CAPÍTULO
16
Es toda una pesadilla, Shoukei pensó mientras la arrastraban de
la celda. Todas son mentiras, solo más odio de Gobo a costa de ella, se
decía una y otra vez. Fue llevada a la plaza pública frente al Rishi. La sangre
se le heló en las venas.
—No puede ser,
La plaza estaba llena de gente. Vio a gente de
afuera ahí. En el centro de la pared de gente un pedazo de tierra estaba
despejado de nieve. Dos estacas habían sido clavadas en la tierra y dos carros
tirados por bueyes la estaban esperando.
Ella miró a los dos hombres que la llevaban en los
brazos.
—Están bromeando, ¿verdad? Realmente ustedes no
están haciendo esto, ¿verdad?
—Oh, asustada, ¿cierto? —Se burló uno de los
hombres—. Pero si tu padre lo hizo tan a menudo.
El otro hombre le dio una sonrisa torcida.
—Debes de estar muy contenta de irte de la forma
que tu padre más le gustaba. Papá debe de estar bailando en los cielos viendo
conseguir a su propia niña su propio escenario.
—No…
Shoukei hizo todo lo posible por mantener el menos
alcance posible. Plantó los pies, se resistió con todas sus fuerzas, como
podían llevarla a lo largo, cayó al suelo y se retorció para librarse de sus
manos, y todo fue en vano.
—Paren, por favor.
—¡Deja de quejarte! —el hombre le escupió—. ¡Así es
como mi esposa fue asesinada!
Todo lo que había hecho, él se lamentó, fue llevar
una horquilla en una visita a una ciudad vecina. Él le dio un tirón, mientras
ella sacudía sus brazos desesperadamente.
—Darte una idea de su propia medicina no acaba por
compensar eso, pero es todo lo que tenemos. Habrá que hacerlo.
—¡No! Por favor.
No vio compasión en los rostros de la gente del
pueblo. Sin ninguna esperanza de rescate, fue derribada y tirada al suelo. Ella
gritó y lloró, pero esos hombres no tenían ni una gota de compasión en ellos.
Ella cruzó los brazos y atrajo sus rodillas contra el pecho. Sacaron sus brazos
y los sujetaron con una correa de cuero y les ataron los brazos a las estacas.
Con los ojos muy abiertos, en busca de ayuda, el
cielo opaco se reflejaba en las miradas vacías de los rostros. Ella pateó sus
piernas contra el suelo. Alguien se las agarró. Sintió que el cordón de cuero
se envolvía alrededor de sus tobillos y gritó. Estaba inmovilizada,
literalmente, en el suelo.
Esto no puede estar pasando. Algo tan
terrible no podía estar sucediendo. Sus piernas estaban atadas a la correa de
cuero. El cordón estaba tirando y apretando, abriéndole las piernas.
En la esquina de su mirada fija flotaba una mancha
negra. Ah, una premonición de muerte. Quiero morir antes de que mi cuerpo
esté dividido en dos.
Abrieron su mandíbula con fuerza y le metieron un
trapo en la boca para que no le sea fácil tragar su lengua. En su línea de
visión, la mancha negra se hizo más grande.
La cuerda atada a sus piernas estaba sujeta a los
carros. La mancha se extendía por el cielo volviéndose de una magnitud más
grande. De repente, vio la cara de un hombre inclinada sobre ella.
Vio algo rojo en medio del negro. Un rojo carmesí.
No, era una bandera.
Una bandera.
Y luego reconoció la forma de la mancha negra. Era
la silueta de un pájaro. Un gran pájaro con tres alas. Descendiendo ante ellos.
Y la silueta de un jinete montado en ella. El jinete llevaba la bandera roja.
Shoukei reconoció las constelaciones u dos tigres en la bandera.
Shoukei cerró los ojos. Las lágrimas salidas de las
esquinas de sus ojos se congelaron en su sien.
La bandera era la de la guardia de la provincia de
Kei.
A la vista de la bandera, la gente se agolpó en la plaza, recobrando el
aliento colectivo.
Unos minutos más y los años de amargura se harían
vengado. Sus familiares asesinados en frente de ellos, decapitados y sin poder
hacer nada para salvarlos. Negarles incluso enterrar sus restos hasta que el
tiempo señalado hubiera pasado. Todo ese dolor y resentimiento.
El ave se posó en la plaza.
—¡Alto! —dijo el guardia en voz alta.
¿Por qué? Suspiraron varias personas de ahí.
