CAPÍTULO 8
Dos días más tarde, Eikou y sus
Magistrados descendieron del Palacio Imperial y viajaron a una de las bases
militares en la región del oeste de Shisou.
En circunstancias
normales, los interrogatorios de los encarcelados tendrían lugar en las
profundidades de los cimientos del Palacio Exterior. El acusado era convocado
allí a las instalaciones operadas por el Departamento de Justicia.
En
este caso, sin embargo, cualquier intento de Shudatsu de escapar causaría un
alboroto. Un civil que lo notara durante el transporte podría tomar cartas en
el asunto. Entonces, tras consultar con los alguaciles que supervisaban a los
guardias, decidieron visitarlo en la cárcel.
Los condenados
sentenciados a prisión eran transportados a una granja de trabajo. Aquellos
consignados a trabajos forzados en proyectos de obras públicas no eran
encarcelados en un solo lugar, sino que eran trasladados a donde fueran
necesarios. Los que aún no habían sido condenados eran retenidos con los presos
regulares en la empalizada en una instalación militar.
Eikou y sus
colegas procedieron al corazón de la base. Al pasar por un cordón de guardias y
vigilantes, entraron en la empalizada y fueron escoltados a una habitación
preparada para el interrogatorio. No era una habitación grande, no tenía
ventanas y solo contaba con un tragaluz en lo alto de las paredes.
Gruesas barras de
hierro dividían el oscuro interior en dos. Eikou y sus Magistrados se sentaron
en el piso elevado en la mitad de la habitación. Poco tiempo después, el
prisionero fue escoltado por un destacamento de guardias y soldados de la prisión.
El prisionero era
Shudatsu.
Una extraña
sensación se apoderó de Eikou.
Este hombre poco notable es Shudatsu.
Eikou sabía por
los informes que Shudatsu era un hombre delgado de estatura promedio. Hasta ese
momento, realmente esperaba que hubiera algo más de ese hombre.
Pero no había un
aura premonitoria de peligro en torno a él, ningún poder particular en su
mirada, ningún sentido desmedido de logro o ambición. Para estar seguro,
parecía cansado y aburrido, aunque no a un grado anormal. No había nada de
“monstruo” sobre él. Verdaderamente era un “hombre común”.
—Él es Kashu
—dijo el carcelero.
Lo sentó en una
silla atornillada al suelo y enhebró la cadena sujeta a las esposas a través de
un anillo de hierro a sus pies. Luego, con una reverencia, el carcelero salió
de la habitación.
Un par de
soldados se quedaron para cuidarlo. Permanecieron silenciosamente a una
distancia respetuosa, sus rostros impasibles sin importar lo que escucharan. De
lo que sea que se dijera en la sala de interrogatorios, no escucharían nada y
no dirían nada. Esa era parte de la descripción de su trabajo.
Shudatsu mantuvo
su mirada hacia abajo. No tiró de sus cadenas. Sin embargo, aunque debía ser
agotador sentarse en esa posición, no mostró signos de bravuconería o
resistencia.
Eikou
lo miró por un largo minuto antes de abrir el archivo del caso.
—Has sido acusado
de dieciséis crímenes. ¿Hay algo que quieras decir sobre estos procedimientos
penales?
Shudatsu no
respondió, solo miró inexpresivamente a la pared del fondo.
—Todo estará buen
—dijo Eikou—. Seguramente tienes algún comentario, alguna observación que hacer
sobre la difícil situación en la que te encuentras ahora.
No recibió respuesta y se sintió algo perdido. Preguntó acerca de cada
una de las dieciséis acusaciones, los detalles de los cargos, los motivos de
cada crimen, las circunstancias que rodeaban cada incidente. Pero a lo sumo
todo lo que obtuvo a cambio fue un asentimiento de cabeza, o un “Ah” o “Sí”.
Nada que se acercara a una explicación.
