CAPÍTULO 1
Antes del amanecer, a mediados del
invierno, la nieve caía silenciosamente a través del aire frío y amargo.
Mientras
se despertaba en una pequeña habitación manchada de hollín en la posada,
Hyouchuu podía ver su aliento. Su cuerpo se sentía de plomo, pero hizo un
esfuerzo por salir de la cama y lo primero que hizo fue arrastrarse por el
suelo hasta la caja de la esquina. Encendió una cerilla y suavemente abrió la
tapa de bambú finamente tejida. Al igual que la tapa, la caja estaba hecha de
un tejido de tiras de bambú. El exterior estaba lacado, el interior forrado con
algodón y lino.
La mano de obra
sugería que era lujosa y de gran valor. Pero el reluciente tesoro en su
interior consistía en nada más que un único tronco de madera. El tronco era
aproximadamente la circunferencia de dos manos ahuecadas juntas y la longitud
de dos manos -como cuando se mide la altura de un caballo-.
El tronco
bastante ordinario estaba medio enterrado en una cama de aserrín. A medio
camino de la corteza moteada, brotes verdes brotaban del tronco de una rama
cortada.
Habiendo
confirmado lo que estaba ansioso por ver, Hyouchuu dejó escapar un pequeño
suspiro de alivio. Sacó el tronco de la caja y lo examinó. Aunque las puntas
cortadas y la corteza parecían secas, un ligero toque con su nudillo sugería
madera fresca más adentro. No había signos de pudrición, moho y hongos. Tampoco
había nada extraño con las hojas brotando del nudo en la madera.
Las hojas
parecían a las de una orquídea esbelta, lo suficientemente espesa como para
agarrar un puñado pequeño.
Hyouchuu las
examinó una por una. El verde brillante saludable no mostró signos de
marchitarse o morirse.
Todo lo que
podría haber esperado.
Por eso, cuando
pasaba la noche en una posada, siempre despertaba preocupado de que los brotes
se hubieran marchitado mientras dormía. Lo primero que hacía cuando abría los
ojos era comprobar su estado. El miedo lo acompañaba cada vez que se acostaba a
dormir. No importaba cuán cansado estuviera, ese miedo lo mantenía despierto.
Cuando finalmente llegaba el sueño, también lo hacían las pesadillas de que una
mañana verificaría la caja para encontrar su contenido muerto.
Tres veces por noche, los horribles sueños lo despertaron. Tuvo que
levantarse para revisar la caja y luego obligarse a volver a la cama.
Y, sin embargo,
esa mañana la planta todavía estaba viva.
—¡Oh, bien!
—susurró.
Hyouchuu hizo un
surco en el aserrín y colocó el tronco con cuidado. Lo aseguró dentro de la
caja con un cordón y luego cepilló cuidadosamente el aserrín de la orquídea para
evitar que fuera enterrada. Sobre la orquídea, colocó la pequeña jaula que
había extraído previamente y la metió en una pequeña bolsa llena de algodón
para evitar que se moviera.
Extendió una tela
cuadrada sobre la que colocó una carta envuelta en papel encerado, la ató a la
pared interior de la caja con un par de cintas y cerró la tapa. Aseguró la caja
con un cinturón de cuero y la guardó cuidadosamente.
En el tiempo que
tardó en hacerlo, sus dedos se entumecieron por el frío. El agua en el cubo que
había llenado la noche anterior estaba cubierta de hielo alrededor del borde
exterior. Evitando el borde de hielo, Hyouchuu recogió un puñado de agua y se
lavó la cara. No podía sentir las yemas de sus dedos. Le dolían las rodillas
por el frío que se filtraba del suelo. Ni siquiera había un brasero para
calentar en la habitación. El carbón vegetal había sido escaso durante varios
años. Los ciudadanos comunes no sabrían dónde encontrarlo si pudieran pagarlo.
A regañadientes,
Hyouchuu restregó sus piernas con ambas manos para estimular la circulación.
Casi antes de darse cuenta, otro año había terminado. Durante esta temporada,
el carbón fue bien escaso. Los inviernos fueron duros. El frío continuaría, los
días no se calentarían por algún tiempo, incluso llegada la primavera. Todos
los años durante estos meses, no pocas personas morían congeladas.
Después de
masajear sus miembros un poco más, Hyouchuu se puso una capa extra de pieles.
