CAPÍTULO
13
Al día siguiente,
a altas horas de la noche, Shuka encontró a Sairin en la puerta trasera del
Palacio Imperial.
—¿Cómo le va, Taiho? —le preguntó Shuka, asomándose en el palanquín
guiado por el Ministerio de Verano.
Se arrodilló para ver mejor. Sairin respondió solo con el brillo sin
emociones de sus ojos. Hasta ahora, Eishuku no había sido testigo de su estado
debilitado y claramente se sorprendió al verla. La joven exhausta con sus ojos
vacíos en el palanquín todavía se aferraba a la rama marchita.
Desviando la mirada, transfirieron a Sairin a
un destartalado y viejo carro tirado por caballos. Era atendida solo por tres
doncellas. Shuka montó en un carro igual de decrépito. Con el fin de mantener
las cosas al mínimo, además de Seiki, solo seis funcionarios fueron permitidos
para acompañarlos. Silenciosamente montó en el tercer carruaje.
En medio de la noche, la puerta fue cerrada herméticamente. El lugar
estaba desierto excepto por los soldados que los escoltaban. Funcionarios del
Ministerio de Verano sostenían las riendas. Cinco soldados -vigilantes o
guardias- fueron asignados a cada carruaje. La puerta se abrió silenciosamente.
Solo el Shoushikou estaba allí para despedir a Shuka y a los otros que
abandonaban el palacio. Fue una despedida increíblemente triste.
Tomaría más de un mes para llegar a Koukyou en un carruaje. Porque
Sairin estaba con ellos, no podían detenerse en pensiones ordinarias. Dormían
en los carruajes, viajaban de noche mientras se dirigían a Koukyou.
A pesar del aspecto descuidado, los interiores de los carruajes se
mantuvieron aseados. Eran apenas cómodos, y el viaje fue difícil.
Igualmente dura era la severidad de la enfermedad de Sairin. Yacía en
una cama en medio del carro como si estuviera en trance. De vez en cuando
volvía en sí y lloraba por el sufrimiento de la gente. Cuando lloraba,
levantaba su voz lastimera y amarga contra Shishou. Incluso los que iban en carruajes
diferentes no podrían sacar esos gritos de sus cabezas.
No iban ni a la mitad del viaje cuando las doncellas de Sairin
estuvieron cansadas y al borde de un ataque de nervios. Shuka tuvo que
intervenir y hacerse cargo de sus funciones cada vez más a menudo. Y luego no
había manera de cubrir sus oídos o apartar sus miradas.
—¡Todos vamos a morir, Shuka! ¡La tierra está manchada de sangre!
—Taiho… no diga esas cosas…
—¡Es verdad! ¡Shishou ha desechado a Sai! Una malvada era ha caído.
Los youma están a la espera para reunir sus fuerzas. ¡Pero el rey nos
despedazará antes que sus enjambres lleguen! —Sairin agarró la rama marchita
con ambas manos—. ¡Tú, yo, él nos matará a todos nosotros! ¡Él va a asesinar a
Sai!
—¡Oh! No debe dejarse llevar —dijo Shuka, consolándola—. Las cosas no
son tan malas —repitió una y otra vez esas mentiras—. Su Alteza está preocupado
por su bienestar, es todo. No quiere poner una tensión mayor en su salud. Debe
aprovechar la oportunidad para descansar bien en Sou y poner su mente en calma.
—¡Estás equivocada! ¡Me ha dejado de lado! ¡Nos ha dejado a todos de
lado! ¿No entiendes, Shuka? ¡Su Alteza ha asesinado a decenas! ¡Tomó todo y lo
echó al fuego!
Otra vez se derrumbó en lágrimas. Shuka dijo, acariciándola con su
mano:
—Taiho, por favor…
—Lleva el rostro de un sabio y luego nos bendice con escoria y lanza a
Sai a los lobos. Y me dijo que me mostraría el paraíso.
—Taiho…
—Creí en Su Alteza, Shuka. Yo esperé. Dijo que esos sueños estarían
cada vez más cercanos. Pero solo se han alejado más y más. Sai no es como el
paraíso en lo más mínimo. Cada paso se aleja en la distancia. ¡Me lo prometió!
—Sairin levantó la cabeza—. Ah, el aura del rey está atenuándose otra vez…
—Taiho…
Sairin se aferró a ella.
—Por favor. Tenemos que volver a Yuunei. Su Alteza debe ser salvado.
¿Por qué lo abandonan? Se hunde solo bajo las olas.