Eikou se dio por
vencido. Sotsuyuu se hizo cargo. Sotsuyuu dijo que quería saber sobre el estado
de ánimo de Shudatsu. Preguntó por sus padres, la ciudad en la que creció, cómo
fue criado, qué tipo de pensamientos lo ocuparon.
Shudatsu no demostró ninguna inclinación a responder y simplemente se
quedó mirando a lo lejos, haciendo un buen trabajo fingiendo que el resto de
ellos no existía. Aunque no tenía opción de ser arrastrado allí, mantener una
conversación dependía exclusivamente de él. No iba a suplicar por su vida o
presentar una lista de demandas.
Desvió la mirada,
se negó a mirar a los ojos y mantuvo un silencio descarado.
Tal vez incapaz
de soportar la actitud, Jokyuu habló.
—Tal vez sea hora
de que reconsideres esa actitud tuya.
La irritación
evidente en su voz sugería que Shudatsu se había comportado así la última vez
que se encontraron.
Shudatsu lo miró.
Una leve sonrisa arrugó sus labios, más cerca de una muestra de desprecio.
—No parece que
tengas la intención de arreglar tu camino —la voz de Jokyuu se elevó, como el
vapor elevándose bajo presión—. Entre las víctimas que tan alegremente mataste
había un niño pequeño y un bebé. ¿Me estás diciendo que no tienes ningún
remordimiento?
Shudatsu no
devolvió la mirada de Jokyuu, solo murmuró para sí mismo.
—No,
particularmente.
—¿Ni una pizca de
remordimiento por los actos atroces que has cometido?
Shudatsu apenas
se molestó en encogerse de hombros.
—Ni una sola nota
de disculpa a las familias de las víctimas. ¿Ninguna inclinación a compensarlos
por sus pérdidas?
El tono áspero de
la voz de Jokyuu finalmente atrajo a Shudatsu a levantar su fría mirada.
—¿Compensarlos?
¿Cómo?
—Es decir…
—Ninguna
disculpa volverá a la vida a los muertos. Mientras nadie se reencarne aquí y
ahora, las familias seguramente no me van a dar ningún pase. Entonces, ¿qué
piensas que se supone se debe lograr?
Eikou intercedió antes de que Sotsuyuu pudiera hacer otra pregunta.
—En otras
palabras, entiendes que no hay compensación por lo que has hecho. Lo que
sugiere que comprendes algo del dolor y el sufrimiento que has infringido a las
familias de las víctimas.
—Supongo.
—¿Cuándo llegaste
a esa conclusión? ¿Desde la primera vez que cometiste un crimen? ¿O solo
después de que te arrestaran?
—Yo diría, desde
el principio.
—¿Cuál fue la
esencia de esa comprensión?
Una sonrisa
arrugó las mejillas de Shudatsu.
—Incluso la
basura como yo tiene que vivir. Intenta conseguir un trabajo o un lugar para
vivir una vez que te hayan tatuado en la cara. Un hombre tiene que comer. Un
hombre tiene que dormir.
Eikou preguntó:
—¿Crees que eres
basura?
—¿No es lo que
todos piensan? —se burló Shudatsu. Casi una carcajada—. Basura humana. Una
bestia sin una pizca de compasión humana. Una monstruosidad. Nada que
pertenezca al mundo bonito en el que viven. Lejos de eso, un obstáculo, una
obstrucción. La basura de una vida inútil. Un desastre para limpiar y sacar de
su miseria. Cuanto más rápido, mejor —Shudatsu se inclinó hacia atrás y miró la
luz del sol que entraba por la claraboya—. Si quieren matarme, adelante. No
quiero quedar atrapado dentro de esta jaula tampoco. Una muerte rápida y limpia
resolvería los problemas de todos.
Eikou sintió una sensación de odio creciendo dentro de él. Este era un
hombre astuto. Mientras reconocía sus crímenes, se consideraba a sí mismo como
la víctima y el resto de ellos como sus opresores.
—¿Te acuerdas de
Shunryou? Fue el chico que mataste en Shisou el verano pasado. Lo estrangulaste
por doce sen.
Shudatsu solo
asintió.
