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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

jueves, 23 de febrero de 2023

Mil Millas de Viento, el Cielo del Amanecer - Capítulo 50

 

CAPÍTULO 50

 

 

 

—Este es Meikaku.

El conductor dejó a Shoukei a la puerta de la ciudad. Ella miró la muralla con sorpresa. El estado irregular de las paredes solo fue un shock.

—Es una ciudad extraña —dijo ella al conductor.

Él se rio con desdén.

—Eso es lo que dice todo el mundo.

—Pensé que las paredes de la ciudad debían de correr en línea recta.

—Sí —dijo el joven, mirando las paredes.

Los muros de una ciudad tan grande como una capital de una provincia eran normalmente amplios para poner centinelas a lo largo de la parte superior. Las almenas de las murallas servían para ocultar a los arqueros apostados detrás de los parapetos. Aquí y allá, unas estructuras llamadas bastiones –“Rostro de Caballo”- sobresalían de las paredes. Los bastiones eran construidos en diferentes formas y tamaños, pero por alguna razón en particular eran en general rectangulares y alguna forma fija.[1]

Pero ahí, en Meikaku, regularmente eran difíciles de encontrar. La pared que corría a lo largo, su altura era impresionante y de repente caía tan baja que se podía ver la pared de enfrente. Algunos bastiones estaban unidos por la pared apenas lo suficientemente ancho como para caminar. Estas ondulaciones estructurales continuaban como garabatos de un niño ignorante.

Shoukei miró por encima del hombro al joven conductor. De nuevo se echó a reír con sarcasmo.

—Las posadas solo se encuentran en Hokkaku o Toukaku. Originalmente las posadas estaban en un montón de almacenes fuera de la Puerta Jabalí. Ellos construyeron un gran muro alrededor suyo y cada año se hacía más grande. Es una especie de lío, ¿eh? Es incluso peor en el interior, porque los viejos muros quedaron en su lugar. Trata de no perderte.

—Gracias —dijo Shoukei.

El conductor observó la muralla de la ciudad con una expresión perpleja y luego regresó a su carro. Shoukei se asomó a la puerta principal. Un gran túnel fue excavado en la pared. Las puertas estaban adornadas con nada más que un par de aspectos corrientes en la puerta. La placa sobre la puerta simplemente decía: “Meikaku”.

Al igual como el conductor lo había dicho, una pila de piedras en bruto del muro obstruía el camino. En la base de la pared, lonas se extendían sobre revoltijos de tablones de madera para formar una ciudad de carpas repletas de chozas y cobertizos apenas lo suficientemente grande para acostarse. La marea desbordante de gente, sus rostros sombríos y harapientos, fluía hasta las puertas. Los refugiados habían construido una aldea en los terrenos baldíos. Pero parecía que una fuerte ráfaga de viento barrió todo lejos.

Cuando entró en la propia ciudad, su estado decrépito se hizo más evidente. Se preguntaba cómo muchos trabajadores se habían puesto al servicio de la dura construcción de esos muros inútiles, serpenteándolos. Algunos eran tan anchos y estrechos que parecían haber sido arrojados ahí como basura y otros eran increíblemente altos y gruesos.

Las calles en zigzag a través de la caótica ciudad, terminaba en un callejón sin salida. Shoukei nunca había visto un lugar tan confuso. Las construcciones no tenían motivo. Carros de caballos al azar bloqueaban el flujo del tráfico. Una multitud de refugiados solo tiraban todo en un completo caos.

—¿Qué pasa con esta ciudad? —se dijo en voz baja Shoukei.

Se dio cuenta que la gente lanzaba una mirada aprensiva en una dirección en particular. Algunos de ellos pasaron por ella con cara apenada, encabezando por un camino que al parecer corría hacia el centro de la ciudad. Un hombre caminó hacia delante con una expresión dura en el rostro. Otro hombre se volvió contra el flujo de personas, buscando con temor sobre sus hombros mientras se dirigía en dirección opuesta a un ritmo acelerado.

¿Qué está pasando?, se preguntó.

