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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

viernes, 24 de febrero de 2023

Las Alas Aspiradas - Capítulo 5

 

CAPÍTULO 5

 

 

 

En el centro del mundo está el Mar Amarillo, un lugar seco y de igual tamaño que cualquiera de los reinos circundantes. Es una tierra que está fuera de la ley y el orden civilizado, donde los youma corren a voluntad, ni está tomado por humanos, ni por dioses. La única excepción son las cinco montañas que están justo en el centro, comúnmente conocidas como Gozan. El Gozan es el jardín de las nyosen, las sirvientes de la Seioubo, la Reina Madre del Oeste.

Los dioses y los humanos no se mezclan entre sí. La gente solo puede rezar en los santuarios, no hay forma de que nadie se acerque a ese lugar. Suponiendo que las cinco montañas efectivamente son los jardines de los sirvientes y el Mar Amarillo el territorio de los youma, aún sigue siendo un mundo ajeno al de los humanos; el Monte Hou está totalmente distanciado de las banalidades humanas.

El Monte Hou, también conocido como Tai Shan, era la tierra sagrada donde nacían las criaturas divinas llamadas kirin, seres mágicos de gran poder. Actuaban afectuosa y compasivamente, guiando al mundo por el Camino, escuchando la voluntad divina del cielo según dictara la providencia.

El mundo humano se divide en doce reinos, cada uno gobernado por un emperador o emperatriz. No son elegidos de acuerdo con su ascendencia o por sus logros, solo la voluntad divina del Cielo podía colocar a una persona en el trono, eso significaba que ellos no eran elegidos de acuerdo con su línea de sangre o de sus logros meritorios. Solo la voluntad divina del Cielo podría colocar a una persona en el trono. Eso significaba que era elegido por el kirin.

Los kirin nacían en el Monte Hou, criados y protegidos por las sennin[1] o nyosen. Viajar hacia el Monte Hou y cumplir la Voluntad Divina del Cielo por el kirin era conocido como Shouzan. Por supuesto, ir hacia el Shouzan al Monte Hou requiere cruzar el Mar Amarillo. Las montañas son escarpadas y de crestas altísimas, se alzan por encima del Mar de las Nubes, por lo que los viajeros que viajan volando tampoco pueden llegar. Después están las Montañas Kongou. La cordillera era empinada e inaccesible, imposible de escalar. Solo había cuatro rutas a través de las Montañas Kongou, cada una bloqueada por una puerta poderosa. Estas eran las cuatro Puertas del Orden, cada una se abría una sola vez al año. Al noroeste, el Portón de la Fuerza linda con la tierra de Ken, en el reino de Kyou. Esta se abría en el equinoccio de primavera durante un solo día.

Shushou había dejado Renshou con el objetico de llegar durante el equinoccio de primavera. El moukyoku no era experto volando, pero tanto por aire como por tierra corría tres veces más que un caballo. Fue un largo camino hasta el Portón de la Fuerza, no era una distancia que Shushou podría haber cubierto a pie, el moukyoku reducía las dificultades del viaje en gran medida.

Lo que, es más, Shushou había salido de casa con una considerable cantidad de dinero en la mano, sabía que su padre había guardado un fondo de emergencia para cubrir los gastos urgentes en caso de que algo sucediese en Renshou y tuvieran que huir apresuradamente para salvarse.

Probablemente tratarían de seguirle el rastro, pero los efectivos fueron disminuidos por los ataques de los youma y los desastres, la búsqueda de un único niño perdido era poco probable que llamara la atención de la guardia. Pocos tenían un rápido kijuu como el dueño de la familia Sou, por lo que alcanzarla sería casi imposible.

La familia Sou operaba a través de los comerciantes de Kyou, aunque no en todas las ciudades y pueblos. Podían enviar palomas mensajeras o seichou -pájaro azul-, pero sin tener idea de hacia dónde se dirigía Shushou no sabrían a quién hacérsela llegar para esperarla.

No se preocupó por ser descubierta, simplemente paraba en cualquier ciudad a lo largo de la ruta y seguía avanzando. No tenía la sensación de ser perseguida. La tarde del sexto día después de abandonar Renshou ya había cubierto dos tercios del camino hacia el Portón de la Fuerza.

—Vamos bien.

