CAPÍTULO
7
Bucles de niebla
se arrastraban a través del barranco. Las caras de las crestas rocosas
sobresalían de la bruma. Aquí y allá un arroyo surcaba la montaña por las
laderas de un pequeño pabellón, donde se vaciaba en un profundo charco.
Gekkei se sentó en su escritorio en el estudio y estudió la escena que
aparecía dentro de la caja.
Estaba grabada en una piedra para tinta del tamaño de sus dos manos
juntas. La piedra era un producto famoso del Reino de Shun. Estaba adornada con
líneas de jade y encajada con un moteado de mármol que se asemejaba a las nubes
dispersas. El valle descendía por debajo de los cielos envueltos y el pabellón
miraba sobre las aguas profundas y oscuras del pozo de la piedra para tinta,
donde una luna miraba hacia atrás.
Los patrones moteados como de nubes parecían flotar en el canal de la
piedra para tinta donde el palo de tinta raspaba. En el lado opuesto había
grabado un poema alabando el arte de la caligrafía.
Pero -la piedra en sí misma- se dividía claramente en dos.
Gekkei examinó la fisura que atravesaba la piedra. Todavía podía
recordar el sonido de la piedra rompiéndose, un sonido tan hermoso que fue
doloroso.
La piedra para tinta fue un regalo del Rey de Hou Chuutatsu celebrando
que Gekkei fue nombrado Señor Provincial de Kei. Unos diez años más tarde,
rompió la piedra.
Ya inútil, arruinada incluso como adorno, dejó los fragmentos a un
lado. Era igual que descartarla, no había manera para regresarla a su forma
original.
La destruyó al recibir la noticia de que más de cien “criminales”
habían sido ejecutados a las puertas del castillo. La mayoría de estos
“pecadores” eran culpables de nada más grave que “pereza”, por eludir sus
obligaciones o abandonar sus campos. Sus circunstancias individuales, una
enfermedad en la familia, un amigo en necesidad, nunca fueron tomadas en
cuenta.
Para que el pecado realmente fuera evitado, para que el pecado fuera
realmente despreciado. Se les ordenaba a los ciudadanos de la capital reunirse
a las puertas de la ciudad y lapidar a los pecadores a muerte. Luego, los
cadáveres eran decapitados y sus cuerpos desechados se pudrían en el sol.
Cuando estas noticias llegaron, Gekkei rompió la piedra para tinta por
la ira. El sonido claro y alto de la piedra rompiéndose hizo eco en sus oídos,
se fijó en un camino del que no había retorno.
Nunca lamentó levantar el ejército. De lo que sí se arrepintió fue de
tener que hacerlo, porque no fue capaz de detener a Chuutatsu antes de que la
dinastía comenzara a desmoronarse. Chuutatsu le había confiado a Gekkei esta
alta posición, y había pagado esa deuda con traición. Y se odiaba por ello.
Chuutatsu fue sin lugar a duda el Rey de Hou, y el trono era solo
suyo. Incapaz de evitar que se alejara del Camino, Gekkei se volvió en su
contra y ondeó la bandera de su justa causa, asesinándolo. Llegó a creer que lo
que le había hecho a Chuutatsu sería imperdonable.
No había ningún delito mayor que el regicidio. La piedra para tinta
rota permaneció como un símbolo de este hecho singular. Al igual que la piedra
para tinta, nunca mas podría volver a su propósito y forma original, después de
haber pisoteado la Voluntad Divina, Gekkei nunca podría lavar la sangre en sus
manos.
Podría decir que todo fue por el pueblo y por el reino. Pero cada vez
que miraba la cruel fisura en la piedra para tinta, la realidad de que no era
nada más que una destrucción mezquina e intencional le conducía otra vez al
inicio.
El tenue sonido de pasos interrumpió sus pensamientos.
Shouyou apareció en la puerta.
—Pensé que tal vez me estaba buscando. Había un siervo esperando en mi
residencia cuando regresé de la oficina.
Ingresó en el estudio. Incluso en la luz, pudo ver que todos los
libros personales de Gekkei y otros afectos habían sido amontonados en una
esquina de la habitación. Ya estaba preparándose para marcharse. Ver la
voluntad de Gekkei tan físicamente manifestada fue terriblemente deprimente.
El dueño del estudio se rio suavemente.
—¿Así que viniste hasta aquí? Lo siento por eso.
—No hay problema —Shouyou murmuró para sí mismo. Sus ojos cayeron
sobre el objeto en la mano de Gekkei—. Eso es…
—Sí, el regalo que recibí de Su Alteza.
