Entrada destacada

El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

lunes, 15 de mayo de 2023

Las Aves de Hisho - Una Cárcel de Luz Menguante Capítulo 8

 

CAPÍTULO 8

 

 

 

Dos días más tarde, Eikou y sus Magistrados descendieron del Palacio Imperial y viajaron a una de las bases militares en la región del oeste de Shisou.

En circunstancias normales, los interrogatorios de los encarcelados tendrían lugar en las profundidades de los cimientos del Palacio Exterior. El acusado era convocado allí a las instalaciones operadas por el Departamento de Justicia.

En este caso, sin embargo, cualquier intento de Shudatsu de escapar causaría un alboroto. Un civil que lo notara durante el transporte podría tomar cartas en el asunto. Entonces, tras consultar con los alguaciles que supervisaban a los guardias, decidieron visitarlo en la cárcel.

Los condenados sentenciados a prisión eran transportados a una granja de trabajo. Aquellos consignados a trabajos forzados en proyectos de obras públicas no eran encarcelados en un solo lugar, sino que eran trasladados a donde fueran necesarios. Los que aún no habían sido condenados eran retenidos con los presos regulares en la empalizada en una instalación militar.

Eikou y sus colegas procedieron al corazón de la base. Al pasar por un cordón de guardias y vigilantes, entraron en la empalizada y fueron escoltados a una habitación preparada para el interrogatorio. No era una habitación grande, no tenía ventanas y solo contaba con un tragaluz en lo alto de las paredes.

Gruesas barras de hierro dividían el oscuro interior en dos. Eikou y sus Magistrados se sentaron en el piso elevado en la mitad de la habitación. Poco tiempo después, el prisionero fue escoltado por un destacamento de guardias y soldados de la prisión.

El prisionero era Shudatsu.

Una extraña sensación se apoderó de Eikou.

Este hombre poco notable es Shudatsu.

Eikou sabía por los informes que Shudatsu era un hombre delgado de estatura promedio. Hasta ese momento, realmente esperaba que hubiera algo más de ese hombre.

Pero no había un aura premonitoria de peligro en torno a él, ningún poder particular en su mirada, ningún sentido desmedido de logro o ambición. Para estar seguro, parecía cansado y aburrido, aunque no a un grado anormal. No había nada de “monstruo” sobre él. Verdaderamente era un “hombre común”.

—Él es Kashu —dijo el carcelero.

Lo sentó en una silla atornillada al suelo y enhebró la cadena sujeta a las esposas a través de un anillo de hierro a sus pies. Luego, con una reverencia, el carcelero salió de la habitación.

Un par de soldados se quedaron para cuidarlo. Permanecieron silenciosamente a una distancia respetuosa, sus rostros impasibles sin importar lo que escucharan. De lo que sea que se dijera en la sala de interrogatorios, no escucharían nada y no dirían nada. Esa era parte de la descripción de su trabajo.

Shudatsu mantuvo su mirada hacia abajo. No tiró de sus cadenas. Sin embargo, aunque debía ser agotador sentarse en esa posición, no mostró signos de bravuconería o resistencia.

Eikou lo miró por un largo minuto antes de abrir el archivo del caso.

—Has sido acusado de dieciséis crímenes. ¿Hay algo que quieras decir sobre estos procedimientos penales?

Shudatsu no respondió, solo miró inexpresivamente a la pared del fondo.

—Todo estará buen —dijo Eikou—. Seguramente tienes algún comentario, alguna observación que hacer sobre la difícil situación en la que te encuentras ahora.

No recibió respuesta y se sintió algo perdido. Preguntó acerca de cada una de las dieciséis acusaciones, los detalles de los cargos, los motivos de cada crimen, las circunstancias que rodeaban cada incidente. Pero a lo sumo todo lo que obtuvo a cambio fue un asentimiento de cabeza, o un “Ah” o “Sí”. Nada que se acercara a una explicación.

