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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

lunes, 15 de mayo de 2023

Las Aves de Hisho - Señales en el Viento Capítulo 2

 

CAPÍTULO 2

 

 

 

La casa solariega donde Renka encontró refugio se llamaba “Kaien”. Resultó que no era un jardín arbolado, sino una reserva agrícola en funcionamiento. Jardines y dependencias se alineaban a orillas del amplio lago. Los graneros salpicaban los campos circundantes. Los agricultores que cultivaban la tierra y criaban el ganado incluso tenían un pequeño pueblo para ellos.

Renka escuchó que un virrey del distrito originalmente había construido la villa. Hoy, sin embargo, cualquier rastro de esos tiempos había desaparecido. El edificio parecía todo deshecho y más de unos pocos carecían de vida.

Kaien era ocupado por el Guardián del Calendario, junto con tres de sus asistentes y subordinados, además de un criado anciano que los cuidaba. Renka, varios hombres y mujeres vivían en la comunidad en el lado opuesto del lago. Pero se mantuvieron independientes de la propiedad y no servían en Kaien.

—¿Qué hacen ellos? —preguntó Renka.

—Cuidan sus campos —explicó el criado. Su nombre era Choukou—. Crían ganado y se dedican a sus vidas. Son residentes de Setsuyou, viven aquí en lugar de en las aldeas.

A petición del Ministerio de Primavera, vivían allí en comunidades en la casa solariega de Kaien en lugar de las aldeas periféricas. Por alguna razón, tenían que estar allí para que el Guardián hiciera su trabajo.

Según Choukou, como uno de los funcionarios del Ministerio de Primavera que prestaba servicios bajo el ministro responsable de los rituales y festivales públicos, el trabajo del Guardián era crear calendarios y almanaques.

Hablando de eso, la familia de Renka había obtenido un calendario del consejo municipal cada año. De esa forma, podrían hacer un seguimiento de las fechas y los cambios en las estaciones.

—¡Así que es el amo el que los hace!

Estar en presencia de una persona real que hacía calendarios y almanaques era para Renka una revelación. Fácilmente podría imaginar tales cosas siendo impresas. Pero la creación de un calendario estaba más allá de su alcance. Nunca se le había ocurrido que alguien en realidad los hacía cada año.

Por ahora, el trabajo de Renka consistía en ayudar a Choukou a preparar tres comidas al día, servir a Kakei y a los demás, y llevarles té. El resto del tiempo podía hacer lo que quisiera. De acuerdo con Choukou, Kakei había declarado eso.

—Sabe que se te ordenó abandonar el reino, iniciaste un largo viaje y sufriste mucho a lo largo del camino. Quiere que descanses y te recuperes. El señor Kakei es un hombre amable y generoso.

Renka apreció su preocupación, aunque no vio la necesidad de buscar trabajadores para ocupar un puesto como el suyo. Lo más probable es que la tomara porque sintió lástima por ella. Una mañana le dijo lo mismo a Choukou.

—Bueno, bueno —respondió él—. Sí, se le informó de tu terrible situación, es el tipo de hombre que tomaría a un pobre abandonado bajo su protección.

—Convertirse en un ministro del distrito debe ser bueno para el bolsillo. Lo suficiente —insinuó Renka—, para ver por el bienestar de una niña huérfana.

Choukou se rio.

—Ciertamente no es pobre. El señor Kakei no tiene gran afición por la riqueza y el lujo. Más que eso, el señor Kakei y los hombres con los que se relaciona no tienen ningún interés en darse gustos cuando se trata de comida o ropa. Esto no es solo caridad —agregó—. Mis articulaciones han estado molestándome últimamente. Debe ser mi edad. Así que he estado preguntando por ahí. Una vez tuve un par de sirvientas, pero se fueron por ese edicto. La casa no se deshizo sin ellas, así que me preguntó cuán necesarias eran en primer lugar. Aun así, he estado pensando en retirarme y asentarme en el Rike.

