CAPÍTULO
12
Seitaku llenó el
cubo con kashou rojo y salieron del huerto. Un poco más allá pasaron a
través de un estanque con hermosos bancos revestidos de piedra. Aquí y allá,
había unos puentes arqueados sobre el estanque decorados con diseños
geométricos intrincados. Los patios y glorietas que rodeaban el estanque casi
parecían haber sido arrastrados allí como animales pastando en busca de agua.
Seitaku se dirigió a uno de los gazebos y les indicó que se acercaran
con una señal de la mano.
—Taiho, toma asiento. Con esa ropa tan formal debes estar acalorado.
¿Por qué al menos no te quitas la capa superior?
—Umm, está bien. Pero… —miró a Seirai.
Una sonrisa fina vino a los labios de Seirai.
—Bueno, si él insiste.
—Tú también.
—Oh, no hay que preocuparse de un insignificante oficial como yo.
—Pero debe ser desagradable.
—Ah, es verdad, sí, lo es. Pues bien, no hay nada de malo en tomar esa
oferta…
Observando al vacilante Seirai con ojos brillantes, Seitaku lavó sus
manos en el estanque y luego enjuagó el resto de la fruta en el cubo y las
alineó en una mesa de piedra hacia el agua.
—Estoy en un estado terriblemente deplorable, y el Taiho debió tener
muchos problemas al estar vestido para la ocasión. La cuestión es que me
dijeron que se trataba de una visita personal, no oficial.
—Sí, umm, lo siento sobre eso.
Seitaku se echó a reír.
—El Taiho no debe pedir disculpas por nada. Tiendo a ser algo
descuidado sobre tales cosas. No íbamos a hablar de negocios o política, por lo
que pensé que podríamos tratarnos como vecinos y detenernos para tomar un poco
de té. El Taiho seguramente tendrá unas palabras de reprimenda que decirme al
respecto.
—¿Yo?
—No, no —Seitaku dijo con una sonrisa—. Mi Taiho. Es curioso. Desde el
principio, Renrin no me ha dado un momento de paz para que yo sea como soy —se
rio otra vez—. Me entretuve un poco con mi kashou rojo, así que, sin
pensarlo, le dije que te dejara pasar. Por supuesto, debería haber actuado como
Renrin me instruyó y vestir el atuendo más formal y esperarlos en el Gaiden.
—¿Qué hacía cuando llegamos?
—Podando los árboles. Cortando las ramas que no llevan la mejor fruta,
el resto crecerá mucho más grandes.
—Parece que sabe mucho acerca de eso.
—Porque soy un granjero. Es lo que hacen los agricultores.
—¿No es su trabajo ser rey? —dijo Taiki con una voz de sorpresa.
Seitaku reaccionó como si esa pregunta fuera totalmente inesperada.
Inclinó su cabeza hacia un lado.
—Mi deber, tal vez, pero no mi trabajo. Ser rey no pone comida sobre
la mesa después de todo.
Taiki parpadeó, no agarrando la sutileza de la distinción. Seitaku
sonrió.
—¿No dirías que el trabajo de un granjero es el de cultivar y criar
animales?
—Sí, eso creo —Taiki asintió con la cabeza—. Pero ¿cumplir con su
deber no es lo mismo que un trabajo?
—No lo creo así.
—¿Su deber es diferente a su trabajo?
Seitaku sonrió.
—Un trabajo es lo que hago por mi propia elección. Mi deber me fue
otorgado por el Cielo.
Para Taiki eso era desconcertante, sobre todo cuando una voz familiar
sonó en sus oídos. Girando alrededor de él, vio a Seirai parado allí mudamente
y a otra figura pasando detrás de él.
—Sougen —dijo.
Al mismo tiempo, una mujer dijo, con fingida sorpresa en su voz:
—¿En qué estabas pensando para reunirte con el Taiho vestido así? —Su
brillante cabello dorado brillaba como la luz solar—. ¡Y para colmo, en un
lugar como este! ¡No me importa que sea una visita personal, hay límites para
este tipo de cosas!
—Por supuesto, por supuesto. Ella tiene razón, por supuesto.
Discúlpame por mis modales.
—¡Y encima de eso, dejando a sus escoltas en la puerta totalmente
abandonados!
Seitaku se disculpó como un niño rebelde, aunque seguía habiendo aquel
brillo en sus ojos. La mujer debió haberlo notado también. Con una expresión
medio desinteresada, medio divertida, se arrodilló delante de Taiki, por lo que
quedó prácticamente a la altura de sus ojos.
—Debe ser el Taiho de Tai. Me complace darle la bienvenida a Ren. Por
favor, no lo tome como una ofensa.
—¿Es Ren Taiho?
—Sí, estoy muy encantada de conocerte.
—Yo también. Umm, muchas gracias.
—¿Por qué?
—Lady Gyokuyou en Monte Hou me dijo que Ren Taiho le prestó a Sanshi
algo muy valioso cuando ella fue a buscarme.
—Ah —Renrin sonrió—. ¿Te refieres al Gogoukanda[1]?
Su Alteza me dejó prestárselos. Es a él a quien debe darle las gracias. Aunque
creo que Su Alteza debe cambiarse primero.
Haciendo otra expresión divertida, Seitaku murmuró:
—Sí, supongo —anunció—, debo ir a alistarme. Si a todos ustedes no les
importa esperarme aquí…
Riendo alegremente, Seitaku regresó a las habitaciones imperiales.
Taiki y los demás fueron escoltados hacia el Gaiden. Entonces, todos ellos
empezaron desde cero, aunque haciendo todo lo posible por seguir el protocolo
esta vez.


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