Para Rangyoku fue un día como
cualquier otro, salvo el hecho de que Youshi había desaparecido durante diez
días.
—¿Cuándo
volverá Youshi? —preguntó Keikei con voz aburrida.
Rangyoku
sonrió. Keikei se sentía solo. Puesto que los otros niños en el orfanato habían
muerto, él realmente tenía un montón de tiempo sin nada que hacer.
—¿Youshi se
va a casar?
—¿Preguntas
si se irá a vivir con el hombre que vino a verla? Quién sabe.
Youshi no
podía casarse hasta que tuviera mayoría de edad, pero el matrimonio de derecho
común no estaba prohibido. Si ella tuviera padres, tendrían que aprobarlo, pero
Youshi no tiene padres.
—Aun
suponiendo que ella lo hiciera, no podría alejarse hasta que cumpla los veinte
años.
Mientras le
explicaba eso, Rangyoku se encontró extrañamente dudosa de si lo que Keikei
había propuesto era cierto. Aunque Youshi era supuestamente un huérfano, Enho
la trataba más como si fuera una invitada. Y si era invitada, sería por poco
tiempo. Rangyoku tuvo que ayudar a Keikei a limpiar los platos y los estantes.
Después de ordenar la cocina, miró por encima del hombro a Keikei y dijo:
—Buen
trabajo. Y ahora a preparar el té. ¿Por qué no llamas a Enho?
—Está bien —dijo
Keikei inclinándose, y echó a correr hacia el estudio.
Rangyoku
observó mientras correteaba por la sala principal con una sonrisa. Ella estaba
orgullosa de su hermano pequeño. Era inteligente y amable, un gran trabajador.
Todos los que lo conocían lo decían. Incluso Enho dijo que después de la
escuela primaria, lo recomendaría a Keikei a la academia de la prefectura.
Satisfecha
de sí misma, Rangyoku rio mientras arreglaba los utensilios. Oyó la puerta de
la sala principal.
—Enho, ¿le
gustaría una taza de té?
Nadie le
respondió. Rangyoku levantó la vista y miró hacia la puerta. Se quedó inmóvil.
Varios hombres estaban ahí, hombres que nunca había visto antes.
—¿Sí?
Había seis
de ellos. A primera vista, parecían hombres comunes y corrientes, pero había un
aire de peligro en ellos. Inconscientemente, Rangyoku dio un paso atrás.
Uno de los
hombres cerró la puerta y se paró frente a ella, bloqueando el camino.
—¿Quiénes
son? ¿Qué hacen…? —las pregunta de ella se cortó a la mitad de la frase. Uno de
los hombres sacó un puñal desde el interior de su camisa. Rangyoku gritó y dio
media vuelta. Pasos pesados sonaron después de ella. Sus brazos fueron
inmovilizados por la espalda.
—¿Quiénes
son…?
Una mano le
tapó la boca. El hombre que la sujetaba asintió con la cabeza a los demás
hombres. Los hombres se colocaron al lado de la puerta.
¿Qué
está pasando? ¿Quiénes son estos hombres?
Pasos
ligeros se escucharon en el pasillo. Era Keikei. Los ojos de Rangyoku se
abrieron. En el mismo instante, se torció liberándose con todas sus fuerzas y
gritó:
—¡Keikei!
¡Corre!
Sus pies se
encogieron debajo de ella y cayó al suelo. Levantó la cabeza y miró a la
puerta. Su hermano se quedó petrificado ahí.
—¡Corre, Keikei,
corre!
Con los
ojos asustados, Keikei echó a correr, pero los hombres lo alcanzaron rápido.
Sin esfuerzo, Keikei fue arrastrado y lo golpearon con un puño. No, no con un
puño, sostenían un cuchillo en la mano.
—¡¿Qué es
esto?! —se oyó la voz de Enho, y el sonido de sus pasos.
Al mismo
tiempo, sus ojos se posaron en el cuerpo de Keikei, justo como lo habían
sentado en el suelo. Justo encima de su cinturón, el mango de un cuchillo.
—¡Keikei!
Algo la
golpeó con fuerza en su espalda. Rangyoku gritó y se hizo un ovillo. Al mismo
tiempo se produjo un fuerte dolor y ella volvió a gritar. Ella levantó la
cabeza y vio a Keikei arrodillado, con la cabeza casi tocando el suelo, y a
Enho corriendo hacia él.
—¡Enho!
