Rinken era una ciudad costera
con un puerto, una vez al día partía un barco hacia la prefectura de Ken.
Hakuto no podía saltar a través de la amplia extensión de mar, incluso los kijuu
que podían volar eran transportados en barcos de vela, sin duda algo mucho más
cómodo para el kijuu.
Cuando la
brisa fresca llenaba las desteñidas velas grises, una nave podía cruzar el
estrecho hacia Ken en medio día. Saliendo del puerto por la mañana la nave de
vuelta a Rinken pasaba poco después del mediodía y se regresaba al puerto de la
orilla opuesta al caer la noche.
Shushou
pasaba el tiempo en la cubierta mirando las montañas. En varias ocasiones vio youma
sobrevolándolos, como barridos por el aire, pero ninguno de ellos atacó al
barco así que no tuvo que retirarse a su camarote.
Aprovechando
los restos del joufuu -viento de invierno-, el barco surcaba el agua
dejando tras de sí una estela blanca. Las sombras proyectaban sobre la cubierta
de mástil y las velas, primero se acortaron y cuando giraron hacia el este
volvieron a alargarse. Más allá de la silueta de la nave que regresaba a tierra
firme, las Montañas Kongou llenaban todo el cielo.
Una campana
sonó cuando el barco entró en el puerto. El sonido reverberó a través de las
olas antes de ser tragado por su rumor.
—Parece que
hemos llegado de una sola pieza —declaró Shushou con aire de triunfo mientras
bajaba por la pasarela. De ahí a Ken tardaría tres días a pie y no más de un
día a lomos de Hakuto.
El barco
había llegado a la ciudad del norte de Ken, la puerta de entrada a la
prefectura de Ken. Debido a que este estaba en la frontera, no era demasiado
grande, el encontrar alojamiento no debería ser demasiado difícil.
Mezclándose
con los otros pasajeros que desembarcaban, entraron en la ciudad y se
adentraron en la vía principal donde debían estar las posadas.
Shushou
sintió un golpecito en el hombro. Se dio la vuelta para encontrar a un hombre
de mediana edad sonriente con una cara redonda mirándola.
—Señorita,
es un moukyoku, ¿verdad?
Shushou
había oído la pregunta muchas veces durante su viaje, era evidente que no era
la única a la que le encantaban los kijuu.
—Sí.
El hombre
se agachó y acarició la piel blanca con manos suaves e infantiles.
—Un
espléndido kijuu y muy bien entrenado. Qué ojos tan agradables, se ve
que está bien cuidado. —El hombre sonrió y rascó a Hakuto detrás de las orejas,
luego miró a Shushou y dijo—: Esta es la primera vez que he visto tan
espléndido moukyoku. ¿Es tuyo?
—No. Este kijuu
es de mi amo.
El hombre
se fijó en el desgastado kimono de Shushou, sonrió y asintió con la cabeza.
—¿De
verdad? Supongo que sí. Eres responsable de su cuidado, o lo sería tu amo.
—Mi amo lo
tiene en gran estima, igual que yo.
—Por
supuesto, por supuesto. —El hombre asintió con la cabeza mientras se ponía de
pie—. Debe ser un gran señor. El que cuida de su kijuu cuida de sus
servidores, no podría ser menos.
—Yo no
diría que siempre es así —Shushou alzó la mirada hacia él—. Necesito encontrar
una posada.
—¿Qué,
estás viajando?
—Sí. ¿Vive
en esta ciudad? ¿Tal vez usted me podría indicar una posada con buenos
establos?
—No sé
sobre lo que hace que sea un buen establo o no lo sea, pero estoy familiarizado
con una posada donde a los dueños de kijuu les gusta congregarse.
¿Quieres que te muestre el camino?
—No
necesita ir a tal extremo, diciéndome la dirección será suficiente.
—No hay
problema, solo por una vez me gustaría llevar las riendas de un kijuu. A
cambio de que te muestre el camino, ¿te parece bien?
—Lo siento,
pero no puedo hacer eso. Mi maestro me regañaría si permitiera que su moukyoku
fuera manejado por cualquiera.
—Eso es
malo —dijo el hombre en un tono de pesar, pero sonrió—. Eres una joven
prudente, el que te confió el kijuu, sin embargo, definitivamente no lo
es.
El rostro
del hombre se dividió en una amplia sonrisa y agarró por el brazo a Shushou.
—¡Eh!
¿Qué
haces?, estaba a punto de decir, cuando el hombre gritó:
—¡Ladrón!
—¿Qué?
Shushou lo
miró con asombro, la gente que pasaba se detuvo y se fijaron en ellos.
—¡Este es
mi kijuu! ¡Devuélvemelo, pequeña niña estúpida!
Durante un
momento, Shushou se quedó mirando perpleja la cara redonda del hombre, sin
habla por la transformación repentina.
—¿Qué está
pasando? —preguntó alguien de la creciente multitud.
—¡Esta
golfilla quería robar mi kijuu! —Escupió—. ¡Es increíble como son los
niños de hoy en día! ¡No se puede apartar la vista de ellos ni por un segundo!
El hombre
zarandeó el brazo de Shushou, lo que le provocó un grito de dolor.
