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domingo, 26 de marzo de 2023

La Orilla en Crepúsculo, el Cielo al Amanecer - Parte VII Capítulo 45

 

PARTE VII

CAPÍTULO 45

 

 

 

El Rey y el kirin de Han estaban esperándolo cuando volvieron a Kei.

El Palacio Enkyuu[1] se había convertido en el sitio de recuperación de Taiki. Taiki seguía durmiendo después de haber sido traído del Monte Hou. Pero ahora Enki, Keiki y el otro kirin eran capaces de acercársele.

Habiéndolo confirmado eso por sí misma, con aparente gran alivio, Renrin también regresaría a Ren.

—¿No vendrás para verlo? —preguntó Risai.

Preparándose para el viaje de regreso, Renrin sacudió la cabeza.

—He visto su rostro. Sé que estará bien. Sin ninguna razón para quedarme, debo ocuparme de los asuntos de mi reino.

—Pero… —Risai estaba a punto de decir, en cambio tomó su cabeza. Estando en el Palacio Kinpa, Renrin había pasado mucho tiempo en la búsqueda de Taiki que debería haber dedicado a su propia gente. Esencialmente Risai había robado a Ren Taiho de Ren. No había forma de que pudiera seguir reteniéndola por meras razones sentimentales.

Renrin sonrió.

—Con las cosas regresando a la normalidad, comienzo a extrañar a mi señor. Y si no regreso de inmediato, él también se pondrá ansioso. No queremos estar lejos el uno del otro por más de lo necesario.

Risai concordó afablemente. Y la vio salir con una gran reverencia. El día siguiente, Shouryuu regresó a En, dejando a Enki. Los primeros indicios de otoño comenzaron a robarse la tranquilidad del Jardín del Oeste.

Ella se quedó al lado de Taiki. Cualquier cosa de que ella no pudiera encargarse, Keikei estaba allí para darle una mano.

—Todavía no abre los ojos —dijo Keikei malhumoradamente. Él siempre llevaba una ramita de trébol con él para que eso fuera la primera cosa que viera cuando despertara.

—Su color se ve mucho mejor.

—Sí, así es. Tai Taiho es un kirin, y, sin embargo, no tiene el pelo dorado.

—Por eso es por lo que se lo llama el “kirin negro”.

—Pensé que su pelo cambió a ese color por la enfermedad, pero Youko dijo que no era el caso.

—Sí —dijo Risai con una sonrisa.

—Pensé que Tai Taiho era una persona más bajita.

—Él creció. La última vez que lo vi fue hace seis años.

 El kirin que dormí ahí ya no era un niño. No podía decir que no la dejaba algo disconforme. El joven Taiki no había vuelto a ella. Esos seis años se habían ido y nunca volverían.

—Deben haber sido difícil estos seis años que pasaron.

—¿Difícil?

—Me refiero a que eso explicaría por qué se enfermó.

—En efecto. Ese puede ser el caso.

—Es bueno tenerlo de regreso.

—Sí —respondió Risai.

Taiki pestañeó ligeramente.

—¿Taiki?

Keikei se inclinó para tener una mejor vista. Taiki abrió los ojos, haciéndole tropezar en sorpresa.

—Keikei, ve a decirle a Youko.

Keikei salió precipitadamente de la habitación con una vivacidad que agitaba los pétalos del trébol de la ramita junto a la cama. La mirada débil de Taiki lo siguió cuando salía de la habitación.

—¿Estás consciente, Taiki? —Risai lo rodeó y estudió con la mirada.

Sus ojos vacilantes la enfocaron. Parpadeó como si tuviera una visión ante él.

—Has vuelto. ¿Entiendes?

Miraba a Risai atónitamente. Y luego asintió.

—¿Risai? —dijo en voz baja. No la voz de un niño. Una cálida y suave voz.

—Sí —las lágrimas corrieron por su pecho mientras abrazaba el frágil cuerpo situado bajo las colchas.

—Risai, tu brazo… —los brazos que la abrazaban detectaron la pérdida de su brazo derecho.

—Lo perdí a causa de un poco de descuido.

