El secretario de la Corte
Imperial fue llamado a la entrada lateral de la Puerta Prohibida. El secretario
ocupa un puesto oficial en el Ministerio de los Cielos y atendía diversos
asuntos de la Corte Imperial. El secretario se colocaba frente a la puerta para
hacer un registro de quienes deseaban entrar al palacio, confirmar sus
identidades y comunicar la ida y la vuelta.
El
secretario fue corriendo junto con el capitán de guardia. Le dio un vistazo a
la mujer y a su montura y en una voz nerviosa gritó:
—¡Deshazte
de ellos!
—¡Pero
están heridos! —dijo el capitán, tratando de interceder.
El
secretario levantó la voz y de una forma dominante dijo:
—¿Un
general del reino de Tai? ¿Acaso se ve como un general? ¿Qué posible razón
tendría un general para visitarnos en primer lugar?
—Pero…
—Cállese
—ladró el secretario.
Aunque
Toshin y los otros soldados de la Puerta prohibida eran miembros de la Guardia
Real, daban servicio al secretario. Técnicamente hablando, pertenecían al
Ministerio de Verano, pero la cadena de mando en la puerta pasaba por el
secretario.
—Y para
hacer peor las cosas, están obstruyendo la Puerta Prohibida.
Se dio
vuelta hacia la mujer arrodillada y le hizo muecas.
—Si
realmente usted es general del reino de Tai como dice que es —salivó—,
entonces, cámbiese de ropa. Después de que hallamos confirmado de buena fe,
siéntase libre de presentarse a las oficinas del gobierno provincial siguiendo
las leyes del decoro.
En ese
momento el hombro de la mujer se estremeció. La mujer se había quebrado la
cabeza sobre su rostro y su destrozado cuerpo, a pesar de todo, Toshin percibió
una mirada feroz.
—¡Soy
consciente de mi impertinencia y si tuviera tiempo para pasar por los medios
adecuados lo haría sin lugar a duda!
Ella habló
de manera que demostraba estar mostrando sus verdaderas intenciones, pero el
secretario respondió con frialdad y una mirada despectiva. Otra vez bloqueó los
intentos del capitán para interceder y le dio la espalda.
En ese
momento, la mujer se acercó y le arrebató la lanza, dejándola fuera del alcance
de Toshin. Apenas Toshin había levantado la voz, la mujer ya había roto la
falange y corrido hacia la Puerta Prohibida.
El aliento
de la sorpresa colectiva adoptada por el secretario, Gaishi, Toshin y el resto
de los soldados presentes los demoró otro segundo. Los soldados regresaron en
sí y persiguieron a la mujer en una frenética rabia. Justo antes de que las
lanzas alcanzaran su espalda, una mano negra descendió entre ellos. Usando la
espalda de la bestia, la mujer se lanzó a través de la puerta.
—¡Atrápenla!
—surgió un coro de voces.
Toshin
surgió en la parte delantera del grupo, persiguiendo a la bestia que ya se
había deslizado a través de la puerta lateral. A la vanguardia de su mente
estaba su error. A pesar de sostener la espada, Gaishi había confiado en él, y
descuidadamente había dejado que ella le robara la lanza. Tendría que pagar el
infierno por haberse descuidado.
La
conciencia de culpa estaba atormentando sus pensamientos. Había caído por su
artimaña, como un tonto. Ella habría falsificado sus heridas. Su bestia habría
elaborado la respiración, debió ser un arduo entrenamiento para actuar, los
trabajos de ella al ser general de Tai había sido su error. No solo había caído
por sus mentiras. Se había tragado su mala -su pequeño drama anzuelo- línea y
lastre. Que le dio la apertura que necesitaba.
¿Su
pequeño y gastado drama?
Dentro de
la Puerta Prohibida se desfilaban motivos para poner un batallón a través de
ejercicios de formación. La mujer y su bestia cargaron hacia las escaleras por
la parte de atrás de la plaza. Tal vez capturando el viento de la
desesperación, los soldados y oficiales en modo de espera de los cuarteles se
unieran a ellos.
Nada mal,
pensaba, corriendo detrás de ella. No había visto su performance como era. La
mujer y la bestia habían mirado el borde la muerte. Incluso si la pegaba, la
sangre coagulada podía ser atribuida a arcilla roja, lo que parecía real.
Pero eso no
contaba para todas las heridas. En particular el brazo derecho de la mujer
estaba lleno de laceraciones que no habrían sido fáciles de falsificar. De
hecho…
Toshin fijó
su mirada a los asombrosos pasos de la mujer. Incluso su brazo derecho
simplemente colgaba a su lado. Justo frente a sus ojos, ella cayó. Otra vez su
brazo derecho no se había movido. La bestia galopó hacia ella y trató de
ayudarla a levantarse. Cuando se agarró del cuello de la bestia fue con el
mismo brazo con el que sostenía la lanza.
Instintivamente,
Toshin buscó la cara de Gaishi entre la multitud. Gaishi corría en la parte
trasera y saludó a Toshin con un movimiento de cabeza.
