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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

miércoles, 22 de febrero de 2023

Mil Millas de Viento, el Cielo del Amanecer - Capítulo 12

 

CAPÍTULO 12

 

 

 

Oh, ¿entonces naciste en Japón?

—Sí —respondió Suzu, asintiendo con la cabeza.

Y fuiste arrastrada a la costa de este mundo, ¡qué pena!

—Fue horrible —coincidió Suzu.

Lo sé, lo sé. Nadie en este mundo puede comprender en verdad lo difícil que es la vida de un kaikyaku[1]. Pero yo sí.

—Sí, lo sabe. Es muy difícil —dijo Suzu—. Pero estoy tan feliz de haberla conocido, reina de Kei.

Estoy contenta también. Ya no tienes nada de qué preocuparte. Eres una kaikyaku igual que yo. Haré lo que pueda para ayudarte. Si hay algo que te preocupa, házmelo saber.

—Estoy muy agradecida, su Alteza. Yo…

  

 

Se dio la vuelta en la cama[2]. Su imaginación le falló. No podía pensar en qué decir a continuación.

Desde que escuchó sobre la reina de Kei por Riyou, había tenido esa conversación con ella noche tras noche. La reina de Kei estaría llena de compasión por ella. Habían conversado acerca de Japón, acerca de los juicios del pasado, sus planes para el futuro. Sin embargo, Suzu no tenía ningún poder, ni riqueza ni libertad. Sin duda, la reina de Kei iría en su rescate.

¿Cómo puedo ayudarte?

¿Podría exigirle que envíe a Suzu a Kei para que viviera en el palacio? Un lujoso palacio, no como la Gruta de Suibi, con generosos servidores de buen corazón. Ahí hablarían juntas y pasearían por los jardines. Y mientras ella estaba en ello, ¿qué había sobre darle a Riyou un poco de su propia medicina?

Esta chica es mi compatriota. Si tú la tratabas mal, no te lo perdonaré.

Cuando la reina de Kei lo dijo, Riyou se arrastraba a sus pies. Ella se disculparía, entonces. No importaba qué tan amarga fuera, ante el poder y la autoridad de la reina no tendría más remedio que obedecer.

Voy a nombrar a Suzu Señora de la Gruta de Suibi. Riyou será su sirvienta.

—No, no es necesario —dijo Suzu, sacudiendo la cabeza—. Eso no es lo que quiero. Yo solo deseo que la Señora de la Gruta me presente alguna bondad o gratitud. Eso por sí solo sería suficiente.

Suzu, eres una buena persona.

La reina de Kei le sonreía, los ojos agradecidos de Riyou la miraban.

—No es difícil —murmuró para sus adentros Suzu—. Riyou nunca me da las gracias por nada.

Se envolvió en la manta por sobre los hombros. Sin embargo, si solo podía servir a la reina de Kei, haría lo que fuera. Si pudiera ir a verla…

Al cerrar los ojos, oyó el sonido de una campana. Afuera, un viento invernal soplaba. El tono alto se mezclaba con el sonido de un cepillar seco, el coro de la turbulencia del viento tejiendo a través de las cumbres ondulantes.

Suzu se sentó de repente y escuchó con más atención. Kang, la campana sonó de nuevo. Era Riyou llamando a sus sirvientes. Se apresuró a deslizarse de la cama, tiró una túnica sobre su camisón, se apresuró a atarse el cinturón y salió corriendo de la habitación.

¿Qué estaba pasando en medio de la noche?

A Riyou no le importaba que sus criados recién se fueran a dormir o se despertaran. En la habitación de Suzu había tres camas para tres sirvientes, pero los otros dos se habían ido ya hacía mucho tiempo. Aún a costa de perder su lugar en el Registro de Inmortales, habían decidido huir y habían tenido la fortuna y suerte de llevarlo a cabo. Al menos, eso es lo que otros sirvientes dijeron.

Instada a lo largo por el sonido estridente e incesante de la campana, Suzu corrió por los pasillos hasta el cuarto de Riyou. Ya, dos otros sirvientes habían llegado antes que ella. Tan pronto como entró en la habitación, las vituperaciones de Riyou volaron hacia ella.

—¡Llegas tarde! ¡Eres una idiota y perezosa!

—Lo siento. Me quedé dormida.

—Así está todo el mundo. Eres una perezosa, aún estos llegaron antes que tú, ¡y se supone que tú eres mi criada personal!

El hombre y la mujer que habían llegado primero evitaron su mirada. Eran lo suficientemente cuidadosos a esa altura como para no defender a Suzu, o sentirían el impacto del desprecio de Riyou también.

—Le pido perdón.

—Incluso cuando duermen, los asistentes deben de estar atentos a las necesidades de su amo. Es por eso por lo que me propuse para ofrecerte un alojamiento y alimentación en primer lugar.

