CAPÍTULO
8
Era cerca del
ocaso aquel día calamitoso, explicó Seiki. Algo definitivamente parecía estar
sucediendo. Regresaba de las oficinas del Naiden de la Izquierda, cortó camino
por el Parque Shouka y corrió hacia Junkou que estaba sentado en una terraza
junto a la rambla. Parecía estar profundamente hundido en sus pensamientos.
Seiki había dudado en saludarlo, pero tampoco podía fingir que no estaba allí.
Así que se inclinó y dijo:
—Hola —y él y Junkou intercambiaron saludos.
—Ha pasado un tiempo —dijo Junkou, la dura mirada en su rostro se
suavizó un poco—. ¿Qué te trae por aquí?
Como el Taiho, Junkou superaba a Seiki por kilómetros. Pero Seiki
había sido criado por Shinshi, la madre de Junkou. Desde el tiempo que pasaron
juntos en Kouto, su relación había sido de camaradería.
—Sí, lo ha sido. Le traigo un cambio de ropa al señor Eishuku.
—Ah —dijo Junkou, su rostro se ensombreció—. Eishuku ha estado metido
allí por días. Probablemente siente como si el peso del mundo cayera sobre sus
hombros.
—Siempre se ha preocupado cuando se trata de algo que involucra a Su
Alteza.
Seiki sonrió, al igual que Junkou. Pero entonces, suspiró profunda y
lamentablemente. Junkou era de constitución delgada como un riel. Ese día su
tez se veía más pálida de lo normal, dándole un semblante algo triste.
—Ciertamente las cosas por aquí mejorarían si Su Alteza escuchara con
cabeza fría lo que Eishuku le dice. Parecer estar perdiendo los estribos más a
menudo últimamente.
—Su Alteza ciertamente se ha puesto un pelín impaciente esperando que
las cosas mejores.
—Si solo ese fuera el caso —murmuró Junkou por
lo bajo—. Si Su Alteza entendiera la posición en la que se ha colocado a sí
mismo y que eso es la causa de su impaciencia, entonces yo podría empatizar.
Sin embargo, no es así como yo veo las cosas. Está al borde cada vez más, cada
día. No puedo ser la única persona que se sienta de esta manera.
—¿En el borde?
Junkou asintió.
—La condición de la Taiho solo puede ser porque hay algo mal con la
dirección que está a cargo de Su Alteza. Y, sin embargo, tercamente sigue
avanzando.
—Ah… bien… de seguro…
—Sin duda, no creo que Su Alteza haya decaído en la criminalidad. Pero
no hacer mal, no significa que se está haciendo bien. Si Su Alteza estuviera
haciendo lo correcto, la Taiho no estaría en el estado en el que está, y el
Reino estaría siendo gobernado racionalmente.
—Umm —dijo Seiki, momentáneamente no sabía cómo responder—. Creo que Su
Alteza debe sufrir terriblemente, porque entiende todo esto. Su padre y su tía
han consultado con él una y otra vez, incluso han buscado las opiniones de
personas como yo. Y, sin embargo, todavía dice que tiene fe. Podría decir que
es una especie de terquedad.
Sin duda, a finales del año pasado, Shishou parecía estar trabajando
bajo una nube pesada. Seiki había oído que había hecho repetidas visitas a las
oficinas del Sankou y del Palacio de Oriente[1].
Junto con Sairin, el propósito del Sankou era asesorar al Rey. Aunque
el Sankou estaba por debajo del Saiho, el Sankou no supervisaba al Saiho,
existía solamente para asesorar e instruir al Rey. La frecuencia con la que
llamaba al Sankou -incluso en sus habitaciones- era la prueba del estado de
angustia de su mente.
Pero luego, de repente, algo pasó. Sucedió
después del Año Nuevo, dado que la condición de Sairin fue empeorando y se
escuchaban voces aquí y allí, y vio que esto era un presagio de peores cosas
por venir.
Seiki pensó sobre eso. Entonces miró a Junkou.
—¿Acaso no le has dado el Kasho Kada que obtuviste de la Taiho
a Su Alteza?
La angustia de Shishou era, en una palabra, el producto de su
idealismo encontrando sus límites. Tuvo toda la intención de llevarlos a la
tierra prometida, y aun así el Reino no había dado un paso más cerca de ella.
El Kasho Kada no lo llevaba por mal camino. Le había mostrado un sueño
de lo que debía ser el Reino.
