REGRESO A LA MONTAÑA[1]
CAPÍTULO
1
La ciudad se
extendía desde las orillas de un lago azul. La superficie del lago reflejaba
como un espejo las fachadas de piedra blanca, y levantándose detrás de ellas,
los grises y altos picos de la Montaña de Ryou’un.
Tan pronto como coronaron el último de los pasos de la montaña, los
viajeros subieron los caminos que conducían a la ciudad que tenían a la vista
-las montañas rodeadas de amplios y verdes campos, el lago brillante, los picos
que sobresalían a través de las nubes y la blanca ciudad en la base de la
montaña-.
—¡Qué vista! —el hombre limpió el sudor de su frente y se dirigió a
uno de sus compañeros de ruta, que estaba a su lado—. ¡Shisou[2] ciertamente es una hermosa ciudad!
Se detuvieron en la parte superior del paso
en un pequeño afloramiento de piedra que dominaba la escena. La emocionada
proclamación del hombre provocó una mirada divertida de otro viajero.
Dándose cuenta de que se había convertido en el centro de atención, el
hombre mostró una sonrisa torcida.
—Has caminado delante de mí todo el camino. A pesar de tener ese
espléndido kijuu, subir por esta montaña a pie parece un ejercicio
extraño. Pero sin duda fue la decisión correcta.
—Muy cierto —respondió el viajero con una sonrisa brillante.
Acarició al tigre como a una bestia. Parecía estar en sus iniciales
veinte.
Y acorde con el valioso kijuu que lo acompañaba, iba firmemente
ataviado.
—Hablando de eso, ¿eres ciudadano de Shisou?
—No.
El hombre asintió y se secó otra vez su frente. La subida lo había
dejado mareado y el sudor brotaba como pequeñas perlas. Aunque la luz del sol
era clara y fuerte como podía ser al comienzo del verano, un refrescante viento
sopló a través del paso.
Aflojó el cuello de su túnica para dirigir la brisa fresca a través de
su ropa. Después de tomar una respiración profunda, volvió a señalar lo hermoso
que era ese lugar y comenzó su descenso.
El viajero con el kijuu lo vio irse. De nuevo volvió a mirar la
cresta de la montaña. Entonces recogió las riendas y comenzó a caminar. La blanca
ciudad en la distancia era la capital del Reino de Ryuu[3]. En
la cima de la montaña blanca estaba la casa del Rey de Ryuu, el Palacio Fun’ka[4].
Mirando desde esa óptica, era como un bosque lejano, envuelto en las nubes.
La ruta descendía perezosamente por la montaña
y atravesaba los campos verdes. Los caseríos estaban repartidos por los campos.
Finalmente, llegaron a la pared de la barrera blanca. Del otro lado estaban las
blancas calles de la ciudad. La ciudad parecía que se había formado enteramente
de una cantera de piedra blanca teñida de gris.
Había pocos bosques en las cercanías de
Shisou. Y en lugar de transportar maderera en grandes distancias, cavaban en la
Montaña Ryou’un, que parecía estaba sosteniendo los cielos -era mucho más
fácil-.
Perforada en sus flancos, con muescas en sus costados, la ciudad
blanca parecía una extensión de la misma montaña. Las únicas maderas negras
eran las que sostenían los techos, las cuales venían de la región central de
Ryuu. Las tejas también eran oscuras como caoba.
Era una ciudad hermosa, negra y blanca. Los ciudadanos de la ciudad
pisaban los adoquines blancos vestidos con sus ropajes de colores brillantes y
variados.
El viajero pasó por la Puerta del Caballo y entró en la ciudad. Hizo
una pausa para observar el tráfico ante la puerta. La gente que pasaba hacia
atrás y hacia adelante parecía estar caminando con pasos ligeros y tenían
generalmente un agradable estado de ánimo. Como que no había una preocupación
en el mundo.
Frunció el ceño.
—Esto no me gusta.
—¿Qué cosa?
La repentina voz detrás de él lo hizo girar. Parpadeó intentando
reconocerlo y sonrió ampliamente.
—Verte aquí, de entre todos los lugares.
—Exactamente el tipo de lugar en el que esperaba encontrarte. Mucho
tiempo sin verte, Rikou[5].
