PARTE I
CAPÍTULO
1
Al comienzo del verano, en el tercer año de la emperatriz Youko, un par
de alas blancas aparecieron en los cielos sobre Gyouten[1].
Gyouten era la capital del reino de Kei[2], este reino
ocupaba la zona más oriental del continente. Ese día la ciudad dormía bajo un
manto de aire seco. Al norte de la capital una enorme montaña se elevaba en el
cielo como un gran pilar. La ciudad se extendía fuera de la ladera sur de la
montaña, como las telas de un vestido.
La embaldosada ciudad -con techos de todos los
colores-, sus caminos que llegaban de derecha a izquierda y de arriba abajo,
eran bañadas por la luz del sol.
Los postigos de cada ventana abierta como velas
buscando una brisa fresca. Pero el aire había reducido desde el mediodía. Las
pertas y ventanas recibían solo la luz reflejada, el aire caliente y un
ajetreado y bullicioso aire que incitaba a dormir.
Quizá tener un calor así de insoportable hacía que
las aves no volaran, para escapar de los rayos del sol, para buscar las sombras
de los árboles. Un perro estaba tirado descansando bajo la fina sombra de los
aleros de una casa. Y un anciano descansaba al lado del apacible perro. Como el
hombre dormía, el abanico se le cayó de sus manos. El animal logró levantar su
hocico y lanzar una débil mirada a su amo.
En aquel momento, una sombra cayó del otro lado de
la luz.
El perro se despertó expectante. Desde el este una
nube cruzó el cielo de verano como un shoku invasor. El olor de la brisa
húmeda alcanzó su hocico y escuchó el sonido de un trueno distante. La nube
ahora cubría la totalidad de los cielos y en un corto plazo todo se sumió en la
oscuridad.
La oscura sombra apreció en los cielos sobre
Gyouten al mismo tiempo. Como si impulsada por el color de las nubes, apareció
en el este, se dirigió a la montaña Ryou’un[3] a través de un amplio arco. Los
habitantes de la ciudad esperaban la lluvia. Entre ellos uno miró arriba y
reconoció lo que vio.
Las alas eran demasiado débiles, el plumaje cubría
las blancas y estropeadas alas menos en la falda, algunas de las plumas estaban
desgarradas y otras simplemente no estaban. Apenas podía mantenerse planeando
en una dirección. Las alas rastrillaban el pesado y húmedo aire. Descendiendo
como un ave herida cayó cerca de la montaña Ryou’un.
Las gotas de la lluvia empezaron a caer, como si
apalearan la sombra en la tierra. De un momento a otro la lluvia comenzó a caer
agresivamente contra las alas. Justo antes de desaparecer por la niebla, les
pareció a los espectadores que el tramo superior de la montaña había respirado.
La figura fue tragada arriba, en las vetas de la
lluvia torrencial.
Toshin[4] perdía el tiempo entre los enormes portones. Los portones
estaban situados a medio camino de la montaña de Gyouten, en un acantilado
justo por debajo del Mar de las Nubes. Las puertas protegidas fueron situadas
dentro de una cueva, en una alcoba varias veces más grande que la altura de un
hombre. En frente de la alcoba había una cornisa ancha. Esta era La Puerta
Prohibida, el cual provenía un acceso directo a la Corte Imperial y a los
niveles superiores del Palacio Kinpa[5] en las montañas de Gyouten sobre el Mar de
Nubes.
Era pasado el mediodía. Junto con el regular cambio
de guardia, Toshin tomó su posición frente a la puerta. Debajo de la cornisa,
la ciudad de Gyouten se desplegaba, rielando en el aire caliente. No había
brisas siquiera en aquella gran altura. El calor lo abrazaba como a un sauna.
Finalmente, las nubes comenzaron a reunirse en el
cielo sobre su cabeza. Las nubes venían del este, avanzando al Mar de Nubes
como si lamieran la base. Toshin oyó el sonido de un trueno distante. Una
niebla llenaba los alrededores de aire. El enorme peso de las nubes parecía
empujarlas hacia la Puerta Prohibida, borrando el sol.
Los pequeños rayos de luz ni siquiera llegaban
hasta la obturación de la puerta. Toshin observó al comienzo de la cornisa
volverse gris con la humedad. Junto con frío, la húmeda brisa un leve ruido
parecía acercarse por la tierra donde él estaba parado.
Toshin suspiró indiferentemente.
—Parece ser la lluvia —le dijo a Gaishi[6] a su lado.
—Sí —Gaishi respondió profundamente mostrando sus
dientes blancos—. Al menos hace al tiempo más fácil de lidiar. Las armaduras se
hacen muy pesadas con este calor —dijo sarcásticamente.
Gaishi era el sargento a cargo entre los cinco
hombres que cuidaban la Puerta Prohibida. Siendo el sargento era el más
experimentado, el más habilidoso y el más indicado para hacerse cargo de la
situación. Gaishi todavía no había comandado sobre todos ellos. No era un gran
líder. Si así era como un sargento debía ser, o si simplemente era la forma de
Gaishi de ser, Toshin realmente no sabía.