—¿Por qué lo
mataste?
—Ninguna razón en
particular.
—Nunca hay
“ninguna razón en particular” —presionó Eikou—. ¿Por qué tuviste que matar al
niño?
Como agotado por
tal persistencia, Shudatsu suspiró.
—El niño estaba
siendo un dolor en el trasero.
—Asaltaste a un niño.
Amenazarlo hubiera sido suficiente. O simplemente podrías haberle quitado el
dinero por la fuerza.
—Amenazarlo
hubiera producido más lágrimas y atraído la atención. Si se lo quitara por la
fuera, podría haber escapado y haber causado un problema.
—Entonces lo
mataste y le robaste. Por doce sen.
Shudatsu asintió.
—¿Por qué? Tenías dinero en el bolsillo, ¿no? ¿Qué era tan importante
acerca de los doce sen de Shunryou?
—¿Quién dijo que
fueran importantes?
—¿Entonces por
qué?
—Lo que sea.
—Debe haber más
en tus acciones que eso. ¿En qué estabas pensando cuando atacaste al niño?
Adelante. Explícamelo.
Shudatsu le dio a
Eikou una mirada aburrida.
—Así que te lo
deletreo. ¿Y entonces qué? Crees que alguna vez voy a arrepentirme. ¿Para qué
me molestas? Todo lo que he hecho es matar a un montón de gente.
—Es algo que
estamos obligados a hacer.
Como dijo Enga,
Shudatsu debía tener sus propias razones para matar al niño. Aclarar esos
motivos podría indicar una forma de salvar a delincuentes como él. Luego estaba
el padre de Shunryou, que gritó para saber por qué murió su hijo. Eikou se
sentía obligado a responder al menos a una de sus demandas.
Shudatsu suspiró
con fuerza.
—Bueno, si
tuviera que girar el brazo, porque quería un trago.
—Con el dinero en
el bolsillo podrías haberte emborrachado hasta caerte de la mesa.
—No quería un
trago tan desesperadamente.
Eikou le devolvió
la mirada, incapaz de comprender lo que el hombre estaba diciendo.
—Lo que quiero
decir —dijo Shudatsu—, es que yo estaba pasando por allí y sabía que el niño
tenía doce sen con él. La madre dijo eso. Acababa de pasar por un bar.
El letrero al frente anunciaba un vaso por doce sen. Justo en ese
momento estaba de humor para tomar una copa, pero no tan mal que iba a gastar
más de doce sen. Y luego tropecé con el niño con exactamente doce sen
con él.
—¿Y?
—Bingo.
Eso es lo que pensé. Exactamente doce sen. Justo lo necesario.
Eikou parpadeó
con incredulidad. Jokyuu y Sotsuyuu abrieron los ojos de par en par de puro
asombro.
Sotsuyuu dijo con
voz nerviosa:
—Debe haber
habido más en tu mente que eso.
—No —dijo con
calma—. Eso es todo lo que hubo. Podrías llamarlo suerte —podría haberse estado
refiriendo a un tercero desinteresado.
Eikou tuvo esa
amarga comprensión de los hechos -el hombre mismo no poseía poderes de
autoanálisis-. La suya era una vida sin examinar. No tenía conciencia
sustantiva de sus crímenes y no estaba dispuesto a enfrentar sus acciones y
ganar esa conciencia. Llamándose a sí mismo “basura” era la concha de tortuga
en la que se arrastraba dentro, y estaba contento de quedarse allí para
siempre. Ninguna palabra lo persuadiría de lo contrario y ninguna palabra
podría herirlo.
Eikou
probó la oscuridad en el aire. Su profundo desconcierto surgió de ese
aborrecimiento instintivo hacia el asesino en medio de ellos.
Algo de lo que
ese hombre carecía completamente.
A Shudatsu y a
Eikou los separaba una barrera tan sólida como las barras de hierro frente a
ellos. La superación de esa barrera era lo suficientemente difícil para Eikou y
sus Magistrados. Shudatsu ni siquiera tenía intención de intentarlo. Los
despreciaba no menos de lo que ellos lo detestaban.