¡Keikei!
Antes de
que Enho llegara hasta Keikei, los hombres se abalanzaron sobre él y lo tomaron
de los brazos. Enho se liberó, se arrodilló y recogió el cuerpo de Keikei. Con
una fortaleza noble, estrechó contra su pecho a Keikei, ella entendió a primero
vista lo que le decía con la mirada, y se dirigió hacia el patio.
—Enho…
Corre…
Un hombre
le cerró el paso. Con Keikei aún en sus brazos, Enho se volvió y corrió en
dirección al estudio, los hombres lo persiguieron.
¿Por
qué? ¿Por qué sucede esto?
Keikei.
Rangyoku
puso las manos sobre el suelo y se puso de pie. Balanceándose, se volvió hacia
la puerta.
Enho.
Ella
escuchó el ruido de él corriendo, el golpeteo de las pisadas en las
profundidades del rike. Ella clavó las uñas en las paredes y se tambaleó
por el pasillo, agarrándose del pasamanos. ¿Debería salir corriendo a buscar
ayuda? Ella vaciló, y luego continuó por el pasillo, aferrándose a la
barandilla.
Keikei.
Corrió con
un trote tambaleante, ignorando el dolor y ardor de la espalda. Ella vio
durante la caminata la habitación y el estudio, y se encontró con Keikei y Enho
tirados en el suelo.
—¡Enho!
—¡Rangyoku,
sal de aquí!
—¡Pero! —Ella
miró a su hermano acurrucado en el suelo. El pequeño charco de sangre estaba
creciendo. Keikei no se movía, no gritaba, no lloraba.
Esto no
puede estar pasando.
—¡Rangyoku!
Volvió a
sus sentidos. Los hombres se abalanzaron sobre ella, con las armas en mano.
Instintivamente ella se volvió y corrió lentamente por el pasillo. Una hoja la
golpeó en la espalda, la manera del impacto la dejó caer de rodillas. Se dio
vuelta en el suelo, se levantó a sí misma y corrió. Ella tropezó en la puerta
más cercana.
Un
refugio seguro.
Era la
habitación de invitados. Sus ojos se posaron en la puerta de la habitación.
Alargó la mano y se arrastró dentro.
Bloquear.
Cuando Rangyoku
abrió la puerta y se precipitó en el interior, sintió otro golpe agudo y
doloroso en su espalda. Ah, suspiró. Algo caliente fluía de la parte
posterior de su cuello y sobre el pecho. Ella se agarró de un estante y se
derrumbó, incapaz de valerse por sí misma. Una caja pequeña cayó de la
plataforma y se abrió a su lado.
Es de
Youshi, pensó con desgana. Qué chica extraña. Ahora no habrá nadie en el
rike en absoluto. Enho estará solo.
—¡Enho!
Ella lo
había dejado atrás. ¿Qué sería de él ahora?
¿Qué
haremos con ellos?
La visión
de su hermano tirado en un charco de sangre le dolía mucho más que su propia
acumulación de sangre a su alrededor. Todavía era muy pequeño. Era tan buen
chico. La única persona que le quedaba de su familia. Cuando sus padres habían muerto,
se habían agarrado de las manos y se fueron a vivir juntos.
Era un
reino triste. Haber nacido en Kei fue un destino lamentable. Kei había matado a
sus padres, la habían intentado desterrar, y al final, incluso los perseguían
en el orfanato, donde por fin se había hecho de una vida tranquila para ellos.
Kei era un caos tal que los matones y ladrones tenían una libertad de acción.
Youshi,
pensó Rangyoku, inconscientemente, apretando el pequeño cuadrado de tela en la
palma de su mano. Esos asesinos golpearon a Keikei. Y sin piedad.
Era un
objeto duro envuelto en tela. Aturdida, miró fijamente su mano y vio el oro
brillando entre sus dedos.
¿Qué es
esto?
Un sello de
oro con una cara grabada.
¿Qué
está haciendo esto aquí?
Se
acercaban pasos pesados. Rangyoku lo apretó alrededor suyo, para esconderlo de
los asesinos. Unos segundos, y un agudo dolor la atravesó por tercera vez.
El Sello
Imperial de la reina de Kei.
Las
lágrimas brotaron de sus ojos.
Ayúdanos,
Youshi. Por favor. De la misma forma en que nos salvaste del Kyuuki. Sálvanos,
y salva al pueblo de Kei.

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