CAPÍTULO
3
El pájaro
súbitamente dejó de hablar, inclinó su cabeza hacia un lado y miró a Rakushun.
Rakushun se dijo a sí mismo:
—Parece que lo estás haciendo bien, Youko.
El pájaro azul curiosamente ladeó su cabeza en la dirección opuesta.
—Te estás acostumbrando a ser una emperatriz.
El pájaro trinó como si contestara. Rakushun rio y tomó una jarra
sobre el librero. Sacó un grano de plata y se lo dio al pájaro.
El pájaro se comió la plata. Rakushun no sabía su nombre. Las aves se
utilizaban para pasar mensajes de ida y vuelta entre los aristócratas.
Generalmente no irían a cualquier lugar cerca de alguien como Rakushun. Un
patrón azul corría por sus alas. Las plumas de su larga cola azul marino
estaban manchadas con blanco. El pico y las patas eran rojas.
El pájaro picoteó el grano de plata con su
pico rojo y cantó otra vez.
Alguien golpeó la puerta. Asustado, el pájaro voló del escritorio y
salió por la ventana.
Antes de que Rakushun pudiera responder, la puerta se abrió. Esas
habitaciones estaban talladas en el flanco de la Montaña Kankyuu y eran los
dormitorios de la universidad.
Las oficinas de la universidad se encontraban allí también. La mayoría
de los estudiantes compartían cuartos con los maestros y el personal.
Meiken[1] -otro estudiante de la universidad- asomó su cabeza por la puerta.
—Hey, Bun Chou[2],
tienes una entrega —entró en la habitación llevando un libro.
—Te lo dije, este asunto del “Maestro” …
—No te preocupes —dijo Meiken, colocando el libro en el escritorio—. Araña
de Almohada[3] me pidió que le llevara esto al Maestro.
Los bigotes grises de la rata se inclinaron un poco y suspiró. Al
observar su expresión, Meiken sonrió. Maestro de la Escritura -era lo
que significaba el apodo de Rakushun-. Un profesor había utilizado esas
palabras para alabarlo debido a un ensayo que había escrito. La palabra corrió
alrededor del campus, y en poco tiempo le quedó ese nombre.
—Solo lo acepté por el espíritu de respeto de la intención. Aunque no
niego que un toque de burlas o de perjuicio se encuentran a veces.
—No puedo decir que lo tome como una ofensa.
—¿Cuál es el problema? Es mucho mejor que Araña de Almohada
—Meiken se echó a reír.
Araña de Almohada era Shintatsu[4].
Pero ningún profesor lo llamaba así. Era un ferviente estudiante que
supuestamente nunca se detuvo para dormir o comer. Un día un amigo en su
habitación vio que una araña había tejido una telaraña en su almohada. Esa
anécdota se convirtió en la base para su nuevo apodo. Generalmente, esa era la
forma en que los nombres se daban en el campus.
El nombre de Meiken -Cacareando Inteligentemente- no se
escribía de la misma manera en que se pronunciaba. Ingresó a la universidad a
la edad de diecinueve años, una hazaña notable. El nombre lo había acompañado
desde entonces. Algo que ver con él siendo un niño inteligente con una gran
cabeza. Meiken probablemente no se conocía a sí mismo realmente.
—Entonces, ¿cuándo quiere que se lo devuelva?
—¡Oh! Dijo que puedes quedártelo —Meikaku tomó un taburete de la
esquina de la habitación y se sentó.
Rakushun le disparó una mirada sorprendida.
—Solo se lo pedí prestado.
—Sí, bueno, dice que ya no lo necesita.
—¿No lo necesita?
—Va a tirar la toalla. No pudo reunir suficientes firmas para
graduarse —añadió Meiken en voz baja—, después de ocho años.
Los estudiantes no se graduaban después de un número fijo de años,
solo lo hacían después que los profesores en su campo de estudio elegido
firmaran literalmente su graduación. Hasta que un estudiante no llenara su
tarjeta, no podía graduarse. No era infrecuente que los estudiantes se quedaran
sin recursos financieros antes de que eso sucediera.
—Araña de Almohada tiene una esposa y un niño.
—Eso es correcto.
