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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

domingo, 26 de marzo de 2023

La Orilla en Crepúsculo, el Cielo al Amanecer - Capítulo 44

 

CAPÍTULO 44

 

 

 

Taiki fue llevado directamente al Monte Hou. Esperándolo en las puertas, Gyokuyou examinó la figura que la empujaba fuertemente.

—¿Qué sucedió…? —empezó a preguntar, pero no pudo decir nada más.

—¿Qué podemos hacer para curarlo? —imploró Risai.

Según Shouryuu, Taiki bajó sus poderes en Wa, logró montar a Rikaku de Aquel Lugar a Este Lugar. Pero desde entonces, no ha abierto los ojos en ningún momento.

Llevado por las nyosen según las órdenes de Gyokuyou, su rostro seguía de un color gris ceniza. Parecía haber caído en un profundo sueño.

Gyokuyou se arrodilló y miró al rostro demacrado, sus propios rasgos extraídos de dolor.

—Las impurezas han corrompido su cuerno. Sin embargo, aunque imperfecto, ha alcanzado su plena estatura como el “kirin negro”.

Ella levantó su cabeza y miró a Risai, Youko y Shouryuu. Estos tres habían acompañado a Taiki ahí, siendo los demás kirin incapaces de cumplir con su presencia.

—Esto no es algo que podamos abordar. Nuestra única esperanza es confiar en los buenos trabajos de la Reina Madre.

Los tres le devolvieron la mirada.

—¿La Reina Madre?

Risai preguntó:

—¿Se refiere a la Reina Madre del Oeste?

Gyokuyou asintió.

—Es posible que la Reina Madre conozca la forma de ayudarlo.

—¿La Reina Madre existe?

—Por supuesto que existe. Síganme.

Gyokuyou se dirigió al santuario. Tanto Youko como Shouryuu habían entrado en su recinto una vez. Solo las estatuas de la Reina Madre y de Tentei estaban sobre el altar en el interior del santuario. El altar fue esculpido con numerosos patrones y motivos. En un altar de plata enfrentado a un par de pulidas pantallas de plata, sentada en el trono la figura de una persona. Cortinas color perla enhebran entre los cuatro pilares escondiendo una estatua hasta el pecho.

Gyokuyou hizo una reverencia a la estatua y continuó hacia la parte de atrás. Dos puertas… derecha e izquierda… daban elegancia a la pared detrás del altar. Gyokuyou golpeó la puerta de la izquierda. Y esperó varios minutos. A la distancia, desde la puerta llegó el sonido de dos discos de piedra siendo golpeados juntos.

Abrió la puerta. Teniendo en cuenta el tamaño de la corte, no debería haber mucho más allá de la puerta. Pero más allá había más pabellones. Por insistencia de Gyokuyou, Youko y los otros pasaron a través de la puerta. Dentro había un templo que no era templo. El extenso piso blanco se asemejaba al de la corte. En el centro estaba el mismo altar y trono. Salvo por las cortinas color perla que se habían colocado.

Las dos habitaciones parecían ser copias de sí. Pero aquí no había techo. No había paredes interiores. El puro color blanco de los pilares formando una pared detrás del trono era de hecho una cascada de agua que caía del infinito. El curso del agua estaba envuelto en bruma y neblina. Mirando arriba, todo lo que se podía discernir eran rayos blancos de luz brillando desde una gran distancia.

De un lado del trono, completamente pulcra, la luz blanca, estaba una mujer. Siguiendo el ejemplo de Gyokuyou, y arrodillándose en obediencia, Youko y los otros entendieron que ella era la Reina Madre del Oeste.

Incluso Shouryuu nunca la había conocido. Los verdaderos dioses nunca se mezclan con el mundo de abajo. Las otras dos nunca se habían convencido de que la diosa realmente existiera.

La belleza del rostro de Hekika Genkun era conocida por todos y cada uno. Comparada a ella, la Reina Madre del Oeste parecía… no fe… simplemente sencilla.

Las nyosen que sostenían a Taiki lo colocaron bajo sus pies. Echándole un vistazo, se sentó calmadamente, sin mover un músculo.

—Esta es una horrible visión. —Su voz era monótona, casi mecánica.

Gyokuyou se inclinó profundamente.

