Un grito despertó a Shushou en
medio de la noche.
Al
principio, estaba segura de que estaba soñando y que era su padre el que
gritaba. Shushou estaba dentro de su casa, rodeada de las paredes de celosía,
mirando algo en medio de los arbustos en el jardín cercano. Los gritos de su
padre llegaron desde más allá de la arboleda cuidadosamente mantenida. Y
carcajadas. Su padre estaba siendo atacado. Tenía que ir a rescatarlo, pensó,
pero no importa de qué parte de la casa había venido, más paredes de celosía la
rodeaban. Ella no podía encontrar el camino para salir.
Tengo
que apresurarme, se preocupó con creciente impaciencia. No había puertas o
salidas. A pesar de que maldijo las paredes de celosía, una parte de ella
estaba agradecida. Al ser incapaz de correr al rescate de su padre significaba
que no tendría que verlo morir. Shushou arañó la celosía, quería gritar o
llorar, pero no podía hacer ninguna de las dos cosas.
Y entonces
se despertó y supo que era un sueño. No tuvo tiempo para sentir alivio. Un
momento después se dio cuenta de que algo mucho peor estaba sucediendo. Cuando
abrió los ojos y trató de incorporarse, se encontró con la boca tapada y los
brazos atrapados en un abrazo de oso.
—¿Qué…?
No tuvo que
pensarlo mucho. La respuesta llegó en forma de voces y gritos. Por suerte o no,
estaba aplastada contra el suguu, moviendo los ojos hacia un lado y a
otro, lo único que pudo ver era la cara de Rikou. Él era el que la aferraba,
En la
oscuridad, apenas distinguió la expresión tensa en su rostro y la espada
desnuda en su mano derecha. Se quedó mirando fijamente por encima del hombro.
No podía entender lo que estaba pasando, a excepción de los gritos y los
chillidos de pánico y enfado de los hombres.
Luchó a
ratos para ver más, pero Rikou le dijo suavemente al oído:
—Cálmate.
¿Recuerdas lo que Gankyuu te dijo que hicieras?
Shushou
levantó la mirada y asintió.
Permanecer
en la caravana, le había dicho.
“No importa
qué tan tentador pueda parecer, no te adentres en el bosque. Si una sombra cae
sobre ti, no mires al cielo, escóndete debajo del árbol más cercano. Cuando
aparecen los youma, lo mejor es esconderse debajo de un árbol o en la
maleza, permanece quieta y no hagas ni un solo ruido. Los youma no ven
demasiado bien. Si te aplastas cerca del entorno, el youma no podrá
diferenciar entre tú y el árbol. Si se trata de un árbol aromático y no hace
ningún movimiento brusco, es poco probable que el youma te descubra, a
menos que esté muy cerca.”
Shushou lo
recordaba bien, pero el recordarlo hizo que la náusea del miedo la sacudiera
hasta los huesos. Los gritos y los caballos relinchando, gritos sobre la caza
de algo. Fuera lo que fuera, no sabía lo que estaba pasando y, era aún más
alarmante no ser capaz de averiguarlo. Estaría mejor si fuera un sueño. Si ella
estuviera dormida, podría despertar y todo estaría bien.
Presionando
su mejilla contra el suguu, se resistió a la impaciencia y la ansiedad.
Seisai era tan tranquilo que bien podría estar durmiendo, excepto por el rápido
ascenso y la caída de su pecho, Seisai también sabía qué hacer en una situación
como esa.
Shushou
cerró los ojos y se encogió sobre sí misma. Finalmente, gritos de alegría
sustituyeron los gritos y los chillidos. Los brazos de Rikou se relajaron a su
alrededor.
Se
acabó. ¿Pero qué es lo que ha terminado?
Temblorosa,
abrió los ojos y trató de mirar hacia el claro por encima del hombro de Rikou.
Gankyuu los llamó primero.
—¡Vámonos!
¡Deprisa! ¡Pónganse en marcha!
Gankyuu
gritó mientras se acercaba corriendo desde el claro. El olor a sangre era
penetrante. El brillo rojo de la hoguera iluminó el claro pero no era lo
bastante intenso como para distinguir las cosas, la gente deambulaba en medio
de la confusión.
—Gankyuu,
¿qué está pasando?
—¡Te dije
que te dieras prisa! —ladró Gankyuu.
Tiró la
silla de montar en el haku y ató con correas los pertrechos, siempre
empaquetados y listos para partir, y se colgó las mochilas de cuero sobre los
hombros.
Antes de
que Rikou pudiera imitarlo, Gankyuu había arrancado su capa, enrollándola sobre
sus brazos y, montado sobre el haku. Un segundo más tarde, Rikou y
Shushou saltaron sobre el lomo de Seisai.
—Vamos —dijo Gankyuu en voz baja y el haku
despegó. Seisai no necesitó de ninguna orden de Rikou para hacer lo propio.
—¡Apártense! —gritó Gankyuu.
Las personas que pululaban por el claro se
dispersaron por la sorpresa. El miedo apareció en algunas caras, consternación
en otras, las demás estaban aturdidas. Poco más allá de ellas apareció la
silueta de un ave del tamaño de una pequeña montaña. Había caído al suelo y no
se movía.
—Rikou, ¿sucedió algo? —preguntó Shushou,
aferrándose a su espalda.
Rikou la miró, a la luz de la luna pudo
distinguir su sonrisa ligeramente agitada y que la hizo sentir un poco mejor.
Era tranquilizador el tener a un hombre de gran corazón alrededor.
—Sí. Algo…
—¿Un youma?
—Probablemente —respondió brevemente y se
volvió a Gankyuu, galopando hasta ponerse a su altura—. ¿Está bien si nos
movemos?