Se quitaba los zapatos por la noche para dejarlos secar. Ahora, cuando se los
puso, descubrió que no cabrían en sus pies hinchados. No tuvo más remedio que
usar un pequeño cuchillo para cortar ranuras en las partes que resultaban
demasiado ajustadas, envolvió una tira de tela alrededor del tobillo y lo
aseguró con tiras de cuero.
En este punto de
su viaje, los dedos de sus pies estaban cubiertos de ampollas de sangre. Le
dolían las rodillas y las caderas. Apenas podía enderezar sus piernas. Le
dolían los hombros por llevar la improvisada maceta. Su mano estaba callosa y
agrietada.
Pero eso estaba
bien. Sus esperanzas aún permanecían vivas.
Después de
completar sus preparativos, levantó su mochila de viaje y la caja en su espalda
y salió de la habitación.
Todo comenzó con un solo árbol de haya
de color extraño.
O más bien,
comenzó con la primera vez que Hyouchuu notó un árbol en un bosque de hayas en
su ciudad natal.
Eso fue hace diez
años.
Hyouchuu nació en
la provincia de Kei, en el norte del reino. Creció en una ciudad más al norte,
en las montañas cerca de la frontera. Era un pueblo pobre no bendecido por un
clima favorable. Pagó su propio camino a la escuela secundaria y de allí avanzó
a la academia provincial. La buena fortuna le sonrió. En la mitad de la
treintena se convirtió en un ministro imperial.
Fue nombrado
Chikan Sekijin -oficial de conservación- en el Ministerio de la Tierra, con el
rango de Chousi -escudero-. Aunque técnicamente era un funcionario de rango
medio, era un funcionario menor en el nivel más bajo de la burocracia.
El nombramiento
de Hyouchuu fue considerado como un logro sobresaliente en Sei’in, su ciudad
natal. Recientemente había estado incluido en el Registro de Inmortales, por lo
que sus padres y parientes todavía vivían. Se mantuvo en buenos términos con
los amigos que conocía desde la infancia. Cada Año Nuevo intentaba regresar a
casa para las vacaciones. Fue durante uno de esos viajes cuando vio el haya de
color extraño en un bosque cerca de su aldea.
El haya había
arrojado sus hojas. Las ramas se extendieron hacia el aire gélido que cubría
las montañas invernales. Una corriente corría a través de la arboleda, pasando
a través de una estrecha garganta y sobre una pequeña cascada. Cuando era un
niño, solía ir a pescar en el arroyo en la base de la cascada. Rodeado por las
paredes bajas del acantilado y el hayedo, era un lugar acogedor.
El extremo de una
rama que daba a la pared del acantilado brillaba como si estuviera cubierta de
escarcha fresca.
—¿Qué es eso?
Hyouchuu miró
hacia la rama del árbol que se elevaba sobre su cabeza. Llamó a un viejo amigo.
Houkou era su nombre. Houkou nación en Sei’in. Habían asistido a la Academia
Provincial juntos. Houkou se graduó un año antes y se convirtió en un
funcionario de la prefectura en su ciudad natal.
Siguiendo la
mirada de Hyouchuu, Houkou miró hacia el final de la rama.
—No puede ser
escarcha. Esa rama está orientada hacia el sur.
Hyouchuu asintió.
Estaban en un área abierta bien iluminada por el sol. En cualquier caso, a esta
hora del día, cualquier escarcha se habría derretido.
—Parece que está
brillando.
—Sí —estuvo de
acuerdo Houkou.
Houkou escaló
ágilmente la faz del acantilado, cambiando su posición a medida que avanzaba,
obteniendo diferentes vistas de la rama. Después de eso, midió el tallo,
enrolló una correa de cuero alrededor de este y su cintura, y trepó al árbol.
Al verlo,
Hyouchuu sonrió para sí mismo. Houkou había sido un hombre de montaña desde que
era un niño. Había explorado las montañas cercanas y se hizo un experto en su
geografía, flora y fauna. Sabía qué tipos de árboles y plantas crecían en qué
lugar y qué tipo de animales vivían, no era nada menos que un granjero que
conocía sus propios campos.
Podría pasar un
día entero mirando un solo árbol y catalogando todas las aves y los insectos
que albergaba. Después de graduarse de la academia, se convirtió en un Sanshi
-guardabosques- de prefectura en el Ministerio de Verano, encargado de la
preservación y protección del campo y las montañas.