Rakushun le dio al libro de texto que Araña de Almohada le
había dado una mirada atribulada. Solo trescientos estudiantes -más o menos- en
todo el reino se ganaban el privilegio de asistir a la Universidad Imperial. Muchos
estudiantes retomaban los exámenes de entrada una y otra vez en sus treinta y
cuarenta. Un buen número de ellos tenía una familia para cuando al fin eran
admitidos y dependían de sus cónyuges para llegar a fin de mes. Sin duda Araña
de Almohada ya escuchaba a la mediana edad llamándolo.
Como no había ninguna edad establecida para la matrícula o la
graduación, los estudiantes podrían estar entre los veinte y los cuarenta.
Meiken tenía veintiséis. Se había matriculado a una edad inusualmente
joven. Pero a pesar de su apodo, su progreso sorprendentemente se detuvo
después de tres años. Dejó de asistir a conferencias. En una muestra de su
talento excepcional -o eso se decía- había recogido seis firmas en su primer
año. Pero en su segundo iban y venían, y luego se redujeron en su tercer año.
Solo había agregado una el año anterior y ninguna al año siguiente. Si pasaba
tres años sin aprobar un curso sería expulsado.
Como Araña de Almohada, muchos estudiantes renunciaban antes
del tercer año. Para el resto del mundo, se veía mejor en su currículum. Un
estudiante podría decir que se quedó corto de fondos y que tenía que pensar en
su familia, que no podía hacer seguir pasando a su esposa e hijos por tales
dificultades. Con su expediente académico hasta la fecha, podría encontrar
trabajo e incluso volver a la escuela en el futuro.
—Entonces, creo que es hora de tomar las cosas en serio —dijo
Rakushun.
Meiken frunció el ceño y miró por la ventana.
—Sí, supongo.
El primer pensamiento de Meiken también había sido ir a toda velocidad
y hacer que algo sucediera. Pero las exigencias de la academia eran tales que
no podía creer ingenuamente que abandonar los simples placeres de dormir y
comer, y zambullirse imprudentemente en sus estudios lograrían el objetivo.
Puede parecer un curso lógico de acción. Después de todo, un
estudiante graduado de la Universidad Imperial tenía garantizado un trabajo en
un Ministerio Imperial.
Pero el próximo año, pensó, esta
rata descubrirá cuán empinada se convertirá la subida.
Volteó el taburete y le dijo a Rakushun:
—Hey, ¿es cierto que nunca asististe a la escuela secundaria?
—Es cierto. A los hanjuu no se les permitía ir más allá de la
escuela primaria en Kou.
—Sí, he oído que Kou es bastante difícil para los hanjuu.
En En, no había tales restricciones para los hanjuu. Cualquier hanjuu
como Rakushun podría tomar los exámenes de ingreso, y si pasaba, podría seguir
para servir en una posición del gobierno. Esto no era así en muchos reinos.
—Y en Kou, ¿los hanjuu tampoco tienen un koseki?
—Bueno, los hanjuu tienen un koseki, pero todo lo que se
registra es tu estatus de hanjuu. Y cuando cumples los veinte,
legalmente no puedes convertirte en un adulto.
—¿Aunque tengas un koseki, no recibirás una asignación?
Rakushun meneó la cola.
—Ni un estipendio. Y no puedes trabajar legalmente.
—¿No puedes trabajar? Tienes que estar bromeando.
—No estoy bromeando —Rakushun respondió encogiéndose de hombros y con
una sonrisa.
La sorpresa de Meiken no era fingida. En En, incluso los refugiados y
personas desplazadas sin koseki podían encontrar empleo. Tendían a ser
los salarios más bajos, a menudo no mucho mejores que los de los sirvientes,
pero no eran excluidos del trabajo.
—Cualquiera que contrate a un hanjuu pagaría un impuesto
equivalente al monto de los salarios pagados. Así que nadie en su sano juicio
contrataría a un hanjuu.
—Entonces, ¿cómo se mantiene un hanjuu en Kou?
—Tienen que depender de sus padres.
—¿Y cuando sus padres mueren?
—Son enviado a orfanatos, aunque como siervos.
—Increíble. Nunca imaginé que hubiese reinos así.
