CAPÍTULO
44
Taiki fue llevado directamente al Monte Hou. Esperándolo en las
puertas, Gyokuyou examinó la figura que la empujaba fuertemente.
—¿Qué sucedió…? —empezó a preguntar, pero no pudo
decir nada más.
—¿Qué podemos hacer para curarlo? —imploró Risai.
Según Shouryuu, Taiki bajó sus poderes en Wa, logró
montar a Rikaku de Aquel Lugar a Este Lugar. Pero desde entonces,
no ha abierto los ojos en ningún momento.
Llevado por las nyosen según las órdenes de
Gyokuyou, su rostro seguía de un color gris ceniza. Parecía haber caído en un
profundo sueño.
Gyokuyou se arrodilló y miró al rostro demacrado,
sus propios rasgos extraídos de dolor.
—Las impurezas han corrompido su cuerno. Sin
embargo, aunque imperfecto, ha alcanzado su plena estatura como el “kirin
negro”.
Ella levantó su cabeza y miró a Risai, Youko y
Shouryuu. Estos tres habían acompañado a Taiki ahí, siendo los demás kirin
incapaces de cumplir con su presencia.
—Esto no es algo que podamos abordar. Nuestra única
esperanza es confiar en los buenos trabajos de la Reina Madre.
Los tres le devolvieron la mirada.
—¿La Reina Madre?
Risai preguntó:
—¿Se refiere a la Reina Madre del Oeste?
Gyokuyou asintió.
—Es posible que la Reina Madre conozca la forma de
ayudarlo.
—¿La Reina Madre existe?
—Por supuesto que existe. Síganme.
Gyokuyou se dirigió al santuario. Tanto Youko como
Shouryuu habían entrado en su recinto una vez. Solo las estatuas de la Reina
Madre y de Tentei estaban sobre el altar en el interior del santuario. El altar
fue esculpido con numerosos patrones y motivos. En un altar de plata enfrentado
a un par de pulidas pantallas de plata, sentada en el trono la figura de una
persona. Cortinas color perla enhebran entre los cuatro pilares escondiendo una
estatua hasta el pecho.
Gyokuyou hizo una reverencia a la estatua y
continuó hacia la parte de atrás. Dos puertas… derecha e izquierda… daban
elegancia a la pared detrás del altar. Gyokuyou golpeó la puerta de la
izquierda. Y esperó varios minutos. A la distancia, desde la puerta llegó el
sonido de dos discos de piedra siendo golpeados juntos.
Abrió la puerta. Teniendo en cuenta el tamaño de la
corte, no debería haber mucho más allá de la puerta. Pero más allá había más
pabellones. Por insistencia de Gyokuyou, Youko y los otros pasaron a través de
la puerta. Dentro había un templo que no era templo. El extenso piso blanco se
asemejaba al de la corte. En el centro estaba el mismo altar y trono. Salvo por
las cortinas color perla que se habían colocado.
Las dos habitaciones parecían ser copias de sí.
Pero aquí no había techo. No había paredes interiores. El puro color blanco de
los pilares formando una pared detrás del trono era de hecho una cascada de
agua que caía del infinito. El curso del agua estaba envuelto en bruma y
neblina. Mirando arriba, todo lo que se podía discernir eran rayos blancos de
luz brillando desde una gran distancia.
De un lado del trono, completamente pulcra, la luz
blanca, estaba una mujer. Siguiendo el ejemplo de Gyokuyou, y arrodillándose en
obediencia, Youko y los otros entendieron que ella era la Reina Madre del
Oeste.
Incluso Shouryuu nunca la había conocido. Los
verdaderos dioses nunca se mezclan con el mundo de abajo. Las otras dos nunca
se habían convencido de que la diosa realmente existiera.
La belleza del rostro de Hekika Genkun era conocida
por todos y cada uno. Comparada a ella, la Reina Madre del Oeste parecía… no
fe… simplemente sencilla.
Las nyosen que sostenían a Taiki lo
colocaron bajo sus pies. Echándole un vistazo, se sentó calmadamente, sin mover
un músculo.
—Esta es una horrible visión. —Su voz era monótona,
casi mecánica.
Gyokuyou se inclinó profundamente.
—Como usted observó, este es lo más que nuestras
pobres e indignas manos pudieron hacer. Quisiéramos contar con la Reina Madre y
su poder.