—Ah —exclamó Shouyou—. Cuando fui nombrado Ministro del Cielo, recibí
una piedra para tinta similar.
—¿Todavía la tienes?
Shouyou reaccionó con una sonrisa atribulada.
—Sí. Intenté tirarla en muchas ocasiones, pero nunca pude hacerlo.
—Igual yo —Gekkei cerró la tapa de la caja y la colocó cuidadosamente
en el estante—. Cada vez que Su Alteza le daba a uno de sus sirvientes un
regalo, siempre era una piedra para tinta, pincel, papel o tinta.
—Sí, eso hacía —concordó Shouyou, sintiendo una extraña punzada de
nostalgia.
La mirada debió demostrarse en su rostro, por lo que Gekkei levantó su
copa de vino.
—¿Qué dices, Shouyou?
—¿Me necesitaba para algo?
—Creo que esto califica —respondió Gekkei, ofreciéndole a Shouyou una
copa.
—Lo acepto. ¿Qué pasó con el General Sei?
—Está descansando. Hablamos durante un buen
rato. Después me rogó que lo dejara retirarse diciéndome que estaba agotado. Se
retiró a su habitación sin cenar. Temo que le dejé mucho en qué pensar.
Shouyou se inclinó hacia adelante. No veía la conexión entre tener
mucho en qué pensar e irse a la cama temprano. Ni podía decir si Gekkei no
estaba prestando ninguna atención a su estado de ánimo o no había notado su
reacción dudosa. Con una cálida expresión en su rostro, Gekkei colocó la copa
de vino en su mano.
—A Su Alteza tampoco le importaban las alabanzas. No tenía ninguna
afición por lujos de ningún tipo. Lo que les daba a sus sirvientes, no sería
oro o joyas.
—Cierto. Aunque una piedra para tinta hecha por un experto fácilmente
cuesta lo mismo que una piedra preciosa fina. —Shouyou sonrió débilmente—. Los
generales de la Guardia del Palacio quedaron desconcertados al recibir piedras
de tinta como regalo. Probablemente porque no tenían idea de su valor real. Y
aun si lo hicieran, la idea de recibir tal objeto como un regalo fue suficiente
para sorprenderlos.
—Sin duda —aceptó Gekkei con una sonrisa. Llenó la copa de Shouyou—.
No solo la piedra para tinta y la tinta, sino pinceles de alta calidad y papel.
Efectos de escritorio era el único lujo que permitió Su Alteza. No se molestaba
con la moda o las extravagancias de la decoración de interiores. Aunque su
esposa al parecer no compartía su naturaleza ascética.
—No, ella no lo hizo —dijo Shouyou asintiendo.
A Chuutatsu le molestaba el derroche y la fastuosidad. La Reina Kaka
hizo un buen espectáculo de vivir la vida simple, pero cuando llegaban sus
efectos personales, solo lo mejor era lo suficientemente bueno para ella. No
hacía nada en medias tintas.
—Parece que Su Alteza no tenía idea de lo que hacía su esposa,
adornándose a sí misma. De lo contrario, yo habría esperado que la criticara al
igual que al resto de nosotros. Pero debido a que sus atavíos no se veían llamativos
y extravagantes, asumió que ella debía ser tan frugal como él.
Gekkei asintió con la cabeza.
—Su Alteza estaba dispuesto a ver lo mejor en las personas.
Shouyou le dio a Gekkei una mirada curiosa. Casi podría decir que
Gekkei sentía nostalgia.
Como si notara la expresión de Shouyou, Gekkei levantó sus ojos y
sonrió.
—¿Sigues odiando a Su Alteza, Shouyou?
El recuerdo de la coronación de Chuutatsu apareció de repente en sus
pensamientos, tan vívida como un golpe en el pecho.
—No puedo decir que odiaba al hombre que fue. Aunque no tengo
remordimientos sobre levantar un ejército y luchar contra él, lamento que
llegara a ser necesario.
—Estoy de acuerdo. A decir verdad, me sigue pareciendo todo un
terrible desperdicio.
—¿A usted también?
—Intenté dejarlo atrás, pero cuando el semblante de Su Alteza se
levanta en mis pensamientos, me resulta difícil de tolerar.
Anhelando lo que Chuutatsu había sido una vez, Shouyou declaró sin
rodeos, que por eso no podía descartar su propia piedra para tinta, sin
embargo, a menudo su ira lo había incitado a hacerlo.
Gekkei respondió con una sonrisa amarga.
