CAPÍTULO
9
El comunicado fue
entregado por aire a Kyou, acompañado por un embajador temporal. El embajador
regresó tres días más tarde. Entró en el Naiden, con los hombros caídos,
obviamente en un estado de ánimo abatido.
El Naiden que había estado cerrado fue reabierto, y Gekkei se había
trasladado allí con algunos de sus efectos personales. Se había disculpado por
sus ataques de indecisión y afirmó que la posición de Señor Provincial de Kei
necesitaba ser llenada. Los ministros aceptaron con entusiasmo dicha tarea. Dos
días más tarde, Gekkei fue instalado formalmente como jefe de Estado
Provisional.
—¿Cómo te fue? —le preguntó al embajador, empujando a un lado el
documento en el que estaba trabajando y poniéndolo a sus pies.
El embajador saludó con una venia.
—Bien… ah… La Emperatriz de Kyou dejó en claro que no mostraría
clemencia. Me dio una audiencia personal, pero estaba claramente enfadada.
—No estoy sorprendido.
—Incluso la Emperatriz de Kei pidió clemencia en nombre de la Princesa
Real. La Emperatriz de Kyou —explicó el embajador—, no ocultó el hecho de que
consideraba que la Emperatriz de Kei y Gekkei se estaban inmiscuyendo en los
asuntos internos de su reino. Dijo que solo el Ministerio de Otoño de Kyou
estaba autorizado a juzgar a los criminales de Kyou.
»Que no estaba en poder de la Emperatriz de
Kyou y mucho menos en los representantes de otros reinos, para doblar la ley a
su beneficio.
—Ya veo —dijo Gekkei con un suspiro desanimado.
Sabía que pedir una reducción de la condena había sido presuntuoso. Ni
tampoco se sorprendió por la ira de la Emperatriz de Kyou. Pero no podía negar
su reacción visceral al tratar de ayudar a Shoukei.
Tal vez haciendo lo correcto por la hija de Chuutatsu era la forma que
tenía Gekkei para pagarle al Rey de Hou su deslealtad. O tal vez fue porque
Gekkei podía simpatizar con otra persona que era azotada por sus propios
demonios personales. No había manera para limpiar la pizarra, pero quería creer
que a través de la conciencia y el arrepentimiento una persona podría ganar la
absolución.
Percibiendo el peso de la decepción de Gekkei, el embajador inclinó la
cabeza.
—Temo que ella me dio un muy severo discurso. Con el futuro de Kei y
Hou colgando en la balanza, dijo que no había llamado a tantas manos para que
se exprimieran por el futuro de una simple chica, una mera delincuente.
—Sí, bueno, lamento eso.
El embajador asintió y continuó, aún con la cabeza abajo.
—Como castigo, ordenó que la Princesa Real fuera desterrada. Si alguna
vez se la llega a ver dentro de las fronteras del Reino de Kyou, no se le
mostrará piedad.
Sorprendido, Gekkei instó al embajador para que continuara.
—¿Y entonces qué?
—La orden fue que ella fuera rápidamente deportada —apretó los labios
juntos en consternación.
Una leve sonrisa vino a la cara de Gekkei.
—Así que esa fue la orden.
—Me disculpo por no haber hecho yo mismo algo más útil en ese sentido
—la cabeza del embajador se desplomó aún más.
—Para nada —dijo Gekkei con aprecio sincero—. Fue la manera de la
Emperatriz de Kyou de decirle a Shoukei que esas disculpas estaban por debajo
de ella.
—Pero…
—Y su forma de decirle a Shoukei que no permitiera que la puerta la
golpeara a la salida.
Porque la Emperatriz de Kyou no toleraría la intromisión en sus
asuntos internos, las disculpas no le redimirían de cualquier manera. Negarse a
mostrar alguna simpatía en respuesta a las peticiones enviadas por la Emperatriz
de Kei y Gekkei, siempre reservándose al derecho de sancionar los crímenes
cometidos bajo su vigilancia -pudo haber sido un reflejo de su orgullo como
emperatriz-. Pero también pudo ser su manera de reprenderlos por desviar los
recursos de sus reinos de atender asuntos más importantes para hacerle frente a
lo que ella veía como trivialidades.
