—Este es Meikaku.
El
conductor dejó a Shoukei a la puerta de la ciudad. Ella miró la muralla con
sorpresa. El estado irregular de las paredes solo fue un shock.
—Es una
ciudad extraña —dijo ella al conductor.
Él se rio
con desdén.
—Eso es lo
que dice todo el mundo.
—Pensé que
las paredes de la ciudad debían de correr en línea recta.
—Sí —dijo
el joven, mirando las paredes.
Los muros
de una ciudad tan grande como una capital de una provincia eran normalmente
amplios para poner centinelas a lo largo de la parte superior. Las almenas de
las murallas servían para ocultar a los arqueros apostados detrás de los
parapetos. Aquí y allá, unas estructuras llamadas bastiones –“Rostro de
Caballo”- sobresalían de las paredes. Los bastiones eran construidos en
diferentes formas y tamaños, pero por alguna razón en particular eran en
general rectangulares y alguna forma fija.[1]
Pero ahí,
en Meikaku, regularmente eran difíciles de encontrar. La pared que corría a lo
largo, su altura era impresionante y de repente caía tan baja que se podía ver
la pared de enfrente. Algunos bastiones estaban unidos por la pared apenas lo
suficientemente ancho como para caminar. Estas ondulaciones estructurales
continuaban como garabatos de un niño ignorante.
Shoukei
miró por encima del hombro al joven conductor. De nuevo se echó a reír con
sarcasmo.
—Las
posadas solo se encuentran en Hokkaku o Toukaku. Originalmente las posadas
estaban en un montón de almacenes fuera de la Puerta Jabalí. Ellos construyeron
un gran muro alrededor suyo y cada año se hacía más grande. Es una especie de
lío, ¿eh? Es incluso peor en el interior, porque los viejos muros quedaron en
su lugar. Trata de no perderte.
—Gracias —dijo
Shoukei.
El
conductor observó la muralla de la ciudad con una expresión perpleja y luego
regresó a su carro. Shoukei se asomó a la puerta principal. Un gran túnel fue
excavado en la pared. Las puertas estaban adornadas con nada más que un par de
aspectos corrientes en la puerta. La placa sobre la puerta simplemente decía: “Meikaku”.
Al igual
como el conductor lo había dicho, una pila de piedras en bruto del muro
obstruía el camino. En la base de la pared, lonas se extendían sobre revoltijos
de tablones de madera para formar una ciudad de carpas repletas de chozas y
cobertizos apenas lo suficientemente grande para acostarse. La marea
desbordante de gente, sus rostros sombríos y harapientos, fluía hasta las
puertas. Los refugiados habían construido una aldea en los terrenos baldíos.
Pero parecía que una fuerte ráfaga de viento barrió todo lejos.
Cuando
entró en la propia ciudad, su estado decrépito se hizo más evidente. Se
preguntaba cómo muchos trabajadores se habían puesto al servicio de la dura
construcción de esos muros inútiles, serpenteándolos. Algunos eran tan anchos y
estrechos que parecían haber sido arrojados ahí como basura y otros eran
increíblemente altos y gruesos.
Las calles
en zigzag a través de la caótica ciudad, terminaba en un callejón sin salida.
Shoukei nunca había visto un lugar tan confuso. Las construcciones no tenían
motivo. Carros de caballos al azar bloqueaban el flujo del tráfico. Una
multitud de refugiados solo tiraban todo en un completo caos.
—¿Qué pasa
con esta ciudad? —se dijo en voz baja Shoukei.
Se dio
cuenta que la gente lanzaba una mirada aprensiva en una dirección en
particular. Algunos de ellos pasaron por ella con cara apenada, encabezando por
un camino que al parecer corría hacia el centro de la ciudad. Un hombre caminó
hacia delante con una expresión dura en el rostro. Otro hombre se volvió contra
el flujo de personas, buscando con temor sobre sus hombros mientras se dirigía
en dirección opuesta a un ritmo acelerado.
¿Qué
está pasando?, se preguntó.
Shoukei fue
en la misma dirección, estirando el cuello para ver. Se dio la vuelta en una esquina.
