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viernes, 24 de febrero de 2023

Las Alas Aspiradas - Capítulo 11

 

CAPÍTULO 11

 

 

 

La base de la Montaña Kongou que rodeaba el Mar Amarillo era mucho más amplia que cualquiera de las otras montañas cuyas cumbres sobresalían a través del Mar de Nubes. El ancho camino que atravesaba la pared de roca tenía que cubrir igualmente la larga distancia.

Cuando la Puerta de la Tierra se abrió, el gran cañón discurría debajo de los altísimos picos, que crecían tan juntos que a veces parecían estar esculpidos de un solo bloque.

Desde la Puerta de la Tierra, las paredes del cañón aumentaban gradualmente hasta llegar al nivel de las escarpadas paredes. Zigzagueaba a lo largo del fondo del profundo barranco, elevando también el camino, aunque la ilusión que provocaba a la vista era que se hundía en el olvido. Tenía unos quince metros, podría acomodar una línea de caballería montada yendo y viniendo. Con los soldados con destino a la fortaleza de delante, la gente en la plaza corrió hacia el Mar Amarillo.

Jirones de nubes persistían aquí y allá a lo largo del camino y en las paredes de roca desnuda a cada lado, no había viento, pero tampoco hacía calor.

El sol del equinoccio de primavera fue ensombrecido por las Montañas Kongou ante ellos. La oscuridad antes del amanecer todavía persistía. Y sin embargo, las quebradas se hicieron más profundas cuando el color del cielo sobre ellas empezó a cambiar, extendiéndose como si fuera un río, hasta que por fin la luz del sol brilló débilmente a través, Así como el sol llegó a las crestas de las montañas, los pequeños grupos de personas que había estado avanzando hacia los barrancos se detuvieron y comenzaron a hablar entre sí.

Una enorme puerta bloqueaba el camino, parecía inclinarse hacia el interior, aunque esa impresión se debía únicamente a su tamaño abrumador.

El portón tenía dos pisos. El primero había sido tallado en una losa uniforma de roca y tenía incrustadas unas tablas de color rojo lacado, que eran decenas de veces mayores que una persona ordinaria. En lo alto del segundo piso, había unas columnas de color bermellón cubiertas con baldosas verdes que parecían querer perforar agujeros en el cielo. Había una puerta más pequeña en el centro, pero no tenía cerradura. Por encima de esta había un letrero en el que estaba escrito en tinta negra y pan de oro: “Portón de la Fuerza”.

—Esto es… —Shushou con un hilo de voz—. Hay imágenes de youma

La extraña figura de un youma o una bestia similar había sido grabada en las tablas rojas de la puerta. Tenía el cuerpo de un dragón y un gran par de alas.

—Esa es la bestia sagrada que guarda el Portón de la Fuerza. Tenhaku[1].

No importa lo alto que fuera el Portón de la Fuerza, un humilde haku -pegaso- podía volar sobre ella. Luego estaba esa puerta abierta en el segundo piso, y el cielo abierto después, pero Tenhaku vivía encima de esas columnas, cualquier persona que intentara entrar en el Mar Amarillo, violando la ley sería herido por un rayo y su alma le sería arrebatada y devorada.

Shushou escuchó la explicación de Gankyuu mientras se dirigían solemnemente hacia delante, mirando la enorme puerta. El resto de las personas que estaba frente al Portón de la Fuerza se hundió en un silencio pesado y se detuvieron delante de la puerta. La tensión era casi palpable.

Los puestos de vigilancia en terrazas cinceladas en las repisas de los acantilados -kourou- en frente de las puertas estaban vacíos. Las puertas se abrían al mediodía, todavía había tiempo. El ambiente tenso llenó el cañón.

Un rugido resonó desde lo alto de las columnas altas, bajas y suaves y sin embargo sacudían las profundidades del aire. El tipo de sonido que parecía querer reverberar para siempre, menos un rugido que un gruñido. La gente echaba miradas temerosas a su alrededor. Un murmullo inquiero atravesó la multitud. Parecía que la madera gruñía, pero iba cambiando, como si coincidiera con el rumor.

—¿Qué es…? —dijo Shushou en un hilo de voz.

—La voz de Tenhaku —dijo Gankyuu, señalando hacia la puerta en el piso superior—. Está bien. Mira.

No había ni un soplo de viento, ni señales de ningún ave posada en el imponente edificio rojo y verde. Los últimos ecos persistentes del rugido de la multitud y de los crujidos de Tenhaku se desvanecieron, dejando tras de sí un grave silencio.

