Shoukei escaló el Monte Koushuu
entre la frontera de En y Kei y entró a Kei. El nombre de la ciudad en el
puesto fronterizo era Gantou[1]. Gracias a Rakushun, no tuvo problemas para cruzar
la frontera.
—Ten
cuidado.
Se separó
de ella en la ciudad de Kei y Rakushun volvió a En. Shoukei lo vio salir y no
podía dejar de bajar la cabeza y decir: “Gracias”.
Había
organizado un pasaporte para ella y le había dado dinero para viajar de su
propio bolsillo. Él le había dado mucho. Él la trajo hasta ahí y la había dejado
sin pedirle nada a cambio. No podía dejar de darle las gracias.
—Oh,
maldita sea —se dijo a sí misma, mientras la cola ondeando de Rakushun
desaparecía de su vista. Ella nunca le había dado las gracias a ninguna
persona. Nunca había pedido disculpas a nadie. De vuelta en Hou, bajo los
golpes, ella se había arrastrado ante Gobo. En el palacio de Kyou, ella se
había arrastrado ante la reina de Kyou. Pero nunca con sinceridad. Nunca había
agradecido desde el fondo de su corazón a nadie. Ella ni siquiera había sido
ella misma.
Cuando
levantó la cabeza otra vez, Rakushun había desaparecido de entre la amplia
calle, con la buena dirección hacia En. Estaba ya probablemente sobre el sugu
y galopando de regreso a Kankyuu.
Ella
respiró hondo y echó un vistazo por encima de su hombro. El tipo de diferencias
que vio ahí en la frontera de En y Kei no era muy diferente a la de la frontera
de Ryuu y En.
Así que,
esto es Kei.
La ciudad
estaba asentada a lo extenso en la cumbre de la montaña de Koushuu. Desde la
puerta que separa En y Kei, la ciudad se extendía a lo largo de las laderas
adosadas. Una vista imponente de la ciudad se abrió a partir de la calle de
delante de la puerta del centro. Al mismo tiempo, el reino se extendía desde el
pie de la montaña de Koushuu.
Junto con
Shoukei, muchos otros también se detuvieron en la calle y miraron a su
alrededor y dieron suspiros de resignación. En comparación con el punto de
vista era una tierra desolada. La nieve no cubría los campos en invierno y la
falta de nieve no hacía más que acentuar el punto de vista solitario y estéril.
La ciudad
fronteriza era grande. Sin embargo, el ajetreo y el bullicio eran muy
diferentes. Pequeños edificios apiñados a lo largo de estrechas calles
pavimentadas con tierra compactada. Hacía más calor que en comparación con las
ciudades del norte, pero todas las ventanas estaban cerradas herméticamente. El
acristalamiento de vidrio era escaso, como un perro verde. Parecía una ciudad
que obstinadamente se negaba a dar la bienvenida a nadie.
Los
edificios destruidos por todas partes, solo los esqueletos restantes de su
estructura dejado atrás. El revoltijo de tiendas multicolores que bordeaban la
carretera, de los edificios estrechos se derramaba una marea de frascos rotos,
jarras, muebles y utensilios del hogar. Un sinnúmero de pequeñas chozas,
cerrando el paso del viento con maderas desechadas y trapos viejos, encaramados
a lo largo de la carretera circular exterior que abarcaba la ciudad. Gente
andrajosa, cansada y sombría en torno a las hogueras.
Kei es un
país en crisis. Ahí, el precedente de un rey de larga duración no existía. La
diferencia más amarga entre Kei y En era el largo del gobierno de un solo
monarca.
Había un
gran número de personas que desembocaba en el lado de Kei de la ciudad, la
mayor parte de ellos eran refugiados.
—Pensé que
podría haber mejorado un poco más —murmuró un hombre abatido, que parecía
hablar en nombre de la multitud de gente que fluía por la calle—. Sí, no
tendría que haber vuelto.
Shoukei oyó
los suspiros de la gente del grupo.