Eikou se dio por vencido. Sotsuyuu se hizo cargo. Sotsuyuu dijo que quería saber sobre el estado de ánimo de Shudatsu. Preguntó por sus padres, la ciudad en la que creció, cómo fue criado, qué tipo de pensamientos lo ocuparon.

Shudatsu no demostró ninguna inclinación a responder y simplemente se quedó mirando a lo lejos, haciendo un buen trabajo fingiendo que el resto de ellos no existía. Aunque no tenía opción de ser arrastrado allí, mantener una conversación dependía exclusivamente de él. No iba a suplicar por su vida o presentar una lista de demandas.

Desvió la mirada, se negó a mirar a los ojos y mantuvo un silencio descarado.

Tal vez incapaz de soportar la actitud, Jokyuu habló.

—Tal vez sea hora de que reconsideres esa actitud tuya.

La irritación evidente en su voz sugería que Shudatsu se había comportado así la última vez que se encontraron.

Shudatsu lo miró. Una leve sonrisa arrugó sus labios, más cerca de una muestra de desprecio.

—No parece que tengas la intención de arreglar tu camino —la voz de Jokyuu se elevó, como el vapor elevándose bajo presión—. Entre las víctimas que tan alegremente mataste había un niño pequeño y un bebé. ¿Me estás diciendo que no tienes ningún remordimiento?

Shudatsu no devolvió la mirada de Jokyuu, solo murmuró para sí mismo.

—No, particularmente.

—¿Ni una pizca de remordimiento por los actos atroces que has cometido?

Shudatsu apenas se molestó en encogerse de hombros.

—Ni una sola nota de disculpa a las familias de las víctimas. ¿Ninguna inclinación a compensarlos por sus pérdidas?

El tono áspero de la voz de Jokyuu finalmente atrajo a Shudatsu a levantar su fría mirada.

—¿Compensarlos? ¿Cómo?

—Es decir…

—Ninguna disculpa volverá a la vida a los muertos. Mientras nadie se reencarne aquí y ahora, las familias seguramente no me van a dar ningún pase. Entonces, ¿qué piensas que se supone se debe lograr?

Eikou intercedió antes de que Sotsuyuu pudiera hacer otra pregunta.

—En otras palabras, entiendes que no hay compensación por lo que has hecho. Lo que sugiere que comprendes algo del dolor y el sufrimiento que has infringido a las familias de las víctimas.

—Supongo.

—¿Cuándo llegaste a esa conclusión? ¿Desde la primera vez que cometiste un crimen? ¿O solo después de que te arrestaran?

—Yo diría, desde el principio.

—¿Cuál fue la esencia de esa comprensión?

Una sonrisa arrugó las mejillas de Shudatsu.

—Incluso la basura como yo tiene que vivir. Intenta conseguir un trabajo o un lugar para vivir una vez que te hayan tatuado en la cara. Un hombre tiene que comer. Un hombre tiene que dormir.

Eikou preguntó:

—¿Crees que eres basura?

—¿No es lo que todos piensan? —se burló Shudatsu. Casi una carcajada—. Basura humana. Una bestia sin una pizca de compasión humana. Una monstruosidad. Nada que pertenezca al mundo bonito en el que viven. Lejos de eso, un obstáculo, una obstrucción. La basura de una vida inútil. Un desastre para limpiar y sacar de su miseria. Cuanto más rápido, mejor —Shudatsu se inclinó hacia atrás y miró la luz del sol que entraba por la claraboya—. Si quieren matarme, adelante. No quiero quedar atrapado dentro de esta jaula tampoco. Una muerte rápida y limpia resolvería los problemas de todos.

Eikou sintió una sensación de odio creciendo dentro de él. Este era un hombre astuto. Mientras reconocía sus crímenes, se consideraba a sí mismo como la víctima y el resto de ellos como sus opresores.

