Shushou caminaba junto a
Gankyuu mientras éste avanzaba silencioso. A diferencia de Gankyuu, Shushou era
ligera de pies. El camino antes del amanecer era frío y estaba cubierto de
escarcha, al paso de un niño el viaje era largo. Lo que era peor, había
cubierto el viaje de tres días desde la ciudad portuaria en la mitad de tiempo
y el descanso de una sola noche no había sido suficiente para aliviar la
fatiga, pero Shushou no se quejó.
Realmente
se había preocupado por llegar a las puertas antes del equinoccio de primavera,
pero no solo había llegado la noche antes, sino que además había conseguido un
guía. Shushou sabía que había guías profesionales que acompañaban a la gente en
el Shouzan, muy necesarios cuando te adentrabas en el Mar Amarillo. Por
desgracia, a pesar de llegar a tiempo, el robo de Hakuto no la había dejado con
tiempo suficiente para contratar a un guía adecuado. La buena suerte que había
tenido al encontrarlo la había llevado a creer que no importara lo que
ocurriera después, todo iría bien.
En ese
momento, la curiosidad superaba cualquier sentimiento de ansiedad. En la base
de la muralla Gankyuu se dirigió al sur, a pesar de que las avenidas no eran
tan grandes como las de Renshou, no había nada en donde las calles se cruzaban.
En las intersecciones de Renshou simplemente había un cuadrado de tierra desde
donde extendían las calles en las cuatro direcciones. Sin embargo, en esta
ciudad, las intersecciones eran dominadas por estructuras más anchas que las
carreteras. Algunas estaban hechas de piedra y protegidas por todos los lados
por puertas de hierro. Las paredes de la muralla y terraplenes sobresalían aquí
y allá. Los almacenes y tiendas que bordean las calles estaban equipados con
puertas y rejas resistentes.
Llevados por
la marea humana hacia el sureste, Shushou inspeccionó a su alrededor con los
ojos curiosos. Al cabo de un rato llegaron a una única puerta.
—Quién
podría imaginar que hubiera una puerta en un lugar como este —dijo Shushou,
levantando la voz.
El camino
que rodeaba la ciudad dentro de las murallas huecas desembocaba en la gran
plaza ante la puerta. Ríos de gente se derramaba en la plaza, y se recogían
como en el estanque de una esclusa. Frente a ellos, las torres de vigilancia de
la enorme pueta ahorquillada se elevaban hacia el cielo.
Shushou
volvió la vista hacia Gankyuu.
—¿Esta es
la sureste?
Gankyuu
dejó escapar un largo suspiro.
—Así es.
Él inclinó
la cabeza hacia atrás para disfrutar de las cinco pagodas legendarias. En todas
las capitales de prefectura y fortalezas había doce puertas que daban a los
doce puntos cardinales, según la costumbre. La ciudad de Ken no tenía una
puerta del dragón en el norte o una puerta de la serpiente en el sureste. En su
lugar, como si la esquina sureste hubiera sido cercenada limpiamente, había
sido colocada una gran puerta que separaba el acceso a las montañas.
—La Puerta
de Chi, de la Tierra.
Las
montañas que asomaban parecían inclinarse hacia la puerta. Más allá de los
estratos en capas, los agudos picos resaltaban contra el cielo antes del
amanecer, un gran muro negro bloqueaba el camino. Las cumbres se extendían a
izquierda y derecha como los afilados dientes de una sierra de leñador,
fundiéndose en la distancia diluyéndose en el aire gris de la mañana. Las
Montañas Kongou, con sus picos altísimos y afilados, solo tenían un camino para
atravesarlas. Esta era una de las cuatro rutas del Mar Amarillo.
Debido a
que daba al Mar Amarillo, esta puerta era más alta y resistente que cualquiera
de las otras puertas de la ciudad. Una vez al año, el Portón de la Fuerza se
abría y se decía que las bestias mágicas que tenían sus hogares en el Mar
Amarillo la desbordaban periódicamente, o, mejor dicho, lo hicieron una vez.
Estos eran vestigios de esa época.
Los bordes
exteriores del Mar Amarillo y la Puerta de la Tierra habían visto la
construcción de torres altas y robustas, pasaron más siglos antes de que una
fortaleza resistente fuera construida en el Mar Amarillo. Los youma ya
no se escaparon y dejaron allí la puerta en toda su majestuosidad absurda.
—Una puerta
impresionante —susurró Shushou con asombro.
—Sabes que
todavía no es demasiado tarde para reconsiderarlo. Echa un vistazo a las
preparaciones, van hasta estos extremos para abrir la puerta una vez al año por
un único día. Todos los edificios de esta ciudad están hechos de piedra, todos
los patios están cubiertos. Eso es debido a los youma.
