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El Niño Demoníaco

  Doce Reinos El Niño Demoníaco Fuyumi Ono Título Original:  Masho no Ko Título en Inglés: The Demonic Child Publicado en Japón: 1991 Traduc...

miércoles, 22 de febrero de 2023

Mil Millas de Viento, el Cielo del Amanecer - Parte VIII Capítulo 31

 

PARTE VIII

CAPÍTULO 31

 

 

 

—No recuerdo haberle dado ninguna cosa.

Shoukei estaba sentada, atada con cuerdas, en una cárcel de Ryuu. La cárcel estaba tan fría que el hielo se formaba en las paredes. La rata había sido detenida junto a ella.

—Le agradecería si usted pudiera decirme qué es lo que está pasando.

Shoukei no respondió. Ella no tenía una buena respuesta. Acusada de un crimen espantoso, había culpado abruptamente a otra persona. Eso es todo a lo que se reducía.

—¿Cuál es tu nombre?

—Shoukei.

La culpa pesaba tanto en su mente, que ella tiró la respuesta sin pensar.

—Shoukei… ¿qué no es el nombre de la princesa real de Hou?

Shoukei inconscientemente asintió con la cabeza.

—Su nombre completo es Son Shou, su azana es Shoukei.

—Yo…

¿Cómo es que un hanjuu de En sabía esas cosas? El nombre de la familia imperial no era ampliamente difundido. Los apellidos de tales personas de alto estatus no estaban en boca suelta a su alrededor.

—Los rumores decían que habías muerto y otros rumores de que seguías con vida.

—¿Quién eres tú?

La rata se acarició el bigote.

—Mi nombre es Rakushun. Un estudiante común y corriente.

—¿Los estudiantes ordinarios se pasean en pegasos sugu?

—Como he dicho, se trata de un préstamo. ¿Está usted siendo perseguida porque es la princesa real?

Shoukei no respondió. Recordó lo que había sucedido la última vez que había confesado ser quién era.

—Si hay algo en tu mente, adelante, pregúntame.

—Yo creo que hay algo más que preocuparse por mí.

Shoukei esbozó una sonrisa torcida.

—¿Sabes por qué estoy en la cárcel? Porque cuando te equivocas, te crucifican.

Rakushun se tiró de los bigotes.

—¿Crucifixión? Supongo que eso es lo que hacen en Hou, el único reino en el que se ejecutaba a un criminal por el delito del robo. De hecho, Hou ya ha derogado esa ley.

—¿En serio?

—Parece que el rey de Hou era disciplinario. El robo era un delito capital. Robar oro o cosas personales de la familia real merecía la muerte por flagelación. En caso de gemas y joyas, crucifixión. Robar comida, te ponían la cabeza sobre una pica. ¿Estoy en lo correcto? Pero solo en Hou. Normalmente, se trata de un centenar de latigazos. En Ryuu, depende del delito. Un centenar de golpes con el bastón y noventa días de trabajo duro, creo.

Shoukei miró a la rata con sorpresa. Él se sabía las leyes de otros reinos. Ese conocimiento era de los funcionarios provinciales del gobierno. Y de hecho, había pocos, incluso entre los encargados de las aplicaciones de leyes que estuvieran bien versados de los códigos penales de los reinos.

Ella explicó esto y volvió a preguntar.

—¿Realmente eres una persona común?

—Un estudiante común y corriente. Cualquier estudiante de la escuela de En debe saber mucho.

—¿La escuela secundaria?

—No, la universidad.

Shoukei otra vez lo miró con los ojos muy abiertos. En Hou no había escuelas secundarias en cada provincia. La universidad nacional admitía no más de un centenar de estudiantes, por lo que para cada uno de los estudiantes universitarios era una verdadera hazaña. Después de su graduación, se convertía en algún funcionario público o en uno de alto rango. Muchos soñaban con ser aceptados, pero hay aquellos que tomaban el examen de ingreso todos los años de su vida y nunca pasaban.

—¿Un niño como tú? ¿Cuántos años tienes?

Los bigotes de Rakushun se cayeron.

—Siempre me confunden con un niño. Bueno, no importa. Tengo 22 años.

Shoukei parpadeó. No era imposible, pero aun así era joven. No era simplemente una cuestión de primera fase de clasificación para el proceso de selección y luego pasar los exámenes de ingreso. También se necesitaba la recomendación del director de su escuela secundaria. No era raro que los estudiantes sean de más de treinta.