—¿Te acuerdas de Shunryou? Fue el chico que mataste en Shisou el verano pasado. Lo estrangulaste por doce sen.

Shudatsu solo asintió.

—¿Por qué lo mataste?

—Ninguna razón en particular.

—Nunca hay “ninguna razón en particular” —presionó Eikou—. ¿Por qué tuviste que matar al niño?

Como agotado por tal persistencia, Shudatsu suspiró.

—El niño estaba siendo un dolor en el trasero.

—Asaltaste a un niño. Amenazarlo hubiera sido suficiente. O simplemente podrías haberle quitado el dinero por la fuerza.

—Amenazarlo hubiera producido más lágrimas y atraído la atención. Si se lo quitara por la fuera, podría haber escapado y haber causado un problema.

—Entonces lo mataste y le robaste. Por doce sen.

Shudatsu asintió.

—¿Por qué? Tenías dinero en el bolsillo, ¿no? ¿Qué era tan importante acerca de los doce sen de Shunryou?

—¿Quién dijo que fueran importantes?

—¿Entonces por qué?

—Lo que sea.

—Debe haber más en tus acciones que eso. ¿En qué estabas pensando cuando atacaste al niño? Adelante. Explícamelo.

Shudatsu le dio a Eikou una mirada aburrida.

—Así que te lo deletreo. ¿Y entonces qué? Crees que alguna vez voy a arrepentirme. ¿Para qué me molestas? Todo lo que he hecho es matar a un montón de gente.

—Es algo que estamos obligados a hacer.

Como dijo Enga, Shudatsu debía tener sus propias razones para matar al niño. Aclarar esos motivos podría indicar una forma de salvar a delincuentes como él. Luego estaba el padre de Shunryou, que gritó para saber por qué murió su hijo. Eikou se sentía obligado a responder al menos a una de sus demandas.

Shudatsu suspiró con fuerza.

—Bueno, si tuviera que girar el brazo, porque quería un trago.

—Con el dinero en el bolsillo podrías haberte emborrachado hasta caerte de la mesa.

—No quería un trago tan desesperadamente.

Eikou le devolvió la mirada, incapaz de comprender lo que el hombre estaba diciendo.

—Lo que quiero decir —dijo Shudatsu—, es que yo estaba pasando por allí y sabía que el niño tenía doce sen con él. La madre dijo eso. Acababa de pasar por un bar. El letrero al frente anunciaba un vaso por doce sen. Justo en ese momento estaba de humor para tomar una copa, pero no tan mal que iba a gastar más de doce sen. Y luego tropecé con el niño con exactamente doce sen con él.

—¿Y?

Bingo. Eso es lo que pensé. Exactamente doce sen. Justo lo necesario.

Eikou parpadeó con incredulidad. Jokyuu y Sotsuyuu abrieron los ojos de par en par de puro asombro.

Sotsuyuu dijo con voz nerviosa:

—Debe haber habido más en tu mente que eso.

—No —dijo con calma—. Eso es todo lo que hubo. Podrías llamarlo suerte —podría haberse estado refiriendo a un tercero desinteresado.

Eikou tuvo esa amarga comprensión de los hechos -el hombre mismo no poseía poderes de autoanálisis-. La suya era una vida sin examinar. No tenía conciencia sustantiva de sus crímenes y no estaba dispuesto a enfrentar sus acciones y ganar esa conciencia. Llamándose a sí mismo “basura” era la concha de tortuga en la que se arrastraba dentro, y estaba contento de quedarse allí para siempre. Ninguna palabra lo persuadiría de lo contrario y ninguna palabra podría herirlo.

Eikou probó la oscuridad en el aire. Su profundo desconcierto surgió de ese aborrecimiento instintivo hacia el asesino en medio de ellos.

Algo de lo que ese hombre carecía completamente.