La gente que se movía en esa dirección se había multiplicado en forma
inesperada. En poco tiempo, la marea creciente humana hizo que retroceder sea
imposible.
—Es mejor
que te detengas.
El
repentino sonido de la voz de alguien llamando a su vez hizo que Shoukei
retrocediera, aun cuando la marea humana la arrastraba hacia delante. Desde
dentro de la multitud, un anciano se volvió hacia ella y levantó la mano.
—Es mejor
que no vayas. Vas a ver algo que no querrás ver.
—¿Qué? —quiso
preguntar ella, observando lo que la rodeaba, pero el río de gente la llevaba
con ellos. Antes de que se dieran cuenta, había llegado a la avenida principal
de la ciudad.
Ese era el
centro de la ciudad. Más de un bulevar se aproximaba a la plaza. Las calles se
abrían de repente hasta una plaza rodeada por paredes que se desmoronaban. Los
soldados estaban colocados alrededor de una circunferencia. En el centro, había
una seria de personas atadas entre sí.
Lo que
no quería ver.
Las
personas que desfilaban en el centro de la plaza estaban aseguradas con cuerdas
alrededor de sus cinturas. Mirando a los hombres musculosos asegurar la cuerda,
Shoukei se dio cuenta de lo que iba a suceder. Los postes de madera gruesas
dispuestos en el suelo solo reafirmaba esta convicción.
Una
crucifixión. Esas personas iban a ser clavadas con estacas. ¿Hay otros
lugares además de Hou que exigen este castigo?
Rakushun le
había dicho que no había reino con pena de muerte. Sin embargo, la decapitación
era el método habitual. Una sentencia particularmente severa podría conllevar a
la siembra de cabezas cortadas en una pica. Los métodos más crueles de
ejecución ya no se llevaban a cabo en cualquier otro lugar, o eso es lo que muy
bien le había dicho el hanjuu.
—No querrás
ver esto.
Alguien la
cubrió. Cuando se dio la vuelta, era un pequeño hombre de mediana edad con una
mirada cansada en el rostro.
—Este no es
lugar para una chica como tú. Debes irte.
—¿Por qué
hacen esto?
El hombre
negó con la cabeza.
—Lo peor
que se puede hacer en la provincia de Wa es dejar de pagar los impuestos o huir
del trabajo. Sea uno u otro, la mayoría de ellos.
—Pero… la
crucifixión…
—Lo sé, es
una noticia para la mayoría de los viajeros. Nadie quiere difundir una mala
noticia, por eso. Y se van de la provincia de Wa sin hacer mal, al no ver el
mal. Venir aquí, es otra historia.
—Pero esto…
La voz de
Shoukei fue ahogada por un grito, entremezclados con el sonido del mazo de
piedra golpeando un clavo. Sin pensar se volvió y vio la forma retorciéndose de
un hombre, tenía una mano clavada en la madera.
—Paren…
De nuevo,
el sonido pesado. Shoukei reflexivamente retrocedió y cerró los ojos. Solía
suceder todo el tiempo en Hou. Ningún otro que mi padre había enviado
despiadadamente tanta gente al mismo castigo.
En un
instante, la memoria y el miedo de casi ser descuartizada le atravesó los
pensamientos. Las voces vengativas y los gritos de odio del pueblo la
atravesaron en la plaza frente del rishi. La amargura de la cara de Gobo
de cómo levantaba la caña para golpearla.
Otro grito.
Gemidos surgían de la multitud que rodeaba la plaza. El creciente clamor
afortunadamente extinguió el sonido del mazo cayendo. Incapaz de soportarlo
más, Shoukei retrocedió un paso. Su talón golpeó una piedra y casi perdió el
equilibrio.
Una
piedra.
Una piedra
del tamaño de un puño. Piedras similares estaban esparcidas por la plaza,
probablemente de paredes desmoronadas.
Los gritos
hacían eco contra las paredes.
El hijo de
Gobo había sido ejecutado por lanzar una piedra como esa. ¿Cómo podrían no
pagar los impuestos o forzar a trabajar hacer eso? Tales crímenes no eran
proporcionales a tan extremo dolor que podría reducir a un hombre a tales
lamentos.
—¡Alto!
