CAPÍTULO 2
Los suaves rayos del sol del final del
verano se inclinaban en la habitación. Con el ánimo decaído, Eikou leyó los
archivos del caso. Aproximadamente a la hora en que el sol se puso, su esposa
Seika entró con una lámpara.
—¿Estás seguro de
que no necesitas descansar? —preguntó, encendiendo la vela en el estudio.
—Estoy bien —fue
la respuesta deslucida de Eikou.
—Entonces, ¿la
pena de muerte no está sobre la mesa? —preguntó Seika en voz baja.
Asustado, Eikou
levantó la cabeza. Dejó el documento y miró el juvenil rostro de su esposa. El
resplandor naranja rojizo de la lámpara le daba a su rostro una expresión
enrojecida. Y, sin embargo, su expresión era fría.
—Riri dijo que le
dijiste que no ibas a ejecutar a Shudatsu. ¿Ese es el veredicto al que has
llegado?
Las
críticas colorearon su voz. Eikou forzó una sonrisa en su rostro.
—¿Qué
conversación fue esa? Riri me preguntó si era un asesino. Naturalmente, le dije
que no.
—No pretendas que
no sabes lo que quería decir —respondió ella fríamente.
Eikou se mordió
la lengua. Por supuesto, entendió a qué se refería su hija cuando le planteó la
pregunta. La atención de toda la población de Shisou se centraba en los
procedimientos judiciales. Los otros ministros, incluyendo a los sirvientes que
trabajan en sus residencias oficiales, no eran la excepción.
La pregunta en la
mente de todos era si Shudatsu obtendría la sentencia de muerte.
Shudatsu había sido juzgado primero en el tribunal del distrito de
Shingen. Había sido encontrado culpable y sentenciado a muerte. Fue transferido
a la corte en la provincia de Saku. Ahí la sentencia fue la misma. Excepto que
el veredicto fue confuso, y aunque se había dictado una decisión, se consideró
prudente apelar el caso una vez más.
En consecuencia,
el destino de Shudatsu terminó en el regazo de Eikou y sus colegas en el
Departamento Imperial de Justicia. En caso de que Eikou firmara una sentencia
de muerte, esa decisión sería definitiva. Shudatsu moriría.
Riri debió haber
escuchado a alguien en la mansión hablando de eso. De ahí su pregunta sobre si
él era un “asesino”. Aún no comprendía la distinción entre matar a alguien y
ejecutarlo.
—Honestamente,
ella nunca mencionó a Shudatsu. Pero el hecho es que, si mi orden es que se lo
ejecute, me podrían llamar justamente la persona que lo mató. Riri sin duda
encontraría eso angustiante.
Riri era una niña
brillante y de buen corazón. Eikou no podía ver cómo no podría serlo. Pero
Seika respondió con más fuerza.
—Si estamos
haciendo el bienestar de Riri la prioridad aquí, entonces esa bestia debe
ser sentenciada a muerte.
Eikou estudió
nuevamente el rostro de su esposa. Seika no era una funcionaria del gobierno.
Tenía una sinecura[1] de
importancia nominal, otorgada con el aparente propósito de ayudarlo. Era una
forma conveniente de incluir a los miembros de la familia que no eran
funcionarios del gobierno en el Registro de Inmortales. De otra forma, Seika no
tendría la más mínima conexión con la administración del gobierno mismo.
—¿Por qué sales
con esto tan de repente?
—Ese monstruo
mató niños. ¡Una de sus víctimas era un bebé! Cuando pienses con cariño en
Riri, considera la pérdida y la angustia de aquellos que perdieron a sus queridos
hijos.
—Pero por
supuesto… —comenzó a decir Eikou, pero Seika lo interrumpió.
—No, yo entiendo.
Estás al final de tu buen juicio.
Eso era verdad.
Todo lo que Eikou pudo hacer fue sentarse tontamente allí. Estaba completamente
confundido. Quizá indeciso era la mejor palabra.