Rikou sonrió con pesar. Sin duda había pasado mucho tiempo desde que
se habían encontrado. Unos treinta años.
—No lo creo, Fuukan. Perdiendo el tiempo simplemente vagabundeando.
—Igual que tú.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Solo dos días —respondió Fuukan. Señaló al oeste—. He conseguido una
habitación en una posada por la calle. La comida es terrible, pero tiene
establos decentes.
—Entonces, lidera el camino.
Con un raro kijuu a cuestas, elegir la posada correcta era una
necesidad, y encontrar uno con establos y buena seguridad podría tomar una
cantidad razonable de tiempo. Rikou estaba agradecido de que Fuukan lo hubiera ubicado
entre la multitud.
¿Cómo se habían conocido? Ya era una vieja historia. Incluso no podía
estar seguro de dónde había sido. No podía recordar los detalles exactos de los
que los llevó a cruzar sus caminos. Al principio, probablemente lo consideró un
tipo extraño y dudaba que se encontrarían otra vez.
Pero el tiempo había pasado y se encontraron otra vez en un reino
diferente. Se hizo evidente que no había manera de que fuera una especie de
vagabundo. Entretanto habían pasado sesenta años. Una persona promedia habría
muerto o habría envejecido más allá del reconocimiento.
Desde entonces, se habían encontrado aquí y allá. El viajero tuvo una
idea acerca de quién era, aunque sin indagar demasiado. Podría averiguarlo sin
realizar un interrogatorio -un hombre que, como Rikou, había pasado mucho
tiempo viajando-.
Los lugares en los que siempre parecían encontrarse eran este tipo de
lugar. Como la capital de un reino que comienza a mostrar su decadencia. Rikou
había oído rumores de que las cosas estaban cambiando en Ryuu. La actual
dinastía que tenía ciento veinte años. Estaba empezando a flaquear. Había ido a
verlo en persona, y aquí convergieron otra vez.
—Así que, ¿qué es exactamente lo que no te gusta del lugar? —preguntó
Fuukan sobre su hombro, un paso por delante de él.
—La forma en como se ve la gente en esta ciudad.
El reino se dirigía cuesta abajo, pero sus ciudadanos estaban
imperturbables. Su larga experiencia le había enseñado a Rikou que esto era la
prueba más segura de un inminente desastre.
A la gente siempre le había gustado reírse de cómo su reino se dirigía
hacia la destrucción y la ruina. Mientras expresaban algún tipo de ansiedad,
maldecirían al rey y al gobierno con sonrisas en sus rostros. Cuando las cosas
se pusieran realmente terribles, todo sería oscuridad y fatalidad.
Aun cuando la sociedad se tambaleaba dirigiéndose al borde del
colapso, se volvían inquietos y extrañamente optimistas. En un abrir y cerrar
de ojos, se lanzarían a placeres vacíos, desarraigados y arrastrados por sus
emociones. En algún momento, ese optimismo enfermizo se desvanecería y el reino
se derrumbaría de un solo golpe.
Estos hechos eran difíciles de juzgar desde otros reinos por la
lejanía. Era claro cuando la ley y el orden se rompían totalmente en un reino.
Pero al principio de la descomposición, como las tensiones y distorsiones
compuestas debajo de la superficie, no eran tan evidente a los ojos externos.
Pero lo era para las personas que vivían allí. Y para los que no
podían ver, lo podían sentir.
Rikou había aprendido que echar un vistazo a la sociedad podía decirle
mucho acerca del reino. Los rumores de tiempos difíciles se habían filtrado a
los otros reinos, pero los ciudadanos de la capital estaban de buen humor. Un
mal augurio se aproximaba.
—El tiempo de la reforma es cuando la gente está en la miseria —dijo
Rikou con un suspiro.
Fuukan respondió entre dientes:
—Están más allá de esa etapa. No hay vuelta atrás, no importa lo que
hagan. Ah, ya llegamos.
Señaló una posada. A primera vista, parecía un lugar bastante
ostentoso. Los muros de piedra blanca tallados con innumerables relieves de
colores vivaces formaban parte de la ornamentación. Aunque apenas pasaba del
mediodía, se oía el sonido de alegría intoxicada haciendo eco en las paredes
circundantes.
Rikou alquiló una habitación y arregló sus pertenencias.