Algunos hombres están más allá de la redención.
Eikou nuevamente
se avergonzó de confirmar que era vergonzoso. Al mismo tiempo, tuvo que
preguntarse qué esperaba de aquel hombre. Al examinar sus acciones y la
naturaleza de sus crímenes, estaba claro que Shudatsu nunca iba a reformar su
camino. Estaba furioso y lo odiaba. Al igual que Keishi, negándose a reformarse
a sí mismo era una especie de venganza contra el mundo.
Al leer los
voluminosos archivos del caso, esa conclusión ahora era más evidente que nunca.
Sin embargo, él y sus Magistrados tuvieron que reunirse con Shudatsu en persona
para averiguar por sí mismos si podía pasar una nueva página. Este fue su
último hilo de esperanza.
Sotsuyuu dijo en
voz baja:
—Hemos descartado
cualquier problema relacionado con la edad y la competencia mental. Tampoco hay
motivos para discutir la negligencia o el peso de la opinión popular.
Como regla
general, el Magistrado de Clemencia no declaraba sus conclusiones frente al
acusado. En cualquier caso…
Sotsuyuu dijo,
como escupiendo una píldora amarga:
—No puedo
justificar las circunstancias atenuantes —hablando en voz alta, podría haber
esperado herir a Shudatsu.
Jokyuu
asintió. La expresión en su rostro no era menos despectiva.
—Considerando la
naturaleza de la ofensa, pronuncio una sentencia de muerte.
—El Magistrado de
Clemencia está de acuerdo —dijo Sotsuyuu.
Los Magistrados
de Sentencia y Clemencia estuvieron de acuerdo. Le tocaba a Eikou dictar una
decisión.
Shudatsu les
devolvió la mirada, el desprecio brillaba en sus ojos. No mostró el menor temor
frente a los que decidieron su destino.
—Entonces
me van a matar, ¿eh? —dijo con una sonrisa desdeñosa.
En el análisis
final, ellos no le perdonarían lo que había hecho. Eso es lo que estaban
diciendo. Era un monstruo ciego a las consecuencias de sus propios actos, sin
simpatía por aquellos a quienes había perjudicado. Una monstruosidad viviente.
Entonces adelante y muere.
¿No es eso a lo
que todo se reduce?
Eikou respiró
profundamente.
—Los crímenes de
Shudatsu son claros, sus razones para cometerlos son incomprensibles. Sin
embargo, no podemos decir que debemos matarlo porque no podemos comprender lo
que ha hecho. La pena de muerte no se puede usar de manera tan áspera.
Comprendo la profunda sensación de inquietud que debe surgir de los deseos de
los afligidos por la retribución, de la indignación de la gente, de la
existencia de criminales entre ellos cuyas acciones sobrepasan la comprensión
humana. Pero el sistema penal no debería operar en esos reinos.
Sotsuyuu dejó
caer su mirada cuando casi pareció estremecerse.
—Aunque Su Alteza
ha declarado una suspensión de las ejecuciones, eso se debe a que las penas de
prisión es el ideal a lo que aspira el reino. Ser eliminado por
sentimientos personales sobre lo que es imperdonable y aplicar la pena
de muerte de manera frívola podría establecer un precedente peligroso. Dado el
estado actual de las cosas, siempre existe el temor de que una restauración de
la pena capital pueda conducir a su uso excesivo. En ese caso, el Departamento de
Justicia tiene la responsabilidad de refrenarlo. Sin embargo, si establecemos
un precedente de acuerdo con nuestras emociones subjetivas, y el deterioro del
estado de cosas obliga a su uso excesivo, tenemos razones para dudar que, al
final, podría ser conveniente restringirlo.
Eikou bajó la voz
antes de continuar.
—No obstante, en el análisis final, creo que el miedo a la horca nos
obliga a retroceder ante la idea de un asesinato. Así como no es ilógico ver
una ejecución como un homicidio, no es ilógico ver nuestro aborrecimiento del
asesinato en términos de nuestras propias muertes.