Seika preguntó:
—¿Cuál es tu
confusión? Ese monstruo asesinó inocentes. Esta es una situación en la que no
se necesita ninguna muestra de compasión.
Eikou no pudo
evitar una amarga sonrisa.
—Este
problema en particular tiene poco que ver con la compasión.
—Si ese es el
caso, entonces, ¿qué se interpone en el camino de su ejecución? ¿Y si hubiera
matado a Riri en lugar de a Shunryou?
—Ese no es el
problema —respondió Eikou, con algo más que un toque de irritación en su voz.
Seika era su
segunda esposa. Para los ojos ajenos, él podría parecer veinte años mayor que
ella. La diferencia estaba más cerca de los ochenta.
—Entonces, ¿cuál
es el problema? —presionó Seika, su expresión se endureció, una mirada que
Eikou había visto muy a menudo últimamente.
—Esto puede ser
difícil de entender, pero la ley no funciona sobre la base de las emociones.
—¿Entonces estás
diciendo que esa bestia estaba motivada por la lógica?
—De ningún modo.
Nada puede excusar las acciones de Shudatsu. Tampoco hay lugar para la
conmiseración. Entiendo tu enojo y el de la población. Lo odio no menos que el
resto de ustedes. Pero cuando se trata de la pena capital, de marcar un acto imperdonable
no es, ipso facto[2],
conseguir la muerte del convicto. No es tan simple.
Trató de
explicarse con la mayor calma posible, pero Seika se hizo aún más severa. Dijo
en voz baja y fría:
—¿Cuánto tiempo
más vas a seguir tratándome como a una tonta que no puede distinguir entre lo
correcto y lo incorrecto?
—No quise decir…
—comenzó a decir Eikou.
Seika no lo dejó
terminar.
—¿Sabías que los
niños todavía están desapareciendo de las calles de Shisou?
—He escuchado los
mismos rumores. Excepto que Shudatsu no podría haber estado involucrado.
—Yo sé eso
—respondió Seika—. ¿Qué tan estúpida crees que soy? Está sentado en una celda
de la cárcel. Por supuesto que no podría ser el perpetrador. De lo que estoy
hablando son de todos los crímenes grotescos que han estado sucediendo en
Shisou últimamente.
—Ah…
—¿Sabes de los
sirvientes que fueron asesinados en la mansión de un subministro del Ministerio
de Primavera? Uno de los sirvientes fue a hacer una tarea que le pidió la
señora de la casa. En lugar de descargar su enojo en la señora, se desquitó con
la gente con la que trabajaba. Hay historias como esa en todo Ryuu en estos
días. ¿Qué ha sido de este reino?
Lo mejor que
Eikou podía hacer en ese momento era mantener su consejo. No podía negar la
reciente alza en incidentes incomprensibles y extraños de naturaleza brutal.
—El mundo se
viene abajo. En un mundo así, tratar a las bestias como Shudatsu con una mano
indulgente solo alienta al resto a racionalizar sus propios crímenes y pecados.
¿Una mano firme no se vuelve aún más necesaria? El que mata debe ser asesinado,
ese hecho fundamental debe conocerse ampliamente.
Eikou suspiró,
sintiéndose aún más melancólico que antes.
—Excepto que las
personas como Shudatsu nunca consideran la idea de abandonar sus pecados.
Eso provocó en
Seika una mirada de sorpresa.
—De hecho, la
pena de muerte hace poco para disuadir a los criminales de cometer crímenes.
Desafortunadamente, tampoco lo hace imponer castigos más severos.
Estaba tratando
de seguir una línea lógica de pensamiento. Seika frunció los labios.
—Entonces, si
Riri fuera asesinada, sentirías pena hacia el perpetrador.
—No estoy
diciendo eso en absoluto. El uno no tiene nada que ver con el otro. Si algo le
sucediera a Riri, no lo toleraría en lo más mínimo. Al actuar como un oficial
del tribunal, la aplicación de la relevancia de la ley es un asunto separado.