—¿Realmente Ryuu está en una situación tan desesperada? —preguntó
Fuukan detrás de él.
Al parecer, no tenía nada mejor que hacer. Abrió la ventana. Los
animados sonidos de la multitud fluyeron en el interior de la habitación.
—Es difícil de decir. No hay ningún informa de las personas siendo
oprimidas. No hay rumores de la Corte Imperial cayendo en la extravagancia y la
inmoralidad. Pero parece que están perdiendo las riendas en las provincias.
Mientras más alejado de la capital, se está peor.
—¿Eso es todo?
—Por el momento —murmuró Rikou, arrojándose sobre la silla más
cercana, era de hecho a lo que se refería.
A simple vista, no había ningún problema. Pero la base estaba llena de
fisuras. De ahí un sentimiento de incertidumbre. Esta inquietud se transformaba
en rumores llenos de inseguridad. Los extranjeros no verían la fuente de esta
ansiedad. Es por eso por lo que cuando cayera, parecería que es algo repentino
salido de la nada.
—Todo se cae en un santiamén —dijo Rikou para sí.
Fuukan se sentó en el diván y estiró las piernas.
—Justo lo que se puede esperar de un hombre de Sou. Cuenta ciento
veinte años como un santiamén.
—Sí, eso creo —rio Rikou.
Rikou provenía del Reino de Sou en las tierras más australes del
mundo. El reinado del Rey de Sou tenía seiscientos años hasta ahora. En ocho
años, la dinastía de Sou sería la más larga en la historia, la más larga de los
Doce Reinos. El reino nororiental de En estaba solo un siglo detrás.
—De una forma u otra tengo la impresión de que Ryuu se mantendrá por
más tiempo.
—¿Cómo es eso?
El nombre del Rey de Ryuu era Jo Rohou[6].
Rikou no sabía los detalles de cómo había sido elegido rey. Sou y Ryuu estaban
en los extremos opuestos del mundo. Noticias provenientes de Ryuu llegaban a
Sou muy de vez en cuando.
Visitar el país en persona tampoco hacía que él tuviera conocimiento
del funcionamiento del Palacio Imperial. En muchos reinos, el nombre que se le
daba al rey ni siquiera era revelado. Rikou lo sabía solo porque se había
codeado con personas de un buen nivel social, como para saber esas cosas.
No era porque Rohou hubiera trabajado en los niveles altos del gobierno
imperial. Ni viajado durante el Shouzan hacia el Monte Hou, en el centro del
mundo, para pedir una audiencia con el kirin. Ni había salido de una
familia de granjeros, ni mercaderes.
Su ascenso simplemente no había sido el tipo dramático del que la gente
hace un gran alboroto.
Pasaron veinte años antes de que el kirin pudiese escuchar el
Mandato del Cielo y elegir al nuevo rey. Mientras más pronto, mejor, el nuevo
rey sería coronado en ese período de tiempo.
Como no había necesariamente una conexión entre los años de la
coronación y su atribución legítima como rey, el pasado de Rohou era vago y la
impresión que dejaba era la de quien no deja muchas impresiones.
Quizá por eso su asunción no hubiese creado mucho revuelo. Pasado el
tiempo se hizo su fama. Para este momento, el Reino de Ryuu era conocido como
el Reino de la Ley y el Orden. Y, sin embargo, estaba comenzando a tropezar.
Para Rikou, este era un inesperado giro del destino.
Dicho todo esto, Fuukan inclinó la cabeza, dubitativo.
—A diferencia tuya, yo estoy sorprendido de que la dinastía haya
durado tanto. Cuando Rohou ascendió al trono nadie creyó que tuviera madera de
rey. Había sido un supervisor citadino y luego uno provincial. Los lugareños
tenían una buena referencia de él, pero nada de que sus logros lo llevaran a la
capital. Nada que lo separara del siguiente candidato.
Fuukan también conocía el nombre que se le había dado a Rohou,
evidencia de que se movía por los mismos círculos sociales que Rikou.
—Bueno, es lo que se espera de un hombre de En, saber de este tipo de
cosas. Son reinos vecinos después de todo.
—Eso creo. Tuve mis dudas poco después de su coronación. Me dio la
impresión de ser una elección regular. Como un barco que se ve bien a partir
del puerto, pero que se hundirá en la primera tormenta.