¿Por qué debía de aparecer ahora? Miraron a su alrededor en busca de Gobo. Ella
se había opuesto a la ejecución hasta el final. Solo podían imaginar que había
informado sobre ellos. Pero Gobo no estaba a la vista.
El soldado bajó del ave. Llevaba una armadura.
—¡El linchamiento está expresamente prohibido!
¿Pero por qué? Las voces decepcionadas se
arremolinaban en torno de la plaza.
El soldado contempló la escena. Él llevaba la
insignia de un general de provincia. Levantó el brazo, señalando a la multitud
que se callara. Dos pájaros más descendieron y aterrizaron. Los soldados se
apearon y corrieron hacia la plaza para liberar a la chica sometida.
—Entiendo lo que están sintiendo. Pero esto no es de
acuerdo con los deseos del Marqués.
Los murmullos de decepción y desaprobación llenaron
de nuevo el entorno. Mirándolos, el general podía oír el dolor en sus voces. La
gente aún le tiene al difunto rey Chuutatsu nada más que desprecio y odio.
Un oficial famoso por su honestidad y franqueza,
que ha husmeado a burócratas corruptos en las altas esferas y no perdonaba a
ningún subordinado que tomara un soborno, su nombre oficial era Chuutatsu.
Cuando había sido elegido rey, el gobierno tuvo en general, regocijo. Iba a
restaurar el reino, que se podría bajo el gobierno de los reyes anteriores.
Sin embargo, las leyes promulgadas con el fin de
detener la descomposición, no logró lo que Chuutatsu hubiera esperado. Se
aprobaron más leyes, los estatutos se multiplicaron, y no antes de que nadie se
diera cuenta, había reglamentos que abarcaban a todo el mundo a partir del
plebeyo para servir y todo de lo que llevaba a los utensilios con los que
comía. Y a estas normas se adjuntaban duras penas.
Las leyes deber de ser aplicadas sin sentimientos.
Esa era el dicho de Chuutatsu, a su forma de ver, correcto. Si la piedad y la
compasión les permitían distorsionar la aplicación de las leyes, las leyes se
volvían impotentes. El número de personas siendo castigadas creció de forma
alarmante. El apenado Chuutatsu hizo las sanciones más severas. Si alguna vez
alguna voz se alzaba en señal de protesta, se aprobaba una ley para silenciar
dicha voz. Y, por lo tanto, los cuerpos de los criminales ejecutados se
apilaban en las plazas.
En el año en que Chuutatsu había sido depuesto,
solo en ese año, tres mil personas fueron ejecutadas. Desde su coronación, el
total había llegado casi a seis mil o uno de cada cinco personas.
—Entiendo bien su amargura, y lo mismo ocurre con
el Marqués. Es por eso que se atrevió a mancillar su nombre y derrocar a
Chuutatsu.
Después de estimular a los señores provinciales
para cometer el regicidio, Gekkei se retiró a la capital provincial y se retiró
de la política. Los señores ministros de las provincias tomaron las riendas del
gobierno, pero Gekkei no participaba.
—Cuando las personas se encargan de emitir juicios
y castigos exactos de acuerdo con sus intereses, entonces la ley se convierte
en una idiotez. No importa lo profundo de su indignación, no se puede jugar con
la ley; declarar a su propia satisfacción qué es un pecado y qué no es, y
vengar agravios sin la debida autorización.
Pero, vinieron las quejas. El hombre una vez
más, alzó la mano.
—El destino de la princesa real ya ha sido resuelto
por los señores y ministros. Cualquier objeción que tengan con la presente
sentencia, tomar la justicia con sus propias manos no puede ser tolerado. Si lo
permitimos una sola vez, los rumores de este lugar se regarán como la pólvora.
No son los únicos que tienen motivos de queja. La princesa real no es la única
a quien odian. ¿Saben cómo los verdugos se han escondidos por temor a ser
linchados? Con los castigos más crueles, están trayendo a este reino ese tipo
de retribución a la vida. Yo estoy pidiendo que por favor consideren el destino
de nuestro reino y actúen con prudencia. —Miró sus cabezas gachas—. Vamos a
proteger este reino y lo entregaremos al nuevo rey, sin vergüenza ni
arrepentimiento. ¿Cómo podemos esperar de nuestro un ilustrado rey, si le
entregamos a él un reino devastado por la venganza? Los señores provinciales y
los ministros están trabajando hasta el final, y les pido ayuda a todos para
hacerlo.
La chica fue subida a la espalda del pájaro. Se
hizo el silencio en la plaza, un silencio breve barrido por el sonido de los
gritos.[1]


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