Shoukei fue en la misma dirección, estirando el cuello para ver. Se dio la vuelta en una esquina. La gente que se movía en esa dirección se había multiplicado en forma inesperada. En poco tiempo, la marea creciente humana hizo que retroceder sea imposible.

—Es mejor que te detengas.

El repentino sonido de la voz de alguien llamando a su vez hizo que Shoukei retrocediera, aun cuando la marea humana la arrastraba hacia delante. Desde dentro de la multitud, un anciano se volvió hacia ella y levantó la mano.

—Es mejor que no vayas. Vas a ver algo que no querrás ver.

—¿Qué? —quiso preguntar ella, observando lo que la rodeaba, pero el río de gente la llevaba con ellos. Antes de que se dieran cuenta, había llegado a la avenida principal de la ciudad.

Ese era el centro de la ciudad. Más de un bulevar se aproximaba a la plaza. Las calles se abrían de repente hasta una plaza rodeada por paredes que se desmoronaban. Los soldados estaban colocados alrededor de una circunferencia. En el centro, había una seria de personas atadas entre sí.

Lo que no quería ver.

Las personas que desfilaban en el centro de la plaza estaban aseguradas con cuerdas alrededor de sus cinturas. Mirando a los hombres musculosos asegurar la cuerda, Shoukei se dio cuenta de lo que iba a suceder. Los postes de madera gruesas dispuestos en el suelo solo reafirmaba esta convicción.

Una crucifixión. Esas personas iban a ser clavadas con estacas. ¿Hay otros lugares además de Hou que exigen este castigo?

Rakushun le había dicho que no había reino con pena de muerte. Sin embargo, la decapitación era el método habitual. Una sentencia particularmente severa podría conllevar a la siembra de cabezas cortadas en una pica. Los métodos más crueles de ejecución ya no se llevaban a cabo en cualquier otro lugar, o eso es lo que muy bien le había dicho el hanjuu.

—No querrás ver esto.

Alguien la cubrió. Cuando se dio la vuelta, era un pequeño hombre de mediana edad con una mirada cansada en el rostro.

—Este no es lugar para una chica como tú. Debes irte.

—¿Por qué hacen esto?

El hombre negó con la cabeza.

—Lo peor que se puede hacer en la provincia de Wa es dejar de pagar los impuestos o huir del trabajo. Sea uno u otro, la mayoría de ellos.

—Pero… la crucifixión…

—Lo sé, es una noticia para la mayoría de los viajeros. Nadie quiere difundir una mala noticia, por eso. Y se van de la provincia de Wa sin hacer mal, al no ver el mal. Venir aquí, es otra historia.

—Pero esto…

La voz de Shoukei fue ahogada por un grito, entremezclados con el sonido del mazo de piedra golpeando un clavo. Sin pensar se volvió y vio la forma retorciéndose de un hombre, tenía una mano clavada en la madera.

—Paren…

De nuevo, el sonido pesado. Shoukei reflexivamente retrocedió y cerró los ojos. Solía suceder todo el tiempo en Hou. Ningún otro que mi padre había enviado despiadadamente tanta gente al mismo castigo.

En un instante, la memoria y el miedo de casi ser descuartizada le atravesó los pensamientos. Las voces vengativas y los gritos de odio del pueblo la atravesaron en la plaza frente del rishi. La amargura de la cara de Gobo de cómo levantaba la caña para golpearla.

Otro grito. Gemidos surgían de la multitud que rodeaba la plaza. El creciente clamor afortunadamente extinguió el sonido del mazo cayendo. Incapaz de soportarlo más, Shoukei retrocedió un paso. Su talón golpeó una piedra y casi perdió el equilibrio.

Una piedra.

Una piedra del tamaño de un puño. Piedras similares estaban esparcidas por la plaza, probablemente de paredes desmoronadas.

Los gritos hacían eco contra las paredes.

El hijo de Gobo había sido ejecutado por lanzar una piedra como esa. ¿Cómo podrían no pagar los impuestos o forzar a trabajar hacer eso? Tales crímenes no eran proporcionales a tan extremo dolor que podría reducir a un hombre a tales lamentos.