Suzu bajó la cabeza. Las frutas extrañas que crecían en la montaña, el rendimiento de una parcela de tierra en el barranco, un modesto estipendio del tesoro nacional, el alquiler de los escasos campos en la base de la montaña cultivadas por los lugareños, los impuestos recaudados de la capilla del pueblo, a continuación, el Monte Suibi -estos eran la totalidad de los ingresos de Riyou, y lo que Suzu y todos los demás tenían para vivir-.

—¡Esto es increíble! ¡Doce sirvientes, y solo tres se molestaron en venir! —Riyou miró a la mujer de mediana edad—. ¡Tú! No puedo soportar este frío. Masajea mis pies. ¡Honma!

Eso, sin duda, era el seudónimo despectivo para Suzu.

—El aire está viciado aquí. El lugar debe ser ventilado. Ve y despierta a todo el mundo. Ése será tu castigo. Toda la gruta necesita una buena limpieza. Es por todo este polvo.

¿Quiere decir, ahora? Suzu tragó las palabras que estaban en sus labios. Si Riyou decía de hacerlo, había que hacerlo.

—Me siento desafortunada de estar rodeada de sirvientes que no pueden limpiar para mi satisfacción. Increíble. Y en silencio sobre eso. ¡Estoy tratando de dormir!

  

 

Suzu no tuvo más remedio que ir por ahí y despertar a todos. Aunque fuera por orden de Riyou, nadie nunca estaba contento de ser sacado de su cama en medio de la noche y todos volvieron su resentimiento contra ella. Con la cabeza gacha, ella hizo lo que le dijo. En la oscuridad de la noche invernal sacudió el polvo de todo, limpió, trapeó, fregó y secó los empedrados pasillos. El solsticio de invierno estaba casi sobre ellos. El agua en ese momento de la noche estaba helada.

Su Alteza.

Mientras fregaba el suelo, las lágrimas brotaron. Que una chica de Japón se haya convertido en reina de Kei le alegraba intensamente. ¿No se encontrarían en algún lugar, alguna vez? Reunirse con ella sería el momento más feliz de su vida. Imaginando ese momento era muy gratificante, y el despertar del sueño era muy miserable.

Su Alteza, por favor ayúdeme.

  

 

La limpieza les llevó hasta el amanecer. Después de una breve siesta, las tareas de la mañana esperaban. Riyou despertó hacia el mediodía a inspeccionar el trabajo. Expresó su descontento con el esfuerzo y les dijo que hagan todo de nuevo. Fue entonces cuando Suzu rompió un jarrón.

—¡Qué buena para nada que eres! —le dijo Riyou, arrojando los fragmentos rotos a ella—. El costo de este jarrón va a salir de tus comidas. Eres una Asistente, después de todo. No morirás de hambre. Y yo soy una persona bastante caritativa que no voy a revocar tu rango de asistente. —Riyou subió las cejas. —¿No te gusta? ¿Entonces por qué no empacas tus maletas y te vas?

Salir de la gruta significa que su nombre sería borrado del Registro de Inmortales. Riyou sabía que era algo que Suzu no podía hacer.

—Por supuesto que no —ella soltó un bufido—. Realmente era una niña inútil. Es solo porque soy una persona extraordinariamente generosa que me molesto para mantenerlo todo.

Suzu bajó la cabeza y se mordió el labio. ¿Podría salir de ese lugar? Se tragó la idea tan pronto como entró en su mente.

—Te he estado tratando muy bien. Realmente no necesitas una cama ahora, ¿no?

Suzu la miró.

—Cada minuto que estuviste durmiendo en una cama agradable y cálida sin hacer ningún trabajo. ¿No lo crees? —Riyou rio con malicia—. Puedes dormir en el granero, por el momento. Es tan amplio que no hará tanto frío. Sí, eso es lo que conviene.

Eso significaba dormir con Setsuko[3], el tigre de Riyou. La cara de Suzu palideció. Setsuko no era un animal fácil de manejar para los demás. Era una criatura tan feroz que solo un hombre fue asignado para ser su cuidador.

—Perdóneme, por favor, ama —se acobardó Suzu, temblando de miedo.

Riyou la miró fijamente con desprecio no disimulado.

—Oh, lo harás. Pides mucho de mí. ¿Quién te crees que eres? —Riyou se rio y dio un suspiro exagerado—. Bueno, está bien. En cambio, puedes irte a buscar algunos kankin[4].

—Ama…

Kankin eran una especia de setas de musgo que crecían en los acantilados de la imponente mañana. Para recogerlos, tenía que estar asegurada por una cuerda y escalar por al lado de los acantilados.

—Reúne algunos kankin en la mañana para el desayuno de mañana y puedes considerarte perdonada.

 

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