CAPÍTULO
6
Gekkei recordó
cuatro años atrás, en un tiempo cuando no podía admitir cuan bajo había caído
Chuutatsu.
¿Cómo puede arrastrarse por el barro de esa forma? Deseaba gritarle. ¿Cómo puede mancillar el honor del trono?
La verdad sin adornos era que, Chuutatsu era el peor enemigo del
pueblo. Sus leyes eran excesivamente duras y sus castigos excesivamente
severos. Gekkei temía que, si las cosas seguían así, Chuutatsu seguramente
perdería el Mandato del Cielo.
La enfermedad del Taiho ya era innegable.
Si hubiera estado en poder de Gekkei, hubiera redirigido a Chuutatsu
al Camino. Pero en cada vuelta, Chuutatsu solo apilaba leyes más duras y hacia
la situación más calamitosa.
—A ese ritmo, verdaderamente creía que la gente de Hou pronto iría a
la extinción.
Debajo del patio y más allá de un pequeño jardín, el Mar de Nubes
chispeaba a la luz de la luna. Debajo del Mar de Nubes, las luces tenues del
mundo inferior se extendían hacia el horizonte. El suelo había estado una vez
cubierto de cadáveres. En lugar de las flores en la primavera, se percibía el
olor de la carne descompuesta. Elegías[1] en
lugar de canciones tradicionales populares.
¿Ha perdido el rey hasta el último resquicio de humanidad? Pensaba
furioso Gekkei.
Los cementerios en constante crecimiento le horrorizaban cada vez más.
Las acciones del rey le despertaban sentimientos de amargura y disgusto. Y, sin
embargo, Gekkei no podía llegar a odiarlo. Era el ministro puro y sin mácula
que había sido una vez, el único hombre justo en la corrupta Corte Imperial.
—Quería que Su Alteza volviera a ser el hombre que había sido una vez.
Era la esperanza a la queme aferraba. Pero continuó desafiando esas
expectativas. Llegué a creer que hubiera sido mejor si él se hubiera corrompido
por la parafernalia del poder desde el principio. Entonces no habría esperado
nada de él. Pero él fue un desinteresado asceta hasta el final.
—¿Así que recurrió al crimen de alta traición porque no tenía otras
vías a las que recurrir?
Gekkei asintió con la cabeza.
—Decir que actué en nombre del bien de la gente es probablemente solo
una excusa. Lo que realmente me incitó a la acción fue el dolor que me produjo
de odiar a alguien a quien no quería desagradar. No era una cuestión de justa
indignación, sino una cuestión de enemistad personal. Eso es lo que hace que
este sea un pecado corriente, no importa cuán elegante sea el nombre que
utilice.
—¿Y, aun así, sintió algo de odio por el Rey de Hou al compadecerse
del pueblo de Hou? Fue su compasión hacia las personas la que crio tal
aversión.
Gekkei meneó la cabeza.
—No lo creo. No es que su sufrimiento no estuviera en mi mente. Era,
de hecho, doloroso ver a la gente ser llevada como ganado a la horca por
crímenes que apenas calificaban como delitos menores, y fue mucho más para mí
ser testigo de la amargura que los sobrevivientes tenían hacia Su Alteza. Tal
odio siendo completamente natural y comprensible solo lo hizo más intolerable.
—¿Qué el Rey de Hou fuera odiado era tan insoportable?
—Sí. No soy el aliado que la gente común y mis seguidores querrían que
fuera.
—¿Pero no fue su aliado de todos modos? ¿Queriendo que el Rey de Hou
hiciera lo correcto por su pueblo? Al mejorar sus vidas a través de la
compasión y la sabiduría, ellos lo amarían.
Esta observación sorprendió a Gekkei.
—No diría que está equivocado.
—Quería que la gente amara al Rey de Hou tanto como usted lo había
hecho una vez. A tal grado, estaba de su lado. La paz del pueblo era tu paz. Su
felicidad era su felicidad. Un buen rey era un rey que hacía lo mejor que podía
por la gente. ¿Eso es lo que quería hacer en nombre del Rey de Hou?
Cuando Gekkei no contestó, Sei agregó con una sonrisa:
—En lo que a mí respecta, eso es lo mismo que actuar en nombre del
pueblo.
Con sus ojos abatidos, Gekkei respondió:
—Pero si me elevan a esa posición, entonces se la habría robado a Su
Alteza.
