CAPÍTULO
12
A la mañana
siguiente, el Shoushikou volvió a la sala principal donde Shuka y el otro yacían
tendidos en el piso. Una vez que las puertas otra vez fueron aseguradas por los
soldados fuera de la sala, el Shoushikou se volvió hacia ellos con los ojos
angustiados.
—Perdónenme por dejar que las cosas llegaran a este punto —dijo en voz
baja. Con su rostro ceniciento, les extendió un documento—. La Taiho será
enviada a Sou.
—Pero… su condición —dijo Shuka.
Angustiado, el Shoushikou sacudió la cabeza.
—En todo caso, él quería de deshacerse de ella debido a su
condición.
—Ah —gimió Shuka.
Así que Shishou ya no podía tolerar la existencia de Sairin.
—Por eso estoy aquí. Ustedes la escoltarán
—dijo el Shoushikou mirando a Seiki—. Solo el número mínimo de sirvientes
podrán acompañarla. Ustedes la acompañarán a Houga[1],
en la frontera Koukyou. Representantes de Sou se reunirán con ustedes allí. Tan
pronto como la Taiho sea entregada al Embajador de Sou, regresarán a Yuunei.
Shuka inclinó su cabeza y Shoushikou asintió.
—Después de su regreso, en cuanto a las leyes de la alta traición,
serán juzgados y condenados. En otras palabras, Su Alteza no espera que
regresen.
Shuka se encontró perdida en las palabras. Fue su compañero desde hace
mucho tiempo, Shishou, mostrándoles compasión.
Lleven a Sairin a Sou y no vuelvan.
Si regresaban, serían procesados y condenados a muerte por traición.
Los ojos de Shuka se llenaron de lágrimas. Shishou todavía tenía
algunos sentimientos albergados en su corazón para ellos. Y, sin embargo,
todavía estaba acusándolos de traición. Que pudiera albergar tales pensamientos
era incluso más doloroso.
Shishou había sido acorralado a sí mismo, a tal punto que no podía
soportar la crítica, no podía admitir sus propios fallos, no podía pedir ayuda
para establecer la Corte Imperial correctamente. Él mismo dudaba de este
supuestos golpe por lo absurdo que era. Mientras creyera que el desprecio y
odio hacia él era la raíz de esta revolución, no podía permitir que ellos
estuvieran una muerte honorable.
Con una mano temblorosa, el Shoushikou le entregó el edicto a Eishuku.
—Por favor, entiendan el estado de ánimo de Su Alteza y no regresen.
Sé que será doloroso dejar Sai y esperar el final de la actual Corte Imperial.
Pero si vuelven, Su Alteza va a terminar cometiendo un pecado mucho más grave.
—Entendido —contestó Eishuku. Agarró la mano del Shoushikou—. Sé cuán
difícil debe ser para ti. Tienes nuestro más sincero agradecimiento.
El Shoushikou inclinó la cabeza.
—Si perdonas la presunción, en nombre de
Su Alteza, rezo por su bienestar permanente.

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