CAPÍTULO
5
Cuando Gekkei se
hospedaba en el Palacio Youshun, usaba una mansión escondida en un rincón del
Seishin. Estaba cerca del Mar de Nubes, el edificio más pequeño en el recinto.
Las habitaciones eran algo estrechas, pero como mantenía su séquito al mínimo,
era tranquila y luminosa.
—Pido disculpas por la sencillez de las habitaciones —le dijo Gekkei a
Sei mientras lo escoltaba a través de la penumbra.
No era falsa humildad. De la puerta delantera a través del edificio
del patio, no había un solo rollo o colgante en la pared para ser visto. Solo
las necesidades básicas. Gekkei había informado a los pocos siervos que un
invitado llegaba, por lo que habían dispuesto algunas flores, faroles
encendidos, vino y té. A pesar del entorno desolador, los resultados no fueron
desagradables.
—He oído por el Chousai que estaba preparándose para desocupar las
instalaciones. ¿Tales preparaciones están en marcha?
Gekkei le ofreció a Sei una de las sillas en el patio con vistas al
jardín.
—Sí, esto fue pensado para que fueran cuartos temporales, nada más.
—Hacer el recorrido desde aquí a la provincia de Kei debe ser un
inconveniente considerable.
—Para nada —dijo Gekkei con una sonrisa fina.
Vertió un poco de té en la taza de Sei. La brisa de la noche llevaba
con ella el aroma de un lago cercano.
La luna en el cielo púrpura rozaba el techo del patio.
—No es tan lejos montando un kijuu sobre el Mar de Nubes. El
primer ministro y el Rikkan[1] vigilan el fuerte cuando me voy, pero es mucho para imponer sobre ellos.
—Y, sin embargo, no tiene ningún deseo de gobernar el reino.
La mano de Gekkei se congeló cuando servía el té.
—Naturalmente. He pisoteado el Mandato del Cielo. No tengo ninguna
posibilidad de asumir el trono que no me fue legítimamente dado.
—Si esto es así para usted, entonces sería igual para todos los demás
que gobiernan en su lugar. ¿Si rechaza este llamado y abandona el Palacio
Imperial, los ministros -empezando por el Chousai- ¿no deberían seguir su
ejemplo? El Reino de Hou pronto caerá en pedazos.
Gekkei sonrió amargamente.
—¿Así que el general quiere que me convierta en un usurpador?
—Cuando lo pone de esa manera, tal vez lo hago. Pero creo que va a
saltar por la borda. Ha puesto al Chousai en un verdadero aprieto. Él no cree
poder mantener todo unido. Tengo la sensación de que está exagerando al igual
que usted. Pero el hecho sigue siendo que, si abandona el palacio debido a sus
crímenes, está más o menos insinuando que aquellos que deja atrás son ciegos a
los suyos. Ni sus colegas que son igualmente culpables, ni las personas que
atienden parecen estar de acuerdo con esa evaluación.
Gekkei le ofreció el té a Sei.
—No lo pensé exactamente en esos términos, pero puede que tenga un
punto. En cualquier caso, no veo a los ministros huyendo de la capital en un
número significativo. Y es porque, como el cabecilla, puedo tomar la culpa de
todo. Como el culpable original, debe ser mi responsabilidad.
—Supongo —Sei había inclinado su cabeza hacia un lado—. Aunque no
puedo discutir con su lógica, tampoco estoy de acuerdo con ella. Su argumento
-de que lideró la insurrección y por ello carga con el pecado original-, no me
sienta bien.
—¿La traición no es un pecado? No me puedo imaginar que haga tal
proclama ante la Emperatriz de Kei.
—Ni en un millón de años —dijo Sei moviendo su mano—. No estoy
diciendo que no es un pecado. Solo que, considerando al último Rey de Hou…
Gekkei asintió con la cabeza.
—Su Alteza ciertamente ejecutó a muchos de sus súbditos por infringir
la ley. No importaba lo trivial de la ofensa, la pena de muerte siempre era el
veredicto y el sepulcro el resultado final. No eran consideradas las
circunstancias. La clemencia estaba fuera de cuestión. Una sola infracción era
igual a una sentencia de muerte.
—Eso he escuchado.