—Está bien.
Atrápala. Ponla bajo arresto. No la mates.
—Pero...
—Toshin le suplicó a Gaishi.
Desde la
entrada a la plaza se escuchó la estridente voz del secretario.
—¡Mátenla!
—No la
mates. Incluso si ella es una rebelde o una insurgente, debemos interrogarla.
Toshin
asintió y se encaminó en la persecución de la mujer. Aferrándose a la espalda
de la bestia, con sus últimas fuerzas, ella trató de buscar el nivel más
elevado de la plaza.
Bloqueando
su camino había una gran puerta. Del otro lado de la puerta, ya sobre el Mar de
las Nubes, estaban las habitaciones interiores de la residencia imperial. Otra
sección de soldados ya se había preparado. Pero lo estuvieran o no, se habían
dado cuenta del tumulto.
—No —pensó
Toshin. Si ellos abren la puerta sin estar plenamente informados de lo que
estaba pasando, la mujer intentaría escapar al interior del palacio.
En el
momento en que estas dudas se le ocurrían, se movió hacia la puerta lateral.
Situada en la espalda de la bestia, la mujer hizo un círculo hacia la puerta
lateral y se barrió hacia el interior del palacio.
Gritos de
consternación en torno a él. Golpes y gritos de censura sobre él. Estos sonidos
zumbaban en sus oídos, Toshin se empeñó en los pasos y llegó a la puerta
lateral. Al mismo tiempo, el grito de la bestia golpeó a Toshin como un puño al
plexo solar. Los soldados del otro lado deben haberlos acabado.
Sintiendo
haberse tragado un cubo de plomo, Toshin tropezó y pasó a través de la puerta
lateral. Dentro estaba el Roshin[1], el vestíbulo que conducía al interior de los
cuartos de la residencia imperial. Particionando el espacioso balcón estaba una
enorme barrera, más allá del cual estaban los edificios del dominio real de la
emperatriz.
Estas áreas
del palacio estaban prohibidas a la mayoría de los altos funcionarios del
palacio, por no mencionar a Toshin y sus compañeros soldados.
La bestia
se había derrumbado en los adoquines que conducían su camino al Seishin[2]. Muchas
púas y ganchos fueron lanzados al cuerpo para retenerlo.
—¡No! ¡No
los mates! —dijo la voz de Gaishi.
Los
soldados rodearon la bestia mirando alrededor en señal de sorpresa. Como Toshin
llegó contiguo el círculo condonado de los soldados, uno de ellos tenía la
punta de la lanza contra el cuello de la mujer. Él la quitó de una vez. El
cuerpo de la mujer convulsionó. Enojado epíteto surgió del cordón de soldados.
La
estridente y de mal genio voz del secretario se oyó desde la puerta.
—¡Mátala!
—gritó.
Comandos
para matar y no matar -la mujer y la bestia aún trataban de huir-, el cordón de
agitados soldados presionaba sobre ellos, en medio del pánico y de la confusión
una voz sonó claramente.
—¡¿Qué es
toda esta conmoción?!
Toshin
respiró con un suspiro aliviado. La figura aproximándose al cordón era de un
gran hombre sosteniendo una gran espada en la mano. El Daiboku[3] del Ministerio
de Verano. Fue asignado a la seguridad con el cargo de protección de la
emperatriz y los otros nobles. Entre ellos, el Daiboku era literalmente la
sombra de la emperatriz en el curso de sus rutinas diarias y servía como su
guardaespaldas personal.
En término
de clase social actual, él nunca había llegado a ser un barón de menor rango.
Pero este Daiboku tenía la especial confianza de la emperatriz. Fuera, a la
vista del público, él nunca se alejaba demasiado de ella y tomaba el mando de
sus subalternos.
Incluso
ahora el Daiboku estaba acompañado por tres súbditos.
—¡Una
rebelde! —gritó el secretario.
—¡Un
visitante! —replicó Gaishi.
El Daiboku
parpadeó y los miró.
—¿Una
rebelde o un visitante? ¿Cuál de los dos es?
—¡No es una
visitante! —dijo la voz chirriante. El secretario otra vez—. ¡Ella fingió ser
una visitante para invadir el palacio! —El secretario fue largo y tedioso sobre
las circunstancias que habían provocado el estado actual de las cosas.
En medio de
la narración el Daiboku levantó la mano en señal de que ya había oído
suficiente.
—Será más
rápido si le pregunto directamente a ella.
Con eso, el
Daiboku caminó con grandes pasos hacia ella. Toshin insertó su camino entre los
desorientados soldados y salió del lado de la mujer. Él recuperó la lanza
aprovechando que se le había caído y aprovechó la oportunidad para examinarla
de cerca.
No es
una mentira. Y no es una ejecución por etapas.
De hecho,
la sangre manchaba su desgarre, la ropa manchada en grotescos patrones. Y como
antes, la sangre fresca había tomado el color del acero ya que se coagulaba y
se secaba. Los restos de la armadura de cuero apenas colgaban de su cuerpo y su
brazo derecho yacía sobre las piedras aún atado por un cable. Bajo la herida de
la manga su antebrazo estaba marchito y negro. La gangrena ya debería haberse
instalado.