—¿Estás bien?

—Nunca he estado mejor.

Ella comenzaba a enderezarse, pero los delgados brazos de Taiki la detuvieron.

—Risai, lo siento.

—No lo sienta —respondió, aunque las palabras probablemente se perdieron en el sonido de sus llantos.

  

 

Un joven oficial entró al Palacio Exterior durante la reunión del Consejo Privado, susurrándole algo a Koukan. Él asintió. Disculpándose se acercó a la tarima. Le dijo algo suavemente a Youko, quien asintió a su vez.

Koukan descendió de la tarima, y regresó a los asuntos del Consejo Privado. Youko le hizo señas a Keiki, parado detrás de ella. Él se inclinó hacia ella con una mirada confusa.

—Keiki —dijo en voz baja—, Taiki está despierto.

Keiki no pudo mantener la reacción en sus ojos.

—Por favor, ve y mira cómo está.

—Pero… —dijo con voz firme.

—Está bien —Youko sonrió—. Ve.

Después de un momento de vacilación, Keiki salió del Palacio Exterior y se dirigió al Palacio Enkyuu. Cuando llegó a las habitaciones de Taiki, encontró que Enki ya había llegado.

—Kei Taiho.

Keiki no reconoció la voz que lo llamaba desde la cama. El rostro que lo miraba ya no era familiar que todas las veces que había ido ahí para estudiar el rostro del durmiente Taiki. Y como todas las otras veces, sintió que había perdido algo. Se quedó parado por la incertidumbre. Con una sonrisa, Rokuta dejó la habitación, dejándolos a los dos solos, y Keiki sintiéndose como en el mar.

—Lamento todos los problemas en los que los puse.

—Nada de eso. ¿Se siente bien?

—Sí. Estoy profundamente agradecido desde el fondo de mi corazón por todo lo que han hecho por Risai y por mí.

Habló con una tranquila voz. Keiki se quedó más perplejo. Era lógico que se viera diferente. Pero la sonrisa que una vez había rebosado sin esfuerzo a sus labios, y la voz de niño se habían ido. El pequeño kirin se había ido. El sentimiento de pérdida cayó fuertemente sobre su mente.

—Este no fue el producto de mis esfuerzos, sino los de su Majestad.

Keiki inclinó la cabeza. No podía hacer otra cosa que recordar que la Emperatriz a la que había servido la primera vez que vio a Taiki ya no estaba entre los vivos. Que muchos años habían pasado entre entonces y ahora.

—¿Es la Reina de Kei una taika?

Le debieron haber dicho algo sobre las circunstancias de su coronación.

—Sí. Ella había estado esperando para conocerte. Está actualmente dirigiendo el Consejo Privado. Pero debería de venir aquí directamente.

—Oh. Ya veo —respondió.

Keiki sintió que perdía el hilo de la conversación. No sabía a dónde dirigir su atención. Su mirada vagaba sin rumbo por la cama.

Una pequeña voz dijo:

—Soñé un largo y terrible sueño.

Keiki volvió en sí. Una leve sonrisa llegó al rostro pálido y enfermo.

—Recuerda, ¿no? La primera vez que nos conocimos era un kirin incompetente incapaz de hacer nada.

—Ah… sí…

—Pacientemente hizo mucho por mí, y me enseñó tanto, y, sin embargo, se me olvidó todo.

—Taiki…

—En medio de esos dolorosos sueños, constantemente tuve visiones del Palacio Houro. Lo anhelaba tanto, y quería ir allí. —Miró a Keiki—. Me pregunto si lo he hecho a tiempo.

—Taiki…

—Desperdicié tanto tiempo. Siento que perdí mucho. Pero lo logramos a tiempo, ¿no? Siento que todavía hay mucho que hacer, para que yo haga.

—Por supuesto —dijo Keiki, con toda la convicción que pudo reunir—. Por eso te trajimos a casa. Nosotros dos hablando aquí y ahora es testimonio suficiente para que la esperanza se mantenga viva. No te preocupes.

—Sí —dijo, pensativamente y cerró los ojos.


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