No podía discrepar de Chuutatsu. Y cuando Chuutatsu se debió del Camino,
no había sido capaz de llevarlo de nuevo hacia el camino correcto. Lo que lo
llevó a sentir esa enemistad personal. Para luego tomar lo que le había
pertenecido a su señor y hacerlo propio sería el robo más grande de todos.
—Literalmente una usurpación. No hay espacio para excusas.
—¿Excusas? ¿Debe excusarse a sí mismo?
Gekkei no respondió. Sei continuó.
—Desde mi perspectiva, parece que se equivoca acerca de a quién debe
ofrecerle explicaciones —Sei inmediatamente se retractó de tal declaración—. Lo
siento. Me dejé llevar y no hablé con sensatez.
Gekkei meneó la cabeza. Apretó sus manos contra sus sienes.
—Su evaluación es correcta. Es a Su Alteza con quien quisiera
explicarme, para decirle que no lo asesiné por maldad o motivos maliciosos. No
importa cuán despreciado o detestable pudiera haber llegado a ser, no era mi
intención usurpar el trono. Es la disculpa que le ofrecería. Pero sin duda la
ofrecería a la persona equivocada.
Si tenía que pedir disculpas, probablemente debería ser al Cielo o a
las personas. Había pisoteado la Voluntad del Cielo, y su pecado había sido el
de robarle a Hou la Gracia Divina. Por eso es por lo que debería disculparse -o
al menos eso era lo que creía en su mente-.
—No importa cuántas explicaciones o disculpas ofrezca, Su Alteza no
estará allí para ofrecerme su absolución. No importa qué tan bien lo entienda
ahora, es la justificación que quiero ofrecer, probablemente no sea nada más
que una manera de explicarme a mí mismo.
»Si agrego a eso la usurpación del trono real, esas explicaciones
serían inútiles. Y ahora la señorita Shoukei -la última persona en la tierra
que jamás me perdonaría-.
En todo caso, la Princesa Real se reiría a sus expensas.
“Eres el traidor que mató al Rey y le robó el trono”.
Ella había concluido que él había tomado todo lo que le había
pertenecido a ella, por rencor y celos.
Sei preguntó con evidente confusión:
—¿Shoukei nunca lo perdonó? ¿Por qué?
—¿Es en serio?
—No veo por qué es tan importante si Shoukei lo perdona o no. Pero
ahora que lo menciona, le pido que tenga en cuenta por qué vine a verlo.
Shoukei fue la que lo identificó como el gobernante de Hou. No había ningún rey
provisional cuando ella residió en Hou, pero estaba segura de que ya habría
sido ocupada esa posición. Por esta razón, Su Alteza dirigió su correspondencia
a usted. Shoukei estaba segura de que mientras el Marqués estuviera a cargo, el
Reino de Hou no caería en la ruina.
Gekkei miró a Sei asombrado.
—Es por ello por lo que Su Alteza me dijo que viniera aquí y viera lo
que estaba sucediendo, con el fin de averiguar lo que estaba haciendo el
Marqués para mantener intacto el reino. —Sei le sonrió al anonadado Gekkei—.
Entiendo cómo debe odiarse por haber derrocado al hombre que veneraba.
»Sí, un crimen es un crimen. Sin embargo, mantener el caos a raya
depende tanto del Camino como del arrepentimiento. —Sei miró a la luna nublada
sobre el jardín—. Cuando cae el sol y los caminos están envueltos en la
oscuridad, la luna aparece para mostrarnos el camino.
Había un halo alrededor de la luna y la tenue luz que brillaba sobre
ella estaba teñida con una oscuridad fría y melancólica. Ni siquiera similar al
sol del mediodía. Pero lo suficiente para servir como una guía.
Junto a él, Sei levantó la voz:
—¿Qué tal la Corte de Luz de Luna?
Gekkei parpadeó, sin entender lo que quería decir. Sei sonrió.
—No es conveniente llamarlo “Corte Provisional” o “Corte Falsa”.
Llamemos a la Corte donde el rey ocupa el trono “Corte de Luz del Sol” y a la corte
que carece de un rey “Corte de Luz de Luna”. Trabajando a la luz de la luna,
esperando el amanecer.[2]
—Por supuesto —dijo Gekkei, sonriendo a
su vez.

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