Shoukei
agarró la piedra a sus pies. ¿Por qué no había nadie que lo parara? ¿Qué clase
de personas eran aquellas? Antes de que su mente fuera capaz de arreglarlo, su
brazo había actuado. Tiró la piedra sobre la pared de gente. Voló sin mucha
fuerza, golpeando a uno de los soldados y haciendo retroceder a la multitud. La
piedra cayó al suelo negro y rodó varios pasos.
La multitud
guardó un silencio sepulcral.
—¿Quién
arrojó eso? —preguntó una voz con autoridad.
Shoukei dio
un paso atrás de donde estaba.
—¡Quien
tiró la piedra que se presente!
Los ojos de
la gente le cayeron encima. Mostrando angustia en sus rostros, en cuanto si
debían responder o no.
—¡Arrástrenla
aquí!
En
respuesta a la orden, el muro de gente delante de ella se rompió. Como Shoukei
retrocedió a su vez, alguien la agarró de la muñeca. Shoukei sacudió su brazo
como un látigo y se liberó. Ella giró sobre sus talones y arañó en su camino a
través de la multitud. Una vez más, alguien la agarró de nuevo, con dureza,
tirando de ella.
—Por aquí.
Shoukei
cayó de rodillas. Ella alzó los ojos. Era una chica de su misma edad. Un
momento después, su mirada se posó en el largo abrigo que la chica llevaba y
pensó: No, es un hombre joven.
—Por aquí.
Rápido.
La chica
habló con fuerza. No había tiempo para pensar. Arrastró a Shoukei a lo largo,
obligando su paso entre la multitud. Después de muchos pasos, arrastrándose la
mayor parte del tiempo, fue obligada a salir de nuevo entre sus pies. Al
terminar el muro de personas, por fin vio la luz del día.
—¡¿Dónde
estás?! ¡Muéstrate!
Mirando
brevemente en el sentido de donde venían las voces airadas, las dos salieron de
la plaza.
Escapando de la ola de
multitud, Shoukei se dejó arrastrar mientras corría. Encañonadas a través de
las laberínticas calles, llegaron a las afuera de la ciudad, cerca de las
murallas. A través de una fisura en la pared, cayeron fuera de la ciudad.
—Salté
antes de mirar —exclamó Shoukei. La chica, al fin, le soltó el brazo. Shoukei
le dio una buena mirada, sus ojos vivos junto con su cabello escarlata. Era sin
duda una mujer. Shoukei le dijo—: Gracias.
Detrás de
ellas, en la ciudad, las voces enojadas sonaban.
—Entiendo
lo que sientes —dijo la muchacha—. Yo tiendo a actuar antes de pensar también.
—Es como si
no lo pudiera evitar.
Marcada a
lo largo detrás de la chica, Shoukei miró por encima de su hombro. Por duro que
fuera para ella creer, se preguntó si ella había causado un dolor innecesario a
la gente a su alrededor. Se preguntó cómo les habría ido a los prisioneros. La
chica la miró, como si leyera sus pensamientos.
—Estoy bien
—dijo Shoukei en voz extrañamente confiada y asintiendo con la cabeza sin
ninguna razón en particular.
Al mismo
tiempo, a cierta distancia a su lado, se escuchó un grito estridente.
—¡Ahí está!
Diez o más
soldados volvieron a la esquina de la muralla. Shoukei se congeló. La chica se
plantó delante de ella.
—Vete —le
dijo—. ¡Vete de aquí!
—Pero…
—No te
preocupes por mí —dijo con una sonrisa atrevida. Ella puso su mano derecha en
la cintura y hábilmente sacó una espada.
Mirándola
con los ojos desorbitados, Shoukei no tuvo tiempo de preguntar. ¿Sabes cómo
usar eso? La chica la empujó de su camino. Ella dudó y de nuevo volvió a
mirar a la muchacha, que de nuevo le dijo con fuerza que se vaya.
—¿Vas a
estar bien?
—No te
preocupes.
Shoukei
asintió con la cabeza. Estaría a la intemperie, atravesando el campo abierto.
Así que siguió por el tejido de murallas ondulantes y pronto desapareció de la
vista.
