Habiendo tomado algunos
instantes para dormir, Risai y los otros dejaron el Palacio Kinpa a primera luz
del día. No escatimaron tiempo merodeando alrededor de las montañas Ryou’un,
tomaron su desayuno y se encaminaron a través del Mar de Nubes hacia el Monte
Hou.
Para el
momento en el que los picos de las Montañas Adamantinas rodeando el Mar
Amarillo se vieron al tercer día después de haber dejado Gyouten -habiendo
apenas dormido mientras tanto- se volvió claro que Risai estaba atrasando su
viaje. Como estaban acostumbrados el uno al otro, cabalgar un kijuu al
galope con solo un brazo resultó más difícil de lo que ella había previsto.
Tampoco era Hien tan rápido como los suguu que Youko y Rokuta estaban
montando.
Sin
embargo, es igualmente cierto que de no ser por Hien, Risai nunca podría haber
hecho el viaje en primer lugar. En momentos como ese, el sentimiento de pérdida
al cual ella había resuelto pesaba fuertemente en su mente.
Youko y
Rokuta silenciosamente la animaban, y en el cuarto día finalmente llegaron al
Monte Hou. Al menos, se dijo a sí, al mismo tiempo que pensaba, fue
más fácil de lo que había imaginado.
Había
cruzado una vez el Mar Amarillo bajo el Mar de Nubes, a pie hacia el Monte Hou.
Pensando en cuan ardua había sido esa experiencia, fue sorprendida por la
diferencia. Volando sobre el Mar de Nubes hizo las cosas más sencillas.
Pensando en el precio que el Cielo extrajo de la gente que iba al Shouzan, no
pudo hacer nada más que saborear el amargo gusto en la boca.
Solo se profundizó
cuando vio a la mujer parada en frente del templo palacio blanco. Según Youko,
incluso sin ser informada, Gyokuyou sentía cuando algunos visitantes llegaban.
Después de
que Enki puso a Gyokuyou al tanto de las circunstancias de su viaje, ella dio instrucciones
para que se les dé un lugar para descansar y luego quedarse. Descendieron del
Monte Hou a través de las puertas rojas de laca, y se les dio uso del palacio.
Haciéndose como en casa sola con Youko, Risai repentinamente rompió en
lágrimas.
—¿Risai?
¿Qué tienes? ¿Te sientes bien?
Risai
sacudió la cabeza. No entendía por qué, pero no podía dejar de llorar.
—Genkun
recordó quién soy yo.
—Ah —dijo
Youko desconcertada. Cuando Enki le dijo a Gyokuyou que Risai era de Tai, ella
inmediatamente conjeturó que Risai había estado entre los que habían hecho el
Shouzan.
—Pero ¿cómo
puede ser? ¡Nunca la conocí!
—Risai…
—Gyokuyou
sabía que yo había estado aquí sin que nadie le dijera previamente. Sabía quién
era sin habernos conocido. ¿Por qué?
Youko le
dio una angustiada mirada mientras le acariciaba la espalda.
—Si puede
verlo todo y anticipar todo, ¡entonces ella debe saber lo que está pasando en
Tai también!
—Pero,
Risai, Tai está bastante lejos.
Youko habló
sin gran convicción. Risai sacudió la cabeza violentamente.
—Anteriormente
crucé el Mar Amarillo en el Shouzan. ¿Entiende su Alteza cómo es un viaje así?
—No, no lo
entiendo.
—Era una
tierra estéril donde los youma son espesos como ladrones. La gente que
va en bandas durante el Shouzan se instala en el Monte Hou donde mejor les
parece. Muchos de mis compañeros de viaje perecieron en el camino. Sin caminos
y sin lugares de descanso, solo podía ser llamado páramo. Hicimos el viaje
arriesgando la vida y la integridad física, el acoso de los youma era
más atemorizante con cada paso. Lo que tomó casi dos meses yo lo crucé en un
solo día. Sobre el Mar de Nubes, es todo a lo que equivale.
Youko solo
la miraba a los ojos y escuchaba lo que tenía que decir.
—La gente
que hace el Shouzan viaja al Monte Hou con el objetivo de recibir la Misión del
Cielo. ¿Por qué? ¿Por qué los kirin están aquí? Si conocer al kirin
también importara, entonces ¿por qué no viajar sobre el Mar de Nubes? Entonces
todos podrían conocer al kirin sin arriesgar sus vidas.
