CAPÍTULO
5
Shuka permaneció
en el Consejo Privado, sintiendo un bulto frío y negro que se alojaba en la
boca de su estómago. Estar sentada en el campo de visión de Shishou era
insoportable. Incluso después de que el Consejo Privado concluyó y estuvo fuera
de su presencia, su ansiedad se volvió más intensa. Regresó a la mansión
abrumada por la opresiva oscuridad que la rodeaba.
—Bienvenida a casa —dijo Seiki[1], su
valet, cuando ella llegó a la residencia—. ¿Estás bien? —Probablemente había
sido informado acerca de su regreso por el vigilante. Preparó dos tazas de té.
Se sentaron y estudió su rostro—. Te ves peor que cuando te fuiste.
—Estoy bien. Solo un poco cansada.
—¿Oh, es eso? —contestó en un tono poco convencido.
Puso la taza sobre la mesa. Murmurando algo sobre el aire viciado y la
luz demasiado fuerte, se apresuró a abrir las ventanas. Luego bajó la mecha de
la lámpara, movió los biombos y en general enderezó la habitación.
Seiki tenía una pequeña y redonda estructura, y la forma en que
revoloteaba por la habitación le recordaba a Shuka a un gorrión regordete.
Finalmente fue capaz de sentarse y tomar un respiro. Siempre había tenido esa
extraña habilidad para tranquilizarla.
—Por eso siempre digo que no debes trabajar día y noche. Que es lo que
hiciste anoche, ¿verdad? He estado revisando las lámparas.
—Bien, entonces, ¿eso no significa que has estado haciendo lo mismo?
—No es un problema para mí, hermana. Una vez que has salido a
trabajar, puedo encontrar algo de tiempo durante mis deberes regulares para
tomar una siesta.
Shuka se echó a reír. Ella no era realmente la hermana de Seiki.
Tampoco tenía parentesco con Eishuku. Había quedado huérfano durante el caos
tras la muerte del Rey Fu. Shinshi[2], la
madre de Eishuku lo había acogido.
Shinshi también era tía de Shishou. Era una persona compasiva. Cuando
la madre de Shishou murió, tomó su lugar e influyó profundamente en la vida de
Shishou. Después de su coronación, la anotaron en el Registro de Inmortales y
la nombró como su Taifu en el Sankou.
Ella era su tutor, y desde su juventud hasta la creación del Kouto,
él y Eishuku habían sido inseparables. Se refería a Eishuku como su “hermano
mayor” y a Shuka como su “hermana menor”. A la edad de diecinueve años, no
encontró ninguna objeción para ser catalogado como subsecretario de Eishuku en
el Registro de Inmortales. Después de eso, trabajó como capataz en la finca de
Eishuku.
—¿El señor Eishuku vendrá a casa esta noche? —preguntó Seiki con una
mirada preocupada hacia la puerta.
—Es difícil de decir. Realmente ha tenido un montón de cosas que hacer
últimamente.
—¿Y cómo le fue hoy?
—La atmósfera en la Corte Imperial estuvo bastante tensa antes del
Consejo Privado. Pero Shishou tranquilizó las mentes de los ministros —Shuka
parpadeó.
Al mencionar a la Corte Imperia, Seiki levantó sus cejas también.
—Entonces, ¿Su Alteza está tan determinado como siempre?
—Como quieras llamarlo, fue peor de lo que siempre ha sido.
El resto de los ministros se marcharon, alentados por la valentía de
Shishou. En cambio, Shuka solo había salido sintiéndose peor. La visión de
Shishou era tan ambiciosa como siempre y los ministros estaban ansiosos por
creer todo lo que dijera, se sentía como un peso opresivo en su pecho.
Shishou era un “Rey Torbellino[3]”. No
había forma de decir si su brillante llama ardía o se consumía. No había duda
de que Shuka y los otros ministros del Kouto habían creído completamente
en la grandeza de Shishou.
Por supuesto, fue el primero
que salió al Shouzan. Y fue el elegido. Si vertiginosa ascensión no
necesitaba ninguna disculpa.
La gente apoyó a Shishou como a Kouto. Estaba sentado en el
trono con gran aclamación. La Corte Imperial fue rápidamente reconstituida. Kouto
estaba llena de partidarios del nuevo régimen y todas las facciones políticas
compartían sus mismos ideales. El camino por seguir era claro, y marcharon
hacia delante de la mano. La destrucción que acompañó al trono vacío se mantuvo
al mínimo, la nueva corte fue reformada en un parpadeo y comenzó a gobernar.
Todos creían que estaban viendo el amanecer auspicioso de una nueva
dinastía. Excepto que Sai en realidad no funcionó como habían imaginado. Desde el
principio, la Corte Imperial tropezó una y otra vez sobre sus propios pies.
La primera orden del día de Shishou fue hacer un barrido de los
funcionarios que habían ayudado y favorecido al Rey Fu durante los últimos días
de su negligente gobierno, y a los que contribuyeron a desangrar la Tesorería
Imperial. Muchos de ellos fueron despedidos. Pero eso solo llevó al gobierno a
un punto muerto.
Aun así, pensó Shuka, realmente Shishou no
podía ser culpado por eso.
Con el despido de todos los burócratas corruptos, hubo una escasez de
personal con los funcionarios restantes. Y no solo eso, aquellos que estaban
acostumbrados a abusar del poder contra el pueblo renunciaron por despecho o se
negaban a trabajar. Las cosas se complicaron a un punto donde despedir a todos
los opositores no habría logrado conseguir nada.
El único recurso restante fue aguantar y contratar a la mayoría de la
gente que apenas había despedido. Pero entonces, fue la ciudadanía la que se
indignó. ¿Por qué estos funcionarios obviamente corruptos eran recompensados
así? Las críticas se elevaron tan amenazantes como tormentas eléctricas.
Los funcionarios apenas le agradecieron a Shishou por resucitar sus
carreras y se volvieron más arrogantes. Desde un extremo del reino a otro,
retomaron sus fechorías y siguieron desplumando a los campesinos.
Todo esto no significaba que Shishou se había desviado del Camino
correcto. Los que tenían la culpa eran los funcionarios que descaradamente
hacían el mal, incluso frente a la abierta censura.
Pero Shishou tampoco era inmune a la crítica. A juzgar por el
resultado final, tampoco debería estar satisfecho con la manera en la que
funcionaba la burocracia. En muchos sentidos, Shuka se preguntó si el gobierno
había hecho algún progreso desde el reinado del Rey Fu. Ciertamente la suerte
de los plebeyos no había mejorado. Por el contrario, los activos acumulados por
mucho tiempo fueron lenta y constantemente derrochados.
No tenía mucho sentido que Shishou siguiera el mismo camino que el Rey
Fu. Y, sin embargo, como señaló Shuka, permanecía impávido.
—Solo tenemos que corregir nuestros errores. Debemos permanecer firmes
en nuestra convicción. No podemos pensar en retirarnos ahora.
—Supongo que sí. Pero, tú sabes, ¿no es eso lo que esperarías de él?
En momentos como este, no hay nadie que pueda hacer que los ministros se
calmen. ¿No es más probable que desconfíes de alguien, sin ni siquiera confías
en ti mismo? Parece obvio para mí.
Con un asentimiento, Seiki sonrió y en sus mejillas se formaron unos
hoyuelos.
—No es como la gente ordinaria, lo sabes. No hay manera de que nuestro
señor Shishou llegue a apartarse del Camino de una manera tan mundana. Estoy
seguro de ello.
Shuka respondió:
—Sí —pero sin ninguna convicción en su
corazón.

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