CAPÍTULO
4
Al día siguiente,
el Consejo Privado comenzó con un estado de ánimo sombrío. Los seis ministros
se reunieron en la antecámara de la Corte Imperial. Se sentaron allí en
silencio, sin mirarse a los ojos. A pesar de la imposición de un código de
silencio, las noticias sobre la condición de Sairin eran susurradas. Y las
miradas acusadoras estaban dirigidas a la persona que se había encontrado con
Sairin cara a cara: Shuka.
Eishuku no había vuelto a la residencia ministerial la noche anterior.
Shuka no sabía si esto era debido a las demandas de su trabajo, o porque había
tenido una conferencia con Shishou. Al buscarlo en la antecámara, lo encontró
decaído en una esquina, con la mirada baja. Parecía deprimido.
Sonó el gong, que puso la reunión en orden. Los ministros se alinearon
y solemnemente procedieron de la antecámara al Gaiden. Nadie hablaba mientras
caminaban por el corto corredor. No era una larga caminata hacia el Gaiden,
pero cuando llegaron, la tensión los cubría como una manta.
Entraron al Gaiden, se pusieron en una línea
y se arrodillaron. La tensión alrededor de ellos se sentía como agujas
pinchadas en la piel.
Nadie se atrevió a mirar directamente al trono. El gong sonó en un
tono diferente. Se bajó la cortina de perlas. Todos los ministros se dieron
cuenta que habían estado conteniendo sus respiraciones. Detrás de la cortina
apareció la figura del Rey, el hombre que supuestamente ostentaba la Voluntad
Divina.
El leve crujir de la tela hizo eco alrededor de la habitación,
cortando el silencio como un cuchillo.
El gong sonó otra vez y la cortina se levantó
ante los ministros arrodillados. Shuka no quiso levantar la frente del piso. En
ese momento, nada podría ser más difícil de contemplar que el rostro de
Shishou.
Pero la orden vino del Taisai del Ministerio de los Cielos para que
levantaran sus cabezas y Shuka se encontró mirando directamente al trono. Fijó
su mirada vacilante en el trono azabache y en Shishou sentado sobre él.
La vista la golpeó como un estallido en el pecho. Vestía una chaqueta
de seda negra y amarilla. Estaba sentado en el trono engalanado con
incrustaciones de nácar, contra un biombo cubierto con hojas de oro, Shishou
parecía tan impresionante como siempre. Su físico bien ejercitado, su expresión
inteligente, sus ojos todavía llenos de ambición, brillando con la
majestuosidad de su cargo.
La orden del Taisai fue seguida por tres golpes del gong. Eishuku se
levantó para leer el itinerario de la reunión. Antes de que pudiera comenzar,
Shishou levantó su mano. Miró hacia abajo a los ministros. Luego su profunda y
resonante voz sonó tan clara y nítida como cuando había guiado el Kouto.
—La salud del Taiho otra vez la ha impedido
asistir a la sesión de hoy —dirigiéndose específicamente a los ministros,
dijo—: he oído muchos rumores inquietantes sobre la condición del Taiho. El
Rikkan parece estar atenazado por las suficientes dudas como para llevar a la
Corte Imperial a un punto muerto. Y, sin embargo, como he dicho una y otra vez,
no es necesario que frenemos nuestro ritmo o nos retiremos.
Los ojos de todos los ministros permanecieron
enfocados en Shishou.
—¿Es posible que gobernar un reino deba ser fácil? ¿Creen que
podríamos marchar alegremente hacia adelante sin obstáculos en nuestro camino y
sin incertidumbres que nos frenen?
»¿Si nuestros caminos fueran rectos y parejos, un gobierno podría
perder su Camino? ¿Podría un rey alejarse del Camino? El Camino delante de él
solo se volvería más difícil.
Shishou añadió con fuerza:
—Sin embargo, he visto el Reino como debe
ser. Es la creencia que me propulsó al Shouzan y de acuerdo con el cual recibí
el Mandato del Cielo. Desde entonces, he estado examinado el camino que nos
llevará a ese ideal. Perder de vista ese ideal es tan bueno como despedirse del
Camino. Pero he visto en lo que puede convertirse nuestro Reino y yo voy a
estar sentando las bases que nos llevarán allí. No importa cómo de accidentado
pueda ser, no cabe duda de que vamos en la dirección correcta. Si tienen alguna
duda de la fuerza de mis convicciones, no puede ser porque me haya
confundido en lo más mínimo acerca de nuestros objetivos. Es porque sus
ideales se han tambaleado ante la escarpada y empinada subida que nos espera.
Shuka contuvo el aliento. Sus ideales estaban de hecho en un estado de
flujo. Y eso era debido a la realidad irreconciliable ante ella. Podría golpear
su cabeza contra esa pared y esta no se movería. No podía borrar la pregunta en
su mente: que los ideales que los sostenían habían estado viciados desde el
inicio.
Como si pudiera leer su mente, la mirada de Shishou señaló la primera
fila de los ministros. Una leve sonrisa vino a sus labios.
—No he dudado en lo más mínimo. Lo veo tan claramente como antes, lo
que debería haber estado claro para ustedes todo el tiempo.
Shishou miró la hilera de ministros arrodillados en el Gaiden. Shishou
dijo en voz fuerte, segura de sí mismo.
—No cederemos a la desesperación o a la confusión. ¡Nuestra voluntad
no debe romperse!
Como si fuera golpeado por sus palabras, el Daishikou arrodillado al
lado de Shuka dobló su cuerpo aún más. Las túnicas de los ministros se
arrastraban a su derecha e izquierda, crujiendo como hojas caídas. Solo la
imagen de un profundo desaliento en la cara de Eishuku se deslizó en la visión
de la desconcertada Shuka.
Volvió su cara, suspiró y luego miró sobre su hombro a los ministros.
Sus ojos se encontraron con los de ella. Sutilmente, Eishuku sacudió la cabeza.
Con un gran sentido de tristeza, Shuka bajó la cabeza.
Entonces es eso.
Eishuku debió de haber visitado a Shishou la noche anterior. Habrían
pasado la noche analizando sobre los problemas de Sai y la condición de Sairin.
Su aplastante comprensión fue que el pronunciamiento de Shishou debía ser
producto de la discusión de la noche anterior.
Cualquier duda sobre Shishou o sobre sus ideales, se verían reducidas
a expectativas decepcionantes y falta de fortaleza.
Y, sin embargo, Shuka había visto a
Sairin. Si ella no estaba sufriendo del shitsudou, entonces ¿qué era?
Esta encarnación de la bondad había maldecido a Shuka desde su lecho de
enferma, con una mirada que hablaba más de un corazón lleno de odio.


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