Probablemente lo último.
Él era un regicida. No era como si ella necesitara guiar a Gekkei a la
tarea personalmente. Más bien, le decía que superara, que agarrara las riendas
del poder, que se precipitara en la brecha y detuviera la espiral descendente
de su reino.
—Vamos a buscar un canal de respaldo diplomático a través del cual
podamos expresar nuestro agradecimiento a la Emperatriz de Kyou…
Gekkei nuevamente felicitó al embajador. Luego lo despidió y volvió a
su escritorio y a la carta en la que había estado trabajando. Releyendo lo que
ya había escrito, tuvo que sonreír. Simplemente estaba rascando en las brasas,
confesando todos sus crímenes de traición otra vez.
Sacudiendo la cabeza, rasgó la carta.
—Incluso ahora me siento compungido al pedirle disculpas a Su Alteza.
La única razón por la que quería que Shoukei entendiera sus acciones,
era porque de esa forma también las entendería Chuutatsu. Porque reparando a
Shoukei podría de alguna manera expiar sus propios pecados. Porque si Shoukei
simpatizaba con sus acciones, de alguna manera Chuutatsu aprobaría lo que le
había hecho.
Pero ¿qué bien le harían a Shoukei palabras dirigidas a su padre? Si
cualquier disculpa le fuera dada por alguien, Shoukei sería la única
beneficiada.
Gekkei suspiró para sí mismo y miró por la ventana. Sus habitaciones
en el Naiden se aferraban a las empinadas laderas de la montaña. La ventana
estaba ante el anexo administrativo del Palacio Youshun. Podía ver las olas del
Mar de Nubes golpeando contra la costa. El aspecto oscuro y fangoso de la
superficie del agua era debido a las espesas nubes cubriendo al mundo de abajo.
Era primavera y las lluvias eran inusualmente fuertes en esa época del
año.
De hecho, la Princesa Real había dejado hace mucho tiempo esas costas.
Nadie en Hou necesitaba pensar qué sería de ella de ahora en adelante. Tenían
que mantener a flote esa nave llamada Estado, impedir que se desvaneciera en
pedazos contra las rocas. Cuando un reino perdía a su rey, cada fuga por debajo
de la línea de flotación era evidencia de una docena más aún por descubrir.
Hou seguirá fundiéndose. El reino había comenzado ya una larga lista.
En tiempos mejores, la gente de Hou sobrevivió trabajando en los bosques y en
sus fincas. Pero las lluvias eran fuertes ese año. El sol apenas brillaba y el
forraje apenas crecía en los campos. El ganado no engordaba sin forraje y la
gente se quedaría sin nada. Las sequías de verano y las nieves del invierno
eran la consecuencia inevitable de violar el Mandato del Cielo.
Gekkei había matado al rey. Pero la lluvia caía sobre el justo y el
injusto por igual, y las personas saborearían esos frutos amargos también.
Tenía la responsabilidad de devolverles a su rey, alguien con la determinación
de ofrecer un timón firme, un líder con la fuerza de voluntad para protegerlos.
—Alguien podría aprender del ejemplo de Shoukei.
Ella había encontrado el valor para dar cuenta de sus pecados y
pararse ante la Emperatriz de Kyou. Sin nada más, ella no era ninguna cobarde.
Y como ella, debía llevar su propio yugo y prepararse para erguirse ante el
nuevo Rey de Hou.
Hubo solo una apología que verdaderamente le debía a Shoukei:
“Perdóname por quitarte a tu padre”.
Por la mañana, el General Sei regresó al Reino oriental de Kei.
—Dile que le deseo el bien —fueron las palabras finales de Gekkei a
él—. En algún momento en el futuro me gustaría volver a verla.
Hasta entonces, estos serían los últimos
pensamientos que le daría. La Princesa Real pronto sería otro recuerdo
olvidado. Había tanta gente además de ella que debía ser salvada.

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