Meiken recordó los rumores que había oído sobre cuan peligroso se
había vuelto Kou, y que había muerto la kirin de Kou. Bueno, no había
manera que dicho régimen pudiera a ver sobrevivido por mucho tiempo.
—Pero ¿al menos asististe a una academia del distrito?
—Normalmente no podíamos pagar algo como eso. A diferencia de En, en
Kou no proporcionan ninguna ayuda financiera para la educación.
—¿Ni siquiera para la Universidad de Prefectura?
—No —dijo la rata.
—Así que, ¿cómo pueden aprender algo?
Meiken estaba verdaderamente sorprendido por esta información. Un
estudiante normalmente iba a la universidad después de graduarse de una
Universidad de Prefectura. Una carta de recomendación del director o algún otro
dignatario con buenas conexiones era requerida. Para ingresar a una Universidad
de Prefectura igualmente se necesitaba una recomendación de una Academia del
Distrito, lo que significaba obtener calificaciones sobresalientes y realmente
destacar en la multitud. Desde que el estudiante comenzaba a asistir a la
Academia del Distrito, asistir a un juku era necesario. Era eso o, como
en el caso de Meiken, contratar a un profesor particular.
—Tuve un profesor por aproximadamente un mes antes de los exámenes.
—No había manera que yo costeara alguno.
El lugar para prepararse para la universidad no estaba en una escuela
pública. El tener las habilidades para una Academia del Distrito, no
significaba que le permitiría ingresar a una Universidad Provincial.
Dependía del estudiante el hacer la diferencia a través de su propio
esfuerzo. En En, al menos, el estudiante que sobresaliera podría conseguir que
cubrieran sus honorarios juku y también había escuelas de preparación
con financiación pública. A menos que pudiera acogerse a estas opciones, un
estudiante que no tenía padres ricos no podría asistir a un juku.
—Tenía libros.
—Libros…
Los libros eran costosos. Un estudiante que no podía permitirse el
lujo de asistir a un juku era poco probable que pudiera darse el lujo de
tener libros.
—Mi padre dejó muchos libros para mí. Y no me importaba cuán difícil
fuera la situación, mi mamá se esforzó para nunca tener que deshacerse de
alguno. Así que cuando llega a mis manos un libro, lo leo una y otra vez, hago
notas y meto su contenido en mi cabeza. Así, aunque tuviera que venderlo, no
importaría.
Rakushun sonrió.
—Sí, mi padre era como un maestro. Murió cuando era pequeño, pero dejó
un montón de manuscritos detrás.
Señaló la parte superior de su escritorio. Meiken se puso de pie y
tomó un vistazo a la pila de libros gastados. Su aspecto rugoso le dio la
impresión de un número de documentos compilados y óleos atados. Sin embargo, la
escritura era exquisita. El texto era sobre los protocolos diplomáticos. Le
pareció que era una colección al azar de pensamientos. Aun así, no solo los
caracteres, sino las frases también fueron diseñadas por expertos.
—Ya veo. Has estado usando esto como modelo. Es por ello por lo que tu
escritura es tan buena.
—No comparada con la de mi papá —dijo Rakushun con una sonrisa—. Este
ha sido un recurso real para mí. Los escritos de mi padre son una cosa de la
que nunca me separaré.
Había cinco volúmenes en la estantería junto a él con el mismo papel y
tapa como la que estaba en su escritorio. Puesto que cada libro era lo
suficientemente grande para incluir siete u ocho volúmenes, los libros
representaban una biblioteca de volúmenes de cuarenta o algo así.
Meiken rápidamente se corrigió a sí mismo. Junto con el libro en el
escritorio, había más de cincuenta. Una lectura rápida le dijo que el texto fue
escrito en un nivel bastante avanzado.
—Esto es realmente genial. ¿Tu padre fue un profesor o algo?
—No. Aunque al parecer cuando era joven, trabajó para el gobierno del
condado.
—¿Qué?
—Tenía algunos libros y nada más que hacer excepto estudiar. En el
mejor de los casos, podría trabajar en mi asignación y cultivar arroz. Pero no
hay casa, ni tierra a la vista. De todos modos, mi mamá vendió todo para pagar
mi educación.
