CAPÍTULO
3
Shuka salió de la
habitación, los gritos de la chica picaban en sus oídos como un látigo sobre su
espalda.
¿Cómo llegó a esto?
Al principio, Shishou era un forastero cuyas alabanzas ella había oído
siendo cantadas. Había sido aceptado en la universidad a una velocidad
vertiginosa. Sus profesores habían llenado su tarjeta en tan solo dos años.
Los graduados de la universidad generalmente entraban en servicio del
gobierno. Podían comenzar como empleados o subsecretarios en algunos humildes
puestos burocráticos, también era una práctica común el aceptar una comisión
militar como oficial de primer grado al salir de la universidad. Shishou tenía
interés en ser un general, y su futuro estaría garantizado.
Pero Shishou odiaba al rey y no quería ser parte del gobierno. Así que
renunció a su puesto.
En aquel momento, Sai estaba gobernada por el Rey Fu. La dinastía
estaba llegando a su fin y se derrumbaba el reino. Un mal gobierno y leyes
tontas seguían una tras otra. Las críticas de los ministros solo hacían que el
Rey Fu fuera más inclemente. Ahogando sus penas en alcohol y en mujeres,
permitió que sus funciones se salieran del Camino.
La mayoría de los ministros que criticaban al rey fueron ignorados o
reemplazados. Estos ministros derrocados ofrecieron patrocinar a Shishou. En
Yuunei, reunió a un grupo de compañeros simpatizantes, y las voces de censura
crecieron más fuertes.
Un grupo similar de jóvenes activistas indignados por el mal gobierno
del Rey Fu se reunieron alrededor de él. Shuka se contaba entre ellos.
El movimiento liderado por Shishou finalmente obtuvo el apoyo de la
gente. Se llamaron “Kouto[1]”.
Durante la dinastía del Rey Fu, Shishou fue el que condujo al pueblo y lucharon
contra las locuras que estaba provocando y luchó contra la devastación después
de que el Rey Fu muriera.
Tan pronto como se izó la bandera sobre el Rishi[2],
Shishou ascendió al Shouzan[3].
Como todo el mundo esperaba, Sairin lo eligió como el próximo rey. Esta
adhesión imperial fue una que parecía justa y correcta. No solo Sairin, sino
todo el mundo que conocía a Shishou creía en el nuevo Rey. Era inconcebible que
la dinastía comenzara a hundirse después de tan solo veinte años.
Shuka abandonó el patio casi en una carrera. En el anexo del palacio,
el Rikkan estaba esperando en un alto estado de ansiedad. Viéndola, varios se
levantaron de sus sillas. Sintiendo el peso de sus expectativas, Shuka miró a
lo lejos.
El jefe del Rikkan, como Shuka y tantos
miembros del Kouto, entraron en la Corte Imperial relativamente jóvenes.
Con sus ideales guiándolos, se habían congregado juntos para luchar contra la
caída del reino. Shuka era consciente de sus temperamentos. La confianza
depositada en el nuevo rey y las expectativas que se tenían para la nueva corte
eran reflejo de sus propias esperanzas y aspiraciones. No podían admitir en voz
alta que las cosas pudieran haber ido tan mal.
Comprendieron la situación solo con mirar el rostro de Shuka. Sus
semblantes estaban llenos de una amarga mortificación. Los que se habían
levantado, se sentaron otra vez en una agotada resignación. El silencio se llenó
de suspiros forzados. Uno de ellos finalmente se presentó y en voz baja les
instó a que salieran. Era el esposo de Shuka, Eishuku[4], el
Chousai.
—Sentados aquí no lograremos nada. Hemos confirmado la verdad de lo
que necesitábamos saber. Con estas dudas aclaradas, debemos pensar seriamente
en cómo resolverlo —miró al resto del Rikkan, que parecía demasiado agotado
como para levantar sus voces y dar una respuesta—. ¿Qué ganamos al rendirnos?
Ahora es el momento de arremangarnos y ponernos a trabajar.
En respuesta al llamado de atención de Eishuku, los miembros del
Rikkan asintieron. Con sus rostros pensativos, se levantaron y salieron de la
habitación arrastrando los pies, dejando a Shuka y a Eishuku detrás. Eishuku
finalmente salió también, con Shuka apresurándose para seguirle el paso.
Le preguntó en voz baja:
—¿Crees que ella se recuperará?
—Eso… Por supuesto…
Es una conclusión obvia, quiso
responder, pero no podía forzar las palabras de su boca.
Antecedentes de un Saiho recuperándose del shitsudou eran pocos
y lejanos.
Shishou era el Rey predestinado a gobernar ese Reino. Además de eso,
era el primo mayor de Eishuku y su amigo desde hace largo tiempo. Eishuku se
consideraba más como un hermano de Shishou. Incluso después de que Shishou
dejara su ciudad natal, continuaron con su amistad sin igual, y cuando fue a
Yuunei y organizó el Kouto, Eishuku fue el primero en unírsele. Había
levantado la bandera de la justicia y combatió contra la destrucción del Reino.