—¡Alto!

Shoukei agarró la piedra a sus pies. ¿Por qué no había nadie que lo parara? ¿Qué clase de personas eran aquellas? Antes de que su mente fuera capaz de arreglarlo, su brazo había actuado. Tiró la piedra sobre la pared de gente. Voló sin mucha fuerza, golpeando a uno de los soldados y haciendo retroceder a la multitud. La piedra cayó al suelo negro y rodó varios pasos.

La multitud guardó un silencio sepulcral.

—¿Quién arrojó eso? —preguntó una voz con autoridad.

Shoukei dio un paso atrás de donde estaba.

—¡Quien tiró la piedra que se presente!

Los ojos de la gente le cayeron encima. Mostrando angustia en sus rostros, en cuanto si debían responder o no.

—¡Arrástrenla aquí!

En respuesta a la orden, el muro de gente delante de ella se rompió. Como Shoukei retrocedió a su vez, alguien la agarró de la muñeca. Shoukei sacudió su brazo como un látigo y se liberó. Ella giró sobre sus talones y arañó en su camino a través de la multitud. Una vez más, alguien la agarró de nuevo, con dureza, tirando de ella.

—Por aquí.

Shoukei cayó de rodillas. Ella alzó los ojos. Era una chica de su misma edad. Un momento después, su mirada se posó en el largo abrigo que la chica llevaba y pensó: No, es un hombre joven.

—Por aquí. Rápido.

La chica habló con fuerza. No había tiempo para pensar. Arrastró a Shoukei a lo largo, obligando su paso entre la multitud. Después de muchos pasos, arrastrándose la mayor parte del tiempo, fue obligada a salir de nuevo entre sus pies. Al terminar el muro de personas, por fin vio la luz del día.

—¡¿Dónde estás?! ¡Muéstrate!

Mirando brevemente en el sentido de donde venían las voces airadas, las dos salieron de la plaza.

  

 

Escapando de la ola de multitud, Shoukei se dejó arrastrar mientras corría. Encañonadas a través de las laberínticas calles, llegaron a las afuera de la ciudad, cerca de las murallas. A través de una fisura en la pared, cayeron fuera de la ciudad.

—Salté antes de mirar —exclamó Shoukei. La chica, al fin, le soltó el brazo. Shoukei le dio una buena mirada, sus ojos vivos junto con su cabello escarlata. Era sin duda una mujer. Shoukei le dijo—: Gracias.

Detrás de ellas, en la ciudad, las voces enojadas sonaban.

—Entiendo lo que sientes —dijo la muchacha—. Yo tiendo a actuar antes de pensar también.

—Es como si no lo pudiera evitar.

Marcada a lo largo detrás de la chica, Shoukei miró por encima de su hombro. Por duro que fuera para ella creer, se preguntó si ella había causado un dolor innecesario a la gente a su alrededor. Se preguntó cómo les habría ido a los prisioneros. La chica la miró, como si leyera sus pensamientos.

—Estoy bien —dijo Shoukei en voz extrañamente confiada y asintiendo con la cabeza sin ninguna razón en particular.

Al mismo tiempo, a cierta distancia a su lado, se escuchó un grito estridente.

—¡Ahí está!

Diez o más soldados volvieron a la esquina de la muralla. Shoukei se congeló. La chica se plantó delante de ella.

—Vete —le dijo—. ¡Vete de aquí!

—Pero…

—No te preocupes por mí —dijo con una sonrisa atrevida. Ella puso su mano derecha en la cintura y hábilmente sacó una espada.

Mirándola con los ojos desorbitados, Shoukei no tuvo tiempo de preguntar. ¿Sabes cómo usar eso? La chica la empujó de su camino. Ella dudó y de nuevo volvió a mirar a la muchacha, que de nuevo le dijo con fuerza que se vaya.

—¿Vas a estar bien?

—No te preocupes.

Shoukei asintió con la cabeza. Estaría a la intemperie, atravesando el campo abierto. Así que siguió por el tejido de murallas ondulantes y pronto desapareció de la vista.