No pudo evitar
sonar argumentativo. Seika dijo con una mirada despectiva:
—En otras palabras, incluso si Riri fuese asesinada, aún no aplicarías
la pena de muerte. Porque es un asunto separado.
Tampoco es eso, estuvo a punto
de decir Eikou, pero Seika giró en redondo y salió del estudio.
En algún momento
de los últimos minutos, el crepúsculo había invadido el estudio. El sonido de
los insectos en una fresca brisa nocturna llenó la habitación.
Eikou miró hacia
donde su esposa había estado parada unos segundos antes y murmuró:
—Eso tampoco es
cierto.
El sentimiento no tenía ningún papel en la ley. Lejos de ahí. Si Riri
fuera asesinada, se recusaría a sí mismo. Porque eso es lo que demandaba la
administración de la ley. O eso quería decir, pero Seika no quería escucharlo.
Y si lo hiciera, probablemente le preguntaría por qué no podía simplemente
pedirle a la justicia supervisora que aplicara la pena de muerte. Incluso allí,
tendría que responder eso, sin embargo, podría desear tal resultado en su
corazón, algunas peticiones simplemente debían abstenerse de ser articuladas en
voz alta.
Eikou dejó
escapar un largo suspiro y volvió a sentarse. Apoyó los codos sobre el
escritorio y presionó las palmas contra su frente.
No tenía la
intención de tomarla por tonta. Eikou no pensaba que su esposa fuera tonta en
lo más mínimo. Sin embargo, cuando se trata de ir al grano, la ley no debía
moverse por las emociones. La ley no podía permitirse operar en ese ámbito.
Excepto que estaba confundido acerca de cómo dejar eso en claro.
Seika no era
tonta. En el curso de la vida cotidiana, se conducía con sagacidad y sabiduría,
excepto cuando se trataba deponer sus emociones a un lado y operar solo por la
razón- Seguramente insistiría en que era una persona lógica. Pero muy a menudo
su “lógica” comenzaba con la premisa incuestionable de que sus sentimientos
fueran congruentes con su brújula ética.
Para el argumento
de que las emociones de uno no podían ser necesariamente confiables como una
brújula ética, Seika seguramente respondería que no podría existir una brújula
ética en ausencia de emociones.
Para los ojos de
Seika, Eikou carecía de empatía. Los ministros se equivocaron al confiar en la
lógica utilitaria como su brújula ética. Eikou era el que no entendía. Pero,
como era costumbre entre los altos funcionarios, las opiniones de una persona
sin rango como ella no contaban para nada.
Cada vez más,
últimamente, Seika hizo tales declaraciones con ira. Un subproducto de esa ira
fue que afirmó que quería separarse, disolver el matrimonio, renunciar a su
enlistado en el Registro de Inmortales y reanudar su vida como ciudadana común.
Eikou no sabía cómo hablar con ella para hacerla entender. Dadas sus
responsabilidades profesionales, dejar de lado la razón objetiva y expresarse
en términos emocionales era todo menos su punto fuerte. Peor aún, cuanto más
trataba de calmarla, más enfadada se ponía.
Solo era cuestión
de tiempo antes de que Seika, tal como lo hizo su primera esposa, lo dejara
también. Las palabras de despedida de Keishi fueron:
“No soy la tonta que crees que soy”.
Ambas dijeron lo mismo. El hecho más duro y frío del asunto era que
dos testigos dijeron lo mismo era una prueba dura de contradecir.
Todo era tan
deprimente, no menos que los detalles escritos de los miserables crímenes en
los que se habían fijado sus ojos.
La víctima de ocho
años, Shunryou, tenía la misma edad que Riri. Cada vez que se le ocurría ese
pensamiento, tenía ganas de alzar las manos y huir. Desde que se separó de Riri
en el pasillo, el nudo en su corazón se había vuelto más difícil. No importaba
cuántas respiraciones profundas tomara y dejara salir, no podría desalojarla de
su pecho.

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