La base de la Montaña Kongou
que rodeaba el Mar Amarillo era mucho más amplia que cualquiera de las otras
montañas cuyas cumbres sobresalían a través del Mar de Nubes. El ancho camino
que atravesaba la pared de roca tenía que cubrir igualmente la larga distancia.
Cuando la
Puerta de la Tierra se abrió, el gran cañón discurría debajo de los altísimos
picos, que crecían tan juntos que a veces parecían estar esculpidos de un solo
bloque.
Desde la
Puerta de la Tierra, las paredes del cañón aumentaban gradualmente hasta llegar
al nivel de las escarpadas paredes. Zigzagueaba a lo largo del fondo del
profundo barranco, elevando también el camino, aunque la ilusión que provocaba
a la vista era que se hundía en el olvido. Tenía unos quince metros, podría
acomodar una línea de caballería montada yendo y viniendo. Con los soldados con
destino a la fortaleza de delante, la gente en la plaza corrió hacia el Mar
Amarillo.
Jirones de
nubes persistían aquí y allá a lo largo del camino y en las paredes de roca
desnuda a cada lado, no había viento, pero tampoco hacía calor.
El sol del
equinoccio de primavera fue ensombrecido por las Montañas Kongou ante ellos. La
oscuridad antes del amanecer todavía persistía. Y sin embargo, las quebradas se
hicieron más profundas cuando el color del cielo sobre ellas empezó a cambiar,
extendiéndose como si fuera un río, hasta que por fin la luz del sol brilló
débilmente a través, Así como el sol llegó a las crestas de las montañas, los
pequeños grupos de personas que había estado avanzando hacia los barrancos se
detuvieron y comenzaron a hablar entre sí.
Una enorme
puerta bloqueaba el camino, parecía inclinarse hacia el interior, aunque esa
impresión se debía únicamente a su tamaño abrumador.
El portón
tenía dos pisos. El primero había sido tallado en una losa uniforma de roca y
tenía incrustadas unas tablas de color rojo lacado, que eran decenas de veces
mayores que una persona ordinaria. En lo alto del segundo piso, había unas
columnas de color bermellón cubiertas con baldosas verdes que parecían querer
perforar agujeros en el cielo. Había una puerta más pequeña en el centro, pero
no tenía cerradura. Por encima de esta había un letrero en el que estaba
escrito en tinta negra y pan de oro: “Portón de la Fuerza”.
—Esto es… —Shushou
con un hilo de voz—. Hay imágenes de youma…
La extraña
figura de un youma o una bestia similar había sido grabada en las tablas
rojas de la puerta. Tenía el cuerpo de un dragón y un gran par de alas.
—Esa es la
bestia sagrada que guarda el Portón de la Fuerza. Tenhaku[1].
No importa
lo alto que fuera el Portón de la Fuerza, un humilde haku -pegaso-
podía volar sobre ella. Luego estaba esa puerta abierta en el segundo piso, y
el cielo abierto después, pero Tenhaku vivía encima de esas columnas, cualquier
persona que intentara entrar en el Mar Amarillo, violando la ley sería herido
por un rayo y su alma le sería arrebatada y devorada.
Shushou
escuchó la explicación de Gankyuu mientras se dirigían solemnemente hacia
delante, mirando la enorme puerta. El resto de las personas que estaba frente
al Portón de la Fuerza se hundió en un silencio pesado y se detuvieron delante
de la puerta. La tensión era casi palpable.
Los puestos
de vigilancia en terrazas cinceladas en las repisas de los acantilados -kourou-
en frente de las puertas estaban vacíos. Las puertas se abrían al mediodía,
todavía había tiempo. El ambiente tenso llenó el cañón.
Un rugido
resonó desde lo alto de las columnas altas, bajas y suaves y sin embargo
sacudían las profundidades del aire. El tipo de sonido que parecía querer
reverberar para siempre, menos un rugido que un gruñido. La gente echaba
miradas temerosas a su alrededor. Un murmullo inquiero atravesó la multitud.
Parecía que la madera gruñía, pero iba cambiando, como si coincidiera con el
rumor.
—¿Qué es…? —dijo
Shushou en un hilo de voz.
—La voz de
Tenhaku —dijo Gankyuu, señalando hacia la puerta en el piso superior—. Está
bien. Mira.
No había ni
un soplo de viento, ni señales de ningún ave posada en el imponente edificio
rojo y verde. Los últimos ecos persistentes del rugido de la multitud y de los
crujidos de Tenhaku se desvanecieron, dejando tras de sí un grave silencio.