—Eso es bastante impresionante. —Esa rata lo había hecho. Una vida cómoda como burócrata del gobierno. Shoukei no tenía nada. Ni una sola cosa. Solo esperaba su juicio, atada en esa cárcel.

—Bueno, ser arrestado como ahora no es una buena cosa. Probablemente de seguro me expulsen.

Shoukei miró a la rata. Si él era de hecho un estudiante universitario, no solo su inteligencia, también su integridad sería cuestionada. Por supuesto, si era castigado de acuerdo con sus crímenes, sin duda, sería expulsado.

Sin embargo, Shoukei recordaba, que ella sería probablemente extraditada a Kyou, para disfrutar de la burla y el castigo de la reina de Kyou. Y lo que era probable que su castigo fuera más grave de lo que sería normalmente. Esta rata podía perder todo lo que tenía, mientras que Shoukei solo tenía la vida que le quedaba. Un resbalón y también perdía eso.

—Bueno, me pregunto, ¿qué va a pasar ahora? Y, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué todos los soldados de Ryuu entraron violentamente en la habitación?

Shoukei no respondió a la pregunta. Le dio la espalda y se desplomó contra la pared y cerró los ojos, mostrando que no estaba dispuesta a seguir hablando. Detrás de ella escuchó un pequeño suspiro.

  

 

Ella fingió dormir, pero no podía dormir. Temblando, ella pasó la noche hasta el amanecer. Al día siguiente fue sacada de la cárcel. A medida que fue arrastrada, echó una mirada atrás hacia la cárcel. Desde el interior de la cárcel, la rata se inclinó hacia delante y le dio una mirada fija.

La cárcel estaba en el fondo de la sala de la ciudad. Shoukei no tenía ni idea de si esa cuidad se encontraba en una prefectura o condado o cualquier otra cosa. Los casos penales eran procesados en el condado y en los tribunales provinciales, pero una cárcel podía ser ubicada en cualquier lugar.

Shoukei fue acompañada a la sala principal del ayuntamiento y, atada aún, se sentó en el suelo. Un gordo, de mediana edad, se sentó en la tribuna frente a ella. Los carceleros se apoderaron de Shoukei por las cuerdas que la ataban y la obligaron a inclinarse hasta que su frente tocara el suelo.

—La princesa real de Hou, Son Shou.

—No, no lo soy. No podría ser una persona como esa.

El hombre sonrió socarronamente.

—¿Es así? Tenemos la palabra de la reina de Kyou de que la princesa real de Hou robó los objetos del palacio imperial y huyó del país. También hemos recibido la notificación de una orden expedida por la reina de su detención. La reina de Kyou amablemente proporcionó un catálogo de los objetos robados, que junto con la orden fue entregado por una paloma mensajera. ¿Cómo se explica que la mayoría de los artículos que figuran en el catálogo se encontraron entre sus pertenencias?

—Él fue… el que me lo dio —con la cabeza apoyada en el suelo, tuvo que escupir las palabras—. El hanjuu con el que compartía la habitación me lo dio a mí. —Shoukei hizo la afirmación, con la culpa pesándole en la mente. Lo siento, pero no hay manera en que pueda volver a Kyou.

El hombre de la tribuna estalló en carcajadas.

—¿De verdad crees que alguien aquí creerá esas mentiras?

—Pero…

—Por supuesto, es exactamente lo que la ingenua princesa iría a decir. Ella robó el palacio imperial de Kyou y huyó del reino, lo suficientemente estúpida como para quedarse en hoteles a lo largo del camino. En lugar de abandonar a un animal visible como el kitsuryou, se lo llevó con ella. Objetos que debió haber empeñado de una vez, en lugar de cuidadosamente ocultarlos en su equipaje.

Shoukei se mordió el labio. Ella realmente lo había frustrado desde el principio. Estaba tan feliz de estar libre que había dejado el sentido común en el camino.

—Y todo lo que se robó eran pocas baratijas y chucherías. Justo como una niña. Una niña muy tonta.

—Kensei —una voz dirigida al hombre de la tribuna. Un Kensei era un juez de la corte del condado, lo que significaba que estaba en un tribunal del condado—. ¿La princesa real realmente haría una cosa tan tonta? Es lógico pensar que esta chica no sea la princesa real.

—Esa es una posibilidad —coincidió el juez alegremente—. Por supuesto que no. La verdad debe de ser otra. Le preguntaré de nuevo. ¿Eres tú la Princesa Real, Son Shou?