—¡No! —se
las arregló para gritar, aunque no podía estar segura de que ella se hubiera
hecho oír.
—Espera un
minuto —la voz de una mujer de la multitud—. Ese kijuu pertenece a la
chica. Las dos estábamos en el barco que llegó.
—¡Sí, me lo
robó en Rinken! Pensé que había algo sospechoso acerca de la forma en que
estaba rondando alrededor de mi kijuu
—Está bien.
—¡Eso no es
verdad! —Shushou levantó la voz, pero con su brazo atrapado sintiendo que
estaba a punto de arrancárselo de cuajo, no pudo encontrar las palabras para
decir nada más.
—¿El qué no
es cierto? ¡Mira! ¡Tengo los papeles para demostrarlo! —El hombre sacó los
documentos del bolsillo del pecho y los desplegó a la vista de todos—. Esto
prueba que el kijuu es mío y este dice que fue robado. ¡Ambos llevan
sellos oficiales!
La pared de
personas que lo rodeaban cambió el objetivo de sus miradas compasivas: de
Shushou al hombre.
—¡Increíble!
—dijo el hombre entre dientes, apretando aún más fuerte el brazo de Shushou—.
Seguramente hay alguien malicioso que ha planeado todo esto. No puede ser que
una chica como ella sea la encargada de llevar un kijuu. ¡Es lo más
estúpido que he oído! Tiene que haber algo sospechoso.
El hombre
empujó con fuerza a Shushou.
—¡No seas
estúpido! —gritó Shushou—. ¡Ese es mi kijuu! —Metió la mano en su bolsillo
y sacó el certificado que Rikou había preparado para ella—. ¡Si quieres
papeles, tengo papeles también!
Las
palabras apenas habían salido de su boca cuando el hombre se lo arrancó de las
manos y se lo rompió en pedazos.
—¡Esto no
vale nada!
La descarada
prepotencia del hombre la sorprendió. Arrojando el papel triturado a un lado,
fue junto a Hakuto para retirar los bultos colgados de la espalda y los tiró al
suelo.
—¡Agradece
que no te entregue a las autoridades! —gritó y saltó a la silla. Hakuto lanzó
una breve mirada confundida a Shushou, desconcertado. El hombre clavó sus
talones con fuerza en sus lados haciendo que Hakuto saliera volando de puro
pánico.
—¡Espere!
¡Espere! ¡Hakuto!
La calle
congestionada se separó ante Hakuto y luego se tragó a bestia y jinete. Después
rodearon a Shushou y le cerraron el paso, alguien tras ella la agarró por los
hombres.
—¡Suéltame!
—¿Qué
debemos hacer? ¿Llamar al guardia!
—Pero el
hombre dice que se lo había robado.
Shushou
gritó a los adultos que farfullaban:
—¡Tengo los
documentos notariales aquí! ¡Él es el verdadero ladrón!
Con una
curiosa mirada a Shushou y luego a la forma desaparecida de Hakuto, uno de sus
compañeros de viaje recuperó los trozos de papel de la calle y los
reconstruyeron. Su boca se abrió.
—¡Hey,
estos son los de verdad!
—¡Eso es lo
que he estado diciendo! ¡¿Cómo puede ser que un grupo de adultos sea tan
estúpido?!
Mientras
que la mitad de los espectadores que se habían reunido alrededor de ella se
escabulleron, la otra mitad se asomaba para ver el certificado.
—Sí, tiene
un sello auténtico.
—¿Qué pasa
con él?
—Solo he
podido echar un vistazo. ¿Alguien lo ha visto bien?
A medida
que los adultos que estaban allí charlaban, Shushou se sacudió y corrió en la
dirección que había visto por última vez a Hakuto, pero fue imposible
distinguir al kijuu en la concurrida calle. Varios adultos fueron tras
ella y la ayudaron en una búsqueda superficial, únicamente para llegar a la
conclusión de que el ladrón y el moukyoku habían salido por la puerta
principal.
—Lo siento,
señorita.
Un hombre
le tendió las bolsas que había recogido para ella. Shushou las tomó. Las dos
bolsas de viaje que había colgado al lomo de Hakuto ahora casi cubrían a
Shushou mientras las rodeaba con sus brazos. Se le doblaron las rodillas y dejó
escapar un largo suspiro.
—Um,
señorita, ¿va a informar de esto a la guardia?
Shushou
alzó la vista hacia él.
—¿La
oficina gubernamental no están cerradas ahora?
—¿Entonces
mañana?
—Yo aprecio
su preocupación. Gracias por conseguir mis bolsas y ayudarme a buscar a Hakuto.
—Ah, no hay
problema.
Shushou
contempló su, cada vez más, desamparado entorno. La oscuridad se había asentado
en la ciudad y Hakuto no estaba por ningún lado.
—No hay
nada más que pueda hacer ahora, sino seguir avanzando, y más aún sin Hakuto.
Miró a la
gente que estaba a su alrededor en el altercado. El resto de su itinerario a un
adulto le llevaría tres días a pie, para Shushou, las cosas se pondrían mucho
más difíciles, pero no tenía más remedio que luchar y seguir hasta el final.
—¿Alguien
puede indicarme una posada tranquila y segura? Supongo que no debe tener
establos.

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