Keika llamó desde el salón:
—Señorita,
la cena está servida.
Shushou
dejó el pincel de escribir, miró por encima de las hojas de garabatos sin
sentido, los recogió y los metió en la estantería. Estaba limpiando la piedra
de tinta cuando se abrió la puerta y Keika asomó la cabeza a la habitación.
—Señorita,
¿es cierto que el director murió?
—Hum, sí.
—¡Y, sin
embargo, sigue estudiando! La escuela ha sido cerrada, ¿no?
—Cierto.
Keika era
una empleada doméstica un año mayor que Shushou. Era un tipo de sirviente a los
que no se pagaba ningún salario, sino que se los criaba como si fueran miembros
de la familia. A cambio de garantizar un mínimo de comida y alojamiento, se les
otorgaba una posición, bajo pero real. Aunque ninguno de los criados de la casa
de Shushou cobrara salario alguno la diferencia de estatus social respecto a
otros siervos era considerable.
Keika entró
en la casa junto con sus padres y desde que era una niña había estado
trabajando como empleada doméstica. A pesar de su condición social, habían sido
criadas juntas desde pequeñas por lo que su trato era familiar y relajado, aún
con más razón por tener una edad aproximada a la de Shushou.
—Este tipo
de situaciones se están convirtiendo en algo tan frecuente que es inquietante.
Pero no podemos permitir que nos entristezca.
—No estoy
triste.
—Puede que
sea así, pero has dicho que deseas tomar la cena en tu habitación.
—Es solo
que no quiero mirar a la cara a mi padre en este momento.
—Ah —dijo
Keika con una expresión dudosa, luego condujo a Shushou a la sala. La comida de
la tarde ya estaba servida en la mesa—. Tu padre está satisfecho con tus
progresos. Y pensar que una vez se opuso firmemente a que fueras a la academia
de la prefectura…
Shushou se
sentó y contempló la disposición de los platos y cubiertos en la mesa.
—Es cierto.
—¿Realmente
te importa tanto? Si puedes estudiar en casa, ¿verdad? Tu padre siempre puede
contratar un tutor.
Shushou en
vez de recoger sus palillos suspiró.
—Los
profesores que contrata mi padre no me enseñan más que reglas de etiqueta y de
negocios. Además, sin una recomendación de la academia del distrito, no sirve
de nada.
Las
academias de las prefecturas preparaban a los estudiantes para las academias de
distrito, que, a su vez, los capacitaban para las universidades provinciales. A
los graduados universitarios se les garantizaba, más o menos, una posición en
la administración pública. En pocas palabras, al ser comerciante, su padre,
nunca podría entender por qué Shushou deseaba convertirse en una funcionaria.
—¡Es muy
frustrante! ¡Estaba tan cerca de convertirme en una joushi[1]!
—¡Pero has
llegado muy lejos! No solo tu padre, incluso tus hermanos y hermanas estaban
perfectamente satisfechos con la educación de la escuela preparatoria.
—No creo
que estuvieran tan contentos, ya que no tenían cerebro como para obtener una
recomendación.
Keika miró
a Shushou con sorpresa.
—Otra vez
con eso. No puedes ignorar el conocimiento y las habilidades que convirtieron
esta casa en lo que es. Además, ¿por qué alguien querría ser funcionario?
Shushou
tomó un sorbo de té y miró por la ventana.
—Si escalas
lo suficientemente alto en el gobierno no envejeces jamás.
—¡Qué razón
tan infantil!
—¿Qué hay
de malo en no querer morir? Vivir para siempre, no acabar como tu madre, toda
flácida y arrugada.
—No seas
mala. Deja mi madre en paz, por favor —Keika frunció el ceño y miró a Shushou—.
¿Vas a comer?
—No estoy
de humor. He perdido el apetito.
—¿De qué
estás hablando? —Keika cogió los palillos y los puso en la mano de Shushou—.
Tal despilfarro provoca la ira de los dioses. La comida es más cara cada día,
la mayoría de los hogares no puede permitirse alimentos por esa razón.
Shushou no
miró la gran variedad de platos.
—Eso es una
tontería —dijo, colocando los palillos sobre la mesa.
—Señorita…
—Ya sé que
nuestra casa es más rica en comparación con la de los demás, ninguna familia
normal podría permitirse algo así. Pero coma o no coma no importa.
—¿Simplemente
vas a dejarla ahí? Hay mucha gente a la que le encantaría comer un banquete y
no puede. Y no solo eso, hay gente que ni siquiera cenarán esta noche.
—¿Y? —Shushou
alzó la mirada hacia Keika—. Ya lo sé. Como le gusta decir a mi padre: “si
permaneces encerrado en la casa y nunca te aventuras afuera, nunca aprenderás
nasa sobre el mundo”. El ir a la escuela y conocer gente diferente me hizo ser
dolorosamente consciente de que las otras familias no son como la nuestra.
—Si es así,
entonces…
—Sin
embargo, una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿Si como esto haré rica a
toda esa gente desafortunada? Si el hambre es tan lamentable, ¿por qué no se lo
llevas a esa gente?
—Perdóname
por decirlo, señorita, pero incluso esto es mucho más lujoso de lo que yo jamás
comeré.
Incluso
allí, conformarse con la comida que había era difícil. Keika y el resto de los
servidores que se alojaban en el domicilio habían visto recortes en sus propias
comidas. Ella era una niña que estaba en edad de crecer y las porciones nunca
habían sido generosas para empezar, así que no era inusual que se despertara
por la noche con el estómago vacío en estos días.