—Su Alteza fue un idealista obstinado. Si él
estaba dispuesto a poner su vida en la línea en su búsqueda de justicia, no
veía ninguna razón para exigir menos de sus súbditos. Llegó a creer
categóricamente que no importaba cuan menor fuera el delito, todos debían estar
de acuerdo en que todo pecado merecía la pena de muerte.
Gekkei sonrió dolorosamente.
—Antes de la ascensión de Su Alteza, yo había
ocupado un puesto en los peldaños más bajos de la burocracia. Durante un tiempo
en que el trono estuvo vacante, la Corte Imperial era un pozo negro. Solo Su
Alteza se mantuvo limpio y puro. Incluso cuando se blandieron espadas en su
cara, dejó en claro que escogería la muerte sobre el deshonor.
—Es impresionante.
—Ganarse su confianza se convirtió en sinónimo de una vida sin pecado.
Cualquier hombre con un corazón verdadero estimaba esa confianza sobre
cualquier promesa de fama y fortuna.
Aquellos que respetaban a Chuutatsu estaban eufóricos por su
ascensión. Esperaban un mundo gobernado según la justicia y la virtud, la
creación de un reino gobernado según las reglas del Cielo y consolidado según
el estado de derecho.
—Nos propusimos crear un mundo sin contaminar por la más leve mota de
corrupción. Ni el menor atisbo de maldad sería permitido. Lamentablemente,
Chuutatsu nunca fue capaz de plasmar esa imagen de su mente en la realidad.
—La imagen en su mente…
—Chuutatsu era la clase de hombre que se
imaginaba a sí mismo para ser. A pesar de ello -o debió a ello- a los
impenitentes ministros se les dio rienda suelta. Mientras le prestaran la
debida atención y articularan las cosas que deseaba oír, se convenció a sí
mismo de que debían ser tan justos como él. Como no tenía motivos ocultos, ni
agendas ocultas, supuso que aquellos que parecían puros por fuera debían ser
puros por dentro. Podría llamarlo una especie de falla noble.
Y lo peor de todo, era la esposa de Chuutatsu, Kaka. La cara que le
mostró fue la de una belleza inmaculada. Pero su corazón estaba tan negro como
el carbón.
—Su Alteza tenía toda la intención de crear un reino puro y correcto,
y estuvo cada vez más indignado por el mundo impuro e incorrecto que
enfrentaba. Las leyes se convirtieron en las más draconianas, las sanciones
eran más severas. Y cuando el Taiho cayó enferma, Su Alteza se puso aún más
frenético en su búsqueda por hacer las cosas bien.
—¿Iba a hacer las cosas bien con leyes y castigos?
Gekkei asintió y sonrió ceñudo.
—Hasta el final, nunca pareció darse cuenta de que iba a perder el
trono y su vida debido al shitsudou. En ese sentido, era absolutamente
desinteresado en su devoción a la justicia como él la percibía.
Salvo que la muerte barrió el país como una plaga. El temerario
Chuutatsu no hizo ningún esfuerzo para proteger sus propios intereses. Su
misión había sido pervertida en una cacería del martirio en nombre de la
justicia. El terror se volvió indiscriminado.
—Si continuaba así, temía que la gente de Hou se extinguiría. No
exagero. Al ritmo que las cosas iban cayendo, pronto no quedaría nadie para
ejecutar. Alguien tenía que ponerle fin a él.
Gekkei no intentaba robar el trono. Nunca pensó una vez en quitar a
Chuutatsu para reemplazarlo, -simplemente no había ninguna otra manera de
detenerlo-.
—Y una vez que lo detuve -de la peor manera posible- cumplí con mi
deber. O eso pensé.
»En circunstancias normales, seríamos juzgados y condenados como
traidores. O borrados del Registro de Inmortales. Pero al hacer eso y como bien
ha dicho, dejaría al Reino sin nadie que lo guiara. Lo mejor que puedo hacer
para recompensarme es retirarme a mi Palacio Provincial. ¿Lo encuentra tan
extraño?
El General de Kei le dio una larga y dura mirada.
—¿Qué?
—¡Oh, nada! El Chousai me habló del Rey de Hou, pero solo entre
líneas. Me dejó con una impresión diferente.
—¿Una impresión diferente?
—En base a lo que escuché del Chousai, me había formado la imagen de
un hombre duro y cruel. Pero después de escuchar lo que dijo, puedo ver que no
es tan sencillo —Sei asintió para sí mismo—. Parece estar diciendo que el Rey
de Hou era algo más que un hombre imperdonablemente malo. ¿Tal vez es fuente de
su culpabilidad?
