CAPÍTULO
12
Oh, ¿entonces naciste en Japón?
—Sí —respondió Suzu, asintiendo con la cabeza.
Y fuiste arrastrada a la costa de este mundo,
¡qué pena!
—Fue horrible —coincidió Suzu.
Lo sé, lo sé. Nadie en este mundo puede
comprender en verdad lo difícil que es la vida de un kaikyaku[1]. Pero yo
sí.
—Sí, lo sabe. Es muy difícil —dijo Suzu—. Pero
estoy tan feliz de haberla conocido, reina de Kei.
Estoy contenta también. Ya no tienes nada de qué
preocuparte. Eres una kaikyaku igual que yo. Haré lo que pueda para
ayudarte. Si hay algo que te preocupa, házmelo saber.
—Estoy muy agradecida, su Alteza. Yo…
Se dio la vuelta en la cama[2]. Su imaginación le falló. No podía pensar
en qué decir a continuación.
Desde que escuchó sobre la reina de Kei por Riyou,
había tenido esa conversación con ella noche tras noche. La reina de Kei
estaría llena de compasión por ella. Habían conversado acerca de Japón, acerca
de los juicios del pasado, sus planes para el futuro. Sin embargo, Suzu no
tenía ningún poder, ni riqueza ni libertad. Sin duda, la reina de Kei iría en
su rescate.
¿Cómo puedo ayudarte?
¿Podría exigirle que envíe a Suzu a Kei para que
viviera en el palacio? Un lujoso palacio, no como la Gruta de Suibi, con
generosos servidores de buen corazón. Ahí hablarían juntas y pasearían por los
jardines. Y mientras ella estaba en ello, ¿qué había sobre darle a Riyou un
poco de su propia medicina?
Esta chica es mi compatriota. Si tú la tratabas
mal, no te lo perdonaré.
Cuando la reina de Kei lo dijo, Riyou se arrastraba
a sus pies. Ella se disculparía, entonces. No importaba qué tan amarga fuera,
ante el poder y la autoridad de la reina no tendría más remedio que obedecer.
Voy a nombrar a Suzu Señora de la Gruta de
Suibi. Riyou será su sirvienta.
—No, no es necesario —dijo Suzu, sacudiendo la
cabeza—. Eso no es lo que quiero. Yo solo deseo que la Señora de la Gruta me
presente alguna bondad o gratitud. Eso por sí solo sería suficiente.
Suzu, eres una buena persona.
La reina de Kei le sonreía, los ojos agradecidos de
Riyou la miraban.
—No es difícil —murmuró para sus adentros Suzu—.
Riyou nunca me da las gracias por nada.
Se envolvió en la manta por sobre los hombros. Sin
embargo, si solo podía servir a la reina de Kei, haría lo que fuera. Si pudiera
ir a verla…
Al cerrar los ojos, oyó el sonido de una campana.
Afuera, un viento invernal soplaba. El tono alto se mezclaba con el sonido de
un cepillar seco, el coro de la turbulencia del viento tejiendo a través de las
cumbres ondulantes.
Suzu se sentó de repente y escuchó con más
atención. Kang, la campana sonó de nuevo. Era Riyou llamando a sus
sirvientes. Se apresuró a deslizarse de la cama, tiró una túnica sobre su
camisón, se apresuró a atarse el cinturón y salió corriendo de la habitación.
¿Qué estaba pasando en medio de la noche?
A Riyou no le importaba que sus criados recién se
fueran a dormir o se despertaran. En la habitación de Suzu había tres camas
para tres sirvientes, pero los otros dos se habían ido ya hacía mucho tiempo.
Aún a costa de perder su lugar en el Registro de Inmortales, habían decidido
huir y habían tenido la fortuna y suerte de llevarlo a cabo. Al menos, eso es
lo que otros sirvientes dijeron.
Instada a lo largo por el sonido estridente e
incesante de la campana, Suzu corrió por los pasillos hasta el cuarto de Riyou.
Ya, dos otros sirvientes habían llegado antes que ella. Tan pronto como entró
en la habitación, las vituperaciones de Riyou volaron hacia ella.
—¡Llegas tarde! ¡Eres una idiota y perezosa!
—Lo siento. Me quedé dormida.
—Así está todo el mundo. Eres una perezosa, aún
estos llegaron antes que tú, ¡y se supone que tú eres mi criada personal!
El hombre y la mujer que habían llegado primero
evitaron su mirada. Eran lo suficientemente cuidadosos a esa altura como para
no defender a Suzu, o sentirían el impacto del desprecio de Riyou también.
—Le pido perdón.
—Incluso cuando duermen, los asistentes deben de
estar atentos a las necesidades de su amo. Es por eso por lo que me propuse
para ofrecerte un alojamiento y alimentación en primer lugar.