Junkou asintió.
—Estaba al final de su buen juicio. Quería que lo ayudara un poco.
Aunque el Kasho Kada aliviará algo de esa confusión.
—Su Alteza realmente no lo utiliza, ¿o sí?
—No lo sé. Cuando se lo di, parecía muy ofendido. Tomar algo de la
Taiho que él había dejado a su cuidado solo lo hacía verse mal. Es por ello…
—Sí, ya veo.
—Pero lo tomó. Me imagino que para devolvérselo a la Taiho.
—No creo que ese fuera el caso. La señora Shuka dice que cuando se
encontró el otro día con la Taiho, el Kasho Kada no estaba en su
posesión. En su lugar, ella se había aferrado a una ramita vieja y fea que le
rasguñaba la cara. Realmente fue un espectáculo lamentable, según me dijo.
—Ya veo. Pero entonces si está usando el Kasho Kada, es como
podemos explicar su cambio de actitud de los últimos días, ¿no lo crees
también?
Seiki parpadeó.
—¿Qué, exactamente? ¿Quieres decir que el Kasho Kada confirmó
la visión de Su Alteza del mundo ideal?
—No sería posible —soltó Junkou inesperadamente—. O más bien, porque
ese no fue el caso, ¿no es por eso por lo que adoptó su actitud actual?
—¿Qué?
—Hasta ese momento, no había cometido errores. Había hecho las
llamadas correctas todo el tiempo. Francamente, me dejo un poco intranquilo.
»¿La persona que nunca tropieza lo reconocerá cuando lo haga, en
especial con algo tan importante como el gobierno del Reino?
—Ah, sí —Seiki asintió con la cabeza.
Shishou nunca había experimentado un revés personal que fuera producto
de sus propios fracasos. Y al ser confrontado con la evidencia de esa realidad,
parecía que solo endurecería su justo sentido de convicción.
Seiki suspiró, sin razón alguna, un pesado suspiro. Si Shishou no
podía reconocer estos contratiempos, sería incapaz de establecer bien las
cosas. Continuar por esa senda llevaría a Shishou a su perdición. Para Eishuku
y Shuka, era un amigo y colega. Para Seiki, era el honorable líder. Ambos
habían sido criados por la misma mujer. Y ahora él y Sairin se dirigían por un
camino sin retorno.
—¿Cómo pudieron las cosas llegar a este punto? ¿Qué tipo de error
podría Su Alteza haber cometido?
Junkou preguntó:
—Seiki, ¿nunca has dudado de la rectitud de su curso?
Seiki reflexionó sobre la cuestión.
—No, supongo que no. ¿Y tú?
Junkou no respondió durante un largo minuto. Hizo un gesto a su lado,
ofreciéndole a Seiki un asiento. Seiki se sentó en una esquina de la terraza.
Junkou dijo:
—Me he cuestionado acerca de si lo que ha estado buscando todo este
tiempo es realmente el Reino ideal. A decir verdad, ha estado en mi mente desde
hace algún tiempo —sonrió, pero la expresión en su rostro parecía más cercana a
las lágrimas—. Probablemente piensas que soy un cobarde por decir esto ahora. Yo
me considero a mí mismo un cobarde. Pero, aun así…
—No puedo decir si he considerado ese tipo de pensamientos.
Como nadie lo sabría, Junkou siempre había creído en el mundo de su hermano.
Había corrido a su lado tan pronto como Shishou izó la bandera de Kouto.
Aunque era tratado como el “tonto hermano pequeño”, Junkou nunca le había dado
la espalda a Shishou y había trabajado con uñas y dientes en su nombre. Junkou
era la última persona en la tierra que nadie esperaría que tuviera una palabra
que decir en contra de su hermano.
—Aprecio eso —dijo—. Pero esos pensamientos han estado molestándome.
El Reino ideal del que habla mi hermano simplemente parece demasiado grandioso.
Como este jardín —Junkou apuntó al Parque Shouka, más allá de la puerta del
gazebo—. Una escena de un valle profundo en la montaña. Una colina verde, los
picos perfectamente formados con piedras hermosas, construidos de forma tal que
un manantial fluya hacia abajo desde encima de la cornisa en corrientes
translúcidas, formando una escena de cañadas y barrancos.
—Sí, bueno, eso es lo que es.