—En serio —le dijo Meiken a la rata que sonreía despreocupada—, debe
ser difícil ser un hanjuu.
—Puede ser solo difícil o no serlo —contestó ligeramente Rakushun.
—Sí, supongo —Meiken se rio, aunque su reacción interna era confusa.
En privado, y de broma lo llamaban Maestro, pero a menudo no
era algo bueno. Para un hanjuu -ver la fría sonrisa que lo acompañaba-.
La razón por la que Rakushun tuvo que pedir prestado el libro era, en
primer lugar, porque la biblioteca estaba reacia a prestarle los textos
necesarios para las clases. Tenía que firmar una declaración jurada en el
sentido de que devolvería el libro prestado de la biblioteca a tiempo y en
buenas condiciones. Algunos estudiantes dijeron que era porque tenían miedo de
que se los comería. O temían que los vendería.
Meiken no podría decirlo con certeza. En cuanto a la primera opción,
era un estúpido fanatismo basado en apariencias exteriores. En cuanto a lo
último, era el tipo de prejuicio que se le atribuía a cualquiera que hubiese
sido arrojado en la misma canasta como refugiado procedente de otros reinos.
Era genial que Araña de Almohada le diera a Rakushun el libro.
Al mismo tiempo, sin embargo, Meiken no podía evitar notar que los únicos que
alguna vez parecían congeniar con Rakushun eran los abandonados como él y Araña
de Almohada. Quienes constantemente llenaban sus tarjetas no invitaban a
Rakushun a sus hermandades. Los profesores no eran necesariamente una excepción
tampoco. Uno en particular había dejado claro que Rakushun solo era bienvenido
a su clase en forma humana.
Salvo que este estudiante hanjuu era un genio. Sobre todo,
cuando se trataba de una ley, el rumor alrededor de campus era que había
sorprendido incluso a sus profesores.
Pero para Meiken, era solo motivo adicional de preocupación. Los
genios más brillantes al principio a menudo eran los que se quemaban más
rápido. Como él mismo. Tan centrado en pasar los exámenes de ingreso, su campo
de visión fue estrecho.
A pesar de haber pasado sobre ese primer gran obstáculo, el alcance
superficial de sus conocimientos se convirtió en escollos. Perdió el impulso
que lo había mantenido hasta el momento, perdió de vista sus objetivos reales.
Los detractores tenían en cuenta todos esos precedentes y esperaban la caída de
Rakushun.
—Apuesto que venir a En fue una decepción —dijo Meiken.
—¿Una decepción? —repitió Rakushun, claramente sorprendido.
—Quiero decir, las cosas aquí no son tan diferentes de Kou.
—¿No son tan diferentes? No había manera de que pudiera asistir a la
universidad en Kou.
—Bueno, sí.
Rakushun sonrió, en sus mejillas peludas se formaron hoyuelos.
—Kou y En no se parecen en nada. Son como el día y la noche.
—¿De verdad?
—Sí.
Y lo decía en serio, supuso Meiken. Rakushun no se andaba con rodeos.
Su cola y bigotes lo delataban todo el tiempo.
—Graduarse de un lugar como este en una sola pieza lleva mucho
trabajo. Tienes un duro camino por delante.
—Ahora estás siendo deprimente.
—Nunca ningún estudiante inscrito como el superior de su clase se ha
graduado.
—Eso es solo un mito antiguo. El profesor Hou dijo lo mismo.
—Ojalá lo fuera —Meiken dejó escapar un gran suspiro. Dijo, gesticulando—:
Oye, ¿así que de eso se trata, de disfrutar de tu libertad desde que dejaste
Kou y viniste a En?
—¿Lo es?
—Siempre estás en esa forma.
—Ah —dijo Rakushun, mirando su cuerpo gris y peludo—. Esto no es
porque vine a En. Siempre he sido así.
—¿Incluso en un reino que discrimina a los hanjuu?
—Sí, pero no hace ninguna diferencia el cómo luzcas. Lo que eres se
registra en tu koseki. Y, además, éramos pobres. No necesito preocuparme
por la ropa cuando estoy así.