—¡No lo soy! —gritó en el suelo, agarrándose a esa última esperanza.

—Así que la verdadera princesa real obligó a que llevaras esos artículos sobre ti, y lo hizo con el fin de engañar a sus perseguidores. Pero ¿ha dado semejantes tesoros a un completo extraño? No, no es probable. Por lo tanto, ¿quién es, señorita? ¿Estos artículos fueron dados realmente a ti? ¿O es que los robó?

Shoukei no pudo contestar.

—Levante la cabeza y míreme a los ojos. ¿Son estos bienes robados?

Shoukei levantó la cabeza y miró a la cara roja de un hombre con la sonrisa complacida.

—No… no lo son.

—¿Y si se te dio a ti? Si así fuera, ¿qué clase de persona es, corriendo alrededor otorgando tales limosnas idiotas a desconocidos o no…? —La voz del juez se suavizó para persuadir en un ronroneo—. O a lo mejor, ¿no es cierto que hayan sido suyos desde el principio? ¿Temerosa de que la posesión de ellos la creyeran incriminada, que dijo que se las habían dado? Fue mera coincidencia que pasaron a los artículos del catálogo, cuando en realidad no tienen nada que ver con el botín de Chihiro de Kyou.

Comprendiendo la dirección en la que iba dirigida la conversación, Shoukei asintió con la cabeza.

—Sí.

—Sin embargo, ¿no son galas un poco demasiado para una chica como tú?

—Pero… son mías… realmente.

—Dudoso. Sin embargo, estamos ocupados aquí. Cosas que hacer, lugares a dónde ir. Sencillamente, no tenemos el tiempo ni los recursos para ir por ahí investigando todos los incidentes un poco sospechosos. Una vez que el tribunal haya sido compensado por los costos de su confinamiento, serás liberada.

La implicación estaba clara, en el interior, Shoukei se encogió. El hombre le estaba pudiendo un soborno. Los empleados y funcionarios en la sala estaban todos riéndose también.

Ella dijo:

—Señor, si encuentra en su corazón para perdonar las molestias que he impuesto a la corte, me gustaría dejar los elementos de mi cartera y al kitsuryou en custodia de su honor.

—¿Es así? —El juez se dio una palmada en las rodillas—. Tú eres de echo una joven familiarizada con las formas del mundo. Vamos a dejar del lado la queja. Cualquier parecido entre tus cosas y el catálogo de elementos antes mencionado se declara pura coincidencia. Sería, por supuesto, insostenible para proceder a la detención si fueran propiedad de la reina Kyou, pero a medida que son tuyos mediante una declaración, no veo ningún problema.

—Son míos —dijo Shoukei, mostrando una sonrisa de comprensión al juez y a los funcionarios judiciales.

—Entendido. Deberá darse a conocer a su propio reconocimiento. El tribunal de la presente tendrá en custodia al kitsuryou y el resto de sus bienes personales. Sus maletas y bolso serán devueltos a usted. Usted es libre de irse.

—Agradezco al tribunal.

Shoukei inclinó la cabeza, ocultando las emociones que inundaron su rostro.

  

 

Shoukei recogió sus maletas y su bolso del oficial de justicia y se tambaleó por la congelación, azotada por el viento de la calle.

Estoy salvada.

Ella no había salvado su vida, pero no sería enviada de vuelta a Kyou. Sus tesoros difíciles de ganar, sin embargo, habían sido robados justo debajo de ella, junto con el kitsuryou. Y eso no era todo.

Shoukei puso su mano en el bolsillo y encontró allí su bolso mucho más ligero. La horquilla que le había dado al posadero había sido confiscada. Al devolverle el bolso a ella, el alguacil le dijo que su cuenta en la posada se había resulto con el contenido del bolso.

Pero haberse quedado sin dinero era mucho mejor que volver a Kyou, más o menos, se dijo mientras se ajustaba el abrigo de cuero y envolvía su chal alrededor de su cuello.

Pero ¿qué hago ahora?

En sus maletas había una muda de ropa y algunas joyas que había comprado el otro día. Si ella lo empeñaba todo por dinero en efectivo, ¿cuánto más podría ir? Con el fin de llegar a Kei, que tendría que ir a Tai y tener en sus manos un pasaporte. Pero para llegar a Tai, en primer lugar, tendría que subir a un barco en Ryuu con destino a Tai. Y ella no tenía suficiente para cubrir sus gastos de viaje de más de cinco días.