Ella miró
con enojo a Shushou, que levantó su rostro tranquilo hacia Keika y dijo:
—Es toda
tuya, entonces.
—¡Señorita!
—exclamó Keika con voz aguda, su mirada llena de rabia.
—Mira —dijo
Shushou—. La casa del director no tenía rejas en las ventanas. Fue atacado por
un youma bafuku y devorado. Un niño se alimentó durante tres días
con el dinero que arrancó de la boca de su padre muerto, ganado con la entrega
de barriles. Tú duermes segura en una cama, comes con regularidad y no mueres
de hambre. Espero que aprecies lo afortunada que eres.
Keika
airada replicó:
—¿Qué estás
tratando de decir?
—Si vas a
ignorar lo obvio, entonces, por lo menos ahórrame el discurso trillado. Es
humillante.
Ahora la
cara de Keika palideció.
—Señorita,
¡¿qué le pasa?!
Tan pronto
como Keika gritó Shushou agarró el plato de sopa, se puso de pie y se la tiró.
—¡Cállate!
¡Te dije que no lo quería!
Keika se
quedó inmóvil en un aturdido silencio. La sopa se había enfriado lo suficiente
para que ya no estuviera hirviendo, sin embargo, lo sorprendente era el que se
lo hubiera lanzado.
—Qué… ¿por
qué has hecho eso?
Las
lágrimas brotaron a causa de la humillación y la vergüenza. Keika se inclinó y
se limpió el caldo de puños y mangas de su kimono acolchado, pero la tela ya
estaba empapada. Los criados que vivían en la casa no cobraban, contaban con
alojamiento y comida, pero no con la ropa. Dos veces al año, el dueño de la
casa le daba tela nueva, pero a una chica en crecimiento como Keika pronto le
quedaba pequeño el guardarropa. Además de eso, el trabajo manual realizado por
los criados residentes, día tras día, pronto dejaba sus ropas raídas. Ellos
parcheaban los puntos desgastados, cosían las costuras rotas una y otra vez.
Una vez que un artículo de ropa no tenía arreglo, o bien tenían que esperar a
que alguien donara ropa vieja o esperara a la celebración de Año Nuevo donde el
amo regalaba algo de dinero para poder hacerse ropa nueva.
—Qué cruel…
Solo tenía
el traje hecho de tela que había recibido en el Año Nuevo. Ahogando los
sollozos, se sacudió las verduras picadas y trozos de carne, Shushou la tomó de
la mano.
—¡Lo
siento! —Shushou agarró un pañuelo y la ayudó a limpiar el vestido—. Lo siento,
Keika. ¿Te has quemado?
—Um, no, no
está caliente, pero…
—Lo siento.
No pensé…
Keika se
frotó la cara, como criada no podía permitir que Shushou hiciera eso. Se secó
las lágrimas, parpadeó, enfocando la vista. Arrodillada a sus pies, Shushou
lanzó una mirada de disculpa a Keika.
—Lo siento
mucho. No estoy de muy buen humor.
—No pasa
nada, estoy bien…
—Es mejor
que te quites la ropa. Podrías haberte quemado…
—Estoy
bien. Solo estaba caliente.
—No puedes
volver así a tu habitación, hace mucho frío afuera, te congelarás. Espera aquí.
Te daré un cambio de ropa.
Shushou
corrió a su cuarto, rebuscó en sus armarios y volvió con un kimono de seda
bonito. Ella se lo tendió a Keika.
—Es una
cosa vieja, pero te servirá, Keika. Acéptalo, es tuyo.
—Pero,
señorita… —dijo Keika sobresaltada.
—Está bien.
Ha sido culpa mía, se lo explicaré todo a tus padres. ¿No te gusta? Puedes
elegir otro.
—¡No, no,
este está muy bien!
—Perdóname,
he perdido los estribos por un momento. Nunca tuve la intención de hacer algo
como esto. ¿Podrás perdonarme?
Keika
asintió. No había duda sobre si debía aceptarlo o no. Además, era un regalo
espléndido.
—Um, ¿estás
segura de que esto está bien? ¿Un vestido tan hermoso? —Estaba bastante segura
de que Shushou solo lo había estado usando desde Año Nuevo.
—Si me
perdonas, entonces no me importa en lo absoluto. Será mejor que te lo pongas
antes de que pesques un resfriado.
—Sí, por
supuesto.
Keika se
desnudó ahí mismo, con la ayuda de Shushou se envolvió en la cálida seda.
—Me siento
como si estuviera soñando.
—¿De
verdad? Te queda perfecto —Shushou recogió la ropa sucia—. Voy a lavar esto.
—No
necesitas llegar a ese extremo —Keika apresuradamente se la arrebató. No podía
permitir que Shushou se convirtiera también en la sirvienta.
Shushou se
negó a dársela.
—Si esa
sopa hubiera estado más caliente, podrías haberte quemado. No me quedaría con
buena conciencia si hiciera menos. No te preocupes, no soy buena para estudiar,
si hasta un niño puede lavar la ropa, yo también.
Shushou
sonrió y apartando el kimono de Keika, volvió a su silla.
—Me
disculpo. La comida se ve deliciosa.
Ella
acompañó a Keika a sus habitaciones y explicó la situación a su madre y su
padre. Después de haber sido debidamente regañada, regresó a su habitación. Se
sentó en la silla y se quedó pensativa. Pasó mucho tiempo. Suspiró y se puso de
pie, levantó el kimono acolchado de Keika y lo examinó.
Con una pequeña
mueca, dijo:
—Tendría
que haberle tirado mi taza de té. —Miró a través de los barrotes de la ventana—.
Ahora olerá a sopa.

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