CAPÍTULO
39
“A mi modo de ver hay dos tipos de llantos”.
Es cierto, pensó Suzu, mirando el ataúd
bajando a la tumba. Nunca había llorado lágrimas tan desgarradoras. Los
lamentos desgarraron su pecho hasta que ella estuvo sin aliento, hasta que ya
no quedó nada dentro de ella, estaba vacía.
En el triste santuario pequeño se quedó sola en el
cementerio de la ciudad de Takuhou. El ataúd como un barril estuvo quieto
durante toda la noche y ahora desaparecía en el agujero.
Para, Suzu le pidió al sepulturero con
gravedad. No lo entierres. Es muy triste. Sabía que su petición no tenía
sentido.
Él la tranquilizó con una palmadita en la espalda,
pero soltó el ataúd de su mano y lo tiró. Una vez más, repitió en vano la
solicitud mientras él golpeaba la piedra en la parte superior del ataúd y así
la tumba se completó.
La forma redonda de los ataúdes representaba el
huevo del cual las personas habían nacido en ese mundo. De la cáscara en que
naciste, a la cáscara que volverás[1]. El ranka que contenía al niño y
era sacado del riboku. Los padres tocaban el ranka con una piedra
para crear una grieta, un amuleto de buena suerte para asegurar un parto
rápido. Después de esa costumbre, se utilizaba un círculo, el ataúd-huevo se
hacía de barro cocido, y luego, presagiando la reencarnación de los muertos, se
habría una fisura en su superficie de piedra.
El agujero se rellenaba, dejando tras de sí un
pequeño montículo de tierra. Incluso después de que el sepulturero enterró la
tumba, Suzu se quedó ahí tontamente.
Ya lo sabía desde el principio.
Sabía que Seishuu iba a morir. En algún lugar en
una parte de su mente, ella siempre había sabido que iba a suceder. Los
síntomas eran demasiado graves. No podía comer. Estaba muriendo. Estaba cada
vez peor en todo.
¿Incluso la reina de Kei podría haberlo salvado? La
reina seguramente habría sido capaz de hacerlo. Por otro lado, lejos de que
todo saliera bien, no era probable ni que la reina ni los médicos reales
pudieran haber hecho cualquier cosa por él.
—Pero él no se merecía morir así.
¿Por qué tuvo que morir en un choque y luego el
culpable huyó? Incluso si no hubiera muerto, no habría vivido mucho más tiempo.
—Soy una idiota —Suzu se agarró a la tierra—. He
puesto toda mi fe en la reina de Kei. ¡¿Por qué no lo llevé a un médico y nos íbamos?!
Llevarlo a un médico podría haber resultado inútil
también. Ese temor, unido a la convicción de que la reina de Kei lo salvaría,
habían creado esas tontas expectativas. Mejor hubiera sido que lo hubiera
llevado a un médico e irse, justo después de que se hayan bajado del barco. Si
tan solo no hubiera ido hasta ahí.
—Seishuu… lo siento —los sollozos todavía le
llenaban la garganta. Sus lágrimas no se habían secado—. Lo siento.
Una nube pasó por el sol. Suzu se quedó mirando su
propia sombra.
—Señorita, las puertas se están cerrando.
Ella se volvió inexpresivamente hacia el sonido de
la voz. Ella vio una figura de una persona más bien pequeña con el pelo negro
enmarcando su rostro. El muchacho le dijo:
—En Kei, todavía no es seguro quedar fuera de la
ciudad de noche.
Suzu lo miró.
—Déjame sola. No te preocupes por mí.
—¿Usted quiere ser comida por los youma?
¿Tiene algún deseo de morir?
—No lo entenderías. Ve adelante.
El chico no respondió. Por un rato, estuvo de pie
detrás de ella, sentía sus ojos en su espalda.
—¡Nadie entiende cómo me siento en absoluto! —exclamó
ella.
El muchacho respondió en voz baja.
—El llanto de autocompasión no les da respeto a los
muertos.
