La estación pronto pasaría del
verano al otoño. Pero dentro del Ransetsu, una pesada y agotada atmósfera teñía
la habitación. Después de conducir numerosas búsquedas, el paradero de Taiki
seguía siendo incierto. Todo lo que destacaba en medio de la niebla era el aura
de Gouran. Inundando los menguantes rayos del kirin, dándoles ninguna
pista de su ubicación. El mapa que llevaba Rokuta consigo era totalmente
inservible, lugares eliminados y otros rellenados.
Shouryuu
preguntó:
—¿No
podemos determinar la ubicación de Taiki al ubicar a Gouran?
—No
—respondieron todos los kirin.
Hanrin se
encogió de hombros y dijo en voz baja.
—Si fuera
tan simple, gran tontito, ya lo habríamos encontrado.
—Sabemos
que está ahí. Sabemos por ese mal sentimiento que estamos todos consiguiente
solo maldecir. Porque ese sentimiento se hace peor cada vez que nos acercamos,
sabemos que nos estamos calentando. Pero eso es todo.
—Entonces,
¿por qué no puede dirigir la búsqueda en dirección en la que se calienta?
—Solo para
darte una pista —dijo Hanrin mirando a Shouryuu—, pero seguro, si Gouran fuera
algún poste atorado en la tierra, entonces encontrarlo sería como comer un
pastel. Y todo más fácil sin la estática que se levanta de todos estos malditos
shirei reacios y sus instintos limitados corriendo de un lado a otro.
Pero Gouran está en movimiento. Su poder aumenta y disminuye. Probablemente su
aura cambia cuando duerme y cuando está despierto. Por lo que incluso
persiguiendo donde los poderes están concentrados, terminaremos perdiendo la
marca. ¡Y no hay que decir si estuviéramos fuera de la milla o si Gouran
simplemente decidió tomar una siesta!
Bastante
inconsciente de sus acciones, Hanrin incluso zapateó con énfasis, su irritación
expresaba toda su fatiga y frustraciones acumuladas.
—Hey, no te
desquites conmigo.
—Si me
hubiera desquitado contigo como tú —gritó Hanrin—. ¡Yo habría sido quien
terminaría lastimada!
Se dio
vuelta y salió precipitadamente de la Sala Ransetsu. Como Shouryuu esperó a que
ella saliera, un abanico lo golpeó en un costado de la cabeza.
—Hey,
hombre mono, deja a mi princesa.
Shouryuu
hizo una mueca y tomó el abanico del Rey de Han que lo golpeó.
—Escucha,
hijo de p…
—Los Taiho
están dando su mejor esfuerzo. Y, sin embargo, no ha sido suficiente. ¿Quién
más que nadie aquí tiene derecho a estar molesto por eso? Tú y yo somos meros
observadores. Todas estas quisquillas no nos llevarán a nada.
Shouryuu se
mantuvo silencioso como una piedra.
—En
particular, Rietsu está bastante asustada de Gouran. Es una criatura mucho más
sensible que ese pequeño babuino tuyo.
—Te refieres
a que ella es tímida. No es como que Taiki estuviera por perder el control de
sí.
—Como
unicornio está bien acostumbrarse al peligro. No puede hacer nada en contra de
su propia naturaleza que la hace retroceder ante tales peligros. Sus instintos
naturales son mucho más fuertes que los de un kirin taika. No es
algo que pueda controlar, así que mantén las críticas para ti.
El Rey de
Han miró a Renrin y a Keiki.
—Ustedes
dos también. No se exijan demasiado. Creo que es tiempo de dar por acabado.
Cuando el día sigue así, el cuerpo tiende a agotarse. El Taiho de Kei, en
particular, debe tomarse el tiempo para hacer las cosas de su apretada agenda
aquí.
—De hecho
—concordó Renrin con un suspiro.
Cuando
miraron a Keiki para confirmar, él asintió y, con aparente renuencia, dejó la
sala.
—Se veía
bastante cansado —murmuró Shouryuu, viendo a Keiki irse.
El Rey de
Han concordó.
—Es
exhaustante, incluso usando el Gogoukanda. Bueno, estoy libre de tener
que consolar a mi princesa y enviarla a la cama. —Con un susurro de los
dobladillos de su túnica, el Rey de Han salió de la sala.
Solo
Shouryuu y Renrin quedaban. Mirando a Renrin, quien no mostraba signos de
querer salir, Shouryuu preguntó con intriga.
—¿No te vas
a ir a la cama?
—No. Antes
de retirarme, quiero intentarlo una vez más. No necesita preocuparse por mí.
—Tan
molesto como el hombre puede ser, ese hombre de Han no está tan equivocado.
Estás cargando con un peso mayor que todos nosotros. Necesitas cuidar de ti.
Será mejor que descanses.
Cada vez
que alguno de ellos utilizaba el Gogoukanda, Renrin tenía que estar ahí
para supervisar las idas y vueltas. El kirin que la acompañase podría
dejar a cada uno de los otros fuera, pero su presencia era necesaria en todo
momento.
—No he
llegado a mis límites aún.
—No te creo
mucho.
Renrin rio
suavemente.
—El hecho
es que, el sueño se me escapa cada vez que pienso en que Taiki fue llevado al
otro mundo. Estoy plagada de preguntas como ¿qué rayos pasó allá, y qué
deberíamos hacer a continuación? Es todo lo que mi mente puede pensar. Mi
cabeza sabe que él debería haber crecido para este momento, y, sin embargo, era
tan pequeño, un niño. Cosas así.
