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jueves, 23 de febrero de 2023

Mil Millas de Viento, el Cielo del Amanecer - Capítulo 54

 

CAPÍTULO 54

 

 

 

Para Rangyoku fue un día como cualquier otro, salvo el hecho de que Youshi había desaparecido durante diez días.

—¿Cuándo volverá Youshi? —preguntó Keikei con voz aburrida.

Rangyoku sonrió. Keikei se sentía solo. Puesto que los otros niños en el orfanato habían muerto, él realmente tenía un montón de tiempo sin nada que hacer.

—¿Youshi se va a casar?

—¿Preguntas si se irá a vivir con el hombre que vino a verla? Quién sabe.

Youshi no podía casarse hasta que tuviera mayoría de edad, pero el matrimonio de derecho común no estaba prohibido. Si ella tuviera padres, tendrían que aprobarlo, pero Youshi no tiene padres.

—Aun suponiendo que ella lo hiciera, no podría alejarse hasta que cumpla los veinte años.

Mientras le explicaba eso, Rangyoku se encontró extrañamente dudosa de si lo que Keikei había propuesto era cierto. Aunque Youshi era supuestamente un huérfano, Enho la trataba más como si fuera una invitada. Y si era invitada, sería por poco tiempo. Rangyoku tuvo que ayudar a Keikei a limpiar los platos y los estantes. Después de ordenar la cocina, miró por encima del hombro a Keikei y dijo:

—Buen trabajo. Y ahora a preparar el té. ¿Por qué no llamas a Enho?

—Está bien —dijo Keikei inclinándose, y echó a correr hacia el estudio.

Rangyoku observó mientras correteaba por la sala principal con una sonrisa. Ella estaba orgullosa de su hermano pequeño. Era inteligente y amable, un gran trabajador. Todos los que lo conocían lo decían. Incluso Enho dijo que después de la escuela primaria, lo recomendaría a Keikei a la academia de la prefectura.

Satisfecha de sí misma, Rangyoku rio mientras arreglaba los utensilios. Oyó la puerta de la sala principal.

—Enho, ¿le gustaría una taza de té?

Nadie le respondió. Rangyoku levantó la vista y miró hacia la puerta. Se quedó inmóvil. Varios hombres estaban ahí, hombres que nunca había visto antes.

—¿Sí?

Había seis de ellos. A primera vista, parecían hombres comunes y corrientes, pero había un aire de peligro en ellos. Inconscientemente, Rangyoku dio un paso atrás.

Uno de los hombres cerró la puerta y se paró frente a ella, bloqueando el camino.

—¿Quiénes son? ¿Qué hacen…? —las pregunta de ella se cortó a la mitad de la frase. Uno de los hombres sacó un puñal desde el interior de su camisa. Rangyoku gritó y dio media vuelta. Pasos pesados sonaron después de ella. Sus brazos fueron inmovilizados por la espalda.

—¿Quiénes son…?

Una mano le tapó la boca. El hombre que la sujetaba asintió con la cabeza a los demás hombres. Los hombres se colocaron al lado de la puerta.

¿Qué está pasando? ¿Quiénes son estos hombres?

Pasos ligeros se escucharon en el pasillo. Era Keikei. Los ojos de Rangyoku se abrieron. En el mismo instante, se torció liberándose con todas sus fuerzas y gritó:

—¡Keikei! ¡Corre!

Sus pies se encogieron debajo de ella y cayó al suelo. Levantó la cabeza y miró a la puerta. Su hermano se quedó petrificado ahí.

—¡Corre, Keikei, corre!

Con los ojos asustados, Keikei echó a correr, pero los hombres lo alcanzaron rápido. Sin esfuerzo, Keikei fue arrastrado y lo golpearon con un puño. No, no con un puño, sostenían un cuchillo en la mano.

—¡¿Qué es esto?! —se oyó la voz de Enho, y el sonido de sus pasos.

Al mismo tiempo, sus ojos se posaron en el cuerpo de Keikei, justo como lo habían sentado en el suelo. Justo encima de su cinturón, el mango de un cuchillo.

—¡Keikei!

Algo la golpeó con fuerza en su espalda. Rangyoku gritó y se hizo un ovillo. Al mismo tiempo se produjo un fuerte dolor y ella volvió a gritar. Ella levantó la cabeza y vio a Keikei arrodillado, con la cabeza casi tocando el suelo, y a Enho corriendo hacia él.