Shushou, junto con Hakuto, aterrizando en los campos desiertos que rodeaban una ciudad ni muy grande ni muy pequeña. No entró inmediatamente en ella, antes buscó el choudou -cementerio-. Todos los pueblos que conectaban con la carretera por el sur tenían el cementerio en el norte. Necesitaba ocultarse de miradas ajenas y aplacar sus nervios primero de todo, después giró hacia el norte. La ciudad era lo bastante pequeña para ver que el techo dorado del cementerio aparecía en uno de los campos en barbecho. Muchos de estos cementerios no tenían vallas o muros. Éste no era diferente. Tampoco el trozo de terreno definido por un conjunto de tumbas nuevas, una escena que se había observado en cada una de las seis ciudades que había dejado atrás. Los montículos de tierra frescos tenían una rama de catalpa[2] pintada de blanco clavada en el suelo. Las personas también morían aquí.

Shushou aterrizó al lado de la capilla del cementerio, estos templos por lo general eran edificios grandes, imponentes y atractivos. A diferencia de los templos que había en el centro de las ciudades, la capilla del choudou se levantaba sola. Las paredes apenas mantenían fuera el viento y la lluvia, en una habitación que incluso carecía de puerta había un altar donde se consagraba a los muertos, los que morían lejos de su casa eran enterrados en una fosa común, por lo que no tenían un entierro adecuado. Detrás del altar había un pequeño anexo donde los fallecidos podían ser alojados temporalmente hasta que eran enterrados, aparte de la capilla no había mucho más.

Shushou fue al pozo junto al santuario, retiró la tapa del pozo y sacó un cubo de agua para Hakuto. Se puso en cuclillas junto a él y acarició su cuello mientras echaba un vistazo por el cementerio, se había convertido en algo muy familiar durante el viaje. De hecho, parecía que, con cada nueva ciudad, el número de tumbas solo se multiplicaba.

—Eso es lo que nos ocurre cuando morimos.

Colocado en un ataúd, enterrado en un agujero en el suelo, cubierto con tierra y eso era todo.

Algunos decían que los muertos renacían en Wa, en el extremo este del Kyokai, y se convertirían en shinsen, o que sus espíritus salían volando hacia el Monte Kouri, en medio del Monte Hou. Se hacía un recuento de los pecados cometidos y, de acuerdo con sus buenas y malas acciones, se les asignaba una posición en el mundo de los dioses. Shushou no era la única que pensaba que esto no tenía mucho sentido. Si era verdad, entonces el número de muertos crecería hasta que Gyokkei, el legendario hogar de los dioses estuviera tan lleno que parecerían sardinas en lata.

Otros afirmaban que los muertos se reencarnaban, aunque Shushou nunca había oído hablar de la reencarnación de su abuela fallecida. Si hubiera vuelto a nacer en una apariencia distinta, sin memoria, y se había olvidado de ella, entonces es como si no hubiera regresado. Eso la hacía poco más que una extraña.

En cualquier caso, pensó Shushou con la mirada fija en el cementerio, el lugar de descanso final de una persona era un lugar triste y solitario.

Los campos de los alrededores servían como un cortafuego para preservar a la ciudad de los incendios forestales. Estaba prohibido edificar casas, graneros o sembrar cultivos. Solo en el terreno baldío la tierra era dispuesta en montones. Los brotes de catalpa revoloteaban en el viento de invierno, desperdigados aquí y allá, sin nadie que los devolviera a sus tumbas.

Los muertos, por lo general, regresaban de nuevo a sus lugares de origen gracias a sus familias. Si un hijo, nieto, hermano o padre se enteraba de la noticia, no importaba lo lejos que vivieran, irían tan rápidamente como fuese posible. Estos cargarían el cuerpo de vuelta a casa y lo enterrarían en su propio suelo, construirían un montículo y plantarían los brotes catalpa. Los ricos construían un santuario, hacían ofrendas y, anualmente en la vigilia del fallecimiento, quemarían prendas de vestir hechas de papel. Aun suponiendo que los espíritus se hubieran marchado, los corazones que los añoraban lo menos que podían hacer era preparar una urna para que fuera el hogar de sus almas para no perder esa conexión con los difuntos.

