LAS ORQUÍDEAS AZULES
PRÓLOGO
Una ligera nevada danzaba a través del
aire nocturno.
Un hombre se
agachó y se apoyó contra un árbol de color gris plateado. El hombre vestía harapos,
una capa marrón raída cubría su cabeza y la apretó alrededor de su cuello,
luego bajó su cabeza para evitar el viento helado. Una olla agrietada y oxidada
yacía a sus pies y en la cual tenía un pequeño fuego en donde había recolectado
algo de leña. El fuego era su única fuente de luz y calor.
Las
ramas colgaban a su alrededor, y su color era gris plateado apagado al igual
que el árbol. Las numerosas ramas no tenían ramitas, ni hojas, las duras líneas
que formaban las ramas que colgaban, se asemejaban a que estuvieran hechas de
plata ahumada. Por lo tanto, las ramas que rodean al hombre parecían los
barrotes de una celda.
El árbol estaba
rodeado por un edificio parcialmente destruido. Su techo casi se había caído, y
no había nada que bloqueara el viento y la nieve porque las paredes fueron
derribadas. No había luz, excepto la del fuego que yacía a sus pies. Y tampoco
había señales de vida.
El pueblo que
rodeaba el edificio estaba casi en las mismas condiciones. Los edificios en el
pueblo estaban casi destruidos y el camino de la aldea estaba bloqueado por un
montón de escombros. Algunas casas sobrevivieron a la destrucción, pero tampoco
tenían señales de vida evidentes, ni luz.
Los muros de contención que rodeaban el pueblo estaban en las mismas
condiciones. En secciones del muro que se habían derrumbado pudo ver la silueta
de las montañas empinadas elevándose hacia el cielo oscuro de la noche.
En medio de la
devastación, la aldea apenas si sobrevivía.
El pequeño pueblo
estaba rodeado por las montañas empinadas, que se encontraban cerca de la
frontera. Las laderas escalonadas, que nunca habían sido adecuadas para la
agricultura, habían sido abandonadas durante mucho tiempo. Liberados de las
manos humanas, los bosques de montaña, una vez bendecidos, se volvieron
salvajes e indomables. Los huertos más cercanos al pueblo se marchitaron cuando
las densas coníferas nativas verdes los expulsaron.
Más arriba en las
laderas, una hilera de árboles marchitos se alzaba como una hilera de
cadáveres. El viento frío corrió por el bosque. Los árboles temblaban y
levantaban sonidos que no se parecían a lo de ningún ser vivo.
Con las ruinas
del pueblo reducidas a los restos de una civilización perdida, en poco tiempo,
estas montañas ya no serían del dominio de los seres humanos. La única luz que
permanecía encendida brillaba a los pies del hombre en los restos destrozados
del Rishi[1].
El hombre se
agachó allí, desplomado contra el árbol en medio de la noche agonizante.
El fuego
chisporroteó, las llamas bailaron. Por un momento, la luz se apoderó de su
atención y la enfocó en las ramas frías y sin vida que se extendían a su
alrededor. Las puntas de las ramas debían ser blancas, pero se estaban poniendo
negras, como si estuvieran acumulando óxido mientras se secaban.
En tiempo
mejores, los aldeanos acudían al riboku para ofrecer oraciones. Excepto
por un puñado de casas intactas y una población de nueve, los aldeanos se
habían ido. El riboku también parecía decidido a deshacerse de sus
extremidades inútiles.
Probablemente era
muy tarde para recuperarse y perecería junto con el pueblo. Pero el hombre hizo
su campamento allí y pacientemente esperó su momento.
No despertó
sospechas indebidas entre los aldeanos restantes. No le prestaron atención.
Empobrecidos y agotados, no tenían curiosidad de sobra para el mundo exterior.
Cuando llegó la noche, se acurrucaron juntos para calmar el hambre y el frío.
Habían agotado el aceite de las lámparas y habían agotado el deseo de juntar
leña para calentar la noche. Como si esperaran una muerte lenta, cerraron sus
ojos vacíos y se durmieron.
Este pueblo no se
hundiría en la ruina solo. Los pueblos y aldeas que salpicaban las carreteras
destruidas morían igualmente. Todo lo que tomaría sería una calamidad más para
destruir la poca vida que quedaba.
No llegará a tanto.
El hombre
realmente quería creer. Y entonces esperó la prueba de su fe. Se cubrió la
cabeza con la capa marrón hecha jirones y volvió su atención al fuego.
El viento silbaba
un réquiem. Los delicados copos bailaban en el aire.


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