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jueves, 23 de febrero de 2023

Las Alas Aspiradas - Capítulo 3

 

CAPÍTULO 3

 

 

 

Keika llamó desde el salón:

—Señorita, la cena está servida.

Shushou dejó el pincel de escribir, miró por encima de las hojas de garabatos sin sentido, los recogió y los metió en la estantería. Estaba limpiando la piedra de tinta cuando se abrió la puerta y Keika asomó la cabeza a la habitación.

—Señorita, ¿es cierto que el director murió?

—Hum, sí.

—¡Y, sin embargo, sigue estudiando! La escuela ha sido cerrada, ¿no?

—Cierto.

Keika era una empleada doméstica un año mayor que Shushou. Era un tipo de sirviente a los que no se pagaba ningún salario, sino que se los criaba como si fueran miembros de la familia. A cambio de garantizar un mínimo de comida y alojamiento, se les otorgaba una posición, bajo pero real. Aunque ninguno de los criados de la casa de Shushou cobrara salario alguno la diferencia de estatus social respecto a otros siervos era considerable.

Keika entró en la casa junto con sus padres y desde que era una niña había estado trabajando como empleada doméstica. A pesar de su condición social, habían sido criadas juntas desde pequeñas por lo que su trato era familiar y relajado, aún con más razón por tener una edad aproximada a la de Shushou.

—Este tipo de situaciones se están convirtiendo en algo tan frecuente que es inquietante. Pero no podemos permitir que nos entristezca.

—No estoy triste.

—Puede que sea así, pero has dicho que deseas tomar la cena en tu habitación.

—Es solo que no quiero mirar a la cara a mi padre en este momento.

—Ah —dijo Keika con una expresión dudosa, luego condujo a Shushou a la sala. La comida de la tarde ya estaba servida en la mesa—. Tu padre está satisfecho con tus progresos. Y pensar que una vez se opuso firmemente a que fueras a la academia de la prefectura…

Shushou se sentó y contempló la disposición de los platos y cubiertos en la mesa.

—Es cierto.

—¿Realmente te importa tanto? Si puedes estudiar en casa, ¿verdad? Tu padre siempre puede contratar un tutor.

Shushou en vez de recoger sus palillos suspiró.

—Los profesores que contrata mi padre no me enseñan más que reglas de etiqueta y de negocios. Además, sin una recomendación de la academia del distrito, no sirve de nada.

Las academias de las prefecturas preparaban a los estudiantes para las academias de distrito, que, a su vez, los capacitaban para las universidades provinciales. A los graduados universitarios se les garantizaba, más o menos, una posición en la administración pública. En pocas palabras, al ser comerciante, su padre, nunca podría entender por qué Shushou deseaba convertirse en una funcionaria.

—¡Es muy frustrante! ¡Estaba tan cerca de convertirme en una joushi[1]!

—¡Pero has llegado muy lejos! No solo tu padre, incluso tus hermanos y hermanas estaban perfectamente satisfechos con la educación de la escuela preparatoria.

—No creo que estuvieran tan contentos, ya que no tenían cerebro como para obtener una recomendación.

Keika miró a Shushou con sorpresa.

—Otra vez con eso. No puedes ignorar el conocimiento y las habilidades que convirtieron esta casa en lo que es. Además, ¿por qué alguien querría ser funcionario?

Shushou tomó un sorbo de té y miró por la ventana.

—Si escalas lo suficientemente alto en el gobierno no envejeces jamás.

—¡Qué razón tan infantil!

—¿Qué hay de malo en no querer morir? Vivir para siempre, no acabar como tu madre, toda flácida y arrugada.

—No seas mala. Deja mi madre en paz, por favor —Keika frunció el ceño y miró a Shushou—. ¿Vas a comer?

—No estoy de humor. He perdido el apetito.

—¿De qué estás hablando? —Keika cogió los palillos y los puso en la mano de Shushou—. Tal despilfarro provoca la ira de los dioses. La comida es más cara cada día, la mayoría de los hogares no puede permitirse alimentos por esa razón.

Shushou no miró la gran variedad de platos.

—Eso es una tontería —dijo, colocando los palillos sobre la mesa.

—Señorita…

—Ya sé que nuestra casa es más rica en comparación con la de los demás, ninguna familia normal podría permitirse algo así. Pero coma o no coma no importa.

—¿Simplemente vas a dejarla ahí? Hay mucha gente a la que le encantaría comer un banquete y no puede. Y no solo eso, hay gente que ni siquiera cenarán esta noche.

—¿Y? —Shushou alzó la mirada hacia Keika—. Ya lo sé. Como le gusta decir a mi padre: “si permaneces encerrado en la casa y nunca te aventuras afuera, nunca aprenderás nasa sobre el mundo”. El ir a la escuela y conocer gente diferente me hizo ser dolorosamente consciente de que las otras familias no son como la nuestra.

—Si es así, entonces…

—Sin embargo, una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿Si como esto haré rica a toda esa gente desafortunada? Si el hambre es tan lamentable, ¿por qué no se lo llevas a esa gente?

—Perdóname por decirlo, señorita, pero incluso esto es mucho más lujoso de lo que yo jamás comeré.

Incluso allí, conformarse con la comida que había era difícil. Keika y el resto de los servidores que se alojaban en el domicilio habían visto recortes en sus propias comidas. Ella era una niña que estaba en edad de crecer y las porciones nunca habían sido generosas para empezar, así que no era inusual que se despertara por la noche con el estómago vacío en estos días.