—Él viene aquí menospreciado y maldecido. Nunca
antes he contemplado tal daño y desprecio hacia un kirin.
Sus palabras sugerían, no un atisbo de pena, tal
vez porque el silencio de la caída cortina de agua absorbía cualquier ritmo o
entonación de voz.
—Los shirei perdieron el Camino y se
volvieron salvajes. Esto debe ser por causas ajenas al kirin mismo. Ha
perdido su cuerno, cayó enfermo, y no tiene la fuerza para disciplinar a los
embravecidos shirei dentro suyo.
»Dejen a los shirei conmigo. Los voy a
exorcizar.
—¿Y Taiki?
Un silencio cayó en el grupo. La mujer seguía
tranquila. Le parecía a Risai un pequeño cambio de su estatua de piedra. Nada
se movió a excepción de la caída del agua y el aumento de neblina detrás de
ella. Se veía cómo un río de fino polvo. Polvo bailando en el viento.
—Por favor, no lo deje de lado —dijo Risai.
La única evidencia de reacción por parte de la
Reina Madre fue un leve arqueamiento de cejas.
—Él es necesario para Tai.
—Incluso si se lo cura, no hay nada que él pueda
hacer. ¿Tienes la intención de derrotar a sus enemigos con ese cuerpo tuyo?
—Habló sin una chispa de empatía.
Risai tomó su hombre de su brazo derecho perdido.
—No.
—Taiki es muy parecido a ti. No hay nada más que
pueda hacer.
—Él todavía importa, de todos modos.
—¿Con qué propósito?
—Para salvar a Tai.
—¿Por qué rezas por la salvación de Tai?
Risai se quedó sin palabras.
—La… la respuesta a esa pregunta no es ni necesaria
decirla.
—¿Ni necesaria decirla?
Risai abrió la boca, pero no dijo nada. ¿Por qué se
había empeñado en salvar Tai en primer lugar?
—¿Amas a Taiki y al Rey de Tai? ¿Amas a la Corte
Imperial a la que sirves?
Eso es verdad, también, pensó Risai. Ella
veneraba a Gyousou y adoraba a Taiki. Estaba orgullosa del hecho de que ellos
le hubieran otorgado su confianza y la hubieran nombrado en un puesto de
responsabilidad. Amaba ese lugar donde fue tratada como “una más del equipo”.
Pero Risai no entendía. ¿Qué se había perdido que
nunca volvería a lo que fue una vez? Ella había perdido muchos de sus
subordinados, y muchos de los funcionarios judiciales en los que confiaba. Lo
último que había escuchado es que la ubicación de Taisai Kaihaku del Ministerio
del Cielo permanecía siendo desconocida. Se decía que el Chousai Eichuu había
muerto por las heridas. Los rumores también decían que Senkaku del Ministerio
de la Tierra y Haboku del Ministerio de Verano habían sido ejecutados. No tenía
idea de qué había pasado después de que partió con Kaei en la provincia de Zui,
y estaba demasiado asustada como para proseguir en el asunto.
Todas esas personas enterradas por seis años. Risai
miró abajo a los pies de la Reina Madre, donde yacía Taiki. Ya no era el niño
que ella había conocido una vez. Ese joven Taiki ya no existía.
—¿O simplemente no puedes perdonar a Asen?
Por supuesto que no podía perdonar a Asen. Se había
ganado la confianza de Taiki y luego la utilizó para atacarlo. Había robado el
trono. Había llevado a Tai a los confines del infierno. Muchos perdieron la
vida por su culpa. No había forma de que tal inhumanidad pueda alguna vez ser
perdonada. Que a Asen se le permitiera seguir en el trono era un repudio sin
gracia, de moralidad y del buen sentido, caridad y buena fe… de todo lo que los
seres humanos deberían tenerle cariño.
—¿Quieres limpiar tu nombre? ¿O está fuera del amor
por Tai?
Risai no podía responder. Ninguna le parecía una
respuesta correcta.
—No lo sé.
—Así que zapateas y haces escándalo como una niña
irrazonable acerca de cuanto te molesta todo.
Tampoco era eso. Risai elevó su mirada. El extenso
espacio blanco le recordaba… aunque dolorosamente… los paisajes nevados de Tai.