—¿Está todo
esto podrido, me pregunto? Por lo que no se ve nada bien.
—Me fui del
país después de que la reina murió. No tenía ni idea de que había llegado a
estar tan mal.
—Sí, es
difícil —pensó Shoukei para sí misma mientras caminaba. Va a ser difícil
arreglar este reino.
Los
refugiados eran un dolor de cabeza en el reino de En, por lo que volvieron a
Kei. Las personas que habían estado en En, no podían dejar de comparar Kei. De
hecho, en comparación con su reino natal, Hou, el estado de Kei no era tan malo
para su desesperación. Sin embargo, las diferencias entre En y Kei eran tan
evidentes como la nariz en su cara. Codo a codo con la prosperidad y la alegría
de En, la ciudad de Kei parecía un naufragio.
El grupo de
personas continuó por la calle juntos y entraron en una posada barata.
Finalmente encontró un edificio de tres pisos con ofertas de empleo. Las
habitaciones eran grandes, pero había que compartir alojamiento.
Los
refugiados alojados en el albergue expresaron una variedad de sentimientos: de
los felices que eran al ser capaces de volver a su país de origen, con seriedad
sobre el futuro y con optimismo, de los ancianos con sueños rotos de regresa a
un reino bendecido, rico y vivir la fácil vida.
—¿Has oído
algo sobre la reina?
—¿Una
reina? ¿Otra vez?
—Si hubiera
sabido eso, me hubiera quedado en En.
—Las reinas
no son buenas. Ellas no tienen lo que se necesita. Todo se está yendo al
infierno lo suficientemente pronto.
—En el momento
que comience a perder el camino, estaremos haciendo cola para entrar a En otra
vez.
—Te lo
digo, la próxima vez que nos vayamos, no volveremos nunca.
Sí,
realmente era un desastre. Shoukei suspiró. Por alguna razón, la reina de Kei
no le parecía una extraña para ella. Cuando pensaba acerca de lo que debía ser
como reina, tenía que suspirar de simpatía.
Y ahora
está probablemente en el palacio pensando lo mismo.
—Me
pregunto si debería volver con la cabeza baja hacia atrás otra vez.
—Nunca
sucederá. No hay nada para nosotros en En. No importa cómo se lo mire, no hemos
nacido en En.
—Sí, pero
no podemos volver a donde nacimos, tampoco.
—Esperemos
que algo quede en nuestra ciudad.
—Olvídalo. —Uno
de los hombres se inclinó hacia delante. —¿Sabes algo de los barcos que salían
de Goto?
—¿Qué es
eso?
—Los buques
de guerra se dirigen a Tai. Uno de los gobernadores de la provincia de Wa los
envía, más o menos eso he oído. Parece que está recogiendo a los refugiados de
Tai y los trae aquí.
—Son
noticias nuevas para mí. Tienes que estar loco, ¿ir a Tai, ahora? Habría que
taponarlo.
—No, no
estoy hablando de eso. Vamos a ver, ¿dónde estaba…? Sí, Shisui. El gobernador
de Shisui envía esos barcos porque sentía mucho por los refugiados y todo eso.
Si abordaban y llegaban a Shisui, él les daba una parcela de tierra y los
registraba en el censo.
—Shisui,
provincia de Wa… está justo en la frontera de la provincia de Ei.
—Hey, si
puede hacerse cargo de los refugiados así, Shisui tendrá que estar haciéndolo
bien, ¿no es así? Si preguntamos, tal vez nos dan la bienvenida, ¿no?
—Tonterías —una
mujer agitó la mano con desdén—. Se trata de endulzar las cosas. La gente tira
la lana sobre los ojos.
—No es así.
Escuché lo mismo de otras personas también. ¿Cierto?
Hubo una
pausa en la conversación.
—Tienen que
creer en cuentos chinos, está bien. Eso es todo lo que son.
—Eso no
puede ser verdad. Vamos, ¿qué, nadie ha oído hablar de eso antes? ¿En serio?