Cuando se
volvió al último rincón, miró hacia atrás y vio a la chica de pelo rojo, con la
espada en la mano, prácticamente volando sobre el campo. Estaba actuando como
señuelo. Shoukei vio a un soldado sostener el brazo y apuntar hacia la chica.
La mayoría de los soldados cargaron en el campo.
Gracias,
dijo en su corazón y comenzó a correr en serio, en busca de un lugar para
esconderse. El muro de ahí era demasiado alto como para escalar. Tal vez habría
algún agujero en la pared en alguna parte.
Se volvió
en otra esquina, cuando una voz por encima de ella dijo:
—¡Hey!
Pensando
que era uno de sus perseguidores, ella se agachó. Pero entonces, levantando la
vista, vio a un hombre alto en los parapetos extendiendo su mano hacia ella.
Ahí en el muro era lo suficientemente bajo para llegar hasta ella.
—Aquí, toma
mi mano.
Shoukei
dudó un instante, miró hacia atrás. Podía oír los sonidos de los pasos que se
acercaban a la esquina de la pared de la vuelta.
—¡Date
prisa!
Shoukei
agarró la mano. El hombre tendría veinticinco o veintiséis. Una fuerza impropia
para su pequeño tamaño. Tiró de Shoukei hasta la parte superior de la pared con
una velocidad notable.
Tres
soldados aparecieron en la esquina de la muralla.
—¡Alto!
Se tragó el
dolor de su hombro prácticamente dislocado, pateó la pared con los pies y se
arrastró hasta el camino de la pared. La mano de un soldado le alcanzó un pie y
se perdió, arañando el tobillo. La mano de su salvador la siguió sujetando,
mientas se desplomaba sobre la pasarela.
Ella cayó
de manos y rodillas, jadeando. Detrás de ella, un soldado subió al pie de la
pared. El hombre, casi de manera casual, dio una patada que envió al soldado
hacia atrás. El soldado gritó de enojo. Apareció después, sosteniendo una lanza
por encima de su cabeza.
—¡Corre!
El hombre
agarró la lanza y tiró. Surgió un tira y afloja, terminando segundo más tarde
con el soldado perdiendo la batalla y con la misma rapidez encontrando la
empuñadura de la lanza que le golpeó la garganta.
—¡Salta! —fue
la orden siguiente del hombre, que giró la lanza como un cuchillo en el aire y
se la colocó sobre sí mismo. La expresión de su rostro era distante y
apasionada.
Shoukei
asintió con la cabeza. Había unos bueno veinte pies desde el borde de los
parapetos a la carretera por debajo. Intercalado entre las paredes había un
callejón cubierto de basura. Escuchando gritos y más gritos de los soldados,
Shoukei saltó, o más bien, se deslizó por el borde del muro. El choque del
impacto se disparó a través de sus piernas. Se desplomó en el suelo.
Se sentó,
respirando con dificultad. Por encima de ella, el hombre se había apoderado de
una soldado por el cuello y lo arrojaba hacia el otro lado de la pared. Arrojó
la lanza en dirección opuesta, se dio la vuelta y saltó a su lado.
—¿Estás
bien?
Shoukei
asintió con la cabeza a pesar de sí misma. Él sonrió con travesura y miró hacia
arriba de la pared.
—La otra
chica se escapó limpiamente. ¿Es amiga tuya?
Shoukei
negó con la cabeza. Su respiración irregular rompió en su garganta. Ella no
podía hablar. El callejón estaba vacío, pero al menos sabía que nadie más se
aproximaba.
—¿Puedes
moverte? —le preguntó el hombre.
Shoukei de
nuevo negó con la cabeza. En unos minutos después, había usado todo lo que le
quedaba de energía. Ella no creía poder moverse un centímetro más.
—¿Es así? —dijo
con una sonrisa generosa. Se dio la vuelta y se agachó—. Súbete —Shoukei,
sentada, estaba confundida—. Vamos, date prisa —Shoukei, obedientemente se
aferró a la espalda y el hombre se puso de pie sin vacilar en lo más mínimo—.
Por el momento, actúa como si estuvieras dormida. Yo te llevaré a un lugar
donde podemos descansar.


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