—La primera tormenta —repitió Rikou.
El reinado en un reino no tiene límite. Mientras siga el Camino y
gobierne de acuerdo con el Mandato del Cielo, su dinastía continuará. Pero
mantener la Corte Imperial trabajando en orden no era una tarea sencilla.
Lo que le sorprendía a Rikou era que el Cielo le confiriera el Mandato
a una persona -un monarca ilustre- con la capacidad de gobernar un reino. El kirin
escuchaba al Cielo y escogía a su señor como nuevo rey.
Y, sin embargo, las dinastías eran muy cortas. Sou con seis siglos, y
En con cinco eran la excepción. Después venía el reino occidental de Han, con
tres siglos. Y luego Kyou, con apenas noventa años. Curiosamente, habiendo
presenciado los seiscientos años de una Corte Imperial, Rikou había concluido
que había ciertos puntos acerca de la caída o el levantamiento de una dinastía.
El primero venía a los diez años. Pasarlo exitosamente significaba
otros treinta a cincuenta años de reinado seguro.
Luego llegaba el segundo, y este era importante. Coincidía con el
período de vida natural del rey.
Desde su coronación, el rey era ingresado al Registro de los Dioses,
por lo que no envejecía, ni moría. Un rey que hubiera ascendido a los treinta
tendría otros treinta o más años para su fin si no hubiera sido ingresado al
Registro de los Dioses.
Este vívido sentido de su propia mortalidad era peligroso. Incluso
aunque el período de vida no significaba nada para ellos, el rey y los
ministros que le servían no podían perder el rastro de su verdadera edad; las
edades a las que no era extraño que vivieran, y aquellas en las que ya habrían
vivido una vida plena.
Al mismo tiempo, en el mundo inferior, todos los que solían conocer
iban desapareciendo poco a poco.
De hecho, no era algo que presenciara en persona. Al ser enlistados en
el Registro de Inmortales o de Dioses rompían toda relación con el mundo
inferior. Al ascender más allá del Mar de Nubes, sus ciudades natales eran otra
de las ciudades del reino. Las noticias de sus hogares muy rara vez llegaban a
ellos, y nadie los visitaba.
Y, sin embargo, era imposible no imaginarse el irse, el no estar por
mucho tiempo más en el mundo. No podía escapar al pensamiento de ser el único
que quedara atrás para vivir una vida cuyo final no podía comprender.
El valor del tiempo de vida se había agotado. ¿Y qué es lo que tenía
que mostrar? Algunos miraron hacia atrás y fueron superados por el sinsentido
de todo esto. Otros miraron al futuro y fueron superados por un terror a lo
desconocido.
Los ministros enlistados en el Registro de Inmortales también
enfrentaban estos temores, y las renuncias repentinas eran rara vez
inesperadas. Pero un rey no podía simplemente irse y terminar su vida por una
sensación de miedo e inutilidad. Y así forzar la mano del Cielo y desatar el
caos.
El rey creaba lo inevitable al resignar a su trono. Rikou entre otros
identificaba esto como una resignación pasiva.
En cualquier caso, una vez pasada esa etapa en la que ya no le quedaba
tiempo tomaría un nuevo aliento. Al cruzar esa montaña, la dinastía podía
esperar una larga vida, y no tener que enfrentar el nuevo desafío hasta la
marca de los trescientos años.
Rikou no sabía por qué esta señal era tan peligrosa, pero cuando un
reino colapsaba, este se veía particularmente feo. Monarcas ilustres y
respetados hasta el momento parecían transformarse en tiranos de la noche a la
mañana. Las personas eran masacradas y las tierras eran arrasadas.
—Llegaron a la montaña y a la marca de los ciento veinte. Divide la
diferencia, más o menos.
—Divide la diferencia —Fuukan sonrió—. Ya veo. Muchos reyes cruzan esa
montaña y logran los trescientos. Pero son tantos como los que no lo hacen.
—Muy cierto.
Excepto que Rikou había estado en Ryuu para el primer obstáculo del rey.
Se preguntó y averiguó qué tan bien podría el rey superar ese obstáculo. El
presentimiento que tuvo en ese momento era muy bueno. Las cosas estaban
mejorando.