En
respuesta a su consulta, Shoukei levanto la voz.
—Yo lo
hice.
El pequeño
grupo apretado de repente se abrió, su atención cayó sobre ella. El hombre se
acercó a ella.
—Es verdad,
¿no? ¡Lo sabía!
—Bueno,
este, me enteré en Ryuu. Me enteré de un marinero que trabajaba en los barcos
que zarpaban de Ryuu a Tai. Dijo que había barcos como esos.
Una ráfaga
de conversaciones siguió a eso, todos ellos sosteniendo al mismo tiempo acerca
de lo bien que debía de ser Shisui, y cómo su ciudad natal, ni siquiera
existía.
—¿Por qué
no solo vamos para verlo por nosotros mismos?
—Mi pueblo
fue destruido cuando el río inundó las orillas.
—Yo todavía
prefiero volver al lugar en donde nací.
Terminaron
divididos por la mitad, entre los que querían comenzar en Shisui de inmediato,
y aquellos que pensaron que todo era una sarta de mentiras y argumentaron que
nada bueno saldría de ello.
—¿De dónde
vienes? —le preguntó uno de ellos a Shoukei.
Ella
inclinó la cabeza hacia un lado.
—Yo soy de
Hou. Ya sabes, me gustaría tener una casa mía, pero no soy lo suficientemente
grande. —Ella siempre podía mentir sobre su edad, pero no estaba segura acerca
de cómo llevarlo a cabo—. Pero si es que realmente Shisui es rico, no veo daño
alguno en averiguarlo por mí misma. —Ella asintió con la cabeza a sí misma
mientras hablaba—. Me imagino que tendré que conseguir trabajo en alguna parte,
y bien podría ser en Shisui como en cualquier otro lugar.
Al día siguiente, Shoukei
comenzó su viaje a Shisui. Se había acostumbrado a viajar en carro en Ryuu,
pero entonces decidió seguir adelante. A diferencia de Ryuu y En, había mucha
gente caminando por las calles. De hecho, no estaba demasiado frío como para
caminar. El trabajo de caminar por sí solo mantenía el calor suficiente, aparte
de las puntas de los pies y las manos, era tolerable.
El camino
del sur llevaba hacia Meikaku, la capital de la provincia de Wa. La carretera a
Gyouten corría de este a oeste a través de Meikaku y Shisui.
La
devastación del campo era grave. Muchas de las casas en las aldeas en el camino
estaban destruidas. Los campos de barbechos destrozados, los bosques de ceniza
arruinados y quemados. Con tan poca nieve, nada se ocultaba a la vista. De vez
en cuando, en los alrededores vivía gente en una aldea, se podía ver la dila de
montículos de tierra. Así que mucha gente había muerto.
Eso la hizo
estremecerse. Las montañas desbastadas y arroyos, la pérdida de vidas. Esto era
debido al rey, porque no había un rey que se sentara en el trono.
—Señorita,
¿de dónde es? —un anciano sentado a su lado en el carro le preguntó.
Shoukei
sacó la vista de la parte trasera de la carretera. Muchos de los vagones de Kei
viajaban con el dorso descubierto.
—Hou —dijo.
—¿Es
verdad, sobre la historia de que el rey de Hou ha muerto?
—Sí.
—Oh —el
anciano abrazó el onjaku al pecho—. Así que Hou va a pasar por esto.
Los ojos de
Shoukei se abrieron en respuesta a esa declaración hecha. Era cierto. Muchas
personas morirían. Víctimas que envidiarían a los asaltantes, de la misma
manera que ella odiaba a Gekkei, el Marqués de la provincia de Kei.
Y así
debería ser odiado, por traer la destrucción del reino. Ella dijo:
—Kei es
mejor ahora, con una nueva reina en el trono.
El anciano
se echó a reír.
—Se podría
decir que cada vez es mejor. Pero eso es lo que todos pensamos la última vez.
No tenía
nada más que decir después de eso.

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