Este cementerio había sido originalmente una tumba temporal para los que venía a recuperar a sus muertos. Si una familia no vivía demasiado lejos, el período de duelo se podía extender durante un corto plazo de tiempo antes del entierro. Y su era invierno, aún con más razón. Al final del día, se enterraban en la fosa común aquellos solitarios fallecidos que no tenían quién velara por ellos. Sonaba mejor que lo que les ocurría a los viajeros que habían muerto durante sus viajes, pero cualquiera que muriera y su familia no llegara a enterarse, o a la que simplemente no se le tuviera afecto o no dispusieran de recursos, era tratado igual. De manera que, cuando vivían lejos, incluso los fumin -expatriados- que eran aceptados y considerados como si fueran familia, al no tener donde regresar, eran tratados como extranjeros y enterrados en la fosa común. Y luego estaban las familias enteras que morían al mismo tiempo. Había vagabundos, por un lado, y los que tenían familias a la que regresar, pero no disponían de ningún lugar para enterrarlos y los dejaban en el campo por necesidad.

Después de siete años, el guardián del choudou desenterraba los huesos sin reclamar, rompía el ataúd con los huesos dentro, y los enterraba en el mausoleo de la ciudad. Y ese era el final.

En cualquier caso, la tierra propiedad de una persona técnicamente era cedida por el reino, por lo que cuando el antiguo propietario moría, un nuevo propietario podía tomar posesión de ella. Normalmente, la gente mantenía las manos alejadas de las catalpas que había en las lindes de las aldeas, pero si alguien, inadvertidamente, cortaba una y descubría un ataúd debajo, tenían que desesterarlas y entregarla al guarda del choudou, quien se desharía de ellos de la forma habitual.

Y así llegaba el final, inevitablemente, para las personas y todos los demás seres vivos.

—Hay algunas cosas que hay que hacer en primer lugar —Shushou murmuró para sí misma, acariciando el cuello de Hakuto. Sonrió a los ojos marrón dorado de oro y se quitó el kimono de satén acolchado. Debajo estaba la chaqueta acolchada de Keika.

—¡Qué frío!

Una vez que el sol empezó a ponerse, el frío del ambiente se hizo más intenso. Había viajado una distancia considerable desde el sureste de Renshou, pero el tiempo no había mejorado en absoluto. Había oído que el invierno no visitaba reinos situados mucho más al sur como Sou y había esperado que el clima fuera más cálido.

Con un suspiro de pesar, Shushou dobló el kimono de satén y lo metió en el paquete de viaje en la espalda de Hakuto. Ahora tenía que encontrar una posada para pasar la noche.

Le había dado a Keika su kimono acolchado -aunque antes había tenido que idear la forma de hacerse con el suyo- ya que se había imaginado que emprender aquel viaje con su mejor ropa sería un objetivo fácil para los ladrones de carretera.

Sin embargo, todavía estaba el moukyoku, necesitaba una posada que tuviera establos equipados para cuidar de él. El problema era que Shushou no se veía precisamente como un experimentado viajero que conociera las posadas del camino, o que fuera lo suficientemente rico como para poseer un kijuu, así que era probable que despertara sospecha. Ya había llamado la atención de los guardias una vez y había tenido que escapar rápidamente.

—Me estoy quedando sin opciones.

Había llegado hasta ahí haciéndose pasar por un criado a quien su amo le había ordenado que entregara un kijuu, excepto que poner a un niño de doce años a cargo de un kijuu y enviarlo solo de viaje no era muy creíble.

Para empeorar las cosas, cuanto más al sur iba, cuanto mayor era el malestar social, más estrictos eran al aceptar clientes. En la última ciudad, cuando no había podido asegurar una habitación en la posada había acabado durmiendo bajo el suelo de la capilla del choudou. Esperaba no tener que pasar otra noche en el cementerio, además, quería dar a Hakuto un buen descanso.

Junto con la ruina, el orden público también empeoraba en el sur también. No era que los desastres azotaran la tierra caprichosamente, sino que los youma aparecían en su camino hacia el norte. Quizá sintiendo la presencia de un youma, Hakuto se levantaba especialmente nervioso cuando anochecía. La noche anterior, había gruñido desde el atardecer hasta el amanecer, ese era probablemente la razón de que estuviera cansado.

Shushou podría haber buscado refugio bajo un yaboku, este garantizaría su seguridad, pero simplemente no tenía la constitución para dormir bajo el frío invierno como ese. También podría probar su rutina habitual, poner una expresión llorosa y rogarle al dueño más amable una habitación. O asaltar furtivamente a un viajero y contar una sarta de mentiras con el fin de convencerlo para que le dejara pasar con él. Aunque estas estrategias habían demostrado ser igualmente inútiles en más de una ocasión.