Mientras ella mantuviera sus prioridades correctas, le recordó a Renka que no tenía que trabajar más de lo necesario. Le dio una cesta de desayuno. Renka asintió y la llevó a la “torre alta” encaramada en una pequeña elevación. La torre era más alta que grande, con dos plantas de una habitación cada una, coronada por un tercer piso más pequeño que funcionaba como plataforma de observación.

Cuando llegó, Renka entró sin anunciar su presencia, como el anciano le había ordenado. Cruzó el primer piso desierto y subió las escaleras crujientes al segundo. En el segundo piso miró en todas direcciones. La única persona en la habitación era Seihaku, uno de los asistentes de Kakei. Era un pronosticador de Qi.

—Traje el desayuno —dijo Renka.

—Hmm —respondió Seihaku, todavía mirando por la ventana.

Era un joven bajo y robusto. Como funcionario del distrito, sería un inmortal, por lo que las apariencias no decían nada sobre su edad real, aunque parecía tener unos treinta años más o menos.

Sostenía un panel de vidrio largo y estrecho en una mano. Lo levantó ante sus ojos y luego lo bajó. Repitió ese movimiento varias veces. Parecía estar comparando la escena frente a él como se ve a través del cristal y a simple vista.

Renka inclinó la cabeza hacia un lado, preguntándose a sí misma qué estaba tramando. Limpió un espacio en el escritorio y dejó la cesta del desayuno. El segundo piso estaba lleno de variedad de cosas. No pudo ver ninguna evidencia de ningún esfuerzo para arreglar el lugar, o dejar espacio en los escritorios o estantes.

Como resultado, las comidas que le llevaba a Seihaku no incluían vajilla. Los alimentos estaban preparados para ser comidos con una mano.

—Umm, ¿está bien colocar el cesto aquí? —preguntó ella.

No estaba segura de si escuchó la pregunta o no.

—Hmm —fue su única respuesta, mientras continuaba mirando a través del vidrio y bajándolo.

Después de observar esto por un tiempo más, Renka tímidamente preguntó:

—Umm, ¿qué está haciendo?

Seihaku desvió su atención del vidrio y la miró. Como si finalmente tomara nota de su presencia, parpadeó.

—Me disculpo si estoy metiendo la nariz donde no me corresponde.

Parpadeó de nuevo, obviamente buscando en su mente alguna pista sobre su identidad. Renka le había llevado sus comidas tres veces al día durante tres días.

—De ningún modo. Entonces, ¿supongo que eres la nueva asistente?

—No. Una simple sirvienta.

—Ah —Seihaku hizo un gesto hacia la vista fuera de las ventanas—. Estoy averiguando qué tan claro es el aire.

Esa explicación no le despejó las dudas a Renka. Más bien, se sorprendió al darse cuenta de que la chica que le traía las comidas no le había causado la menor impresión.

—No me diga —respondió ella.

Por otra parte, la primera vez que fueron presentados, él respondió mientras miraba por un tubo en su escritorio. Ella se preguntó en ese momento si reconocería su rostro y su nombre. Aparentemente no del todo.

Él es muy extraño, murmuró ella para sí misma y se inclinó.

Seihaku pasaba sus días allí, desde el amanecer hasta la medianoche. Kakei y los otros vivían en el ala principal de la casa solariega. Seihaku regresaba allí solo para dormir. Muchas noches ni siquiera regresaba en absoluto. No había un dormitorio en la “torre alta”. El único mueble que pasaba por una cama era un catre plegable hecho de bambú. A Renka le costaba creer que un funcionario del distrito alguna vez durmiera en tal cosa, pero no veía otro lugar para acostarse.

Realmente es muy extraño, pensó Renka mientras regresaba a la casa solariega.

Caminando a lo largo, vio una figura esbelta en los matorrales a un lado del camino del jardín. Al igual que Seihaku, Shikyou era uno de los asistentes de Kakei, un pronosticador del viento. El opuesto físico de Seihaku, era delgado y alto. A pesar de que parecía un hombre de unos 40 años, a veces parecía más joven, y en otras ocasiones, mayor.