Ni un solo
patio estaba a cielo abierto, el tinte azul de los amplios techos venía de las
placas de bronce colocados en las baldosas. Las ventanas eran pequeñas y muchas
estaban cubiertas con rejas. Las puertas no eran mucho más grandes e
invariablemente estaban reforzadas con bandas de hierro. Las vías estaban
salpicadas de refugios, al igual que de bastiones en paredes y murallas, que
proporcionaban refugio cuando aparecía un youma. Había diez veces más de
torres de vigilancia que en una ciudad normal, equipadas con alarmas para
advertir de un ataque inminente. La protección contra los youma aquí era
una parte natural de la vida diaria.
Shushou
respondió a la sugerencia de Gankyuu con una sonrisa despreocupada.
—Sí, la
vida aquí sería difícil. Pero no estoy preocupada.
—¿De dónde
viene esa confianza que tienes? —preguntó asombrado Gankyuu.
Shushou
contestó sin pensarlo dos veces:
—Porque
tengo la protección divina de Tentei, el Señor de los Cielos.
—Por
supuesto que sí —dijo Gankyuu con cansancio.
Tiró de las
riendas del haku. Apelotonados frente a la puerta la multitud se detuvo,
como un ejército esperando a que bajaran el puente levadizo, de modo que
pudieran pasar a través. Hogueras ardían brillantes en los puestos de
vigilancia, había soldados por todas partes.
La plaza
estaba llena de gente a pesar de ello, finalmente el estado de ánimo se impuso
y cayó el silencio. Solo un ruido bajo y susurrante acechaba, incluso el frío
amanecer parecía tenso, como anticipándose.
—Hay tanto
silencio.
—Eso es normal.
Porque después de esto, solo está el Mar Amarillo. Todo el mundo sabe que una
vez que se aventura dentro, no hay ninguna vuelta atrás hasta el solsticio de
verano.
—Así es —murmuró
Shushou.
Gankyuu la
insto a avanzar, abriéndose paso entre la multitud. En el extremo sur de la
plaza, al lado de la puerta, había un santuario, humo púrpura flotaba en el
aire gris sombrío, las personas se agolpaban alrededor. Shushou nunca había
visto un santuario así en Renshou.
La plaza no
estaría allí si la puerta no existiera, el templo parecía casi un apéndice de
la muralla, más ancho que alto y lleno de docenas de velas votivas.
Gankyuu se
situó frente al santuario, juntó las manos y oró. Shushou no podía dejar de
mirarlo boquiabierta, escudriñándolo. No había ninguno de los grandes dioses
consagrados allí, solo había una única estatua. No podía distinguirla entre las
sombras, solo podía ver que llevaba una armadura. Tenía una especie de toga
colgada del hombro y le recordaba a la estatua de un guardián feroz que había
visto una vez en un templo. Mientras estaba allí mirándolo, Gankyuu la obligó a
inclinar la cabeza hacia abajo en una reverencia.
—¡Oye!
—Se cortés
y haz tus oraciones. Estamos a punto de entrar en un mundo al que los seres
humanos no perteneces.
En el Mar
Amarillo, más allá de la Puerta de la Tierra, no se aplicaban las reglas y
razones de los hombres. Lo único que podían hacer era pedir a los dioses como
este guardián que velara por ellos.
Al lado del
altar había un cubo lleno de agua en el que hacer de ramas de durazno habían
sido puestas en remojo. Gankyuu sacó una y roció agua sobre sí mismo, a
Shushou, al haku y a continuación, la metió en la silla de montar.
La pared de
roca al lado del cubo estaba cubierta de pequeños talismanes de madera que colgaban
de las grietas, Gankyuu puso uno alrededor del cuello de Shushou.
—¿Qué es
esto?
—Quizá
pienses que no lo necesites, pero te lo daré por si acaso.
Shushou
recogió la pieza del tamaño de una tarjeta de madera y la examinó.
—¿Un
amuleto?
—Un
talismán Kenrou Shinkun. Protege a las personas que viajan por el Mar Amarillo.
Gankyuu
seleccionó dos piezas más de la desgastada madera para sí mismo y para el haku.
La tinta negra se había desvanecido y estaba gastada. Los viajeros que
regresaban de forma segura desde el Mar Amarillo expresaban su agradecimiento
al dejar el talismán ahí, un viejo talismán era uno que había protegido a su
portador por largo tiempo. Las manos experimentadas siempre preferían los
viejos a los nuevos.
Shushou
miró hacia el santuario que dejaban atrás.
—¿Esa
estatua se supone que es Kenrou Shinkun? Nunca escuché de él.
—No seas
grosera. Él es la única persona en quien puedes confiar absolutamente en el Mar
Amarillo.
—¿Pero no
hay muchos otros dioses?
—El Mar
Amarillo es un lugar abandonado incluso por los dioses, la única persona que va
a venir a salvarte es Shinkun.
—Ya veo —dijo
Shushou.
El silencio
se extendió por la plaza seguido por el bajo sonido de un tambor. La puerta de
la Tierra estaba a punto de abrirse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario