PARTE
VII
CAPÍTULO
45
El Rey y el kirin de Han estaban esperándolo cuando volvieron a
Kei.
El Palacio Enkyuu[1] se había convertido en el sitio
de recuperación de Taiki. Taiki seguía durmiendo después de haber sido traído
del Monte Hou. Pero ahora Enki, Keiki y el otro kirin eran capaces de
acercársele.
Habiéndolo confirmado eso por sí misma, con aparente
gran alivio, Renrin también regresaría a Ren.
—¿No vendrás para verlo? —preguntó Risai.
Preparándose para el viaje de regreso, Renrin
sacudió la cabeza.
—He visto su rostro. Sé que estará bien. Sin
ninguna razón para quedarme, debo ocuparme de los asuntos de mi reino.
—Pero… —Risai estaba a punto de decir, en cambio
tomó su cabeza. Estando en el Palacio Kinpa, Renrin había pasado mucho tiempo
en la búsqueda de Taiki que debería haber dedicado a su propia gente.
Esencialmente Risai había robado a Ren Taiho de Ren. No había forma de que
pudiera seguir reteniéndola por meras razones sentimentales.
Renrin sonrió.
—Con las cosas regresando a la normalidad, comienzo
a extrañar a mi señor. Y si no regreso de inmediato, él también se pondrá
ansioso. No queremos estar lejos el uno del otro por más de lo necesario.
Risai concordó afablemente. Y la vio salir con una
gran reverencia. El día siguiente, Shouryuu regresó a En, dejando a Enki. Los
primeros indicios de otoño comenzaron a robarse la tranquilidad del Jardín del
Oeste.
Ella se quedó al lado de Taiki. Cualquier cosa de
que ella no pudiera encargarse, Keikei estaba allí para darle una mano.
—Todavía no abre los ojos —dijo Keikei
malhumoradamente. Él siempre llevaba una ramita de trébol con él para que eso fuera
la primera cosa que viera cuando despertara.
—Su color se ve mucho mejor.
—Sí, así es. Tai Taiho es un kirin, y, sin
embargo, no tiene el pelo dorado.
—Por eso es por lo que se lo llama el “kirin
negro”.
—Pensé que su pelo cambió a ese color por la enfermedad,
pero Youko dijo que no era el caso.
—Sí —dijo Risai con una sonrisa.
—Pensé que Tai Taiho era una persona más bajita.
—Él creció. La última vez que lo vi fue hace seis
años.
—Deben haber sido difícil estos seis años que
pasaron.
—¿Difícil?
—Me refiero a que eso explicaría por qué se
enfermó.
—En efecto. Ese puede ser el caso.
—Es bueno tenerlo de regreso.
—Sí —respondió Risai.
Taiki pestañeó ligeramente.
—¿Taiki?
Keikei se inclinó para tener una mejor vista. Taiki
abrió los ojos, haciéndole tropezar en sorpresa.
—Keikei, ve a decirle a Youko.
Keikei salió precipitadamente de la habitación con
una vivacidad que agitaba los pétalos del trébol de la ramita junto a la cama.
La mirada débil de Taiki lo siguió cuando salía de la habitación.
—¿Estás consciente, Taiki? —Risai lo rodeó y
estudió con la mirada.
Sus ojos vacilantes la enfocaron. Parpadeó como si
tuviera una visión ante él.
—Has vuelto. ¿Entiendes?
Miraba a Risai atónitamente. Y luego asintió.
—¿Risai? —dijo en voz baja. No la voz de un niño.
Una cálida y suave voz.
—Sí —las lágrimas corrieron por su pecho mientras
abrazaba el frágil cuerpo situado bajo las colchas.
—Risai, tu brazo… —los brazos que la abrazaban
detectaron la pérdida de su brazo derecho.
—Lo perdí a causa de un poco de descuido.
—¿Estás bien?
—Nunca he estado mejor.
Ella comenzaba a enderezarse, pero los delgados
brazos de Taiki la detuvieron.