—Por supuesto —dijo Meiken con un toque de ironía en su voz—, pero
cuando lo piensas bien, todavía tiene que causarte un montón de problemas. No
estás acostumbrado a tu forma humana y es por eso por lo que estás tan mal en
arquería.
La arquería era considerada un aspecto de ritual y comportamiento,
requerido para cualquier sujeto. El énfasis estaba en el aprendizaje de
conducta y decoro y menos en alcanzar el objetivo. Sin embargo, era necesario
tener ciertos conocimientos para realmente alcanzar un objetivo, y el arquero
tenía que ser capaz de ir a través de todos los movimientos antes de disparar
una flecha.
—Tienes un punto.
—Lo mismo con equitación. Si no dominas tu forma humana lo suficiente
como para disparar una flecha y montar un caballo correctamente, no vas a
llenar nunca tu tarjeta.
—Tienes toda la razón —los bigotes de Rakushun cayeron abatidos—. Debo
confesar que he estado pensando lo mismo.
Ver a Rakushun practicando equitación y
arquería era como mirar una bola rebotando al azar. Meiken dedujo que
simplemente no tenía un buen dominio de su propio cuerpo. Mirando hacia el
taburete en el que estaba sentado, se dio cuenta de que Rakushun era tan bajo
que lo necesitaría incluso para abrir la ventana. Las diferencias entre su
forma humana y la de rata eran lo suficientemente significativas para que no
pudiera vender exactamente la primera como su “verdadera forma”.
—Mientras más lo hagas, mejorarás. Nunca vas a graduarte si no puedes
controlarlo.
—Sí.
—Bien, cabeza en alto y a desmentir el mito.
Meiken sonrió, y también lo hizo Rakushun.
—Tú también, Meiken. Las leyendas dicen que nunca se ha graduado nadie
que se haya matriculado antes de los veinte años.
Meiken cloqueó para sí mismo mientras se levantaba.
—Más mitos. Y otro que vamos a derribar, si tengo algo que decir al
respecto. —Se dirigió a la puerta con ánimo, luego se detuvo y miró hacia atrás
sobre sus hombros—. Esta noche, después de la cena —le dijo, apuntando su dedo
a Rakushun.
—¿Después de la cena? —preguntó Rakushun—. ¿Qué?
—No me mires así. Práctica de arquería, ¿bien? —Meiken rio cuando
salía.
Rakushun iba a detenerlo, pero decidió no hacerlo. Se rascó la cabeza
y dijo:
—No es realmente el momento para que él se preocupe por otras
personas.
Escuchó un chirrido detrás de él. Al darse la vuelta, sus ojos se
encontraron con la mirada del pájaro azul posado en el alféizar de la ventana.
—Sí, supongo que te asustamos.
Otra vez el pájaro voló sobre el escritorio y ladeó su cabeza.
Rakushun tomó otro grano de plata de la jarra y se lo presentó al pájaro. Al
verlo, el ave picoteó en el caro alimento, Rakushun dijo en un tono serio:
—Soy un chico afortunado, gracias a Youko.
Era innegable que Kou era un reino duro para un hanjuu. Cuando
Rakushun llegó a En desde Kou, se sintió como un refugiado dejando un país
devastado atrás, como si hubiera escapado por los pelos. Había escuchado que un
hanjuu podía asistir a la universidad en En, podría encontrar empleo,
incluso podría convertirse en funcionario del gobierno. Conseguir un koseki
como cualquier persona normal, y un hanjuu podría incluso recibir su
asignación y un estipendio. Sería tratado como cualquier otra persona.
Había anhelado ir a En como si fuera una amante.
—Bueno, no es exactamente como el cielo, tampoco.
Cuando vio el lugar con sus propios ojos, vio que había cosas buenas,
malas y todo lo del intermedio.
—Pero hay buenos tipos como Meiken. El solo hecho de haber entrado a
la universidad ha sido una verdadera ganancia para mí. Mi único problema es
poder continuar en ella y graduarme.
Rakushun descansó la barbilla en el escritorio y murmuró:
—Además de pagar la matrícula.
Ahorró dinero anticipando el momento cuando podría ir a En. Pero no
era tanto como para que le durara todo el camino hasta la graduación.