—Es extraño. Nunca odié a la Reina como al Rey. Mintió, calumnió y dio
falsos testimonios. Sin embargo, era irredimible. Cuando se trataba de malas
intenciones, ella era muchas veces su superior. Pero nunca todas sus intrigas
despertaban en mí la ira de la crueldad de Su Alteza.
—¿De veras? También consideré que ella no tenía remedio. Fue ella
quien lo incitó. Eso hizo que mi sangre hirviera.
»Honestamente, pensé que fue suave al simplemente exiliar a la
Princesa Real a la Provincia de Kyou. Habría estado de acuerdo que fuera
aislada como estaba dentro de las viviendas imperiales, ninguno de los pecados
de su padre podría colocarse directamente a sus pies. Pero sus crímenes de
omisión me parecían igual de graves. Aunque eso fue probablemente más mi
temperamento sacando lo mejor de mí, preguntándome por qué ella no había hecho
nada para hacerle ver la luz.
—Tu temperamento…
—Eso es lo que me parece ahora. Sí, quería hacer que Su Alteza viera
la luz. Quería que fuera un buen rey. Pero siguió hundiéndose más profundamente
en el fango. Yo quería detenerlo y no podía. Al decirle que las sanciones eran
demasiado severas y que la cacería de brujas era demasiado excesiva, él interpretaría
eso como que no quería que nadie fuera castigado por nada. Y lo consideraría
una molestia.
—Él me dijo lo mismo.
Shouyou asintió con la cabeza. Toda la nostalgia de hace unos minutos
se evaporó, dejando un agujero en su corazón.
—Y si un hombre valiente, su sirviente favorito, dijera tales cosas,
entonces cuanto más degenerados debían ser sus súbditos -eso fue lo que dijo
cuando apretó con más fuerza los tornillos-. Cada amonestación fue tomada como
un indicativo de que los asuntos del Estado estaban empeorando. Más allá de ese
punto, no me atreví a convencerlo. Todo lo que podía hacer era esperar que
alguien hiciera lo que yo no pude.
—Y de ahí tu enojo. La Reina y la Princesa Real se negaron a
levantarse en ese momento.
—Eso sería todo —dijo Shouyou asintiendo—. Temo que la amarga verdad
era que, aunque hubiera discutido con él, no habría cedido ni un centímetro.
Era posible que los más cercanos le hubieran suscitado un resultado aún peor.
Sin duda es como las cosas salieron con el Taiho. Entre más discutía el Taiho
con Su Alteza, más severas se volvieron las leyes. Ni el shitsudou lo
disuadió del curso que trazó para sí mismo.
—Desgraciadamente no.
—Comprendí que estaba en la raíz de esos sentimientos. Pero yo todavía
despreciaba a la Reina y a la Princesa Real. No era difícil hacerlo. No había
mayor dolor que odiar a Su Alteza, esa sensación de asco me hacía preguntarme
por qué me había arrinconado. Si solo pudiera mostrarle a la gente un poco de
piedad, creía que todos esos sentimientos se evaporarían. Más aversión solo
traía más dolor, y ese dolor se convirtió en más odio. Sí, comparado con eso,
lo que sentía por la Reina y la Princesa Real era una mera insignificancia.
—Absolutamente.
Había ecos de dolor en la voz de Gekkei, un tono de voz que le dijo a
Shouyou por qué se negó tan rotundamente a tomar las riendas de la autoridad
real.
—Todo esto tiene que haber sido bastante difícil para usted.
La necesidad de matar a Chuutatsu. Y la necesidad de vivir con eso
después. No podía simplemente acumular una deslealtad tras otra además de eso.
—Estoy empezando a entender de dónde ha venido. Aun así, le pido que entienda de dónde venimos también. Fue la única persona que pudo haberlo detenido. Para los ministros y la gente, es la persona que detuvo el sufrimiento insoportable y nos salvó a todos.
»Cuando anunció que se retiraba a la provincia de Kei, ellos no
pudieron evitar enfurecerse por el dolor.
Gekkei tomó un respiro y lo dejó salir. Miró a Shouyou. Shouyou continuó:
—Así que le estoy pidiendo que no nos haga pasar por todo esto otra
vez. —Shouyou se levantó, tomó las dos cartas de su bolsillo y las sostuvo ante
él.
—Tome.
—Shouyou…
—El General Sei me pidió que se las pasara. Realmente pienso que
debería leerlas. Yo no soy la persona a la que estaban destinadas. Le
pertenecen. Por favor.
Puso las cartas sobre la mesa al lado de
la caja de la piedra para tinta. Luego se inclinó y dejó el estudio, dejando a
Gekkei solo con sus pensamientos.

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