Toshin se había unido al ejército hace un año
cuando la nueva emperatriz fue coronada. Después de un año de entrenamiento,
fue asignado a la armada de la izquierda. Había servido en esa posición oficial
por medio año. No había trabajado bajo la orden de otro que no fuera Gaishi.
Una sección de veinticinco soldados protegiendo la
Puerta Prohibida. Una sección consistía en cinco grupos. Muchos de los otros
sargentos y el capitán en cargo eran tan agradables como Gaishi. Al menos según
los rumores que había escuchado, que difícilmente era el caso con los otros
capitanes.
—La provincia de Ei[7] es calurosa. La provincia de
Baku[8] tiene mejor clima.
—¿Es usted de la provincia de Baku, sargento?
—preguntó Toshin.
Gaishi asintió.
—Nacido y reclutado. Estaba en la guardia de la
provincia de Baku antes de la coronación de la actual emperatriz.
—Wow —dijo Toshin. Él estaba consciente de la única
distinción otorgada a los soldados de la provincia de Baku. De hecho, la cabeza
de la guardia de la Puerta Prohibida, general de la armada de la izquierda,
había sido elegida entre los dirigentes de la guardia de la provincia de Baku.
—Entonces, ¿conoce al general Sei…? —comenzó a
decir Toshin.
De repente una silueta voló a través de la cortina
gris colgando del borde de la cornisa. Toshin apenas tuvo tiempo de gritar ya
que la pesada niebla lo tiró contra la pared de roca y colisionó al lado de la
Puerta Prohibida. Con gritos ahogados, pateó una cara de la roca y resbaló
cayendo a la cornisa.
—Qué demonios —dijo Gaishi con voz tensa.
La bestia se tumbó en la tierra, sus alas golpeando
dos, tres veces, como si convulsionara. Lamentablemente intentó y colapsó. Una
figura humana solitaria se derrumbó boca arriba.
Gaishi alistó su lanza. Toshin siguió el ejemplo ya
que corrió a donde ambos habían caído. Solo la emperatriz, el Saiho y aquellos
a los que la reina les había dado permisos oficiales podían pasar la Puerta
Prohibida. El pegaso que había caído frente a ellos no era uno de esos.
La puerta llevaba al corazón del palacio, no era la
clase de lugar donde la gente simplemente tomaba el camino sin consentimiento,
a pesar de las circunstancias.
Justo como Toshin, sus compañeros soldados corrieron
hasta la bestia, cuyo cuello aún estaba caliente, y se prepararon para la
batalla. Toshin dejó caer un gran peso de ansiedad crecer en su estómago cuando
corría. Una falange de soldados disparó desde los cuarteles a ambos lados de la
Puerta Prohibida, levantando una pared de lanzas alrededor de la bestia y su
jinete.
Toshin finalmente les dio una buena mirada a ambos
abriendo bien sus ojos.
La bestia parecía un enorme perro plateado de
cabeza negra. La mancha de hollín que cubría su abrigo estaba borrada por
manchas de rojo oscuro. El pelaje oscuro de la cabeza fue limpiamente
desgarrado o faltaba en algunos puntos. El blanco sucio de sus plumas de las
alas y las plumas de vuelo fueron trituradas y perdidas.
Caído a un lado, golpeó débilmente el suelo con sus
alas, pero sin fuerza suficiente para llamarlo aleteo de alas. Al lado de este,
protegida por las alas, yacía la figura humana en un estado desastroso no muy
diferente al de su animal de monta: heridos, sucio y agotados.
Desconcertado, Toshin miró a Gaishi. Parado al
frente, su lanza lista, Gaishi enfrentó a la bestia y su jinete con ojos
sobresaltados. El rumor de la confusión corrió a través de la multitud. Gaishi
levantó su mano para calmar la conmoción de los soldados a su alrededor. Bajó
su lanza y le preguntó al jinete.
—¿Se encuentra usted bien?
Al oír su voz, el jinete levantó su cabeza. Ahí fue
cuando Toshin finalmente se dio cuenta que el jinete era una mujer. Ella era
alta, poseía una fuerte resistencia, y vestía una armadura ligera. O al menos,
lo que quedaba de su armadura. No solo por la suciedad y la decoloración, pero
al igual que la bestia que montaba, también le faltaban algunas cosas.
—¿Puede entenderme? ¿Cómo hizo para llegar acá?
La mujer gimió e intentó sentarse. Al hacer el
esfuerzo, Toshin se dio cuenta que sus brazos estaban lastimados con profundas
heridas. Gaishi tomó su lanza, inseguro.
—No se mueva. Lo lamento, pero no debe moverse.
Esta es la Puerta Prohibida. La gente sin permiso no puede acercarse.
Con un gemido, la mujer intentó levantarse. Esta
vez no estaba impedida.
—Discúlpeme por causarles una conmoción —murmuró,
su pecho se levantaba y caía con cada respiro. Logró arrodillarse—. Mi nombre
es Ryuu[9]. Ocupo el rango de general del reino de Tai.
—¿El reino de Tai? —Gaishi escuchó su eco con ojos
abiertos.
Con suplicante mirada en sus ojos, se arrodilló
frente al sargento.
—Sé que con gran ofensa y pido más de lo que
merezco. ¡Pero debo compartir ciertas palabras con la emperatriz del reino
oriental de Kei!

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