Los ojos de Suzu se agrandaron por la sorpresa. “Las
personas lloran porque sienten lástima de sí mismas”.
—¿Quién eres tú?
—Yo soy de Takuhou. ¿Volvemos juntos?
Suzu se puso de pie. Una vez más miró hacia abajo,
al pequeño montículo de tierra.
—¿Sabes quién era?
—Todo el mundo lo sabe. ¿Vienes de Sou?
El joven le tendió la mano. Suzu la tomó. Él tenía
una palma muy cálida y delicada. Ella le dijo:
—Este niño era de Kei. Huyó del reino y se fue a
Kou. Luego huyó y se fue a Sou. Y ahora, volvimos a Kei.
—Ya veo —se dijo el chico a sí mismo. Volvió a
mirar el montón de tierra—. Eso es triste.
—Sí —admitió con la cabeza Suzu. Las lágrimas
rodaron por sus mejillas. Sin dejar de llorar, de la mano con el chico,
regresaron a la ciudad.
—¿Eres de Takuhou?
Regresaron a la ciudad justo cuando estaban
cerrando las puertas. Dentro de las puertas, Suzu apartó sus ojos de la parte
derecha de la carretera y con más fuerza apretó la mano del joven entre la
suya. Ella no lo soltó hasta que cruzó la avenida principal.
—¿Eres de Kei, entonces?
—No. De Sai.
—Eso es un largo viaje. ¿Tienes un lugar para
quedarte?
Suzu asintió con la cabeza.
—Gracias por hablar conmigo.
—Claro —dijo el muchacho. Él la miró—. Ánimo. Si no
caminas hacia delante, terminarás cayendo en un agujero.
—¿En un agujero?
—El agujero de tu propia autocompasión.
—Sí —murmuró para sus adentros Suzu. Eso sería una
falta de respeto a Seishuu. Podía oír todavía a Seishuu reprimiéndola—. Tienes
razón en eso. Gracias.
—No hay problema.
—¿Cuál es tu nombre?
—Sekki.
—Hey —dijo Suzu, mirándolo a la cara—. ¿Sabes si el
tipo que pasó por encima de Seishuu fue arrestado?
Shh, le dijo Sekki, señalándoselo con la
mirada.
—Mejor no hablar de esas cosas donde la gente pueda
escuchar —él la llevó a un callejón cercano—. Ese tipo no será arrestado.
—¿Quieres decir que sabes quién es?
—No es un conocido, si eso quieres decir. Yo no
quiero ser conocido como socio de esa bestia.
La vehemencia con la que hablaba la sorprendió.
—¿Quién es?
—Todo el mundo lo sabe en la ciudad: el
gobernador asesinó al niño viajero.
—¿El gobernador?
—El gobernador, Shoukou. Recuerda ese nombre. El
hombre más peligroso de la prefectura Shisui.
—¿Mató a Seishuu?
—El muchacho cayó al suelo delante del transporte
de Shoukou. El coche se detuvo y entonces…
—Y entonces, ¿hizo algo así?
—Shoukou es completamente capaz de hacerlo.
—Eso es terrible —Suzu se desplomó contra la pared
y cayó al suelo—. Seishuu ni siquiera podía caminar bien en línea recta. —Ella
se abrazó las rodillas—. Yo debería haberlo llevado en mi espalda. —¿Por qué no
estuvo dispuesta a eso? No estuvo pensando nada en absoluto. Ella podría
haberlo hecho.
—No debes culparte a ti misma, Suzu.
Suzu negó con la cabeza. No había manera de que
ella no pueda dejar de culparse a sí misma.
—Y no sirve de nada culpar a Shoukou.
—¡¿Por qué no?! —una expresión feroz se levantó en
ella para hacerle frente.
—Ir contra Shoukou es tan bueno como conseguir ser
asesinada por él —se volvió y añadió casi aparte—. Creo que nadie te lo ha
dicho hasta ahora.

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