CAPÍTULO
2
Sairin dijo:
—Así que no hay nada de qué preocuparse. ¿Estás aquí, Shuka[1]?
Shuka logró una sonrisa tranquilizadora. Estaba en un dormitorio
opulento. Enterrada bajo el futón bordado, la joven volvió su rostro blanco, de
aspecto enfermizo hacia ella. Sus ojos sin pestañear parecían aferrarse a
Shuka. Sus hundidas mejillas tenían los rasguños de la rama marchita del árbol.
—Sí, así es, Taiho.
La chica parecía aliviada. Presionó otra vez la rama contra su
mejilla. Otro hematoma apreció junto con los demás. Shuka nunca la había visto
antes, esta rama vieja y seca que la estaba hiriendo así.
El Tesoro Imperial enjoyado obviamente no era una vieja y marchita
rama. Sairin se la había dado al hermano del rey, Junkou[2]. Le
había suplicado, ella había cedido, y se la había presentado a su hermano, que
como el Emperador Amarillo estaba confundido en cuanto a la administración del
Reino.
Aunque parecía haber pasado por la mente de todos.
Shuka miró hacia abajo. Sus manos firmemente apretadas temblaban
ligeramente. Había oído que Sairin no estaba bien. Al menos eso fue el motivo
de sus apariciones menos públicas. Hace dos semanas no había vuelto a aparecer.
Para ella, el estar confinada a su cama tanto tiempo apuntaba a una única
conclusión.
El kirin elegía al rey. Cuando el rey se desviaba del Camino,
persiguiendo a la gente y arrasando la tierra, el kirin soportaba el
peso de ese fracaso. El Cielo daba a conocer su elección a través del kirin
y le quitaba el trono a un rey fracasado al quitarle la vida al kirin.
Por lo tanto, la enfermedad provocada cuando el rey se desviaba era
llamada Shitsudou, que literalmente significa: “Pérdida del Camino”.
Que la Saiho fuera fulminada por el shitsudou significaba la
desaparición de la dinastía. Los ministros estaban luchando, tratando de
descubrir la verdad de la condición de Sairin. Pero ninguno de ellos tenía los
medios para determinar su estado actual, ella se había aislado a sí misma en su
casa. No había sido concedido permiso para visitarla. Su médico personal, el
cirujano real, no divulgaba nada.
El Chousai había convocado al Rikkan y juntos se reunieron en la
Jinjuu Manor. Finalmente, a Shuka solo se le concedió una audiencia.
Shuka se preguntaba por qué el Chousai, el jefe del Rikkan, no había
solicitado una audiencia. Pero ahora era obvio que Sairin ya no podía dejar su
lecho de enferma. Por lo tanto, Shuka, la única mujer del Rikkan, había podido
verla.
Ella está enferma.
La caída de la dinastía de Shishou había comenzado. Ver la condición
de Sairin lo aclaraba.
—Daishito —dijo la señora que la esperaba en la puerta.
Su mensaje implícito era que debía salir.
Shuka estaba parada allí sin palabras, inclinó la cabeza.
Sairin seguía llorando todavía aferrada a la rama marchita. Shuka
asintió y le tocó la mano a Sairin.
—Taiho, tengo que irme ahora. Por favor, descanse y mejórese.
Sairin miró hacia arriba, con horror en sus ojos.
—Shuka, ¿no vas a abandonarme también?
—No hay nadie en Sai que podría abandonar al Taiho.
—Pero Su Alteza lo hizo. A Sai, a mí y a todo el mundo.
—¡Oh, eso no puede ser verdad! Nadie lo haría. Es solo que todo el
mundo está como rueda suelta y todo. No pasará mucho tiempo hasta que Su Alteza
vuelva a ser quien era.
Forzó una sonrisa dolorosa en sus labios. Pero Sairin sacudió la
cabeza enérgicamente.
—Eso no es cierto. No lo es en lo más mínimo. Dijo que me mostraría
sus sueños.
—Y estoy segura de que lo hará. Pero es probable que haya reveses
mientras se construye una larga dinastía. Es todo esto.
—¡Estas mintiendo! —gritó Sairin.
La única cosa vibrante en su demacrado y enervado rostro era el color
de sus ojos, esos ojos que la seguían implacablemente. Y hasta parecían
coloreados por animosidad.
Shuka no podía creer que esta jovencita, la encarnación de la
benevolencia, podría ser capaz de tal expresión.
—Una visión de la prosperidad… —su voz ronca sonó como una maldición.
Firmemente presionó la rama contra su pecho, como si se aferrara a su
última esperanza.
—Taiho, necesita descansar.
—Desde el principio, no fue nada más sino un sueño. Y está alejándose
cada vez más —agarró el brazo de Shuka como para evitar que se fuera—. Ayúdame.
Es demasiado insoportable. Siento como si estuviera siendo desgarrada miembro a
miembro.
Shuka no podía pensar en nada que decir. Los dedos delgados se
clavaban en su carne.
—Taiho, por favor…
La señora que la estaba esperando intervino entre ellas. Con una
mirada la instó a retirarse.
—Daishito, debe descansar también.
Shuka hizo una reverencia y se volvió hacia la puerta. Detrás de ella
escuchó un grito delgado y fuerte.
—¡Estás mintiendo! ¡Estás mintiendo! ¡Estos sueños nunca se harán realidad en Sai!

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