Hubo una buena cantidad de reinos que habían superado ese obstáculo y
sin embargo se derrumbaron antes de llegar a la marca de los trescientos.
Fueron más los que lo hicieron que los que no, pero lograr atravesar la
tormenta con velas rasgadas y agua llenando el barco, a punto de abandonar el
barco.
Rikou no había visto ninguna señal de ello en Ryuu. El casco del barco
sano, el cielo despejado y el mar en calma.
Cuando explicó eso, Fuukan levantó una ceja y frunció el ceño un poco.
—Sí, pensaba lo mismo. Me recuerdo pensando en Ryuu como un enigma.
—¿Un enigma?
—Ha adoptado una forma que no es evidente a simple vista. Hablé de esa
primera ráfaga, pero el tifón llega en la inauguración de una dinastía. Los
primeros diez años después de la coronación de un nuevo rey determinan la
estructura de la nueva Corte Imperial. Me había parecido que Rohou lo había
estropeado.
—Si no pueden hacer las cosas bien fuera del esquema, incluso con un
poco de improvisación, la dinastía no durará mucho —Rikou miró a Fuukan y
sonrió—. En cuanto a eso, de vez en cuando te encuentras con un monstruo
incoherente que no distingue su cabeza de su cola y dura solo una generación o
dos.
Fuukan rio. Y Rikou añadió con una sonrisa.
—Normalmente, un reino que comienza en desastre no dura ciento veinte
años.
—No lo creerías, pero Rohou se mantuvo. Más que eso, cuando el primer
obstáculo llegó, Ryuu dio un giro completo. Lo más llamativo fue el sistema
legal. Fue diseñado tan profundamente que me podía imaginar al rey convirtiendo
su trono en una cama y el reino continuaría independientemente.
—Cierto, cierto. Tengo que admitir que era un hombre capaz. Cualquiera
que estableciera una estructura tan firme debería llegar a los trescientos
años.
—Ese cambio tan grande siempre me resultó raro. Un reino acostumbrado
a vivir en la rutina suele caer cuando el rey sacude las riendas en otra dirección.
Esa fue la primera vez que vi que ocurriera lo contrario.
—Me recuerda a En —dijo Rikou—. No creía que En llegaría a su primera
década, pero las cosas cambiaron con su primer gran obstáculo —se cruzó de
brazos—. Si Rohou está siguiendo su ejemplo, entonces Ryuu no está en una
situación tan desesperada. Nunca he visto algo como esto.
Solo En y Sou habían pasado la marca de los trescientos años. Así de
frágiles estaban los otros reinos. Tres cuartas partes no superaban el primer
obstáculo. Una dinastía sobrevivía varias décadas y luego moría. Por lo que
Rikou había visto varias dinastías erguirse y caer.
—Nunca me acostumbré a la forma en la que caen —murmuró Fuukan.
Rikou ladeó la cabeza a un costado.
—¿Nunca te acostumbrarás a ello?
—Tampoco entiendo por qué Ryuu ha comenzado a decaer ahora. O, mejor
dicho, no comprendo qué pasó, excepto que, por decirlo sin rodeos, Rohou parece
haber revertido el curso.
—¿Ahora?
—Ahora. No solo parece que Rohou sea ajeno a que las leyes que
promulgó están siendo ignoradas y pisoteadas, sino que está actuando de manera
que socavará la estructura que construyó.
—¿La está socavando él mismo?
Fuukan asintió.
—La ley requiere que tres componentes trabajen en conjunto. Prohibir
algo por ley no es suficiente.
—Se necesita de una organización que verifique que las prohibiciones
se están aplicando cuando deben y de la forma que deben. De otra forma, la ley
es simplemente un adorno. ¿Y el tercero?
—La ley debe afirmar también. Las leyes
diseñadas para prohibir la tiranía y la corrupción deben respetar la
incorruptibilidad y aprovechar al máximo sus contribuciones. Una no funcionará
sin la otra.
—Ya veo.
—Ryuu lo ha hecho remarcablemente bien. Pero Rohou se ha enfocado en
destruirlo. Cambia una y deja a la otra sola. Nada se está haciendo de forma
consistente. Así es como nace la discordia.