—Como usted observó, este es lo más que nuestras pobres e indignas manos pudieron hacer. Quisiéramos contar con la Reina Madre y su poder.

—Él viene aquí menospreciado y maldecido. Nunca antes he contemplado tal daño y desprecio hacia un kirin.

Sus palabras sugerían, no un atisbo de pena, tal vez porque el silencio de la caída cortina de agua absorbía cualquier ritmo o entonación de voz.

—Los shirei perdieron el Camino y se volvieron salvajes. Esto debe ser por causas ajenas al kirin mismo. Ha perdido su cuerno, cayó enfermo, y no tiene la fuerza para disciplinar a los embravecidos shirei dentro suyo.

»Dejen a los shirei conmigo. Los voy a exorcizar.

—¿Y Taiki?

Un silencio cayó en el grupo. La mujer seguía tranquila. Le parecía a Risai un pequeño cambio de su estatua de piedra. Nada se movió a excepción de la caída del agua y el aumento de neblina detrás de ella. Se veía cómo un río de fino polvo. Polvo bailando en el viento.

—Por favor, no lo deje de lado —dijo Risai.

La única evidencia de reacción por parte de la Reina Madre fue un leve arqueamiento de cejas.

—Él es necesario para Tai.

—Incluso si se lo cura, no hay nada que él pueda hacer. ¿Tienes la intención de derrotar a sus enemigos con ese cuerpo tuyo? —Habló sin una chispa de empatía.

Risai tomó su hombre de su brazo derecho perdido.

—No.

—Taiki es muy parecido a ti. No hay nada más que pueda hacer.

—Él todavía importa, de todos modos.

—¿Con qué propósito?

—Para salvar a Tai.

—¿Por qué rezas por la salvación de Tai?

Risai se quedó sin palabras.

—La… la respuesta a esa pregunta no es ni necesaria decirla.

—¿Ni necesaria decirla?

Risai abrió la boca, pero no dijo nada. ¿Por qué se había empeñado en salvar Tai en primer lugar?

—¿Amas a Taiki y al Rey de Tai? ¿Amas a la Corte Imperial a la que sirves?

Eso es verdad, también, pensó Risai. Ella veneraba a Gyousou y adoraba a Taiki. Estaba orgullosa del hecho de que ellos le hubieran otorgado su confianza y la hubieran nombrado en un puesto de responsabilidad. Amaba ese lugar donde fue tratada como “una más del equipo”.

Pero Risai no entendía. ¿Qué se había perdido que nunca volvería a lo que fue una vez? Ella había perdido muchos de sus subordinados, y muchos de los funcionarios judiciales en los que confiaba. Lo último que había escuchado es que la ubicación de Taisai Kaihaku del Ministerio del Cielo permanecía siendo desconocida. Se decía que el Chousai Eichuu había muerto por las heridas. Los rumores también decían que Senkaku del Ministerio de la Tierra y Haboku del Ministerio de Verano habían sido ejecutados. No tenía idea de qué había pasado después de que partió con Kaei en la provincia de Zui, y estaba demasiado asustada como para proseguir en el asunto.

Todas esas personas enterradas por seis años. Risai miró abajo a los pies de la Reina Madre, donde yacía Taiki. Ya no era el niño que ella había conocido una vez. Ese joven Taiki ya no existía.

—¿O simplemente no puedes perdonar a Asen?

Por supuesto que no podía perdonar a Asen. Se había ganado la confianza de Taiki y luego la utilizó para atacarlo. Había robado el trono. Había llevado a Tai a los confines del infierno. Muchos perdieron la vida por su culpa. No había forma de que tal inhumanidad pueda alguna vez ser perdonada. Que a Asen se le permitiera seguir en el trono era un repudio sin gracia, de moralidad y del buen sentido, caridad y buena fe… de todo lo que los seres humanos deberían tenerle cariño.

—¿Quieres limpiar tu nombre? ¿O está fuera del amor por Tai?

Risai no podía responder. Ninguna le parecía una respuesta correcta.

—No lo sé.

—Así que zapateas y haces escándalo como una niña irrazonable acerca de cuanto te molesta todo.