Gankyuu asintió. Al mismo tiempo, más allá de
la arboleda cercana llegó un grito humano. Más jinetes montados, con sus
pertrechos asegurados de forma similar, irrumpieron en el claro. Ante la vista
de esta súbita estampida -dos kijuu delante y el resto pisándoles los
talones- la caravana se dispersó y corrió por todas partes.
Uno les gritó:
—¡Hey! ¿A dónde van?
La respuesta no vino de Gankyuu, sino de uno
de los jinetes de la retaguardia.
—Váyanse. Una vez que el olor a sangre esté
en el viento, llegarán más.
La boca del hombre se abrió, con un chillido
de alarma, se tropezó con sus propios pies por intentar alcanzar sus bolsas de
viaje.
Dejando el resto de la caravana a sus
espaldas, una compañía de una docena de personas se formó y continuaron a un
ritmo acelerado por el camino. Solo cuando la luz de la hoguera y el sonido de
las voces humanas había desaparecido detrás de ellos aflojaron el paso, pero no
detuvieron las monturas.
—Gankyuu, ¿es verdad? ¿Los youma se
abalanzarán desde las sombras? —Aunque Shushou intentó controlar sus nervios,
no pudo reprimir el temblor en la voz.
—Estaremos bien, señorita. —La respuesta no
vino de Gankyuu, sino a partir de un jinete que iba junto al suguu—.
Marcan sus territorios y por lo general no más de uno por la zona, todavía
tardarán un poco en llegar.
—Oh. ¿Es eso así?
Él asintió, era un hombre grande con una gran
espada a la espalda.
—Más importante aún, señorita. ¿Quién es su shushi?
¿Es este hombre?
—¿Shushi?
Rikou habló.
—Yo no. El tipo del haku.
—Ya veo —dijo el hombre. Él hizo girar su rokushoku
-un kijuu que se asemejaba a un cruce entre un tigre y un caballo-
alrededor del suguu y se acercó a Gankyuu.
—Rikou, ¿qué es un shushi?
Rikou volvió a mirar a Shushou, luego detuvo
a Seisai.
—Creo que estarás mejor delante, ¿verdad?
Sentada allí clavada a la espalda de Rikou
era desalentador e incómodo. Así que bajó de inmediato de la silla de montar y
Rikou tiró de ella hacia arriba situándola ante él. Colocada entre los brazos
de Rikou mientras sostenía las riendas, tenía una visión clara por delante y no
se preocupaba por todo lo que le seguía por detrás.
—Los shushi[1] son cazadores de cadáveres
—dijo Rikou, frenando a Seisai a un ritmo tranquilo—. Los tipos como Gankyuu
son llamados ryoushishi por la gente; ellos y las personas que se
desplazan regularmente por el Mar Amarillo se refieren a sí mismo como shushi.
—Gankyuu se llama a sí mismo un cazador de
cadáver.
—Bueno, eso es Gankyuu para ti. Los cazadores
que no transportan fuera un trofeo, sino solo los restos de sus compañeros no
esperarían que fueran llamados por ese nombre. Es un término de burla, no la
forma en que abordan a uno de los suyos.
—Hum… —Shushou miró a Gankyuu mientras
hablaba con el hombre con el que ella misma había estado hablando.
—Hay shushi, goushi y shumin[2].
—¿Shumin? ¿Son diferentes de los shushi?
—Seguro que has visto viajar a itinerantes,
Shushou. ¿Sabes por qué se les llama shusei[3]?
—Bueno, hum, he escuchado que es debido a que
llevan pasaportes de color rojo —Rikou asintió y Shushou prosiguió—. Los
itinerantes y vendedores ambulantes que viajan a través de los diferentes
reinos y que no tienen un lugar fijo de residencia, son conocidos como shumin
a causa de sus pasaportes rojos.
—Bueno, al menos inicialmente —dijo Rikou con
una sonrisa—. Si se pierden los papeles, se puede informar a la oficina del
gobierno local y recibir un pasaporte temporal, ¿verdad? Un documento
provisional que está marcado con una raya roja. Originalmente, el pasaporte
provisional se llama shusei, esas personas que van sin dirección fija de
un reino a otro también son llamados shusei. Con el tiempo, llegaron a
ser conocidos como shumin, Pueblo Rojo.
—Ah.
—Entre estos itinerantes, shushi,
están los cazadores de cadáveres, ryoushishi. Se consideran los líderes
de estos shumin, por eso se llaman shushi -el “shi” se usa
de una forma formal para representar un estatus superior. Los hombres como
Gankyuu que cazan en el Mar Amarillo son los más respetados de los shumin.
—¿De verdad? ¿Entonces qué pasa con los goushi?
—Los guías también son shumin. Y a
pesar de que viajan en el Mar Amarillo, se ganan la vida gracias a que los
contratan como guías de personas que no pertenecen a los shumin. Estos
tienen más respeto por los shushi que los goushi, estos últimos
son mano de obra contratada.
—Así los shushi tienen un rango
superior al de los goushi.
—Los shumin son conocidos también como
koumin[4], Gente de Color Amarillo. En general, ellos se llaman a sí mismos
koushu no tami[5], es decir, la gente del rojo y amarillo. En espíritu,
ellos se consideran hijos del Mar Amarillo. Se dice que hace mucho tiempo sus
pasaportes eran de color amarillo. Puesto que el amarillo es el color de los kirin,
la práctica podría haber terminado por respeto o simplemente fue prohibida.
—Vaya… —reflexionó Shushou.
Fue entonces cuando las voces de las personas
que iban detrás finalmente se encontraron con ellos.[6]

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