestarse en defenderse o
mantenerse de pie. Sí, ella debió haberlos confrontado, a esos intrusos y
defender su reputación. Pero no tenía la confianza o la presunción como para
contradecirlos.
Una vez
creyó haber estado destinada a ser emperatriz. Últimamente, sin embargo, tenía
dificultades para ver el funcionamiento de la Divina Providencia en términos
milagrosos. No que ella objetara a alguien que percibiera las cosas de esa
manera. Si la carga se había hecho más ligera, entonces ¿por qué no? Esa era su
sensación ahora.
—Están
rodeando al resto de ellos —Rokuta los vendaba mientras salían del edificio.
Detrás de
ellos, más soldados llegaron corriendo, estallando una gran conmoción. Ella
podía oír las demás maldiciones de los soldados restantes siendo arrastrados.

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