Tampoco era eso. Risai elevó su mirada. El extenso espacio blanco le recordaba… aunque dolorosamente… los paisajes nevados de Tai. Los innumerables copos de nieve cubriendo las montañas, los campos y las aldeas. Cada sonido se apaciguaba. Bajo el silencio envuelto, el mundo caía en una especie de hibernación paralizante.

Risai definitivamente sintió el aguijón de su confusa reputación. Estaba furiosa con Asen por eso. Había jurado vengarse de él por pisotear todo lo que era bueno y justo bajo sus pies. Hace mucho tiempo se había resuelto en que, si el Cielo no enderezaba los caminos torcidos, ella lo haría.

Esperando la oportunidad mientras vagabundeaba en la provincia de Jou, Risai había perdido muchos amigos y conocidos. Después de sufrir tantas heridas, había llegado a creer que solo derrocando a Asen ella podría tener alguna esperanza de curación.

Y, sin embargo, con cada pasar de invierno, la nieve había congelado todos esos pensamientos suyos.

—Ni siquiera yo misma lo sé. —Siguió la niebla que se expandía de la cascada con sus ojos. Parecía el humo elevándose de las ruinas—. Excepto que Tai será destruida si las cosas continúan como están.

—Y ¿es la destrucción inaceptable para ti?

—Sí. Solo eso no puedo soportar.

—¿Por qué?

¿Por qué?, pensó Risai. La primera cosa que salió de su boca era la que menos esperaba decir.

—Porque si Tai cae será mi culpa.

—¿ culpa?

—No sé cómo decirlo. Pero así es como lo siento. —Por supuesto, las ruinas de Tai no eran algo que Risai podría haberlo hecho—. Si Tai cae, mucho se perderá para mí. El reino que amo. Sus dominios y territorios. Su gente. Y cada recuerdo atado a él. Todo. Pero, creo que perderé algo más grande que todo eso. Antes de añorar por lo que perdí y llorar por lo que ya no tengo, resistiré en lo que me convierta y maldeciré mi destino.

Tomó un respiro y lo dejó ir.

—Tiene razón. Puede que yo esté actuando como una niña caprichosa. Para el final del día, estaba dispuesta a desgarrar la salida con el fin de escapar de ese dolor. Simplemente con el fin de preservar la santidad de mis emociones.

Risai miró hacia abajo, a Taiki, y regresó la mirada al altar.

—No es algo que desee por el Taiho. No estoy buscando ningún milagro. Si los Dioses… que podrían realizar tal milagro… no van a salvar Tai, ¿cómo podría esperarlo del Taiho?

La Diosa levantó una ceja.

—Sin embargo, la luz debe ser llevada a Tai. Además de que Tai realmente se congelara, solo la muerte y la destrucción continuarán.

La Reina Madre no dijo nada más. Su rostro no decía nada. En sus ojos se reflejaba un universo vacío. Por fin sus ojos cayeron en Taiki.

—Exorcizaré esta enfermedad de él. Pero no prometo nada más. —Casi mecánicamente, levantó una mano—. Pueden salir ahora. Y llévenselo con ustedes.

Tan pronto como habló, un gran sonido resonó y la cascada rodeando el trono, fue tragada en la niebla. Antes de que pudiese decir algo, Risai tropezó hacia atrás, cerrando los ojos por reflejo. Recogiendo su agudeza sobre ella, se dio cuenta que estaba en la parte trasera de la corte, de pie sobre los adoquines blancos.

La vacía extensión de adoquines llegaba a los pies de las verdes montañas. El tranquilo sonido de las olas del Mar de Nubes se precipitaba.

Risai miró a su alrededor confusamente, las nyosen estaban rodeando a Taiki, Youko y Shouryuu estaban anonadados. Gyokuyou estaba sola arrodillada en los adoquines. Después de inclinarse profundamente, se levantó y miró sobre el hombro a Risai.

—Deberían llevárselo con ustedes ahora. Taiki dormirá por un tiempo, pero como la Reina Madre prometió, definitivamente se curará de esta enfermedad.

Risai miró a Gyokuyou. Sus nobles rasgos le recordaban al triste rostro de la joven mujer con la que había partido hace mucho tiempo en la provincia natal de Gyousou.

—¿Eso es todo?

Gyokuyou asintió silenciosamente.


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