—Risai, lo siento.
—No lo sienta —respondió, aunque las palabras
probablemente se perdieron en el sonido de sus llantos.
Un joven oficial entró al Palacio Exterior durante la reunión del
Consejo Privado, susurrándole algo a Koukan. Él asintió. Disculpándose se
acercó a la tarima. Le dijo algo suavemente a Youko, quien asintió a su vez.
Koukan descendió de la tarima, y regresó a los
asuntos del Consejo Privado. Youko le hizo señas a Keiki, parado detrás de
ella. Él se inclinó hacia ella con una mirada confusa.
—Keiki —dijo en voz baja—, Taiki está despierto.
Keiki no pudo mantener la reacción en sus ojos.
—Por favor, ve y mira cómo está.
—Pero… —dijo con voz firme.
—Está bien —Youko sonrió—. Ve.
Después de un momento de vacilación, Keiki salió
del Palacio Exterior y se dirigió al Palacio Enkyuu. Cuando llegó a las
habitaciones de Taiki, encontró que Enki ya había llegado.
—Kei Taiho.
Keiki no reconoció la voz que lo llamaba desde la
cama. El rostro que lo miraba ya no era familiar que todas las veces que había
ido ahí para estudiar el rostro del durmiente Taiki. Y como todas las otras
veces, sintió que había perdido algo. Se quedó parado por la incertidumbre. Con
una sonrisa, Rokuta dejó la habitación, dejándolos a los dos solos, y Keiki
sintiéndose como en el mar.
—Lamento todos los problemas en los que los puse.
—Nada de eso. ¿Se siente bien?
—Sí. Estoy profundamente agradecido desde el fondo
de mi corazón por todo lo que han hecho por Risai y por mí.
Habló con una tranquila voz. Keiki se quedó más
perplejo. Era lógico que se viera diferente. Pero la sonrisa que una vez había
rebosado sin esfuerzo a sus labios, y la voz de niño se habían ido. El pequeño kirin
se había ido. El sentimiento de pérdida cayó fuertemente sobre su mente.
—Este no fue el producto de mis esfuerzos, sino los
de su Majestad.
Keiki inclinó la cabeza. No podía hacer otra cosa
que recordar que la Emperatriz a la que había servido la primera vez que vio a
Taiki ya no estaba entre los vivos. Que muchos años habían pasado entre entonces
y ahora.
—¿Es la Reina de Kei una taika?
Le debieron haber dicho algo sobre las
circunstancias de su coronación.
—Sí. Ella había estado esperando para conocerte.
Está actualmente dirigiendo el Consejo Privado. Pero debería de venir aquí
directamente.
—Oh. Ya veo —respondió.
Keiki sintió que perdía el hilo de la conversación.
No sabía a dónde dirigir su atención. Su mirada vagaba sin rumbo por la cama.
Una pequeña voz dijo:
—Soñé un largo y terrible sueño.
Keiki volvió en sí. Una leve sonrisa llegó al
rostro pálido y enfermo.
—Recuerda, ¿no? La primera vez que nos conocimos
era un kirin incompetente incapaz de hacer nada.
—Ah… sí…
—Pacientemente hizo mucho por mí, y me enseñó
tanto, y, sin embargo, se me olvidó todo.
—Taiki…
—En medio de esos dolorosos sueños, constantemente
tuve visiones del Palacio Houro. Lo anhelaba tanto, y quería ir allí. —Miró a
Keiki—. Me pregunto si lo he hecho a tiempo.
—Taiki…
—Desperdicié tanto tiempo. Siento que perdí mucho.
Pero lo logramos a tiempo, ¿no? Siento que todavía hay mucho que hacer, para
que yo haga.
—Por supuesto —dijo Keiki, con toda la convicción
que pudo reunir—. Por eso te trajimos a casa. Nosotros dos hablando aquí y
ahora es testimonio suficiente para que la esperanza se mantenga viva. No te
preocupes.
—Sí —dijo, pensativamente y cerró los ojos.

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