A Shudatsu y a Eikou los separaba una barrera tan sólida como las barras de hierro frente a ellos. La superación de esa barrera era lo suficientemente difícil para Eikou y sus Magistrados. Shudatsu ni siquiera tenía intención de intentarlo. Los despreciaba no menos de lo que ellos lo detestaban.

Algunos hombres están más allá de la redención.

Eikou nuevamente se avergonzó de confirmar que era vergonzoso. Al mismo tiempo, tuvo que preguntarse qué esperaba de aquel hombre. Al examinar sus acciones y la naturaleza de sus crímenes, estaba claro que Shudatsu nunca iba a reformar su camino. Estaba furioso y lo odiaba. Al igual que Keishi, negándose a reformarse a sí mismo era una especie de venganza contra el mundo.

Al leer los voluminosos archivos del caso, esa conclusión ahora era más evidente que nunca. Sin embargo, él y sus Magistrados tuvieron que reunirse con Shudatsu en persona para averiguar por sí mismos si podía pasar una nueva página. Este fue su último hilo de esperanza.

Sotsuyuu dijo en voz baja:

—Hemos descartado cualquier problema relacionado con la edad y la competencia mental. Tampoco hay motivos para discutir la negligencia o el peso de la opinión popular.

Como regla general, el Magistrado de Clemencia no declaraba sus conclusiones frente al acusado. En cualquier caso…

Sotsuyuu dijo, como escupiendo una píldora amarga:

—No puedo justificar las circunstancias atenuantes —hablando en voz alta, podría haber esperado herir a Shudatsu.

Jokyuu asintió. La expresión en su rostro no era menos despectiva.

—Considerando la naturaleza de la ofensa, pronuncio una sentencia de muerte.

—El Magistrado de Clemencia está de acuerdo —dijo Sotsuyuu.

Los Magistrados de Sentencia y Clemencia estuvieron de acuerdo. Le tocaba a Eikou dictar una decisión.

Shudatsu les devolvió la mirada, el desprecio brillaba en sus ojos. No mostró el menor temor frente a los que decidieron su destino.

—Entonces me van a matar, ¿eh? —dijo con una sonrisa desdeñosa.

En el análisis final, ellos no le perdonarían lo que había hecho. Eso es lo que estaban diciendo. Era un monstruo ciego a las consecuencias de sus propios actos, sin simpatía por aquellos a quienes había perjudicado. Una monstruosidad viviente.

Entonces adelante y muere.

¿No es eso a lo que todo se reduce?

Eikou respiró profundamente.

—Los crímenes de Shudatsu son claros, sus razones para cometerlos son incomprensibles. Sin embargo, no podemos decir que debemos matarlo porque no podemos comprender lo que ha hecho. La pena de muerte no se puede usar de manera tan áspera. Comprendo la profunda sensación de inquietud que debe surgir de los deseos de los afligidos por la retribución, de la indignación de la gente, de la existencia de criminales entre ellos cuyas acciones sobrepasan la comprensión humana. Pero el sistema penal no debería operar en esos reinos.

Sotsuyuu dejó caer su mirada cuando casi pareció estremecerse.

—Aunque Su Alteza ha declarado una suspensión de las ejecuciones, eso se debe a que las penas de prisión es el ideal a lo que aspira el reino. Ser eliminado por sentimientos personales sobre lo que es imperdonable y aplicar la pena de muerte de manera frívola podría establecer un precedente peligroso. Dado el estado actual de las cosas, siempre existe el temor de que una restauración de la pena capital pueda conducir a su uso excesivo. En ese caso, el Departamento de Justicia tiene la responsabilidad de refrenarlo. Sin embargo, si establecemos un precedente de acuerdo con nuestras emociones subjetivas, y el deterioro del estado de cosas obliga a su uso excesivo, tenemos razones para dudar que, al final, podría ser conveniente restringirlo.

Eikou bajó la voz antes de continuar.