Cuando se volvió al último rincón, miró hacia atrás y vio a la chica de pelo rojo, con la espada en la mano, prácticamente volando sobre el campo. Estaba actuando como señuelo. Shoukei vio a un soldado sostener el brazo y apuntar hacia la chica. La mayoría de los soldados cargaron en el campo.

Gracias, dijo en su corazón y comenzó a correr en serio, en busca de un lugar para esconderse. El muro de ahí era demasiado alto como para escalar. Tal vez habría algún agujero en la pared en alguna parte.

Se volvió en otra esquina, cuando una voz por encima de ella dijo:

—¡Hey!

Pensando que era uno de sus perseguidores, ella se agachó. Pero entonces, levantando la vista, vio a un hombre alto en los parapetos extendiendo su mano hacia ella. Ahí en el muro era lo suficientemente bajo para llegar hasta ella.

—Aquí, toma mi mano.

Shoukei dudó un instante, miró hacia atrás. Podía oír los sonidos de los pasos que se acercaban a la esquina de la pared de la vuelta.

—¡Date prisa!

Shoukei agarró la mano. El hombre tendría veinticinco o veintiséis. Una fuerza impropia para su pequeño tamaño. Tiró de Shoukei hasta la parte superior de la pared con una velocidad notable.

Tres soldados aparecieron en la esquina de la muralla.

—¡Alto!


Se tragó el dolor de su hombro prácticamente dislocado, pateó la pared con los pies y se arrastró hasta el camino de la pared. La mano de un soldado le alcanzó un pie y se perdió, arañando el tobillo. La mano de su salvador la siguió sujetando, mientas se desplomaba sobre la pasarela.

Ella cayó de manos y rodillas, jadeando. Detrás de ella, un soldado subió al pie de la pared. El hombre, casi de manera casual, dio una patada que envió al soldado hacia atrás. El soldado gritó de enojo. Apareció después, sosteniendo una lanza por encima de su cabeza.

—¡Corre!

El hombre agarró la lanza y tiró. Surgió un tira y afloja, terminando segundo más tarde con el soldado perdiendo la batalla y con la misma rapidez encontrando la empuñadura de la lanza que le golpeó la garganta.

—¡Salta! —fue la orden siguiente del hombre, que giró la lanza como un cuchillo en el aire y se la colocó sobre sí mismo. La expresión de su rostro era distante y apasionada.

Shoukei asintió con la cabeza. Había unos bueno veinte pies desde el borde de los parapetos a la carretera por debajo. Intercalado entre las paredes había un callejón cubierto de basura. Escuchando gritos y más gritos de los soldados, Shoukei saltó, o más bien, se deslizó por el borde del muro. El choque del impacto se disparó a través de sus piernas. Se desplomó en el suelo.

Se sentó, respirando con dificultad. Por encima de ella, el hombre se había apoderado de una soldado por el cuello y lo arrojaba hacia el otro lado de la pared. Arrojó la lanza en dirección opuesta, se dio la vuelta y saltó a su lado.

—¿Estás bien?

Shoukei asintió con la cabeza a pesar de sí misma. Él sonrió con travesura y miró hacia arriba de la pared.

—La otra chica se escapó limpiamente. ¿Es amiga tuya?

Shoukei negó con la cabeza. Su respiración irregular rompió en su garganta. Ella no podía hablar. El callejón estaba vacío, pero al menos sabía que nadie más se aproximaba.

—¿Puedes moverte? —le preguntó el hombre.

Shoukei de nuevo negó con la cabeza. En unos minutos después, había usado todo lo que le quedaba de energía. Ella no creía poder moverse un centímetro más.

—¿Es así? —dijo con una sonrisa generosa. Se dio la vuelta y se agachó—. Súbete —Shoukei, sentada, estaba confundida—. Vamos, date prisa —Shoukei, obedientemente se aferró a la espalda y el hombre se puso de pie sin vacilar en lo más mínimo—. Por el momento, actúa como si estuvieras dormida. Yo te llevaré a un lugar donde podemos descansar.


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