En lo que
respectaba a Houkou, ese era el mejor trabajo que podría haber esperado.
Houkou correteó
por el árbol como un mono. Hizo una pausa en la rama gruesa para una mirada más
cercana. Finalmente, deshaciendo la correa de cuero, asomándose todo lo que
pudo, azotó la correa como un látigo, rompiendo el extremo de color extraño.
Hyouchuu le hizo señas a Houkou. Buscando a través de la maleza la encontró y
la sostuvo.
La rama no era
más larga que sus dedos. El extraño color y brillo, que se asemejaba a la
piedra pulida, hizo que fuera más fácil de detectar en medio de la maleza seca.
Era fría al tacto y tan dura como una roca. Igual de extraño era el extremo de
la rama donde se había separado de la rama. No mostraba fibras de maderas
rotas. El borde estaba limpio como el vidrio.
—¿Qué piensas?
—gritó Houkou mientras bajaba.
Hyouchuu le
tendió la ramita. Houkou la tomó. Sus ojos brillaban.
—Fascinante. Como
si fuera una piedra.
—¿Qué hay de las
ramas más arriba?
—Son similares.
Como si estuvieran fosilizadas. Y el color se está desvaneciendo.
—Huh —murmuró
Hyouchuu.
La rama que
Houkou cortó tenía un color gris claro. Pero también lo era la corteza del
árbol del haya, lo que no era inusual. Las hayas variaban de gris claro a gris
oscuro, lisas y sin fisuras naturales. Tal vez por eso el musgo, el liquen y
los hongos cubrían la piel exterior del árbol.
Debido
a que la corteza del haya no se descamaba o se despegaba, el musgo y el liquen
que se adherían a la corteza permanecían. Los patrones moteados crecían a
medida que el árbol envejecía, convirtiéndose en marcas distintivas de verde y
marrón, convirtiendo eventualmente el árbol en blanco a gris. El color de
desvanecimiento sugería que estas decoloraciones también podrían estar
desapareciendo.
Houkou sugirió
que la ramita había crecido ese año y por lo tanto conservaba su color
original.
—Se ha
marchitado. ¿Qué podría explicar eso? Nunca había visto algo así antes —rompió
la ramita por la mitad, la cual hizo un sonido alto y duro cuando se rompió.
—¿Se secó y se
congeló?
—Lo dudo —dijo
Houkou.
Sacó un pañuelo
del bolsillo y lo envolvió alrededor de la ramita. Tenía la intención de
examinarlo detenidamente cuando llegara a casa. Parecía absolutamente
encantado, la misma expresión que tenía cuando era niño y descubría un nuevo
insecto extraño.
No ha cambiado para nada, pensó Hyouchuu.
Los Sanshi tenían
jurisdicción sobre las montañas en las profundidades del desierto, muy lejos de
donde vivía la gente. Las montañas donde la gente construía sus casas caían
bajo la jurisdicción del Ministerio de la Tierra. El territorio más allá de
esos límites no afectaba directamente la habitación humana. Sin embargo, el
daño ocasionado por los incendios forestales y las avalanchas ocasionalmente
llegaba a las comunidades habitadas-
Para protegerse de tales desastres, los Sanshi se pusieron a cargo de
los bosques y montañas que no fueran tocados por la civilización. Íntimamente
familiarizados con la topografía y la geografía, hicieron los preparativos
necesarios en caso de que surgieran emergencias.
Como Sanshi
oficial de la prefectura, era responsable de esas tierras lejanas bajo en
control de la prefectura. Los Sanshi Imperiales supervisaban a los Sanshi en
tierras imperiales en las nueve provincias, los Sanshi del distrito
supervisaban a los Sanshi de cada distrito. Solo los Sanshi de las prefecturas
se aventuraban en los bosques y montañas.
Houkou
inspeccionó asiduamente las tierras bajo su vigilancia y las conocía como la
palma de su mano. Una vez que se ataba la mochila y se dirigía a las colinas,
tal vez no volviera por uno o dos meses. Acampando bajo las estrellas y
viviendo de la tierra, atravesaba una montaña tras otra donde era su único
habitante y tenía un gran espacio abierto.
—Realmente amas
estas montañas —dijo Hyouchuu.