Por eso Eikou y
sus Magistrados querían conocer a Shudatsu. Si la posibilidad de la reforma
residiera dentro de él, habrían quitado la pena de muerte de la mesa.
—En cualquier caso,
nos encontramos más cerca del instinto que de la razón. Mis sentimientos
personales no son más que eso, pero estas respuestas primarias juntas forman
dos mitades del todo, creando la raíz y la rama de la ley. Como dice en los
Decretos Divinos: “No matarás. No oprimirás a la gente”. Y, sin embargo,
esa es probablemente la razón por la cual la pena capital se puede encontrar en
el código penal.
No menos
confundido, Jokyuu asintió.
—Para empezar, el
código penal en sí mismo está repleto de contradicciones. Diciéndonos que no
matemos, por un lado, mientras nos ordena lo contrario por el otro. El
Magistrado Sentenciador enumera los crímenes, por un lado, y el Magistrado de
Clemencia los reduce por el otro. El código penal se encuentra en un terreno
menos firme que nunca. Cuando nos detenemos y pensamos en ello, parece ser la
intención de la Divina Providencia transmitida por el Cielo. Vacilando hacia
adelante y hacia atrás entre los dos, nos vemos obligados a buscar el terreno
común más adecuado en cada caso individual.
—El Cielo…
—murmuró Sotsuyuu.
—Hemos llegado a
la conclusión de que no podemos aplicar universalmente ningún principio a la
suspensión de la pena de muerte, ni a su reinstitución. La importancia de
nuestras reacciones al abrazo de la pena capital y al temor a la pena capital
no cambiará. Todo lo que queda es si el propio Shudatsu posee la voluntad de
cambiar. Sin embargo… —la voz de Eikou se apagó.
Shudatsu habló
bruscamente.
—No me arrepiento
de nada.
Eikou levantó su
mirada. El rostro ceñudo de Shudatsu se levantó a la vista. La cara del
prisionero estaba pintada de burla. Una oscura sonrisa torcía sus labios.
—Eso es algo que nunca
va a suceder.
Eikou asintió.
—Ya veo. Qué
lamentable —se volvió hacia sus Magistrados—. La pena de muerte se vuelve
inevitable.
Tan pronto como
las palabras salieron de su boca, Shudatsu rugió de risa. La risa del vencedor.
Al mismo tiempo, una sensación inútil de derrota se filtró en la celda.
Este ser estaba
completamente fuera de armonía con la existencia; al borrarlo en su totalidad
podían esperar aceptar lo inaceptable. Al separa a Shudatsu de su medio,
estaban intentando restaurar el orden en el mundo.
Como si hubieran
perdido, Eikou y sus Magistrados agacharon la cabeza. La luz carmesí llenó la
habitación. Los abrasadores rayos del sol poniente se inclinaban a través del
tragaluz. Las sombras proyectadas por las barras de hierro cortaron la
habitación a la mitad como un cuchillo.
Parecía una especie
de presagio.
Rechazaron la
existencia de Shudatsu y lo eliminarían de la ecuación. Esas incompatibilidades
severas desaparecerían, el mundo se enderezaría momentáneamente. Pero esto
sería solo el comienzo. El reino estaba en declive. De la misma forma en que un
reino en deterioro generaba enjambres de youma, una sociedad
deshilachada se separaba de maneras extrañas y diversas.
Las costuras se
estaban desenredando fuera de la vista. Sin nada, ni a nadie a quien culpar
directamente, la gente recurriría cada vez más a todo y a todos. Y así el
colapso continuaría, tanto del reino como de sus súbditos.
Aún con la cabeza baja, Eikou se puso de
pie. Jokyuu y Sotsuyuu hicieron lo mismo. El prisionero que reía se quedó allí
detrás de los barrotes. Con los ojos bajos para evitar mirarlo, con pesados y
laboriosos pasos abandonaron la habitación.

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