—Y eso es muy extraño —Rikou meditó y exclamó—, tal vez Rohou ya no se
sienta en el trono.
—¿Qué ya no ocupa el trono?
Rikou asintió.
—Tal vez ya se cansó de todo esto y cedió las riendas.
—Eso podría ser —dijo Fuukan, poniéndose de pie y acercándose a la
ventana.
Los rayos del sol al comienzo del verano comenzaban a inclinarse por
la ciudad. La cacofonía de las calles allá abajo comenzaba a incrementarse.
Las voces de los borrachos alegres sonaban como una jauría desatada.
Voces coquetas de arrullo como instrumentos musicales tocados salvajemente
fuera de tono. Como si la ciudad entera se hubiera transformado en una gran
fiesta callejera.
—Rohou estableció un sistema muy sólido. Incluso si desechara su
autoridad habría durado todo este tiempo. El verdadero caos comenzara después
de esto. Pero Rohou ya habría abandonado la lucha hace mucho tiempo. Tanto que
el Cielo le ha retirado su favor.
Rikou frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con ello?
—Los youma han comenzado a aparecer a lo largo de la costa del
Kyokai.
Rikou no esperaba que hubiera llegado a eso. Eso solo podía significar
que la caída de la dinastía estaba en el horizonte. Y, sin embargo, el caos
estaba en un nivel tan bajo que solo era evidente para un extranjero como
Rikou.
—La nieve comienza a apilarse en lugares donde no suele aparecer. El
Cielo no está contento, el caos está golpeando las fronteras antes de llegar al
centro del poder. Por lo general, es al revés.
—¿Ha progresado tanto sin haberse hecho evidente?
—Así parece. En ha comenzado a colocar tropas en sus fronteras —dijo
Fuukan, como si discutiera una situación ajena a ellos.
Rikou lo observó y asintió.
—En cualquier caso, Ryuu no tiene mucho tiempo.
La Corte Imperial estaba en un estado muy delicado.
La conmoción que se filtraba a través de la ventana estalló fuertemente
en sus oídos. Unas grietas enormes se abrían bajo sus pies. Las puertas del
infierno se estaban abriendo. Y nadie podía detenerlas ahora.
Cuando un rey se desviaba del Camino, el kirin que lo había
escogido enfermaba. Y cuando eso ocurría, estaba claro el curso que tomarían
las cosas, sin importar quién fuera el rey. Todo lo que el monarca debía hacer
para sanar a su kirin y recuperar al reino era retomar el Camino. Y, sin
embargo, Rikou veía que rara vez ocurría eso. Hubo reyes conscientes de lo
lejos que se habían apartado y caído. Pero ejemplos de reyes arrepentidos y que
hubieran reformado el reino eran muy pocos y distantes entre sí.
Una vez que el descenso hubiera comenzado, el destino del reino era
trágicamente inevitable, y los esfuerzos del rey como una gota en el océano.
—¿Qué es eso? —dijo Fuukan, desde la ventana—. ¿Estás tan deprimido
porque Ryuu está cayendo por debajo de tus expectativas?
—El punto de mis expectativas no están ni aquí, ni allá —suspiró
Rikou—. Pero estoy decepcionado. La dinastía había comenzado muy prometedora.
Ryuu tenía esa chispa de grandeza en él. Y, sin embargo, en un momento
-o lo que Rikou consideraba un momento-, en un lapso de ciento veinte años,
Ryuu había comenzado a decaer.
—Cuando te detienes a pensar, dinastías como estas nunca carecen de la
habilidad de desaparecer durante la noche.
—Ahora solo estás señalando lo obvio. El buen hombre de Sou sin lugar
a duda lo ha visto ir y venir.
Rikou rio.
—Así lo ha hecho este hombre de Sou. Supongo que un joven como tú no
lo comprendería. —Cuando Fuukan subió una ceja en señal de curiosidad, añadió—:
Sou está viviendo la vida más larga de todos los tiempos de los Doce Reinos.
—¡Oh! ¿De verdad? —respondió Fuukan con una sonrisa irónica y se dio
la vuelta hacia la ventana.
—Es a eso a lo que se reduce. Un hombre de En no podría comprender
esta sensación de presión. Incluso si son solo cien años menos los que tiene,
como mínimo, tienes un ejemplo frente a ti.