Incluso hicieron el Shouzan juntos. Desde la fundación de la nueva
corte hasta ahora, Eishuku había sido el seguidor número uno de Shishou. No
podía aceptar que Shishou había perdido el Mandato del Cielo. O quizá
simplemente era incapaz de articular el dolor que sentía en ese momento.
Como si percibiera el motivo de la vacilación de Shuka, Eishuku se
detuvo en el pasillo y presionó sus dedos contra sus sienes. Bajó su cabeza en
señal de angustia y gimió suavemente. Shuka no podía pensar en qué decir, así
que, en cambio, ella presionó su mano contra la espalda de él.
En el patio contiguo, un árbol de durazno estaba en plena floración.
Los pétalos de flores bailaban y se dispersaban en el viento, como la
disolución de un mundo de ensueño. Había algo terriblemente triste acerca de
aquella vista.
Soñando con la prosperidad.
Podría haber sido solo un sueño. Treinta años antes, Shuka no era más
que una joven estudiante, enojada e indignada por el mal reinado del Rey Fu.
Cuando se trasladó a Yuunei para asistir a la Academia del Distrito, se unió al
Kouto y conoció a Shishou.
Allí había alimentado un único sueño. Ellos creían que, si todos
compartían ese sueño y veían a través de sus frutos, entonces el Edén los
esperaría. El glorioso pasado que compartieron juntos, discutiendo toda la
noche sobre el mundo que harían, guiando al pueblo contra el régimen corrupto
del Rey Fu y luego contra la devastación que le seguiría.
Durante aquellos tiempos embriagadores, Shuka y Eishuku se habían
comprometido a respaldar a Shishou todo el camino. Shuka tenía veintidós años,
Eishuku veintiséis, y Shishou veinticinco. Tan solo tres años más tarde,
Shishou accedió al trono.
Pensando en retrospectiva, parecía un sueño imposible.
Habían sido tan vivos y jóvenes -rodeados, al parecer, de una
brillante luz blanca que era dolorosa para la vista-.
Eishuku por fin levantó la cabeza.
—¿Qué crees que deberíamos hacer a continuación, Shuka?
—Si no se recupera el Taiho todo depende de si Shishou puede regresar
de nuevo al Camino. Si de alguna manera pudiéramos argüir con él…
—¿Y cómo lo haríamos?
Shuka no tenía una respuesta preparada.
—¿Sobre qué argüiríamos con él? ¿En dónde se equivocó Shishou?
Shuka solo meneó la cabeza.
Si yo lo supiera…
—No sabemos qué argüir con él, ¿pero se supone que guiemos a Shishou
en su tarea?
Shuka no tenía ningún argumento para eso
tampoco. Si Shishou, como el Rey Fu, hubiera abandonado el gobierno por una
vida de libertinaje, o si estuviera cometiendo atrocidades contra el pueblo,
ella podía entender la fuente del Shitsudou. Así tendrían algo que
criticar.
Pero desde su coronación, Shishou se había dedicado incondicionalmente
al trabajo. Hasta donde podía ver Shuka, no se había desviado del Camino desde
su adhesión al trono. Desde cada aspecto posible, el reino parecía estar en el
camino correcto, y la conducta de Shishou no sugería ninguna razón posible para
el Shitsudou.
Sin embargo, cuando dirigió su atención a otros lugares, el que Sairin
sufriera el Shitsudou llegó a ser obvio. La Corte Imperial seguía
deshilachándose en los bordes. La tierra seguía en peligro y la gente
empobrecida. A pesar de ser un reinado de poco más de veinte años, se oían
voces de críticas entre sus súbditos.
Esto era porque Sairin no estaba bien, y abundaban los rumores de que
el Shitsudou pronto se manifestaría. Claramente, Sai estaba fallando.
Shishou debía saberlo también. Las características distintivas de
Sairin ya se habían desvanecido y se estaba poniendo más pálida. Desde el Año
Nuevo, ella había expresado cada vez más quejas acerca de su condición. Shishou
expresó su consternación, pero lo tomó como un juicio divino que pronto sería
superado. Solo necesitaban mantenerse firmes y trabajar más duro y sin duda la
condición de Sairin mejoraría. El Reino se enderezaría a sí mismo.
El Paraíso, les había dado a los ministros un discurso alentador,
estaba dándoles estas pruebas para poner a prueba su temple.
Shuka miró más allá de su marido y miraba la escena onírica de la
caída de los pétalos de melocotón. El sueño los estaba abandonando, como si la
primavera se prolongara demasiado tiempo en los jardines, los pétalos
eventualmente se dispersarían y desaparecerían.

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