Houkou respondió
con una sonrisa tímida.
En ese momento,
sonó la voz de una mujer.
—¡Oh, mira quién
ya está aquí!
Un grupo de
mujeres del pueblo bajaba por el sendero que serpenteaba a través del bosque de
hayas, las madres de Hyouchuu y Houkou entre ellas. Todas llevaban cestos en la
espalda.
—Así que aquí es
donde han estado.
Los dos hombres
asintieron y las mujeres sonrieron.
—Vinimos a
recolectar nueces y bayas. Lo siento, no podemos organizar un banquete.
Houkou miró
dentro de una de las cestas y vio que estaban recogiendo hayucos.
—Recogiste
bastante aquí. Lo suficiente para una fiesta.
—No, no, no. Han
estado escasos en el suelo este año también. Pero a los hombres no les gusta
que los dejen solos, así que decidimos regresar temprano.
Con eso,
continuaron bajando la montaña.
El
hayuco tenía una forma triangular que se asemeja a una semilla de alforfón. No
se podían comer crudos, debido al fruto amargo, pero eran nutritivos y
sabrosos. Normalmente eran hervidos. En esta aldea, los hayucos se molían, se
prensaban en tortas y se envolvían en hojas de bambú. Las montañas no producían
una rica variedad de productos agrícolas, por lo que los hayucos eran una
especia de festín.
Desafortunadamente,
estos árboles de haya no eran una fuente confiable. Tal vez una vez cada varios
años, a veces solo una vez en una década, producían una cosecha abundante.
Hyouchuu dijo:
—¿Así que hemos
tenido un mal año para su recolección? Estos árboles son bastante tacaños en
ese sentido.
Houkou sonrió.
—Es difícil de
recordar que los haya comido hasta la saciedad.
Los árboles y los
arbustos normalmente producían nueves y bayas en un horario predecible. Pero no
había nada predecible sobre las hayas. La próxima cosecha excelente podría ser
en un año o en diez. Además, la incidencia de cosechas abundantes y pobres era
la misma en todo el reino. Los árboles buenos y de bajo rendimiento no se
distribuyeron uniformemente.
—En el mejor de
los casos, podríamos esperar que los árboles se comporten cada pocos años y
produzcan suficientes hayucos para merecer llamarlos un alimento básico.
Houkou sonrió.
—De ser así
chicos como tú y yo podríamos devorarlos. Probablemente las hayas se estén
cuidando a sí mismas.
Hyouchuu ladeó la
cabeza a un lado. Houkou explicó:
—Tal vez estas
cosechas irregulares son la forma en que el árbol de haya nos hace un favor. Un
buen año para el haya es un buen año para las ratas y todo lo demás que se las
come. El año después de eso, esas criaturas comerán todo a la vista. Pero si el
próximo año es pobre, las ratas morirán de hambre y la población caerá.
Entonces, la próxima buena cosecha tiene más posibilidades de estar cerca para
beneficiarnos.
—Tiene sentido.
Pero ¿por qué solo el haya produce cosechas indeterminadas? En la medida en que
cualquier cosa en la naturaleza es normal, la mayoría de los cultivos normales
crecen de manera bastante regular.
—Bajo esa
perspectiva, el haya es extraña. Debe haber una razón. La marcada diferencia
entre los años buenos y malos significa que todas las hayas son de la misma
edad.
—¿De la misma
edad?
Houkou señaló el
hayedo que lo rodeaba.
—Además de las
diferencias de tamaño, todos tienen aproximadamente la misma edad. Cerca de
cien años en este caso.
—Huh —Hyouchuu
miró alrededor del bosque. La mayoría de los árboles sí tenían la misma altura
promedio, lo que les daba un aire general de orden y regularidad—. Lo que
significa que hace unos cien años, todos echaron raíces juntos.
—Esa es la
conclusión obvia. Además, las raíces del haya secretan venenos que las protegen
de los árboles competidores. Cualquier árbol joven que brote demasiado cerca
morirá. De ahí esta disposición de árboles con el mismo espaciado y tamaño.
Otros tipos de árboles no pueden competir en este entorno, por lo que los
bosques de hayas tienden a ser del dominio de solo hayas.