En un
primer momento, solo una pequeña sombra negra se podía distinguir de pie sobre
una roca por encima de la puerta de entrada y luego cayó suavemente a través
del aire. La sombra descendió como si se hundiera en agua clara, cuando llegó a
la parte de en medio de la puerta, se convirtió en la figura reconocible de un
anciano. No había nada mínimamente inusual a su alrededor. Todos los ojos
siguieron su descenso al aterrizar en el suelo al pie de la puerta roja.
Este era
Tenhaku en su estado transformado, o eso dijo todo el mundo. Los grilletes de
acero negro alrededor de sus manos y pies indicaban lo mismo también.
De pie
frente a la puerta, se inclinó ante nadie en particular, giró sobre sus talones
y puso las manos en las enormes puertas. Estas eran cuarenta veces su altura y
doscientos bu de ancho, el peso era inimaginable y sin embargo, se
abrieron sin poner resistencia.
Un viento
cálido soplaba, levantando los dobladillos de la ropa y agitando el pelo antes
de perderse por la garganta. Estos eran los vientos del Mar Amarillo que el
pueblo de Ken temía más que nada.
Las manos
del hombre viejo se separaron. Las puertas se abrieron para revelar otra
multitud de personas con una línea de tropas a la cabeza, una imagen
espectacular de la multitud en el otro lado, todos conteniendo la respiración.
El anciano caminaba hacia delante, desde el interior de la puerta hacia el
exterior, las puertas que parecían ceder ante la fuerza de sus manos mientras
sus brazos se extendían, hasta que se abrieron de par en par.
El anciano
se detuvo. Esta vez se enfrentó a la puerta, se inclinó de nuevo y desapareció
en el aire. Al mismo tiempo, un gran grito de alegría resonó.
El grito
sacudió las paredes del cañón. El viento sopló y aulló. Los soldados,
preparados en la puerta, echaron a correr. La caballería que estaba en el
exterior de la puerta instó a sus monturas hacia delante, con arcos y lanzas en
la mano, cruzaron el cañón. Más allá de la marea humana, las formaciones de
piedra de las paredes de la muralla bloquearon la garganta como una presa.
Al mismo
tiempo, los soldados en el interior de la puerta corrieron junto a ellos. Saludos
y expresiones de afecto venían por todas partes. Desde hacía un año, en el
anterior equinoccio de primavera, se habían quedado en la fortaleza exterior
que albergaba a aquellos que regresaban a Ken.
Tras un año
de servicio, con un gran grito de alivio, salieron disparados por la puerta y,
empuñando sus armas, subieron las repisas de los puestos de vigilancia,
cubriendo la retirada de la retaguardia.
Los kijuu
les pasaban rozando, los que tomaban la iniciativa en su paso hacia el Mar
Amarillo eran los cazadores de cadáveres. Tenían hasta el día siguiente al
mediodía para explorar el Mar Amarillo y el retorno. Sus leales compañeros los
siguieron a un ritmo más pausado, planeando permanecer allí hasta el solsticio
de verano.
Luego
estaban los que habían entrado en el solsticio de invierno y había regresado de
forma segura.
Los que
iban al Shouzan, poco acostumbrados a la vida en el Mar Amarillo, vieron con
asombro como la escena se desarrollaba ante ellos. Confundidos por todo el
clamor, montaron en sus monturas y galoparon a través de la puerta, mezclándose
con las masas en tropel. Los de a pie reaccionaron y corrieron tras ellos.
—¡Wow! —dijo
Shushou, sus propias exclamaciones arrastradas por el tremendo tumulto. Apenas
oyó la respuesta de Gankyuu.
—Este es el
día de Ankou —dijo con una sonrisa. Su alma estaba llena de los terrores del
Mar Amarillo y, sin embargo, siempre se sorprendía teniendo ganas de vivir el ritual
del Día de Ankou y el momento en el que una de las cuatro puertas se abría.
—Realmente
es una vista increíble.
—Esta es tu
última oportunidad. Dar marcha atrás y llegar a la Puerta de la Tierra antes de
que se cierre.
Shushou
miró por encima del hombro. Su voz se elevó por encima del ruido.
—No.
—¿Realmente
estás convencida?
—Yo voy.
Kyou necesita una emperatriz.
—En otras
palabras, tú.
—¿No es
obvio?
Gankyuu la
miró a los ojos inflexibles y suspiró. Tomó las riendas, subió a la silla, y
extendió una mano hacia ella.
—Sube.

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