En un primer momento, solo una pequeña sombra negra se podía distinguir de pie sobre una roca por encima de la puerta de entrada y luego cayó suavemente a través del aire. La sombra descendió como si se hundiera en agua clara, cuando llegó a la parte de en medio de la puerta, se convirtió en la figura reconocible de un anciano. No había nada mínimamente inusual a su alrededor. Todos los ojos siguieron su descenso al aterrizar en el suelo al pie de la puerta roja.

Este era Tenhaku en su estado transformado, o eso dijo todo el mundo. Los grilletes de acero negro alrededor de sus manos y pies indicaban lo mismo también.

De pie frente a la puerta, se inclinó ante nadie en particular, giró sobre sus talones y puso las manos en las enormes puertas. Estas eran cuarenta veces su altura y doscientos bu de ancho, el peso era inimaginable y sin embargo, se abrieron sin poner resistencia.

Un viento cálido soplaba, levantando los dobladillos de la ropa y agitando el pelo antes de perderse por la garganta. Estos eran los vientos del Mar Amarillo que el pueblo de Ken temía más que nada.

Las manos del hombre viejo se separaron. Las puertas se abrieron para revelar otra multitud de personas con una línea de tropas a la cabeza, una imagen espectacular de la multitud en el otro lado, todos conteniendo la respiración. El anciano caminaba hacia delante, desde el interior de la puerta hacia el exterior, las puertas que parecían ceder ante la fuerza de sus manos mientras sus brazos se extendían, hasta que se abrieron de par en par.

El anciano se detuvo. Esta vez se enfrentó a la puerta, se inclinó de nuevo y desapareció en el aire. Al mismo tiempo, un gran grito de alegría resonó.

El grito sacudió las paredes del cañón. El viento sopló y aulló. Los soldados, preparados en la puerta, echaron a correr. La caballería que estaba en el exterior de la puerta instó a sus monturas hacia delante, con arcos y lanzas en la mano, cruzaron el cañón. Más allá de la marea humana, las formaciones de piedra de las paredes de la muralla bloquearon la garganta como una presa.

Al mismo tiempo, los soldados en el interior de la puerta corrieron junto a ellos. Saludos y expresiones de afecto venían por todas partes. Desde hacía un año, en el anterior equinoccio de primavera, se habían quedado en la fortaleza exterior que albergaba a aquellos que regresaban a Ken.

Tras un año de servicio, con un gran grito de alivio, salieron disparados por la puerta y, empuñando sus armas, subieron las repisas de los puestos de vigilancia, cubriendo la retirada de la retaguardia.

Los kijuu les pasaban rozando, los que tomaban la iniciativa en su paso hacia el Mar Amarillo eran los cazadores de cadáveres. Tenían hasta el día siguiente al mediodía para explorar el Mar Amarillo y el retorno. Sus leales compañeros los siguieron a un ritmo más pausado, planeando permanecer allí hasta el solsticio de verano.

Luego estaban los que habían entrado en el solsticio de invierno y había regresado de forma segura.

Los que iban al Shouzan, poco acostumbrados a la vida en el Mar Amarillo, vieron con asombro como la escena se desarrollaba ante ellos. Confundidos por todo el clamor, montaron en sus monturas y galoparon a través de la puerta, mezclándose con las masas en tropel. Los de a pie reaccionaron y corrieron tras ellos.

—¡Wow! —dijo Shushou, sus propias exclamaciones arrastradas por el tremendo tumulto. Apenas oyó la respuesta de Gankyuu.

—Este es el día de Ankou —dijo con una sonrisa. Su alma estaba llena de los terrores del Mar Amarillo y, sin embargo, siempre se sorprendía teniendo ganas de vivir el ritual del Día de Ankou y el momento en el que una de las cuatro puertas se abría.

—Realmente es una vista increíble.

—Esta es tu última oportunidad. Dar marcha atrás y llegar a la Puerta de la Tierra antes de que se cierre.

Shushou miró por encima del hombro. Su voz se elevó por encima del ruido.

—No.

—¿Realmente estás convencida?

—Yo voy. Kyou necesita una emperatriz.

—En otras palabras, tú.

—¿No es obvio?

Gankyuu la miró a los ojos inflexibles y suspiró. Tomó las riendas, subió a la silla, y extendió una mano hacia ella.

—Sube.


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