»Por lo tanto,
los bosques no son oscuros —dijo Houkou señalando un árbol “brillante”, el cual
dejaba pasar una buena cantidad de luz al suelo del bosque—. El sotobosque es
abundante y diverso. Aunque los hayucos son escasos en el suelo, los hongos
crecen en la tierra rica y los animales se reúnen allí para anidar y comer, con
una vista sin obstrucciones proporcionada por el haya, hacen un buen terreno de
caza.
—Una compañía
próspera y buena para tener alrededor; hay mucho que me gusta de un haya de
montaña.
—Ya veo.
Hyouchuu
inspeccionó la arboleda. Hace aproximadamente un siglo, esta arboleda germinó.
El haya de montaña tenía una vida larga y viviría por siglos después de esto.
—Mi tía se está
poniendo vieja —espetó Hyouchuu—. Comparada con un árbol, una vida humana es
algo fugaz.
—Sí, y tu madre
también está envejeciendo.
Houkou asintió. Él y Hyouchuu eran funcionarios de la nobleza imperial
y, por lo tanto, figuraban en el Registro de Inmortales. Podrían haber
enlistado a sus padres también, pero ninguno de ellos deseaba hacerlo. De acuerdo
con el precedente establecido, solo los padres de un funcionario público, su
esposa e hijos podrían figurar en la lista. Hermanos y parientes eran
excluidos. Si bien siempre se podía encontrar formas si un ministro se elevaba
lo suficiente en el gobierno, no había garantías.
De lo contario,
la línea tendría que dibujarse en alguna parte. Y a todos les repugnaba
dibujarla. Hyouchuu tenía un hermano mayor y una hermana, y la inclusión de sus
padres necesariamente los dejaría atrás en el mundo de abajo.
Ganar
rango y posición imperial significaba irse del mundo mortal y material. Los
oficiales menores como Hyouchuu y Houkou no eran diferentes. En algún momento,
sus padres abandonarían el mundo y sus amigos de la infancia envejecerían. El
día inevitablemente debía llegar cuando el regreso a su ciudad natal no tuviera
expectativas para ellos.
Bueno, Houkou
todavía estaría allí. De hecho, si Houkou no estuviera allí, tal vez no se
molestaría en volver a casa.
Sabiendo todo
esto, había aceptado su posición. Y sabiendo todo esto, su familia lo había
despedido con cariño. Así que quería hacer que los sacrificios valieran la
pena. Él tenía qué. Especialmente en un reino sin rey.
El emperador
murió el año en que nació Hyouchuu. Aunque sus riendas estuvieron marcadas por
una crueldad y una tiranía extraordinarias, las calamidades nunca llegaron a
estos pequeños pueblos de montaña en la frontera.
Sin embargo,
cuando el emperador titubeaba, un reino se iba al demonio. Un trono vacante
empeoraba las cosas. El reino estaba en apuros. La ruina no dejó ningún rincón
del reino intacto, más aún en pueblos pobres como Sei’in.
La tierra yerma
cedía poco, sin importar lo mucho que trabajaran, forzándolos a las montañas a
recolectar nueces y bayas. Y así lograron sobrevivir.
Si lograban
sobrevivir después de esto, dependía en gran parte del trabajo de Hyouchuu y
Houkou.
—Escuché… —dijo
Houkou en voz baja—. Se dice que grandes cosas están sucediendo en la capital.
—Así parece
—respondió Hyouchuu.
Aunque Hyouchuu
era un ministro imperial, pasaba la mayor parte de su tiempo viajando por los
distritos periféricos. No tenía una buena idea de lo que estaba pasando en la
capital. Aun así, los rumores susurraban sobre acontecimientos profundos e
inquietantes que tenían a todos por encima de las nubes en un estado de casi
pánico.
Houkou dijo:
—Tienes que
preguntarte qué será de este reino.
Hyouchuu no
respondió. Aunque Sei’in era pobre, descansaba en el abrazo de las prósperas
montañas. Mientras los youma no aparecieran, podrían sobrevivir.
La destrucción en
los lugares que no tenían montañas tan ricas era indescriptible. Con los campos
estériles e improductivos, los agricultores acudieron a las ciudades para ganar
el suficiente dinero para comer. Pero no había suficientes trabajos o alimentos
para apoyarlos a todos.
La inanición, la
enfermedad y el crimen se convirtieron en hechos de la vida, junto con la
proliferación de los youma que se aprovechaban de las multitudes.
