CAPÍTULO
4
Los oídos de Risai seguían sonando.
No, pensó, es el sonido del viento.
El congelante viento invernal de Tai silbando fuera de la puerta. Este invierno
había sido inusualmente duro. Las fuertes y arremolinadas ráfagas cortaban el
cuerpo como fríos y afilados cuchillos. Expuestos a los lamentos, los aullidos
del viento, los árboles, las montañas y los ríos estaban congelados como hielo
sólido.
Los ríos se congelaban y la nieve se apilaba.
Ventiscas se acumulaban en los caminos y carreteras que abarcaban el duro suelo
de una manta frígida. Fuertes vientos desgarraban la superficie, azotando hasta
morder las cortinas de color blanco.
Abandonados por el continente, el reino de Tai se
encontraba solo en el Kyokai. Durante el invierno, los vientos soplaban desde
los mares del norte. Los pueblos y caseríos se agachaban bajo la nieve, las
ventanas y puertas de las casas, cerradas hasta arriba.
En los pequeños espacios del interior, separados
del aire exterior por una capa de protección, brillaba un cálido y pequeño
fuego. La gente se acurrucaba junta, hombro con hombro, compartiendo esa
pequeña cantidad de calor -pequeña realmente comparada con el clima exterior-
entre ellos.
Las llamas del fuego, el calor corporal mutuo, el
aumento de vapor de la caldera en el braceo -estos dos eran compartidos-
libremente con los escalofríos que se metían en las carreteras cubiertas de
nieve. Aunque los duros y exigentes invierno de Tai también se llenaban de
calor.
Y a veces tomaban la forma y por los brillantes
colores de las flores, Risai pensó como observaba que la figura de un niño
saltaba hacia ella.
—Risai, aquí —dijo entregándole un ramo de flores rojas y amarillas.
En la fría sala, apenas iluminada por los débiles
rayos del sol, las flores eran como el brillo de cálidas velas. El sonido del
viento cruzaba a través de las paredes. El invierno de Tai había apenas
comenzado, entonces las montañas y los campos estaban ligeramente espolvoreados
con nieve.
Aquellas brillantes flores difícilmente podían
esperar florecer en aquella época del año. Sorprendida, Risai se dirigió a su
benefactor. La sonrisa del niño sujetando un ramo de flores más grande que su
cara era más brillante y cálida que las mismas flores.
—Felicitaciones. Estaba tan contento de oír que
fuiste promovida a General de la Guardia Provincial. —Relacionando la noticia
con la radiante sonrisa era Taiki. Tenía todavía diez años en ese momento.
—¿Son para mí?
—Por supuesto. Le pregunté al señor Gyousou por
ella y él las consiguió para mí —dijo el joven Saiho con un tímido guiño—. De
vuelta en Wa, de donde vengo, se le da a la gente flores en celebración. Me
dijeron que no se hace acá, pero yo quería darte un ramo. Dado que apenas te
has mudado, pensé que las flores harían ver todo más lindo.
—Bueno… —sonrió Risai.
Ellos estaban sentados en el salón de su nueva
residencia oficial. Solo un mes había pasado desde la coronación del nuevo rey,
Gyousou. Risai fue nombrada General de la Guardia Provincial de Zui del Centro,
y apenas se había movido a su vivienda en el Palacio Hakkei.
El Saiho era el segundo en importancia para el
reino después del rey. Al mismo tiempo, era el Señor Provincial de Zui, donde
ahora Risai residía, y comandaba sus fuerzas. Ella estaba complacida y honrada
de que él la visitara así.
Un criado arregló las flores y las colocó en una
estantería del salón. Solo esas flores hacían la habitación más brillante y
cálida. A pesar de no solo acabar de llegar y sin haberse acostumbrado a su
entorno, sintió que aún podía hacer de esta su residencia.
—Estoy muy agradecida. Bendecida de que el Taiho
tenga un dulce interés en mí.
—Yo también. Sigo siendo un niño y no entiendo los
asuntos militares ni de gobierno. Por eso el hecho de que usted se convierta en
General del Ejército Provincial es muy alentador. —El Saiho se sentó en una
gran silla e inclinó su cabeza—. Yo, eh, espero con interés trabajar con usted.
—Por favor, el Saiho no debería inclinar su cabeza
a personas como yo.
Nadie superaba el rango de Saiho excepto el propio
rey. Era imposible imaginar que normalmente reverenciara a una simple General
de la Guardia Provincial como ella.
—Bueno, no estoy reverenciando. Simplemente estoy
siendo amable. Por lo tanto, está bien. Sé que está considerado fuera de lugar,
pero se ha convertido en un hábito. El señor Gyousou dice que es lo que es y
que no debería preocuparme por ello. Entonces tampoco usted, creo yo.
—De acuerdo —dijo Risai, sonriendo.
Este pequeño Saiho nació en otro mundo. El mundo en
el que nació y se crio, el reino que se encuentra más allá de los mares de la
región oriental. Esto explicaba algunas de sus más excéntricas costumbres,
pensaba Risai extrañándose. Él era amable, cálido y suave.
—Tengo muchas más, ¿sabes? —Taiki le dijo a Risai
con una gran sonrisa—. Tenemos una gran oferta en el departamento de flores. El
director Seirai[1] tiene un montón de celebraciones previstas, pero no podía
esperar y las traje acá.
Cuando Gyousou era general, Seirai había sido su
ayudante de campo. Tras el cambio de gobierno, fue puesto a cargo de la
educación de Taiki, y al mismo tiempo sirvió como Ministro en Jefe de la
Provincia de Zui. Él era una persona afable, entre los burócratas que servían a
Gyousou fue reconocido como uno de los mejores y más brillantes.