Al igual que Seihaku, Shikyou pasaba poco tiempo en el ala principal de la casa solariega. Aparecía para las comidas y para dormir por la noche. Pasaba la mayor parte de su tiempo afuera. En este momento estaba encorvado en la espesura, buscando algo.

—¡Buenos días! —gritó Renka.

Shikyou alzó la vista como un ciervo asustado y se giró.

—Ah, buenos días —miró hacia la torre alta—. ¡Oh, sí! Acabas de ver a Seihaku —sonrió—. Gracias por todo tu arduo trabajo —salió del matorral con una canasta en la mano.

Suponiendo que hubiera estado recogiendo bayas, Renka preguntó:

—Entonces, ¿qué ha estado haciendo?

Shikyou sonrió y le tendió el cesto que tenía en la mano. Renka miró despreocupadamente adentro y reflexivamente retrocedió. La canasta de mano estaba llena de cáscaras de las cigarras.

—Esas son…

—Genial, ¿verdad? No tardé mucho en reunir todas estas.

Aunque era un hombre educad y alegre, Shikyou no podía ser menos incomprensible que Seihaku.

—Esas son cigarras.

—Cáscaras de cigarras. ¿Qué? ¿Acaso no te importan?

—Bueno, umm. No, en realidad no.

—Ya veo —parecía decepcionado de que ella no lo hiciera.

—¿Qué está haciendo con ellas?

—Las estoy recolectando?

“¿Recolectando para hacer qué?”. Lo miró sin comprender.

—Las he estado coleccionado por un tiempo. Las organizo en un tablero.

—¿Las organizas?

—Sí. En filas ordenadas.

—Ya veo —dijo Renka, no tenía idea de lo que se suponía que debía hacer para organizar las cáscaras de cigarra en un tablero.

—Umm, hablando de eso, antes Seihaku estaba mirando a través de un pedazo de vidrio. ¿A qué va todo eso?

No estaba especialmente curiosa sobre la respuesta. Solo quería hablar de algo más que esas gruesas cáscaras de cigarra.

—Ese pedazo de vidrio —repitió Shikyou, mirando hacia la torre alta. Incluso desde aquí podían distinguir a Seihaku mirando desde el segundo piso—. Ah, debe estar investigando la claridad del aire.

—Claro —murmuró Renka a su vez.

Era lo mismo que le había dicho Seihaku. Y todavía no entendía.

—Ese panel de vidrio posee varias capas de vidrio nublado de diferentes longitudes superpuestas unas sobre otras. Moviéndose desde el borde izquierdo, el vidrio tiene dos capas de espesor, luego tres y así sucesivamente.

Tiene sentido, pensó Renka.

De hecho, eso es lo que ella había observado de cómo estaba hecho el cristal.

Shikyou señaló la alta torre.

—Primero mira a través del cristal al objetivo adherido a la barandilla. Y luego, sin el vidrio en el objetivo en la torre de vigilancia al otro lado del lago. Y luego compara los dos. De esta forma, puede determinar cuántas capas de vidrio coinciden con la claridad del aire.

Asintiendo mientras hablaba, Renka miró al otro lado del lago, donde la atalaya estaba junto al lago. Una tabla redonda se adjuntaba al centro de la pared exterior. Se había preguntado qué estaba haciendo allí. Nunca lo hubiera adivinado.

—Ya veo —reconoció su comprensión, pero le costó trabajo fingir que le importaba. La explicación no despertó mucha más curiosidad en ella—. Muchas gracias —dijo, asintiendo.

No tuvo la impresión de que Shikyou sabía lo que Seihaku estaba haciendo. Habiendo averiguado tanto, ella se fue grácilmente.

  

 

Esa noche, la cena se celebró en el “Salón de las Flores”, un edificio de dos pisos que daba al lago. El balcón que se proyectaba daba al agua. Con las contraventanas abiertas en las cuatro direcciones, el edificio era un lugar agradable para pasar una tarde de verano.

Ella y Choukou encendieron las lámparas y pusieron la comida en una gran mesa del comedor. Por extraño que pareciera, esta noche, Kakei se presentó con sus tres asistentes.