—Sí, ya
veo.
—A causa de
la necesidad de cruzar el Mar Amarillo, todos lo piensan dos veces antes de
disponerse a hacerlo. Y una vez que se aventuraron a salir nuevamente, no es
fácil. El viaje se convierte en una maratón. Aquí y allá puede ser un viaje de
cuatro días. La gente podría hacer el Shouzan más fácilmente. ¿No lo cree?
—Sí, podría
ser —concordó Youko.
—Se dice
que el Cielo ve en los corazones de la gente y elige a la mejor persona para
recibir la Misión del Cielo. Nunca se cruzó por mi mente cuestionar eso. Pero ¿existe
realmente el Cielo? Esa es la primera pregunta que levantó dudas en mí. ¿Cómo
trabaja exactamente? Genkun adivina nuestras llegadas y recuerda nuestros
rostros de la gente que hizo el Shouzan, a quienes nunca conoció. Y con esos
poderes milagrosos, el Cielo prevé quién debe ser el Rey. ¿Es así? ¿Pero no
puede hacer eso el Cielo sin el Shouzan? ¿Por qué debemos arriesgar nuestras
vidas cruzando el Mar Amarillo? ¿Para qué lo hacemos?
Youko
levantó las cejas. Era realmente una paradoja.
—Si
reunirse con el kirin y averiguando la Misión del Cielo era la única
forma de elegir a un rey, el costo sería alto, pero considerando el bien de la
gente, vale la pena el cambio. Si ese no es el caso, entonces ¿cuál es el
sentido de todo esto? ¿Qué bien podría traer de aquellos que murieron en el Mar
Amarillo?
¿Cómo se
supone que sepa? Youko no podía evitar pensar para ella misma. No había que
negar el punto al que había llegado ella. Si el Cielo podía discernir en los
corazones de la gente de antemano y tomar a uno, entre aquellos, de buen
corazón, no habría necesidad del Shouzan.
Si ese no era el caso…
si solo a través de los ojos del kirin podría elegirse a la persona
correcta para ser rey… entonces, ¿qué pasaba con los casos como el suyo? Sin
saber nada sobre el otro mundo, una estudiante normal de secundaria había
nacido como taika. Sin Embargo, el Mandato del Cielo había caído sobre
sus hombros. Según Keiki, había percibido en ella “el Derecho Divino” a
gobernar. Pero quizá las personas “reyes” fueron predestinadas de antemano y
ese Derecho Divino no estaba presente.
—Para el Cielo que demanda
irrazonablemente tan gran costo y entonces ofrecer a los elegidos sin
asistencia… ¿ningún rey merece tal destino? Por supuesto, no se puede decir que
ningún rey gobierna sin errores. Quizá el Cielo tiene alguna razón para darle
la espalda. Pero entonces ¿por qué tolerar la existencia de Asen? Él provoca
lluvia de muerte y destrucción sobre la gente. ¿Por qué no ayuda al verdadero
rey y derriba al impostor?
—Risai…
—¿Qué somos… qué son los reyes y
las emperatrices… para el Cielo?
El Jardín de los Dioses,
pensó repentinamente Youko, al comienzo. Tal vez era eso de lo que todo se
trataba. Tentei era el supervisor del reino en este mundo. Tentei se sentaba en
su trono en el Cielo. Youko eligió el Rikkan. Al introducir los nombres de los
ministros oficiales en el Registro de Inmortales, ella los elevó a la condición
de divinos. Ella nombró a los sennin.
Sorprendida por el pensamiento,
sintió a su mente dar vueltas. En cuyo caso, el llanto de Risai era el llanto
de la gente. Youko había escuchado una vez un llanto similar en un pueblo de
Kei.
—Risai, no sé cómo responder a
tus preguntas. Pero hay una cosa que sí sé.
—¿Una cosa que sí sabe?
—Si hay un Cielo, no es
infalible. Un Cielo que no existe no puede equivocarse. Pero un Cielo que sí,
mayormente puede.
Una sorprendida y curiosa
mirada se vio en el rostro de Risai.
—Si el Cielo no tiene
existencia concreta, entonces no debería haber expectativa de que pudiese hacer
algo para salvarnos. Pero si fuera hasta el Cielo solo para salvarnos, entonces
sería, sin duda, un error.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Quiero decir, que solo
nosotros podemos salvarnos, Risai.[1]

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