Suzu bajó la cabeza. Las frutas extrañas que
crecían en la montaña, el rendimiento de una parcela de tierra en el barranco,
un modesto estipendio del tesoro nacional, el alquiler de los escasos campos en
la base de la montaña cultivadas por los lugareños, los impuestos recaudados de
la capilla del pueblo, a continuación, el Monte Suibi -estos eran la totalidad
de los ingresos de Riyou, y lo que Suzu y todos los demás tenían para vivir-.
—¡Esto es increíble! ¡Doce sirvientes, y solo tres
se molestaron en venir! —Riyou miró a la mujer de mediana edad—. ¡Tú! No puedo
soportar este frío. Masajea mis pies. ¡Honma!
Eso, sin duda, era el seudónimo despectivo para
Suzu.
—El aire está viciado aquí. El lugar debe ser
ventilado. Ve y despierta a todo el mundo. Ése será tu castigo. Toda la gruta
necesita una buena limpieza. Es por todo este polvo.
¿Quiere decir, ahora? Suzu tragó las
palabras que estaban en sus labios. Si Riyou decía de hacerlo, había que
hacerlo.
—Me siento desafortunada de estar rodeada de
sirvientes que no pueden limpiar para mi satisfacción. Increíble. Y en silencio
sobre eso. ¡Estoy tratando de dormir!
Suzu no tuvo más remedio que ir por ahí y despertar a todos. Aunque
fuera por orden de Riyou, nadie nunca estaba contento de ser sacado de su cama
en medio de la noche y todos volvieron su resentimiento contra ella. Con la
cabeza gacha, ella hizo lo que le dijo. En la oscuridad de la noche invernal
sacudió el polvo de todo, limpió, trapeó, fregó y secó los empedrados pasillos.
El solsticio de invierno estaba casi sobre ellos. El agua en ese momento de la
noche estaba helada.
Su Alteza.
Mientras fregaba el suelo, las lágrimas brotaron.
Que una chica de Japón se haya convertido en reina de Kei le alegraba
intensamente. ¿No se encontrarían en algún lugar, alguna vez? Reunirse con ella
sería el momento más feliz de su vida. Imaginando ese momento era muy
gratificante, y el despertar del sueño era muy miserable.
Su Alteza, por favor ayúdeme.
La limpieza les llevó hasta el amanecer. Después de una breve siesta,
las tareas de la mañana esperaban. Riyou despertó hacia el mediodía a
inspeccionar el trabajo. Expresó su descontento con el esfuerzo y les dijo que
hagan todo de nuevo. Fue entonces cuando Suzu rompió un jarrón.
—¡Qué buena para nada que eres! —le dijo Riyou,
arrojando los fragmentos rotos a ella—. El costo de este jarrón va a salir de
tus comidas. Eres una Asistente, después de todo. No morirás de hambre. Y yo soy
una persona bastante caritativa que no voy a revocar tu rango de asistente. —Riyou
subió las cejas. —¿No te gusta? ¿Entonces por qué no empacas tus maletas y te
vas?
Salir de la gruta significa que su nombre sería
borrado del Registro de Inmortales. Riyou sabía que era algo que Suzu no podía
hacer.
—Por supuesto que no —ella soltó un bufido—.
Realmente era una niña inútil. Es solo porque soy una persona
extraordinariamente generosa que me molesto para mantenerlo todo.
Suzu bajó la cabeza y se mordió el labio. ¿Podría
salir de ese lugar? Se tragó la idea tan pronto como entró en su mente.
—Te he estado tratando muy bien. Realmente no
necesitas una cama ahora, ¿no?
Suzu la miró.
—Cada minuto que estuviste durmiendo en una cama
agradable y cálida sin hacer ningún trabajo. ¿No lo crees? —Riyou rio con
malicia—. Puedes dormir en el granero, por el momento. Es tan amplio que no
hará tanto frío. Sí, eso es lo que conviene.
Eso significaba dormir con Setsuko[3], el tigre de
Riyou. La cara de Suzu palideció. Setsuko no era un animal fácil de manejar
para los demás. Era una criatura tan feroz que solo un hombre fue asignado para
ser su cuidador.
—Perdóneme, por favor, ama —se acobardó Suzu,
temblando de miedo.
Riyou la miró fijamente con desprecio no disimulado.
—Oh, lo harás. Pides mucho de mí. ¿Quién te crees
que eres? —Riyou se rio y dio un suspiro exagerado—. Bueno, está bien. En
cambio, puedes irte a buscar algunos kankin[4].
—Ama…
Kankin eran una especia de setas de musgo
que crecían en los acantilados de la imponente mañana. Para recogerlos, tenía
que estar asegurada por una cuerda y escalar por al lado de los acantilados.
—Reúne algunos kankin en la mañana para el
desayuno de mañana y puedes considerarte perdonada.

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