Incluso en estos
tiempos, el trabajo del servicio civil no podía cesar, aunque los funcionarios
más confiables y necesarios se mantenían ocupados simplemente para mantenerse
con vida. Las cosas no eran diferentes en el Gobierno Imperial.
Hyouchuu se
graduó de la Academia Provincial con aspiraciones de convertirse en funcionario.
Tuvo la inesperada buena fortuna de ser seleccionado para un puesto en el
Gobierno Imperial. Una vez que esto habría sido considerado un gran logro. La
cruel realidad era que era el resultado del emperador ejecutando ministros que
se oponían a él, dejando muchas vacantes en la burocracia.
El reino estaba
en una pendiente descendente. Contratar nuevo personal ministerial debería
estar fuera de discusión ya que el país estaba en malas condiciones, sin
embargo, cada departamento del gobierno tenía una asignación presupuestal
dependiendo de la cantidad de funcionarios. Entonces, los gerentes desesperados
por mantener sus bolsillos llenos estaban igualmente desesperados por cubrir
todas las vacantes. Lo que le trajo esa inesperada buena fortuna a Hyouchuu.
Era un Chikan
Sekijin en el Ministerio de la Tierra, sirviendo bajo el Chikan Kajou
-secretario regional de agronomía-. El Kajou se encargaba de preservar
cualquier flora y fauna única e inusual encontrada en todo el reino. Y de entre
estas cosas únicas e inusuales, un Sekijin reunía nuevas plantas y vegetación,
pájaros y animales que surgieran del yaboku[1].
Aventurarse en
las montañas era normalmente el trabajo de los funcionarios locales. Hyouchuu a
menudo exploraba los distritos rurales por sí mismo para obtener una
comprensión de primera mano de la disposición de la tierra. Bueno, esa fue su
explicación oficial. En general, era una buena excusa para salir de la oficina.
Hyouchuu pasaba poco tiempo en la capital. Por
lo general, terminaba recorriendo el campo. Como Sekijin, se le había asignado
un feudo. Pero nunca lo había visto, ni puesto un pie en él. Como casi nunca
regresaba a la oficina, no podía supervisar su feudo en la capital.
Entonces, el
Kajou lo administraba por él, convirtiendo los ingresos de la propiedad en
efectivo y pasándoselos. Así es como la situación se dijo en papel. Excepto que
los subordinados de la secretaría lo sabían. En lugar de recibir nombramientos
imperiales, eran tratados como personal y recibían un salario.
Los ingresos del
feudo de Hyouchuu desaparecían en los bolsillos del Kajou, de los cuales el
Kajou pagaba el mínimo de salarios. Y lo que sea que estaba embolsando
probablemente también era absorbido por sus superiores. Así funcionaban las
cosas, haciendo a Hyouchuu mucho más feliz de pasar su tiempo en otro lado.
Así que se quedó
en el camino, viajando de oficina del distrito a oficina del distrito,
manteniendo a la burocracia a distancia. Estas oficinas locales estaban
repletas de funcionarios que habían huido de la capital en busca de un lugar
seguro para establecerse.
No tenía sentido
resentirse por su suerte en la vida. En estos tiempos y edad, simplemente tener
un trabajo era recompensa suficiente. Desde que Hyouchuu aspiró al servicio
civil imperial, había entendido, aunque fuera vagamente, que esto era a lo que
se reducía al final del día. La verdad absoluta del asunto era que trabajaba en
el servicio civil porque tenía que ganarse la vida.
El salario mínimo
para un empleado del gobierno era bastante generoso, lo suficientemente
generoso como para mantener a sus padres y hermanos en casa. Un Sekijin pasaba
su tiempo recorriendo la frontera donde la devastación era mínima. Desconectado
del caos de la capital y aceptando el mundo tal como era, llevaba una vida más
austera pero menos limitada.
Después de todo,
había crecido en un pequeño pueblo enclavado en las montañas. El desierto no lo
intimidaba. No era una dificultad. Lo disfrutaba.
Hyouchuu miró
hacia el haya. Y luego por encima de su hombro. Desde el pie de los acantilados
pudo divisar el pueblo enclavado al pie del empinado valle de la montaña.
—Quiero proteger
mi ciudad natal por lo menos. Mi ciudad natal, y a las buenas personas mayores
que viven allí.
Pase lo que pase, pensó.

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