CORRESPONDENCIA[1]
CAPÍTULO
1
El Palacio
Imperial flotaba en el Mar de Nubes, encaramado en el borde de los acantilados
colgantes como si tomara la totalidad del mundo hasta donde se podía ver.
Esa era la Montaña Gyouten, la capital del Reino de Kei. En la novena
estación de la montaña se levantaba el Palacio Kinpa, un pequeño tragaluz que
atravesaba la pared de la montaña blanca. El tragaluz estaba abierto. Un
pajarito voló a través, dio vuelta al noreste y voló a la distancia.
El vivo plumaje del ave se asemejaba al de un ave fénix. Volando a
toda velocidad sobre el territorio de Kei, recto como una flecha hacia la
frontera montañosa. Tres días más tarde llegó a la capital de En y a la Montaña
Kankyuu.
Amplias avenidas se extendían desde la base de la montaña. Cruzando el
cielo, el pájaro sobrevoló los tejados de los edificios abrazando la montaña.
Estos techos estaban solo ligeramente elevados sobre el resto de la ciudad.
Adentrándose, atravesó el flanco de la montaña y se posó en el alféizar de la
ventana.
La ventana que miraba hacia fuera de una sala estaba cincelada en la
roca. La Montaña Kankyuu formaba parte del Palacio Imperial y del Gobierno
Imperial. La habitación era bastante modesta y simple. Aunque las marcas de
herramientas en las paredes de piedra y el suelo revelaban el trabajo de los
artesanos, el espacio solamente tenía una silla y una mesa desgastada y
erosionada.
El sol iluminaba a través de las cortinas hacia la librería tallada en
piedra y la cama, como si brillara a través de una nube ámbar.
El pájaro golpeó el vidrio con su pico. Por el sonido, la persona
sentada en el escritorio de la sala levantó la cabeza. O, mejor dicho, la cola
de pelo gris cayendo del borde de la silla no era la de un humano, sino la de
una rata. Miró sobre su hombro a la ventana. Observando el ave, agitó sus
bigotes plateados.
—Viniste —gritó.
El pájaro voló a través de la ventana abierta a la mesa cubierta de
libros y se ubicó en el borde. Le dio unas palmaditas en la cabeza. El pájaro
ladeó su cabeza y comenzó a hablar con la clara voz de una mujer.
—Hey, ya ha pasado un tiempo. ¿Cómo vas?
Se rio y asintió con la cabeza como si
ella estuviera allí en persona. Su voz y su dicción no era la de cualquiera
sino de una Emperatriz.

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