Estaba claramente dividida por su enemistad y por su amor por él, lo
despreciaba con la misma vehemencia con la que estaba encantada por su
excelencia y su alegría por haberlo elegido. Alternadamente lo criticaba
duramente por abandonar a sus súbditos y a Shuka por abandonarlo.
—No sé si puedo soportar más esto —lloraba Shuka, regresando a su
carruaje después de que una doncella la relevara.
—Señora Shuka… —Seiki colocó su mano sobre su espalda. La miró y dijo,
con una voz de preocupación—, comprendo por qué Su Alteza deseaba mantener a la
Taiho fuera de su vista. Es una visión insoportable.
La enfermedad de Sairin evidenciaba los errores cometidos. Y Shishou
no era la única persona haciéndolos. Shishou los había nombrado para la Corte
Imperial. El shitsudou de Sairin era el fruto de su esfuerzo colectivo.
Si fuera simplemente el resultado de la fatiga o la debilidad causada por la
contaminación por sangre[1], no
causaría ese grado de sufrimiento. Y, sin embargo, su sufrimiento había sido
cruelmente ignorado, una indiferencia que era evidencia de la pérdida del
Camino.
Ahora, las consecuencias de ese descuido cruel estaban siendo
empujadas sobre ellos.
—Es algo que todos nosotros hemos tenido en
cuenta. Pero ¿por qué? —Shuka miró a Seiki y a Eishuku. Hasta ahora no había
estado dispuesta a admitir cualquier culpa personal—. El hecho es que
perseguimos ese sueño y nada más. Creíamos que el curso que teníamos al frente
era evidente, que el objetivo que estábamos buscando era el ideal adecuado, y
mientras desplegáramos esa bandera con suficiente vigor, podríamos hacer que
cualquier cosa sucediera.
En el gobierno idealista que habían fundado, ninguno utilizaría sus
posiciones para su propio interés o beneficio personal. Cuando tales
funcionarios eran descubiertos, eran despedidos inmediatamente. Pero luego las
cosas se detuvieron sin ellos por lo que tuvieron que ser recontratados. Todo
el asunto era ciertamente un error de primer orden. Y fue su error,
error de Shishou.
Realmente se habían convencido ellos mismos que si los delitos de los
corruptos se expusieran y fueran castigados, entonces realmente verían la luz.
Reflejarían sus pecados, y su ejemplo humillante convencería a los demás para
que cambiaran su actuar. No habían concebido el hecho de que existieran
funcionarios corruptos que, acusados, sancionados y avergonzados, nunca se
arrepentirían.
Si alguien les hubiera señalado que el mundo real no era el que
ingenuamente imaginaron en sus mentes, entonces podrían haber sido ellos los que
vieran la luz.
—¿Fue ahí donde nos estrellamos? Como dijo el señor Junkou, ¿hemos
estado construyendo muros de prisiones todo el tiempo? Pero nosotros no
estuvimos obligando a la gente a dirigirse a la derecha y que mataran a
aquellos que no obedecían.
Incluso el más tiránico de los funcionarios había sido despedido, no
ejecutado. Las sentencias habían sido moderadas por la compasión, y cada
intento fue hecho con benevolencia. Y, aun así, el reino continuó hundiéndose
en el caos, tal como lo hizo Sairin.
El viaje continuó, este hecho era indiscutible. La gente común estaba
claramente en peligro. Una buena parte de esa angustia era debido a la
explotación por parte de las autoridades locales. Pero el resto fue culpa de
Shuka. Aunque el manejo de la tierra estaba en su cartera, poco había hecho por
las personas que vivían de la tierra. Desde la época del Rey Fu, los ministros
habían forrado sus bolsillos primero y dejaban que los zorros vigilaran los
gallineros.
Los campesinos abandonaron sus parcelas, los campos estaban en
barbecho, los canales se atascaron, los diques tenían fugas y los pueblos se
quedaron sin recursos por la corrupción política. Todos estos hechos sobre el
terreno deberían haber exigido su atención. El curso de acción era claro, pero
la Tesorería Imperial carecía de los fondos para hacer frente a esos problemas.
La gente empobrecida por los chanchullos y la
corrupción no podía soportar una carga fiscal más pesada. Shishou había bajado
los impuestos por compasión, pero había drenado la tesorería en el proceso.
La enfermedad de Sairin, la devastación
de la tierra, la pobreza de la gente -el viaje le recordaba día tras día la
enormidad de sus faltas-. Se sintió profundamente aliviada cuando los picos de
las montañas de Koushuu finalmente llegaron a la vista.


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