Kakei llegó primero, llevando una pila de libros bajo el brazo. Al observar a Renka ocupada en el trabajo, dijo:

—Parece que te has recuperado muy bien.

—Sí, me siento bastante bien —agregó un “gracias”, pero no estaba segura de lo bien que se había recuperado, y si lo había hecho, o si era algo por lo que estar agradecida, solo que ella no había sufrido físicamente y su trabajo no le causaba ninguna angustia.

—Ya veo —dio Kakei. Se inclinó y estudió su rostro. Tenía la sensación de que podía decirle que su respuesta no era una mentira, pero tampoco era la verdad. Renka conscientemente miró hacia otro lado—. Debes estar sintiendo algo de angustia. Cuando lo hagas, asegúrate de hablar con alguien sobre eso.

—Sí, señor —respondió Renka.

No podía decir si se estaba refiriendo a su trabajo o a algo más.

Tratando de pensar en cómo responder, escuchó el ruido de los pasos que se aproximaban. Suiga, el archivista, había llegado. Suiga era un hombre viejo con una sorprendente cabellera blanca. A pesar de su diminuta estatura y apariencia frágil, el hombre nunca disminuía la velocidad. Era el tercero de los asistentes de Kakei.

Suiga también era raramente visto en el ala principal. La mayor parte del tiempo se escondía en la biblioteca, rodeado de montañas de libros y documentos.

Kakei hacía lo mismo, aunque mientras Kakei podía acomodarse en su escritorio, Suiga estaba constantemente en movimiento, nunca se sentaba, hojeaba papeles y garabateaba notas aquí y allá.

Comía con un libro en una mano. Ya fuera sentado, parado o hablando, nunca lo hacía lo suficientemente rápido.

—Renka, estás de buen ánimo hoy.

Le decía lo mismo todos los días, cada vez que se encontraban. Y nunca se quedaba el tiempo suficiente para que ella respondiera. Hoy no fue una excepción. Antes de que Renka pudiera abrir la boca, había depositado una brazada de libros y documentos en la mesa y había extraído un volumen de la pila. Se apresuró sobre Kakei.

—Justo como pensé. El registro del que hablabas no se encuentra por ningún lado.

—No es posible.

—Estoy diciendo que lo es. Tal vez lo recordaste mal. Agrégalo. Todo se resume a eso.

Continuó castigando a Kakei como si fuera un subordinado, Suiga puso un libro en sus manos[1]. Seihaku y Shikyou entraron, charlando sobre esto y aquello. Seihaku también tenía un fajo de documentos debajo del brazo. Shikyou, por otro lado, llevaba una losa de madera.

Shikyou colocó el tablero en la mesa del comedor. Renka se inclinó hacia adelante para ver mejor, tragó saliva y dio un gran paso atrás.

El tablero era del tamaño de dos libros colocados uno al lado del otro.

Le había puesto las cáscaras de cigarra, sujetándolas con hilo. De hecho, estaban dispuestas en filas ordenadas.

—¡No puedo creer que traigas esa cosa aquí! —exclamó Suiga—. La jovencita está horrorizada.

—¿En serio? —Shikyou parpadeó.

—Por supuesto. Las mujeres tienen un odio natural por los insectos.

—No son insectos. Estas son solo las cáscaras.

—No hay ninguna diferencia. Son la misma cosa. Solo un zoquete colocaría esa cosa al lado de donde se sirve la comida. Y solo un zoquete con piedras en la cabeza haría un gran espectáculo al alinearlas en un pedazo de madera y cosas así.

Mientras castigaba a Shikyou, Suiga se adelantó, levantó el tablero y lo colocó en una silla vacía. Luego se apresuró a regresar junto a Kakei y retomó su conversación de donde se había quedado, sin perder un segundo.

Renka suspiró para sí misma. Suiga no era menos misterioso que el resto de ellos.

—¿Realmente los encuentras tan desagradables? —la expresión desanimada con que Shikyou examinó su tablero fue tal que Renka negó apresuradamente con la cabeza.

—No, en absoluto. Pero, umm, ¿para qué sirven?