—Pero esos cantos no van más arriba de los aleros. Todo está a una
escala mucho menor que en la realidad. Al final, solo está hecho para agradar a
la vista. Lo suficientemente pequeño para ser formado por manos humanas. Lo
suficientemente pequeño como para que las manos humanas puedan mantenerlo todo
en orden. Los árboles de pino mirando hacia abajo sobre el arroyo de montaña
han sido podados para lucir como el jardinero cree que deben lucir.
»La corriente no se ve afectada por una sola hierba, o alguna
basurita. Cualquier cosa desagradable ha sido eliminada. —Junkou se puso de pie
y estaba parado en la puerta. Miró sobre su hombre en dirección a Seiki—. No
hay lugar aquí para una mente común y corriente como la mía.
—Taiho… diciendo tales cosas…
—¡Oh! No quiero a nadie sintiendo lástima por mí. Solo estoy diciendo
que entiendo mis propias limitaciones. Realmente creo en la brillantez de mi
hermano y su curso infalible. Gente como yo somos todo lo contrario. Mi hermano
siempre me habló del Sai ideal. Realmente lo contemplé como un mundo
maravilloso, pero me dejó un poco triste también. Porque no habría cabida para
una persona como yo en ese mundo. —Apretó su puño firmemente—. Salvo que hay
muchas más personas como yo en este mundo.
—Sí, pero…
—Mi hermano es un gran líder. Así como Shuka y Eishuku. Todo el mundo
que surgió de las filas de Kouto. Brillantes diamantes. Pero la gran
masa del pueblo, son como yo. Desde su perspectiva, soy pequeño, una piedra en
el camino.
—Taiho, Shuka y Eishuku son sin duda…
Junkou meneó la cabeza firmemente.
—Las personas reales tienen defectos e imperfecciones. No somos todos
perfectos como mi hermano. Su mundo ideal me suena a este jardín
artificial. Pero construir un reino no es como hacer valles y montañas reales.
La realidad no está hecha de estas pequeñas rocas. Al final, los seres humanos
no pueden mover las montañas reales, o los ríos o los bosques solo para mejorar
el paisaje.
—Sí, sería un poco extremo.
—El Sai del que habla mi hermano suena como a un hermoso sueño.
Siempre pensé en él como un ideal. El Sai ideal no es un lugar que pueda ser
construido. Hay una imagen retenida en la mente a medida que nos acercamos a la
meta -eso es lo que debería ser un ideal-. En ese caso, no importa cuán alta
sea la barra. Eso es lo que llamamos un ideal, después de todo.
—De acuerdo.
—Pero mi hermano se comporta como si ese ideal fuera la realidad. Si
me preguntan, esa clase de reino se convertiría en una prisión.
—Taiho…
—¿No lo ves? La imagen del reino perfecto que pinta mi hermano es un
lugar donde el hombre común -el tonto ordinario- no podría vivir. Todos los
ministros diferencian el bien del mal, mantendrán sus pasiones a raya y
trabajarán por el bien de toda la humanidad. Toda la gente obedecerá la ley,
virtuosa y humildemente y trabajarán diligentemente del amanecer a la puesta del
sol. Y aquellos que no lo hagan no serán parte de la ecuación. ¿A dónde irán?
¿Exiliarlos? ¿Ejecutarlos? Con el fin de mantener la maldad y pereza a raya,
¿serán vigilados y disciplinados cada minuto del día?
—Bien… yo… umm…
—Si ese es el tipo de reino que mi hermano desea, entonces pude
considerarme como uno de los carceleros. No puede ser la clase de reino que
deba existir. En tiempos como este, no puedo evitar pensar que mi idea de una
utopía sería que no podría tolerar ninguna cantidad pequeña de pereza y
conspiración, ni de estupidez e ineficiencia.
—Eso puede ser cierto, pero…
—Mientras hablamos, mi hermano está haciendo todo lo posible para
convertir ese ideal fijo en su mente en una realidad. Se esfuerza para la
perfección -una realidad que no puede existir-, sin espacio para dudas. Creo
que está equivocado. Pero estas no son las palabras que está dispuesto a
escuchar.
Seiki lo miró. La cara de Junkou estaba impregnada de dolor.
—Después de eso, no tenía nada más que
quedarse —concluyó Seiki—. Todo ese asunto me dejó un amargo sabor de boca, así
que me despedí. Y eso fue todo.

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