CAPÍTULO 23
Las impurezas se acumulaban. El
muchacho no era consciente en lo más mínimo. Para estar seguro, solo la bestia
que presionaba dentro estaba lastimada, y no dentro del escudo “humano”. Y, por
supuesto, nadie más tenía la menor idea que esto estaba pasando. Sus atenciones
estaban puestas en la cantidad de extraños accidentes que parecían ocurrir a
donde fuera que él fuera.
—Esta es la
segunda vez que mi hijo se lastima jugando con él —la mujer cacheteó a su
madre—. Ahora tiene una fractura en la cabeza. ¡Mantenlo lejos de mi hijo!
Su madre la
miró irse y largó un suspiro.
—Se cayó
por sí mismo —gritó su hermano—. Él nos estaba persiguiendo, agitando un palo,
tropezó con sus propios pies y cayó en la zanja.
—¿Con que
así es? —dijo su madre mayormente para sí.
—Él está
siempre jugando con cosas como esas. Ocultando nuestras cosas, empujándonos,
esperándonos en el camino a casa y tirándonos cosas. Se merece lo que le pasó.
—Oh, no
digas cosas así.
—¿Por qué?
Él es el matón. Se lo merece, ¿verdad?
—Dije, no
más —afirmó rotundamente su madre.
El objeto
de su regaño apuntaba a su hermano y su madre.
—Es su
culpa. Algo le pasó cuando se fue. Es diferente ahora. Todos hablan de cómo los
ahuyenta. Y yo soy el único que paga por eso.
El muchacho
agarraba su cabeza porque era cierto.
Al
comienzo, la gente a su alrededor había sido alegre y simpática, celebrando su
regreso con grandes muestras de afecto. Cuando eso acabó, solo extrañas miradas
quedaron. A lo largo, creció acostumbrándose a eso, entumecido. Luego vino un
cortés aislamiento. Su hermano también quedó atrapado en ello.
—No tiene
nada que ver conmigo, pero también me abuchean, me empujan y me lanzan cosas.
El hermano
menor parecía estar al borde de las lágrimas. Levantó un juguete y se lo lanzó.
—¡Detente
en este mismo instante!
—¿Por qué
siempre estás de su lado? —gritó, mientras continuaba lanzando lo que
pudiera agarrar con su mano. Agotadas sus municiones, agarró a su hermano
mayor.
O más bien,
trató de agarrarlo. Antes de que pudiera hacerlo, un tablón de madera se
cayó sobre su cabeza. Un trozo de la estantería inferior al dintel de la sala
abruptamente se cayó sobre él. La tabla no era muy pesada, y él logró evitar un
golpe directo. Su hermano menor se distanció, y entonces, se dio cuenta de la
calamidad que casi lo golpea, interrumpido por fuertes gemidos. Su madre gritó
también, corrió y lo abrazó contra su pecho. Llegando a la conclusión que no
había sufrido ninguna herida grave, miró al mayor de sus hijos, sus ojos
estaban llenos de confusión entre miedo y preocupación.
Sanshi rio maliciosamente.
—Sanshi
—regañó la voz de Gouran. Sanshi pretendía indiferencia.
—Ese es un
pequeño niño malo. No podemos permitir que le haga más daño a Taiki.
Sanshi solo
velaba por él. No tenía opción sino de tolerar que lo alimentaran con alimentos
impuros. No entendía ese mundo muy bien. Pero había entendido en su confusión,
en el estado semiconsciente en el que estaba Taiki necesitaba alguien que
cuidara su espalda mientras estaba en detención. Sus carceleros eran pocos, y
le proveían la mínima seguridad y lo básico para vivir. Además, por lo que
Sanshi podía ver, sus carceleros no estaban al tanto que lo estaban
envenenando.
—Los
agentes del enemigo podrían estar en cualquier lado.
Sus
carceleros estaban siendo astutamente manipulados. Pero ¿quiénes eran ellos?
No detectaba el deseo en ellos de dañar a Taiki. Ni parecían odiarlo o
comportarse con hostilidad hacia él. Deteniendo a Taiki así, y conspirando para
cometer regicidio, probablemente surgió de la animosidad hacia Gyousou.
Estrictamente
hablando, Taiki no era el enemigo. En ese caso, las persecuciones y los
irrazonables carceleros podían ser pasados por alto. Sin embargo, cuando se
trataba de otros…
—Solo una
advertencia. A pesar de tenerlo cautivo, Taiki todavía es un kirin.
Ella solo
había alargado la mano oculta. Algo más podría minar la energía psíquica de
Taiki. Por lo tanto, una advertencia debía ser suficiente.
—Me estoy
comprometiendo lo más posible.
Lo que
Sanshi realmente quería hacer era tomar a Taiki y volar. Aparte del Rey, no
había nadie más en la tierra tan importante como el Taiho. Nada bueno podía
venir de dejar que esos campesinos se aprovecharan de él, forzándolo a vivir en
esos humildes alrededores, abusando por el curso del lenguaje, sin mencionar
los intentos de golpearlo.
La tensión
en su cuerpo y mente hacía difícil soportar tanta humillación en el
comportamiento de Taiki al cual se ve sometido. Si sus carceleros fueran
quienes le levantaran la mano, se suponía que ella pretendería no hacer nada.
Sin importar cuán irrespetuoso, cuán abusivo fuera su comportamiento, ella
tenía que apretar los dientes y dejarlo pasar. Lo mismo con la comida
contaminada con la que lo alimentaban.
—No puedo soportarlo…
Entonces, ¿por qué Taiki tiene que soportarlo también? ¿Por qué el Rey de Tai
no viene a rescatarlo? —murmuró Sanshi para sí.
Desde las
doradas sombras de la oscuridad, escuchó a Gouran responder en un tono similar.
—Si él
vive…
—Tonterías.
—Pero él
fue llevado a la provincia de Bun.
Sanshi
presionó sus manos contra su pecho. O así sería en el mundo real. Si eso era
cierto… si por casualidad los rebeldes habían tomado a Gyousou… si él ya estaba
muerto…
¿Entonces
quién vendría a salvar a Taiki? ¿Qué harían ellos si ese estado de cosas
simplemente continuaba así? Mientras esas cosas se le ocurrían, Sanshi sintió
verdadero temor por primera vez.
Aunque en
pequeñas cantidades, los venenos se acumulaban. Oscureciendo el dorado brillo
que lo probaba. Si esto se prolongaba por muchos años, ¿qué sería de Taiki?

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