—No obstante, en el análisis final, creo que el miedo a la horca nos obliga a retroceder ante la idea de un asesinato. Así como no es ilógico ver una ejecución como un homicidio, no es ilógico ver nuestro aborrecimiento del asesinato en términos de nuestras propias muertes.

Por eso Eikou y sus Magistrados querían conocer a Shudatsu. Si la posibilidad de la reforma residiera dentro de él, habrían quitado la pena de muerte de la mesa.

—En cualquier caso, nos encontramos más cerca del instinto que de la razón. Mis sentimientos personales no son más que eso, pero estas respuestas primarias juntas forman dos mitades del todo, creando la raíz y la rama de la ley. Como dice en los Decretos Divinos: “No matarás. No oprimirás a la gente”. Y, sin embargo, esa es probablemente la razón por la cual la pena capital se puede encontrar en el código penal.

No menos confundido, Jokyuu asintió.

—Para empezar, el código penal en sí mismo está repleto de contradicciones. Diciéndonos que no matemos, por un lado, mientras nos ordena lo contrario por el otro. El Magistrado Sentenciador enumera los crímenes, por un lado, y el Magistrado de Clemencia los reduce por el otro. El código penal se encuentra en un terreno menos firme que nunca. Cuando nos detenemos y pensamos en ello, parece ser la intención de la Divina Providencia transmitida por el Cielo. Vacilando hacia adelante y hacia atrás entre los dos, nos vemos obligados a buscar el terreno común más adecuado en cada caso individual.

—El Cielo… —murmuró Sotsuyuu.

—Hemos llegado a la conclusión de que no podemos aplicar universalmente ningún principio a la suspensión de la pena de muerte, ni a su reinstitución. La importancia de nuestras reacciones al abrazo de la pena capital y al temor a la pena capital no cambiará. Todo lo que queda es si el propio Shudatsu posee la voluntad de cambiar. Sin embargo… —la voz de Eikou se apagó.

Shudatsu habló bruscamente.

—No me arrepiento de nada.

Eikou levantó su mirada. El rostro ceñudo de Shudatsu se levantó a la vista. La cara del prisionero estaba pintada de burla. Una oscura sonrisa torcía sus labios.

—Eso es algo que nunca va a suceder.

Eikou asintió.

—Ya veo. Qué lamentable —se volvió hacia sus Magistrados—. La pena de muerte se vuelve inevitable.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Shudatsu rugió de risa. La risa del vencedor. Al mismo tiempo, una sensación inútil de derrota se filtró en la celda.

Este ser estaba completamente fuera de armonía con la existencia; al borrarlo en su totalidad podían esperar aceptar lo inaceptable. Al separa a Shudatsu de su medio, estaban intentando restaurar el orden en el mundo.

Como si hubieran perdido, Eikou y sus Magistrados agacharon la cabeza. La luz carmesí llenó la habitación. Los abrasadores rayos del sol poniente se inclinaban a través del tragaluz. Las sombras proyectadas por las barras de hierro cortaron la habitación a la mitad como un cuchillo.

Parecía una especie de presagio.

Rechazaron la existencia de Shudatsu y lo eliminarían de la ecuación. Esas incompatibilidades severas desaparecerían, el mundo se enderezaría momentáneamente. Pero esto sería solo el comienzo. El reino estaba en declive. De la misma forma en que un reino en deterioro generaba enjambres de youma, una sociedad deshilachada se separaba de maneras extrañas y diversas.

Las costuras se estaban desenredando fuera de la vista. Sin nada, ni a nadie a quien culpar directamente, la gente recurriría cada vez más a todo y a todos. Y así el colapso continuaría, tanto del reino como de sus súbditos.

    Aún con la cabeza baja, Eikou se puso de pie. Jokyuu y Sotsuyuu hicieron lo mismo. El prisionero que reía se quedó allí detrás de los barrotes. Con los ojos bajos para evitar mirarlo, con pesados y laboriosos pasos abandonaron la habitación.



No hay comentarios:

Publicar un comentario