Ella miró con enojo a Shushou, que levantó su rostro tranquilo hacia Keika y dijo:

—Es toda tuya, entonces.

—¡Señorita! —exclamó Keika con voz aguda, su mirada llena de rabia.

—Mira —dijo Shushou—. La casa del director no tenía rejas en las ventanas. Fue atacado por un youma bafuku y devorado. Un niño se alimentó durante tres días con el dinero que arrancó de la boca de su padre muerto, ganado con la entrega de barriles. Tú duermes segura en una cama, comes con regularidad y no mueres de hambre. Espero que aprecies lo afortunada que eres.

Keika airada replicó:

—¿Qué estás tratando de decir?

—Si vas a ignorar lo obvio, entonces, por lo menos ahórrame el discurso trillado. Es humillante.

Ahora la cara de Keika palideció.

—Señorita, ¡¿qué le pasa?!

Tan pronto como Keika gritó Shushou agarró el plato de sopa, se puso de pie y se la tiró.

—¡Cállate! ¡Te dije que no lo quería!

Keika se quedó inmóvil en un aturdido silencio. La sopa se había enfriado lo suficiente para que ya no estuviera hirviendo, sin embargo, lo sorprendente era el que se lo hubiera lanzado.

—Qué… ¿por qué has hecho eso?

Las lágrimas brotaron a causa de la humillación y la vergüenza. Keika se inclinó y se limpió el caldo de puños y mangas de su kimono acolchado, pero la tela ya estaba empapada. Los criados que vivían en la casa no cobraban, contaban con alojamiento y comida, pero no con la ropa. Dos veces al año, el dueño de la casa le daba tela nueva, pero a una chica en crecimiento como Keika pronto le quedaba pequeño el guardarropa. Además de eso, el trabajo manual realizado por los criados residentes, día tras día, pronto dejaba sus ropas raídas. Ellos parcheaban los puntos desgastados, cosían las costuras rotas una y otra vez. Una vez que un artículo de ropa no tenía arreglo, o bien tenían que esperar a que alguien donara ropa vieja o esperara a la celebración de Año Nuevo donde el amo regalaba algo de dinero para poder hacerse ropa nueva.

—Qué cruel…

Solo tenía el traje hecho de tela que había recibido en el Año Nuevo. Ahogando los sollozos, se sacudió las verduras picadas y trozos de carne, Shushou la tomó de la mano.

—¡Lo siento! —Shushou agarró un pañuelo y la ayudó a limpiar el vestido—. Lo siento, Keika. ¿Te has quemado?

—Um, no, no está caliente, pero…

—Lo siento. No pensé…

Keika se frotó la cara, como criada no podía permitir que Shushou hiciera eso. Se secó las lágrimas, parpadeó, enfocando la vista. Arrodillada a sus pies, Shushou lanzó una mirada de disculpa a Keika.

—Lo siento mucho. No estoy de muy buen humor.

—No pasa nada, estoy bien…

—Es mejor que te quites la ropa. Podrías haberte quemado…

—Estoy bien. Solo estaba caliente.

—No puedes volver así a tu habitación, hace mucho frío afuera, te congelarás. Espera aquí. Te daré un cambio de ropa.

Shushou corrió a su cuarto, rebuscó en sus armarios y volvió con un kimono de seda bonito. Ella se lo tendió a Keika.

—Es una cosa vieja, pero te servirá, Keika. Acéptalo, es tuyo.

—Pero, señorita… —dijo Keika sobresaltada.

—Está bien. Ha sido culpa mía, se lo explicaré todo a tus padres. ¿No te gusta? Puedes elegir otro.

—¡No, no, este está muy bien!

—Perdóname, he perdido los estribos por un momento. Nunca tuve la intención de hacer algo como esto. ¿Podrás perdonarme?

Keika asintió. No había duda sobre si debía aceptarlo o no. Además, era un regalo espléndido.

—Um, ¿estás segura de que esto está bien? ¿Un vestido tan hermoso? —Estaba bastante segura de que Shushou solo lo había estado usando desde Año Nuevo.

—Si me perdonas, entonces no me importa en lo absoluto. Será mejor que te lo pongas antes de que pesques un resfriado.

—Sí, por supuesto.

Keika se desnudó ahí mismo, con la ayuda de Shushou se envolvió en la cálida seda.

—Me siento como si estuviera soñando.

—¿De verdad? Te queda perfecto —Shushou recogió la ropa sucia—. Voy a lavar esto.

—No necesitas llegar a ese extremo —Keika apresuradamente se la arrebató. No podía permitir que Shushou se convirtiera también en la sirvienta.

Shushou se negó a dársela.

—Si esa sopa hubiera estado más caliente, podrías haberte quemado. No me quedaría con buena conciencia si hiciera menos. No te preocupes, no soy buena para estudiar, si hasta un niño puede lavar la ropa, yo también.

Shushou sonrió y apartando el kimono de Keika, volvió a su silla.

—Me disculpo. La comida se ve deliciosa.

Ella acompañó a Keika a sus habitaciones y explicó la situación a su madre y su padre. Después de haber sido debidamente regañada, regresó a su habitación. Se sentó en la silla y se quedó pensativa. Pasó mucho tiempo. Suspiró y se puso de pie, levantó el kimono acolchado de Keika y lo examinó.

Con una pequeña mueca, dijo:

—Tendría que haberle tirado mi taza de té. —Miró a través de los barrotes de la ventana—. Ahora olerá a sopa.


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