Ella no era
humana. Si no hubiera tenido el título de inmortalidad hubiera muerto para
entonces.
—Él te
ayudará —susurró Toshin. Sentándose en los adoquines, la mujer miró a través
del velo de sus despeinados cabellos—. Él tiene la confianza de la emperatriz.
La mujer
inclinó su cabeza en señal de gracias a Toshin. Gimió, se corrigió y giró hacia
el Daiboku. El secretario seguía chillando, pero el Daiboku lo ignoró y se
arrodilló en los adoquines.
—Entonces,
¿cómo acabaste aquí?
—Yo sé que
no puede haber excusas por el modo en el cual forcé mi entrada. Me disculpo
profundamente por la confusión y el desorden que causé. Pero por favor,
entienda que no existe ningún mal en mi corazón.
El Daiboku
asintió. Algunas tensiones se fueron del rostro de la mujer. Se inclinó
profundamente.
—Yo soy la
general de la armada provincial de Zui del reino de Tai. Mi nombre es Ryuu
Risai[4].
La boca del
Daiboku se abrió con sorpresa. Risai lo miró sinceramente.
—Existen
cuestiones de suma importancia que debo discutir con su alteza. Estoy al tanto
de mi impertinencia, pero solicito el honor de una audiencia con la emperatriz.
—Ella se postró frente al Daiboku—. Yo humildemente pongo antes usted esta
petición. Si usted pudiera comunicar este mensaje a la emperatriz.
El Daiboku
miró a Risai y asintió con firmeza.
—Denle una
mano. ¿Lo harán? Encuentren un lugar para que descanse…
La voz de
Risai lo interrumpió:
—¡No tengo
tiempo para descansar!
—No te
estoy poniendo bajo arresto. Necesitas descansar y cuidados médicos. —El
Daiboku sonrió—. Soy el Daiboku. Koshou[5] es mi nombre. Yo llevaré su petición a
la emperatriz, así que relájese. Enviaré a alguien por un doctor.
—¿Qué? —El
secretario elevó su voz—. ¿En qué está pensando? ¡Esta persona se aproximó a la
Puerta Prohibida sin autorización, invadió los establecimientos, dispersó las
tropas, contaminó las tierras del palacio, y dañó la dignidad de la emperatriz!
¡Inconcebible! ¡Ella debería ser llevada fuera y tratada de inmediato!
Koshou miró
al secretario, claramente sorprendido.
—¡Hey,
cuide su lenguaje! Ella podría ser un general de otro reino. No debería ser tan
rudo.
—¿Qué
general? ¡No veo ninguna general! ¡Solo veo una impostora!
—Sí, pero…
—Tal vez el
Daiboku esté equivocado. Determinar la buena fe de todos los visitantes y
ponerlos a su disposición es la tarea del secretario. ¡Solo porque usted está acomodado
por la emperatriz no significa que pueda meterse en los asuntos de otros
ministros!
—Entonces,
¡¿cuál es el problema con su buena fe?! —bramó Koshou. Encogiéndose, el
secretario se retiró—. ¿Piensa que la emperatriz estará contenta si tan solo la
echamos? —Asintió su cabeza hacia Toshin—. Llévenla. Su kijuu[6] también
—agregó, indicando a la bestia—. Has arreglos para cualquier tratamiento médico
que necesite.
Toshin
asintió y colocó su mano en el hombro de Risai con la intención de ayudarla a
ponerse de pie. Ella gentilmente lo rechazó.
—No, debes
calmarte.
Risai
sacudió la cabeza e intentó seguir a Koshou, quien ya se estaba yendo en una
lenta caminata.
—No puedes
continuar haciendo cosas así. Si el Daiboku no hubiera aparecido…
—Sí, lo sé
—dijo Risai, girando hacia Toshin—. No puedo agradecerles lo suficiente por su
amabilidad, pero considerando que la emperatriz no debería enojarse en
mancillar el palacio más de lo que yo he hecho, yo debería esperar en acompañar
al Daiboku a verla.
—Pero…
—Por favor.
Si no la veo ahora, dudo de ser capaz de verla de nuevo.
Ella se
aferró a él como su última esperanza. La cara de Risai estaba blanca por la
pérdida de sangre. Sus labios se estaban volviendo azules. Ella peleaba por
cada respiro, el aire resollaba débilmente dentro y fuera de sus pulmones. Sus
hombros y brazos se volvían fríos.
A esta
mujer no le quedan muchas horas de vida.
—¡Daiboku!
—gritó Toshin, poniendo su brazo debajo de su hombro para levantarla
apropiadamente—. Por favor, permítale ir con usted. Ella no se va a
tranquilizar hasta que usted lo haga.
Tal vez de
forma implícita, entendiendo su prisa por el tiempo y viendo su mirada de
desesperación, Koshou asintió. Él le entregó su espada a uno de los soldados y
se llevó a la mujer en sus brazos.


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