—No estoy en desacuerdo con eso.
Pero incluso mientras hablaba, Gekkei tenía la sensación de que Sei
estaba diciendo algo totalmente inesperado. Todavía estaba de pie condenado por
sus crímenes. Pero de alguna manera “la culpa” no ocupaba totalmente sus
pensamientos. Al mismo tiempo, negar el hecho de que sentía culpa, sería una
mentira.
Se perdió en sus pensamientos hasta que las palabras de Sei lo
volvieron a la realidad otra vez. El general dijo, con una débil sonrisa en sus
labios.
—Creo que tengo una visión bastante clara en la vida. Estoy muy bien con
lo que es mejor para el pueblo. Si eso significa derrocar a un rey que oprime
al pueblo, estoy bien con eso también. Nuestros gobernantes existen para el
bien de la gente, lo mismo que los soldados como nosotros existen para luchar.
Un soldado que no puede luchar debe encontrar algo más para hacer. Y si no
puede admitirlo, sus amigos y oficiales deben hacerle ver la luz. Creo que es
lo mismo con los reyes y emperatrices, aunque es aún más difícil enfrentar la
verdad sobre ellos mismos.
—Soy un cobarde.
—Eso no es lo que quise decir. Soy de la provincia de Baku, en el
Reino de Kei. A decir verdad, soy un hanjuu[2].
Gekkei parpadeó con esa confesión repentina.
—¿Un hanjuu? ¿Y un general?
—Sí. Antes del reinado de Su Alteza, los hanjuu no podían
servir en el gobierno. Naturalmente, eso incluía a los generales. Como soldados
de a pie, sí, pero no podían ser promovidos. Sin embargo, fui designado a la
Guardia Provincial de Baku.
—¿A pesar de ser incapaz de ser promovido?
—El Señor Provincial de Baku dijo que no le importaba. La Emperatriz
anterior había expresado poco interés en los asuntos del gobierno. Los
funcionarios afanosamente se engordaban a costa de la gente. Le importaba menos
lo que los Señores Provinciales hicieran, así que a mi señor tampoco le
importaba.
Sei se rio entre dientes.
—Con un poco de falsificación, un desgarro desafortunado en el
registro del koseki donde mi estado de hanjuu era mencionado.
Nadie estaba obligado a revisarlo de todos modos, dijo mi señor. Y si las
personas en altos cargos echaban un segundo vistazo, podía pasarse como un
error administrativo, o un caso de identidad equivocada. Y si había alguien
realmente insistente, entonces, con un poco de dinero se podía cambiar de manos
y sería el final del asunto.
—Pero… eso…
—Sí, haciendo cosas incorrectas para el propósito correcto. El fin
justifica los medios. No pude evitar cuestionar su carácter al principio. Pero
incluso el Señor Provincial de Baku se abstuvo de atacar a la anterior
emperatriz directamente.
Una firme expresión vino a la cara de Sei.
—Creo que él realmente tenía un conflicto. En particular, después de
que la anterior emperatriz ordenó que todas las mujeres fueran expulsadas del
reino. De una u otra manera, ellas optaron por quedarse. Cuando esto se hizo
evidente y ordenaron arrestarlas y ejecutarlas, su consternación solo se
profundizó. La provincia de Baku estaba frente al Mar Azul, y las mujeres
exiliadas se reunieron en las ciudades portuarias. Nadie quería irse. Pero
morirían si se quedaban, y no tenían más remedio que mirar hacia las costas
extranjeras. Esto le dolió al Marqués de Baku considerablemente, e inventó
excusas como las naves no eran adecuadas y que no había bastantes de ellas. O
todo el mundo estaba dispuesto, pero no estaban disponibles todos a la vez. O
solo esperaban su turno y esas cosas tomaban tiempo. Puso excusa tras excusa,
mientras reforzaba las defensas alrededor de las ciudades portuarias. Por
suerte, las cosas se resolvieron antes de que alguien se diera cuenta de la
mentira. Pero al haber llegado tan lejos debió significar que de algún modo él
lo resolvería.
Después de ese soliloquio, Sei estiró su cabeza hacia un lado, como si
no estuviera seguro acerca de lo que acababa de decir.