—¿Has
conocido a Taiki anteriormente?
—Sí. Solo
en dos ocasiones. La primera vez fue cuando regresó al Monte Hou. Y fue porque
le permití a Sanshi el uso del Gogoukanda. La segunda vez fue justo
antes de que esos extraños eventos comenzaran a ocurrir en Tai. Él viajó a Ren
para expresar oficialmente su gratitud por nuestra ayuda en el Monte Hou.
Ella no
podía olvidar la forma en que se apareció en aquel momento. Pensando en los
lamentables eventos que acontecieron, los momentos en que se divirtieron juntos
hasta su renuente partida, se volvió más doloroso. Aunque era poco probable que
Ren gozara a la visita de un reino tan distante, nunca había imaginado una
separación de tal magnitud.
—El Rey de
Ren está bastante preocupado también. Taiki y el Rey de Tai estando tan
separados es como un mal viento que no trae ningún bien.
—¿Un mal
viento?
—Taiki
parecía ser extremadamente apegado al Rey de Tai. Taiki deseaba desde el fondo
de su corazón servir a su rey y que estuviera orgulloso de él. El Rey de Ren
dice que de la misma forma en que mi ausencia en el Palacio Imperial le deja un
vacío, él está seguro de que Taiki nunca pudo encontrar un lugar que pueda
llamar hogar sin el Rey de Tai en vida. Y creo lo mismo se podría decir de mí.
Pero dejando eso de lado, se atribuye que un mal viento sopla cuando un kirin
es separado de su señor.
—Ah, sí,
ese tipo de cosas…
—Nosotros
no podemos prosperar sin un rey a nuestro lado.
Estando
separado del rey significaba ser dividido en cuerpo y alma. Se dice que los kirin
existen por el bien del reino y su gente. Pero esa no era toda la verdad. O a
eso había llegado Renrin a creer.
—El rey
existe en nombre del reino y del pueblo. Nosotros existimos por el rey —Renrin
tomó su cabeza y la enterró entre sus manos—. ¿Qué tipo de criaturas son estos
reyes…?
Una cálida
mano le acarició el hombro.
—¿Hay algo
que pueda hacer para ayudar?
Renrin
levantó la cabeza.
—¿Puedo
pedirle que mantenga vigilado el mapa?
—Hecho.
Renrin
sonrió y regresó al Kokinsai. Y por enésima vez en ese día se hundió
completamente dentro del anillo de luz creado por la cola de una serpiente de
plata.
Ella
emergió en medio de una austera ciudad adornada ni por verdes campos ni por
montañas. Colindaba con el océano, aunque la orilla estaba sellada con
concreto. Le parecía un lugar totalmente desagradable.
La ciudad
en sí misma era como una enorme caverna. La pregunta de por qué alguien viviría
ahí, sin duda, se le ocurrió porque no era uno de los residentes de la ciudad.
Con un bajo espíritu, continuó con su búsqueda desde donde la dejó la última
vez. Su anhelo instintivo de evadir la confiable guía, que era el aura de
Gouran, era solo su propia cobardía la que hablaba.
Mirando
sobre las vacías calles a la luz de la luna, eligió el camino en el cual sintió
la última inclinación a proceder.
Gouran
probablemente estaba despierto. Su aura era mucho más fuerte que antes, que
cuando ella perdió su rastro y abandonó por el momento. Aunque la naturaleza
del aura era fácilmente captada, era la parte que la hacía temblar.
Inconscientemente trataba de desviarse del camino. Se presionó, se forzó contra
la corriente.
Finalmente,
enfrentando la fuente de su miedo y aversión, su resistencia llegó a su límite
y cayó de rodillas. Juuko tímidamente surgió.
—Taiho.
Lady Renrin.
—Estoy bien
—sonrió. Bajó una mano para ayudarse.
Y ahí lo
encontró.
Un
brillante filamento de oro, como hilo de telaraña. Débil y delgado, al borde de
evaporarse en el aire. Pero ella sabía lo que el fugaz rayo representaba. Era
Taiki. Su resplandor oscuro mostraba su mal estado. Las probabilidades eran
muchos contra cualquier obstáculo a través de los rastros persistentes.
Renrin
levantó los ojos. No podía ver ningún otro brillante hilo en las calles
sinuosas entre los altos edificios. Solo esta incandescente brasa, dejada atrás
como una huella en la arena o una mancha de sangre en la tierra.
—¿Encontró
algo?
La
inmensidad del tiempo y espacio separaban al Taiki que ella una vez había
conocido en Ren y esta tenue brillante chispa.
—No hay
ninguna duda. Esta aquí.
Tan poca
vida persistía en este lento fuego que no podía decir cuándo había sido dejado
ahí. El hilo por sí mismo fue desgarrado y podía seguir más. Solo confirmaba lo
que ya sabían: que estaba en algún lugar de esa ciudad. Sin embargo, habiendo
al menos descubriéndolo fue para Renrin más que suficiente recompensa por su
trabajo duro.
—Espéranos.
Te encontraremos.
Lo tocó
ligeramente con la punta de sus dedos. Como si abrumada por la presencia de su
propia aura, la luz parpadeó.

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