—He optado por hacer todo lo posible este año. Pero cuando este ahorro
comience a afectar mis calificaciones, ahí es donde dibujaré la línea.
¿Se graduaría? ¿Podría seguir viviendo en En hasta que llegara ese
día? Y si se graduaba, ¿entonces qué?
En cualquier caso, en comparación con su vida en Kou, viviendo aquí
era como el día y la noche. Aunque su madre le había dado hasta el último
centavo para su educación, no había nada más que eso para Rakushun.
Mientras permaneció en Kou, todas las vías estaban bloqueadas. No
necesitaba pensar acerca de lo que le depararía el próximo año, y mucho menos
su “futuro”. Esa era la única cosa por la que no tenía que preocuparse.
—Sí, En y Kou realmente son dos mundos diferentes —acarició la
garganta del pájaro azul—. Eres realmente algo.
El pájaro otra vez abrió su pico y esa voz entrañablemente familiar
volvió a llenar la sala. La chica que había llegado a ser Emperatriz de Kei.
Incluso recibiendo sus cartas por este medio, vivía en un mundo aparte del
suyo. Youko fue inscrita en el Registro de los Dioses y no envejecería más allá
de la edad que había tenido cuando se despidieron. Como ciudadano del mundo de
abajo, Rakushun solo envejecería más y más, alejándose de ella.
Youko había ascendido recientemente al trono. Ella no conocía a nadie
en la Corte Imperial y podía confiar solamente en Keiki. La última cosa que
necesitaba era preocuparse por Rakushun. Ella tenía suficientes problemas. El
futuro de Kei y todos sus millones de personas descansaban sobre sus hombros.
—Todo lo que hice fue recogerla de un lado de la carretera.
Tendida como muerta. Apenas algo que nunca podría considerar venerar.
Ninguna persona normal podría haber caminado dejándola de lado. Llevándola a su
casa y ayudándola a recuperar su salud era algo que cualquier podría haber hecho.
Lo que había recibido en compensación, excedía por mucho lo que él
había hecho.
Aunque no hubiera conocido a Youko, habría hecho su camino a En de
alguna manera. Pero no era tan ingenuo como para creer que una persona sin
conexiones podría tallarse un futuro para sí mismo. Gracias a Youko, había
conseguido esos saltos de suerte. Nunca podría contárselo a nadie, pero su
suerte venía desde el mismísimo Rey de En.
El Rey había allanado el camino, haciendo posible que Rakushun tomara
los exámenes de ingreso a la universidad sin graduarse primero de una
Universidad Provincial. Le encontró un lugar para quedarse mientras tanto,
dándole libre acceso a cualquier libro que deseara leer y un tutor que le
ayudara a prepararse para los exámenes. Eso es lo que había hecho posible su
presente existencia.
Pero desde ese punto hacia adelante, formaría su futuro según su
propio esfuerzo. Había dado lo que necesitaba para hacerlo posible. Recordando
el tiempo cuando carecía de todos los medios para hacerlo, podría concluir que
había sido bendecido más allá de la medida.
Rumiando sobre esto, escuchando la voz de
Youko, dijo en voz alta:
—Y en particular… —y le dio al pájaro azul otro grano de plata.
Esa plata también era un regalo del Rey de En. Era lo único que le
había pedido específicamente, ya que nunca podría conseguirla. No había forma
que alguien como él pudiese poner sus manos siquiera en una cuchara de plata
antigua.
El pájaro felizmente lo devoró y trinó. Rakushun extendió la mano y
colocó al pájaro arriba de su cabeza. Cuando el pájaro estaba posado así,
recordaría todo lo que le dijera la persona. Rakushun no sabía si había sido
entrenado de esa manera, o si se comportaba según su instinto.
—Hola, Youko. Suenas como si estuvieras en un buen estado de ánimo.
Su cabello rojo y ojos color esmeralda -eran los únicos accesorios que
Youko siempre había necesitado-. Seguramente ahora, ella estaba vestida con la
seda más fina y adornada con joyas costosas. Pero esa no era la Youko que
Rakushun había dibujado en su mente.
—Estoy haciéndolo bien por mi cuenta…

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