—O, mejor dicho, cuando llegara el momento decisivo, él estaba
decidido a considerar las posibilidades. Ni una sola vez habló realmente de
atacar a la emperatriz anterior. Sí, cuando lo pienso en retrospectiva, la
pregunta que me asalta es cómo habría reaccionado el Marqués de Baku si
hubiesen matado a las mujeres que protegía. Al escuchar su historia, tengo la
sensación de que era lo único que él no estaba dispuesto a hacer.
—¿Eso cree?
—Lo pensé en ese momento. Tal vez porque el
regicidio es un paso tan drástico. Mi señor tenía toda la intención de salvar a
su pueblo. Pero no tenía la intención de agarrar el trono para sí mismo y
llamarse a sí mismo rey. Recuerdo que pensé que no es el tipo de cosa que un
hombre puede hacer a menos que tenga ese ardiente deseo en su interior. —Le dio
a Gekkei una sonrisa—. Pero usted lo decidió.
Gekkei estaba momentáneamente perdido en su relato.
—Si el Señor Provincial me hubiese dicho que asesinara a la emperatriz
anterior, probablemente le habría hecho un saludo oficial y seguido sus
órdenes. Pero no creo que podría haber actuado por mi cuenta. Mientras en
verdad pensaba que el sufrimiento del pueblo exigía que se hiciera algo, esa
era una decisión que era mejor dejársela al Señor Provincial. Y si lo ordenaba,
no creo que le hubiera dado un segundo pensamiento. Tampoco creo que me habría
preocupado luego o me hubiese culpado a mí mismo. No solo porque mi comandante
habría asumido la responsabilidad. El hecho es, que no soy tan inteligente como
las personas como usted. Las consecuencias morales de lo que estaba haciendo
simplemente no se habrían hundido en mi grueso cráneo.
—No sé si yo habría…
Sei meneó la cabeza.
—A eso se reduce todo. Aunque no creo que lo convierta en un pecado
menos grave. Lo que quiero decir es que, no albergaba el propósito específico,
ni comprendía la enormidad de los que estábamos contemplando. Pero la
ignorancia de la ley por sí sola puede constituir un crimen grave. Incluso
podría aceptar que cometer tal pecado sin comprender su naturaleza duplica su
severidad. Para que pueda entender claramente lo que significa ese acto, debe
hacerlo pensando seriamente.
Sei encaró a Gekkei y le dijo con una expresión bondadosa.
—Dice mucho acerca de cuánto se preocupa por la gente. Y ese es el
tipo de persona que debería sentarse en el trono.
Gekkei pateó su silla hacia atrás y se puso de pie.
—No lo es.
—¿No lo es?
—No puedo disfrazar lo que hicimos con tales motivos refinados. Maté
al hombre al que le dieron el Mandato del Cielo. A pesar de la enfermedad del
Taiho, a pesar de la aparente falta de deseo de Su Alteza de recuperar el
Camino, las posibilidades de que él lo hiciera no eran de cero. Sin embargo,
decidí por mi cuenta, que solo empeorarían las cosas, por lo que asesiné al
rey.
Sei miró a Gekkei, con una expresión confundida en su rostro.
—En cualquier otro caso de alta traición, no habría nada admirable
acerca de lo que hice. Los ministros, los generales e incluso la Emperatriz de
Kyou quieren que tome el trono. Y si lo hago, entonces realmente le habría
robado el trono a Su Alteza. No lo maté porque quería su puesto. Si otros
métodos hubieran servido…
Gekkei súbitamente guardó silencio. Agitándose cada vez más al hablar,
sentía sus palabras retorcidas y enredadas en su cabeza.
La mirada de Sei no cambió. Con una expresión burlona, dijo:
—¿Lo que hizo fue un simple caso de alta traición? Suponiendo que lo
fuera, ¿no tuvo otra opción y se vio obligado a actuar?
—Sin ninguna duda —gimió Gekkei, cubriendo su rostro con las manos
mientras se sentaba nuevamente en el asiento—. Lo siento. No me estoy
expresando de forma coherente.
—Para nada —respondió Sei suavemente. Un
largo minuto después dijo para sí mismo—. Pero, por supuesto. —Cuando Gekkei
levantó la cabeza, lo miró como si captara en sus rasgos la vista de algo
triste y doloroso—. Debió de haber venerado realmente al Rey de Hou.


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