Pero Sou no tenía ningún ejemplo a seguir. Y después de ocho años más,
incluso pasaría a las leyendas. Ninguna dinastía había durado tanto.
—Pienso en ello cada vez que una dinastía llega a su fin. Estoy junto
al lecho de muerte, y, sin embargo, no puedo evitar pensar en ninguna dinastía
que dure por siempre.
Y era poco probable que Sou y En demostraran lo contrario.
—Cuando pienso en esos términos, debo recobrar
el aliento. Ninguna dinastía dura por siempre. Una dinastía sin fin es
imposible. Y si todas las dinastías deben morir, entonces Sou seguramente
morirá.
—Nada dura por siempre —dijo Fuukan, aun mirando por la ventana.
—No —rio Rikou—. No importa como lo mire, se reduce a eso. Y, aun así,
no puedo imaginarme el fin de Sou.
—Naturalmente, nadie puede imaginarse su propio final.
—¿Seguro? Creo que podría imaginarlo. Siendo arrastrado a una pelea
sin sentido y perdiendo la cabeza en el proceso, o convertirme en comida de youma
en uno de mis viajes.
Fuukan rio, y se dio la vuelta.
—Imaginar las posibilidades y el momento en sí no son lo mismo.
—Puede que tengas razón —por un momento, dejó que sus pensamientos
pasaran—. Tienes razón, nada me viene a la mente.
Era difícil para Rikou imaginarse las condiciones que causaran que el
Rey de Sou se desviara del Camino. Pero las insurrecciones podrían levantarse
en cualquier momento, sin importar quien fuera el rey. Pensar de esta manera,
hizo que imaginara los rostros de los sirvientes del reino. Entre los príncipes
no había ninguno al que pudiera conectar con la palabra traición.
—Pero si se trata de En —murmuró—. Lo puedo imaginar bien.
—Ah, ¿sí? —dijo Fuukan con curiosidad.
Rikou sonrió.
—No tengo problemas para imaginarlo. Considerando el temperamento del
Rey de En no creo que termine con él desviándose del Camino. Tengo algunas
dudas en cuanto al entendimiento que tiene del camino por recorrer. Pero ya ha
establecido las leyes y no va a llevar el carro a la zanja. No importa qué
criminales intenten hacerlo caer, no es del tipo tranquilo. En solo caerá
cuando el Rey de En lo decida.
—Ya veo.
—Y puedes contar con el solo placer de hacerlo. Sin una buena razón.
Un día, sin más, sin ninguna malicia. Considerando cuan persistente es el
hombre, habiendo resuelto todas sus cosas, saltará a la acción. Sí, hará una
apuesta.
—¿Una apuesta? —preguntó Fuukan con una mirada dudosa.
—Exactamente lo que significa. Una apuesta con el Cielo. Por ejemplo,
que te encontrarás con una determinada persona que raramente ve un centenar de
años. Cada vez que el destino le sonríe, gana. Cada vez que no, es un punto
para el Cielo.
—¡Oh, ese tipo de apuesta! —se rio Fuukan.
—Cualquier cosa por la que se decida, irá por ella. En será borrado
del mapa. Los ministros, el pueblo, el Taiho. La capital y las ciudades. En se
convertirá en un hermoso, aunque vacío, campo.
—Matar al Taiho sería más o menos como cortarle el cuello.
—Pero no inmediatamente. Mataría al Taiho y le declararía la guerra al
Cielo. Si el Cielo lo desplaza antes de que pueda arrasar la tierra. Ese es el
tipo de apuesta que le encantaría hacer.
—¿Y quién crees que ganaría?
—Si las cosas empeoraran a un punto extremo, creo que podría llevarlo
a cabo. Pero esto solo probaría que al final, podría dejar solo unos pocos
caseríos abandonados y luego morir, mientras se riera de sí mismo. ¿Qué tal?
—Nada mal —sonrió Fuukan—. Y cuando se trata de Sou, no está más allá
de mi imaginación.
—¿Qué?
—El Príncipe vagabundo se cansará de aferrarse al mundo tal cual está,
y asesinará al Rey de Sou.
Rikou parpadeó y luego se echó a reír.
—Golpe bajo. Y tengo la sensación de que sería posible.