—Qué fastidio —se quejó Shushou, cuando Hakuto respondió con un gruñido, como si sintiera su disgusto, le rascó bajo la barbilla—. Lo siento. No te preocupes por mí —le dijo tranquilizadoramente—. Por lo menos, encontraré un buen establo para esta noche. —Pero eso no tranquilizó a Hakuto, sin dejar de gruñir volvió su mirada hacia el choudou.

—¿Qué pasa?

Rodeó con los brazos el cuello de Hakuto. Un débil sonido llegó a sus oídos. Apretó su abrazo. Era muy similar al gruñido de Hakuto, sonaba como algo producido por una especie de tigre. Los tigres no se encontraban habitualmente en Kyou, pero los youma que se parecían a los tigres se veían con más frecuencia.

El gruñido parecía venir de detrás de la capilla del cementerio. Shushou dudó, decidiendo si huir o tratar de averiguar lo que era. Escapar era la mejor opción, pero por alguna razón no podía irse sin haber comprobado previamente lo que era; en ese momento, el desconocimiento era lo más aterrador. Deseaba hacer ambas cosas y ninguna. Allí congelada en la indecisión, volvió a oír el gruñido, al mismo tiempo, una cara se asomó por la esquina de la capilla.

Shushou se tragó el grito que tenía en la garganta, se puso de pie y empezó a correr, pero como seguía con los brazos alrededor de Hakuto, tropezó. Se incorporó y miró hacia el choudou y dejó escapar un suspiro de alivio.

—¡Oh!

La cabeza era más grande que la de Hakuto, a pesar de que parecía un tigre pronto se hizo evidente que no era un tigre. Lo sabía porque había visto una vez un circo ambulante y tenían los mismos ojos marrón dorado que Hakuto. Además, las riendas le dejaron claro que era un kijuu.

Shushou miró a la criatura.

—¡Me has dado un susto de muerte! —Se puso de pie y echó un vistazo detrás de la capilla. El kijuu no hizo ningún intento de huir, solo observaba cuidadosamente a Shushou.

—Pues claro, un suguu.

La silla de montar quedaba oculta tras la capilla, estaba echado y una cola tan larga como su cuerpo se extendía tras él. Detrás de la capilla el kijuu tenía la silla de montar que yacía en el suelo. Levantó la cabeza y miró con curiosidad a Shushou que lo miró de nuevo a los ojos.

—Wow, qué ojos tan bonitos tienes.

Al igual que un par de perlas negras, pero de un negro aún más intenso, como si el interior estuviera iluminado con puntos brillantes de luz. Banko no podía siquiera permitirse un suguu: audaz y decidido, el más rápido de todos los kijuu, no eran el tipo de animal que se dejaban cazar fácilmente. Había visto que el general de la Guardia Imperial montaba uno.

Shushou se acercó más, inclinando la cabeza como preguntando si podía acariciarlo. Los kijuu eran animales salvajes en el fondo, solo permitían que sus amos los tocaran. Este suguu parecía diferente. También había oído que eran especialmente inteligentes.

—Waw, yo tendría cuidado si fuera tú.

Cuando escuchó la voz, Shushou literalmente pegó un salto, mirando por encima del hombro. Un hombre que se protegía la cabeza del viento con un pañuelo estaba allí de pie.

—Un mordisco y probablemente te arrancaría todo el brazo. —En contraste con las palabras, sin embargo, una sonrisa afable apareció en su rostro.

—Este kijuu es un suguu, ¿verdad?

El hombre rondaría los veintipocos, aunque parecía aún más joven cuando sonreía. Su vestido era de buena calidad, un vestido con corte por encima de la media, acorde con el suguu.

—Estoy impresionado. Sabes lo que es un suguu.

Un suguu, después de todo, no era el tipo de kijuu que la gente normal veía todos los días.

—Me gustan los kijuu. ¿Los suguu muerden?

—Depende del temperamento. No muy a menudo, pero yo diría que nunca. Mejor ser prudente y mantener las manos alejadas.

—¿Puedo acariciarlo?

El hombre sonrió y se arrodilló al lado del suguu, puso el brazo alrededor de su cuello y dijo con un guiño:

—Adelante. Realmente deben de gustarte los kijuu.

—Sí —dijo Shushou, acariciando la ancha frente del suguu. El pelo era más áspero de lo que parecía.