—¡Enho! ¡Keikei!

Antes de que Enho llegara hasta Keikei, los hombres se abalanzaron sobre él y lo tomaron de los brazos. Enho se liberó, se arrodilló y recogió el cuerpo de Keikei. Con una fortaleza noble, estrechó contra su pecho a Keikei, ella entendió a primero vista lo que le decía con la mirada, y se dirigió hacia el patio.

—Enho… Corre…

Un hombre le cerró el paso. Con Keikei aún en sus brazos, Enho se volvió y corrió en dirección al estudio, los hombres lo persiguieron.

¿Por qué? ¿Por qué sucede esto?

Keikei.

Rangyoku puso las manos sobre el suelo y se puso de pie. Balanceándose, se volvió hacia la puerta.

Enho.

Ella escuchó el ruido de él corriendo, el golpeteo de las pisadas en las profundidades del rike. Ella clavó las uñas en las paredes y se tambaleó por el pasillo, agarrándose del pasamanos. ¿Debería salir corriendo a buscar ayuda? Ella vaciló, y luego continuó por el pasillo, aferrándose a la barandilla.

Keikei.

Corrió con un trote tambaleante, ignorando el dolor y ardor de la espalda. Ella vio durante la caminata la habitación y el estudio, y se encontró con Keikei y Enho tirados en el suelo.

—¡Enho!

—¡Rangyoku, sal de aquí!

—¡Pero! —Ella miró a su hermano acurrucado en el suelo. El pequeño charco de sangre estaba creciendo. Keikei no se movía, no gritaba, no lloraba.

Esto no puede estar pasando.

—¡Rangyoku!

Volvió a sus sentidos. Los hombres se abalanzaron sobre ella, con las armas en mano. Instintivamente ella se volvió y corrió lentamente por el pasillo. Una hoja la golpeó en la espalda, la manera del impacto la dejó caer de rodillas. Se dio vuelta en el suelo, se levantó a sí misma y corrió. Ella tropezó en la puerta más cercana.

Un refugio seguro.

Era la habitación de invitados. Sus ojos se posaron en la puerta de la habitación. Alargó la mano y se arrastró dentro.

Bloquear.

Cuando Rangyoku abrió la puerta y se precipitó en el interior, sintió otro golpe agudo y doloroso en su espalda. Ah, suspiró. Algo caliente fluía de la parte posterior de su cuello y sobre el pecho. Ella se agarró de un estante y se derrumbó, incapaz de valerse por sí misma. Una caja pequeña cayó de la plataforma y se abrió a su lado.

Es de Youshi, pensó con desgana. Qué chica extraña. Ahora no habrá nadie en el rike en absoluto. Enho estará solo.

—¡Enho!

Ella lo había dejado atrás. ¿Qué sería de él ahora?

¿Qué haremos con ellos?

La visión de su hermano tirado en un charco de sangre le dolía mucho más que su propia acumulación de sangre a su alrededor. Todavía era muy pequeño. Era tan buen chico. La única persona que le quedaba de su familia. Cuando sus padres habían muerto, se habían agarrado de las manos y se fueron a vivir juntos.

Era un reino triste. Haber nacido en Kei fue un destino lamentable. Kei había matado a sus padres, la habían intentado desterrar, y al final, incluso los perseguían en el orfanato, donde por fin se había hecho de una vida tranquila para ellos. Kei era un caos tal que los matones y ladrones tenían una libertad de acción.

Youshi, pensó Rangyoku, inconscientemente, apretando el pequeño cuadrado de tela en la palma de su mano. Esos asesinos golpearon a Keikei. Y sin piedad.

Era un objeto duro envuelto en tela. Aturdida, miró fijamente su mano y vio el oro brillando entre sus dedos.

¿Qué es esto?

Un sello de oro con una cara grabada.

¿Qué está haciendo esto aquí?

Se acercaban pasos pesados. Rangyoku lo apretó alrededor suyo, para esconderlo de los asesinos. Unos segundos, y un agudo dolor la atravesó por tercera vez.

El Sello Imperial de la reina de Kei.

Las lágrimas brotaron de sus ojos.

Ayúdanos, Youshi. Por favor. De la misma forma en que nos salvaste del Kyuuki. Sálvanos, y salva al pueblo de Kei.


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