¿Y si viajaba a pie y se quedaba en los alojamientos más baratos? Si eso no funcionaba, ella tendría que viajar mientras se arrastrara por alojamientos gratuitos en el camino, pidiendo trabajo al día, y por lo general dependería de la bondad de los extraños. No era algo que ella siempre había creído poder hacer.

Estaba perdida totalmente en cuanto qué hacer, Shoukei salió por las puertas del ayuntamiento, con la cabeza colgando.

—Así que estás bien, entonces —dijo una voz afuera.

Shoukei miró sorprendida y vio a la rata que llevaba las riendas de su sugu espléndido.

—Tú…

—Me preguntaba cómo sucedieron las cosas y me acerqué a ver cómo estabas. Parece que está todo limpio.

—No necesariamente.

Shoukei se dio la vuelta y se alejó en dirección opuesta. El sonido de pasos y pisadas se oyeron pronto detrás de ella.

—¿No necesariamente?

—Tuve que pagar un soborno y todo se perdonó. El resultado fue que se llevaron todo lo que tenía —Shoukei escupió en la calle. No había ningún sentido de agarrársela con la rata, pero su expresión feliz y despreocupada en su rostro la irritaba.

—Es extraño —dijo en voz baja. Shoukei se volvió hacia él—. Y pensar que los funcionarios del gobierno de Ryuu incluso hacen esas demandas.

—Las hicieron. No hay nada de especial en ellas. En todo el mundo y reinos hay personas que esgrimen el poder para llenar sus propios bolsillos.

—Pero Ryuu es conocido por su gobierno constitucional. El rey de Hou también intentó emular a Ryuu en la creación de la política nacional. —Shoukei dejó de caminar. —Muchas más leyes fueron promulgadas sobre la disciplina de la burocracia de la ciudadanía, aunque Hou difería un poco en la aplicación real. Los servidores públicos de Ryuu no deberían actuar tan corruptamente. Las leyes lo prohíben. ¿Y estás diciendo que un juez de la corte del condado tan descaradamente te pidió un soborno? Eso hace que todo comience a tener sentido.

—¿Qué?

—Que el sistema encargado en supervisar la burocracia se está desmoronando. Shoukei, ¿dijiste que irías a Tai? ¿Y tu intención es salir de un puerto de Ryuu?

Shoukei se rio burlonamente.

—No tengo el suficiente dinero para viajar directamente a Kei.

—Yo te aconsejaría lo contrario.

—¿Por qué?

En medio del ajetreo y el bullicio del tráfico que se dirigía a la puerta principal, la rata bajó la voz.

—Los youma están apareciendo en el Kyokai.

—Lo he oído ayer.

—La mitad de ellos vienen de Tai, pero la otra mitad son procedentes de las costas de Ryuu.

—¿Qué?

Shoukei se detuvo de nuevo y miró al hanjuu. Sus ojos negros le devolvieron la mirada. Él le dijo:

—Ryuu está en declive.

Shoukei lo consideró más de un minuto. El rey de Ryuu había gobernado su país tanto como la reina de Kyou. Ahora, su reinado había pasado de ciento veinte años, y se decía de él que era un monarca ilustrado. Shoukei siempre había pensado que el más cercano de los tres reinos, Han, Kyou y Ryuu como inviolables. Estos habían sido reinos estables desde el momento en que nacieron.

—Entonces, ¿cuál es tu próximo paso?

De repente, hizo esa pregunta y Shoukei se volvió hacia Rakushun. Sin saber realmente lo que estaba haciendo, ella salió del tráfico de peatones en movimiento a lo largo de la calle.

—¿Mi próximo paso?

—¿No dijo que quería ir a Tai? Y todas sus cosas las timaron. Así que no tiene dinero para el viaje, ¿no? Yo pasearé por Ryuu un rato y luego volveré a En. Si está bien con contigo, ¿quieres venir conmigo?

Shoukei lo miró boquiabierta.

—¿Me estás tomando el pelo? ¿Quieres decir que me llevarás a En?

—Para Kankyuu, si no te importa. Pero yo voy a tener que ir a pie por un tiempo.

—¿Eres tonto? ¿No estuve a punto de conseguir que te castigaran por el robo?

Rakushun se echó a reír.

—No, en absoluto. No pensé que iba a ser castigado. Los respaldos de mi visa llevan un poco de peso.

—Eso no es el problema.

Se rio de nuevo.

—Este tipo de encuentros fortuitos deben ser mi destino.

 

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