Fuukan rio fuertemente y dirigió la mirada por la ventana.
—Los vuelos de la imaginación rara vez tocan tierra firme.
Ojalá fuera así, pensó Rikou,
viendo cómo el crepúsculo se apoderaba de la ciudad.
—Esas cosas suelen resolverse sin siquiera salir a la luz.
—Probablemente —Rikou no dijo nada más.
El anochecer se deslizó en la habitación junto con el ruido de la
calle. Lo que reflexionaron en sus vuelos de fantasía ya había ocurrido en
otras dinastías. Si tales cosas pudieran causar tal destrucción, entonces vivir
una vida extremadamente larga no estaba en los planes. Con tantos peligros
rondando, el futuro se volvía más y más incierto.
¿Por qué caían las dinastías? Se
preguntó Rikou.
¿Por qué un rey que hubiese recibido el Mandato del Cielo se desviaría
del Camino? ¿Era por no haber pensado lo que ocurría? Y si no se había dado
cuenta, ¿había entendido alguna vez cual era realmente el Camino? ¿Podría una
persona como esa realmente recibir el Mandato del Cielo en primer lugar?
Si no era así, entonces seguramente debería de haberlo sabido en algún
momento. Y, sin embargo, se apartó. En algún punto debió haberse dado cuenta
que iba en la dirección equivocada.
Basándose en los precedentes, podía darse cuenta dónde se habían
cometido los errores. Pero del mismo modo no podía imaginarse su propia muerte,
no podía imaginarse ser consciente de estar tomando el camino equivocado. ¿Qué
causa venía antes del efecto? ¿Y cómo detenerlo antes de que fuera tarde?
La alegre voz de Fuukan interrumpió sus pensamientos.
—¿Te quedarás por Shisou por mucho tiempo?
—Esa es mi intención, pero no estoy seguro. —Ya no era un simple
rumor. Si las cosas se estaban poniendo feas en Ryuu, entonces Rikou debía
hacer sonar la alarma—. Quizá dos o tres días más. Quiero ver la situación con
mis propios ojos. ¿Y tú?
—Me iré mañana. Tomé el camino largo desde la frontera con En hacia
aquí.
—Suena a ti. Viviendo la vida con el asiento bajo tus pantalones.
—No eres el más indicado para hablar.
Tú y yo no estamos para nada en la misma posición, pensó en bromear Rikou, pero se contuvo.
Ambos eran espíritus libres con amor a viajar.
Mientras pudieran seguir encontrándose así, era mejor seguir manteniendo esa
excusa viva.
Al mismo tiempo, en todas las oportunidades que tuvieron de
encontrarse en los extremos opuestos del mundo, nunca lo hicieron en sus
tierras natales. Y probablemente así fuera la próxima vez.
—Bueno, me gustaría escuchar de tu largo camino por aquí —sonrió
Rikou—. Yo pago la cena.
Tal como se lo había advertido Fuukan, la comida era mala y la bebida
no era mejor. Terminaron a media noche y subieron las escaleras. Rikou no
estaba de humor para ver partir a Fuukan a la mañana siguiente. Pretendía
dormir hasta el mediodía. Si el Cielo le sonreía a Sou y a En, se volverían a
encontrar cuando menos lo esperaran.
—No tengo que decirte que te cuides —dijo y se dirigió a su
habitación.
—Para nada —escuchó la voz de Fuukan—. Pero déjame contarte una
interesante historia.
Rikou se detuvo y se apoyó contra la barandilla.
Fuukan sonrió.
—Soy terrible al irme. Pero saco una victoria de vez en cuando. Cuando
lo hago, me guardo una de las piedras. Hasta ahora he recogido alrededor de
ochenta.
Rikou se quedó inmóvil.
—¿Y?
—Bueno, para ser preciso, tengo ochenta y tres. Y entonces todo me
pareció una tontería.
Rikou rio fuertemente.
—¿Y ahora?
—Bueno, no recuerdo haberlas tirado, así que deben estar por algún
lugar.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando?
—¡Oh! Como unos doscientos años —Fuukan sonrió. Con un saludo, giró
sobre sus talones—. Nos vemos —dijo alegremente por encima del hombro.
—¡Sí, nos vemos, desgraciado! —replicó
Rikou alegremente.



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