—Seirai y yo realmente arruinamos nuestros cerebros
sobre cuál sería la mejor forma de celebrar. El señor Gyousou dijo que podía tomar
lo que quisiera del depósito imperial, pero eso solo hizo peor la decisión. Hay
demasiadas cosas que hacen girar los ojos.
—¡Oh! ¡No debería desperdiciar ese tipo de cosas en
mí!
—El señor Gyousou dijo que no le importaba. Dijo
que eligiera algunas para enviar en su nombre. Es parte del señor Gyousou, de
Seirai y de mi parte también. Así que no estés tan sorprendida.
Risai miró al rostro del pequeño kirin lleno
de alegría, los sentimientos de gratitud y alegría llenaban su corazón.
—Realmente hemos sido bendecidos con la gran
fortuna.
Ella estaba verdaderamente feliz. Con el Rey y el
Saiho extendiendo sus mejores deseos para ella en tal forma, un nuevo futuro se
presentaba ante ella. La Corte Imperial sería puesta en su lugar rápidamente y
el pueblo de Tai le daría la bienvenida al nuevo Rey. Todos sus futuros
parecían cálidos y acogedores.
El reino y el pueblo prosperarían y serían felices.
En el fondo de su corazón estaba segura de que así sería. Ni siquiera en sus
peores pesadillas podía imaginar que en unos pocos meses todos sus sueños se
harían polvo.
Su noble visitante salió de la sala de la
residencia con una brillante y cálida luz, mientras que afuera los fríos
vientos soplaban. La luz alrededor de Risai vencía las sombras. Pero ella no
podía olvidar la tormenta más allá de las puertas. Una tormenta que congelaba
todo lo que tocase: el reino, las colinas y valles, las calles y las ciudades.
El pueblo.
No había duda sobre el sonido del viento ese día,
llevando un frío penetrante a la espalda, aprovechando todas las oportunidades
para ampliar su gélido tacto. Los gritos y aullidos del viento se filtraban en
las orejas tocando su discordante canción.
Envuelta en el espíritu festivo, Risai no era
consciente del viento. Pero aquí y allá en su nuevo hogar, el frío se
arrinconaba en las esquinas y se aferraba a las paredes. Sus piernas eran muy
largas para calentarlas y el frío pasaba sus tobillos. Sus extremidades estaban
entumecidas, sus sentidos distantes. La única sensación de vida era su cuerpo,
cortando el frío.
Como ahora. Estaba tan, tan fría. Se estaba
congelando hasta la muerte, junto al reino y a su pueblo.
Tengo tanto frío…
—¿Estás despierta? —preguntó una voz
cautelosamente.
O eso era lo que pensó oír. Concentrándose con
todas sus fuerzas, logró abrir sus pesados y fríos párpados. A través de la
oscura sombra de sus pestañas apareció la preocupada cara de una chica.
—¡Oh! ¡Bien! —dijo la chica.
La chica presionó algo frío contra su cara. Un
escalofrío la sacudió desde la médula. El objeto helado que lo provocaba
presionaba contra su cara. Así es… ella estaba…
—La Emperatriz —murmuró Risai, volviendo en sí.
Probablemente sin siquiera escuchar su propia voz al decirlo. Abrió sus ojos
completamente y buscó el rostro de la muchacha. No vio señales de aquellos
brillantes cabellos rojizos.
—Por favor, descansa, no estás en condiciones de
levantarte.
Recién cuando la chica le advirtió se dio cuenta
que estaba saliendo de la cama.
Pero sigo viva.
La muchacha presionó su helada palma sobre su mano.
El helado toque de su piel aliviaba sus fuerzas. Tan frío, tan frío, aún las
manos de la chica se sentían tan bien.
La chica descansaba su mirada en Risai y dijo lenta
y deliberadamente.
—Has llegado aquí en una sola pieza. Su Majestad se
reunirá contigo cuando pueda. Así que, cálmate y cierra los ojos.
—Pero… Yo…
—Está bien. Está bien. Vuelve a dormir, ¿de
acuerdo?
La muchacha tomó la mano de Risai consigo y la dejó
sobre la garganta de Risai. Allí dobló sus dedos alrededor de un objeto que
descansaba en el hueco de su garganta. Estaba aún más frío que la mano de la
chica y con ella surgieron sensaciones de alivio. Entonces entendió que era su
cuerpo el que estaba ardiendo, provocando el dolor, la fiebre y escalofríos.
—Realmente deberías descansar. Estarás bien. Youko
no se olvidará de ti.
Youko. Repitió para sí. Su lengua se sentía
pegada al paladar.
—Ella no está aquí en este momento, pero ella se
detuvo repentinamente a ver cómo estabas. Realmente estaba preocupada por ti.
No tienes nada de qué preocuparte. Estarás bien.
En vez de asentir, todo lo que podía hacer era
relajarse. Sus párpados se cerraron. Escuchó el sonido del viento. Pero no
sabía si era el sonido del viento de invierno que asolaba la puerta o
simplemente…
No es tiempo de dormir, se dijo.
—Si no pudiese reunirme con la Reina de Kei…
—¡Nada de eso, Risai! —La voz mezclándose con el
sonido del viento estaba teñida de dolor y angustia. En los ojos de su mente,
el rostro de la muchacha estaba al borde de las lágrimas—. ¡Qué miserable y
cobarde hay que ser!
—Así es —dijo Risai, girando su cara a otro lado y
asintiendo. Conozco lo horrible de lo que estoy haciendo, Kaei.


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