—Es para comparar y contrastar. De esta manera, puedo categorizarlos por tipo y clase, organizarlas por tamaño y facilitar una comparación visual de la condición de las cáscaras.

—Ah —Renka asintió—. Entonces los comparas y contrastas. ¿Y luego?

Shikyou la miró sin comprender.

—Las comparo y contrasto. Eso es todo.

Por un momento, Renka lo miró boquiabierta, luego tomó aliento y lo dejó salir. Realmente tenía rocas en su cabeza.

Suiga se sentó y escarbó en la comida durante unos minutos, y luego volvió a estar de pie, charlando con Kakei y Seihaku. Solo mientras mantenía una conversación, Seihaku estaba en compañía de todos. Al comer, seguía escribiendo. Kakei separó su atención entre Suiga y Shikyou, profundizando en los detalles de sus cáscaras de cigarra.

Estoy rodeada de chiflados, pensó Renka.

Sintió un nudo frío en la boca del estómago. Realmente eran un grupo extraño y de otro mundo. El mundo del que vino Renka era tan frío y sin corazón. Su familia asesinada, Meishu ahogada. Y luego la emperatriz que promulgó esas reglas irracionales y las hizo cumplir tan cruelmente recibió su merecido y murió, dejando al reino sin un líder.

El declive y la caía del reino estaban en marcha antes de que la ciudad de Renka fuera atacada. Los adultos en su vida siempre se habían lamentado de que los buenos tiempos hubieran sido cosas del pasado. Ahora con el trono vacío, las cosas iban a empeorar.

¿Qué pensaban estos hombres del mundo fuera de la reserva agrícola?

Si es que acaso lo pensaran en absoluto. No recordaba haberlos escuchado hablar sobre el mundo exterior.

Temas como -el colapso de la sociedad más allá de la reserva, el futuro del reino mismo- ni siquiera ascendían al valor de la cáscara de una cigarra.

Sintiéndose un poco molesta, Renka continuó esperándolo. Terminaron la comida, se sirvieron copas de vino y volvieron a discutir mientras ella despejaba la mesa y los observaba por el rabillo del ojo.

—Mi Dios, ¿no eres una niña molesta pequeña? —dijo Choukou. Estaba en la cocina lavando los platos—. No me digas que tienes la manía de Shikyou también.

—No, no, no —Renka forzó una sonrisa en su rostro—. No estoy preocupada por esas cosas de las cáscaras. Simplemente no entiendo ni una sola palabra de lo que dicen. Se pone agotador.

—¿Lo es ahora?

—¿Qué hacen realmente el señor Kakei y el resto de ellos todo el día?

—¡Oh! Investigan todo tipo de cosas.

—¿Investigan?

—Por supuesto. Los almanaques y los calendarios no se escriben solos. Es un trabajo, ¿sabes? —Choukou lavaba los platos con manos expertas mientras explicaba—: Todos los días, día tras día, observan el clima y los vientos, examinan las condiciones de los animales y las plantas, escriben todo y lo comparan con sus registros históricos.

—¿Hacer todo eso es necesario para hacer un almanaque?

—Naturalmente —Choukou sonrió—. Ah, supongo que tu familia tenía un negocio. Nunca labraron la tierra.

Renka asintió. Sus padres alquilaron su casa y su asignación en la aldea y administraban un negocio en la ciudad.

—Los calendarios son compilados por observadores astronómicos. Los astrónomos imperiales observan específicamente el sol, la luna y las estrellas y calculan la duración de los años, meses y días. El solsticio de invierno y el solsticio de verano y las otras divisiones del año solar se enumeran en el calendario, junto con avisos astrológicos sobre fechas auspiciosas y las poco propicias. Todas estas son determinadas por los astrónomos que observan los cielos y hacen cálculos y predicciones.

—¿También determinan las fechas?

—De hecho, lo hacen. Por ejemplo, los astrónomos determinaron que este año no necesitarían un mes intercalado[2]. El calendario producido como resultado se edita y modifica en cada distrito. Un Guardián del Calendario en cada distrito hace anotaciones adicionales, que se revisan y distribuyen en cada prefectura. Es por eso por lo que los calendarios generalmente son publicados por las prefecturas.