Los innumerables copos de nieve cubriendo las montañas, los campos y las
aldeas. Cada sonido se apaciguaba. Bajo el silencio envuelto, el mundo caía en
una especie de hibernación paralizante.
Risai definitivamente sintió el aguijón de su
confusa reputación. Estaba furiosa con Asen por eso. Había jurado vengarse de
él por pisotear todo lo que era bueno y justo bajo sus pies. Hace mucho tiempo
se había resuelto en que, si el Cielo no enderezaba los caminos torcidos, ella
lo haría.
Esperando la oportunidad mientras vagabundeaba en
la provincia de Jou, Risai había perdido muchos amigos y conocidos. Después de
sufrir tantas heridas, había llegado a creer que solo derrocando a Asen ella
podría tener alguna esperanza de curación.
Y, sin embargo, con cada pasar de invierno, la
nieve había congelado todos esos pensamientos suyos.
—Ni siquiera yo misma lo sé. —Siguió la niebla que
se expandía de la cascada con sus ojos. Parecía el humo elevándose de las
ruinas—. Excepto que Tai será destruida si las cosas continúan como están.
—Y ¿es la destrucción inaceptable para ti?
—Sí. Solo eso no puedo soportar.
—¿Por qué?
¿Por qué?, pensó Risai. La primera cosa que
salió de su boca era la que menos esperaba decir.
—Porque si Tai cae será mi culpa.
—¿Tú culpa?
—No sé cómo decirlo. Pero así es como lo siento.
—Por supuesto, las ruinas de Tai no eran algo que Risai podría haberlo hecho—.
Si Tai cae, mucho se perderá para mí. El reino que amo. Sus dominios y
territorios. Su gente. Y cada recuerdo atado a él. Todo. Pero, creo que perderé
algo más grande que todo eso. Antes de añorar por lo que perdí y llorar por lo
que ya no tengo, resistiré en lo que me convierta y maldeciré mi destino.
Tomó un respiro y lo dejó ir.
—Tiene razón. Puede que yo esté actuando como una
niña caprichosa. Para el final del día, estaba dispuesta a desgarrar la salida
con el fin de escapar de ese dolor. Simplemente con el fin de preservar la santidad
de mis emociones.
Risai miró hacia abajo, a Taiki, y regresó la
mirada al altar.
—No es algo que desee por el Taiho. No estoy
buscando ningún milagro. Si los Dioses… que podrían realizar tal milagro… no
van a salvar Tai, ¿cómo podría esperarlo del Taiho?
La Diosa levantó una ceja.
—Sin embargo, la luz debe ser llevada a Tai. Además
de que Tai realmente se congelara, solo la muerte y la destrucción continuarán.
La Reina Madre no dijo nada más. Su rostro no decía
nada. En sus ojos se reflejaba un universo vacío. Por fin sus ojos cayeron en
Taiki.
—Exorcizaré esta enfermedad de él. Pero no prometo
nada más. —Casi mecánicamente, levantó una mano—. Pueden salir ahora. Y
llévenselo con ustedes.
Tan pronto como habló, un gran sonido resonó y la
cascada rodeando el trono, fue tragada en la niebla. Antes de que pudiese decir
algo, Risai tropezó hacia atrás, cerrando los ojos por reflejo. Recogiendo su
agudeza sobre ella, se dio cuenta que estaba en la parte trasera de la corte,
de pie sobre los adoquines blancos.
La vacía extensión de adoquines llegaba a los pies
de las verdes montañas. El tranquilo sonido de las olas del Mar de Nubes se
precipitaba.
Risai miró a su alrededor confusamente, las nyosen
estaban rodeando a Taiki, Youko y Shouryuu estaban anonadados. Gyokuyou estaba
sola arrodillada en los adoquines. Después de inclinarse profundamente, se
levantó y miró sobre el hombro a Risai.
—Deberían llevárselo con ustedes ahora. Taiki
dormirá por un tiempo, pero como la Reina Madre prometió, definitivamente se
curará de esta enfermedad.
Risai miró a Gyokuyou. Sus nobles rasgos le
recordaban al triste rostro de la joven mujer con la que había partido hace
mucho tiempo en la provincia natal de Gyousou.
—¿Eso es todo?
Gyokuyou asintió silenciosamente.

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