—Ya veo. ¿Así que el moukyoku es tuyo?

Shushou echó un vistazo a la cara alegre del hombre.

—No, él pertenece a mi señor, se llama Hakuto.

El hombre rio en voz baja-

—Eres una chica interesante, antes presentas a tu kijuu que a ti misma.

—¿Qué hay de malo en eso? Mi nombre es Shushou.

—Este es Seisai.

Shushou sonrió.

—Ese es un nombre elegante. ¿Y tú?

—Soy Rikou.

Mirando su cara alegre, amable, se le ocurrió un pensamiento.

—¿Eres de por aquí? —Miró las bolsas junto al suguu—. No, probablemente no, teniendo en cuenta tus bolsas.

—Soy un viajero.

—¿Te quedarás en esta ciudad?

—Esa era mi intención.

—Tengo una petición. Parece un hombre de buen carácter.

—¿Qué es? —respondió con una voz a la vez curiosa y divertida.

Ella levantó los ojos para clavarlos en los suyos.

—Mi maestro necesita que este kijuu se le sea entregado de inmediato, pero la idea de encontrar una posada a esta hora me deja intranquila. Parecería muy extraño para una pequeña chica como yo que llevara un kijuu, ayer por la noche, todas las posadas me rechazaron.

—¡Que horrible! ¿Sin posada en una noche fría como hoy?

—Sí, así es. Tuve que dormir en el sótano de la capilla del cementerio. Bastante patético, ¿no te parece?

Los ojos de Rikou se abrieron de la sorpresa.

—¡Eso es una locura! ¿No sabes que los youma están apareciendo por todas partes?

—Pero no tenía ningún otro lugar para alojarme.

—Eres una mujer con agallas. ¿Qué harías si fueras atacada por un youma?

—No ha ocurrido hasta ahora. Debo estar haciendo algo bien y no he tenido mala suerte.

—No creo que ese sea realmente el problema aquí.

—Perder el tiempo en preocuparse por mí no logrará nada, pero si sigo durmiendo en cementerios todas las noches, mi suerte estará destinada a agotarse.

—Yo no estaría de acuerdo con eso. ¿Hasta dónde vas?

—Um, a Ken.

Rikou no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Quieres decir que harás todo el camino hasta el Portón de la Fuerza? ¿Ese Ken?

—Sí.

—Realmente estás probando tu suerte. ¿Estás haciendo esto por tu cuenta?

—Es lo que implica el trabajo, por lo que no tengo opción. Te vas a quedar en una posada, ¿verdad? Necesitará establo para su suguu, ¿verdad? ¿No podría acompañarlo? Pagaré mi parte, por supuesto.

—¿Eh?

—Um, bueno, yo tenía una carta de presentación de mi amo para colocarme como sirvienta en la casa a la que debo entregar el moukyoku, de forma que no fuera sospechoso el que lo montara, pero la perdí.

—No me digas.

—En cualquier caso, si tuviera que dar marcha atrás ahora, mi amo me castigaría, es un hombre realmente aterrador, no sé qué destino horrible tendría, pero sin esa carta de presentación ninguna de las posadas me va a tomar en serio. Y así me encuentro en un verdadero aprieto. Por favor, ayúdeme.

—Eh… —murmuró Rikou mientras observaba con interés a Shushou.

—Si no fuera así, simplemente podrías no estar de acuerdo, podría conseguir algún lugar para Hakuto, dormiría en los establos con él y si eso no fuera aceptable, haré lo que sea-

Rikou se echó a reír de repente.

—Entiendo. Una petición bastante simple. ¿Y si digo que eres mi compañera de viaje?

—¿De verdad? Gracias. Le estoy muy agradecida.

Rikou sonrió y asintió con la cabeza. Él se detuvo.

—Será mejor que nos apresuremos, pronto cerrarán las puertas de la ciudad.

—Sí, sí —dijo Shushou, corriendo de vuelta con su moukyoku.

Rikou la llamó desde detrás:

—Señorita, ¿te importaría un pequeño consejo amistoso?

Shushou se detuvo y se volvió.

—¿Qué?

—Si vas a contar una gran mentira —dijo Rikou con una gran sonrisa en su rostro—, yo apostaría por que cuanto más humilde fuera la mentira, mejor.

Shushou se le quedó mirando, luego volvió la cara hacia el cielo y suspiró.


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