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viernes, 24 de marzo de 2023

La Orilla en Crepúsculo, el Cielo al Amanecer - Interludio Capítulo 30

 

INTERLUDIO

CAPÍTULO 30

 

 

 

Dos y luego tres años pasaron. Las impurezas acumuladas, constantemente se lo iban comiendo. El tono de oro oscuro de su sombra se hacía más y más oscuro.

Y, Sanshi pensaba cínicamente, parece que su sombra se puso más contaminada, las cosas se ponían más fáciles para ellos. A pesar de lo difícil que era escapar de la sombra de Taiki como una vez intentaron, sorprendentemente cada día era más fácil. Quizá estaban extrayendo energía de la sombra misma. O quizá era prueba de que el cascarón que los cubría se hacía más y más delgado.

O quizá… mientras examinaba su estado, sintió escalofríos… las impurezas se juntaban con la sombra de Taiki no solamente eternas, sino que iba a por ellos.

Sanshi alejó a todos los que querían hacer daño. Y siempre sentía al brillo dorado oscurecerse. Pero en lo que a ella respectaba, no tenía opción.

Ella era su madre adoptiva, nacida de la fruta del mismo árbol que él, y destinada a compartir la eternidad de su vida con él. Cuando el fin de los días le llegara, también lo haría para ella. Tal era el grado en el que ella vivía a través de él. Taiki eligió al rey y entonces descendió del lugar donde nació para ser el Saiho. Incluso aunque no era más el chico que Sanshi crio, ella vivía para servirle como siempre lo hizo.

Gouran no era diferente. Para ser precisos, Gouran no había nacido para el bien de Taiki. Pero el pacto que los unía fue tan rápido como el que lo unía con Sanshi. El pacto entre un kirin y su shirei estaba a la par con el lazo entre el rey y el kirin. Por lo que no solo Sanshi, sino Gouran también existían para proteger y servir a Taiki.

¿Cuánto tiempo deberían permanecer en silencio mirando herida tras herida? Si de acuerdo con el comando de Taiki, o para el rey de Taiki al que sirvió con todo su corazón y espíritu, ellos podían soportar, e incluso absorber el sufrimiento que padecía. Pero ninguna razón se acercaba.

Solo una advertencia al principio. Aquellos que le mostraban falta de respeto tenían que entender que el precio se debía pagar. Pero la incivilidad no cesó. Sanshi no tenía opción, sino que inculcar en ellos lo que era un grave error que iba a tener Taiki por sentado. Razón y obligación de tenerla a ella y a Gouran condonando su encarcelamiento y el abuso de sus captores, pero no porque había perdido toda su dignidad o divinidad.

En particular, los intentos de curar sus heridas con premeditación eran merecedores de la muerte. La ley, no obstante, decía que herir al Saiho era un delito capital. No había circunstancias atenuantes.

Pero al remover una amenaza y entonces más descontentos traería. Parecían llegados de la madera. Cada vez que eliminaban a uno, su paciencia y tolerancia disminuía. Con cada respuesta sus carceleros se ponían más y más enojados, Sanshi y Gouran sentían los tonos dorados de Taiki ponerse más revueltos. Cuanto más se revolvían, más débil se hacían sus corrientes psíquicas.

Incluso si esto era parte culpa de Sanshi y Gouran, no sabía cómo más tratar con las amenazas. ¿Cuánto más debían durar?

Si había algo que ella rescatara de las profundidades de la desesperación, era la alegría que Taiki mostraba por un impulso u otro, ella lograba tocar y consolar. Desafortunadamente, Taiki no recordaba nada sobre Sanshi o el Monte Hou o Tai. Y, sin embargo, no había olvidado el toque de su mano.

Yo siempre estoy con usted. Siempre estoy a su lado.

Cuando ella lo confortaba, y Sanshi sentía, sin embargo, que sus esfuerzos eran recompensados.

—Lo protegeré, pase lo que pase —susurró.

Dentro de la oscuridad, sin embargo, ella se perdía gradualmente. Sanshi no estaba consciente de ello… que perdía control de ella misma gradualmente. Sus pensamientos se volvían duros y firmes. En un extraño estado, no se le ocurría que las impurezas la estaban atacando a ella también.

Y tampoco era consciente que esos cambios que le ocurrían a ella, a Taiki también. O mejor, él había visto muchos “accidentes” a su alrededor, pero los ponía bajo los ecos de los pliegues en el tiempo que lo habían traído hasta ahí ahora.

Durante el tiempo que podía recordar, sospechaba que había algo “mal” acerca de él. Era consciente también de la extraña sensación… el conocimiento incluso… de que alguna extraña criatura como él existía, su ambiente debía estar mal. Sentía que era una decepción para quienes lo rodeaban y una desconcertante carga. Estos sentimientos crecieron año tras año, floreciendo en una convicción.

Realmente se sentía un extranjero ahí, una fuente de malestar a su alrededor. Una mala semilla. La fisura en el tiempo y espacio que en algún momento lo cortaron de ese mundo era tan grande que ya no podía ver hacia la realidad. En un cierto momento, los frenéticos intentos de su madre por romper la brecha ya no resultaban suficientes.

Fue lanzado a la deriva, y entendió la necesidad del aislamiento. Calamidades golpeaban a sus vinculados. Los rumores decían que él estaba maldito, rumores que se juntaban a la persona. No tenía opción sino aceptar que era una peligrosa criatura, un golpe de mala suerte a su medio ambiente.

Y aceptó eso con una extraña sensación de resignación.

Se preguntaba ahora y entonces de dónde habían venido esos sentimientos. Cuando era chico, siempre siendo el extraño niño era doloroso y desalentador. Sin embargo, ahora el hecho no lo golpeaba ni dolorosa ni desalentadoramente.

Quizá por esa reconfortante presencia. En algún punto se había dado cuenta que algo como un espíritu se ocupaba de él con su cálida seguridad. Por lo que su desolación era un aislamiento en todo sentido de la palabra. Cuando llegó a relacionarse con otros… es decir, cuando se trataba de evitar a otros por el daño y considerando los desastres cuando ese tipo de cosas ocurrían… evitar tales relaciones era la mayoría de las veces más aconsejable.

Pero más que eso, muchos órdenes de magnitud más profundos dentro de él, algo se estaba rompiendo y cayéndose a pedazos.

Yo no pertenezco aquí.

Los pensamientos perseguían su mente. Excepto que ningún sentimiento de sufrimiento los acompañaba. En algún momento lo había aceptado completamente.

Como un niño, nada pesaba más sobre su conciencia que su madre lloraba por él. Incluso ahora picaba en su corazón. Pero cada vez que lloraba su madre, descendía la impresión de que su vida era más que valiosa. Más que la de su madre, más que la de su familia, que debía estar preocupado por su bienestar.

Creciendo con cada año que pasaba, esta impresión eclipsaba la angustia y volvía a sus pensamientos. Estaba olvidando algo de suma importancia. Algo de gran importancia positiva que no podía dejar atrás.

Durante ese tiempo, viviendo su vida sin un propósito en la mente, crecía en su mente la idea de que parte de él hacía falta y se había perdido más allá de cualquier reparación.

¿Por qué no podía recordar?

Ese año perdido. El amor y el anhelo que poseyó durante ese importante año perdido crecía día a día, la creciente distancia entre ahora y antes llenaba solo una creciente desesperación.

Tenía que volver.

Pero ¿a dónde?

 

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