Ahora que lo mencionaban, Renka recordó que los calendarios distribuidos por el consejo municipal estaban inscritos con un sello de prefectura.

—Ah, ahí estás —murmuró Choukou, buscando en un estante en una esquina de la cocina—. Renka, ¿has visto un almanaque estándar?

Renka ladeó la cabeza hacia un lado.

—¿Hay más de un tipo?

—Un viejo como yo está contento de tener el calendario del año que viene al final de este año y terminar con ese.

—Lo mismo con nuestra familia.

—¿Verdad que sí? Pero este es el almanaque de un granjero.

Choukou sacó un libro de un solo volumen. Renka parpadeó. El calendario que sus padres siempre recibían del consejo de la aldea estaba impreso en una sola hoja grande de papel. Las personas mayores en el vecindario a menudo se juntaban para tener en sus manos un panfleto impreso en papel de piel de cebolla. Este era un calendario “anotado”, una parte sustancial del cual estaba dedicado a la astrología y la adivinación.

Pero el almanaque que Choukou le mostró era mucho más grueso. El título en la portada decía:

Almanaque de Sen’in.

—¿Esta es le prefectura de Sen’in?

—Es correcto. Ya estamos en agosto. Mira aquí. La mitad del octavo mes se conoce como el período de maduración.

Renka miró la página donde Choukou señalaba y asintió.

—En otras palabras, este es el momento óptimo del año para esperar que el arroz esté listo para la cosecha, que es todo lo que un hombre como yo necesita saber. Pero mira la letra pequeña.

Renka se inclinó más cerca para ver mejor. Leyó en voz alta los pequeños caracteres en la punta del dedo de Choukou.

—Drenar los arrozales. Gorriones en lugar de verracos. Cosechar a los primeros signos de lluvia.

—Así es. En este punto, los arrozales deberían haberse drenado. Este año, los gorriones son una amenaza mayor para el grano que los verracos. Y cuando las nubes de tormenta amenazan, es probable que haya una larga lluvia, por lo que, si tienes alguna duda, lo mejor es comenzar la cosecha. Tal consejo es el resultado del Guardián y sus asistentes haciendo todas esas investigaciones.

Al observar la reacción de sorpresa de Renka, Choukou continuó:

—El reino es grande, con sus frígidas provincias y sus cálidas regiones. Es por eso que hay Guardianes del Calendario en cada distrito que observan cómo están las cosas en el terreno y luego pronostican cómo será el clima. De ahí estas anotaciones. Las notas hechas por los Guardianes del Distrito se modifican en cada provincia antes de su publicación. Los agricultores dependen de ellas para hacer su trabajo.

Renka hojeó el almanaque que Choukou le había dado. Un sinfín de detalles finos llenaban el almanaque, pequeños ensayos sobre la mejor manera de sembrar semillas, cosechar una cosecha, sobre el mantenimiento de los arrozales y los campos, qué vigilar en el cuidado y mantenimiento de los animales domésticos. Puntos de advertencia sobre el consumo de pescado comestible, cuando prepararse para los desastres naturales y donde se encontraban los peligros reales.

—Los almanaques a los que estamos acostumbrados se extraen de estos volúmenes. Esas son las versiones condensadas o abreviadas. A diferencia de los manuscritos condensados, los almanaques íntegros se revisan una y otra vez. Con nuevas revisiones que se introducen prácticamente de forma estacional, esa información debe estar lista para su publicación con menos frecuencia. Especialmente después de esto, esas revisiones van a aumentar. Los almanaques serán cada vez más importantes, ahora que el trono está vacío.

Renka alzó los ojos sobresaltada. Choukou asintió con gravedad.

—Incluso con la existencia o la ausencia de una emperatriz. Después de esto, los Cielos se volverán inquietos. Las calamidades continuarán. Cuando los agricultores se equivocan, la gente se muere de hambre.

Renka abrazó el almanaque a su pecho.

    —Como ves, el Guardián y sus asistentes realmente tienen un trabajo importante que hacer.[3]


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